La Universal
Capítulo 8
Dos días después de la memorable velada, Antón logró al fin lo que ansiaba: hacerse con la llave, subir al desván y abrir la caja oculta bajo el tablón del baúl de su suegra. Le había sido imposible hasta entonces, puesto que siempre había alguien decidido a acompañarlo cada vez que iniciaba su ascensión al altillo. El lugar se había convertido en un pozo sin fondo, una cueva de Alí Baba, donde todo era aprovechable: telas, cartones, hierros, trastos viejos. El hombre temía que Eulalia también subiese, pues participaba como quien más, pese a seguir en sus trece en cuanto a que lo del circo era una chifladura, y había montado un taller de costura para vestir a los artistas en un rincón de su dormitorio, justo debajo del cuadrito de la Virgen de la Fuensanta. Tembló al oírle decir que en cualquier momento subiría a revisar los arcones del desván cuando Virtudes aseguró que la mujer forzuda debería vestir algo parecido al «hombre más fuerte del mundo» que habían visto en el Price, con calzones por debajo de una especie de bañador, por supuesto con un toque femenino que no la hiciera parecer hombruna.
Por suerte para él, durante el desayuno, don Juan José lo felicitó por ser el día de la onomástica de su alias artístico, San Eugenio, única fecha autorizada para recoger bellotas en El Pardo y excusa para organizar comidas campestres y bailes. Decirlo y montarse el alboroto fue todo uno.
En menos de treinta minutos, los residentes de La Universal habían dispuesto la salida. Habían llenado las cestas que luego servirían para traer
las bellotas con panes, embutidos, queso, fruta y lo que pillaron a mano, se habían vestido para la ocasión, que tampoco era cuestión de ir de romería como quien va al mercado, y se disponían a salir hacia la Puerta de San Vicente, una puerta que ya no existía aunque el lugar continuara manteniendo el nombre, para coger el tren de vía estrecha que los llevaría hasta El Pardo. Antón pensó que entonces o nunca y, al levantar una de las cestas, se dobló como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.
—No es nada; sólo el lumbago —aseguró—. Tendréis que ir sin mí.
No era la primera vez que aducía dicha dolencia inexistente para eludir alguna tarea ingrata, y siempre había funcionado. Logró que se marcharan tras asegurar a su mujer y a los demás que lo único que necesitaba era pasar unas horas en la cama, sin moverse ni hacer esfuerzos. Prometió darse las friegas con el linimento para caballos y mulas olvidado en la casa años atrás por un tratante y que seguía siendo el remedio más eficaz que conocían para dolores de músculos o torceduras, y aseguró que se calentaría las lentejas que habían sobrado del día anterior y, por fin, los vio marchar con un sentimiento de alivio. Esperó todavía un rato por si Eulalia tenía remordimientos de conciencia y volvía para ocuparse de él, pero, al parecer, la perspectiva del festejo era más fuerte, pues, pasada una hora, no había señales de ella ni de los otros. Se dio unas friegas por si acaso, ya que, de no hacerlo, su mujer podría recelar al no advertir el fuerte olor del linimento, cogió la llave y salió corriendo hacia el desván.
Las manos le temblaban al abrir la caja oculta bajo las tablas del baúl de su suegra y estuvo a punto de rezarle un avemaria a la Virgen de la Fuensanta al descubrir que su corazonada era cierta. La mujer había escondido allí un fajo de billetes de a cinco y calculó que habría unas mil quinientas pesetas por lo menos. Tenían suficiente dinero para pasar el invierno sin penurias y continuar con los preparativos de su gran proyecto, pero había que guardarlo de nuevo para no levantar sospechas e ir utilizándolo poco a poco, muy poco a poco. Tardó casi media mañana en buscar un nuevo escondrijo, decidiéndose finalmente por ocultar los billetes en el taller, envuelta la caja en papel de periódico dentro de un saco de grano, rescatado de la inundación y que había conservado por si necesitaba
su contenido para lo que fuera. Después se acercó hasta la plaza de la Cebada, entró en una taberna y pidió un plato de callos, que hacía mucho que no probaba porque a Eulalia no le gustaban. Se sentía bien. Saber que disponía de un pequeño capital con el que hacer frente a las necesidades le había abierto el apetito y los callos acallaron cualquier reproche que pudiera hacerse por no entregar el dinero a su mujer, legítima heredera de su madre.
Ella le había dicho que era el hombre de la casa quien debía encargarse de buscar el sustento, y eso era lo que estaba haciendo, por el bien de todos.
Aprovechó también para acercarse hasta la plaza de los Carros e interesarse por los precios del alquiler de carretas y carromatos, puesto que la compañía precisaría de medio de locomoción llegado el momento. Preguntó asimismo por los utilizados para el transporte de toros bravos, por si acaso seguían adelante con el asunto aquel de la osa de Cantonal. De vuelta a casa, se echó una siesta y soñó con su circo.
Le despertaron unos gritos procedentes de la calle llamando al señor Oneguin y tardó unos instantes en darse cuenta de que aquél era su alias artístico. Al asomarse a la ventana descubrió al grupo de excursionistas, que, entre risas, le mostraban las cestas llenas de bellotas y dos sartas de rosquillas atadas con una cuerda.
—¿Cómo está usted, señor Oneguin? —le preguntó Isidoro.
—Bien, Nikolái, bien.
—¿Se te ha pasado ya lo del lumbago? —le preguntó Eulalia a su vez.
—Sí.
—¡Pues baja la llave, que dice Karamázof que dejemos las bellotas en el taller!
Habían decidido utilizar sus nombres rusos de vez en cuando, para acostumbrarse a ellos y que no les pillara de sorpresa a la hora de presentarse ante el público, aunque casi todos estaban convencidos de que sólo se trataba de una broma que duraría lo que durase y que después olvidarían.
Al bajar con la llave, le salió al paso Paulino Flórez.
—Perdone usted, pero he oído que lo llamaban..., y bueno..., yo creía que su apellido era Ozaeta.
—El otro es mi alias —respondió Antón, sorprendido de que el huraño morador del primero le dirigiese la palabra.
—Suena a extranjero...
—Sí, es ruso. Perdone, pero me están esperando.
El hombre se asomó al hueco de la escalera para verlo bajar y, a continuación, entró a toda prisa en su piso a observar durante un buen rato, medio oculto por las cortinas, el ajetreo que se traían sus ruidosos vecinos.
Esperó hasta la noche, cuando ya las lámparas de gas alumbraban las calles con su luz mortecina, salió cerrando la puerta del piso con mucho cuidado para no hacer ruido, bajó las escaleras con igual celo y se dirigió al Café de la Montaña, situado en los bajos del Hotel de París, en la Puerta del Sol, lugar de reunión de gentes bohemias, repleto de humo y voces. Tras echar una ojeada al local, descubrió a la persona a quien buscaba, un caballero de mediana edad que fumaba un puro mientras sostenía una copa de coñac entre los dedos.
—Buenas noches, señor secretario —saludó quitándose el bombín.
—Buenas noches, Flórez. ¿Toma usted algo?
Se moría de ganas por un coñac, pero no debía dar la impresión de ser un aprovechado, así que pidió un anís.
—¿Qué hay de nuevo? —preguntó el caballero al retirarse el camarero.
—Creo que los tengo —afirmó el otro con voz pausada, tal y como convenía para dar una noticia trascendental.
—¿Está usted seguro?
Su interlocutor, alzó el tono de tal modo que el grupo de contertulios sentados a la mesa de al lado interrumpió su debate sobre las nuevas tendencias literarias y se quedó mirándolos con aire reprobador.
—¿Está usted seguro? —preguntó de nuevo bajando la voz.
—Casi —respondió el hombre con cautela.
Funcionario de tercera categoría en el Ministerio de la Gobernación, Paulino Flórez tenía la clara intención de ascender a lo más alto del escalafón sin entrar en la política, puesto que el Gobierno cambiaba con suma facilidad y él no estaba por la labor de verse ascendido y descendido al albur de los acontecimientos. Había llegado a la conclusión de que la
única forma de alcanzar un cargo seguro y bien remunerado era mantenerse neutral, no dejar trascender su ideología, que por otra parte tampoco tenía, y convertirse en alguien imprescindible para los diferentes titulares de su departamento, el de policía. Sus estudios de contable le habían permitido acceder a una plaza en la contaduría de dicho departamento, pero tenía siempre los ojos y los oídos bien abiertos, dispuesto a recabar información de cualquier tipo, de manera que la respuesta era siempre la misma cada vez que alguien precisaba una información: «Pregunte usted a Flórez».
El hombre pasó a relatarle lo que varias semanas atrás había sospechado y que ya le había expuesto con anterioridad: que sus vecinos del segundo eran en realidad miembros de una célula bolchevique infiltrada en España con el fin de difundir las nefastas ideas comunistas entre los honrados y cristianos obreros españoles. La prueba era que ninguno de ellos trabajaba, a excepción de un abogado, lo cual daba base a su hipótesis, puesto que era del todo inaudito que un señor con estudios viviese hacinado con una chusma de vagos y maleantes, a menos que fuese el cabecilla de la banda, que ya se sabía que los mayores revolucionarios no eran gente de baja estofa, sino burgueses con educación. Asimismo, era altamente sospechosa la presencia en aquella casa de un profesor, probable ideólogo de la célula, quien impartía clase a los niños expósitos del Real Hospicio, sin duda para disimular. También había varias mujeres.
—¿Y viven todos ellos juntos? —se interesó su interlocutor.
—Sí, todos en un mismo piso, en una pensión llamada La Universal. Ya me dirá qué se puede esperar con un nombre como ése, de clara alusión comunista.
—Puede que en verdad sea una pensión...
—Permítame recordarle con todo respeto, señor secretario, que la bomba contra nuestro amado rey fue lanzada desde el balcón de una pensión. Por otra parte, ¿de qué viven, si como ya he mencionado, casi ninguno de los inquilinos tiene un trabajo como Dios manda?
—Aun así, ¿tiene usted alguna prueba segura?
—Usan alias.
—¿Alias?
—Sí, cada uno se hace llamar por un nombre... ruso. No he logrado conocerlos todos, pero sé, por ejemplo, que el abogado utiliza el de Kadechinski, o algo parecido, el profesor es Pitrolich, otro es Tovarich y el supuesto dueño de la pensión, Oneguin.
—Ése suena a vasco.
—Pues es ruso, se lo puedo asegurar porque el propio individuo me lo ha confirmado esta misma tarde.
—¿Algo más?
—Disponen de un taller mecánico en los bajos de la casa, pero yo no veo que haya clientes entrando y saliendo, aunque sí hay actividad, porque hace semanas que Oneguin, Tovarich y un chaval se pasan las horas allí metidos dando martillazos. No me extrañaría que estuviesen fabricando artefactos incendiarios o algo peor.
El señor secretario de segunda categoría del Ministerio de la Gobernación permaneció en silencio durante largo rato, haciendo volutas de humo mientras meditaba los pasos que debían seguir. Iban ya para tres los presidentes del Consejo de Ministros en aquel mismo año; el último, el marqués de la Vega de Armijo, de ochenta y dos años, un parche, por decirlo de alguna manera, hasta encontrar a otro candidato; las importaciones masivas de cereales a un precio menor que el nacional para beneficio de cuatro especuladores habían llevado a los campesinos a la miseria, y ello había repercutido en las empresas de herramientas vascas, así como en las textiles catalanas; la hambruna se abatía sobre el país, en especial sobre Andalucía y Extremadura; la falta de trabajo había obligado a miles de españoles a cruzar el océano en busca de una vida mejor; cientos habían muerto lejos de su tierra defendiendo los restos del antiguo imperio y era incontable el número de los desaparecidos. El campo estaba abonado para la rebelión a la que están obligados los desesperados. El partido de los obreros creado por Pablo Iglesias así como su sindicato estaban más o menos controlados, puesto que no se escondían y celebraban mítines públicos, pero no ocurría lo mismo con los anarquistas, anarcosindicalistas y otros grupos similares. El ministerio tenía conocimiento de la llegada a España de elementos subversivos procedentes de otros países europeos,
incluida Rusia, que no eran fáciles de detectar. Él había propuesto al señor secretario de primera categoría la creación de un cuerpo especial de policía, al igual que ya se había hecho en Francia y en Inglaterra, dedicado exclusivamente a descubrir a revolucionarios antipatrióticos dispuestos a socavar los cimientos de la nación con el pretexto fútil de la injusticia social, el hambre, los bajos salarios y cantinelas del estilo. ¡Como si fuese tan fácil gobernar un país! Su superior no había atendido a sus razonamientos, pero él estaba decidido a llevar a cabo su proyecto, entre otras cosas porque tanto al señor secretario de primera categoría como al propio ministro de la Gobernación les quedaban, como mucho, dos o tres meses antes de ser sustituidos. El régimen liberal tocaba a su fin y ahora era el turno del conservador con el apoyo de la Iglesia, irritada por el decreto que autorizaba de nuevo los matrimonios civiles en un país católico, apostólico y romano. Antonio Maura, liberal mudado a conservador, era el candidato que más sonaba. Con suerte, él mantendría su puesto, ya que no se había significado políticamente y era socio de la Sociedad Tiro de Pichón, lugar de encuentro de destacados conservadores. De todos modos, con o sin el beneplácito de su superior, estaba decidido a continuar, aunque para ello tuviese que echar mano de personajillos como Flórez. Crearía una red de espías, al igual que había hecho Felipe II, y nadie estornudaría en España sin que él lo supiese, pero había que ser prudentes.
—Debemos ser cautos, amigo mío —dijo finalmente—. Antes de proceder, debemos asegurarnos de que, en efecto, sus vecinos conforman una célula bolchevique, comunista, marxista, o lo que sea. Por lo tanto, desde este mismo instante queda usted dispensado de sus obligaciones en la contaduría; se dedicará a vigilarlos y a recabar pruebas contra ellos. Quiero un informe encima de mi mesa todos los lunes.
Dicho esto, el señor secretario se levantó, depositó una moneda de dos pesetas encima de la mesa y, sin esperar las vueltas, salió del café, saludando a derecha e izquierda a conocidos y desconocidos.
Paulino Flórez permaneció sentado e hizo una seña al camarero pidiéndole una copa de coñac, que abonó con la moneda de su jefe y paladeó con aire de entendido mientras escuchaba las conversaciones de la
mesa contigua. Los contertulios hablaban de obras literarias, mencionaban nombres extranjeros, reprobaban la Ley de Jurisdicciones votada por las Cortes, por la cual el poder militar se imponía al civil al someter al código militar el juicio por los delitos de opinión y obra contra el ejército, la nación o su bandera. También insistían en la necesidad de alfabetizar a los españoles, puesto que la mitad de la población no sabía leer ni escribir.
Chasqueó la lengua. En cuanto acabara con los rusos, pensó, se ocuparía de todos aquellos ociosos charlatanes con pinta de sabios. El pueblo no necesitaba aprender a leer ni a escribir, necesitaba trabajar y obedecer las leyes, que para eso estaban. Pidió otra copa de coñac, aunque esta vez tuviera que pagarla de su bolsillo; se la bebió de un trago al escuchar que la censura civil y eclesiástica era arma de cobardes, incapaces de enfrentarse dialécticamente a sus oponentes, y se marchó del local. Llegó a la calle del Rollo dando tumbos. Había sido demasiada bebida dos coñacs y un anís con el estómago vacío. Tenía ganas de meterse en la cama, pero la puerta del segundo estaba entreabierta y se oían voces. Ascendió y se quedó a mitad de la escalera, sentado en un escalón. No lograba distinguir la conversación, si bien la palabra «panfletos» le llegó con claridad, justo en el momento en que su estómago no aguantó más, se le llenó la boca y vomitó con gran estrépito el alcohol ingerido. Antes de que pudiera recuperarse de la sorpresa, una mujer apareció en el rellano con un quinqué en la mano y ambos se miraron.
—¡Marrano! ¡Será usted guarro!
Aterrorizado, echó a correr escaleras abajo a trompicones y acertó a meter la llave en la cerradura de su piso, pero no lo suficientemente rápido como para no escuchar la amenaza de la mujer:
—¡Mañana limpia usted esta peste o yo misma me encargaré de que lo haga con la lengua!
—¿Qué ha pasado, Eulalia? —oyó preguntar a un hombre.
—¡El del primero, el muy guarro ha vomitado en nuestro tramo de escaleras!
La puerta del piso de arriba se cerró de golpe y Paulino Flórez respiró, dejándose caer sobre la cama sin tan siquiera quitarse los zapatos. La
cabeza le daba vueltas. Se había salvado por los pelos y tuvo una pesadilla horrible en la que se veía atrapado, torturado, el cerebro lavado por sus vecinos.
—¿Alguien sabe a qué se dedica ese tipejo? —preguntó Eulalia, enfurecida, al entrar en la cocina.
—Creo que trabaja en el Ministerio de la Gobernación —respondió Benigno—. Lo veía por allí cuando hacía la ronda por Puerta del Sol.
—¿De qué?
—No lo sé, pero, si quieres, me informo.
—Por cierto, señor Wallinstein —intervino doña Patrocinio, a quien la mención del ministerio le había recordado algo—. Una de mis clientas me ha preguntado hoy si podía contactar con los difuntos.
Ozaeta y el abogado intercambiaron una mirada y se mordieron los labios para evitar la risa. Martes y viernes, días laborables, la mujer encendía unos inciensos y unas velas en su habitación y abría consulta de cuatro a siete. Sus clientes eran casi todas mujeres, aunque también aparecía por allí algún que otro hombre. Isabelilla les abría la puerta y les indicaba unas sillas en el minúsculo recibidor del piso a la espera de su turno. En dichas ocasiones, dueños e inquilinos de La Universal procuraban no dejarse ver, si bien no siempre podían evitarlo, sobre todo el casero, su amigo Pepe e Isidoro, que bajaban al taller y volvían a subir cada dos por tres. Wallinstein había tenido ocasión de ver a la clientela de doña Patrocinio en un par de ocasiones en que había llegado pronto a casa y se había quedado muy asombrado. No se imaginaba a sí mismo haciendo cola para que alguien le adivinara el futuro, aunque, a la vista estaba, no todo el mundo opinaba igual. Quizá debería probar él también, igual Madame Natasha le descubría un futuro esplendoroso. A la mujer le encantaba su apodo artístico, que había adoptado asimismo en su faceta profesional, y le había pedido que pintara un rotulillo con cierto arte, estrellas incluidas, para colocar en la puerta de su habitación, ofreciéndose, a cambio, a leerle las cartas o las rayas de la mano, lo que prefiriese. Pintó el rotulillo, pero declinó la oferta con una sonrisa, prometiendo no obstante consultarle más adelante a fin de que no se ofendiese.
—No sabía esa faceta suya de hablar con el más allá —dijo Ignacio tratando de no sonar demasiado irónico.
—No, no —protestó ella—. Esos asuntos son muy serios y yo nunca lo he intentado, aunque estoy convencida de que podría ser una buena médium. De hecho, puede que lo intente algún día de éstos.
—¿Y por qué deseaba esa señora contactar con los difuntos?
—Quería preguntarle a su marido dónde había guardado unos documentos o unos dineros, no me lo ha aclarado. He pensado que le interesaría saberlo.
—¿A mí? —preguntó el abogado, sorprendido—. ¿Por qué iban a interesarme los asuntos de una desconocida?
—Porque es la viuda del señor aquel que desapareció y que luego Benigno dijo que habían enterrado en una fosa común.
—¿Cómo sabe que es ella?
—Porque es la viuda del hombre que desapareció el día del atentado contra el rey y... es pelirroja, como usted nos dijo.
Wallinstein se quedó pensativo. ¿Qué documentos podrían ser aquéllos para que Elvira Artigas se tomase la molestia de acudir a una vidente de tres al cuarto? Por suerte no se habían encontrado; habría resultado una situación comprometida.
—¿Va a volver? —preguntó al cabo de un rato.
—Sí, el jueves. Le he dicho que ya voy a informarme sobre alguien que pueda ponerla en contacto con su difunto marido.
—¡Por Dios, Patrocinio! —exclamó Eulalia—. ¿No creerás tú en esas cosas?
—Ay, hija, yo me creo todo.
—Se me está ocurriendo una idea... —Antón había escuchado la conversación sin intervenir.
—Tiemblo cada vez que dices eso de que se te ha ocurrido una idea —
replicó su mujer—. ¿De qué va esta vez?
—Ya os la contaré cuando le haya dado un par de vueltas.
A la mañana siguiente, nada más despertarse, todavía en camisón y bata, Eulalia salió a la escalera con un barreño de agua, dispuesta a fregar la
pestilencia que estaba segura que su vecino no habría limpiado, pero su sorpresa fue mayúscula al comprobar que no solamente sí la había limpiado, sino que además había encerado los escalones.
Wallinstein regresó a la pensión en cuanto dieron las siete de la tarde.
Cada día se le hacía más cuesta arriba pasar las horas encerrado en el archivo del bufete, cuando en la calle del Rollo gozaba de un ambiente que sus compañeros de trabajo considerarían disparatado, pero que a él lo llenaba de vida. Además, se había cruzado en el pasillo con Ozaeta y éste le había susurrado un misterioso «ya sé cómo hacer para saber lo de los documentos del muerto». Seguro que se trataba de otra de las alocadas ideas de su casero, pero no podía evitar sentir curiosidad. No había vuelto a hablar con la señorita Beltrán desde el día de su encuentro en Manzanares el Real y posterior regreso a Madrid, pero sentía su mirada fija en él cada vez que salía del archivo o hablaba con los demás empleados, y tenía la impresión de que ella trataba de advertirle que mantuviera la boca cerrada acerca de su encuentro en la cabaña de Mendoza. Esto lo llevó a pensar que, tal vez, los documentos que la viuda buscaba estaban escondidos en algún rincón de dicha cabaña, aunque rechazó tal posibilidad. Cecilia, Amando y él habían registrado bien el lugar y no habían encontrado nada de particular; los escondrijos secretos eran más propios de las novelas que de la vida real, y él tenía demasiada imaginación. De existir, aquellos documentos estarían a buen recaudo, en un banco, o en manos de terceros. De vuelta a La Universal, no se percató de Flórez, quien lo seguía unos pasos por detrás sin perderlo de vista.
Encontró a todos, menos a doña Patrocinio, ocupada con una clienta, sentados alrededor de la mesa y, encima de ésta, una tablero de madera con las letras del abecedario pintadas en él, así como los números del uno al cero, un «sí» en la parte superior izquierda, un «no» en la derecha y un
«adiós» en la inferior.
—¿De dónde han sacado ustedes este tablero de ouija? —preguntó atónito.
—¡Ouija y no aguja, zopenco! —le espetó Antón a Cantonal—. Ya te lo decía yo. Lo hemos hecho nosotros. ¿A que ha quedado como si fuera
comprado? Lo hemos copiado de uno que hemos visto en el escaparate de un comercio.
—¿Para qué?
—A éstos —intervino Virtudes—, que se les ha ocurrido hacer ese trasto porque dicen que los señoritos y las damas lo utilizan para hablar con los muertos.
—¡Jesús, María y José! —exclamó Eulalia haciendo la señal de la cruz
—. ¡Antón! ¡A mí no me traigas a casa chismes de ésos!
—¿Están ustedes seguros de que es legal? —preguntó Benigno.
—¿Y si nos excomulgan? —Eulalia volvió a santiguarse.
La Isabelilla e Isidoro no decían nada; contemplaban atónitos el tablero intentando imaginar cómo podría hablarse con los muertos con un pedazo de madera. El profesor inició una reflexión acerca de la probabilidad real o inexistente en cuanto a la posibilidad de establecer contacto con los difuntos, a menos que fuesen almas en pena que todavía no hubieran encontrado el camino hacia la otra vida. Claro que, apuntó, para ello, era preciso creer en el más allá, a lo que Cantonal respondió que aquello eran monsergas. Casilda, por su parte, señaló que ella había jugado a la ouija una vez, que había pasado mucho miedo y que por nada del mundo volvería a probar. Hablaban todos a la vez, quitándose la palabra, hasta que Antón pegó un puñetazo encima de la mesa.
—¡Que aquí nadie va a hablar con los muertos, rediez! —gritó—. Sólo se trata de hacer que la viuda diga qué documentos busca.
—¿Qué viuda? ¿Qué documentos? —preguntó Virtudes.
Ella y su hombre habían salido la víspera a dar una vuelta y no se habían enterado de la visita de doña Elvira a doña Patrocinio, asunto que fue preciso explicarle, no así a Cantonal, quien ya había sido puesto al corriente por su amigo mientras construían el tablero.
—La idea es que, cuando esa señora venga a la consulta, doña Patrocinio le informe de que ha encontrado la media capaz de...
—Yo no he perdido ninguna media.
La afirmación de la mujer, que justo entraba en la cocina en ese momento, provocó la hilaridad de los demás y el pasmo de la interesada, de
forma que Antón tuvo que recomenzar su explicación. Había leído un artículo que hablaba en tono crítico acerca de la moda de las sesiones de espiritismo, la cual alcanzaba por igual a las clases pudientes y a las menos afortunadas, entre otras cosas porque no se precisaba apenas nada para llevarlas a cabo. En algunos casos, únicamente hacían falta cuatro o cinco participantes y una mesa redonda; en otros, se utilizaba un lápiz; en otros, una copa, pero en el periódico venía la imagen de una ouija, que le pareció una pieza curiosa. Se había olvidado del asunto, pero lo recordó de nuevo al comentar doña Patrocinio la visita de la viuda de Mendoza, así que aquella misma mañana habían ido Cantonal y él a una tienda de la calle de Postas donde vendían artilugios raros.
—El Ojo de Isis —señaló doña Patrocinio en tono entendido.
—Esa misma. Pero nos pedían dos pesetas y cincuenta céntimos por un tablero de éstos, lo que nos ha parecido una barbaridad, así que, con la disculpa de estar interesados, nos hemos fijado bien y lo hemos hecho nosotros —concluyó Antón.
—Y ahora ¿qué? —preguntó Eulalia, que no acababa de estar convencida de que el tablero no fuera un artilugio diabólico.
—Ahora, cuando la viuda venga el jueves, doña Patrocinio le dice que ha encontrado a una media de esas que dicen que pueden ponerse en contacto con los muertos...
—Una médium —recalcó la aludida.
—Una médium... Bueno, pues se lo dice y queda para la semana que viene. Entretanto, nosotros practicamos con el tablero y, cuando vuelva, le organizamos una sesión.
—¡Que yo no pienso hacer algo prohibido por la Iglesia! —insistió Eulalia.
—¡Que nadie lo va a hacer! Sólo fingiremos, pero ella no lo sabrá y nos dirá lo de los documentos. ¿Qué le parece a usted la idea, don Ignacio?
—Fantástica. Es usted el tipo más ingenioso que he encontrado en mi vida —rio el abogado.
—Bien, ¿quién va a ser la médium esa? —preguntó el casero mirando a las mujeres.
—¡Yo no! —exclamó Casilda como si previese ser la elegida.
—Pues en usted estaba pensando precisamente, porque doña Patrocinio no puede ser, que le ha dicho a la viuda que no sabe de esas cosas, y las demás tampoco porque no saben juntar letras.
Tras mucho rogarle, la joven aceptó por fin el cometido y, a continuación, pasó el resto de la velada comentando con Eulalia y doña Patrocinio el traje que debería ponerse para la ocasión, mientras los demás escuchaban las explicaciones de don Juan José acerca de cómo utilizar el tablero de manera convincente.
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