La Universal

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 13 de 19

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La Universal

Capítulo 12

Se aproximaban las fiestas del carnaval y la excitación era cada vez mayor en la pensión, aunque no dejaba de nevar y corría el rumor de que, de persistir el mal tiempo, ese año no habría carrozas. Así era la naturaleza.

Después de meses de sequía, la lluvia y la nieve no dejaban de caer desde mediados de enero, aunque no habían provocado inundaciones; al menos no en la calle del Rollo. Antón, Cantonal e Isidoro pudieron trabajar en el taller para dejar listo el tablado con ruedas al que dieron aspecto de teatro pequeño, con un frontis decorado por el abogado en el que podía leerse en letras blancas sobre fondo rojo: «Gran Compañía Circense La Universal».

En los laterales, no se le había ocurrido otra cosa que pintar unos fuegos de artificio de varios colores, a cual más chillón. El grupo estaba encantado con el invento, en especial con el mecanismo que abría un telón confeccionado con las cortinas del antiguo cuarto de la señora Fuensanta, de un tono granate tirando a rojo. Antón llegó a la conclusión de que, después de todo, su suegra les estaba resultando muy útil, si bien no pudo evitar sonreír con ironía pensando en la cara que habría puesto la difunta de haber visto el uso que se les estaba dando a sus pertenencias. La mujer nunca había tenido sentido del humor.

El domingo de Ramos amaneció completamente despejado y durante los siguientes días continuaría el tiempo seco, según afirmación de Benigno, experto meteorólogo tras cuarenta años pateando calles. El profesor declaró que se debía a las corrientes de aire procedentes del Cantábrico, pero

Eulalia estaba convencida de que habían sido las dos «docenas» de trece huevos que la Isabelilla y ella habían llevado a las clarisas. Le había dado vergüenza decir que era para que no lloviese durante el carnaval —no le pareció pudoroso—, y lo dejó en una simple petición de oraciones. La hermana portera cogió el cestillo, sonrió y les deseó unas buenas carnestolendas, vocablo que don Juan José hubo de aclararle más tarde.

Pero Eulalia no confesó al profesor ni a los demás que había ido con huevos a La Encarnación, advirtiendo a Isabelilla que ella tampoco lo hiciese. De vez en cuando, se acordaba de que estaba en contra de aquella mamarrachada del circo, pero enseguida lo olvidaba; cosía cortinas y trajes, y continuaba practicando en la barra fija, que ya dominaba con soltura, aunque se le había quedado pequeña. Su orgullo le impedía pedirle a Antón que le proporcionase una barra más larga y ancha, sobre la cual saltar y girar con mayor precisión, aunque sabía que acabaría cediendo, pues lo cierto era que gozaba con su secreto y estaba deseando ver la cara de su marido cuando descubriera que podía sostenerse sobre un solo pie encima del travesaño de la cama de su madre.

Estuvieron todos de acuerdo en actuar el martes de carnaval, jornada en la que ricos y pobres disfrutaban lo mismo, cada uno a su manera, por supuesto, pero antes, a modo de prueba, saldrían en el desfile de carrozas del domingo por la tarde. Mientras los pudientes organizaban bailes de máscaras en sus palacetes, el pueblo bailaba en las plazas de los barrios, pero todos coincidían en el desfile de carrozas, aceptándose incluso apuestas acerca de la ganadora. Debido al mal tiempo, el número de éstas había disminuido de forma considerable en comparación con el de otros años, pero había aumentado el de los coches adornados, más fáciles de preparar. Eran, sin embargo, las carrozas las que suscitaban mayor interés entre el público. Alegorías a la moda de París, gnomos, estampas gallegas y andaluzas, escenas campestres, cuadros de terror y una variada mezcolanza de gustos y escenificaciones se sucedían entre aplausos y silbidos, que de todo había. La Universal iba en último lugar, aunque seguida de tres coches engalanados y una comparsa que cerraba el desfile.

El escenario tirado por dos mulas de alquiler que habían conseguido en la plaza de los Carros y que eran guiadas por Antón y Cantonal, el profesor haciendo juegos malabares a un lado, Isidoro al otro con el Pitañas saltando por el aro una y otra vez y Virtudes en medio, sosteniendo en lo alto a la Isabelilla, causaron furor, y la suya fue la carroza más vitoreada y aplaudida de todas, aunque no ganó. El jurado la encontró imaginativa, pero carente de la distinción de Las horas felices de la marquesa de Villamagna, asidua ganadora del evento. No les molestó, porque lo importante era conocer la reacción del público, y ésta había sido muy positiva; les daba confianza para montar el espectáculo el martes en la plaza de la Paja, antiguo centro comercial de la villa antes de que la actividad se trasladase a la plaza Mayor, habitada por nobles que habían vendido sus palacios para la construcción de viviendas baratas de las que obtenían rentas por su alquiler.

Era el lugar más cercano a la calle del Rollo y podrían volver de inmediato a la pensión en caso de que hubiese algún percance.

El cielo, claro a primeras horas de la mañana, fue cubriéndose a medida que transcurría la jornada y hubo momentos en que los «universales»

pensaron en abandonar su proyecto. Isidoro corrió hasta la plaza a eso de las cinco de la tarde y comprobó que la amenaza de lluvia no parecía preocupar a la gente, ansiosa de festejar lo que fuera con tal de olvidar la realidad, así que decidieron aventurarse. ¡Habían trabajado mucho durante los últimos meses para renunciar a su sueño por cuatro gotas de agua! Esta vez no tenían acémilas; total, el lugar se hallaba cruzando la calle de Segovia, afirmó Antón. Él y su amigo hicieron de mulas de tiro, mientras Benigno e Isidoro empujaban el carro por detrás y Wallinstein y el profesor acompañaban a las mujeres. Colocaron el escenario en un lateral de la plaza, dejando para los artistas espacio en la parte trasera, que disponía de escalerilla, y se vieron rodeados de curiosos antes siquiera de que el muchacho comenzase a tocar el tambor del difunto padre de Eulalia para llamar a los espectadores, tal como habían convenido.

—¡Damas y caballeros! ¡En breves instantes va a comenzar la función de la Gran Compañía Circense La Universal, llegada de la misma Rusia para deleite de grandes y pequeños! ¡Verán a Grushenka, la mujer más

fuerte del mundo; a Nikolái, el domador más joven del mundo; a Pitrolich, el mejor mago del mundo, y a la Maripepa, la mejor cupletista de todo Madrid!

Con muchos nervios, Benigno intentaba imitar al presentador del Price, agitando los brazos y soltando algún gallo que otro, lo que suscitaba las risas de los espectadores, convencidos de que se trataba de una farsa más de carnaval. Muchos conocían al antiguo guardia urbano y, pese a que con toda probabilidad nadie allí había oído hablar de Dostoievski ni leído su obra, las risas arreciaron con fuerza cuando un hombre le preguntó por su nombre y el antiguo guardia urbano contestó muy serio que él era Fiódor Karamázof.

El primero en salir al escenario fue don Juan José, a quien se le cayó una de las bolas y fue a parar al sombrero de una mujer vestida de pastora, oveja incluida, lo que provocó la carcajada unánime del respetable. No le salieron mejor los otros trucos que llevaba preparados, pero eso no fue óbice para que continuara actuando con seriedad y recibiera un fuerte aplauso al finalizar su desastroso debut. Le siguieron Virtudes y la Isabelilla. La primera vestida de Diana cazadora, con una túnica griega corta y unos calzones a juego, y la segunda, con un vestido lleno de lazos que la hacían parecer más niña de lo que era. La facilidad con la que la mujerona alzó a la moza con una sola mano asombró al público, pero hizo exclamar a un joven que no hacía falta ser Sansón para levantar a una cría flacucha. Virtudes depositó a la Isabelilla en el suelo, se bajó de un salto del escenario, metió la mano por la entrepierna del osado y lo levantó con igual facilidad para regocijo de los espectadores, y susto del protagonista. A continuación, salieron Isidoro y el Pitañas, pero, al contrario que durante el desfile de carrozas, el chucho se negó a pasar por el aro y cada vez que el mozo le ordenaba saltar, se arrastraba por debajo o daba un rodeo para chirigota del público y bochorno de su domador. Finalmente, Casilda asomó tímidamente por entre las cortinas con el vestido azul de la señora Fuensanta y fue recibida con piropos por parte de la concurrencia masculina, dispuesta a continuar divirtiéndose con el espectáculo a la espera de más risas, pero la joven abrió la boca y enmudeció el bullicio de la plaza al entonar la primera estrofa de la romanza Me llaman la primorosa.

—¿No te recuerda esa moza a la hija de Mariano Segura?

A Wallinstein, que escuchaba embobado, se le cortó la respiración.

—Perdonen mi intromisión, caballeros —dijo una vez repuesto de la impresión—. ¿Conocían ustedes a Mariano Segura?

—Era un buen hombre, sí, señor, vecino y amigo nuestro en Palazuelos, provincia de Segovia —respondió uno de ellos mientras el otro asentía con la cabeza.

—¿Y por qué han dicho que esa joven les recuerda a su hija?

—Se le parece mucho. Ella fue la razón de que Mariano dejase el pueblo para venirse a la capital, donde cayó en manos de unos ladrones que lo llevaron a la tumba.

—¿Por qué fue ella la razón?

—Porque tenía una voz de ángel. Su padre sólo vivía para ella. Quería que estudiase en el conservatorio y llegase a ser una gran cantante, pero después de su triste final, la chica desapareció y no hemos vuelto a saber nada de ella.

—¿Y cómo se llamaba?

Una gran ovación, bravos y peticiones reclamando otra romanza interrumpieron su conversación en el mismo momento en que un rayo iluminaba la plaza de la Paja y el estruendo de un trueno anunciaba la inminente tormenta, dando por finalizado el festejo. Las gentes corrieron a guarecerse, los vendedores de rosquillas y churros recogieron las mercancías y cubrieron los puestos con lonas, los críos gritaban, los jóvenes reían y, mientras, Wallinstein permanecía inmóvil en medio del barullo. Un nuevo relámpago seguido de otro trueno aún más potente que el anterior lo espabiló, y buscó a los dos segovianos. Le fue imposible encontrarlos, y acudió a ayudar a sus compañeros, quienes intentaban llevarse el carro antes de que la lluvia estropease el decorado. La tormenta no esperó.

Llegaron calados a la pensión, metieron el armatoste en el taller y subieron al piso a celebrar su «bautizo» artístico con agua y velas celestiales, como señaló Cantonal en tono irreverente.

La actuación había sido un éxito, a juicio de todos, excepto de Isidoro, quien anunció al Pitañas que aquella noche lo desterraba de su cama, por

inútil. Eulalia tampoco estaba satisfecha; la próxima vez pondría atención en cuanto al número de días a pedir buen tiempo, puesto que, por lo visto, cada docena de huevos valía sólo para uno. El abogado, por su parte, no dejaba de mirar a Casilda, feliz y todavía anonadada por la respuesta del público. Si ella era en verdad la hija de Mariano Segura, ¿por qué no había dicho nada cuando se trató el tema de su suicidio por culpa de Mendoza y de su socio? Aunque recordó su desmayo durante la sesión de espiritismo.

Pensó que se había debido al susto, pero tal vez la razón fue oír mencionar el nombre de su supuesto padre. No quería ni imaginar que hubiera tenido algo que ver con la muerte del primero, pero daba que pensar aquella «C.»

en el breve del periódico y en el anillo. Quizá había tenido amores con Carlos José, quien se habría aprovechado de la hija para engañar al padre, y podría haber sido asesinado por ella en venganza por el suicidio de su progenitor. No sería la primera vez que algo así ocurría, y ¿qué mejor medio de escapar de la justicia que hacerse pasar por una pobre desgraciada sin hogar para ocultarse hasta que el asunto quedara olvidado? Este pensamiento no lo dejó dormir en toda la noche, pues cada vez que cerraba los ojos veía a Casilda, cual Judith vengadora, rebanando el pescuezo de su enemigo. Se había enamorado sin remedio de la joven, pero la nueva situación no le permitía intentar un avance con vistas a un noviazgo, y se planteó la posibilidad de mudarse de alojamiento para no tener que verla cada día. Sabía que le iba a ser muy difícil dejar de pensar en el asunto y una relación bajo sospecha estaba irremediablemente abocada al fracaso.

—¿Está usted bien?

La señorita Beltrán lo examinó con atención cuando él fue a entregarle unos documentos.

—¿Por qué lo pregunta?

—Porque tiene usted ojeras de enfermo.

—He dormido mal.

Ya ni recordaba la última ocasión en que ella le había dirigido la palabra para otra cosa que no fueran asuntos de trabajo. A veces, rememoraba su encuentro en la cabaña de Manzanares, esperando que ella lo invitase de nuevo a ir por allí. La experiencia había sido ciertamente singular; tanto que

había momentos en que dudaba de que hubiese tenido lugar. Por supuesto, dicho deseo no tenía nada que ver con los sentimientos que albergaba hacia Casilda, pues, para ser sincero consigo mismo, no se imaginaba a la joven lanzándose fogosa sobre él, ni lo pretendía. Aquel tipo de aventuras chocaba de lleno con su educación, de alguna manera conservadora, y con lo que ansiaba fuera una tranquila relación sentimental, pero, tenía que reconocerlo, era lo más excitante que le había ocurrido en la vida y no le importaría repetir.

—¿Estuvo usted en casa de mi sobrina Elvira el día de los Inocentes?

Me habló de un joven atractivo, hijo de un banquero, cuyo apellido dijo ser Walsein, o algo por el estilo.

La pregunta lo dejó descolocado.

—Ya me gustaría a mí ser hijo de un banquero —bromeó.

—Me recordó a usted por la descripción que me hizo. El caballero en cuestión acudió con unas personas procedentes de Rusia al concierto de villancicos que mi sobrina organiza todos los años, un fastidio que procuro eludir.

—Puedo asegurarle que no conozco a ningún ruso.

—Quedó con él en el museo, pero no se presentó —prosiguió ella como si no lo escuchara—. Imagino que, de haber sido usted y haberme visto en compañía de Elvira, habría intentado esconderse para no ser descubierto por mí.

—Sería lo más probable. —Wallinstein decidió seguirle el juego.

—Porque no quedaría muy elegante que una joven viuda, de buen parecer y familia honorable, supiera que había sido engañada.

—En efecto —admitió él—, pero también podría tratarse de una especie de diversión. No olvide que, según ha dicho usted, era el día de los Inocentes.

—¿Y por qué habría de divertirse nadie a costa de una mujer crédula como mi sobrina? A menos que quisiera sonsacarle algún tipo de información.

—¿Y qué tipo de información podría ser?

—Una, tal vez, relacionada con el fallecimiento de su marido.

La voz de la señorita Beltrán había dejado de ser amable y Wallinstein decidió dar por terminado el juego.

—Siento no poder ayudarla en este asunto. Si me disculpa.

La voz de Cecilia lo detuvo antes de llegar a la puerta.

—Me gustaría que me acompañara a casa de mi hermana. Debo solucionar unos asuntos y necesitaré un pasante.

Wallinstein se giró. Aquello era un golpe bajo por partida doble: intentaba dejarlo en ridículo ante Elvira y su madre y, encima, recordarle cuál era su puesto en el despacho.

—Creía que ustedes dos no se hablaban desde que ella le robó a su prometido —respondió mordaz mirándola a los ojos—. Lo siento, estoy muy atareado; tendrá que decirle a otro de los empleados que la acompañe.

Tenía el estómago vacío y se le abría la boca debido al sueño, así que, de camino al archivo, pidió al bedel que le subiera un café. No solía hacerlo, pese a que el hombre se desvivía por servirlo desde el día en que le había aconsejado acerca de cómo solucionar a su favor una querella interpuesta por el propietario de su vivienda, pero necesitaba un estimulante que lo mantuviera despierto hasta el final de la jornada. El bedel no tardó ni cinco minutos en estar de vuelta con el café y con un recado: don Ramón requería su presencia. Bebió el líquido a toda prisa, a riesgo de quemarse la lengua, y se presentó en el despacho del principal preguntándose qué querría, pues habían transcurrido casi ocho meses desde la última vez que había pisado la alfombra del sanctasanctórum de la firma.

Al contrario que en la ocasión anterior, el señor Alcañizar se mostró incluso amable y le indicó una silla para que tomara asiento. En un tono de voz que Wallinstein encontró sospechosamente paternal, don Ramón le habló de lo que suponía levantar una empresa, de cómo su padre había fundado la suya y él había seguido sus pasos y podía ahora vanagloriarse de haber convertido Alcañizar y Asociados en uno de los más prestigiosos e importantes despachos de abogados de Madrid, si no del país. El joven no entendía adónde quería ir a parar, pero escuchaba con atención, pese a que tenía que hacer esfuerzos para mantener los ojos abiertos y la mente lúcida.

—Como todo cesto de manzanas, también en el nuestro aparece de tiempo en tiempo una podrida que es preciso eliminar para bien de nuestro respetado nombre —continuó su patrón—, y cuando dicha infortunada circunstancia acaece, no es bueno para la empresa, ni para sus empleados

—recalcó—, remover el fango.

Wallinstein intentaba pensar, ¿a qué diablos se estaba refiriendo el viejo? El café le había sentado mal y necesitaba ir al servicio.

—Ha llegado a mi conocimiento que está usted demasiado interesado en averiguar ciertos asuntos que conciernen únicamente a la dirección del bufete y le rogaría que dejase de preocuparse por ellos si desea continuar siendo uno de los nuestros.

—Ignoro a qué se está usted refiriendo —logró articular Wallinstein a la vez que notaba una bola en el estómago que pujaba por salir de una manera u otra.

—Le hablo del caso Mendoza. Está ya cerrado y no hay nada más que indagar al respecto.

—Si usted lo dice...

—Lo digo y lo exijo. Tenemos grandes proyectos para usted, querido Wallinstein. Sería una lástima que malograse su brillante futuro por un asunto sin importancia.

¿Había entendido mal o acaso su jefe lo estaba amenazando? Las náuseas se repetían, estaba a punto de vomitar el café encima de la alfombra persa. En situación tan comprometida, sólo se le ocurrió pensar en el vecino de abajo y en la buena de Eulalia llamándolo marrano. Tenía que salir de allí antes de que fuera demasiado tarde. Se levantó de la silla, hizo una reverencia y escapó apretando las nalgas y el estómago, dejando al señor Alcañizar escandalizado por su conducta, impropia de un subalterno. Al salir del retrete, se puso el abrigo y el sombrero, recogió sus pocas pertenencias y se dirigió al despacho de la señorita Beltrán.

—Renuncio. Mi secretario personal pasará a cobrar las tres semanas de sueldo que se me adeudan —le comunicó desde la puerta, y se marchó a continuación sin darle tiempo a responder.

Se metió en la cama nada más llegar a la pensión y durmió hasta media mañana del día siguiente, más de veinte horas seguidas. En su sueño, escuchó pasos, voces de mujer hablando en voz baja, notó una mano que acariciaba su frente, unos labios que rozaban los suyos.

—Nos tenía muy preocupados —le dijo Eulalia cuando entró en la cocina a por un vaso de agua—, pero veo que ya está usted bien. Habrá sido un corte de digestión o algo por el estilo.

Sonrió. El ayuno y la cura de sueño habían sido un buen remedio para sus males. Tenía las piernas flojas, pero ahora era capaz de pensar con claridad. Y lo primero que pensó fue que era un parado más de los miles que deambulaban por el país en busca de trabajo, aunque él mismo se extrañó al constatar que no le preocupaba lo más mínimo. Era joven y estaba sano; ya encontraría algo. Volvió a su cuarto y dedicó el resto de la mañana a bosquejar de memoria los rostros de las personas que conocía, aunque no el de Casilda. Si iba a ser parte de la compañía circense, más valía que empezase a ejercitarse, ya que, tras el éxito obtenido en la plaza de la Paja, Ozaeta estaba decidido a repetir y los demás, hasta entonces recelosos, parecían secundar su determinación.

Minutos antes de la una del mediodía, hora habitual de las comidas, se escuchó un gran ruido que alarmó a todos los moradores de la pensión, quienes, en unos instantes, estaban en el pasillo intentando averiguar su procedencia. La sorpresa fue mayúscula al descubrir la cama de la habitación de los caseros desfondada y a Eulalia en paños menores por los suelos. La mujer soltó un grito y se cubrió rápidamente tirando de la colcha, pero los huéspedes trataban de averiguar dónde estaba Antón, pues, a simple vista, aquello parecía el resultado de un embate conyugal más impulsivo que de costumbre.

Sin embargo, el casero no aparecía por ninguna parte. Cantonal y Benigno se apresuraron a levantar la cama por si acaso se había quedado debajo, lo cual resultaba ciertamente inviable, aunque no se detuvieron a considerar tal posibilidad, preocupados como estaban en ayudar. Dejaron de buscarlo cuando Eulalia les pidió que salieran de la habitación. Un rato más tarde, se reunía con ellos en la cocina y cinco minutos después aparecía

Antón. Las risitas de los comensales, los comentarios con segundas de su amigo y los sofocos de su mujer le indicaban que algo ocurría, aunque no pudo descubrirlo hasta que fue a su habitación a por tabaco.

—¿Qué ha pasado con la cama? —preguntó a Eulalia.

—¡Como si no lo supieses, bribón! —exclamó Cantonal guiñándole un ojo.

—Quizá se han aflojado los tornillos de las patas —señaló el profesor—

y, claro, con el vaivén...

—¿Qué tengo que saber? ¿De qué vaivén habla usted, don Juan José?

—Ya sabe usted...

—No, no lo sé.

—¿Y qué hacía Eulalia en culeros? —Virtudes se echó a reír.

—¿Se ha quedado usted debajo de la cama? —preguntó Isidoro.

—¡Eulalia! ¿Qué has hecho, mujer?

—Es que cuando tengo un momentito libre, ensayo... —A Eulalia se le habían subido los colores.

—¿Se puede saber de qué hablas?

—Practico la barra fija.

—¡No sabía que ahora se llamaba así! —Cantonal soltó una carcajada.

—Sepan todos ustedes, y también tú, Antón, que servidora es una magnífica equilibrista. No quería decirlo para daros una sorpresa, pero llevo meses practicando encima del travesaño de la cama. Me sostengo sobre un pie, hago giros y doy volteretas, pero el travesaño es demasiado pequeño y, por lo que se ve, la cama demasiado vieja. Y mi nombre artístico es Tatiana

—finalizó ante el pasmo de sus oyentes.

Su declaración, dicha en el mismo tono que el de un presidente del Consejo de Ministros mientras presenta su programa, arrancó los aplausos de Wallinstein. Si alguna duda le quedaba sobre lo acertado o no de su decisión de largarse del bufete, había desaparecido en aquel mismo instante.

Se hallaba la mujer explicando, muy orgullosa, cómo se le había ocurrido la idea de convertirse en equilibrista y riéndose del susto que se había llevado al caerse la cama, cuando media docena de guardias civiles, pistola en mano, invadió la cocina.

—¡Todos contra la pared! —gritó el oficial al mando—. ¡Quedáis detenidos en nombre de la ley!

—¿Por qué cojones? —vociferó a su vez Cantonal encarándose a él.

—¡Por terroristas!

—¡Eso lo será tu madre!

La respuesta fue un golpe con la culata de la pistola en plena cara que lo dejó tambaleante, con la consiguiente reacción de Virtudes, quien se lanzó como una furia contra el oficial y lo habría tirado por la ventana si Antón y Benigno no llegan a detenerla. Este sacó su placa de municipal, que siempre llevaba encima por si pudiera serle de utilidad y porque, en el fondo, continuaba sintiéndose miembro del cuerpo, e intentó razonar con los guardias. Tras no pocos esfuerzos para entenderse sin gritar, lograron saber que el motivo de la toma de La Universal era una denuncia debida a un estruendo oído una hora antes y el asunto quedó dilucidado en cuanto se les mostró el dormitorio de los dueños y la cama por los suelos.

—Es que andamos alertas desde lo del atentado a Su Majestad —se disculpó el oficial.

Tras la marcha de los guardias, Eulalia envió a Isidoro a la carnicería a por un filete de carne para poner en la mejilla de Cantonal, quien no dejaba de proferir palabrotas y juraba que iría a romperles los morros a los vecinos de abajo, seguros culpables del chivatazo. Antón lo calmó prometiendo que ya pensarían en devolverles la faena, pero que, por el momento, era mejor dejar las cosas como estaban.

Esa misma tarde, el profesor se presentó en Alcañizar y Asociados a reclamar el finiquito y las tres semanas adeudadas al señor Ignacio Wallinstein, de quien era secretario personal, según declaró. El contable de la empresa hubo de consultar con la señorita Beltrán, pues no tenía conocimiento de que el joven abogado hubiese abandonado la empresa.

Cecilia intentó sonsacarle los motivos por los cuales su supuesto jefe había tomado dicha decisión, pero don Juan José no soltó prenda y se limitó a reclamar la liquidación en nombre de su representado.

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