La Universal

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 18 de 19

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La Universal

Epílogo

Manzanares el Real, 31 de mayo de 1907

La agitación era enorme en La Universal. De nuevo la compañía se aprestaba a actuar y, esta vez, no sería una sola representación y vuelta, sino que permanecería varias semanas fuera de Madrid. Era necesario, por tanto, prever todo tipo de necesidades: ropas, mudas, zapatos, alojamientos, comidas. La intención era actuar en todas las poblaciones del Real de Manzanares, incluida Colmenar Viejo, por mucho que hubieran prometido al alcalde de Manzanares el Real que no lo harían en esa localidad. El trabajo era el trabajo, y ellos no le decían a él a quién tenía que vender su grano, afirmó Agapito, que tenía una cuenta pendiente con el edil por el arreglo de un arado que todavía no había cobrado. El herrero había vuelto al pueblo tras la vista previa por el crimen de Matías el cabrero, pero regresó a la capital a los pocos días.

—Os echaba en falta —afirmó con simplicidad, y a los «universales»

les pareció lo más natural del mundo.

No volvió solo; se trajo con él un percherón, con una alzada bastante más alta de lo normal, que podría ser utilizado para el espectáculo, además de para tirar de uno de los carros, aunque todavía no habían decidido de qué forma. Lo alojaron en un rincón del taller, siendo de inmediato adoptado por Isidoro y el Pitañas. Al mozo le vino enseguida a la mente el número que había visto en el Price, el de un perro subido a lomos de un caballo,

aunque decidió guardarse la idea hasta no estar seguro de que podría funcionar. El chucho, por su parte, debió de pensar que ya era hora de tener compañía animal, pues no se separaba del cuadrúpedo e incluso se quedaba dormido entre sus patas. Además del percherón, Agapito también les entregó una lista con las poblaciones donde actuarían. El tío Amando había cumplido su palabra y se había molestado en recorrer la comarca ofreciendo el espectáculo. Serían bien recibidos en Guadalix, Miraflores, Soto, Becerril, Navacerrada, Cercedilla..., además de en Talavera de la Reina, en este caso la confirmación les llegó por medio del tratante de grano. En buena hora.

Pese a no haber tenido que abonar los honorarios de los abogados, los

«ahorros» de Ozaeta disminuían día a día, al igual que los de Wallinstein, escaseaba la clientela de doña Patrocinio debido a la recesión económica que sufría el país y al consecuente paro laboral, Cantonal trabajaba un día sí y cinco no, y don Juan José había dejado de dar clases en el hospicio porque las monjas ya ni siquiera le pagaban con dulces, así que la gira les proporcionaría algunos ingresos, aunque, de todos modos, ya podían ir pensando en buscarse algo que hacer durante el invierno, aseguró Ozaeta mirando directamente a su mujer, porque tampoco era cuestión de echarse al camino con las heladas, y no podrían subsistir si nadie aportaba un duro.

Mientras el rey, los ministros y multitud de personas acudían a los funerales en la Colegiata de San Isidro por los muertos del atentado, ocurrido ese mismo día un año antes, los miembros de La Universal cargaron los carros, cerraron la puerta de la pensión y emprendieron viaje con la alegría en el cuerpo. Al «disfrazarse», que decía con guasa Cantonal, se olvidaban de sí mismos, de la insignificancia de sus existencias, de los sueños no alcanzados. Se transformaban en personas diferentes, desconocidas incluso para ellas, y eran felices. Ansiaban que llegara el momento en que Benigno hiciera la presentación mientras los demás esperaban en la trasera del escenario, inquietos, los nervios a flor de piel, y era tal el placer que sentían al escuchar los aplausos de los espectadores que anhelaban que el momento se repitiese una y otra vez.

Llegaron a Manzanares el Real casi a la puesta del sol, y se dirigieron a la casa de Agapito, que les serviría de cuartel general durante las siguientes semanas. Nada más saberse que habían vuelto los del circo, el alcalde en persona se presentó en la vivienda para rogarles que actuaran en la plaza, a lo que, naturalmente accedieron, aunque recalcaron que también pensaban hacerlo en Colmenar Viejo, le gustase a él o no. De paso, el herrero le reclamó los veinte reales que le debía. El hombre pagó al momento, no fuera a ser que se negasen a actuar después de haber anunciado él a bombo y platillo que habría espectáculo circense gracias a sus buenos oficios.

Amando y Dolores tampoco tardaron en hacer acto de presencia. Según les informó el primero, Olga estaba desganada y apenas comía. El veterinario le había dado un potingue, pero no parecía que le estuviera haciendo mucho efecto.

—Está vieja como yo —añadió con humor su dueño—, pero estoy seguro de que se pondrá buena en cuanto os vea y sea la reina de la función.

Pasaron después a hablar de Matías el cabrero. La noticia de su crimen y encarcelamiento había llegado enseguida a Manzanares y causado el natural estupor entre los vecinos, incapaces de imaginarse a uno de los suyos matando a un hombre y el nombre del pueblo arrastrado por el fango de la ignominia. La mujer, prima y barragana como apuntó Dolores, se había encerrado en su casa y no había vuelto a salir desde entonces.

—Ya se habría muerto de hambre si no fuera por nosotros, que todos los días le dejamos un cestillo con comida —añadió—. Ninguno de los dos es querido aquí, y la gente, ya se sabe, suele ser bastante cruel.

—Son ustedes muy caritativos —señaló Eulalia.

—En realidad, son órdenes de la señorita Cecilia.

—¿Y eso? —preguntó Wallinstein interesado.

—Ella sabrá, porque, desde luego, a mí me acusa alguien de asesina y no vuelvo a mirar a nadie de la familia, si no hago algo peor.

El abogado tenía todavía en la retina la imagen de Cecilia Beltrán descompuesta, lamentándose cual viuda desconsolada. Ozaeta, Cantonal y él permanecieron mudos, sin saber muy bien qué hacer, no sólo por la sorpresa al verla llorar como una plañidera, sino porque no supieron decir si

sus lloros y gemidos se debían al hecho de haber sido descubierta o a que verdaderamente ignoraba el final de su amante. Poco después, y tras tomar una taza de tila que la criada preparó a toda prisa para ella, Cecilia, ya más calmada pero sin dejar de llorar, confesó que aquel anillo había sido regalo de ella a Carlos José Mendoza. Habían planeado marcharse al extranjero, donde reharían sus vidas con el dinero de la estafa, aunque primero se iría él para no levantar sospechas. Desde entonces todos los días esperaba un telegrama que le indicara el lugar dónde se reunirían, en Francia o en Italia, pero los meses habían transcurrido, sin noticias. El hecho de que el anillo que él había jurado no quitarse jamás del dedo hubiese sido encontrado en un cadáver irreconocible acababa de destrozarle el corazón y arruinar su vida, prosiguió abatida. Nunca debería haber permitido que se casara con su sobrina, tan insulsa y carente de interés como su madre. Ellos habían nacido el uno para el otro, eran almas gemelas. A Wallinstein le dolieron sus palabras. ¿Y él qué? ¿No había representado nada en su vida?

—¿Y el dinero? —le preguntó—. ¿Qué ha sido del dinero?

—Carlos José lo guardaba en un lugar seguro.

—¿Dónde?

—¿Y a ti qué te importa? —lo había tuteado.

—Claro que me importa. Mariano Segura tenía una hija y ese dinero le pertenece.

—¡No sé dónde está el maldito dinero! ¡Lárgate de aquí ahora mismo!

—No antes de que me digas por qué razón fue Matías al bufete.

—¿No lo oíste durante la vista previa? Quería dinero.

—Eso no te lo crees ni tú.

—Es cierto, te lo juro. Nos había visto a Carlos José y a mí en la chabola y amenazó con contárselo a Elvira.

—¿Y cómo supo la dirección de Augusto Romancero?

—¡Y yo qué sé!

—¡Lo sabes, claro que lo sabes!

La había sujetado por los hombros y la zarandeaba como a un pelele, ante la asustada mirada de la sirvienta.

—¡Ya está bien de mentiras! —le gritó—. ¡Haz el favor de decir la verdad por una vez en tu vida!

—¡Se la di yo! Hice averiguaciones y descubrí dónde vivía el socio de Carlos José. Pensé que quizá conocería su paradero, pero habría sido muy comprometido por mi parte ir a hablar con él. Le dije a Matías que fuera en mi lugar y prometí pagarle por la información, pero jamás le ordené que lo matara. El cabrero es un bruto y se pasó.

—Me das pena.

—Y usted es un abogado sin ningún futuro. —Había dejado de tutearlo tras el breve intervalo de la bronca—. Ya me encargaré yo de que no le admitan en ningún despacho de abogados de Madrid y tendrá que ejercer en provincias.

No quiso continuar discutiendo con ella, pero estaba furioso. Cogió un jarrón de porcelana en el que había un precioso ramo de flores y lo estrelló contra el Klimt. A continuación, salió del piso seguido por sus atónitos compañeros. Nunca lo habían visto enfadado.

—¿Tenía Segura una hija? —le preguntó Ozaeta al cabo de un rato.

—Sí, Casilda.

—¿Nuestra Casilda?

—La misma.

No volvió a hablar sobre el tema, que bastantes disgustos le había dado ya. ¡Allá los Alcañizar y los Beltrán con sus historias, engaños y cuernos!

Se centró en sus pinturas y envió su curriculum a un par de empresas que habían puesto anuncios en los periódicos solicitando letrados, aunque todavía no había recibido contestación alguna, probablemente porque habrían pedido informes al bufete y Cecilia habría cumplido su amenaza.

—Podríamos ir a hacerle una visita a la mujer del cabrero —propuso Eulalia.

—¿Para qué?

Dolores estaba extrañada de que gente de fuera quisiera visitar a la mujer del asesino, que era como ahora llamaban a Matías en el pueblo.

—Pues... para saber cómo está. A fin de cuentas, la pobre no tiene la culpa de lo que haya hecho su hombre.

—Los acompaño —terció Wallinstein.

—No, no se moleste usted. Entre mujeres solas nos entendemos mejor.

Eulalia le guiñó un ojo, asió a Dolores por el brazo y ambas se dirigieron a casa del cabrero. Una hora más tarde estaban de regreso. La mujer, Encarna, no había querido abrirles en un primer momento, pero acabó dejándolas entrar tras mucho insistir. Al principio apenas habló, pero luego, como impelida por la necesidad de confiarse a alguien, les contó la miserable vida que llevaba con un hombre huraño, siempre metida en casa, sin amigas, sin nadie con quien hablar, ya que Matías no decía dos frases seguidas. ¡Y ahora esto! Ni siquiera sabía que se había ido a la capital.

Estaba acostumbrada a sus ausencias, por lo que no se preocupó al no verlo aparecer en dos días, hasta que llegó la noticia al pueblo y el cura en persona fue a comunicársela. No tenía dinero, trabajo ni medios para sobrevivir, añadió con amargura, por lo que no le quedaría más remedio que buscarse la vida en algún otro lugar. Dolores, entonces, la había animado diciéndole que la señorita Beltrán había dado orden de que no le faltara comida, a lo que la mujer respondió lanzando un escupitajo al suelo, dejándolas a ellas dos escandalizadas por semejante comportamiento.

—¿Y por qué ha hecho eso? —preguntó Wallinstein sorprendido.

—Dice que la señorita Beltrán es la culpable de todo, que nada habría ocurrido si no hubiese enviado a Matías a hablar con Romancero. Al parecer se conocían.

—¿Quiénes?

—Matías y Romancero. Éste había venido en varias ocasiones en busca del dinero y el cabrero lo había acompañado a la chabola del río.

—Pero... a mí me dio a entender que nunca había estado por aquí.

—Pues le mintió, porque, según Encarna, sí estuvo, y más de una vez.

También le pregunté si sabía algo de la desaparición de Mendoza y me contestó que lo había matado él.

—¿Quién?

—Romancero, hombre, que no se entera usted. Me ha dicho la mujer que Matías lo encontró al lado del cadáver degollado de Mendoza y que entre los dos le quitaron las ropas y lo tiraron al río para evitarse problemas.

Así pues, el misterio estaba resuelto. Por fin. Mendoza y su socio habían discutido por el dinero de la estafa y éste lo había matado, pero había sido descubierto por el cabrero, quien, a su vez, había intentado extorsionarle.

Entonces el hombre, sin un céntimo y desesperado por la traición de quien creía era su amigo, había desparecido en Madrid, donde era casi imposible que un pueblerino pudiera encontrarlo. Hasta que Matías fue a chantajear a Cecilia por el asunto de sus relaciones con el difunto y ésta le dio la dirección del socio. Lo siguiente era fácil de imaginar. Romancero ignoraba el paradero del dinero; se habrían acalorado y llegado a las manos, y el cabrero, hombre de mal carácter, habría sacado el cuchillo. Sólo lamentaba que no se hubiese podido recuperar el dinero para devolvérselo a su legítima dueña.

No había vuelto a hablar con Casilda desde aquel día en el parque de las monjas, aparte de los saludos de rigor entre compañeros de alojamiento, pero en la intimidad de su habitación había realizado decenas de dibujos a carboncillo con ella como único tema. Tenía sentimientos encontrados. No podía evitar sentirse avergonzado por haber pensado, aunque sólo un momento, que podría haber asesinado a Mendoza. Por otro lado, ella había ocultado su identidad y también la del hombre con quien la había visto hablando en el Retiro. Cierto que no le había preguntado al respecto, pero ella había asegurado en una ocasión que no conocía a nadie en Madrid. Era imposible que pudiese haber ningún tipo de relación entre dos personas que no confiaban la una en la otra, siempre lo decía, pero le dolía. De haber encontrado el dinero, Casilda sería una mujer rica, se habría marchado de La Universal y él habría podido olvidarla. Tampoco había vuelto a tratar el asunto con Ozaeta y Cantonal, pero sonreía al observar que tanto ellos como sus mujeres intentaban ser todavía más cariñosos con la ahora pobre huérfana que había perdido a su padre y sus bienes debido a las malas artes de dos desaprensivos, lo que daba alas al libertario para denostar, siempre que se le presentaba la ocasión, los chanchullos de los señoritos que se aprovechaban de la buena fe de sus conciudadanos para esquilmarlos, aunque, en este caso, hubiesen recibido su merecido. Todo había acabado, se dijo antes de quedarse dormido, y ahora sólo quedaba olvidar.

Al día siguiente, llevaron los carros a la plaza y se dispusieron a ofrecer la función a los manzanariegos, deseosos de entretenerse un rato tras el drama que los había sobrecogido, tema principal de sus conversaciones durante semanas. Esta vez, además, los artistas contaban con la colaboración del dulzainero y del tamborilero del pueblo, quienes, a una señal de Benigno, introducían cada uno de los números, dando al espectáculo una apariencia verdaderamente profesional. El profesor no dio pie con bola, provocando la risa del público, aunque luego se justificó diciendo que no había ensayado lo suficiente a causa del penoso asunto que lo había llevado a la cárcel. Virtudes volvió a asombrar a la concurrencia, ya que esta vez, además de a la Isabelilla, levantó a varios jóvenes que se presentaron voluntarios. Incluso recibió una propuesta de relaciones por parte de un viudo al acabar su actuación. Eulalia demostró que su vocación de volatinera estaba justificada, y lo mismo hizo Antón, quien arrancó un

«¡Oh!» del respetable al ponerse en pie durante unos segundos sobre la barra de la bicicleta mientras ésta continuaba rodando. También Isidoro y el Pitañas fueron muy aplaudidos. La presentación por parte de Benigno de los zíngaros llegados desde Rusia, acompañada por el retumbar del tamborilero y de Isidoro suscitó más risas, puesto que todo el mundo conocía a Amando y a su sobrino Pepe. No obstante, los dos hombres salieron muy dignos, uno a cada lado de la osa. Esta vez, habían decidido dejar a Casilda para el final, para redondear la representación y que el público se fuera a casa con el hermoso sonido de su voz en los oídos.

Olga dio varias vueltas, se subió a un taburete y se tumbó en el suelo cuan larga era, haciéndose la muerta, después de que su dueño hubiese hecho el simulacro de dispararle, lo que causó el entusiasmo de los vecinos, orgullosos de tener en el pueblo una bestia tan enorme y dócil como aquélla. Para finalizar, Amando comunicó a los espectadores que iban a representar el famoso «abrazo del oso», solicitando el mayor de los silencios a fin de no poner nervioso al animal. Le acarició el lomo, le dijo algo al oído y ella se alzó sobre sus patas traseras; a su lado, él parecía un liliputiense. La osa lo abrazó, levantándolo del suelo, y nadie se atrevió ni a respirar. Nunca se había visto una proeza semejante. Entonces, como

alcanzada por un rayo, Olga se desplomó hacia delante, sepultando a su dueño bajo su enorme corpachón. Durante unos instantes, tanto los miembros de la compañía como los habitantes de Manzanares permanecieron estupefactos, creyendo que aquella caída era parte del espectáculo. Los gritos de Dolores los sacaron de su pasmo. La osa estaba muerta. Costó Dios y ayuda sacar a Amando de debajo del animal; aún respiraba y fue llevado a toda velocidad a la casa más cercana, donde Juana la partera, la única persona que sabía algo de medicina en el pueblo, dictaminó que el hombre tenía la columna vertebral rota, fatal por necesidad.

Los «universales» habían invadido la casa, todavía con sus trajes de actuar encima, y se apelotonaban junto al lecho del moribundo. Amando abrió los ojos y sonrió. No podía imaginarse una muerte mejor que abrazado por su querida Olga y rodeado de aquellos locos del circo que le habían hecho disfrutar los mejores momentos de su vida desde la muerte de su hija.

—Dejadnos solos. Quiero hablar con Pepe y con el señor Ignacio —

musitó sin fuerzas.

Un rato más tarde los dos hombres salían del cuarto y Dolores se precipitaba dentro con un reproche en los ojos por el tiempo que, a su entender, le habían robado de estar con el agonizante. Tras ella entraron varias mujeres y el cura con los Santos Óleos, mientras Wallinstein y Pepe se miraban desconcertados.

—No era mi intención hacerlo —les había confesado Amando, en voz tan baja que los dos hombres tuvieron que inclinarse sobre él para poder escuchar lo que decía—, pero ocurrió. Él seguía tratándome como si nada; llegaba a la casona y daba órdenes, me obligaba a acompañarlo hasta la chabola y a prepararle los aperos de la pesca. También tenía que permanecer vigilante cada vez que llevaba allí a una mujer para que nadie descubriese que era un mal hombre. Aguanté cinco largos años, creyendo que todo había sido cosa del destino o que Dios me había castigado por mis pecados, hasta aquella tarde. Había salido a dar una vuelta, vi abierta la puerta de la cabaña y me acerqué creyendo que se trataría de un furtivo. Era

él. No pareció sorprendido al verme, a fin de cuentas yo sólo era un criado, sin oídos, ni ojos, ni alma. Me dijo que esperaba la visita de una joven y que fuera al pueblo a buscarla. Iba a obedecer, lo juro, pero entonces el malnacido se echó a reír y dijo que había robado el dinero al padre y que ahora iba a robarle la honra a la hija. Perdí el sentido de las cosas, sólo vi al hombre que me arrebató a mi niña e iba a hacer lo mismo con otra inocente; saqué la navaja y degollé allí mismo al señorito Mendoza.

—¿De verdad que fue usted? —preguntó su sobrino sin poder dar crédito a sus oídos.

—Sí, hombre.

—¿Por qué ha dicho que él le arrebató a su niña?

—Deshonró a mi hija, la dejó embarazada y después la abandonó. Ella y su criatura murieron durante el parto.

Cantonal ignoraba lo del parto. Su prima había fallecido cinco años atrás y sus tíos le dijeron que la causa de su muerte habían sido las viruelas.

—¿Por qué no lo denunció a la policía?

—Porque no me habrían hecho caso y, encima, se habría sabido nuestra vergüenza. Le rebané el pescuezo como al cerdo que era y...

Amando emitió un estertor de agonía, pero abrió de nuevo los ojos.

—El dinero está a salvo en la chabola. No he tocado ni un real y lo he guardado para que sea devuelto a quien... pertenezca...

Tras el funeral y el sepelio los miembros de La Universal se reunieron en la cocina de Agapito para decidir qué debían hacer.

—Al tío le habría gustado que siguiéramos con las actuaciones —

aseguró Cantonal.

—No sería decente —afirmó Eulalia.

—¿Por qué no? —preguntó Antón a su vez.

—Porque estamos de luto, y no se hace circo cuando se está de luto.

—Pues a ver cómo nos las arreglamos para comer, porque no tenemos un duro.

—¿Qué opina usted, don Juan José?

—Ciertamente, es una lástima que Amando y la osa hayan fallecido, pero, en este caso, se trata de un trabajo —señaló el profesor—. Si en lugar

de circenses fuéramos operarios, continuaríamos con nuestro oficio.

—No es lo mismo.

—Lo es, mi querida Eulalia. Es el sino de todo ser humano, y no se para el mundo cada vez que uno de nosotros desaparece.

—Además, el tío había dado su palabra de que actuaríamos por los pueblos —insistió Cantonal.

La discusión se alargó hasta la medianoche, pero, finalmente, prevaleció la opinión de la mayoría, es decir, la de continuar. Recordarían al tío Amando al finalizar cada función y cantarían una canción en su honor. De nuevo, discutieron sobre la melodía que más le habría gustado al difunto.

Ignoraban sus gustos musicales, aunque sabían de su gran cariño a los animales, por lo que eligieron La tarántula, una copla muy popular. Don Juan José señaló que se trataba de una araña gigante, de la familia lycosidae, procedente de las Américas, aunque también existía otra mediterránea, algo más pequeña. Eulalia planteó sus dudas acerca de si una araña sería lo más adecuado para honrar la memoria del pobre Amando, pero doña Patrocinio aseguró que el bichejo aquel era muy laborioso y un artista, no había más que ver las maravillosas telarañas que era capaz de tejer. Finalmente decidieron que La tarántula sería la copla elegida, más que nada porque no conocían ninguna otra de temática animal.

Durante las siguientes dos semanas y media anduvieron de pueblo en pueblo, aunque decidieron dejar el viaje a Talavera para más adelante. La localidad manchega estaba lejos y todos deseaban regresar a Madrid para dormir en sus camas. Hablarían con el tratante y le pedirían que, de ser posible, les buscara más actuaciones en la zona y, de esta manera, compensar un desplazamiento largo y cansado. De todos modos, no podían quejarse. Los humildes aldeanos encontrados durante su periplo les habían llenado la bolsa, además de regalarles huevos, chorizos, costillas adobadas, frutas y verduras. Era su forma de agradecerles que hubieran llevado un instante de alegría a sus vidas. Antes de volver a la capital, pasaron la última noche en casa de Agapito, quien de nuevo había decidido quedarse en Manzanares el Real.

—Hasta que las tornas cambien —aseguró, si bien les dejó el percherón a modo de prenda.

Wallinstein, Cantonal y Ozaeta, a quien los dos primeros habían puesto al corriente de la confesión de Amando, se acercaron una vez más a la cabaña del río con intención de buscar el dinero para devolvérselo a Casilda, pero no encontraron ni rastro de él. Quizá alguien se les había adelantado, se dijeron; o las palabras del viejo sólo habían sido fruto de su delirio. De regreso, pasaron por la casona, a despedirse de Dolores, a ver qué tal le iba y a ofrecerle un hogar en la pensión. Cantonal lo había hablado con Antón y Eulalia; ella era su única pariente viva y no podía dejarla allí sola, pero la mujer aseguró que estaba bien y que pensaba seguir al servicio de las señoritas Beltrán de Salazar.

—Llevo aquí desde que me casé, hace ya tantos años que ni siquiera recuerdo cuándo fue, pero todavía soy útil —dijo acariciando la rasposa mejilla de su sobrino—. No trates de convertirme en una inválida antes de tiempo. Además, me gusta el campo.

—Si podemos hacer algo por usted...

—Pues mira, sí. Hay que tirar la chabola y, claro, ése es más bien un trabajo de hombres jóvenes y fuertes como vosotros.

—¿Qué chabola? —preguntaron los tres al unísono.

—La de la osa. Está en la parte trasera del jardín, al lado de la verja. A la señorita Josefina no le agradaba nada tener un animal salvaje en su casa, pero lo permitía porque mi difunto Amando le prometió que no sacaría a Olga cuando ella estuviese en Manzanares porque...

La dejaron con la palabra en la boca y se dirigieron a toda prisa al jardín. Allí, en la choza de Olga, bajo un pesado fardo de paja seca, encontraron un maletín repleto de billetes de banco.

—Gracias —dijo Casilda con lágrimas en los ojos al recibir la herencia de su padre—. Ahora podré pagar mi alojamiento.

—¿Piensa usted mudarse a la zona rica? —le preguntó Isidoro con cierto resquemor. A fin de cuentas, era él quien la había «descubierto»

como cantante.

—No, me refiero al alojamiento en nuestra Universal. —Y al decir esto, dirigió una sonrisa a Wallinstein.

La posterior gira por Talavera de la Reina y otras poblaciones de la provincia de Toledo fue todo un éxito. Otra vuelta por la zona de Alcalá de Henares y Guadalajara en el mes de septiembre, señaló Ozaeta, y tendrían de sobra para pasar un invierno sin sobresaltos, preparar el espectáculo de la siguiente primavera y la boda del señor Wallinstein y la señorita Segura, quienes se habían por fin prometido, como todos esperaban, y habían aclarado el misterio del hombre a quien él había visto hablando con Casilda en el jardín botánico; sólo se trataba de alguien que se había perdido y buscaba el modo de salir del Retiro. La pareja estaba radiante de felicidad y había adquirido una casa en la misma calle del Rollo para no tener que alejarse de sus amigos, aunque, como era lógico, no continuaran actuando con ellos, pues la joven tenía la intención de estudiar canto en el conservatorio, tal y como habría deseado su padre, e Ignacio estaba pensando muy seriamente en montar su propio despacho de abogados.

Aquel año, Antón compró los consabidos boletos de la Lotería Moderna, el legal para Eulalia y el secreto para él. Hizo algo más, pasó el suyo por la imagen de la Virgen de la Fuensanta, rogando para que nadie lo descubriera realizando dicha acción, en especial Pepe, pues echaría a perder su fama de no creyente y tendría que aguantar las bromas de su amigo. De hecho, seguía siendo un incrédulo, pero nada se perdía con probar. Al acostarse en Nochebuena, sacó de debajo de la almohada un paquetito envuelto en papel de seda, que su mujer abrió, encantada de comprobar que lo de las Navidades anteriores no había sido pura casualidad. Dentro del envoltorio había exactamente mil quinientas pesetas.

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