La vengadora

Jane Feather · Capítulo 17 de 28

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La vengadora

Capítulo 15

entreabiertos, cuerpo esbelto y gracioso. Pero Celia había muerto. Hacía veinte años que Celia había muerto.

Julian se volvió hacia la escalera y sus ojos siguieron involuntariamente la mirada extática de Cedric. Tamsyn estaba en el rellano de la escalera, con una mano sobre la baranda y la otra levantando su falda y un pie en el aire como para continuar el descenso. El aire pareció restallar y Julian tuvo la absurda fantasía de que entre Tamsyn y el hombre con quien hablaba había habido un relámpago.

Por supuesto que eso era absurdo. Tamsyn, con su pelo corto y aire exótico, era una persona poco común en ese rincón apartado en medio del campo, y eso había despertado el interés de lord Penhallan. Julian decidió que no era necesario hacer las presentaciones.

–A servidor, Penhallan -dijo, haciendo una fría reverencia para luego girar hacia la puerta abierta que daba al patio.

–St. Simon -con esfuerzo, Cedric apartó su mirada de la aparición que había visto en la escalera. Su rostro había perdido parte de su rubicundez-.

Yo diría que nos encontraremos otra vez si es que piensa quedarse un tiempo en Tregarthan.

–Yo también diría lo mismo -dijo Julian en el mismo tono helado. Hizo una pausa y luego agregó, en voz baja, por encima del hombro-: Mantenga a sus sobrinos lejos de mis tierras, Penhallan. Si llegan a poner un pie, no respondo de las consecuencias.

Y se marchó sin aguardar respuesta.

En realidad, Cedric casi no lo había oído. Su mirada había vuelto a la figura de la escalera. Entonces, ella se movió, avanzó saltando ligeramente hacia el vestíbulo, ignorando los dos últimos peldaños. Pasó junto a el y salió al patio tras St. Simon.

Cedric fue hacia la puerta. Vio cómo St. Simon la sentaba sobre un magnífico potro árabe de un blanco cremoso, después se volvió y regresó a la posada.

Celia había regresado a Cornwall. O el fantasma de Celia.

Tamsyn dio vuelta la cabeza para mirar hacia la posada mientras salían del patio. No había señales de su tío pero su sangre se agitó. Cedric Penhallan aún estaba vivo, y las líneas de la batalla estaban trazadas.

15

A la mañana siguiente, Tamsyn despertó temprano y permaneció acostada bajo una montaña de mantas, confusa. Con los ojos cerrados, su cuerpo todavía sumido a medias en el sueño, todos sus sentidos le decían que el mundo había cambiado. Sentía una blanda tibieza en sus párpados; casi tenía miedo de creer lo que sus sentidos le decían, pero abrió los ojos.

Brillaba el sol. Y no era un rayo indeciso: el dormitorio estaba inundado de una luz dorada. Las motas de polvo bailoteaban en los rayos que entraban por las ventanas divididas con parteluces, y los cristales tallados de los frascos que había sobre el tocador resplandecían como diamantes rojos y azules.

Tamsyn apartó las mantas con los pies y saltó al suelo. Se quitó el camisón y se estiró, gozando de la tibieza del día sobre su cuerpo desnudo.

Su piel se abría a los rayos como a una caricia; tenía la sensación de haber estado hibernando en una cueva fría y húmeda durante meses.

Corrió hacia la ventana, la abrió de par en par y se quedó sin aliento, maravillada, ante el panorama que se extendía debajo de ella. Habían llegado al anochecer del día anterior, y ella no había visto nada de lo que había en el exterior de la casa. Habían tenido prisa por salir de la lluvia y ella había visto la luz de las velas que proyectaba sombras sobre oscuros paneles de madera y cielo rasos de yeso y madera, fuego encendido en inmensos hogares, una escalinata doble de elegante diseño que subía desde el vasto vestíbulo.

St. Simon se había retirado de inmediato después de presentar a su huésped y sus asistentes al ama de llaves, y Tamsyn se había encontrado instalada en un gran apartamento situado en una esquina del edificio, donde había una gran cama con baldaquino tapices colgados de las paredes, alfombras bordadas sobre el reluciente suelo de roble. Una sucesión de criados curiosos pero nada comunicativos le habían llevado agua caliente y una bandeja con la cena, mientras Josefa se atareaba sacando de las maletas la ropa que habían comprado en Londres. Y ella se había metido temprano en la cama, disfrutando de las sábanas crujientes y limpias que olían a lavanda seca, del parpadeo del fuego en las molduras del cielo raso, de la comodidad del espeso colchón de plumas, después de tantas noches en mal atendidos mesones.

Y ahora descubría otro mundo. Ante ella se extendían prados ondulantes y verdes, separados por arriates salpicados de flores, y más allá se veía el

mar azul que chispeaba bajo el sol de la mañana. Hacia ambos lados seguía la accidentada línea de la costa, y el blanco de los gredosos acantilados contrastaba con el intenso color del mar y del cielo.

Corrió hacia la ventana que daba al este y también la abrió de par en par, y se asomó apoyando los codos sobre el ancho alféizar de piedra. La vista desde ese ángulo era espectacular, con el sol encendiendo las aguas del río Fowey, arrancando chispas a los barcos anclados en el estuario que se mecían suavemente, resplandeciendo sobre los tejados de la pequeña aldea de pescadores de Polruan, en la otra orilla.

–¡Qué hermoso! – murmuró con deleite.

Aspiró profundamente la fragancia de las rosas que llegaba hasta ella, mezclada con el intenso perfume de los alelíes amarillos plantados en un ancho cantero bajo su ventana. Era la patria de su madre, la campiña suave, verde que ella había descrito tan amorosamente a su hija bajo el impiadoso sol español.

Se puso los pantalones y una camisa y salió corriendo descalza de la habitación. La casa estaba muy silenciosa y, a juzgar por la luz que entraba a raudales por las numerosas ventanas divididas por barras transversales, calculó que serían las cinco. Pero, siendo domingo, quizá los habitantes de la casa durmieran hasta tarde.

Los cerrojos de la maciza puerta del frente eran pesados y le costó esfuerzo retirarlos. La puerta se abrió y Tamsyn permaneció un instante parpadeando, en la mañana luminosa, sintiendo que su espíritu se desplegaba con la tibieza y la luz. El prado delantero miraba al este, hacia Fowey; Tamsyn traspuso una pequeña arcada que se abría en el muro de piedra que rodeaba el patio y lo separaba del jardín principal, que bajaba hasta el mar. Alzó la vista hacia su ventana y vio, por primera vez, que estaba en una torre cuadrada cubierta de hiedra.

Pensó que la casa del coronel lord St. Simon era espléndida. Debía representar un grado importante de riqueza y de poder. En la vida vagabunda de una banda de montañeses la riqueza y el poder no se demostraban por medio de la posesión de una cantidad de ladrillos, argamasa y tierras, pero Cecile le había explicado que los ingleses concedían mucha importancia a tales posesiones.

Cedric Penhallan era un individuo influyente ante los reyes, un intermediario del poder, y Cecile le había explicado que su vasta fortuna,

sostenida por sus posesiones, le daba la posibilidad de ejercer una influencia de largo alcance. Sin ella, ni siquiera un sujeto tan ambicioso e implacable como lord Penhallan podría haber llegado a tan secreto pináculo del poder. Y el orgullo por su linaje le otorgaba el poder que ejercía sobre todo aquél que pudiese reclamar tener sangre Penhallan, por diluida que estuviese. Era un poder que había arrollado a su rebelde hermana con fuerza inexorable.

Mas no iba a arrollar a esta Penhallan, pensó Tamsyn con una pequeña sonrisa torcida, mientras cruzaba el prado hacia el mar que la atraía; desdeñó el pulcro sendero de grava y prefirió sentir en sus pies la frescura de la hierba, todavía mojada por la lluvia. Esta Penhallan derrotaría al hacedor de reyes, lo haría saltar en el aire con su propio petardo. Mientras elaboraba este pensamiento, surgió en su mente la imagen de su tío: la extraordinaria fuerza que emanaba de su tío y que ella había sentido era como una amenazadora avalancha de energía que arrasaría todo a su paso.

Él la había visto en la escalera. Y esa visión lo había paralizado un instante.

En sus ojos había relampagueado el reconocimiento y, al mismo tiempo, la estupefacción, la incredulidad…, el reconocimiento y, durante un fugaz instante, algo que ella habría jurado que era miedo.

Sin embargo, él no sabía quién era ella. Y no sabría la verdad hasta que ella misma decidiera anunciarse, en forma pública: sería el fantasma de Cecile que había vuelto en pos de la restitución y la venganza; su llegada sería repentina y firme como una puñalada. Hasta que llegara ese momento, lo atormentaría con una familiaridad vaga cada vez que él la viese, en tanto que ella, en apariencia, sólo sería una inocente joven de visita en un país extranjero.

¿Qué grado de contacto podría tener con los Penhallan mientras estuviese bajo el techo de los St. Simon? Tamsyn interrumpió su alegre marcha por el ondulante prado. Había percibido la animosidad entre St.

Simon y Cedric Penhallan. Si juzgaba por el tono helado de Julian, se trataba de una profunda animosidad. ¿Qué habría querido decir aquella advertencia relacionada con los sobrinos de Cedric? "Mantenga a sus sobrinos lejos de mi tierra, Penhallan, o no respondo por las consecuencias." ¿Quiénes serían estos sobrinos? Probablemente, sus primos.

Eran muchos acertijos, pero los resolvería. Gabriel investigaría un poco en las tabernas de la zona. Él siempre se sentía cómodo en esa clase de sitios y era tan hábil para recoger información verdadera como para dar información falsa. Lo principal era que el juego había comenzado.

Tamsyn hizo un gesto afirmativo y, haciendo unas ligeras cabriolas sobre la hierba, fue hasta un muro bajo de piedra que había en el linde del prado. Allí se detuvo, y su boca formó una O de deleite. El suelo bajaba en una larga pendiente curva hacia los riscos que se erguían a cada lado y caían en picado sobre una pequeña caleta arenosa; pero lo que más maravilló a Tamsyn fue la brillante masa de color que le llenó los ojos cuando la contempló. Después de una breve pausa, lanzó un grito de placer y se precipitó por ese glorioso campo ondulante.

Desde una ventana de sus aposentos, Julian la observaba avanzar, bailoteando sobre la hierba mojada. Había empezado a vestirse cuando un impulso vago lo atrajo hasta la ventana, y ahí estaba, sin camisa, los pulgares en la cintura de los pantalones, contemplando, ceñudo, a esa especie de duende. Al salir así vestida, ella había violado las reglas. Una cosa era despojarse del atuendo femenino en la cubierta de un barco de guerra en medio de una batalla y otra muy diferente era hacerlo en la apacible y convencional campiña cornuallesa.

Ya sin eso habría abundantes habladurías con respecto a su presencia allí, sin necesidad de dar a los criados combustible para sus hogueras. Por cierto, si llamaba la atención ataviada de esa manera tan desvergonzada, no lograría ser aceptada por la sociedad local, y mucho menos por los estratos más elevados de la alta sociedad.

Y, si ella no cooperaba, él tenía todo el derecho de dar por terminada su misión.

Salió del dormitorio, pasó ante una adormilada sirvienta que bajaba de su cuarto en el ático para avivar el fuego en la cocina antes de que aparecieran la -cocinera y las criadas de rango superior. Hizo una reverencia y se ruborizó al ver el pecho desnudo de su señoría; Julian retribuyó brevemente el saludo. No la conocía; tomó nota de ello para hablar con el ama de llaves acerca del personal que había sido contratado en su ausencia.

Salió por una puerta lateral y, siguiendo las huellas de Tamsyn todavía visibles sobre la hierba húmeda, atravesó el prado. El suave aire matinal aligeró un poco su irritación, a la vista de la alfombra de gotas de lluvia que

chisporroteaba al sol, las limpias fragancias que se elevaban desde los arriates y llegaban a él a su paso hacia el muro de piedra.

Al llegar a él, se detuvo y miró hacia la caleta. Durante un momento, no pudo ver a Tamsyn por ningún lado, aunque sabía que tenía que estar allí, a menos que hubiese trepado por uno de los abruptos acantilados que había a los lados de la pequeña cala. Entonces, divisó una cabellera plateada a medio camino por la cuesta, pero el resto de su persona se perdía entre una masa de dedaleras purpúreas y de rododendros liliáceos.

Saltó con ligereza sobre el muro y enfiló hacia esa cabeza que se balanceaba.

–¡Tamsyn!

Ella se volvió y lo saludó agitando la mano, el rostro encendido de placer y sus ojos violetas mezclando su color con el de las flores que ella abrazaba.

–¿No son bellísimas? Jamás había visto un paisaje tan increíble -gritó, y comenzó a subir hacia él con dificultad en medio de ese campo de colores que le llegaba a la cintura.

–A juzgar por tu ropa, supongo que ya no estás interesada en ese contrato que insistías tanto en que acordásemos -declaró él con la boca apretada, cuando ella llegó junto a él.

Si Tamsyn lo había oído, no dio señales de ello. Hundió la nariz en las flores que llevaba.

–¿Cómo se llaman? Nunca había visto nada parecido que creciera así, silvestre.

–Dedaleras -contestó Julian.

–Y el sol brilla y el mar chisporrotea. Todo es encantador: yo jamás habría creído que Inglaterra fuese así -continuó Tamsyn, con la cabeza echada hacia atrás para recibir el sol, su cuello formando una graciosa curva desde el cuello abierto de la camisa, sus pestañas, espesas medias lunas sobre sus pómulos dorados por el sol-. Cecile solía describir los veranos de Cornwall, pero después de los últimos días, llegué a la conclusión de que el tiempo de ausencia habría distorsionado su recuerdo.

Lanzó una carcajada dichosa y musical.

Irradiaba tal deleite sensual que Julian se conmovió, a pesar de los esfuerzos que hizo para resistirse: un ranúnculo que alzaba su dorada

cabeza al sol. Rechazó con vehemencia semejante fantasía y dijo con aspereza:

–¿Tienes una idea de las habladurías que provocarás vestida de ese modo? Dame una sola buena razón para que yo continúe cumpliendo mi parte de este ridículo proyecto tuyo cuando tú no cumples las reglas más elementales.

–¡Oh! – alzó las pestañas y sus ojos almendrados lo miraron con su habitual expresión interrogante-. En última instancia, milord coronel, me importa un rábano cómo estoy vestida.

Antes de que él pudiese reaccionar, le echó encima la brazada de flores rojas y purpúreas y, con un diestro movimiento, se quitó la camisa, luego los pantalones sacudiendo los pies y se quedó desnuda en medio de ese mar violáceo, sonriendo con malicia.

–¿Está mejor así, señor?

–Por todos los cielos -murmuró el hombre, con todos sus sentidos revolucionados en un torbellino, su razón y su resistencia alejándose de él como un barco que ha perdido el anda y es arrastrado por la corriente.

Ella era una criatura del sol, de la brisa marina, de las intensas fragancias de las flores silvestres. Puso sus manos en la cintura de él y se concentró en los botones con dedos ágiles, la punta de su lengua asomando entre los labios, sus ojos atentos mientras lo desnudaba, recorriendo la línea oscura y fina de vello que bajaba desde su ombligo por la musculosa concavidad, para desaparecer en las sombras de su cuerpo. Le bajó lentamente los pantalones y liberó así su erguida estaca de carne. Se acercó y apretó su vientre contra ese miembro duro, tibio, palpitante, deslizando una mano entre los muslos del hombre; luego, levantó la vista y se rió de él, rozándole el pecho con una aterciopelada y algo ajada dedalera púrpura.

–¿Está mejor así, milord coronel?

Julian no entendía por qué no era capaz de detenerla. Por qué no podía apartarla de él, levantarse los pantalones, someter su carne rebelde y alejarse de ella, regresar a la casa. Ella había quebrantado las reglas, y él tenía el legítimo derecho a negarse a seguir siendo manipulado.

Sin embargo, permaneció inmóvil mirándola, perdido en sus ojos, sintiendo palpitar sus genitales de deseo bajo la presión de su vientre desnudo, suave, apretado contra el de él. Sus manos fueron a la cintura de

ella, los pechos le temblaron y los pezones se irguieron, duros, contra el torso de él.

Ella se dejó caer lentamente sobre ese colchón de flores deslizando las manos por las caderas del hombre, por sus muslos, mientras se apoyaba sobre las rodillas. Inclinó la cabeza para tomar en su boca el miembro dolorido, rozándolo delicadamente con los dientes, acariciándolo con la lengua en largas pasadas que hicieron brotar un ronco gemido de gozo. Los dedos de Julian se retorcieron en el sedoso casco de su pelo; contempló su cabeza inclinada, la nuca expuesta, los afilados omóplatos, la curva de su columna, el contorno de sus nalgas, las plantas de sus pies manchadas por la hierba, toda ella de rodillas para complacerlo.

Al llegar al borde del abismo, él exhaló un suspiro trémulo, se retiró y se arrodilló junto a ella, tomándole la cara entre las manos, apoderándose de su tibia boca atareada con la suya; sintió el sabor salado de su carne en la lengua de ella, en su piel los olores de su propia excitación.

La tendió de espaldas entre las ondas purpúreas, y su cuerpo resaltó, rosado y cremoso en el lecho de flores. Los muslos femeninos se abrieron a la exploración masculina, y brotaron de ella leves y quedos gritos de placer, al tiempo que sus dedos se enredaban en el pelo de él, sus caderas se alzaron en éxtasis al sentir el aliento de él, primero cálido y luego fresco sobre sus pétalos de carne, y la lengua de él como una marca al rojo vivo en su interior.

Con una sonrisa y sus ojos entornados, fundidos de pasión, él recorrió el cuerpo de la mujer arrastrando su lengua entre los pechos de ella, hincándola en el hueco de su garganta, lamiendo una pequeña gota de sudor en su piel, apoderándose otra vez de sus labios y, al mismo tiempo, aferrando sus nalgas con las manos para alzarla hacia él, al encuentro de su penetración en esa vaina sedosa que se apretaba a su alrededor, provocándole olas de deleite que recorrían su carne y lo hacían moverse en un mundo de sensaciones exquisitas, ligado a él por esa dulce carne que lo sostenía y lo rodeaba.

Como si llegara de muy lejos, oyó las jubilosas exclamaciones de ella cuando se acercaba a ese glorioso remanso de extinción, donde se perdería, donde sus contornos se disolverían en el fresco vacío de la sensación pura.

Con un esfuerzo supremo, él se aferró a la realidad justo a tiempo para retirarse de su cuerpo en el preciso instante en que iba a, derramarse en ella,

sumiéndose en un espacio de placer eterno que se expandía indefinidamente.

Julian volvió de allí sintiendo el calor del sol sobre su espalda. Seguía apretando ese cuerpo pequeño contra el suyo y, dando un gemido, rodó sobre las flores atrayéndola consigo, de manera que ella quedó tendida sobre él, con la cabeza apoyada en la curva de su hombro. Ella se sentía sin forma ni peso, su piel húmeda fundida con la de él, y él se sentía colmado por una euforia que no había conocido hasta entonces. Ninguna de sus aventuras sexuales le había brindado esta gloriosa saciedad, esta sensación de fusión y de paz.

La palmeó con ternura en el trasero, y Tamsyn levantó la cabeza con evidente esfuerzo.

–¿Cómo ha pasado esto? – preguntó ella, soñadora, y lo besó en la comisura de la boca.

–No sé -dijo él, acariciando la curva de las nalgas de Tamsyn-. Tú no eres real.

Ella rió sin fuerzas.

–Ya lo creo que soy real, milord coronel. Soy de carne y hueso hasta la punta de los pies -se incorporó sobre el pecho de él y se sentó a horcajadas sobre sus muslos-. Y para demostrarte que soy real, voy a nadar.

–El agua está helada -advirtió él-. Aunque tal vez no tan fría como la del Guadiana en primavera.

–Por eso mismo -se incorporó con una agilidad que desmentía su anterior lasitud-. ¿Vienes?

–Puede ser… dentro de un minuto.

Tamsyn se alejó corriendo y Julian se quedó tendido de espaldas, con un brazo sobre la frente para proteger los ojos del sol, y enfrentó los hechos: había vuelto a sucumbir. Y durante todo el tiempo que este duende estuviera cerca de él, seguiría sucumbiendo… sobre todo si ella persistía en esa costumbre de desnudarse en los sitios más inesperados, sin una palabra de advertencia. Quizá debería aceptar -sin complicarse la vida- los placeres que le brindaba su cuerpo como justa y merecida recompensa. Como ella estaba usándolo, bien podría él obtener una paga a cambio. Por otra parte, ella estaba completamente dispuesta a pagar.

Se puso de pie y observó a Tamsyn que corría hacia las olas que morían suavemente en la pequeña playa arenosa. Sólo se detuvo para zambullirse

en el agua que, como Julian sabía, estaría helada, luego emergió para respirar y atravesó la caleta con enérgicas brazadas, probando la fuerza de la corriente que iba por debajo.

Parecía estar tan a gusto en el agua como cuando montaba su caballo, algo que a él no le extrañó, teniendo en cuenta cómo había sido criada ella.

Recorrió a grandes pasos la distancia que lo separaba de la caleta, entró en el agua y se puso a temblar cuando el agua helada mojó sus muslos. Una ola avanzó hacia él y se zambulló en ella sintiendo ese intenso frío como un cuchillo que limpiaba su piel sudada. Cuando volvió a la superficie, vio la bruñida cabeza de Tamsyn a su derecha. Ella lo saludó levantando una mano y luego se tendió de espaldas flotando sobre las olas que se hinchaban debajo de ella.

El sol calentaba su piel y el suave movimiento del agua le recordaba los momentos de éxtasis vividos hacía poco rato. Ya casi no sentía el frío del agua; tenía los ojos cerrados, el sol estaba cada vez más cálido y formaba una especie de tibio resplandor rojizo detrás de sus párpados.

Julian nadó con vigor hacia ella y luego pedaleó en el agua a su lado.

–Vamos ya, Tamsyn: el agua está más fría de lo que tú crees.

Ella ronroneó un murmullo de aceptación pero no se movió. El giró y nadó hacia la playa, corrió por ella sacudiéndose el agua de la piel y golpeándose el pecho con los brazos mientras saltaba sobre la arena, sin dejar de observar a la muchacha. Ella se había dado vuelta y braceaba hacia la playa aprovechando las olas para que la llevaran a la orilla.

Sí, por cierto; el juego amoroso era una compensación por los meses de inacción que le esperaban, pensó Julian, mientras buscaba y se ponía los pantalones. Aunque, en realidad, no era precisamente inacción la palabra exacta para definir la tarea que tenía por delante. Ni siquiera podía imaginar cómo reaccionaría la sociedad del lugar ante esta recién llegada tan fuera de lo común. Era inevitable que ella cometiese algunos desaguisados sociales hasta que él lograse pulir sus aristas más toscas; la imagen de Tamsyn bebiendo el té en la casa parroquial, bajo el ojo de águila de la señora Thornton le hizo estremecerse. Por desgracia, también le hizo reír. Claro que, cuanto antes descubriesen a los ancestros cornuallenses de Tamsyn, más fácil sería su propio camino, pero persistía el hecho de que ella no podía presentarse ante su familia perdida hacía tanto tiempo hasta que no estuviese más pulida.

Suspiró. Tenía ante sí un escollo, y ella debía cooperar con él para sortearlo. Julian no creía que ella tuviese conciencia del tamaño del bocado que había mordido, pero tendría que tragarlo.

Tamsyn corrió por la playa hacia él, temblando y riendo al mismo tiempo.

–Maravilloso. Me gusta nadar en el mar.

Recogió su camisa y la usó para secarse, frotándose con vigor mientras le castañeaban los dientes; tenía azulados los labios, pero los ojos estaban resplandecientes.

Julian la observaba con sus manos apoyadas apenas en las caderas. En voz deliberadamente fría y cortante, disimulando el placer que le proporcionaba contemplar su cuerpo y sus movimientos desinhibidos mientras se secaba las piernas, dijo:

–Hay algo que debes entender. Si quieres seguir con esta comedia, esta vez será la última que te comportas así mientras estés bajo mi techo. ¿He sido claro?

–No estoy segura -dijo Tamsyn en tono pensativo, mientras se subía los pantalones-. ¿A cuál comportamiento te refieres exactamente, milord coronel? – se puso la camisa empapada y se estremeció cuando la tela se le pegó a la piel-. ¿A llevar esta ropa, a nadar o a lo que hemos hecho entre las flores?

Se abotonó la camisa mientras lo miraba con la cabeza ladeada, un brillo levemente irónico en sus ojos, tras haberle formulado una pregunta que lo obligaría a admitir que él quería continuar con su juego amoroso.

–A la indiscreción en público, ranúnculo -respondió, marcando las palabras-. A eso me refiero.

Él se volvió y empezó a subir la cuesta hacia el jardín, silbando despreocupadamente con las manos en los bolsillos.

Tamsyn sonrió: él se las había ingeniado para esquivar esa trampa sin admitir nada y dejando, al mismo tiempo, el tema de la indiscreción privada abierto a futuras interpretaciones. Echó a andar tras él.

Julian se detuvo al llegar al muro y esperó a que ella lo alcanzara. La curva firme de sus pechos pequeños se delineaba con claridad bajo la camisa mojada y los pezones eran dos puntos oscuros.

–Será mejor que te quedes aquí y esperes a que yo traiga una capa -dijo él-. No puedes entrar en la casa con ese aspecto pues, silo hicieras, antes de

una hora se hablaría de eso en toda la comarca. Pero te advierto que esta vez será la última que cubra tu… tu… -sus ojos se posaron, lánguidos, sobre sus pechos; apoyó una mano sobre su cabeza y la hizo girar como una peonza. Con su mano libre, acarició el hueco de su cintura y la curva de su trasero-. No tengo dudas de que tú me entiendes..

–Sería difícil no entenderlo, señor -esas caricias habían tenido algo de insultante, algo levemente vengativo. Tamsyn se apartó de él, cruzó los brazos sobre el pecho y se sentó sobre el muro-. Te esperaré aquí.

Se sentó de cara al mar, golpeando la piedra con sus pies. Tal vez hubiese vencido la resistencia de él al amor pero no lo había hecho cambiar de actitud.

Se encogió de hombros tratando de convencerse de que esa actitud no importaba mientras obtuviese su cooperación. Pero no quería estar en malos términos con él. Eran demasiado similares; habían compartido tantas experiencias, la brutalidad y los triunfos de la guerra; habían disfrutado demasiado uno del otro, y no sólo en el juego erótico. Tamsyn tenía la sensación de que había todo un mundo de placer, de charla y risas, de opiniones compartidas a la vuelta de la esquina, pero la frontera estaba patrullada por el resentimiento de él y por el propósito que la movía.

Tendió la mirada al azar hacia la cima del promontorio, hacia Fowey, y frunció el entrecejo guiñando los ojos por el sol. Dos figuras a caballo se recortaban contra el cielo azul, sin nubes. Estaban demasiado lejos para poder verlos con claridad, aunque se veía que eran hombres, que sus caballos tenían las líneas elegantes de los animales de raza; le pareció ver que iban armados. Se preguntó, sin mucha preocupación, cuánto haría que estaban allí, y cuánto pudieron haber visto de lo sucedido en la caleta. No habrían visto su lujurioso retozar entre las dedaleras porque las flores habían protegido su intimidad mejor que un biombo pero habría sido difícil no ver dos siluetas desnudas entrando al mar y saliendo de él.

Mientras ella los miraba, ellos hicieron girar sus caballos y se alejaron galopando por el risco hasta perderse de vista; cuando Julian regresó con la capa, ella no mencionó el asunto suponiendo que echaría más leña al fuego de su ira.

–Envuélvete con esto y no hables con nadie hasta llegar a tu cuarto -

ordenó Julian con rigidez. Se había puesto una camisa y botas y tenía una apariencia de perfecta respetabilidad-. La casa recién comienza a despertar

de modo que, si tenemos suerte, lo más probable es que nadie te vea.

Después del desayuno, ve a la biblioteca; entonces comenzaremos. Ponte uno de los vestidos para la mañana que compraste en Londres: quiero que practiquemos tu postura.

–¿Mi postura? – preguntó Tamsyn con considerable indignación, pero él ya había iniciado la marcha hacia la casa andando con rapidez, como diciendo que no deseaba la compañía de ella.

¿Postura? ¿A qué diablos se refería? Tamsyn trepó tras él, entró en la casa siguiéndolo por la puerta lateral, pero él se apartó al llegar a la sala de desayuno y dejó que subiera sola la escalera, confusa y disgustada.

La puerta de la habitación de Tamsyn estaba entreabierta; oyó a Josefa diciendo una especie de monólogo con una criada que había llevado una bandeja con chocolate y bizcochos dulces para la invitada de su señoría.

Tamsyn se envolvió bien con la capa de modo que su incorrecta vestimenta quedara por completo oculta a la vista y entró en la habitación con un alegre:

– Buenos días, Josefa.

–Oh, señorita -la muchacha se volvió con evidente alivio y, antes de que Josefa pudiese responder al saludo, dijo: Estaba intentando explicar a su doncella que aquí el desayuno se sirve en la pequeña sala que está detrás de la biblioteca pero ella no me entiende.

–No, me temo que no -dijo Tamsyn, sonriendo-. Pero yo podré traducir y, si el problema surgiera abajo, Gabriel lo hará.

–Quiere decir ese hombre tan corpulento, ¿no es así, señorita?

La muchacha tenía ojos redondos en una cara también redonda.

–Ésa es una descripción muy ajustada -admitió Tamsyn sonriendo burlona-. Es su marido.

Era más sencillo recurrir a la mentira convencional.

–Está bien. Entonces, diré esto al señor y a la señora Hibbert, es decir, el mayordomo y el ama de llaves -agregó la criada-. No sabíamos bien cómo serían las cosas, señorita. Habéis llegado tan de improviso; su señoría no acostumbra a dar grandes explicaciones.

Se sonrojó, confundida, temiendo haber hablado de más, hizo una rápida reverencia, y salió retrocediendo de la habitación mientras murmuraba algo referido a traer agua caliente.

-¡Ay… ay! jamás entenderé la lengua de mi hombre -confesó Josefa-. Es una jerigonza. Tres veces he dicho a esa chica que tú querrías agua caliente y no paraba de mirarme como si yo fuera una idiota.

–No te entiende querida, igual que tú no la entiendes a ella -dijo Tamsyn riendo entre dientes mientras se quitaba la capa, los pantalones y la camisa que llevaba debajo-. Pero Gabriel, el coronel o yo haremos la traducción para ti. Y ahora, ¿cuál de esos estúpidos vestidos me pondré?

Fue desnuda hasta el armario llevando consigo la taza de chocolate. Con el entrecejo fruncido ante el contenido del armario, bebió el chocolate y mordisqueó un bizcocho.

Habían pasado cinco días en Londres, parando en el hotel Grillon. El coronel había desaparecido una vez que todos estuvieron acomodados y no reapareció hasta que llegó el momento de iniciar el viaje a Cornwall. Le había dado una lista de modistas y costureras y, junto con ella, lo que él consideraba como requisitos mínimos para el guardarropa de una futura debutante, y luego se fue dejando que se las compusiese como pudiera.

Para Tamsyn había sido una tarea aburrida componer un guardarropa como el exigido, pero la había acometido con la misma torva determinación con que habría emprendido los preparativos de cualquier proyecto serio. El coronel había inspeccionado los frutos de sus excursiones de compras la noche anterior a la partida y se había declarado satisfecho. En caso de que surgiera alguna otra necesidad o hubiese olvidado algún accesorio, podrían adquirirlos en St. Austell o en Lostwithiel.

Tamsyn oyó el movimiento tras ella cuando reapareció Mary con una pesada jarra de cobre con agua hirviendo, pero no se volvió y siguió examinando los vestidos. Le disgustaban todos y, en particular, uno de muselina bordada con ramitas, que el coronel había aprobado. Sacó el vestido y lo levantó para verlo a la luz. Era muy bonito, de color lila con un dibujo de flores de color más fuerte y una faja de color crema.

Lanzó una exclamación de desagrado y arrojó el horrible vestido sobre la cama.

–Tendrá que ser éste.

–Es muy bonito, señorita -dijo Mary, palpando la tela con admiración-.

Armoniza con sus colores.

–Supongo que sí -admitió Tamsyn sin mucho entusiasmo, volviéndose hacia el lavatorio donde Josefa estaba llenando la tina con agua caliente.

Se frotó con una manopla enjabonada para quitarse la sal de la piel, disfrutando del brillo que le dejaban las fricciones; luego se dispuso a la pesada tarea de ponerse medias, calzones y camisa. ¡Tantas prendas y tan innecesarias cuando el sol era tan cálido como el de ese día! Introdujo los pies en unas enaguas de linón y pateó los pliegues haciendo muecas.

Josefa le pasó el vestido por la cabeza y, con movimientos impacientes, metió los brazos en las pequeñas mangas abullonadas, haciendo que Josefa la mirase con expresión de reproche ante el riesgo de rasgar la delicada tela.

El vestido fue abrochado, la faja atada bajo su busto, y entonces se contempló en el espejo. A decir verdad, no parecía ella misma.

–Tengo el pelo largo, Josefa, tienes que cortármelo -se pasó los dedos por entre el suave pelo rubio-. Me cuelga por el cuello y el flequillo se me mete en los ojos.

Una vez que se sintió todo lo satisfecha que podía estar con semejante atuendo, Tamsyn bajó a la sala de desayunar. Era evidente que el coronel había estado y se había marchado; sólo quedaba un lugar preparado sobre la mesa redonda junto a la ventana que miraba a un jardín lateral. Las actividades matinales le habían despertado el apetito y recibió con entusiasmo la llegada de un lacayo con una fuente de huevos, tocino y setas.

–¿Café o té, señorita?

–Café, por favor.

–Su criado quiere hablar una palabra con usted, señorita. ¿Quiere que le diga que aguarde a que usted haya desayunado?

–No me dirás nada, muchacho -dijo Gabriel desde la entrada-. Y te agradeceré que me traigas una fuente de lo mismo. Buenos días, niña.

Sin hacer caso de la ahogada exclamación de protesta del lacayo, retiró una silla y se sentó. Como el lacayo bufaba, indignado, Tamsyn le explicó:

–Gabriel no es mi criado. Más bien es mi guardaespaldas. Estoy segura de que lord St. Simon le explicará la situación.

–Sí, señorita.

El hombre inhaló y lanzó a Gabriel una mirada fulminante.

La expresión benévola de Gabriel no se alteró pero apartó un poco su silla y apoyó sus manazas en el borde de la mesa.

–Además beberé una jarra de cerveza, por favor.

El lacayo se detuvo y luego se retiró de prisa, con toda la dignidad que pudo. La risa retumbante de Gabriel colmó la pequeña sala, mientras

tomaba un crujiente bollo y lo untaba con una sabrosa mantequilla dorada.

–Tendré que dejar en claro algunas cosas -observó Gabriel-. En esta casa parecen no saber muy bien qué hacer conmigo. Será conveniente que hable con el coronel al respecto.

–Sí-coincidió Tamsyn, distraída-. Ayer vi a Cedric Penhallan.

La expresión de Gabriel se tomó alerta.

–¿Dónde?

–En la posada de Bodmin. En el viaje hasta aquí no podía decirte nada, por la presencia del coronel.

–Sí -admitió Gabriel, guardando silencio al ver que el lacayo regresaba con un pichel de cerveza, lo depositaba junto a él con un golpe sordo, y luego se volvía para tomar una bandeja de manos de un ayudante de cocina que lo había seguido.

–Le agradezco, muchacho -dijo Gabriel con calma, metiendo su nariz en el jarro.

El lacayo parecía a punto de explotar, y el aprendiz ahogó una sonrisa y se escurrió de la sala antes de que Tom descargase su furia sobre él, dándole un pescozón en la oreja.

–¿No has hablado con él? – preguntó Gabriel ensartando una seta y mojándola en la yema del huevo.

–No, pero el coronel sí. Creo que se conocen.

–En sitios como éste, la mayoría de las personas se conocen.

–Yo diría que sí, pero no simpatizan, Gabriel. Más aun, sospecho que ésta es una manera suave de decirlo.

Le transmitió sus impresiones, relatándole el trozo de conversación que había oído.

–Será conveniente que investigue, entonces -dijo Gabriel sin alterarse-.

Preguntaré por las tabernas. ¿Esos sobrinos serán tus primos, entonces?

–Eso parece. Supongo que serán los hijos del hermano menor de Cecile.

No recuerdo su nombre… ella me lo dijo en una ocasión, pero lo he olvidado. Ella no lo consideraba importante en el rango familiar.

–Parecería que sólo Cedric es importante en la familia -comentó Gabriel, volviendo a beber de su pichel.

–Hasta ahora, Gabriel -repuso Tamsyn con una leve sonrisa-. Hasta ahora.

–Bueno, bueno; que me condenen. ¿Será cierto que hemos visto a St.

Simon jugando en las olas con una querida?

Charles Penhallan miró por la guía, apuntó y disparó su arma. Un cuervo levantó vuelo hacia lo alto del acantilado.

David sonrió a su hermano y tomó puntería a su vez. Espantar a los cuervos era aburrido, pero era preferible a disparar a los conejos sin apuntar; éste era el único deporte legal que se podía practicar en esa época del año.

–Reconocería esa cabeza rojiza en cualquier sitio -respondió éste-. Y no la tiene más pequeña, ¿eh?

–No, aunque es evidente que ahora es menos puntilloso -Charles apoyó la pistola en el arco de su montura-. O quizás es un hipócrita. Con todo, la mujer no me pareció gran cosa. Pequeña y huesuda.

–A mí me pareció que era un muchacho -comentó David, guardando su pistola-. Quizás en el ejército ha adquirido otros gustos.

Los dos se echaron a reír. Dos hombres de rostros delgados, aguzados, bocas que eran unas simples hendiduras, ojos castaños hundidos, duros como guijarros. Eran flacos, de hombros afilados, pechos angostos; lo que les faltaba en físico lo compensaban con el aire de malevolencia que los rodeaba como un aura. Los hombres solían cruzarse de acera cuando veían acercarse a los gemelos Penhallan. Era raro que apareciera uno solo de ellos; conversaban juntos con frases llenas de indirectas presentando un frente temible ante el mundo, un frente en el que no se sentían a gusto ni aun sus más íntimos.

–Me pregunto si el patrón sabrá que St. Simon está en Tregarthan -dijo David, ceñudo-. Es probable que ya haya vuelto de Bodmin.

–Si todavía no lo sabe, pronto lo sabrá. Será conveniente que salgamos de las tierras de St. Simon -dijo Charles, a desgana-. No estaría bien que alguien nos viera aquí y fuese con el cuento.

–No entiendo por qué St. Simon ha hecho tanto escándalo -dijo David con una mueca desdeñosa-. La muchacha era sólo la hija de una prostituta.

–Ella era su arrendataria, y aquello sucedió en sus tierras.

Charles espoleó su caballo y lo guió hacia el límite de las tierras de Tregarthan, su hermano lo siguió, con expresión contrita.

–Es un remilgado y un hipócrita -afirmó-. Un día de estos, veré el maldito orgullo de St. Simon arrastrado por el polvo.