La Universal
Capítulo 4
El mismo día del entierro, por la tarde, Antón Ozaeta e Ignacio Wallinstein iniciaron la búsqueda del «tesoro» de la señora Fuensanta.
Eulalia se empeñó en acudir al rosario en San Andrés, y Casilda e Isabelilla se fueron con ella; también fue Virtudes. Cantonal decidió darse un garbeo por las tascas de La Latina, pero no pudo convencer a su compadre, quien adujo el luto para no acompañarlo, así que se fue solo. Por su parte, el profesor propuso aprovechar que había refrescado un poco para dar una vuelta por el Museo del Prado y, para asombro de todos, Isidoro aceptó la propuesta; nunca había estado en el museo, aseguró, y tenía curiosidad por ver cómo era. Al abogado le habría gustado ir con ellos, pero su casero le hizo un gesto casi imperceptible con las cejas recordándole su promesa y alegó un informe que debía entregar sin falta el lunes en la oficina. Ambos esperaron a que la casa se hubiese quedado vacía y emprendieron la aventura de encontrar lo que tal vez no existía. El primer lugar que registraron fue, por supuesto, la habitación de la difunta, un cuarto abigarrado y repleto de recuerdos.
—Deje usted todo igual a como lo encuentre —ordenó el casero—.
Eulalia es muy minuciosa y se daría cuenta si algo no está en su sitio.
Miraron por todas partes: en el armario, en los cajones, debajo del colchón y de la cama; en todas las cajas y cajitas que la fallecida coleccionaba desde su juventud; dentro de un jarrón con flores secas; en los cuatro bolsos, todos iguales o casi, que colgaban tras la puerta; bajo los
tapetes de ganchillo y tras los ajados cortinones de terciopelo de la ventana.
No había nada, ni dinero, ni joyas, a excepción de los aderezos del traje de fallera, colocados en orden encima del tocador.
—A lo peor, no existe el tesoro... —apuntó Wallinstein, no sin cierta sorna en el tono de su voz.
—Ya le digo a usted que sí —respondió el otro, malhumorado—.
¿Dónde diablos lo habrá escondido?
—Mejor salimos de aquí, no vaya a ser que vuelva alguien y nos encuentre en plena faena.
—Puede que tenga usted razón, maldita sea.
Iban a abandonar el dormitorio cuando Antón se fijó en el cuadrito suspendido encima de la cabecera de la cama que representaba la imagen de la Virgen de la Fuensanta y que siempre le había parecido bastante feo, pese a no entender de arte, pero su suegra sentía verdadera veneración por él y no había querido ni oír hablar de cambiarlo por otro mejor pintado de la Virgen cuyo nombre llevaba. Tuvo una inspiración, lo descolgó y le dio la vuelta; allí, colgada de un gancho minúsculo, había una llave.
—¡Ajá!
Wallinstein ya había salido y volvió a entrar al escuchar su exclamación.
—¡Ya le decía yo a usted que el tesoro existía! —gritó eufórico Antón blandiendo la llave igual que un trofeo—. Ahora hay que averiguar qué es lo que abre esta llave.
No habían visto en el cuarto ninguna caja o cofre cerrados, por lo que optaron por dejar la llave en su lugar hasta encontrar la cerradura correspondiente, no fuera a ser que Eulalia supiese de su existencia y organizase un jaleo si se le ocurría mirar detrás del cuadro y no la encontraba. De todos modos, echarían de nuevo un vistazo, por si acaso les había pasado desapercibido algún escondrijo, ahora que tenían una idea sobre lo que buscar. Era improbable que la mujer hubiese ocultado algo valioso en una de las otras habitaciones de la casa donde cualquiera podría encontrarlo.
Decidieron tomarse una taza de achicoria para calmar los nervios, y en buena hora. Las mujeres aparecieron diez minutos más tarde, momento en
que el abogado aprovechó para retirarse a su habitación hasta la hora de la cena. Tenía que pensar con detenimiento acerca del extraño encuentro en el cementerio, el nombre inscrito en la lápida y algún otro detalle que se le escapaba.
—No se olvide de traer luego la ropa sucia, que mañana toca colada.
La advertencia de Casilda le hizo recordar la ropa que la víspera había dejado tirada en un rincón de la habitación y, al vaciar los bolsillos del pantalón bombacho, dio con la cartera hallada junto al río y cuya existencia había olvidado a causa del ajetreo del funeral. La cédula de identidad estaba expedida a nombre de Carlos José Mendoza y... ¡Alcañizar! También se fijó en su edad y lugar de nacimiento, Madrid. Lo primero que le vino a la mente fue que el desaparecido y don Ramón, el principal de la firma Alcañizar y Asociados, eran parientes, porque ya era casualidad que ambos tuviesen el mismo apellido, aunque podía darse la circunstancia de que no existiese relación alguna entre ellos, sin embargo... había algo... Cogió un lápiz y unas cuartillas de papel y comenzó a anotar los nombres, lugares y hechos relacionados con el asunto; era la mejor forma de ver con claridad los diferentes aspectos de la cuestión y precisar los interrogantes, como, por ejemplo, por qué Matías el cabrero no había dicho nada acerca de la cabaña junto al río, o por qué razón la señorita Beltrán no le había dicho que los Alcañizar y los Beltrán de Salazar eran parientes, ni había mencionado a su hermana. Demasiadas preguntas y ninguna respuesta, pensó, picado en su amor propio. Estaba por asegurar que le habían encargado el asunto por ser él un don nadie en el bufete, creyendo que se limitaría a confirmar sin más lo de la desaparición; por esa razón lo había acompañado la secretaria a Manzanares el Real, para controlar que no averiguase nada que no debía.
Las dos facturas que contenía la cartera no parecían demasiado importantes: una era de un restaurante y, la otra, de un taller de automóviles, pero, al volver a colocarlas en su lugar, el joven se fijó en que había algo más, un papel doblado en varios pliegues, que resultó ser un anuncio de periódico, de los llamados «breves», a menudo la única forma de contacto entre dos enamorados y que él solía leer para entretenerse. Le divertía imaginar a los autores de dichas misivas, a veces tan remilgadas que le
provocaban la risa, otras, dramáticas del tipo «Moriré si no vuelvo a verla a usted pronto», pero, en general, único medio para conseguir una cita. El papel que tenía delante había sido recortado a mano e incluía varios anuncios, pero uno estaba enmarcado con una raya roja: «Jueves, 31, en la cabaña del río. C». No podía ser otra cosa que una cita amorosa, lo que explicaba que Mendoza hubiese acudido a Manzanares el Real para encontrarse con su amante el día de la boda de los reyes, mientras su esposa seguramente acudía a una de las múltiples recepciones ofrecidas por miembros de la alta sociedad para celebrar el enlace. No obstante, razonó, tampoco estaba claro que lo fuese; podía tratarse de cualquier otro tipo de cita, una para cerrar la venta de las huertas, tal como se afirmaba en el documento de la Guardia Civil. Dobló el papel y lo metió en la cartera antes de sacar de ésta la fotografía de la mujer, suponiendo que sería doña Elvira y recuperando la idea de pintarla al estilo de Waterhouse, aunque no dispusiese del original. Chasqueó la lengua decepcionado. La retratada no era ella, eso estaba claro, pues su cabello era oscuro y no pelirrojo; además, la instantánea estaba rayada, como si alguien la hubiese marcado con un objeto punzante, y era imposible adivinar de quién se trataba, si bien las manos superpuestas sobre la falda denotaban que eran las de una persona joven.
Después de cenar, y mientras Antón, Cantonal y don Juan José enseñaban a Isidoro a jugar al mus, él se sentó junto al guardia urbano.
—Dígame, Benigno, ¿sería posible enterrar a alguien en un cementerio sin que las autoridades competentes estuviesen al corriente?
—Por supuesto que no —afirmó el aludido con seriedad.
—¿Por qué no?
—¡Hombre! Hay unos trámites que cumplir.
—Suponga usted que alguien se los salta.
—Eso es difícil que ocurra, puesto que hay que abrir la sepultura y para eso es preciso tener el permiso correspondiente. Los enterradores no aceptarían el encargo sin dicho permiso, ya que se les puede caer el pelo.
—¿Y qué se hace si aparece un cadáver que nadie reclama y cuya identidad se ignora?
—Pues... —el hombre se rascó la cabeza como si estuviera pensando la respuesta— se lleva al depósito, se da parte a la policía y después se le entierra en una fosa común. Suelen ser pobres, vagabundos, prostitutas viejas, ya sabe, ese tipo de gente.
—¿Y en caso de un crimen? Quiero decir, cuando está claro que el muerto ha sido asesinado, pero no se sabe quién es...
—Igual, sólo que, en esos casos, se hace una ficha detallada con las características del finado: color del pelo y de los ojos, tipo de ropa, si tiene alguna marca o cicatriz que más tarde sirva para identificarlo... ¿Por qué me pregunta usted estas cosas en un día tan triste como el de hoy?
—Ya lo siento. Estoy trabajando en un caso de desaparición y no se me ocurre otra persona con más conocimiento de causa que usted.
—Para servirle en lo que sea menester —respondió el municipal sin ocultar su orgullo.
—¿Puede saberse de qué hablan ustedes con tanto secreto? —preguntó Cantonal, a quien el murmullo de sus voces distraía del juego—. Si no es indiscreción, claro.
Los jugadores pararon la partida y se quedaron mirándoles, y lo mismo hicieron las cuatro mujeres, Eulalia y la Isabelilla, que cosían en un rincón de la cocina, y Casilda y Virtudes, ocupadas en recoger los cacharros de la cena. Wallinstein pensó en decirles que era un asunto privado del bufete, acerca del cual no podía comentar nada, pero le vino de nuevo a la cabeza la idea de haber sido manipulado por Alcañizar y la señorita Beltrán. A fin de cuentas, daba igual y, además, apreciaba a todos y cada uno de los miembros de aquel grupo variopinto que había tenido la fortuna de encontrar en su camino. Hasta hacía poco, salía del trabajo, comía algo en una taberna, se encerraba en la habitación de una pensión y los domingos paseaba su soledad por el Retiro. Las cosas habían cambiado desde que se alojaba en La Universal; siempre había un plato para él en la mesa, una sonrisa, una conversación y, por primera vez desde la muerte de sus padres, se sentía parte de una familia.
Al rato, cartas, cacharros y costura habían quedado relegados. Atentos a sus palabras, todos escuchaban su relato, al igual que antaño se reunían las
gentes en torno al hogar para oír hablar de hechos extraordinarios que llenaban sus mentes de fantasías, y también de miedos. Les explicó el asunto desde el comienzo, la desaparición del tal Mendoza, la entrevista con su esposa, el viaje a Manzanares el Real, el hallazgo de la cartera y el sorprendente descubrimiento de aquella misma mañana en el cementerio.
Finalizó mostrándoles la cartera y su contenido, además de añadir que, sin querer parecer melodramático, sospechaba que el hombre habría podido morir de manera violenta y que, por razones que no lograba dilucidar, había sido enterrado en el panteón familiar con el conocimiento de sus parientes, por eso estaba la viuda en el cementerio. Los oyentes permanecieron en silencio durante unos segundos y, a continuación, irrumpieron a hablar a la vez, cada cual dando su parecer, excepto Casilda y la Isabelilla, a quienes, era patente, no se les ocurría nada que decir. De pronto, tenía lugar un suceso, el segundo en dos días, que los sacaba de la rutina y les hacía olvidar la realidad de unas vidas con escasas perspectivas de cambio. No aportaron nada que Wallinstein no se hubiera planteado, pero le hizo sentirse bien el hecho de compartir con ellos aquel «secreto», cuya resolución no tenía nada clara. Incluso Eulalia olvidó su duelo, dejó de suspirar y participó con entusiasmo en la conversación, lo que hizo pensar a su marido que las cosas volvían a su sitio y que esa noche se acostarían juntos, cosa que no ocurrió. Llegada la hora de retirarse, la mujer le comunicó que debían guardar luto durante por lo menos un mes, que no sería decente que ellos se divirtieran mientras su pobre madre se pudría en su tumba, y que la mejor forma de evitar la tentación era continuar durmiendo en cuartos separados. Dicho esto, se metió en la habitación de la señora Fuensanta y cerró la puerta por dentro; él se quedó en el pasillo como un pasmarote, mirando a Cantonal, que subía del retrete situado en el patio y que le dio unas palmaditas solidarias en el hombro al pasar por su lado.
Algo más tarde, cuando la casa estaba en silencio y Antón rumiaba su frustración intentando releer un número atrasado de La Ilustración Española y Americana que alguien había dejado olvidado sobre una silla durante el velatorio, oyó que la puerta del dormitorio se abría con suavidad.
Sonrió creyendo que Eulalia había cambiado de opinión, que su actitud anterior había sido sólo para hacerse la estrecha y disimular ante los demás, y cerró los ojos a la espera de que ella se acostase, pero cuál no fue su sorpresa al abrirlos y encontrar a la Virtudes metida en su cama.
—He venido a consolarte —le susurró a la vez que le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.
—Pero... ¿y Pepe? —fue lo único que se le ocurrió decir.
—Ha sido idea de él. Dice que los buenos camaradas lo comparten todo.
Virtudes abandonó la habitación una hora más tarde, dejándolo agotado y satisfecho.
Tras el bochorno sufrido durante los últimos días, el lunes amaneció con una tromba que anegó patios y alcantarillas y provocó que las aguas bajaran en caudal por la calle del Rollo, lo que, según don Juan José, la convirtió en una Venecia en miniatura. Nadie sabía dónde estaba Venecia, pero tampoco les costaba mucho imaginar una ciudad inundada por los chaparrones. No obstante, había que volver al trabajo, quienes lo tenían, y los demás debían ocuparse en buscar un quehacer. Antón y Cantonal bajaron al taller y lo encontraron completamente anegado y a Isidoro y al chucho subidos encima de una pila de cajas de madera. La lluvia cesó a media mañana, el cielo se despejó y volvió a brillar el sol como si no hubiese ocurrido nada, momento en que los dos hombres y el chaval aprovecharon para limpiar el lugar y deshacerse de un buen número de cosas inservibles que habían ido acumulándose allí durante los últimos cuarenta años, incluidos varios sacos de grano agujereados por las ratas. Cada cierto tiempo se detenían para liar un cigarrillo y Antón miraba a su amigo a la espera de que hiciese algún tipo de comentario sobre el asunto de la noche anterior, pero éste no parecía darse por aludido y en ningún momento hizo mención al tema, ni un guiño, ni un gesto de complicidad o lo que fuera, como tampoco lo había hecho Virtudes durante el desayuno. El hombre llegó a la conclusión de que ambos habían querido demostrarle su agradecimiento por haberlos acogido bajo su techo, y se sintió en paz.
Subieron a la hora de comer, manchados de barro hasta las orejas, y ni Eulalia ni Virtudes les permitieron entrar en el piso. Les sacaron unas
toallas, muda limpia y una pastilla de jabón y los enviaron a una casa de baños situada en la plaza de la Cruz Verde. Al regresar, se encontraron con que los demás ya habían acabado de comer. Antón musitó algo sobre el respeto debido al jefe de familia, que era él, a lo que Eulalia le respondió que las pochas debían comerse calientes y no recalentadas, lo cual quedó claro cuando los tres hombres comprobaron que las alubias se habían pegado y tenían un punto requemado. Su marido se vengó al quedarse solos informándole de que, en adelante, Isidoro dormiría en el piso, pues había mucha humedad en el taller y no era lugar apropiado para nadie, y menos para un chaval en edad de crecimiento, que lo mismo podía coger las viruelas o cualquier otra peste. Podía dormir en el cuartucho de la Isabelilla, y ésta con Casilda, en la habitación del fondo, cuya cama era suficientemente grande para las dos.
—Pues a ver cómo nos las arreglamos —respondió Eulalia—, porque doña Patrocinio se viene a vivir con nosotros.
La vecina del primero había recibido orden de desalojo porque el dueño aducía necesitar el piso para un pariente. La mujer había subido al segundo hecha un mar de lágrimas y había encontrado amparo en su amiga, olvidada ya la espantada del día del atentado, sobre todo porque no se había separado de ella durante el trance del fallecimiento de la señora Fuensanta, además de ayudar a amortajar el cadáver y peinarle los moñetes en los que sujetar peinetas y horquillas. Detalles así no eran para olvidar y Eulalia era una persona agradecida.
—Pagando, claro —dijo Antón.
—Claro, aunque también está el otro asunto.
—¿Qué asunto?
—El de las cartas.
—¿Qué cartas?
—Hombre de Dios, ¿no sabes que doña Patrocinio echa las cartas?
—Sí, para entretenerse.
—No, vive de eso, y recibe a sus clientes los martes y viernes. También lee las líneas de la mano y los posos de té.
—¿Me estás diciendo que cobra por echar la buenaventura?
Sabía que su mujer y su suegra bajaban a veces al primer piso para, según decían, conocer su futuro. Siempre se reía de ellas y, a la vuelta, les preguntaba a ver si iban a recibir la herencia de un inexistente tío americano o si les iba a tocar el número de la Lotería Moderna que adquirían todos los años por Navidad y llevaban a bendecir. Él también jugaba, sin decirles nada, por si acaso tocaba, y guardaba su billete en el taller, en el doble fondo de su caja de herramientas. A pesar de ser consciente de que era una posibilidad remota verse agraciado con varios miles de pesetas a cambio de las tres que valía el décimo, acudía todos los años a la administración de la Puerta del Sol y adquiría el papelín que, quizá, transformaría su vida y la de su mujer, aunque procuraba no hacer planes, pues las ilusiones malogradas no eran buenas para el ánimo ni para la salud. Adquiría el periódico a primera hora del día siguiente al de la lotería antes de desayunar y, con él doblado bajo el brazo y docena y media de churros comprados en la chocolatería San Ginés, regresaba a casa, donde su mujer, su suegra e Isabelilla lo esperaban con un pucherito de chocolate. Era un rito que se repetía todos los años. Entre churro y churro les leía las noticias referentes al sorteo y dejaba para el final la lista de los números premiados.
—No conozco a nadie que se haya hecho rico jugando a la lotería —
declaraba con ironía al constatar la decepción en los rostros de las tres mujeres.
A continuación alegaba un trabajillo pendiente y bajaba al taller para comprobar uno a uno los números agraciados y cotejarlos con el que aparecía en su billete. Todos los años juraba no volver a caer en la trampa, no dejarse engatusar por los vendedores de espejismos; ya se sabía, al menos él sí, que aquello de la lotería era sólo un tejemaneje del Gobierno para sacar las perras a los ciudadanos, otro más, pero olvidaba su promesa a medida que se acercaba la fecha del sorteo y escuchaba a la gente hablar ilusionada sobre lo que haría si le tocara un pellizco de fortuna. A fin de cuentas, se decía, tres pesetas no eran muchas si alimentaban la esperanza de los pobres durante unas semanas.
—¡Pues claro que cobra! —respondió Eulalia—. A ver, si no, cómo iba a vivir la pobre con las cuarenta pesetas de pensión al mes que le quedaron
a la muerte de su marido, y eso que era funcionario de correos.
—¿Y hay quien paga para que ella le lea el futuro?
—Naturalmente, es un servicio como cualquier otro.
—¿Tú también le pagas?
—No, a mí me lo hace como amiga, así que ahora me toca corresponder. La cuestión es que necesita una habitación cerca de la puerta de la entrada y había pensado que don Juán José podría pasar a otra, una de las que dan al patio.
—¿Y por qué no la pones en el cuarto de tu madre? —preguntó Antón, súbitamente iluminado—. Es el más grande y el más cercano a la puerta de la calle.
—¡Hereje! ¡Sólo lleva un día enterrada y ya quieres que me olvide de ella! —exclamó Eulalia enfurecida—. Además, ¿dónde voy a dormir yo?
—Donde debes, conmigo.
Le vino de pronto a la mente el recuerdo de la noche anterior con la Virtudes. Cierto que había sido infiel en un momento en que ya empezaba a estar harto de la situación, pues durante las últimas tres semanas no había catado el fruto prohibido, que no era tal, puesto que había sido bendecido por un cura como Dios manda, ni siquiera de extranjís, debido a que era casi imposible encontrarse a solas con su mujer en un piso lleno de gente, pero la culpa de su infidelidad era de ella por olvidar sus obligaciones conyugales. Se levantó de la mesa, cerró la puerta de la cocina con el pestillo y se giró con una mirada que ella conocía bien.
—¿No irás a sobrepasarte? —le preguntó—. No olvides que estamos de luto y no es decente hacer...
La acalló con un beso y se enlazaron de pie, contra la pared que estaba junto al fogón.
—Definitivamente es mucho más cómodo hacerlo en la cama —dijo Antón con la respiración entrecortada antes de salir de la cocina La pitonisa fue instalada en la habitación de la señora Fuensanta y pudo recibir a sus clientes de los martes y viernes, quienes habían sido advertidos del cambio por el profesor mediante una nota escrita con su mejor caligrafía y que Antón clavó en la puerta del primer piso. Pero antes fue preciso
desmontar el cuarto de arriba abajo. Todos los alojados en la pensión, incluidos don Juan José y la propia Patrocinio, participaron en el desmontaje y posterior montaje de los muebles de la difunta, ya que Eulalia, con suspiros y ayes, insistió en llevárselos a su dormitorio y Antón no rechistó si con ello volvía a dormir a su lado. Además la nueva inquilina también quería sus enseres, de forma que los hombres cargaron con el armario, la cómoda, el tocador, la cama y la mesa donde leía las cartas, mientras las mujeres subían sábanas, sobrecamas, cortinas, tapetes, figuritas y varias cajas de objetos necesarios, un montón de velas entre otros, para crear el ambiente que los clientes esperaban encontrar en un lugar de adivinación. Los muebles de la habitación de los dueños fueron repartidos entre los demás cuartos.
Con la disculpa del traslado, Antón había examinado cada uno de los rincones del dormitorio. Wallinstein hizo lo mismo al llegar después del trabajo y echar una mano. No encontraron nada sospechoso y se miraron un tanto descorazonados. Tendrían que seguir buscando hasta encontrar la misteriosa cerradura que abría la llave oculta tras el cuadrito de la Virgen de la Fuensanta, que, por cierto, Eulalia exigió que su marido colocase encima de la cabecera de la cama de su madre, como siempre había estado. Éste hizo lo que le pedía, lo descolgó y lo colgó de nuevo sin dejar que ella lo cogiera por si acaso ignoraba la existencia de la llave. Aquel día todos se acostaron antes de lo previsto, agotados por el esfuerzo y sin ganas de alargar la velada como venían haciendo desde comienzos del verano, si bien el abogado fue el último en apagar el quinqué.
Cecilia Beltrán apenas le había dirigido la palabra en la oficina, una actitud cuando menos extraña para alguien que lo había invitado a pasar la noche en su casa de la sierra. Se había limitado a saludarlo y comunicarle que ya había redactado el informe Mendoza, por lo que podía olvidarse del asunto. Él estuvo a punto de comentarle su descubrimiento en el cementerio, pero se abstuvo; se encerró en el archivo y se dispuso a ordenar el papeleo de la última semana, que llenaba su mesa. Volvía de nuevo a la rutina. Su padre solía decir que no existía ocupación aburrida si se hacía bien y se ponía interés, que siempre había algo que aprender, incluso en los
trabajos más humildes. Quizá tenía razón, pero era difícil interesarse por una labor tan tediosa como la de archivar convocatorias, declaraciones, resoluciones judiciales, denuncias o testamentos, entre otras cosas, de personas desconocidas para él. Había miles de nombres en las carpetas guardadas en archivadores alineados por orden alfabético, algunas de las cuales constituirían un buen material de documentación para un investigador sesudo o un autor de novelas, pero él no había nacido para escribir obras literarias, se conformaba con leer las de otros, como, por ejemplo, las de Alejandro Dumas. La última que había sacado de la biblioteca, El conde de Montecristo, que narraba la venganza del protagonista por la traición de quienes creía sus amigos, le había robado horas de sueño. Si él tuviera la pluma y la imaginación del autor francés, desempolvaría alguno de aquellos documentos y escribiría una magnífica historia de infidelidades, maquinaciones y crímenes.
Se detuvo, aturdido por una idea que acababa de cruzar por su cabeza, alargó la mano hacia el grueso archivador en cuyo lomo podía leerse en letra cursiva « Méndez-Menoyo» y buscó la carpeta correspondiente a
« Mendoza». Había varias, pero a él sólo le interesaba una: aquella en la que estaba escrito el nombre del desaparecido Carlos José Mendoza y Alcañizar.
La abrió, presa de la excitación, pero sólo encontró dentro una copia de su certificado de matrimonio, ningún documento sobre herencias, pleitos o cualquier clase de turbio asunto que diera una pista sobre su desaparición.
Cerró la carpeta, pero la volvió a abrir y sus ojos buscaron un nombre que aparecía en el certificado de matrimonio, el de Elvira Artigas y... Beltrán de Salazar. Aguantó como pudo el resto de la jornada laboral, vio marchar al director y a la señorita Beltrán, esperó a que no quedasen más que un par de empleados de la administración del bufete y salió llevando bien agarrado su portafolio. Al llegar a La Universal pensó en encerrarse en su habitación y examinar los documentos que había tomado «prestados» y que deberían estar de nuevo en su sitio a primera hora del día siguiente, pero se encontró con el asunto del traslado y no tuvo más remedio que arrimar el hombro como los demás, aunque se retiró a su habitación en cuanto acabó de cenar.
En su cuarto tenía una mesa más propia de un despacho, que apenas cabía con holgura en la estancia y bajo cuya pata había tenido que poner un papel doblado para que no cojeara, pero que le venía muy bien para dibujar y colocar sus libros.
Retiró dibujos y volúmenes y sacó los documentos extraídos del archivo: dos voluminosas carpetas con los nombres de « Alcañizar» y
« Beltrán de Solazar». Permaneció despierto hasta la medianoche, entonces, volvió a guardar los papeles en el portafolio, puso en hora su reloj de oro, único objeto de valor heredado de su padre, a fin de levantarse a tiempo para estar en la oficina antes que el resto de los empleados, y se acostó. Para cuando el personal de Alcañizar y Asociados llegó a la oficina a la mañana siguiente, hacía rato que él se encontraba allí; había devuelto las carpetas a su sitio y archivado la mayor parte de los documentos que la víspera se apilaban sobre su mesa. No había desayunado y, hacia las diez de la mañana, salió del bufete, topándose con la señorita Beltrán en el portal del inmueble.
—¿Adónde va usted? —le preguntó ella sorprendida.
—A desayunar —respondió a la vez que alzaba el sombrero a modo de hola y adiós.
Entró en el Café de Platerías, pidió un café con leche y una ensaimada, se sentó a una mesa junto al ventanal que daba a la calle e intentó pensar en la información que ahora poseía.
La supuesta «viuda» de Mendoza, Elvira, era la sobrina de Cecilia Beltrán, la hija de su hermana Josefina, y también la sobrina de Alcañizar, según aparecía en el testamento del padre de don Ramón. Esta parte del asunto le había resultado complicada de entender hasta dar con las últimas voluntades del padre del director del bufete, quien legaba una pequeña parte de su fortuna al hijo del primer matrimonio de su mujer, Juan Artigas, dejando el resto a su heredero legítimo, Ramón, y a otra hija, de nombre Elisa. Así pues, su jefe y el padre de Elvira, el novio traidor de Cecilia, eran hermanastros. Por lo tanto, la secretaria y el principal de la firma eran concuñados. Había tenido que elaborar una especie de árbol genealógico para no perderse entre tanto nombre. Se imaginó a la secretaria, abandonada
con el traje de novia ya confeccionado, humillada y herida, y a don Ramón, avergonzado por el comportamiento de su hermano por parte de madre, ofreciéndole una ocupación para olvidar el mal trance hasta que encontrara a un hombre con quien matrimoniar, cosa que no había ocurrido, quizá porque la experiencia la había marcado para toda la vida o porque, tal vez, había decidido quedarse soltera, por aquello de que más valía estar sola que mal acompañada. Cuando era chaval, en Nuevo Baztán había oído contar una historia bastante parecida, sólo que en aquel caso los protagonistas eran labradores, la hermana casada había muerto y la despechada había ocupado por fin el lugar que le correspondía, aunque había hecho pagar con creces el desaire al marido porque, según decían, lo llevaba hecho unos zorros y controlaba todos y cada uno de los céntimos que entraban en su casa. Y
tampoco había hijos del primer matrimonio.
Pero todavía le faltaba una pieza en el rompecabezas que no había podido encontrar en los documentos: ¿quién diablos era Carlos José Mendoza y Alcañizar? ¿Un primo? En su certificado de matrimonio constaba que era natural de Madrid, pero ¿de dónde de Madrid? ¿En qué parroquia había sido bautizado? ¿Quiénes eran sus padres?
—¿En qué está usted pensando?
A Wallinstein por poco se le cae la taza de café. Tan absorto estaba que no había visto a Cecilia Beltrán observándolo a través del ventanal, ni tampoco se había dado cuenta de que ella había entrado en el local y se hallaba a su lado, escrutándolo con atención, como intentando averiguar sus pensamientos. En buena hora se le había ocurrido dejar su libreta de anotaciones en la pensión, pensó, porque lo mismo podría haberlo pillado in fraganti consultando los apuntes o los nombres de su complicada familia.
Sin darle tiempo a responder, la secretaria se sentó frente a él, pidió un café con leche y abonó la cuenta de ambos, sacando la cartera de su bolso y alargando al camarero un billete de cinco pesetas con un ademán de estudiada indiferencia. Al joven le dio la impresión de que el camarero conocía a la señorita Beltrán, pues no levantó una ceja al coger el dinero de manos de una mujer y darle los cambios, algo que sí hizo el caballero sentado a la mesa contigua, acompañando el gesto con un movimiento de
cabeza que indicaba claramente su bochorno ante una actitud tan poco femenina.
—No me ha contestado —insistió Cecilia—. ¿En qué estaba usted pensando?
—En nada en particular —respondió.
—¿Y por qué ha salido de la oficina a media mañana? Sabe usted que a don Ramón no le agrada que los empleados se ausenten de su puesto sin una explicación.
—He venido muy temprano esta mañana, sin desayunar, y necesitaba tomar algo.
—¿Por qué motivo? —insistió ella sin dejar de mirarle a los ojos.
—No podía dormir; el calor, imagino.
—Me han dicho que el domingo lo vieron en la Sacramental de San Pedro y San Andrés.
La mujer lo miraba directamente a los ojos y el joven tuvo la sospecha de que no se trataba de un simple comentario.
—Acompañé a la familia de mi casero al entierro de su suegra —se molestó en explicar, y añadió—: En el cementerio me crucé con la esposa de Carlos José Mendoza y otra señora, quien, por cierto, se parecía mucho a usted.
Ya estaba dicho. Él había movido su ficha y ahora le tocaba a la reina hacer el siguiente movimiento, que supiese que no era el pardillo que ella imaginaba. Durante unos instantes ambos se observaron sin que ninguno de los dos dejase traslucir sus pensamientos.
—¿Le agrada a usted trabajar en Alcañizar y Asociados? —lo interpeló ella de pronto.
La pregunta sonó como una amenaza en los oídos del joven, miró su reloj de bolsillo y se levantó.
—Es tarde.
Hicieron el trayecto de vuelta a la oficina en silencio, pero, antes de entrar, la señorita Beltrán lo asió por el brazo.
—Tenga usted cuidado, Ignacio, hay muchos ojos observándolo.
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