La vengadora
Capítulo 9
suelo-. Estoy hasta la coronilla de ser vapuleado por ti -la empujó con tal brusquedad que ella cayó de rodillas-. No quiero volver a verte. Ve adonde te plazca, siempre que sea fuera de mi vista.
Giró sobre sus talones y echó a andar, furioso, en dirección al campamento. Pero, tras unos pocos metros, disminuyó el paso y miró a desgana por encima del hombro.
Tamsyn seguía de rodillas en el suelo, la cabeza baja, sus lágrimas cayendo en el barro. No parecía haber notado su partida. Por primera vez desde que había sucedido, ella estaba reviviendo la masacre de San Pedro.
Hasta entonces, sólo se había permitido recordar la lucha mortal y desafiante de su padre, a su madre descansando apaciblemente en las sombras. Pero ahora evocaba todo lo demás. El asesinato de los recién nacidos, la violación de las mujeres, la tortura de los hombres y las llamas de la aldea incendiada que llegaban hasta el cielo. Y ella y Gabriel, dos contra varios cientos, que lo habían visto todo desde lo alto de una colina, tragando su impotencia. Y después, tres días después, cuando esos salvajes habían abandonado las casas quemadas y sus habitantes masacrados llevándose consigo todo el botín que pudieron encontrar, habían bajado a la aldea para sepultar a Cecile y al barón y cavar una fosa para tos otros, idénticas a las que estaban siendo cavadas allí, porque ellos dos solos no podrían cavar tumbas para cada uno de tos muertos.
–Ven, no puedes quedarte aquí -le dijo Julian con voz suave, inclinándose sobre ella.
La alzó, y ella apoyó su cabeza en el hombro de él. El sintió que los sollozos estremecían el cuerpo de ella. La llevó a su tienda, le dijo a Dobbin con voz perentoria que desapareciera y entró, cerrando y atando la solapa de la tienda.
–Cuéntame todo -le dijo en voz baja.
9
Julian se encaminó hacia el hospital de campaña atravesando el campamento. Allí estaban muchos de sus hombres; una visita de su coronel contribuiría a levantar su ánimo, aunque no mucho el de Julian. Aquellos de sus hombres que no estaban siendo sepultados en las fosas comunes ni yacían mutilados en los hospitales estaban revolcándose en la ciénaga de la depravación, en Badajoz. Para que volvieran a ser los animosos luchadores,
los soldados entusiastas y de buen corazón que él conocía, haría falta emplear la horca y el látigo… sórdida tarea, que Wellington ordenaría con el mismo implacable pragmatismo con que había permitido los excesos.
–El coronel St. Simon, ¿no es así?
Dio un respingo y salió de sus sombríos pensamientos al inclinarse para entrar en la primera tienda. Un cirujano con una cuchilla de carnicero en la mano levantó la vista desde la mesa de caballete en la que estaba un hombre amarrado con correas, inconsciente, con su pierna derecha descubierta hasta la rodilla, allí se veía un hueso roto que asomaba a través de la piel desgarrada.
–Sí.
Julian hizo una pausa. No conocía al cirujano.
–Perdóneme… anoche me he encontrado con una joven absolutamente insólita que afirmó ser amiga… muy amiga suya -el cirujano se enjugó la frente húmeda con la manga-. Ella insistió mucho en que atendiese al herido de inmediato y, debo decirlo, era muy persuasiva. Dijo que el Par la conocía.
–La Violette -dijo Julian, casi como para sí-. ¿Qué hizo ella, exactamente?
–Trajo heridos desde el campo sobre un magnífico caballo blanco; nunca había visto un caballo como ése -el cirujano, al oír que su paciente se agitaba y gemía, se inclinó sobre él-. Perdóneme; está volviendo en sí. Debo cortarle esta pierna antes de que despierte del todo.
Julian hizo un gesto afirmativo y salió, cerrando los oídos al crujido del cuchillo en el hueso. De modo que Tamsyn había pasado la noche llevando los heridos sobre el nervioso César. No casaba mucho esa ayuda con su manifiesto odio por los militares; sin embargo, a él no le asombraba que ella hubiese participado en las ingratas tareas de la noche pasada. Comenzaba a preguntarse cómo era posible que no hubiese escalado la muralla con los hombres de Picton.
Julian se había enterado de muchas cosas durante la hora que pasó con ella en su tienda. Ella habló en voz baja, cargada de lágrimas, pero con perfecta coherencia. Le había contado del horror que había visto en San Pedro de un modo que le había permitido imaginarlo con toda claridad.
Había visto muchas cosas parecidas.
Sin embargo, ahora el coronel lord Julian St. Simon estaba preocupado.
La Violette había adquirido unos contornos diferentes a sus ojos. Estaba comenzando a ver rasgos más complejos donde antes sólo había visto a una bandolera oportunista, gloriosamente sensual… cuyas tretas seductoras debía resistir con cada fibra de su ser. Ahora veía a una joven que había quedado sola en el mundo tras el horrendo asesinato de sus amados padres.
Una joven que había perdido todo el marco de referencia de la única existencia que había conocido, que había sido arrojada al mundo en medio de una guerra para hacerse un futuro como pudiera.
Era un cuadro perturbador; en no poca medida porque, debajo de esa imagen, él aún seguía viendo a la otra Tamsyn. Seguía creyendo que ella había jugado con la conocida susceptibilidad de Wellington, empleando para ello su patética historia; aun así, estaba seguro de que ella no había tratado de conmover el corazón de fuljan cuando en su tienda había puesto ante él la cruda imagen de su vida.
Él no sabía qué pensar de todo ello. Se detuvo junto a una camilla donde estaba tendido un soldado raso de su brigada, respirando entrecortadamente por la boca, con su rostro cubierto por vendas manchadas de sangre.
–El cirujano dice que usted saldrá para Lisboa por la mañana, Carter -
dijo Julian-. Será licenciado.
–No lo lamentaré, señor -dijo, el del rostro vendado-. He perdido la nariz, señor. ¿Qué dirá mi señora?
–Se alegrará de que regrese con dos piernas y dos brazos -respondió Julian tocándole el hombro para luego seguir su camino, sabiendo que su intento de consuelo era insuficiente y sabiendo también que eso era lo único que podía ofrecerle.
Tamsyn estaba sumergida en un baño de asiento de agua humeante, en su habitación de Elvas, y trataba de decidir si su estallido emocional le habría acarreado algún beneficio con respecto a Julian St. Simon. Aunque no lo hubiese planeado, había sucedido y tal vez pudiera sacarle algún provecho.
Era evidente que el coronel se había conmovido con su historia. Había estado amable y consolador, había pedido a su criado que preparase té cuando ella acabó su relato y por fin sus lágrimas se hubieron secado. Él la había rodeado con su brazo y, sentado junto a ella, había guardado silencio porque no había nada que decir. Ella le estaba más agradecida por ese
silencio que por cualquier otra cosa. Era propio de un hombre sensible resistir a la tentación de recitar trilladas frases de consuelo que no harían más que trivializar su dolor.
Después, la había acompañado de regreso a Elvas y dejado en su alojamiento.
Pensativa, Tamsyn se enjabonó las piernas e hizo una mueca al ver la capa de mugre que iba formándose en la superficie del agua. Necesitaría una jarra de agua limpia para enjuagarse el jabón.
Como respondiendo a su pensamiento, la señora Braganza subía la escalera resoplando con una jarra de agua limpia. Tamsyn le agradeció y se incorporó en la bañera. La señora derramó un chorro de agua tibia sobre su pelo y cuerpo; Tamsyn se estremeció de placer sintiendo que la suciedad abandonaba su cuerpo.
La señora le había lavado su camisa y su ropa interior, pero las prendas comenzaban a exhibir señales de deterioro y sus pantalones ya estaban casi arruinados. Necesitaba ropa nueva; las tiendas de Elvas estaban bien surtidas pero ella no tendría dinero hasta que regresara Gabriel. Claro que, cuando Gabriel regresara, ella no necesitaría comprar ropa pues él le llevaría todas sus pertenencias, además del tesoro: la herencia que le había dejado su padre, y que había estado bien oculta de los asesinos.
Quizá pudiese persuadir al coronel St. Simon de que le hiciera un pequeño préstamo. Eso le daría una excusa para buscarlo de nuevo.
Se vistió con sus deshilachadas prendas. La señora no había logrado quitar las manchas de sangre de sus pantalones; estas manchas se mezclaban con las otras acumuladas durante las dos semanas que había estado usándolos. Pero, al menos, tenía la piel y el pelo limpios.
Tamsyn se observó en el cristal manchado que hacía las veces de espejo.
Teniendo en cuenta las circunstancias, no estaba tan mal. En cierto modo, se sentía purificada como si al exponerse a los horrores de Badajoz hubiese abierto un forúnculo con un bisturí. Y en algún sitio recóndito dentro de sí sentía una tibia llama de regocijo y alivio al saber que Julian St. Simon había sobrevivido a los horrores del ataque.
Hambrienta, olfateó el rico aroma que llegaba de la cocina y bajó corriendo.
La señora había preparado una sustanciosa sopa de calabaza, patatas y una sabrosa salchicha; viendo a su huésped consumir dos grandes tazones
acompañados por varias gruesas rebanadas de pan crujiente, aprobaba con cabeceos de satisfacción. Luego Tamsyn, sintiéndose dispuesta a cualquier cosa, fue a buscar a César y montada en él salió en dirección al campamento, a buscar al coronel.
Pero ocurrió que, mientras Tamsyn estaba en el campamento, el coronel estaba en el cuartel de Wellington, adonde había acudido después de un urgente llamado que lo había obligado a interrumpir su visita al hospital y regresar a Elvas.
A Julian le resultó evidente que el comandante en jefe estaba de un talante extraño. Su satisfacción por la victoria estaba teñida por la pérdida de tantos miles de sus mejores hombres, y su impiadosa decisión de dar rienda suelta a los sobrevivientes no había hecho gran cosa por compensarlo de tanta pérdida. Igual que St. Simon, él estaba convencido de que si hubiese castigado ejemplarmente a la guarnición de Ciudad Rodrigo, en enero, la de Badajoz se habría rendido en el momento más oportuno y ambos lados se habrían ahorrado una indescriptible sangría. Pero la opinión pública no habría apoyado la incivilizada carnicería de una guarnición vencida aunque ahora hiciera la vista gorda a los odiosos saqueos y violaciones de una ciudad indefensa.
–Julian, con respecto a esta cuestión de La Violette… -fue directamente al meollo del asunto en cuanto el coronel entró-. ¿Has vuelto a pensar en ello?
–Casi no he tenido tiempo -señaló Julian-. Pero mi respuesta debe ser la misma, señor. No puedo aceptar algo así.
Wellington se puso ceñudo y comenzó a pasearse por la habitación con las manos enlazadas en la espalda.
–Necesitamos la información que ella tiene, Julian. Quiero echar a los franceses de España este verano y marchar sobre Francia hacia el otoño.
Necesito conocer esos puertos, y contar con más libertad de movimiento respecto de los guerrilleros. Y Violette puede hacerlo posible.
–No lo niego -Julian empezaba a sentir que una desesperada misión en retaguardia quedaba en sus manos-. Pero creo que ella puede vender su información por otra cosa que no sea mi alma -concluyó, en tono sarcástico.
–¡Oh, vamos, hombre, no exageres! – reprendió el duque-. Son seis meses de tu tiempo, nada más -sus ojos perspicaces se entrecerraron-. Si tú
me perdonas; ella debe de tener ciertos fundamentos para creer que podrías acceder a una propuesta como ésa.
–Ella no tiene ningún fundamento -afirmó Julian-. Tampoco tiene ningún derecho sobre mí.
–Entiendo -Wellington se rascó la nariz-. Bueno; ella es una joven bastante poco común.
–Una mercenaria, ladrona y manipuladora -declaró el coronel con tanto énfasis como antes-. No participaré de sus juegos. Apuesto a que si usted le ofreciera suficiente dinero ella vomitaría todo sin parpadear.
–Puede ser, aunque yo no lo creo… ¿Un clarete?
El duque fue hasta la mesa donde estaban las botellas.
–Gracias.
Julian esperó, consciente de que la batalla no estaba ganada, ni mucho menos. Aceptó el vaso que le ofrecía y agradeció con un movimiento de cabeza.
–Lo dudo -continuó el duque como si no hubiese habido ninguna pausa en la conversación-. Tengo la inconfundible convicción de que ella sabe su precio y que no se moverá de ahí. Ella quiere una sola cosa y, te juro por Dios, yo la comprendo. La pobre criatura está completamente sola en el mundo; y no puede tener más de diecinueve años. ¿Qué clase de futuro le espera aquí, sin amigos ni familia?
Julian bebió un sorbo de su vino y no respondió, recordando la angustia y la desolación de la muchacha. Y, con todo, no se convencía de que el calificativo de "pobre criatura" fuese el que correspondía a la huérfana del El Barón y su compañera inglesa.
–Estoy seguro de que ella podrá encontrar a la familia de su madre -
continuó el duque, pensativo-. Pero sería mejor si se presentase con un aspecto más ortodoxo. Más convincente…, más atractivo, ¿no lo crees?
–Puede ser -admitió Julian con sequedad, sin ceder un milímetro.
Wellington lo miró, pensativo.
–Está bien; si no quieres, no quieres. Pero hay otra cosa que quiero discutir contigo.
El silencio se prolongó; Julian esperó sin convencerse de que su jefe se hubiese dado por vencido.
–No necesito decirte lo escéptico que está el gobierno con respecto a esta campaña -dijo Wellington, al fin-. Dicen que exageramos la
importancia de las victorias, que las obtenemos a un costo muy alto en hombres y dinero. Y Dios sabe que tendrán motivos de sobra para quejarse cuando aparezcan en Gazette las cifras de las bajas de este lamentable asunto.
Julian asintió. Todos sabían que Wellington tenía la oposición del gobierno inglés y que, para él, era casi imposible conseguir el apoyo económico y material que necesitaba para la campaña en la Península.
–Necesito a alguien que vaya a presentar nuestro caso en Westminster -
dijo el duque-. Alguien en quien pueda confiar y a quien el gobierno respete, que les dé un informe de primera mano sobre la campaña. Los despachos no presentan las cosas de la manera apropiada, ¡y los observadores civiles son endemoniados! No tienen la menor idea de lo que está sucediendo aunque lo tengan bajo sus propias narices.
–Y usted quiere confiarme esa tarea -dijo Julian en un tono despojado de inflexiones.
Llenó de nuevo el vaso del comandante, luego el suyo.
–Tú eres el emisario perfecto -dijo Wellington-. Eres el coronel más joven de mi ejército, has hecho una carrera brillante hasta este momento y, sin la menor duda, te espera el bastón de general en un año o dos. Has sido mencionado en innumerables ocasiones en los despachos, de modo que tu nombre es bien conocido en los círculos gubernamentales. Se da crédito a tus palabras.
Una vez más, Julian se abstuvo de contestar de inmediato y el comandante lo observó con la misma perspicacia que antes. Lo que Wellington no mencionaba porque era obvio que el título del coronel lord Julian St. Simon era uno de los más antiguos del país. Su fortuna quedaba más allá de los límites de la avaricia y sus propiedades, sin incluir Tregarthan, cubrían condados enteros. Semejantes posición e influencia lo convertían en un vocero más poderoso aun ante los lores de Westminster.
Julian fue hasta la ventana y miró hacia la calle con el entrecejo fruncido.
–Está pidiéndome que deje el ejército en el preciso momento en que está por comenzar la campaña de verano dijo, al fin-. Que abandone a mi brigada cuando le esperan meses de marcha y de lucha.
–Le asigno vital importancia a la misión en Londres, St. Simon -ahora el tono de Wellington era el de un comandante y había perdido todo tono de
intimidad-. Tengo coroneles de sobra para hacerse cargo de tu brigada pero no tengo a nadie más apto que tú para que se encargue de este asunto diplomático. Si quieres, promoveré a coronel de campo a O'Connor en tu ausencia. Según entiendo, su herida no lo obligará a volver a su casa -hizo una pausa y agregó, en tono intencionado-: A tu regreso, tendrás los galones de brigadier.
El corazón de Julian dio un vuelco. Había un pequeño paso de brigadier a general; él se había prometido a sí mismo que tendría el bastón de general cuando llegara a los treinta. Sin embargo, pensaba conquistarlo peleando…
conduciendo a sus hombres a la victoria…, no hablando con cortesía y siendo un diestro político en los corredores de Westminster.
–¿Debo entender que me ordena que vaya a Londres?
–Exacto, coronel.
Julian lo miró a los ojos.
–¿Y este otro asunto?
–Oh, vamos, Julian -Wellington sonreía.– Estoy seguro de que puedes acompañarla a Inglaterra, ayudarla a establecer contacto con la familia de su madre. De todos modos, tendrás que ir allí.
–Bueno, sin duda la tarea de acompañarla será fácil -dijo Julian-. Pero no es eso lo que Violette está pidiendo. Ella quiere un tutor, si acaso lo recuerda usted.
Wellington rió entre dientes.
–Es una pequeña descarada, ¿verdad?
Julian suspiró.
–No puedo discutir eso, señor.
–Entonces, ¿lo harás?
–Y si yo alquilara una casa apropiada y contratara a una gobernanta para ella? – propuso el coronel, de espaldas a la pared-. La acompañaría a Inglaterra y la dejaría bajo la tutela de alguna mujer respetable. Entonces, podría volver aquí en un par de meses.
Wellington se encogió de hombros.
–Dejaremos que lo decida Violette. Si ella acepta ese precio, para mí está bien. Yo sólo quiero su información.
–Enviaré a Sanderson a buscarla -Julian fue hasta la puerta, dio la orden al brigadier mayor y volvió a la habitación.
El comandante estaba de pie ante la ventana abierta, escuchando el confuso bullicio que llegaba desde Badajoz.
–Les daré tiempo hasta mañana; entonces, si no podemos sacarlos de allí, pondremos una horca en la plaza -dijo, sin alterarse-. Cuando colguemos a un par de ellos, recuperarán la sensatez.
–Estarán en pésimas condiciones, señor.
–Sí, lo sé; desmoralizados, con resaca, avergonzados. Un sitio es algo desgraciado, Julian.
–No hay nada peor -admitió Julian con aire sombrío, bebiendo su vino.
Sandersoh regresó a los cinco minutos con la información de que La Violette no estaba en su alojamiento y que había sacado su caballo del establo.
–¿Nos abandonó? – preguntó Wellington, mirando al coronel con expresión interrogante.
Julian negó con la cabeza.
–No, ella no cedería tan fácilmente. La he oído asegurar a ese guardaespaldas gigante que lo aguardaría en Elvas dejó su copa-. Iré a buscarla.
Salió, tratando de disimular su alarma ante la idea de que ella pudiese haber regresado a Badajoz. No se le ocurría que pudiera estar haciendo algo tan estúpido, aunque Violette constituía una ley en sí misma y un hombre común no podía prever sus movimientos. No entendía por qué se preocupaba por ella; ése era el aspecto más irritante de toda la cuestión. Ella había sumido su vida y su carrera en un caos, manipulado sus emociones con tanta facilidad como lo hacía con sus reacciones físicas; aun así, él necesitaba saber si ella estaba a salvo.
La encontró sentada en medio de un círculo de sus oficiales, frente a su tienda, mientras César ramoneaba la escasa hierba que había junto a ella.
–Ah; aquí está usted, milord coronel -le dedicó una luminosa sonrisa al verlo acercarse a caballo-. Necesitaba pedirle un pequeño favor y por eso he venido a buscarlo; he conocido a su equipo. Y Dobbin ha tenido la amabilidad de prepararme un poco de té.
Señaló el jarro esmaltado que tenía en su mano.
–Qué agradable -dijo él, con expresión que indicaba lo contrario-.
Caballeros, ¿esta mañana no tenemos nada mejor que hacer que holgazanear tomando té?
–Estábamos hablando de la situación en Badajoz -se apresuró a decir Tamsyn mientras sus compañeros se ponían de pie en un movimiento simultáneo-. El capitán Frobisher estaba contándome qué había hecho con la muchacha que yo he rescatado esta mañana. Y los otros oficiales estaban explicándome cómo se las habían compuesto para asegurar bien las puertas de un convento. Han estado llevando grupos de mujeres allí y acaban de regresar de la ciudad para descansar un poco.
Julian lamentó su sarcasmo y vio las caras cansadas de sus oficiales.
–Discúlpenme -dijo sin vacilar, con esa sonrisa rápida e irresistible que le había conquistado el perdón desde que era un niño-. Estoy nervioso. No tenía intenciones de regañarlos.
–Bueno; todos estamos nerviosos -dijo Frank con una sonrisa fatigada-.
Estafamos pensando si podríamos reunir a nuestros hombres dispersos por las calles enviando a un grupo numeroso de oficiales que no estén cumpliendo ninguna comisión.
–Antes, descansen un poco. Lo intentaremos esta noche. Es probable que, para entonces, estén tan insensibles que vengan sin presentar dificultades -se volvió hacia Tamsyn-. Wellington quiere hablar contigo, Violette. Acompáñame, por favor.
A Tamsyn no le sonó como un pedido, pero se limitó a sonreír y dijo con picardía:
–Estaré encantada de acompañarlo, milord coronel, como he manifestado con claridad en numerosas ocasiones.
Los labios de Julian se apretaron tanto que casi desaparecieron de la vista y sus intensos ojos azules lanzaron chispas al ver las sonrisas apenas reprimidas de los soldados.
–¿Me permite que la ayude a montar, señora? – se ofreció Frank antes de que Julian atinara a expresar su exasperación.
Aquel enlazó las manos para que ella pudiese apoyar su pie y ella saltó sobre la silla dándole las gracias. Sujetó las riendas y arqueando una ceja dijo al coronel, que seguía bufando de cólera:
–Estoy lista para acompañarlo, señor.
Sin decir una palabra, Julian hizo girar a su caballo y avanzó por el estrecho sendero que formaban las hileras de tiendas. Tamsyn saludó alegremente con la mano a sus compañeros y lo siguió.
Pasaron uno tras otro sobre el puente de pontones hacia Elvas y entraron en el establo del cuartel. Todavía sin hablar, Julian subió la escalera precediendo a Tamsyn y entró en el edificio.
–Sanderson, ¿su señoría está solo?
–Sí, señor. Lord March se ha marchado hace unos minutos.
–Muy bien.
Golpeó la puerta y la abrió, haciendo a Tamsyn un brusco ademán para que entrase antes que él en el despacho del comandante.
–Buenas tardes, señor -saludó ella al comandante en jefe-.
Quisiera felicitarlo por tan espléndida victoria.
La nota de amarga ironía en su voz, tras la aparente cortesía, era inconfundible y Wellington la miró, ceñudo.
–Mis hombres lucharon como tigres -afirmó-. Y murieron como héroes.
–No me cabe duda -repuso ella con el mismo tono-. El coronel St.
Simon me dijo que usted quiere hablar conmigo.
Se encaramó sobre el ancho alféizar y lo miró ladeando su brillante cabeza, los ojos alerta como un descarado petirrojo, según le pareció a Julian, divertido a pesar de su irritación.
–Tenemos una proposición para hacerle. Como es sugerencia del coronel, tal vez él mismo prefiera explicársela.
Tamsyn dirigió su mirada brillante e inquisitiva hacia el coronel.
–Soy toda oídos, milord coronel.
Julian le explicó su proposición en tono inexpresivo, con semblante imperturbable; Tamsyn escuchó con su aire de alerta e interés.
Cuando él hubo acabado, ella dijo sin rodeos:
–Oh, no; eso no serviría para nada.
La fría negativa cayó en un atónito silencio. Los dos hombres clavaron su vista en ella; luego St. Simon dijo:
–¿Por qué no?
–Sin duda comprenderán que una simple gobernanta no podría darme lo que yo necesito -respondió, en tono razonable-. Estoy segura de que la familia de mi madre pertenece a la aristocracia; en consecuencia, yo necesitaría aprender a comportarme en los círculos más elevados. Las gobernantas no conocen esa clase de cosas. Yo necesito saberlo todo acerca de las familias más encumbradas, y también los pequeños amaneramientos, sutilezas y cuestiones de estilo en el vestir que solo los más íntimos
integrantes de dichos círculos conocen. ¿Cómo podría una gobernanta hacer las presentaciones cuando yo estuviese lista para aparecer ante mi familia?
Tendría que haber alguien irreprochable que me avalase… que hablara de la bondadosa protección del duque de Wellington.
Hubo otra sonrisa conquistadora dirigida al duque.
–Lo que dice ella es cierto, Julian.
Julian sostuvo la mirada directa de su comandante y leyó el inmutable mensaje. Giró hacia la silueta encaramada en el alféizar: Tamsyn se miraba las uñas como si estuviese absorta en ellas.
–¡Maldita seas, Violette! – siseó entre dientes- ¡Maldita bruja tramposa, conspirativa!
Sin duda, ése no era el mejor momento para pedirle un pequeño préstamo. Tamsyn alzó los ojos y sonrió, un tanto insegura.
–Coronel, le prometo que no seré una molestia para usted. Seré la discípula más obediente y no lo comprometeré.
La expresión de Julian era de completo escepticismo; Wellington, por su parte, soltó esa risa suya semejante a un relincho.
–Con eso te atrapó, Julian: te dejó liado como un pavo de Navidad.
Julian se acercó a Tamsyn. Se inclinó sobre ella apoyando una mano a cada lado de su cabeza y dijo en voz lo bastante baja como para que sólo ella pudiese oírlo:
–Es probable que hayas mordido un bocado más grande del que puedes masticar, Violette. Te tendré saltando por el aro hasta que olvides cómo te llamas. Estás advertida.
Tamsyn se tocó los labios con la lengua y entornó los ojos.
–Creo que puedo habérmelas con cualquier cosa que me eche, milord coronel.
Las miradas de ambos se encontraron y se sostuvieron. Había antagonismo y desafío pero también una perversa excitación ante la perspectiva del juego de guerra que estaban a punto de entablar.
Julian se irguió y habló en tono normal pero totalmente carente de inflexiones.
–De modo que hemos aceptado tu precio, Violette. Es hora de cumplir tu parte del acuerdo.
–Naturalmente -dijo ella.
Wellington llamó a Sanderson para que tomase notas, y comenzaron. St.
Simon se sentó en una silla, junto al hogar, y escuchó con atención las respuestas de la bandolera tratando de percibir cualquier evasiva, cualquier indicio de que pudiera estar engañándolos. Sólo contaban con su palabra para confiar en la verdad de la información que estaba proporci6nando y, sin embargo, él descubrió que confiaba en esa palabra. Aunque fuese escurridiza como un anguila él creía que si ella afirmaba que estaba jugando limpio, decía la verdad.
Pero no sabía por qué tenía fe en ella.
Fue una sesión larga y exhaustiva. Al final, Tamsyn dibujó un complicado mapa donde indicaba los puertos de la sierra de Guadarrama, y después se estiró arqueando la espalda contra sus manos.
–Creo que eso es todo lo que he aceptado hacer.
–Sí -dijo Wellington, confirmándolo con un gesto de asentimiento- Ha sido muy satisfactorio. Gracias.
–Yo no puedo decir que haya sido un placer -replicó Tamsyn con franqueza.
–¡Oh, no vengas con eso! – rezongó Julian-. Has obtenido exactamente lo que querías a cambio de tu información.
–Es verdad -el medio de vengarse de los Penhallan, pensó ella-.
¿Partiremos apenas llegue Gabriel?
–Cuanto antes, mejor -contestó él con dureza-. Y quiero que esto quede por escrito -hizo un ademán señalando a Sanderson, que aún estaba sentado ante la mesa-. El contrato será por seis meses desde hoy, 7 de abril de 1812
hasta el 7 de octubre. Hayas logrado o no lo que querías. ¿Entendido?
–Perfectamente.
Sanderson escribió con esmero, secó la tinta con arenilla y la empujó sobre la mesa para que Tamsyn la firmara.
–Cuánta formalidad -murmuró mientras firmaba el documento-.
Cualquiera diría que no confías en mí, milord coronel.
–Cualquiera diría que no tengo motivos para confiar en ti -repuso él, yendo hacia la puerta.
–¡Oh! – exclamó Tamsyn corriendo tras él, que se encaminaba a grandes trancos hacia la escalera-. Ya que nuestro contrato comienza hoy, aunque no hayamos iniciado el viaje, me siento autorizada a pedirle un favor. ¿Podría
prestarme una pequeña cantidad de dinero? Es sólo hasta que vuelva Gabriel.
Él se detuvo al llegar a la puerta de calle y la miró con expresión incrédula.
–¿Además de todo lo que has conseguido quieres que te preste dinero?
–Es sólo para comprarme algo de ropa. Ésta que llevo ahora está cayéndose en jirones. Se lo devolveré en cuanto regrese Gabriel.
Por un momento, él la miró ceñudo y en silencio; después, asintió lentamente.
–Está bien. Ya que como dices nuestro contrato empieza hoy, acepto pues es evidente que tienes una necesidad imperiosa de sustituir varias prendas. Conozco el lugar adecuado. La esposa del coronel Delacourt me habló de esto.
Echó a andar por la calle sin fijarse si ella lo acompañaba.
Tamsyn titubeó. Había visto en su mirada una expresión un tanto inquietante, un brillo divertido que no le parecía del todo amistoso. Pero luego se encogió de hombros y también echó a andar, corriendo para alcanzarlo.
–No es necesario que me acompañes, milord coronel.
–No me llames así.
–¿Por qué no? – preguntó ella con sonrisa inocente.
–No me gusta ese tono.
–¡Aaah! ¿Cómo debo llamarte, entonces?
–Coronel será suficiente. Lord St. Simon, si prefieres.
Tamsyn puso cara larga.
–Eso me parece demasiado formal para una relación de seis meses.
–No tenemos ninguna relación -replicó él en tono neutro.
–Ah -Tamsyn lo siguió cuando él tomó una estrecha calle lateral-. ¿Y si te llamara Julian?
–Así me llaman mis amigos y yo no veo motivo para que tú lo hagas -
abrió la puerta de la tienda de sombreros cuyo interior era fresco y poco iluminado y se oyó sonar una campanilla que colgaba de ella-. Es aquí.
Tamsyn se detuvo en el umbral.
–Supongo que aquí podré comprar ropa interior. En realidad, no es necesario que entres conmigo, milord coronel.
El coronel no respondió y, apoyando una mano en la cintura de la muchacha, la empujó y la hizo entrar en la tienda.
Desde el fondo llegó una mujer. Llevaba un vestido de bombasí oscuro con un crujiente delantal blanco de muselina y una mantilla de encaje negro sobre los hombros. Tras un rápido vistazo al rango de su visitante, sonrió con cierto aire obsequioso y dijo en español.
–Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo servirlo?
Echó una somera mirada a la acompañante del coronel; en la semipenumbra, sólo distinguió a un muchacho de baja estatura.
–Mi acompañante, aquí presente, necesita renovar su vestuario -
respondió St. Simon con brío, empujando a Tamsyn hacia el rayo de luz que entraba por la ventana-. Pienso que sería más fácil si ella se quitara toda la ropa y empezáramos a partir de ahí.
–Eh, un momento -protestó Tamsyn-. Necesito unos calzones nuevos, una camisa nueva de lino o de seda y un par de calcetines. Como estoy segura de que la señora no vende pantalones, los compraré en otro sitio.
El coronel no le hizo caso y le dijo con calma a la atónita señora:
–Necesita calzones, una camisa, enaguas, medias de seda y un vestido…
algo sencillo, pienso. De muselina o de batista.
–¿Cómo se te ocurre? – volvió a protestar Tamsyn, pasando al inglés-.
Aquí no puedo usar ropa de mujer.
–¿Por qué no? Tengo la impresión de que innumerables mujeres lo hacen -señaló el coronel con sequedad.
–Porque es diferente… yo soy diferente -dijo ella-. No entiendo cómo pudiste pensar eso.
–¿Cuándo fue la última vez que te pusiste enaguas? – quiso saber él, sin hacer caso de la creciente irritación de ella.
–Jamás las he usado -respondió, sin darle importancia-. Tampoco las usó Cecile… o, bueno, sólo de vez en cuando precisó-. Creo que formaba parte del juego amoroso de mis padres. Para el modo de vida que llevábamos, la falda era algo muy poco práctico.
–Muy bien; pero no es así en el juego que tú has decidido jugar -dijo Julian-. Más aún: son indispensables. Permíteme recordarte que, a instancias tuyas, yo llevo las riendas de este juego; por lo tanto, deberás aceptar mis reglas. Desde hoy, llevarás ropa de mujer.
–Pero… pero supongo que cabalgaremos hasta Lisboa para tomar el barco. ¿Cómo podría hacerlo con ropas de mujer?
–Como lo hacen las demás mujeres -dijo él-. A menos que prefieras viajar en una carreta.
–Oh, no seas absurdo -se volvió a la puerta con movimiento impaciente-. Me las arreglaré como estoy hasta que llegue Gabriel. Él traerá toda mi ropa.
Julian la tomó del brazo, la hizo girar de cara hacia él y posó su mirada serena en el rostro acalorado de ella.
–Violette, ¿quieres cancelar nuestro contrato?
El sonrojo de ella se intensificó y sus ojos relampaguearon.
–¿Faltarías a tu palabra, señor?
Él negó con la cabeza sin soltarla y sin dejar de mirarla con calma.
–Te he advertido que seguiríamos mis reglas. Si acaso no te gustan esas reglas, puedes cancelar el juego cuando quieras.
Tamsyn se mordió el labio, arrepentida, luchando consigo misma. Sabía que él estaba esperando que ella le diese cualquier excusa, por mínima que fuese, para dar por terminado el acuerdo. Le había dicho que podría habérselas con cualquier cosa que él le echara. ¿Acaso se amilanaría ante el primer obstáculo? Además, era un obstáculo que tendría que salvar en algún momento; más valía que lo hiciera lo antes posible. Pero sucedía que aún no estaba lista para dejar de ser Violette en esas circunstancias. Habría tiempo de sobra para realizar esa transformación cuando llegaran a la apacible y verde campiña inglesa que Cecile le había descrito con tanta frecuencia.
–¿Entonces? – dijo Julian, advirtiendo que la señora los observaba con franca curiosidad sin entender muy bien lo que era, a todas luces, una amarga discusión.
Tamsyn arribó a una decisión. Soltó su brazo del apretón y dijo, con helada indiferencia:
–No veo ninguna dificultad -y comenzó a desabotonarse la camisa.
–¡ Ay… ay!
La señora lanzó un chillido de consternación y empujó a su insólita cliente detrás de un biombo tallado.
Tamsyn se desnudó y arrojó sus prendas sobre el biombo a medida que se las quitaba. Zapatos, calcetines, calzones, camisa y pantalones formaron un montón en el suelo mientras la señora se apresuraba a mostrarle una
selección de ropa interior, presentándolas con cierta renuencia a la inspección del coronel.
–¿Prefieres seda o linón? – preguntó Julian en dirección al biombo mientras revolvía un montón de vestidos bordeados de encaje.
–Seda -Tamsyn asomó su cabeza por un extremo del biombo-. Pero no quiero nada de volantes ni cintas, porque se enganchan en todo.
–Pruébate ésta -le arrojó una camisa de seda de color crema y procedió a ocuparse de los calzones-. Los calzones, también de seda, supongo.
–No, de linón -dijo Tamsyn, resuelta a llevarle la contraria-. Y sin volantes.
–Eso será difícil -reflexionó él sacudiendo las delicadas prendas bajo la mirada atónita de la propietaria-. Estos son los más simples que he podido encontrar. Tienen cintas rosadas.
–¡Aj! – Tamsyn se asomó detrás del biombo cubierta por una camisa que le llegaba a la parte superior de los muslos. Déjame ver.
–¡ Ay de mí!-se lamentó la señora al ver que el coronel se hacía a un lado para que la muchacha de escasa vestimenta examinara la selección que le ofrecía.
Ni un santo hubiera sido capaz de resistir. Tamsyn estaba inclinada sobre el mostrador y, con su cuerpo, rozaba el del hombre. La mano de Julian se deslizó hasta su muslo. La sintió ponerse rígida aunque fingió no notarlo y siguió observando el amontonamiento de delicadas telas. La mano masculina fue ascendiendo bajo la camisa pasando sobre la tersa curva de su trasero. Tamsyn le lanzó una mirada de soslayo de arriba abajo y sonrió con malicia.
Julian notó que su respiración se había vuelto un tanto agitada. ¿Qué se había hecho de su resolución de resistir a los encantos de la bandida?
Pellizcó la carne firme de su trasero con excesivo vigor y oyó cómo ella contenía el aliento. Después, él se volvió hacia la señora con expresión de cliente práctico.
–Muéstreme algunos vestidos, señora. Es difícil que tenga algo tan pequeño como para ella. Yo diría que le irá bien alguna prenda infantil.
Ante el evidente insulto, Tamsyn perdió todo interés en el juego de seducción. Se volvió para protestar pero vio que ambos se habían ido hacia el fondo de la tienda y estaban enzarzados en una discusión. Eligió unos
calzones relativamente poco adornados, unas enaguas de linón, medias de seda y portaligas y volvió tras el biombo.
–Este te irá, me parece.
Julian sostenía en alto un vestido de muselina de color crema con mangas abullonadas y una cinta de color violeta en el pecho. Un bordado del mismo color violeta contorneaba el dobladillo de la falda y el escote curvo.
Tamsyn abandonó el biombo con semblante de resignación y disgusto y examinó el vestido con la nariz fruncida.
–Es tan delicado… Lo romperé en cuanto lo enganche con algo.
–Espero que no andes por ahí enganchándote con todo -dijo él al tiempo que le pasaba el vestido por la cabeza y se hacía a un lado mientras la señora se apresuraba a ocuparse de los ganchos, los botones y la cinta.
–Hay que acortarlo unos cinco centímetros -dijo la señora, ya recuperada la calma al ver a su cliente decentemente vestida-. Puedo tenerlo en media hora.
Tamsyn dio unos pasos, pateando los pliegues al caminar.
–Esto es ridículo. ¿Cómo puede una moverse por ahí con tanta tela que se mete entre las piernas?
–La mayoría de las mujeres lo consiguen sin la menor dificultad -dijo Julian-. Y será más fácil cuando haya sido acortado.
La contempló con involuntaria sonrisa. Pese a que Tamsyn parecía muy incómoda, el vestido había dado lugar a una asombrosa transformación. Su esbelto cuerpo parecía más frágil y menos nervudo y fuerte, acentuadas por el vestido la curva del busto y la suave forma de las caderas. La pequeña cabeza, con su brillante cabellera sedosa y clara se erguía sobre un cuello largo y esbelto alzándose con gracia desde el escote curvo y bajo.
–Un ranúnculo -dijo él con risa suave-Eso pareces. Ya no pareces una violeta sino un ranúnculo al sol.
La expresión de Tamsyn decía con claridad qué pensaba ella de tan repugnante imagen. Dio otra vuelta por la habitación y se detuvo ante un gran espejo de cuerpo entero.
–Santa María -musitó-. Tengo un aspecto ridículo. Seré el hazmerreír de fa ciudad. – miró a Julian por el espejo-. Supongo que eso es lo que quieres… vengarte de mí.
El negó con la cabeza.