La Universal

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 10 de 19

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La Universal

Capítulo 9

La semana transcurrió sin mayores novedades, cada cual ocupado en sus asuntos, y todos, en los de todos. La temperatura había descendido considerablemente, los vendedores ambulantes de castañas y churros hacían el agosto a finales de noviembre, las coladas se quedaban tiesas en los tendederos y los pucheros de los pobres se llenaban con bellotas, patatas y pan duro. En La Universal, sus moradores alargaban las veladas en torno a la chapa económica y corrían luego a meterse bajo las dos o tres mantas de sus camas, pues las habitaciones estaban frías y únicamente había un braserillo de carbón en la de doña Patrocinio, a fin de que sus clientes, y ella misma, no se trocaran en carámbanos mientras soñaban con el cálido futuro pronosticado por las cartas. La esperaban para cenar y, después, practicaban lo que iba a ser, según decía Ozaeta, la prueba de fuego de su capacidad melodramática, un ensayo para cuando les llegara la hora de actuar en público. Eulalia, su amiga, y Benigno consideraban que no era honesto engañar al prójimo, pero sus quejas eran rápidamente acalladas por el resto, aduciendo que se trataba de resolver un crimen y que, tal vez, la respuesta se hallara en aquellos documentos que la viuda deseaba con tanto afán. Podrían buscarlos ellos si conseguían sonsacarle de qué tipo de papeles se trataba. Además, añadía el casero, en todo caso se trataría de gastar una broma como mucho, y no hacían daño a nadie.

El jueves siguiente todo estaba dispuesto. Elvira Artigas apareció poco antes de las siete y no tuvo que esperar en el recibidor porque aquel día los

clientes eran despedidos con la excusa de que Madame Natasha no se encontraba bien. La habitación había sido iluminada con velas, pero el resto del piso estaba a oscuras para crear un ambiente enigmático. Cuando Isabelilla la hizo entrar, la mujer encontró a la vidente y a otras cinco personas sentadas alrededor de una mesa redonda.

—Le presento a la señora Larina, una eminente médium rusa que está de visita en nuestro país —introdujo con mucha ceremonia doña Patrocinio a una exótica Casilda vestida con su túnica «a la morisca» y el turbante—.

Ha aceptado presidir la sesión gracias a la intervención de una amistad común, cuyo nombre no puedo revelar por tratarse de una dama de la aristocracia. Baste con que usted sepa que sus servicios son a menudo requeridos en el palacio de los zares de Rusia.

Impresionada ante tales referencias, la viuda de Mendoza hizo una pequeña reverencia y saludó a Casilda, quien se limitó a inclinar la cabeza como respuesta. Antón se había empeñado en que hablasen con acento extranjero, seseando y rulando las erres, pues más valía empezar a practicar cuanto antes si iban a ir por los pueblos haciéndose pasar por rusos. Quizá porque su papel de cupletista no la obligaba a simular extranjería, la joven intentó «hablar en ruso», pero no logró ser convincente, así que decidieron que no abriese la boca durante la sesión.

—Lo siento —intervino doña Patrocinio—, la señora Larina entiende nuestro idioma, pero no lo habla.

A continuación, le presentó a los demás: el conde Oneguin; el profesor Pitrolich; la señora Grushenka, dama de compañía de la médium, y el coronel Tovarich, su guardaespaldas, todos rusos, por supuesto, que respondieron a su saludo con palabras seseantes, excepto el último. Vestido con el uniforme de Benigno, galones dorados incluidos, Cantonal se levantó de la silla y dio un taconazo marcial con tanto ímpetu que por poco vuelca la mesa.

—Bien, vamos a proceder ahora que ya estamos todos —declaró doña Patrocinio, muy en su papel de anfitriona—. Invocaremos al espíritu y, una vez manifestado, usted, doña Elvira, preguntará lo que desea saber. Primero,

cojámonos de las manos e invoquemos la presencia del difunto señor Mendoza.

Permanecieron en silencio durante unos instantes hasta que la mesa comenzó a traquetear, movida por las rodillas de Antón y Cantonal, lo que provocó un gritito de la consultante, mientras los otros permanecían impasibles.

—Su marido se ha manifestado. Ya puede usted preguntar.

—Hola, querido, soy Elvira. ¿Estás aquí?

Casilda dirigió la flecha de la ouija hacia la parte superior izquierda.

—Dice que sí —tradujo doña Patrocinio.

—¿Estás bien?

La flecha se dirigió hacia la derecha.

—Dice que no.

—Lo siento. Quería preguntarte dónde has guardado el dinero.

Tras una pequeña vacilación, la flecha se movió hacia las letras.

—Pregunta que cuál.

—Ya sabes...

—Dice que no.

—El de... —la mujer tragó saliva antes de acabar la frase casi en un susurro— Mariano Segura.

—Pregunta que de qué Mariano habla usted.

—¡El de la estafa, hombre, cuál va a ser!

En ese momento, chirriaron los goznes de la puerta de la habitación, que se abrió lentamente, y asomó por ella un espectro cadavérico vestido de negro e iluminado por el resplandor de las velas, provocando tal conmoción entre los reunidos que la mesa cayó al suelo, la ouija salió despedida por los aires y ellos se agruparon en un rincón temblando de miedo a la vez que se oía un golpe seco y el espectro se desplomaba sin conocimiento.

—Es el marrano del primero —aseveró Eulalia, quien asía una sartén por el mango.

—¿Y qué hace aquí? —preguntó su marido.

—Husmear en huerta ajena. Pues, mira, que hubiera llamado.

Mientras tenía lugar la sesión, Eulalia, Benigno, Wallinstein y los dos más jóvenes esperaban en la cocina, con la luz apagada, para ver si podían enterarse de lo que ocurría en la habitación de doña Patrocinio, situada justo enfrente. Distinguieron una sombra al abrirse la puerta y Eulalia no vaciló; asió la sartén y la descargó con todas sus fuerzas sobre la cabeza de quien ella había tomado por un ladrón.

—¿No lo habrás matado? —preguntó de nuevo Antón—. Que tú eres muy capaz...

—¡Quia! Tiene la cabeza demasiado dura para desgraciársela de un sartenazo.

Tras comprobar que así era, los hombres lo bajaron a su piso y lo dejaron tumbado encima de una cama. Para entonces, Casilda se había desvanecido, doña Elvira había salido escaleras abajo como alma que lleva el diablo y los demás intentaban recuperar el juicio, asegurando que en ningún momento habían sentido temor, que pensaban que a Wallinstein se le habría ocurrido aquello para añadir veracidad a la escena y que la señora de Mendoza no pudiera continuar preguntando una vez que ya conocían la naturaleza de su búsqueda.

—Ya lo sabe usted, don Ignacio —dijo Ozaeta—, lo que la señora busca es el dinero de una estafa de o a un tal Mariano Segura. ¿Le suena a usted de algo?

—No.

—Bueno, pues se ha hecho lo que se ha podido.

A continuación, pasaron a discutir acerca de la actuación, felicitándose unos a otros ya que, a su entender, todos, en especial doña Patrocinio y Casilda, habían actuado como verdaderos profesionales, si bien decidieron practicar el «ruso», porque, a fin de cuentas, sólo habían dicho un par de palabras cada uno y. necesitarían expresarse con fluidez durante la gira por provincias. La joven se había recuperado de su desvanecimiento, que achacó al susto, y tenía al abogado pendiente de ella, actitud que no pasó desapercibida y fue recibida con gestos de complicidad y sonrisas por parte de los demás.

Lo primero que hizo Wallinstein al día siguiente, nada más llegar a la oficina, fue buscar la carpeta de Mariano Segura, pero no encontró ninguna con ese nombre. Estaba, no obstante, convencido de que el bufete tenía algo que ver con el asunto, porque, si no, ¿a qué tanto misterio? Era una pena que el impresentable del piso de abajo hubiese estropeado la sesión y muy improbable que la viuda volviese a consultar a doña Patrocinio después del susto. Si al menos supiese en qué había consistido la estafa o si el tal Segura era el estafador o el estafado... Debía dejar de pensar en el asunto, se dijo por enésima vez, pero lo cierto era que éste venía a él cuando menos lo esperaba y de la manera más casual. Le habría gustado ser Sherlock Holmes, pero él no sólo no tocaba el violín, sino que tampoco tenía la capacidad analítica del personaje de Conan Doyle, cuyas novelas devoraba en cuanto tenía oportunidad de echarles el guante en la biblioteca. Por otra parte, ¿qué haría si llegaba a conocer la verdad de lo ocurrido? ¿Si descubría quién y por qué había degollado al desgraciado de Mendoza y había tirado su cuerpo al Manzanares? Y, además, ¿a quién le importaba?

Al salir del trabajo, y muy en contra de su costumbre, se metió en un bar y pidió una copa de orujo para entrar en calor. El archivo no disponía de brasero ni estufa para evitar cualquier posible incendio y, después de las horas allí metido, tenía los pies helados, pese a los dos pares de calcetines que llevaba puestos. Apoyado en la barra, contemplaba el vidrio y pensaba en Casilda. Tenía que reconocer que la joven le interesaba, y mucho, e ignoraba si desear estar a su lado en todo momento, escuchar su voz, besar sus labios o acariciarla era amor o simple necesidad de un hombre solo. Lo único que sabía era que el tiempo a su lado se le pasaba sin darse cuenta.

Cerró los ojos y la recordó cantando, en medio de la cocina, las mejillas arreboladas, los ojos brillantes.

—Brindo por el difunto Mendoza, que estará ardiendo en el infierno.

Su evocación se evaporó al oír las palabras del hombre que estaba a su lado, a todas luces ebrio, quien levantó su vaso de vino y se bebió el contenido de un trago.

—¡Sírvame otro! —gritó a continuación.

—Lo siento, señor —respondió el camarero—. Primero pague lo que debe y luego le sirvo.

El hombre se echó a reír.

—Pues lo va a tener crudo, porque no tengo un real.

—Entonces, tendré que llamar al encargado para que avise a los guardias.

—Yo me ocupo —intervino Wallinstein dejando varias monedas encima del mostrador—. Sirva al caballero.

Un rato más tarde, ambos compartían mesa detrás de una columna. El hombre, que dijo llamarse Augusto Romancero, se gastó en vino el sueldo de una semana del abogado, pero mereció la pena, aunque a cada vaso que bebía resultaba más difícil entender lo que decía. Él y Mendoza habían sido socios en varios asuntillos de poca monta no demasiado legales, contrabando de alcohol, casas de apuestas, pequeños fraudes y otros por el estilo, que les proporcionaban dinero sin mucho esfuerzo, hasta que vieron la posibilidad de enriquecerse de golpe vendiendo unos terrenos inexistentes en la zona de Alcorcón a un incauto llegado de la provincia de Segovia con la intención de invertir en la capital. El hombre, ganadero acomodado sin hijos varones para continuar en el oficio, había decidido trasladarse a Madrid. Lo habían conocido en su empresa Mencero Inversiones, Sociedad Anónima, una tapadera para sus trapicheos, adonde el segoviano había acudido para interesarse por la compra de un edificio en la calle del Carmen, cuyos pisos quería vender o alquilar y de esta manera iniciar su andadura como rentista. Lograron convencerlo de que el futuro estaba en los terrenos de las afueras gracias a la buena presencia de Carlos José Mendoza, sus relaciones con la alta burguesía, su labia, los planos de las barriadas que iban a construirse y los documentos firmados por el ministro de Fomento, unos y otros falsos. El hombre picó el cebo y les entregó trescientas mil pesetas en mano, todos sus fondos tras la venta de la ganadería, tierras y casa de su propiedad, además del importante préstamo obtenido del Banco de España

—Cuando Mariano Segura, que así se llamaba el hombre —continuó Augusto con la voz pastosa—, se presentó en su «propiedad», descubrió

que todo era un fraude y se pegó un tiro. Para entonces, nos habíamos mudado, la empresa Mencero Inversiones, Sociedad Anónima, ya no existía y el hijo-puta de Mendoza se negó a entregarme mi parte, amenazándome con acusarme de estafa e incitación al suicidio, porque fui yo quien firmó los documentos de compra y venta, que él guardaba a buen recaudo, según me dijo.

Wallinstein dejó al hombre, borracho como una cuba, cuando ya no pudo sonsacarle más información, aunque antes buscó en sus bolsillos y encontró un sobre a su nombre y con su dirección: la fonda El Brezo, en la calle Tetuán. Estaba claro que Augusto Romancero tenía razones para asesinar a Mendoza, pero no podía ir a denunciarlo a la policía porque no lo tomarían en serio con los pocos datos que obraban en su poder. La cuestión era complicada e implicaría acciones muy graves, como la de abrir la sepultura de los Alcañizar y Beltrán de Salazar para comprobar si el cadáver allí enterrado era el del supuesto difunto. Algo así podría acarrearle un juicio y la pérdida de su licencia de abogado. Una vez más, pensó que tenía que olvidarse del asunto, pero nada más llegar a la oficina al día siguiente, buscó en el archivo de empresas la carpeta de « Mencero Inversiones, Sociedad Anónima». Y la encontró.

Atónito por el hecho de que la búsqueda le hubiera resultado tan fácil, permaneció unos instantes con los ojos puestos en la etiqueta, sin atreverse a abrir la carpeta y, al hacerlo, notó que le temblaban las manos. Estaba convencido de que allí descubriría la clave del misterio, pero no fue así.

Sólo encontró en ella tres documentos: el acta notarial de fundación de la empresa, la del registro de actividades industriales y la del cese de negocio, así como las facturas correspondientes a la gestión del bufete, pero nada acerca de la venta de los terrenos de Alcorcón a Mariano Segura, ni de otros de parecido pelaje. Releyó de nuevo los papeles, intentando encontrar un nexo entre ellos, y por poco suelta un sonoro «¡Imbécil!» dirigido a sí mismo por no haberse fijado a la primera en las firmas de los socios que aparecían tanto en el acta fundacional como en la del cese de negocio. En ambas, además de las de los dos sinvergüenzas, podían verse dos firmas que él conocía bien: la del señor Alcañizar y la de la señorita Beltrán. Y, aún

más importante, la fecha de disolución de Mencero Inversiones, Sociedad Anónima. Guardó rápidamente la carpeta en su sitio e intentó pensar. Podía entender que los tíos de la pareja formada por Carlos José y Elvira hubieran querido ayudar al primero a la hora de crear una empresa, lo que ya no estaba tan claro es que hubieran firmado su disolución el viernes 1 de junio, es decir, al día siguiente del atentado contra el rey, cuando, en principio, Mendoza ya había sido dado por desaparecido. Aunque, en este caso, su firma debería haber sido falsificada.

—¿Pensando en alguna mujer en particular?

La voz de la señorita Beltrán le provocó tal sobresalto que a punto estuvo de soltar una exclamación. Desde el quicio de la puerta, Cecilia lo miraba con un brillo irónico en los ojos.

—Pase usted, por favor, por el despacho del procurador Ruiz Cortés y recoja unos documentos que don Ramón espera con urgencia —añadió sin esperar su respuesta—. Le envío a usted porque son de suma importancia y no podemos arriesgarnos a que se extravíen por el camino.

Le dio la impresión de que la mujer intentaba justificar el hecho de tratarlo como a un recadero, cosa que en otro momento le habría molestado, pero no ahora. Asintió con un gesto de la cabeza y se dirigió al perchero sin perderla de vista con el rabillo del ojo, tomándose su tiempo para ponerse el abrigo, la bufanda y los guantes. Al comprobar que él no tenía intención de entablar conversación, Cecilia Beltrán dio media vuelta y regresó a su despacho. Rápidamente, Wallinstein sacó la carpeta de « Mencero Inversiones, Sociedad Anónima» y la introdujo en su portafolio, cogió su sombrero y salió a la calle. Pasó por el despacho del procurador, pero, a continuación, acudió a un perito calígrafo a quien el despacho solía consultar en materia de firmas, sobre todo de testamentos, para certificar si las rúbricas de Mendoza en los tres documentos se correspondían. El resultado no dejaba lugar a dudas. De acuerdo con el experto, en los tres casos, la caligrafía pertenecía a la misma mano. El hombre se perdió después en una serie de explicaciones que ratificaban su examen y finalizó con una afirmación sorprendente:

—De hecho, también la estilográfica y la tinta utilizadas en el último documento son las mismas.

—Las de las firmas del sujeto en cuestión...

—Las de todos los firmantes, aunque... en éste, una de las firmas ha sido falsificada.

—No lo entiendo.

—La del tal Augusto Romancero. A simple vista parece igual en los tres documentos, pero si usted se fija bien, verá que el rabillo de las erres no coincide con los dos primeros. También son diferentes las letras capitales y la inclinación de la escritura.

En cuanto estuvo de regreso en el bufete, entregó los documentos del procurador a la señorita Beltrán y se apresuró a devolver la carpeta al archivo sin dejar de dar vueltas al asunto. Mendoza estaba todavía vivo el día siguiente del atentado, y en Madrid, no en Manzanares el Real. El señor Alcañizar se hacía fabricar una tinta especial, entre azul y morada, para su estilográfica de oro Waterman, que siempre llevaba encima y no dejaba utilizar a nadie, lo cual era motivo de bromas entre los empleados de la oficina. Así pues, él, Cecilia y Carlos José se habían reunido para firmar la disolución de la empresa en una jornada en la que casi nadie había trabajado en la capital, conmocionada por el terrible acontecimiento de la víspera. Y

uno de ellos había falsificado la firma del socio.

De vuelta a La Universal, se cruzó en las escaleras con el vecino del primero; recordó la falsa sesión de espiritismo y el sartenazo que Eulalia le había propinado la víspera y no pudo evitar esbozar una sonrisa.

—¿Está usted bien? —preguntó.

El hombre musitó algo ininteligible y continuó su camino.

Creyendo que los bolcheviques habrían acudido a una reunión ilegal al no escuchar ningún ruido en el piso de arriba, subió a investigar y encontró la puerta entreabierta. Pensaba echar un vistazo, a ver si daba con alguna prueba que pudiera incriminar a sus vecinos, en especial una máquina para imprimir panfletos, pero al oír voces que salían de la habitación más cercana a la entrada, acercó la oreja, con tan mala fortuna que se apoyó en la puerta y ésta se abrió, causando el subsecuente jaleo.

Al despertar en su cama, con un terrible dolor de cabeza, únicamente recordaba al grupo de conspiradores alrededor de una mesa redonda. No había podido distinguirlos a todos debido a la poca luz, si bien se le quedó grabado el rostro de una mujer, aterrorizada por el hecho de haber sido sorprendida en pleno contubernio con otros individuos de su misma ralea.

La conocía; estaba seguro de haberla visto en alguna parte, pero no podía acordarse de dónde. Se levantó a media mañana, se puso una bolsa de agua fría en la cabeza sujeta con una bufanda para calmar el dolor y ocupó varias horas repasando los periódicos de todas las tendencias, que había apilado en una de las habitaciones del piso, hasta dar con lo que buscaba. Allí, en la página de sociedad de El Imparcial aparecía la mujer que había visto la víspera junto a un militar ruso: doña Elvira Artigas y Beltrán de Salazar. La instantánea había sido tomada un par de semanas atrás con motivo de un baile en el palacio de la marquesa de Esquilache y el pie de foto celebraba la belleza y el buen gusto en el vestir de la señora viuda de Mendoza y Alcañizar.

—¡Los tengo! —gritó, y tuvo que llevarse las manos a la cabeza porque sintió un dolor como si una aguja le trepanara el cerebro.

Esperó a la caída de la noche para salir sin ser visto por sus vecinos, aunque tuvo la mala fortuna de toparse con el abogado, quien, a buen seguro, se lo diría a los demás, pero tenía que arriesgarse. Acudió al Teatro Eslava, en la calle del Arenal, frecuentado por asiduos a las funciones subidas de tono que en él se representaban, hombres en su mayoría, a la espera de ver a la Chelito, una tonadillera joven a quien los expertos del género ínfimo auguraban un futuro brillante. La moza cantó La pulga, uno de los cuplés favoritos del público desde hacía dos décadas, mientras buscaba el insecto en su cuerpo y dejaba ver parte de su anatomía, en especial las piernas, lo que causó furor entre los asistentes, que coreaban el final de las estrofas. Al llegar a la frase «Porque me pica y se esconde», se escuchó un estruendoso «¿Dónde?». La joven, entonces, se arremangó las faldas con mucha gracia y dejó ver unos primorosos calzones cortos adornados con pasacintas que volvieron loco al contable y lo animaron a proseguir su ardua batalla contra los enemigos de España y de la religión.

Sería famoso, lo recibirían en el Palacio Real, se haría rico y podría solicitar los favores de la cupletista. Ya se veía a sí mismo, vestido a la última moda, sombrero panamá incluido, zapatos acharolados, traje sastre con raya en los pantalones, acompañado de la bella Chelito en un automóvil, regalándole joyas y, ante todo, ropa interior bordada a mano con encajes y alforzas cosidas a punto de vainica. Los aplausos y la petición de bises del respetable lo despertaron de su ensoñación.

Tras la representación, entró en el café situado en los bajos del teatro.

Las artistas solían acudir a tomar algo después de la función y, de paso, a buscar un «protector» que redondease sus a menudo escasos salarios o satisficiese sus caprichos sin más. Al hombre le costó llegar hasta la barra y pedir una cerveza, pero al final lo consiguió, aun a sabiendas de que no tendría posibilidad de entablar siquiera conversación con alguna de las tonadilleras. Pero la Chelito le había calentado los ánimos y era preciso aplacar el fuego. Además, no estaba allí con intención de cortejar, sino de buscar a Fermín Salvador, soltero sin posibles al igual que él, a quien había conocido en aquel mismo lugar meses atrás y que, daba la casualidad, era el mayordomo de la viuda de Mendoza. No estaba seguro de encontrarlo, porque era sábado y creía recordar que el hombre le había dicho una vez que libraba los domingos por la tarde, sin embargo allí estaba, donde acostumbraba, debajo de unas fotografías enmarcadas y colgadas en la pared en las que se podía ver a diferentes actores y actrices que habían actuado en el Eslava.

Salvador no pudo darle información acerca de la militancia política de su señora porque, afirmó, ignoraba que la tuviera y, de hecho, le extrañaba mucho. Doña Elvira no era del tipo de personas inquietas por cambiar la sociedad, ocupada como estaba en ampliar su guardarropa y en asistir a todo tipo de actos de la buena sociedad madrileña. Hasta donde él sabía, su única cuita tras la desaparición de su marido había sido el acceso a su herencia, cuestión que había quedado solucionada al ser declarado oficialmente muerto tan sólo dos meses después. Aunque, a su entender, había algo extraño en todo aquel asunto, pues la señora no se había mostrado compungida, como correspondería a una mujer que ha perdido al

marido de manera repentina. El señor Mendoza, quizá, había desaparecido a propósito y se encontraba en algún otro país por razones desconocidas, si bien... El hombre no acabó la frase.

—Siga —le apremió el contable.

Salvador alargó su copa vacía, clara alusión a que debía llenársela si deseaba que continuara hablando, y él pidió una copa de licor para su acompañante y otra cerveza para él.

—Decía usted... —le recordó.

—Que bien pudiera ser que la desaparición del señor Mendoza no fuera del todo voluntaria.

—¿Qué quiere decir?

—Que alguien podría haber estado interesado en hacerlo desaparecer.

—¿En asesinarlo?

—No lo sé. Yo sólo digo que podría ser.

La entrada en el Café Eslava de un grupo de coristas interrumpió la conversación, que no pudo ser retomada, pues los parroquianos organizaron un revuelo que las mujeres animaron al iniciar una de las tonadillas del espectáculo, y Fermín Salvador desapareció en el tumulto, aunque Flórez tenía las cosas ahora mucho más claras. El aprendiz de confidente se montó su propia historia, tratando de emular al prolífico Joaquín Dicenta, aunque jamás hubiera asistido a la representación de ninguna de sus obras por haber oído que era ateo confeso, además de estar amancebado con una bailaora gitana.

Había averiguado que el abogado del piso de arriba trabajaba en la firma Alcañizar y Asociados, y siendo también Alcañizar el segundo apellido del desaparecido Mendoza, no era difícil llegar a la conclusión de que existía una conexión entre ellos, que no podía ser otra que la mujer de este último, pues ¿qué otro motivo habría para que una dama de la alta sociedad se encontrase en un antro en compañía de unos conspiradores?

Estaba claro, el tipo había seducido a la mujer de Mendoza y la había envuelto en sus redes mediante el sexo, perdición de las mentes débiles; ambos habían asesinado al marido a fin de dar rienda suelta a su lujuria y,

de paso, quedarse con el dinero del muerto para financiar sus actividades clandestinas.

Pese al chichón del tamaño de un huevo de su cabeza, Paulino Flórez durmió de un tirón aquella noche, satisfecho consigo mismo por haber hallado la clave del complot que estaba a punto de resolver. Sólo existía un problema: no había logrado aún una sola prueba para presentar al señor secretario de segunda categoría del Ministerio de la Gobernación.

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