La Universal
Capítulo 7
El domingo siguiente, temprano por la mañana, emprendieron el viaje en busca del oso bajo un cielo azul y con una brisa suave que hacía el pedaleo menos esforzado. Cada uno llevaba una bolsa colgada al hombro con un bocadillo de chorizo, una manzana y una bota llena de agua con sabor a vino para reponer las fuerzas, según les dijo Virtudes, lo que no impidió que se detuvieran en cada venta, posta o cantina de carretera que encontraron en el camino, que no fueron muchas. Llegaron a Manzanares el Real antes del toque de campanas para la misa de doce y se dirigieron directamente a la casona. No se veía ningún automóvil por allí y Wallinstein respiró tranquilizado. En algún momento, se le había ocurrido pensar que la señorita Beltrán podría haber cambiado los planes, lo cual lo colocaría a él en un brete a la hora de explicarle el motivo de su presencia en su propiedad sin haber sido invitado.
Las puertas estaban cerradas, incluso la de la verja de entrada, y supusieron que los guardianes habrían acudido a misa, así que Cantonal se despatarró debajo de un frondoso avellano, hermano sin duda del que sombreaba el patio interior, decidido a echar una cabezadilla, pues, según afirmó, la Virtudes había andado peleona la noche anterior, y eso dejaba huella. El abogado prefirió acercarse hasta el río para meter en el agua sus pies recalentados y, de paso, estirar las piernas y recomponer el esqueleto, ya que no estaba acostumbrado a recorrer en bicicleta largos trayectos por caminos de tierra y baches. Le dolían los huesos y lo que, en principio, iba a
ser una simple mojada de pies, acabó en baño en una poza. Tardó en encontrar un lugar frondoso, no visible desde el camino, y se zambulló en el agua sin pensarlo demasiado. Hacía mucho tiempo que no se bañaba desnudo, desde que era un chaval, pero recordó la sensación de libertad que entonces se adueñaba de todos sus sentidos y dejó la mente en blanco, reconfortado por la caricia del agua, helada, a pesar del caluroso verano transcurrido. No era un gran nadador, lo suficiente para dar unas brazadas, bucear durante intervalos cortos y, sobre todo, no ahogarse. Salió al observar sus manos amoratadas y buscó su ropa, pero no estaba donde él la había dejado, al lado de un arbusto repleto de moras en sazón. Perplejo, miró a su alrededor y creyó alucinar al descubrir a Cecilia Beltrán de pie ante él con ella en las manos.
—¿Se puede saber qué hace usted aquí?
La pregunta le cortó la respiración. Cayó entonces en la cuenta de que estaba en cueros, corrió de nuevo a la poza y se tiró dentro. Aguantó todo lo que pudo debajo del agua sin sacar la cabeza para reaparecer momentos después resoplando cual cañería reventada.
—¡Deje de hacer el tonto y salga de una vez! —le ordenó la señorita Beltrán.
—¡No pienso hacerlo mientras usted no se vaya! —gritó.
—Tendrá que salir en algún momento o acabará arrugado como una pasa seca —rio ella—. ¡Ande, Ignacio, salga! Ése no es el comportamiento de un hombre maduro.
—Ni el suyo el de una dama decente.
La risa de Cecilia resonó en aquel lugar, únicamente visitado por los animales de la sierra en los días de canícula, pero depositó las ropas en el suelo y se retiró de la vista. Sin tenerlas todas consigo, Wallinstein corrió a cuatro patas y se vistió sentado en el suelo, raspándose con piedras y plantas espinosas. Jamás se había vestido a velocidad semejante y pudo al fin levantarse, empapado y con el amor propio más dolido que sus partes íntimas.
—Parece un gato mojado —le dijo la mujer cuando asomó al camino.
—No lo parecería si usted no me hubiese espiado —respondió disgustado.
—Estas tierras pertenecen a mi familia.
—¿A cuál de ellas? ¿A los Alcañizar o a los Beltrán de Salazar?
No debería haberlo dicho, debería haberse comido el orgullo y callar, pero verla allí delante de él, riéndose de su aspecto después de haber estado observándolo en cueros, lo enfureció como nunca antes nadie ni nada lo había logrado, y se dio por despedido de la firma de abogados. Este pensamiento, en lugar de angustiarlo, pareció liberarlo de un gran peso y se echó a reír. No iba a quedarle más remedio que apuntarse al circo de su casero, para recorrer los pueblos de la provincia haciendo retratos a viejas apergaminadas, parejas de recién casados y alcaldes pedáneos, bastón de mando incluido, o meterse en política.
—¡Venga!
Cecilia lo asió por un brazo y lo arrastró literalmente hasta la cabaña de Mendoza, situada un poco más lejos, y en la que él no se había fijado a la llegada, quizá porque, con la idea de meter los pies en el agua, tampoco había echado un vistazo a los alrededores. El candado estaba abierto y ella lo introdujo de un empujón, antes de entrar y cerrar la puerta. Estaba sofocada, los ojos brillantes, un mechón de cabellos escapaba del bien sujeto moño. Wallinstein pudo jurar que fue ella, y no él, quien se abalanzó haciéndole perder el equilibrio y caer sobre la cama. No podía creer lo que ocurría, ¡estaba siendo forzado por una mujer! Cierto que tampoco él opuso resistencia y se dejó quitar los pantalones, acariciar, besar, olvidando que la ardorosa fémina, que había acabado de golpe con la castidad a la que se había visto obligado durante los últimos meses, era la rígida secretaria que amedrentaba a los empleados del bufete.
—No me has contestado por qué razón estás aquí.
—He venido a acompañar a Cantonal.
—¿A quién?
—Al sobrino de tus guardianes. Quiere convencer a su tío de que le preste el oso.
No habían hablado desde su entrada en la cabaña y sus propias palabras le provocaron de nuevo la risa. Era absurdo. Acababa de fornicar con una mujer mayor que él y, por ende, su jefa en cierto sentido; peligraba su puesto de trabajo y no se le ocurría otra cosa que decir la verdad.
—¿Te estás burlando de mí?
El tono de su voz le cortó la risa de golpe y alzó la vista. Se estaba recogiendo el cabello y se sintió empequeñecido al verse a sus pies mientras se ataba los zapatos. Era de ley reconocer que Cecilia Beltrán no era una mujer cualquiera. Fuerte sin llegar a estar gorda, pechos repletos aprisionados bajo la chaquetilla con hombreras que marcaba un talle esbelto, y un rostro que, sin ser una belleza, mostraba unas facciones armoniosas y maduras capaces de perturbar a cualquier hombre. Había leído una novela, no recordaba el título, en la que un joven inexperto se enamoraba de una mujer mayor, que en su momento le hizo cavilar y llegar a la conclusión de que a él jamás le ocurriría algo parecido. Acostarse con una mujer más vieja que él sería como hacerlo con su propia madre, pero, desde luego, no había sido así ni mucho menos, aunque tampoco él era un experto en lances amatorios. Su experiencia se limitaba a sus años estudiantiles cuando, en compañía de varios condiscípulos, iba de juerga a los tugurios de La Latina, o incluso a los de las afueras, pero él era hombre precavido. No ignoraba los riegos implícitos en el asunto, no sólo en lo concerniente a la salud, puesto que conocía a un par de tipos fulminados por la sífilis sin haber cumplido los veinticinco, sino que, además, corría el peligro de verse detenido por la policía de la Sección de Higiene, encargada de comprobar que todas las prostitutas estaban debidamente censadas, y pagaban por ejercer. Aparecía cuando uno menos lo esperaba y metía en el furgón a mujeres y clientes en paños menores, tal y como los pillaba. Así pues, sus aventuras lupanarias habían sido más bien escasas, y aliviaba su necesidad en solitario, a pesar de que el párroco de Nuevo Baztán había advertido a todos los muchachos de su generación sobre la certeza de quedarse tarados, además de ir derechos al infierno para toda la eternidad, si cometían el tremendo pecado de aplacar manualmente sus impuros deseos.
—No —respondió.
Se alzó para estar a su altura y, a largos trazos, le explicó la descabellada idea del dueño de la pensión en la que vivía de montar un circo para sacar algunos dineros con que mantener a un grupo de personas que, por razones diversas, carecían de medios económicos. En el fondo, aseguró, Antón Ozaeta era como un misionero que intentaba paliar de alguna manera las injusticias de una sociedad manipulada por ricos avariciosos que, no contentos con lo que ya tenían, ansiaban siempre más.
—¿Es usted socialista? —La pregunta de Cecilia no estaba exenta de curiosidad—. Porque el señor Alcañizar odia el socialismo y lo pondría a usted en la calle en un santiamén.
No contestó, y regresaron en silencio a la casona, topándose con Pepe Cantonal, que había salido a la búsqueda de Wallinstein, preocupado por su larga ausencia. Los tíos habían vuelto de la misa y él no se atrevía a tratar el tema del oso hasta tener al abogado a su vera. Saludó con torpeza a la señorita Beltrán quitándose la gorra, pero ella apenas respondió y continuó andando mientras los dos hombres la seguían veinte pasos atrás.
—¿No decía usted que ella no iba a estar hoy aquí? —susurró Cantonal.
—Eso me dijo.
—¿Y dónde la ha encontrado?
—En el río.
—¿Y qué le ha dicho?
—Nada. Hemos estado hablando de asuntos de la oficina.
Si algo no tenía intención de hacer, era confiar lo ocurrido al correveidile de su compañero, quien, nada más regresar a la pensión, relataría el asunto a Virtudes, quien, a su vez, se lo contaría al resto antes de la cena. No deseaba escuchar comentarios, recomendaciones o bromas, ni tampoco quería que Casilda se enterase de su aventura a través de un bocazas. El mismo no sabía qué opinar al respecto. Cecilia había vuelto a ser la señorita Beltrán, se había acabado el tuteo y, de nuevo, presentía una amenaza velada en el tono y las palabras de quien tan sólo un rato antes se había entregado con un apasionamiento propio de una insaciable Mesalina, el final de algunos de cuyos amantes recordó y se prometió tener cuidado.
Al entrar en la casa, ella desapareció y él acompañó a la cocina a Cantonal,
donde Dolores preparaba la comida y Amando, sentado en una banqueta, fumaba un cigarrillo.
Con precaución, más osado a medida que hablaba, el hombre le explicó al tío la razón de su visita. Exageró todo lo que pudo y más a la hora de describirle la gran Compañía Circense La Universal, repleta de artistas internacionales de fama mundial, todos rusos, que iniciaría su recorrido por la comarca para la época del carnaval. Naturalmente, debido a la distancia, no habían podido traerse un oso desde Rusia, lo cual perjudicaba a la función, pues, como todo el mundo sabía, un oso daba categoría al espectáculo. Conocía al director, un hombre de palabra que le había confiado sus cuitas, momento en que él recordó al animal, sin segundas, de su querido tío Amando. Y eso era todo.
Wallinstein tenía que hacer esfuerzos para aguantar la risa; jamás había escuchado tantos embustes y tan bien hilvanados sin que al autor le temblase la voz. Cantonal sería un magnífico vendedor ambulante, aunque tampoco quedaría nada mal como diputado. Había acudido al palacio de las Cortes en varias ocasiones, obligado como el resto de sus compañeros por el catedrático de Derecho Constitucional, que pasaba lista y bajaba la nota a los ausentes. Lo que en principio le pareció una actividad apasionante, acabó por aburrirle al descubrir que los discursos se repetían, que algunos representantes de la nación mentían como bellacos, que los diputados centraban su atención en echarse unos a otros a la cara todos los males de España, en lugar de buscar soluciones a la falta de trabajo, la pobreza, el hacinamiento en los barrios obreros, la inmigración y la atención sanitaria.
A veces, ni siquiera asistían a los plenos y daba la impresión de que el país estaba siendo gobernado por cuatro ciudadanos que bostezaban o leían la prensa mientras un orador recitaba su ponencia con una voz monótona, capaz de dormir a un insomne. Seguro que Cantonal lo haría mucho mejor.
Hablaría con él del asunto.
—Si Olga va, yo también —declaró Amando tras unos minutos de silencio.
—¿Quién es Olga? —preguntó su sobrino.
—La osa.
En ese momento, Wallinstein no aguantó más y soltó una carcajada.
Un par de horas más tarde, con la comida todavía en el gaznate, ambos hombres viajaban de vuelta a Madrid en el destartalado Benz de la señorita Beltrán, después de recogerlo en casa de Matías el cabrero, quien, al parecer, no entendía de cabras, pero sí de automóviles y se había encargado de cambiar los neumáticos desgastados, principal problema de los vehículos motorizados. Por dicho motivo no lo habían visto al llegar a la casona.
Wallinstein iba sentado al lado de la conductora, mientras Cantonal lo hacía en el portaequipajes, de espaldas a ellos, tragando polvo cada vez que intentaba respirar. Las bicicletas se habían quedado en Manzanares con la promesa de que les serían devueltas en cuanto fuera posible; la propia Cecilia se las llevaría la próxima vez que fuese al pueblo. El anarquista murmuró algo sobre que eran prestadas, pero el abogado aceptó rápidamente la oferta para hacer el viaje de regreso en el automóvil y no verse obligado a pedalear otras cuatro horas o más. No sólo estaba cansado por la ida y el lance amatorio, sino que, además, le ardía la bragadura debido al incidente de la mañana, lo que le obligaba a caminar como si estuviese orinándose encima y, aunque veía las estrellas a cada bote que daba el vehículo, aquél era el medio de transporte más rápido.
La señorita Beltrán había reaparecido a la hora de comer y lo había invitado a compartir su mesa. A Pepe Cantonal le indicó que podía comer con sus tíos en la cocina. Pensaba que, al estar solos tête-à-tête, ella volvería a tutearlo, existiría cierta complicidad entre ellos y quizá quedaran para verse en otra ocasión, pero no fue así. La comida resultó lo más parecido a un interrogatorio. Cecilia quería saber cómo había averiguado él que los Alcañizar y los Beltrán de Salazar eran parientes.
—Lo supuse al ver los nombres inscritos en la lápida del cementerio —
respondió él.
—¿Y qué más ha averiguado?
—¿Acerca de qué?
—De lo que sea.
—Nada.
—Mire, Ignacio, ambos somos mayorcitos y podemos hablar sin disimulos. Yo sé que usted sabe algo más, y quiero que me lo diga.
—¿Por qué habría de hacerlo?
Curiosamente, ya no le intimidaba su actitud altiva, tal vez debido a que ya se había hecho a la idea de que iba a ser despedido, o a que no se mira con los mismos ojos a una persona a quien se ha visto desnuda.
—Porque hay muchas cosas en juego en este asunto —cedió ella—, que me es imposible revelarle en estos momentos, pero quizá podría ayudarlo si usted me dice lo que sabe.
—¿Y para qué iba yo a necesitar ayuda?
—Supongo que no querrá pasarse la vida trabajando de mozo de los recados...
Le molestó la alusión a su situación laboral, a todas luces injusta para su preparación, y aún más le molestó que quisiera hacerle chantaje, así que esperó para responder a acabar el filete empanado acompañado de verduras y el tazón de natillas espolvoreadas con abundante canela.
—Sé que su hermana le robó el novio la víspera de sus esponsales; sé que la mujer de Mendoza es también su sobrina y sé que don Ramón Alcañizar era hermano de madre del marido de su hermana, por lo que son ustedes concuñados. Lo que no sé es quién era la madre de Mendoza, puesto que su segundo apellido es asimismo Alcañizar.
—Es..., era hijo de Elisa, la hermana de don Ramón.
—Ah, ya... Todos se quedan, pues, dentro de la familia, los vivos y los muertos.
—Y eso ¿a qué viene?
—Puesto que estamos en plan confidencial, dígame, ¿cómo han conseguido ustedes el acta de defunción «a causa de las fiebres» de Carlos José Mendoza, si el hombre está desaparecido y puede que también vivo?
Observó que Cecilia empalidecía bajo la fina capa de polvos de arroz que blanqueaba su rostro, imperativo de la moda entre las damas acomodadas para distinguirlas de las campesinas y trabajadoras en general.
Ella no respondió, se levantó de la mesa y le anunció que regresaba a Madrid, invitándolos a él y a su acompañante a volver en el automóvil.
Desde entonces no habían vuelto a intercambiar ni media palabra, y Wallinstein se alegraba de no haber ido más lejos, porque él sí sabía que Mendoza estaba muerto. La pregunta era: ¿lo sabía también ella?
La señorita Beltrán los dejó justo enfrente de La Universal. Cantonal descendió del vehículo todo lo rápido que fue capaz después de haber pasado más de dos horas con las piernas dobladas; apenas pudo despedirse ya que estaba a punto de ahogarse debido al polvo tragado durante el viaje, y entró apresuradamente en el portal. Wallinstein le dio las gracias, pero ella mantenía la vista al frente y no respondió, aunque lo llamó antes de que entrara en la casa y él volvió sobre sus pasos.
—Hasta mañana —le dijo, luego lo obligó a inclinarse y le susurró al oído en tono amenazador—: No se le ocurra comentarle a nadie que usted y yo nos hemos acostado.
A continuación apretó el acelerador y desapareció cuesta abajo hacia la calle de Segovia.
El joven se las vio y deseó para ascender los escalones hasta el segundo piso. Al entrar, fue directamente a la cocina, donde Virtudes restregaba con una esponja humedecida en un barreño de agua a un Cantonal en calzones que no dejaba de soltar palabrotas y juraba que jamás, jamás, volvería a subirse a un automóvil.
—¿También necesita usted un buen fregao? —le preguntó al verlo aparecer.
—No, lo que necesito es algo para calmar los dolores.
—¿Dónde le duele?
—Ya sabe usted..., la bicicleta..., el escozor...
—¡Isabelilla! —gritó la mujerona—. ¡La vaselina!
La muchacha corrió al armario de las boticas y sacó un enorme frasco que tendió a Virtudes.
—¿Quiere que se la ponga yo? —preguntó con sorna, siendo coreada por las risas de todos, que esperaban a que acabara el baño de Cantonal para empezar a cenar.
Rojo como un tomate maduro, Wallinstein cogió el frasco de las manos de la mujer y se encerró en su cuarto. Un rato después oía unos golpes en su
puerta.
—¿No viene usted, don Ignacio? Lo estamos esperando.
Reconoció la voz de Casilda y respondió que todavía no, que empezaran sin él, que ya iría luego a reunirse con ellos. La vaselina había comenzado a hacer su efecto y calmado un tanto sus ardores, pero era un pringue y no quería aparecer ante los demás con las perneras de los pantalones grasientas. Antes de decidirse a salir de la habitación, se puso unos calzoncillos debajo del pijama y la bata de noche de felpa granate para disimular las posibles consecuencias del ungüento.
—¡Parece usted un marqués! —exclamó Ozaeta al verlo aparecer.
Se había colocado asimismo un pañuelo al cuello, de motitas blancas y azules, para no tener que vestir la camisa y la corbata de lazo. Todos celebraron la ocurrencia, pero enseguida dejaron de prestarle atención y pudo comer la sopa de garbanzos con tranquilidad, mientras Cantonal no dejaba de hablar acerca de la terrible experiencia que había supuesto viajar encogido en un automóvil conducido por una mujer. El hombre pasó después a relatarles el resultado de su empresa. Su tío Amando estaba dispuesto a prestarles la osa a condición de ser parte del invento, lo que llevó a una discusión sobre la conveniencia o no de meter a una persona más en la compañía, sin contar con los problemas que acarrearía una bestia de setecientos kilos, a la que habría que transportar y dar de comer. En ello estaban cuando la puerta de la cocina se abrió y apareció Benigno con una maleta.
El guardia urbano llevaba semanas sin presentarse, ofendido por el comentario del anarquista en su última visita, pero traía tal cara de pena que nadie le reprochó su ausencia y fue acogido con cariño, en especial por Eulalia, quien se apresuró a servirle un plato de sopa lleno hasta el borde.
Entre cucharada y cucharada, el hombre les confesó que había sido licenciado. El conde de Romanones, ministro de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas, Gracia y Justicia y Gobernación, es decir, de casi todo, había decidido que los guardias urbanos de Madrid montasen a caballo para controlar mejor las calles. Con la disculpa del alto coste que suponía la adquisición de las caballerías, había igualmente decidido
prescindir de los individuos más viejos, y por ende menos capaces de asimilar la modernidad; él, entre otros.
—Y aquí me tienen ustedes —gimió—, con una pensión de cuarenta y cinco pesetas al mes después de cuarenta años de servicio, a peseta por año trabajado como quien dice, y sin vivienda, puesto que tampoco puedo ya ocupar la habitación en la casa de los guardias.
—No se preocupe, Benigno, que techo no ha de faltarle en esta casa, que es usted como un padre para mí y sería una ingrata si no lo tratase como a tal con todo lo que usted ha hecho por mi madre y por mí.
—Gracias, querida Eulalia, tú también eres como una hija para mí —
respondió el hombre a punto de echarse a llorar.
Tras tan emotivo intercambio de palabras, todos los presentes expresaron su apoyo al ya antiguo guardia urbano, incluido Cantonal, olvidada la rencilla, que fue quien con mayor efusión mostró su solidaridad al nuevo desempleado y, de paso, aprovechó para calificar de canalla al conde de Romanones y hacer rimar su nombre con un sustantivo y en consonante. Después volvieron al tema que les interesaba: la Compañía Circense La Universal. Ahora tenían que buscarle oficio a Benigno y se decidió por unanimidad nombrarlo presentador de las diferentes actuaciones, puesto que era ducho en el arte de dirigir el tráfico y poner orden. Además, y no era algo que desestimar, se había traído el uniforme.
Eulalia y doña Patrocinio se encargarían de apañarlo y coserle unos galones dorados con las trencillas para sujetar las cortinas de la difunta doña Fuensanta, guardadas en la caja de los hilos desde el desmantelamiento de su habitación.
—¡Parecerá usted un general! —exclamó la primera a fin de animarlo.
—Podría encargarme de la vigilancia cuando no esté de servicio, que hay mucho rufián suelto por ahí —señaló él—. También me he traído la porra.
Una vez solucionada la cuestión, Cantonal volvió al tema de la osa, su mayor preocupación, y sugirió construir una jaula con ruedas para poder transportarla de pueblo a pueblo.
—Reconoce, Pepe, que lo del animal de tu tío, sin ofender, nos complica un poco el asunto —señaló Antón.
—¿Por qué?
—¡Hombre! ¿Quién va a tirar de la jaula?
—Una mula.
—¿Y de dónde sacamos una mula?
—Y no se olvide de que son ustedes rusos —intervino Wallinstein en tono irónico.
—¿Quiénes?
—Ustedes, los del circo. Aquí, nuestro amigo le ha dicho a su tío que éste es un circo ruso, llegado de Rusia, repleto de artistas internacionales, todos rusos.
—¿Es cierto eso?
—Bueno..., algo tenía que decir para convencerlo, porque si le digo que somos nosotros, lo mismo me manda a hacer gárgaras.
—¿Rusos? —Su amigo estaba atónito.
—Sí, rusos. Fue lo primero que se me ocurrió.
—Y con razón —terció don Juan José—. El circo, tal como lo conocemos y que nada tiene que ver con el antiguo circo romano, es una invención rusa.
—¿Y qué sabemos nosotros de los rusos?
— Tovarich! —profirió Cantonal muy satisfecho de sí mismo.
—¿Qué significa?
—Camarada.
—Pues nada, te quedas con el nombre. ¿Alguna otra aportación?
—Tatiana —apuntó el profesor—. Es el nombre de la heroína de la ópera Eugenio Oneguin del maestro Chaikovski.
—¿Es vasco? —preguntó el casero.
—No, ruso.
—Pues lo parece, porque on egin en vasco significa «buen provecho», y mi abuelo materno se llamaba Eugenio. Me quedo con el nombre. ¿Se sabe usted algún otro?
El profesor conocía los de algunos escritores y músicos rusos, así como los de los protagonistas de sus obras, y pasaron el resto de la velada eligiendo alias artísticos, que Casilda iba apuntando en una lista para que no los olvidaran. Así hubo disputa entre Isidoro y Benigno por ver cuál de los dos se quedaba con el de Fiódor Karamázov, pronunciado Karamázof, que le fue adjudicado al segundo, por edad y dignidad, teniendo que conformarse el muchacho con el de Nikolái, uno de los protagonistas de la novela Guerra y paz, que el profesor guardaba en su cuarto como oro en paño y que prometió leerle en voz alta. Llevaba ya un mes enseñándole a leer y a escribir y estaba muy satisfecho con los progresos del chaval. Él mismo eligió llamarse Piotr Ilich, en honor a su admirado Chaikovski. Los nombres femeninos eran más fáciles de pronunciar y no hubo discusiones entre las mujeres. Virtudes optó por el de Grushenka, que le pareció muy adecuado para una mujer forzuda, mientras que doña Patrocinio elegía el de Madame Natasha, apelativo evocador de los misterios del más allá. Por su parte, Eulalia declinó elegir, puesto que, como ya había reiterado en numerosas ocasiones, ella no estaba por hacer el ridículo, pero en su fuero interno decidió que Tatiana le iba de perlas. Isabelilla no tuvo que pensárselo cuando don Juan José le informó de que había existido una zarina de nombre Isabel, al parecer guapa y culta, aunque no le dijo que había llegado al trono gracias a un golpe de Estado y, en lugar de gobernar, se había dedicado a acumular vestidos, joyas y amantes. La muchacha, que estaba un poco harta de oír su diminutivo en boca de todos, decidió que ya era hora de hacerse llamar por su nombre de bautizo y eligió el de Zarina Isabel.
A Casilda no le tocó nombre ruso; una cupletista debía llevar uno castizo y muy español. Entre otros, se barajó el de Cayetana, pero Ozaeta y Cantonal se opusieron por sus connotaciones aristocráticas y, al final, se decidieron por la Mari-pepa, la protagonista de La revoltosa. El casero, que presumía de voz de tenor, entonó entonces el dúo de ésta y Felipe, siendo coreado por los demás, que se lo conocían de memoria, y aprovechó el momento para animar a la joven a iniciar el solo y comprobar, de paso, si era verdad que sabía cantar como decía Isidoro, aunque nadie, excepto él, la
hubiese escuchado ninguna vez. Sabía. Su tono, diáfano y potente, dejó boquiabiertos a todos, y el improvisado tenor, tan atónito como el resto, olvidó su entrada. Siguieron aplausos, bravos y peticiones para que interpretara otras canciones y, aunque remisa en un principio, acabó deleitando a sus oyentes con varias romanzas del repertorio más popular, coreadas por todos a pleno pulmón. Por una noche, La Universal se transformó en el Teatro Apolo.
—¿Y usted qué nombre ha elegido, don Ignacio? —preguntó el profesor tras consultar la lista de los alias llegada la hora de retirarse.
Wallinstein casi había olvidado sus molestias, había tomado parte con entusiasmo en la elección de los alias, pero, sobre todo, se había quedado embelesado al escuchar cantar a Casilda. Definitivamente, aquella gente le hacía olvidar la vida real.
—Yo...
Recordó el nombre de un pintor ruso, osado, colorista, diferente, alguna de cuyas obras había visto reproducida en una de sus dos revistas de The Studio.
—Kandinski —dijo sin vacilar.
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