La Universal

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 15 de 19

Páginas del PDF

La Universal

Capítulo 14

Tras las procesiones y los rezos del Jueves y Viernes Santo, a los cuales asistieron todos los residentes de la pensión, excepto Ozaeta y Cantonal, que prefirieron quedarse en casa o ir a dar una vuelta por los tugurios de La Latina, abiertos para los ateos, como proclamaban indignados los curas, el sábado dedicaron toda la mañana a cargar el carro de los tratantes con el frontis del teatro, los baúles de los trajes y cortinajes y demás accesorios necesarios para la función, que sería conducido por Benigno, Isidoro y el Pitañas. El resto de los «universales» montaron en otro carro de parecidas características —ambos cerrados— que Antón había alquilado con dinero de su tesoro particular y por el que no tuvo que dar explicación alguna, ya que Eulalia creyó que también era parte del trato con los de Talavera. Al mediodía estaba todo dispuesto para emprender la gran aventura ante la expectación de los vecinos de la calle, quienes salieron a verlos partir, deseándoles todo lo mejor, pues, a esas alturas, nadie ignoraba que los de La Universal se habían vuelto locos y pensaban ganarse la vida en la farándula.

Recorrieron el trayecto hasta Manzanares el Real bajo un espléndido sol de primavera, llegando al atardecer y estacionándose en una esquina de la propia plaza. Amando había hablado con el alcalde y obtenido el permiso correspondiente, después de asegurarle que se trataba de una compañía circense de total solvencia, rusa para más señas, que había decidido acercarse al pueblo, ya que había oído hablar acerca de las excelencias del

paisaje, del clima y de la hospitalidad de sus habitantes. El alcalde, frustrado porque el año anterior un circo había actuado en Colmenar Viejo durante las fiestas y rechazado la oferta de acercarse a Manzanares, autorizó la presencia de los dos carros en la plaza, a condición de que no interrumpiesen el paso de los vecinos a los servicios religiosos del Sábado Santo y del Domingo de Resurrección, insinuando que no estaría bien visto que los titiriteros no asistiesen. También les hizo prometer que no actuarían en Colmenar Viejo y que la representación se llevaría a cabo el domingo por la tarde. Su aparición causó el natural interés entre los manzanariegos, poco habituados a las sorpresas. Enseguida se vieron rodeados de curiosos y no les quedó más remedio que hablar en «ruso» y llamarse por sus alias para no levantar sospechas ni desmentir la afirmación del tío de Cantonal referente a su procedencia.

Habían montado el teatro antes del servicio religioso de la noche, al que todos acudieron, excepto, por supuesto, una vez más, Ozaeta y su amigo, quienes se escabulleron por una calleja en cuanto los demás se dirigieron hacia la iglesia. Se detuvieron delante de una casa vieja, algo apartada del resto, y se sentaron a liar un cigarrillo en el murete de piedra, igualmente desvencijado, que la rodeaba. Estaban tan tranquilos, allí, contemplando las moles rocosas de color grisáceo, cuyas sombras se recortaban amenazadoras en un anochecer azul y rojo, cuando se llevaron el mayor susto de sus vidas al ver ante ellos a un hombre malcarado con una escopeta de perdigones en las manos y con pinta de ir a dispararles en cualquier momento.

—¡Tranquilo, hombre, que ya nos vamos! —le gritó Antón a la vez que se bajaba de un salto del muro.

—¡Joder! —exclamó Cantonal imitándolo—. ¡Ni aquí puede echarse un cigarrillo un honrado anarquista!

El hombre bajó la escopeta y esbozó una mueca, parecida a una sonrisa.

—¡Viva la anarquía! —gritó dejando atónitos a los dos amigos.

—¡Viva! —gritó Cantonal a su vez.

Minutos más tarde, los tres hombres bebían bajo una parra seca un vaso de vino acompañado de un plato de cecina y pan. Según les dijo Agapito, el

dueño de la ruinosa propiedad, él era el único anarquista del pueblo, dominado por el cacique del alcalde, puesto a dedo por el duque, amo y señor de tierras y gentes. Era herrero y ganaba para ir tirando, que mucho no necesitaba, herrando las caballerías, fabricando aperos y arreglando arados, aunque apenas tenía tratos con sus vecinos, unos meapilas de cuidado, según afirmó, dominados por el cura, el alcalde y sus compinches.

—En especial, Matías el cabrero, mala gente donde la haya, que ya una vez intentó rajarme, pero salió mal parado porque le solté un perdigonazo que lo ha dejado cojo de por vida. Se escurre como la rata que es si alguna vez nos cruzamos en el pueblo.

—¿Y por qué te atacó? —preguntó Cantonal.

—Andaba en tratos con un señorito de Madrid, casado con una de las Beltrán. Una noche me acerqué al río a lavar las hachas, que dicen que la luz de la luna afila las hojas, y los vi juntos cerca de la chabola que el viejo Beltrán utilizaba para guardar los aperos de pesca, y el lechugino, para llevar mujeres. Unos días después vino la Guardia Civil a investigar sobre la desaparición del madrileño, el cabrero dijo que no lo había visto y yo lo llamé embustero a la cara. Aquella misma noche anduvo rondando la casa, navaja en mano, y le disparé.

—A lo mejor sólo daba un paseo... —apuntó Antón en tono conciliador.

—Pues no me denunció, y para justificar la cojera, dijo que había tenido un accidente en Las Pedrizas. Por eso saco la escopeta en cuanto veo a alguien cerca del muro, que no me fío un pelo de ese sujeto.

—Y esas Beltrán...

—Hace tiempo que no las veo, aunque sé que vienen al pueblo muy a menudo. Una es una señora que no sabe lo que es dar un palo al agua; la otra, una antipática, y la más joven, la mujer del desaparecido, tonta de remate, que no se enteraba de que su marido se la pegaba con su tía, la antipática, cuando todo el mundo en el pueblo lo sabía.

—¿Y qué tratos tenía el cabrero con Men... —Cantonal había estado a punto de descubrirse, y mejor no hacerlo, no fuera a ser que el hombre se cerrara como una lapa— con el madrileño?

—¡Ni idea! Que uno no se mete en asuntos ajenos, pero, conociendo a Matías, seguro que le buscaba mujeres de la zona y cobraba por el encargo.

—¿No has dicho que se lo hacía con la tía de su mujer?

—Y con otras, ¡menudo pájaro el señorito! Aunque no es el único.

Muchos señores vienen al Real, dicen que a cazar, pero se traen a sus queridas o se las buscan por aquí, mientras las legítimas se quedan en casa rezando novenas.

Regresaron a la plaza del pueblo pasada la medianoche y se acomodaron en el carro reservado a los hombres, donde sus compañeros hacía rato que roncaban, sobre todo Benigno, que parecía una locomotora de vapor, pitidos incluidos. Cantonal se tumbó entre éste y don Juan José, pues aseguró que a él los ruidos no le impedían dormir; Antón lo hizo al lado de Wallinstein.

—La señorita Beltrán y Mendoza eran amantes —susurró el casero.

—Lo sé.

El abogado era el único que permanecía despierto con la vista puesta en las estrellas, pensando en que Cecilia estaría en la casona, ya que, durante su último encuentro, le había asegurado que no se perdería la actuación del circo ni por todo el oro del mundo. Claro que aquello había sido antes de que lo echara de su piso.

El día en que había ido en su búsqueda, se habían amado sin freno a lo largo de toda la noche, como si tuvieran necesidad de entregarse hasta sus últimas consecuencias, sin apenas hablar, durmiendo a ratos y comenzando de nuevo. El amanecer los pilló extenuados. Él se vistió, salió del piso procurando no hacer ruido para no despertar al servicio y regresó a La Universal; las piernas flojas, la sangre bullendo en sus venas. Cecilia era una droga y, al igual que todas las drogas, corría el riesgo de convertirse en su esclavo, algo que no estaba por la labor de hacer, pues sabía que la adicción acaba con la voluntad, pero ¿cómo dominarse cuando el placer sentido no puede compararse con ningún otro? Se juró no volver a verla, pero dos días más tarde un recadero le llevó un mensaje donde le pedía que acudiera a su casa aquella misma noche, después de las diez, y acudió. De nuevo, surgió en su mente la imagen de la mantis religiosa, rodeando con

sus patas el cuerpo del macho, al que, en ocasiones, devora tras la cópula, pero la rechazó, ebrio de deseo. Si su destino era morir en aquel momento, nada podría impedirlo, así que ¿para qué preocuparse? Ella no lo devoró, apoyó su cabeza en su pecho y le preguntó si era feliz.

—La felicidad es una noción muy amplia —respondió él en plan filósofo—. Depende de lo que cada cual entienda por felicidad. En estos momentos me siento saciado, colmado, y no me importaría continuar igual.

—¿Por qué no vuelves al bufete? No hay nada que no pueda arreglarse, y yo puedo hablar con don Ramón.

Una señal de alerta sonó en su cerebro.

—¿Por qué debería volver después de haber sido amenazado?

Cecilia se echó a reír, pero su risa sonó falsa.

—Nadie te ha amenazado.

—Por supuesto que sí. El señor Alcañizar me advirtió que no trabajaría para nadie si continuaba interesándome en el asunto Mendoza.

—¿Y continúas interesándote?

—No puedo evitarlo. Aparece nueva información cada vez que intento olvidarlo.

—¿Qué tipo de información?

—Pues..., no sé..., por ejemplo, que tú conocías a Carlos José Mendoza antes de que se casase con tu sobrina, que fuiste tú quien alentó su boda y, sin embargo, la primera vez que fui a Manzanares el Real, me hiciste creer que era un perfecto desconocido para ti.

Sintió que se ponía rígida.

—Ya veo que los guardianes se han ido de la lengua.

Cecilia se levantó de la cama, se envolvió en una bata de seda color sangre de toro y se giró para mirarlo. Con el cabello oscuro, suelto hasta media espalda, la piel blanca, la mirada airada, nunca había estado tan bella.

Wallinstein alargó los brazos para que volviera a la cama, pero ella no prestó atención a su ademán.

—Carlos José y yo éramos amantes cuando Elvira todavía estaba en el colegio, fui yo quien lo obligó a casarse con ella sin perder un ápice de nuestra relación, que continuó después de la boda.

—¿Por qué?

—Para vengarme de mi hermana y porque él quería tener unos hijos que yo no podía darle.

—Pero... ¿por qué razón aquel embuste de que la chabola se la había comprado a una viuda cuando es tuya y de tu hermana?

—Ah, eso también lo sabes. Quería que te olvidases del asunto cuanto antes, pero ya veo que no ha sido así. Márchate.

Ante su tono autoritario, fue incapaz de decir nada. Se vistió y salió de la habitación sin que ella hubiese vuelto a dirigirle la palabra. Al pasar por el salón no pudo evitar mirar el Klimt, iluminado por un aplique situado encima del cuadro. Desde su altura, Cecilia Beltrán de Salazar lo miraba sin un atisbo de ternura. Durante los siguientes días, esperó que ella le enviara un nuevo recado, pero no hubo tal.

—Pero lo que no sabe usted —prosiguió Ozaeta— es que el día de la desaparición alguien vio a Mendoza cerca del río con Matías el cabrero.

—El hombre aseguró que no lo había visto más después de dejar el automóvil delante de su casa.

—Pues mintió.

El casero se quedó inmediatamente dormido, pero él permaneció despierto durante mucho rato. No había duda alguna de que el asunto Mendoza volvía a él una y otra vez. Si hubiera creído en los espíritus, habría asegurado que el difunto quería que descubriera al culpable de su asesinato.

Y llegó el momento esperado. El domingo, después de comer un buen potaje en el único mesón de la localidad, los «universales» se prepararon para la función, los nervios a flor de piel. Estaba prevista para las cinco de la tarde, tal como se señalaba en las octavillas que Isidoro había repartido por el vecindario, si bien los espectadores comenzaron a llegar a la plaza casi dos horas antes, cada cual con su taburete o silla que colocaba delante del teatro, esta vez ubicado entre los dos carros para conseguir un mayor secretismo y que los curiosos no asomaran por entre bambalinas, como había ocurrido en la plaza de la Paja.

El espectáculo duró casi una hora y media. Benigno dejó al público impresionado por su aspecto de verdadero director de circo ruso. A don Juan José se le volvieron a caer las bolas malabares y no encontró las cartas elegidas por los espectadores, pero los manzanariegos, deseosos de divertirse tras la Cuaresma, las procesiones y las penitencias, se lo tomaron a broma, convencidos de que aquel señor Pitrolich, con aspecto de serio profesor de escuela, era en realidad un payaso que fallaba a propósito. El Pitañas saltó tanto y como le ordenó Isidoro, y al final cogió carrerilla, dio un brinco y acabó en los brazos del muchacho para hacerse perdonar el fracaso de su primera actuación. Virtudes y la Isabelilla asombraron al respetable, y la primera recibió más de un piropo por parte de los solteros del pueblo, que ya se la imaginaban tirando del arado con la fuerza de dos mulas. Antón hizo equilibrios con la bicicleta, Eulalia se lució sobre la barra fija y Casilda tuvo que repetir dos veces la romanza de La Paloma, de la zarzuela El barberillo de Lavapiés, la primera, sin coro, y la segunda, acompañada por los integrantes de La Universal, que arrancó aplausos y solicitud de bises, a pesar de algún que otro desafino. Pero el plato fuerte estaba por llegar.

Tras un retumbar de tambores, más bien un tambor, el del difunto padre de Eulalia, a cargo de Isidoro, y la exagerada presentación de Benigno, hicieron su aparición Cantonal, Amando y Olga, los dos primeros vestidos de zíngaros para la ocasión, si bien el sobrino permaneció todo el tiempo en un segundo plano mientras el tío se encargaba de dar órdenes al animal, provocando el asombro de sus vecinos. Conocían la existencia de la osa, pero eran pocos los que la habían visto hasta entonces, ya que su dueño la mantenía en la parte trasera de la casona, lugar difícil de atisbar al estar protegido por una verja de hierro y un buen número de árboles y arbustos.

Cantonal se mantenía atento; no se fiaba de que el animal no se espantase ante un montón de gente que hablaba y gritaba, pero Olga se comportó como una verdadera profesional para satisfacción del viejo Amando, que no cabía en sí de orgullo. Tampoco Dolores ocultaba su contento e, incluso, se llevó a los ojos la punta del delantal un par de veces para enjugar su emoción. Su marido había conseguido lo que siempre había anhelado: hacer

algo sorprendente, aunque sólo fuera una vez en su vida. Para finalizar, doña Patrocinio colocó su mesa camilla delante del teatrillo a fin de leer las cartas a todos aquellos que lo desearan por el precio de veinticinco céntimos la consulta. Durante la función, Wallinstein realizó el retrato del alcalde sin que él se apercibiera y se lo regaló en agradecimiento, lo que trajo una cola de personas deseosas de tener el suyo propio, aunque éstas tuvieran que abonar una peseta por cada lámina, ya que no era cuestión de andar regalando retratos a todo el mundo.

Tan satisfechos quedaron los vecinos, con el alcalde y el cura a la cabeza, que la municipalidad invitó a cenar a los artistas, les pagó la generosa suma de cien pesetas por la actuación y, por primera vez, Eulalia y los demás creyeron en el proyecto de Antón Ozaeta, quien se sentía tan orgulloso y feliz como un padre recién estrenado.

Se trasladaron después a la casa de Agapito, por expresa invitación de éste, para así poder prolongar la velada sin molestar al vecindario, ya que ninguno de ellos tenía que levantarse de madrugada para atender a las labores del campo. El hombre, solterón solitario, había disfrutado del espectáculo y estaba encantado de tener compañía, más aún si se trataba de camaradas anarquistas, manifestó, que se ganaban la vida haciendo felices a los pobres de la Tierra. Nadie le aclaró que allí el único libertario era Pepe Cantonal, y Ozaeta un poco, pero que los demás iban incluso a misa.

Estaban cansados y no les entusiasmaba la perspectiva de pasar otra noche al raso, durmiendo en los carros, arrullados por el fresco de la sierra, muy sano, pero que se metía hasta la médula de los huesos. Agapito tenía varias habitaciones en su casa, si bien no había sábanas y los colchones estaban llenos de pulgas, pero llevaban sus mantas y, a fin de cuentas, estarían bajo techo. Las risas, voces y cantos se alargaron varias horas hasta que, finalmente, apagaron los candiles y se hizo el silencio, momento en que dos sombras furtivas se aproximaron a la casa.

Paulino Flórez y Salvador habían seguido a sus vecinos tras conseguir una tartana mientras ellos preparaban la caravana. No tenían intención alguna de perderlos de vista como había ocurrido la vez anterior y corrieron a la plaza de los Carros a fin de proveerse de un medio de transporte. Sólo

consiguieron una vieja tartana tirada por una mula, igual de vieja y, además, tuerta. Volvieron a la calle del Rollo en el momento en que los carros emprendían la marcha. Los siguieron a una distancia razonable y, al llegar a Manzanares el Real, dejaron la tartana a la entrada del pueblo para no descubrirse antes de buscar un lugar donde dormir. No había ninguna fonda con habitaciones, pero consiguieron una de una sola cama en casa de un vecino, que recibía huéspedes y que les cobró por adelantado, advirtiéndoles que aquélla era una casa decente, por si acaso. Se fueron a dormir una vez que comprobaron que los bolcheviques acampaban en la plaza y tras recoger del suelo uno de los panfletos en los que se avisaba que el alzamiento, o lo que fuese, tendría lugar al día siguiente, en la misma plaza, a las cinco de la tarde. No salieron de la habitación, a fin de no correr el riesgo de verse descubiertos, aguardando hasta las cinco y cuarto para asomarse a la plaza y mezclarse entre los espectadores que no habían llevado la silla correspondiente.

La impaciencia los fue corroyendo a medida que transcurría el espectáculo y no había señales de que fuera a ocurrir el acto subversivo que esperaban, casi anhelaban. Vigilaron los movimientos de los sospechosos hasta finalizar la función y los vieron entrar en la casa de comidas y ponerse morados mientras a ellos les hacían ruido las tripas, ya que llevaban sin probar bocado desde el día anterior, pero el deber era lo principal y no podían bajar la guardia en ningún momento. A punto estaban ambos espías de desesperarse, cuando la compañía salió, recogió la tramoya y movió los carros en dirección desconocida. Los siguieron y oyeron al vecino de la nariz torcida gritar vivas al anarquismo, lo cual no hizo sino reafirmar su convicción de que tramaban algo muy grave, pero no se atrevieron a traspasar el murete que rodeaba la casa destartalada hasta que se apagaron las luces y el lugar quedó en silencio. Dieron un rodeo entonces para aproximarse por la parte trasera, a fin de atisbar en el interior, donde, a buen seguro, encontrarían la prueba del contubernio que se traían, pero tropezaron con lo inesperado.

Amando no había vuelto a la casona con Dolores. Deseaba alargar lo máximo posible la sensación de bienestar que sentía; no quería encerrarse

de nuevo entre los muros de un edificio vetusto que había cuidado durante casi toda su vida, pero que no le pertenecía. La compañía de aquel grupo de gentes diversas, sin un real, pero dueñas de sus destinos, era lo mejor que le había ocurrido en años, así que decidió acompañarles y enterarse, al mismo tiempo, de los planes para el futuro. Tras el éxito obtenido, era preciso elaborar un calendario de actuaciones. Él conocía muy bien el Real de Manzanares, sus poblaciones y fiestas; no le costaría nada ir a hablar con los alcaldes para proponerles la presencia de La Universal y negociar el precio. Pensaba regresar a la casona después de pasar un rato con sus nuevos amigos, ahora compañeros de oficio, pero la velada se alargó, bebió más vino de lo acostumbrado y se quedó dormido en un rincón de la cocina de Agapito. Se había llevado a Olga con él y la dejó atada en la parte trasera de la casa con un pedazo de carne de jabalí que guardaba para darle tras la función, pero el animal no tenía hambre y, quizá tan excitado como su dueño, también se quedó dormido con la carne entre las garras hasta que despertó bruscamente al tropezarse Paulino Flórez con él y caerle encima.

Los gruñidos de la osa defendiendo su pedazo de jabalí y los gritos de los dos hombres, aterrorizados ante la súbita aparición de un monstruo gigantesco que daba manotazos al aire a la luz de la luna, despertaron a Agapito, quien salió de la casa instantes después, en cueros y escopeta en mano. Para entonces, los que él supuso que eran ladrones corrían hacia el murete. La detonación del disparo, seguido de un aullido, fue todo lo que se escuchó antes de que los miembros de La Universal se asomaran a la puerta y las ventanas, alertados por los ruidos.

—¿Qué ha sido eso, camarada? —preguntó Cantonal saliendo él también de la casa dispuesto a ayudar.

—Salteadores —respondió el hombre—. Han sido dos, aunque ninguno cojo, así que o eran ladrones o secuaces del cabrero, pero podéis dormir tranquilos, que éstos no vuelven.

—¿Qué edad tienes, Agapito? —preguntó a su vez Virtudes, que había salido tras su hombre con un quinqué en la mano.

—Ni lo sé, pero viejo ya.

—No tanto por lo que veo.

La mujer se echó a reír, percatándose entonces el herrero de que estaba desnudo. Se tapó lo que pudo con la culata de la escopeta y entró en la casa a toda prisa.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Isidoro con medio cuerpo fuera de la ventana.

—¡Nada que le importe a un mocoso como tú! —respondió Cantonal.

—¿Lo he imaginado o Agapito estaba en pelotas? —preguntó Ozaeta a su vez.

—¡Antón! ¡No seas ordinario! —se oyó exclamar a Eulalia.

Poco después todo volvía a estar en silencio.

Flórez y Salvador corrieron como alma que lleva el diablo en busca de la tartana que habían dejado junto al pozo, a las afueras del pueblo, pero allí no había tartana ni nada que se le pareciese. Alguien se la había afanado o, quizá, un alma caritativa se había apiadado de la mula, que llevaba todo el día sin beber, y la había guardado a la espera de que aparecieran sus dueños.

No podían ponerse a buscar a aquellas horas de la madrugada y regresaron a la casa de huéspedes donde se habían alojado la víspera, pero el dueño había echado el cerrojo y no respondió a sus llamadas, ya que no habían quedado para una segunda noche, ni pagado por adelantado. Acabaron en el establo, compartiendo espacio y paja con un par de vacas, un borrico y un macho cabrío que no dejó de mirarles con sus ojos sanguinolentos hasta que se quedaron dormidos, lo que Paulino hizo boca abajo, pues Agapito le había dado de lleno en la nalga derecha y cualquier roce le hacía ver las estrellas.

A la mañana siguiente, la dueña de la casa le sacó media docena de perdigones y lo bañó literalmente en alcohol sin atender a sus gritos de dolor. Después su marido cobró por la cura y les informó de que la tartana estaba en la cuadra de un vecino, un tal Matías el cabrero, y añadió a continuación que dejar a una mula de tiro al sol sin comer ni beber todo un día era propio de mastuerzos. No respondieron. Salieron en busca de la tartana a toda prisa, sin acordarse siquiera de que los bolcheviques tal vez continuaran en la población y podrían sorprenderlos. Tenían que marcharse de allí lo antes posible y regresar a Madrid a sacarle los duros al dueño de

El Pozo, pues el lunes era día de cobro, y con el carromato, la cama y la cura habían gastado lo que les quedaba de la última entrega y ya no tenían ni para un bocadillo.

—¿Son ustedes de la capital? —les preguntó Matías cuando se personaron en su casa para reclamar la tartana y la acémila.

—Así es —respondió Salvador adoptando el aire de suficiencia que utilizaba cuando trabajaba de mayordomo.

—Tendrán que pagarme veinte reales por guardar el carro y dar de comer a la mula.

—¿Conocía usted al señor Carlos José Mendoza? Sabemos que solía venir por el pueblo.

Paulino no supo por qué razón se le había ocurrido preguntar algo que no venía a cuento, pero el rostro súbitamente desencajado del hombre le indicó que había dado de lleno en el blanco.

—¿Qué tal si hablamos?

—¿De qué tendríamos que hablar? —preguntó el cabrero a la vez que, con gesto amenazador, llevaba la mano al mango del cuchillo que asomaba por la faja.

No le dio tiempo a sacarlo; en un instante, se vio atenazado por una llave de Salvador, que lo dobló hasta el suelo dejándolo imposibilitado para hacer cualquier tipo de movimiento. Antes del mediodía, los tres se presentaban en el cuartelillo de la Guardia Civil de Colmenar Viejo para denunciar el asesinato del señor Mendoza a manos de un abogado de nombre extranjero, amante de la esposa del asesinado, que en aquellos precisos momentos se encontraba con sus cómplices anarquistas en Manzanares el Real, si es que todavía no habían abandonado la población.

Seis guardias a caballo salieron rápidamente hacia la localidad con la orden de detener a todos los integrantes de la banda. Los pillaron en el momento en que se disponían a emprender el viaje de regreso a Madrid y los escoltaron, Agapito incluido, hasta Colmenar Viejo. Amando hacía un rato que se había marchado con la osa.

Los «universales» no lograron saber el motivo de su detención hasta verse delante de un oficial que les informó sobre las acusaciones

presentadas contra ellos, en especial contra Wallinstein, y sobre su decisión de mantenerlos retenidos hasta recibir órdenes de la capital. Como no había sitio en el cuartelillo para todos ellos, metieron a las mujeres en la única celda de que disponían y obligaron a los hombres a permanecer dentro del carro vacío, custodiados por unos cuantos guardias armados. Pasados los primeros momentos de estupor, don Juan José solicitó permiso para ir a orinar, lo que le permitieron después de asignarle a uno de los números a fin de que lo escoltara al retrete.

—Han sido nuestros vecinos del piso de abajo —declaró al volver—.

Los he visto en compañía del oficial y de un hombre cojo.

—¡El cabrero! —exclamó Agapito.

—¿Y qué diablos hacen aquí? —preguntó Antón.

—Nos habrán seguido los muy hijos de puta —afirmó Cantonal—. Ya te dije que había que darles un escarmiento después de lo de la denuncia, cuando lo de la cama.

—Pero ¿a qué viene eso de decir que don Ignacio ha matado a un hombre y que los demás estábamos preparando un atentado? —preguntó Benigno preocupado.

No tenían respuesta para esa pregunta y permanecieron en silencio, cada uno tratando de entender lo que ocurría. Un par de horas más tarde, llegó la orden por telégrafo de enviar a los sospechosos a Madrid sin perder un instante, y volvieron a la carretera, siempre escoltados por guardias a caballo, lo que hizo pensar a quienes los veían pasar que se trataba de un cargamento importante para el Ministerio de la Gobernación.

OceanofPDF.com