La Universal
Capítulo 1
Casilda permaneció en el hogar de los Ozaeta. Antón esperaba que las cosas volvieran a la normalidad, puesto que la joven había resultado una ayuda muy eficaz a la hora de atender a la señora Fuensanta, pero no fue así. Eulalia continuó durmiendo en la cama de su madre, aunque a veces se hacía la encontradiza con su marido y se amaban en cualquier rincón del piso. Daba la impresión de que les había tomado gusto, como si el hecho de que pudieran pillarlos in fraganti fuera un aliciente, ya que aquellos encuentros subrepticios resultaban sumamente excitantes, aunque Antón no acababa de sentirse satisfecho. Él era un hombre de costumbres metódicas, le gustaba hacer bien las cosas y, sobre todo, llevar la iniciativa. Le parecía indecoroso que su mujer lo asaltase en cualquier momento y lugar, incluso se había presentado en el taller y lo habían hecho encima de unos sacos de grano olvidados en un rincón. Tenía que reconocer que nunca como hasta entonces había sentido algo parecido, pero no era decente que una esposa actuase como una ramera; su lugar estaba en el dormitorio conyugal y no en el de su madre. Además, estaba convencido de que Casilda intuía algo de lo que ocurría, porque a veces la pillaba mirándole de reojo con una expresión extraña en los ojos. La joven sólo llevaba en la casa unos días y su aspecto había cambiado de manera extraordinaria. Eulalia la había adoptado, por decirlo de alguna manera, y le había regalado un par de faldas y blusas que a ella le quedaban pequeñas.
Antón se preguntó si también le habría regalado un corsé y unos calzones o le habría comprado unos nuevos, al igual que los zapatos y las medias. El caso era que, aunque algo delgada para su gusto, peinada con el cabello ahuecado y recogido en un moño, tan silenciosa que en ocasiones le desconcertaba encontrársela a su lado cuando ni tan siquiera la había oído acercarse, Casilda lo intimidaba.
No había duda alguna de que era una moza educada, y era la única de las cuatro que vivían bajo su mismo techo que sabía leer, lo cual añadía un interrogante más acerca de su origen, desconocido hasta la fecha, puesto que no había soltado prenda en cuanto a su lugar de nacimiento y su familia. Incluso el apellido que dio, Rodríguez, no le parecía verosímil, a pesar de no tener motivos para desconfiar de su palabra. Quizá, imaginó, era una hija de buena familia que había perdido la virtud en brazos de un desaprensivo que después la había abandonado. No eran raros los casos de mujeres en dicha situación, desdeñadas por sus parientes, sin tener adonde ir y obligadas a buscarse la vida; con suerte encontraban un puesto de institutriz o acababan entrando en un convento. Sin embargo, su protegida no parecía ser del tipo religioso, pues había rechazado acudir a la procesión del Corpus en compañía de Eulalia e Isabelilla con la disculpa de que alguien debía quedarse junto a la señora Fuensanta, a pesar de que le había asegurado que podía ir con toda tranquilidad, que ya se quedaba él vigilando a su suegra. Una vez solos, Casilda había entrado en la cocina cuando él estaba tomándose una taza de achicoria mientras leía el periódico; lo había rozado al pasar por su lado y aquel roce, aparentemente inocente, le había provocado unos deseos enormes de levantarle las faldas y hacerla suya, pero se reprimió, dobló el diario, se puso la gorra y salió a la calle a la búsqueda de un lugar tranquilo para continuar leyendo y, de paso, airearse, a ver si se le calmaba el ardor que acababa de experimentar.
Caminó durante un buen rato sin pensar hacia dónde se dirigía, la mente todavía ofuscada, deteniéndose finalmente al llegar a un pequeño rincón, cerca del viaducto de Bailen, que había escapado de la fiebre constructora que amenazaba con engullir la vieja ciudad. Se sentó bajo un enorme castaño, en un banco de madera cuyas sujeciones de hierro estaban
oxidadas, y contempló desde allí el Palacio Real. Llevaba en Madrid ya quince años y jamás se le había ocurrido acercarse al enorme edificio que se alzaba en un altozano desde donde se dominaba el valle del Manzanares.
Claro que tampoco habría podido entrar, ni pasearse por los jardines y, para sólo mirar, podía hacerlo desde allí. Mucha gente se apiñaba en las cercanías del palacio para ver pasar los carruajes de los invitados o disfrutar de los juegos de artificio con motivo del cumpleaños de algún miembro de la familia real o la recepción a príncipes y embajadores, pero no él; él jamás abriría la boca como un papanatas ante la impudicia de los gobernantes de un país hambriento. Eulalia y su madre, acompañadas por vecinas y amigas, habían acudido en varias ocasiones y regresado a casa encantadas con el espectáculo, y por mucho que él asegurara que con su actitud lo único que hacían era dar alas a un sistema político aberrante y corrupto, ellas lo oían como quien oye llover.
—Demasiadas mujeres... —Había demasiadas mujeres en su vida.
—¿Decía usted algo, caballero?
Se giró sorprendido. A su lado, un hombre bastante mayor que él, con largo cabello y barba blancos y unos anteojos redondos encima de la nariz, lo observaba con amabilidad. Ni siquiera se había apercibido de que se había sentado a su lado, tan ensimismado estaba.
—Juan José Cornejuelo, para servirle —se presentó el desconocido a la vez que alzaba su bombín.
—Antón Ozaeta.
—Me ha parecido que decía usted algo...
—Sólo hablaba en voz alta...
No tenía ganas de mantener una conversación con un desconocido y miró de nuevo hacia el Palacio Real.
—Hermoso edificio —le oyó decir.
—Para lo que nos sirve...
Se arrepintió de inmediato de haber abierto la boca.
—No se confunda usted, joven; no importa quién viva en él, ni lo que representa. —El hombre se quitó los anteojos y los limpió con un pañuelo
arrugado y algo sucio—. Lo que de verdad importa es el trabajo de miles de artesanos, operarios y carpinteros que se dejaron la piel en su construcción.
—Dígale usted eso a la tía de mi mujer, cuyo hijo era albañil y murió en ese palacio al caerle un andamio encima en tiempos de la Regencia —
masculló Antón—. A la familia no le dieron ni un real en compensación, ni siquiera para el entierro.
—¿Es usted republicano?
La pregunta lo dejó sin habla; lo mismo aquel tiparraco con bombín y anteojos era un funcionario del Ministerio de la Gobernación. Optó por responder con otra pregunta, una actitud muy típica de los aldeanos alaveses.
—¿Y usted?
—Soy profesor de geografía e historia, o sería mejor decir que lo era hasta hace una semana.
Como si sintiera la necesidad de confiarse a alguien, el hombre comenzó a hablar, más para sí mismo que para su oyente. Había estudiado Filosofía y Letras, conocido a Giner de los Ríos, a Gumersindo de Azcárate y a otros magníficos pensadores, fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, quienes se habían negado a acatar el Decreto Orovio, por el cual se suspendía la libertad de cátedra en España para todo aquel que no se ajustase al dogma oficial en materia religiosa, política o moral. Por supuesto, semejante decreto era una tiranía, aseguró con vehemencia, dirigida a controlar la nación, un proyecto «sostenido por la voluntad divina», según el nefasto Cánovas del Castillo, un racista, defensor de la esclavitud, que había propiciado el caciquismo, el clientelismo político y el pucherazo electoral.
—Una miseria —concluyó don Juan José—, y, como bien suele decirse, de aquellos polvos, estos lodos...
A Antón se le escapaba parte del discurso, no entendía algunas palabras e ignoraba quiénes eran aquellos hombres mencionados por su interlocutor, y, además, lo que había dicho le parecía inquietante, pero era la primera vez que hablaba con un profesor. Había aprendido a leer y a escribir y algo de números, poco más, en la escuela diocesana; su padre lo había obligado a
dejar los estudios y a trabajar en el taller familiar con doce años de edad en vista de que no era un alumno suficientemente bueno y que, sin embargo, se le daban bien las chapuzas de cualquier tipo. Estar sentado allí, en un día soleado del mes de junio, junto a un hombre sabido, como si fuera su igual, era una experiencia nueva para él.
—El atentado —prosiguió el profesor— ha dado alas a quienes quieren que España sea de un color, en donde los ciudadanos no piensen y sigan las consignas de políticos y curas. He trabajado toda mi vida impartiendo clases e intentando conseguir que mis alumnos piensen, así que, tras la matanza de la calle Mayor, repasé con ellos algunos de los magnicidios o intentos de magnicidio de la historia, más concretamente aquellos que han tenido lugar en nuestro país en el último siglo, y les planteé una sencilla interrogante: ¿por qué?
—Por qué ¿qué? —preguntó Antón.
—¿Por qué querría alguien matar a un rey o a un presidente del Consejo de Ministros? ¿Lo sabe usted?
—Hombre..., no sé...
—Pues piénselo, joven, piénselo.
—¿Y qué respondieron sus alumnos?
—No lo sé.
—¿No lo sabe?
—No. Debían hacer un trabajo escrito, pero me echaron del centro antes de que yo pudiera leer lo que habían hecho. El director adujo que había habido quejas por parte de los padres en cuanto a que mi enseñanza era antipatriótica, subversiva y propagadora de ideas anarquistas y anticlericales. Después de cuarenta años en la docencia, aquí me tiene usted, en la calle, sin apenas dinero y con un futuro incierto por delante.
El profesor calló y fijó su mirada en el Palacio Real. Antón observó con atención su traje oscuro repleto de brillos, al igual que el bombín, el cuello y los puños de la camisa desgastados, los zapatos remendados... Siempre había creído que los hombres con estudios eran ricos y vivían en lujosas mansiones, repletas de criados, pero por lo visto no era así. Reparó también en la maleta que reposaba en el suelo, tan vieja como su dueño, y en la pila
de libros sujeta con un cinturón que el hombre rodeaba con un brazo como si fuera su amante.
—¿Dónde vive usted?
Perdido en sus recuerdos, o quizá en aquel futuro que veía incierto, don Juán José se sobresaltó al oír su voz y tardó en responder. Antes de que lo despidieran disponía de una habitación en una casa de huéspedes de la calle de Postas, le informó, pero llevaba una semana durmiendo en una pensión de a peseta la noche, en la plaza de la Paja. Tenía que ahorrar los pocos dineros de los que disponía y aquélla era la hostería más barata que había podido encontrar, aunque sólo le permitían pasar la noche y durante el día deambulaba de un lado para otro en busca de trabajo, algo que le iba a resultar difícil, ya que nadie quería emplear a un viejo; tenía un título, pero no referencias, pues el director se había negado a dárselas.
—Después de cuarenta años... —musitó con amargura.
—Yo puedo ofrecerle un cuarto en mi casa. Las cosas no andan bien, pero nos las arreglaremos.
Ya estaba dicho. ¡Otra vez el maldito pronto! ¿Y qué diablos le importaba a él que el hombre durmiera en un tugurio de mala muerte? Cada cual debía velar por sus asuntos, y los suyos no estaban en su mejor momento. Eulalia seguía sin acudir a planchar a la casa del banquero y había asegurado que no volvería a trabajar fuera mientras su madre no se recuperase o, Dios no lo quisiera, falleciese, porque no se perdonaría haberla abandonado cuando más la necesitaba. No hubo forma de hacerle entender que el taller estaba prácticamente inactivo y que era preciso ganar algo de dinero para dar de comer a cinco bocas.
—Tú eres el hombre de la casa —respondió ella colocando los brazos en jarras—, así que es tu obligación conseguir el sustento.
Pensó en ir en busca de Cantonal, a ver si él podía meterlo en la fábrica de ladrillos, pero rechazó la idea. ¡Qué sabía él de ladrillos! Y, además, Villasante estaba demasiado lejos para ir y volver todos los días andando.
También pensó en preguntarle a Benigno si existía alguna posibilidad de entrar en la Guardia Urbana, a fin de cuentas era un buen mozo, pero le horrorizaban los uniformes y no estaba muy seguro de querer obedecer
órdenes de nadie y, mucho menos, reprimir a los obreros durante las huelgas. Asimismo, se le pasó por la cabeza la idea de regresar a Vitoria, o a Ozaeta. Llevaba quince años sin tener noticias de la familia, claro que él nunca había escrito informando sobre su paradero, así que era imposible que sus parientes supieran dónde se encontraba. Sin embargo, quince años eran muchos y las cosas podían haber cambiado. La casa y las huertas del pueblo eran de sus abuelos, aunque el tío Paco era el último de la generación anterior y ya era viejo cuando él se vino para Madrid; en caso de que hubiera muerto, él tenía derecho a una parte de las tierras del pueblo, pero... Dejó de pensar en esta alternativa porque tampoco tenía intención alguna de pasar el resto de su vida plantando patatas.
—¿Tiene usted una pensión en su casa?
Iba a responder negativamente a la pregunta del profesor cuando, de pronto, se le ocurrió una idea que consideró brillante. ¿Y por qué no? ¿No acogían a los tratantes de Talavera los días de mercado? Todo era cuestión de pagar la licencia municipal y establecerse por lo legal, pero no con clientes de una noche, sino con huéspedes que pagarían una cantidad al mes, una manera práctica de obtener una entrada fija de dinero.
—Sí —respondió.
—¿Y el precio...?
—No se preocupe, ya arreglaremos ese asuntillo más tarde. Venga usted.
Al día siguiente, a primera hora, Antón se presentó en las dependencias municipales a solicitar la correspondiente licencia para abrir una pensión en el piso propiedad de su suegra. Tal y como suponía que haría, en un primer momento, Eulalia se negó en redondo a que su vivienda se transformase en una fonda. Una cosa eran los tratantes, a quienes ya conocían y que únicamente dormían una noche en el piso, manifestó, y otra, muy diferente, acoger en su casa a gentes extrañas que vete tú a saber quiénes eran y a qué se dedicaban, si tenían alguna enfermedad contagiosa o eran delincuentes.
Se calmó gracias a la oportuna visita de Benigno, a quien la idea no le pareció mal; él mismo, prometió para tranquilizarla, se encargaría de interrogar a los posibles huéspedes a fin de impedir la presencia de
facinerosos en un hogar honesto. Casilda, por su parte, afirmó que ella procuraría atenderlos, además de ocuparse de la señora Fuensanta, e Isabelilla aseguró que no le importaba limpiar más de lo acostumbrado. De todos modos, Eulalia sólo cedió cuando su marido le dijo que con seis o siete huéspedes podrían sacar unas quinientas pesetas o más al mes, aunque exigió de él la promesa de que cerrarían la pensión en cuanto las cosas les fueran mejor.
—¿Y qué nombre le va usted a poner?
—¿A quién? —preguntó a su vez Antón, extrañado por la pregunta del funcionario municipal.
—A su negocio, ¿a qué va a ser?
No lo había pensado, así que le dijo que volvería cuando se le ocurriese uno. No era tarea fácil, dado que en Madrid había unas mil tabernas, otras tantas fondas y casas de dormir y un sinfín de negocios, cada uno de ellos con su respectivo nombre. Callejeó el resto de la mañana, fijándose en los letreros de las tiendas, algunos pintados sobre madera, otros fundidos en chapa, y constató que el asunto era más peliagudo de lo que en un principio había supuesto, aunque siempre quedaba la posibilidad de decidirse por el nombre de su suegra o de su mujer; a fin de cuentas eran las propietarias del piso, si bien esta idea no le atraía en absoluto; Pensión Eulalia o Pensión Fuensanta sonaba muy mal, poco... artístico. Decidió consultarlo a la hora de comer; quizá a Casilda se le ocurriese un nombre interesante. Sintió un pellizco en el estómago, pero no supo si era debido a la evocación de la joven, que aquella misma mañana se había cruzado con él en el pasillo y lo había rozado de nuevo, dejando tras de sí una estela de aroma a heno recién cortado, el jabón que utilizaba su mujer, o a que, con las prisas por acudir al Registro Municipal, no había desayunado el acostumbrado tazón de leche con sopas. Debía de tratarse de esto último, pensó, y entró en un café donde tenía un amigo camarero, aunque éste no se encontraba en el local en esos momentos y el mozo que lo atendió lo miró con gesto de reprobación por atreverse a pedir un orujillo antes del mediodía, en lugar del consabido café o chocolate con bollo, y lo mismo hicieron unas señoras sentadas en la mesa de al lado. Los ignoró y se dispuso a echar un vistazo al Heraldo de
Madrid, periódico que el establecimiento prestaba graciosamente a sus clientes.
En las primeras páginas se informaba acerca de la detención de varias decenas de personas y de los juicios que próximamente tendrían lugar, siendo los más esperados el de José Nakens, en Madrid, y, en Barcelona, el de un tal Ferrer i Guardia, de quien nunca había oído hablar. Según el rotativo, este último era el impulsor del atentado sufrido por el rey, pues Mateo Morral trabajaba de bibliotecario en la Escuela Moderna, un centro de enseñanza laico y racionalista fundado por el inculpado, a quien también se acusaba de libertario y revolucionario. Esta noticia le hizo recordar la pregunta que el profesor le había planteado la víspera y para la cual no tenía respuesta, al menos por el momento. A Eulalia, don Juan José le había caído simpático, no había puesto el grito en el cielo al ver llegar a su marido con otro pupilo muerto de hambre y lo había alojado en una de las habitaciones que daban a la calle. Quizá su reacción había tenido que ver con el hecho de que el buen hombre le hubiese besado la mano como a una dama de las que se paseaban por el Retiro, a menudo acompañadas por caballeros atentos a sus menores deseos, o con que, al igual que su marido, aquélla fuera la primera ocasión que tenía de tratar con una persona con estudios y sintiese curiosidad, a la vez que respeto. Fuera lo que fuese, a él le venía de perlas; tendría con quien hablar de temas de interés y las veladas invernales serían en adelante mucho más amenas.
Dejó la hoja de la política y buscó la de sucesos, en la que, con letra grande, se daba cuenta del hallazgo del cadáver de un hombre, probablemente arrastrado por las corrientes del Manzanares, que había sido descubierto enganchado a uno de los tajamares del Puente del Rey. El cuerpo estaba medio desnudo y no había sido posible su identificación debido, entre otras cosas, a que tenía el rostro deformado, probablemente por haberse golpeado contra los pilares del puente o contra alguna piedra, aunque la posibilidad de que el finado hubiese sufrido un accidente quedaba fuera de toda duda, ya que tenía el pescuezo rebanado, lo más seguro que como consecuencia de una reyerta entre delincuentes.
—¡Cómo les gusta publicar noticias truculentas! —farfulló.
Se bebió el orujo y salió del local con la intención de regresar a casa para tratar con su mujer sobre el asunto del nombre de la pensión, pero antes se detuvo en una quincallería de compra y venta. Le gustaba curiosear en aquel tipo de comercios, pues uno nunca sabía qué podía encontrar y, con suerte, lo mismo daba con una herramienta de fabricación extranjera, una llave inglesa, por ejemplo, de cabeza móvil, mucho más práctica que las fijas, aunque su precio de primera mano resultaba ciertamente oneroso.
No encontró ninguna llave inglesa, pero se detuvo hipnotizado ante un letrero de fachada, en chapa y de gran tamaño, bastante oxidado, con las letras apenas visibles por la mugre. Se echó a reír, ¡era justo lo que andaba buscando! Llevó el letrero al taller con la ayuda de un mozalbete desharrapado, a quien acompañaba un chucho pequeño y feo, que se prestó a echarle una mano por una perra chica, y, una vez allí, lo limpió a fondo, repasó las letras con pintura negra y pintó en rojo la palabra Pensión.
Después, y siempre con la ayuda del chaval, quien todavía esperaba para cobrar lo acordado, colocó el letrero en la calle, sobre dos caballetes, y dio varios gritos hasta que Isabelilla se asomó por una ventana para ver qué ocurría.
—¡Bajad! —vociferó—. ¡Bajad todos!
Instantes más tarde, Eulalia, Isabelilla, Casilda, don Juan José, Benigno el guardia, que se había invitado a comer, y varios vecinos más contemplaban atónitos la razón de tanto escándalo. Antón sonreía satisfecho a un lado del letrero, mientras su ayudante se colocaba al otro, igualmente ufano; entre ambos podía leerse:
Pensión
LA UNIVERSAL
—¿Qué os parece? —preguntó.
Hubo opiniones para todos los gustos. A su mujer le pareció algo demasiado rimbombante, Casilda opinó que sonaba a compañía de varietés,
Benigno afirmó muy serio que Pensión Talavera sería un nombre más apropiado, pero don Juan José aseguró que a él le parecía un nombre muy hermoso, muy ecuménico, y como los demás no tenían ni idea de lo que significaba aquello de «ecuménico», aunque les sonaba a iglesia, aceptaron finalmente el nombre para no quedar como ignorantes. Antón Ozaeta se felicitó por su decisión de llevar al profesor a su casa y se prometió echar mano de él cada vez que fuese preciso imponer sus criterios.
Los hombres colocaron el letrero debajo de los balcones del segundo piso siguiendo las indicaciones del guardia urbano, quien rápidamente asumió su papel de funcionario público y obligó a las mujeres a situarse a varios metros del portal para evitar una desgracia irremediable en caso de que la pieza cayese al suelo.
—¿Y la licencia? —preguntó Benigno sin olvidar sus obligaciones.
—Mañana —respondió Antón—. Es que faltaba el nombre...
—¿Quieren ustedes que les haga un retrato?
Todos se volvieron hacia el joven que los contemplaba sonriente, un pequeño baúl en una mano y un trípode de madera en la otra. A pesar de no llevar sombrero, el traje de buen paño, la camisa de cuello duro con corbata de lazo y los zapatos acharolados de tres colores mostraban que estaban ante un señorito de clase acomodada.
—¿Y usted quién es? —preguntó Benigno, erigiéndose en representante del pequeño grupo.
—Luis Mesonero Romanos, para servirles —se presentó el joven, quien añadió muy ufano, antes de que el guardia urbano prosiguiese con su interrogatorio—: El ganador del concurso del ABC.
—¿Qué concurso?
—El concurso fotográfico. ¿No han visto ustedes mi fotografía, la del atentado al rey?
¿Quién no la había visto? Una instantánea dramática en la que se apreciaba con toda claridad el momento en que la bomba había explotado, el humo, los caballos encabritados, el estupor. Había aparecido en todos los diarios del país durante varios días, y el autor se había hecho famoso, al haber sido el único fotógrafo que había captado el instante de la explosión,
lo cual le había proporcionado las trescientas pesetas del premio convocado por el diario.
—No tenemos dinero para pagar a un fotógrafo —apuntó Antón con sequedad.
—No tendrán que pagar nada. Me gusta el arte y fotografío cualquier cosa...
—¿Y por qué iba usted a trabajar gratis? ¿Acaso anda sobrado de cuartos? ¿O es que va a presentarse a otro concurso?
Le molestaba que el petimetre aquel hubiera aparecido para aguarle la fiesta. No sólo había visto la fotografía del atentado, también había leído una reseña en la que se mencionaba que el autor era un estudiante, a quien su padre había regalado una cámara de retratar y que había tenido la suerte de hacer la instantánea justo en el momento oportuno. ¡Y ahora venía con ínfulas de artista diciendo que le gustaba fotografiar «cualquier cosa»!
¿Acaso eran ellos «cualquier cosa»? ¿Acaso lo era su negocio aún no emprendido?
—Nos hace un honor, señor Mesonero —intervino Eulalia, colocándose entre el fotógrafo y su marido—, y estaremos encantados de posar para usted. ¿No es cierto, Antón?
El hombre asintió con un gesto de la cabeza. No tenía ganas de discutir con su mujer, y menos en público.
—Pues vayan colocándose —indicó el fotógrafo a la vez que abría el baúl y extraía de él la cámara fotográfica que, de inmediato, motivó el interés de don Juán José y de Benigno.
—¿Me da tiempo a cambiarme la blusa? —preguntó Eulalia—. Que ésta es la de las tareas...
—Vaya usted, que aún tengo que disponer la máquina...
La mujer entró corriendo en el portal. Se trataba de la primera y quizá la única vez en su vida que iba a ser retratada; era preciso mostrar el mejor aspecto posible. Casilda permaneció en la calle, y lo mismo hizo Isabelilla.
Mesonero colocó la cámara sobre el trípode, mientras todos, vecinos incluidos, se mantenían respetuosamente a varios pasos de distancia, como si temieran estropear el artilugio si se aproximaban demasiado. Todos,
excepto Antón, que cargó con una escalera y después con la otra y las metió dentro del taller, puesto que no era cuestión de que aparecieran en la fotografía, como si el asunto hubiese sido improvisado. Al salir se topó con Pepe Cantonal y la sorpresa lo dejó mudo. ¿Cómo diablos...?
—A las buenas, compadre —lo saludó su amigo.
—¿Qué haces tú por aquí a estas horas? —le preguntó él recobrando la palabra.
—Pues ya ves...
—Pero... hoy es día de labor...
—Para quien la tenga.
—¿Y eso?
—Que me han echado de la fábrica de ladrillos.
El hombre dio una calada al cigarrillo medio apagado que sujetaba entre los dedos y comenzó a hablar, entre dientes, según acostumbraba. Cinco días antes se habían presentado en la fábrica media docena de carabineros y se habían llevado detenidos a varios obreros, él incluido, para ser interrogados por el asunto aquel del atentado. Todos los arrestados, excepto él, eran miembros de la Unión General de Trabajadores y fueron puestos en libertad ese mismo día. A él lo habían mantenido en el calabozo tres días y dos noches debido a sus simpatías hacia el movimiento anarquista. Cierto que había militado en la Federación de Trabajadores de la Región Española, aseguró, pero ésta había sido disuelta años atrás y desde entonces no se había afiliado a ningún otro grupo. Sin embargo, la policía lo tenía fichado de cuando las huelgas.
—Y no sólo eso —prosiguió—. También tienen varias declaraciones de chivatos que aseguran que me han oído hablar en contra de la monarquía. Si supiera quiénes han sido, ¡los descojonaba!
—Hablas demasiado en voz alta.
—Lo sé, lo sé... El caso es que, para mi suerte —continuó Cantonal—, el día del atentado, yo no estaba en Madrid.
—¿Ah, no?
—No. Me fui al campo, allá por la zona del Real de Manzanares, a visitar a unos tíos que tengo. También tenía una prima, pero murió hace
unos años.
—No sabía que fueras oriundo del Real...
—No lo soy, soy de Madrid, probablemente uno de los pocos madrileños de verdad.
—¿Y tus tíos?
—Mi tío sí es de allí. Incluso dormí en su casa, así que la policía no pudo endosarme complicidad en la conspiración y no le quedó más remedio que soltarme, pero mi patrón aprovechó para ponerme en la calle, aduciendo que había faltado tres días al trabajo, el muy cabrón.
—Y ahora ¿qué vas a hacer?
—Buscarme otro trabajo, naturalmente, y un lugar donde vivir, porque mi casera también ha aprovechado la coyuntura para echarme de la habitación y así poder alquilarla más cara. Es una suerte que hayas abierto una pensión, me quedaré aquí si no hay inconveniente.
Sólo entonces Antón se fijó en la maleta atada con cuerdas que su amigo había dejado en el suelo.
—¿Dónde estaríamos mejor que entre amigos? —preguntó Cantonal echándole un brazo al hombro.
—¿Estaríamos?
—Sí, la Virtudes se ha venido conmigo —dijo señalando a la mujer, que en aquel momento se entretenía con Casilda, a quien doblaba en altura y anchura—. Su chulo le soltó un puñetazo en un ojo la semana pasada y, en cuanto me enteré, le solté yo otro a él y le rompí la mitad de los dientes. Es mejor, por ahora, que no aparezcamos por Lavapiés.
—¿Están ustedes dispuestos? Coloqúense bien debajo del letrero...
La voz del fotógrafo sacó a Antón de su estupor. Sus intentos por alejarse del anarquista se habían ido al traste, se le había colado en su propia casa, ¡y encima con compañía!
Eulalia apareció por la puerta con la falda, la blusa y el mantón de los domingos y distribuyó al grupo, situándose ella en el medio y obligando a su marido a colocarse a su derecha y a Benigno a su izquierda, seguido de Casilda y don Juan José. Pepe Cantonal y Virtudes se situaron a la derecha
de Antón, la Isabelilla delante y, junto a ella, el mozalbete que había ayudado con el letrero y su chucho.
—¡Únicamente los de la casa! —advirtió a los vecinos, que también querían salir en la fotografía y recularon al escuchar el aviso.
No se hablaba con la vecina del primero desde el día del atentado, por haber salido ésta corriendo como las gallinas, dijo, y no haberlas ayudado a su madre y a ella. No obstante, doña Patrocinio se asomó a una ventana de su piso, justo debajo de la letra uve del letrero, y no se movió de allí, pues aquélla era también su casa y hacía lo que bien le daba la gana, respondió cuando Eulalia le conminó a meterse dentro.
—¡Y ahora no se muevan! —gritó Mesonero.
Los retratados no respiraron y, durante unos segundos, el mundo se detuvo delante del portal de la calle del Rollo que hacía esquina con la de Segovia.
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