La vengadora
Capítulo 16
–Ya lo creo -prometió Charles en voz baja-. Un día de éstos, lo veremos.
16
–¿Qué tienes que decir de mi postura?
Tamsyn entró en la biblioteca. Se alzó la falda y se sentó a caballo sobre el brazo de un sofá de cuero y miró al coronel con aire inquisitivo e inteligente.
Julian, que estaba leyendo la Gazette, levantó la vista y la miró fijamente.
–No te sientes así! Además de ser muy poco elegante, romperás las costuras del vestido.
Tamsyn pasó ambas piernas hacia el mismo lado del brazo del sillón y quedó ahí, encaramada, la cabeza ladeada, los ojos brillantes, y Julian volvió a pensar en un descarado petirrojo.
–¿Está mejor así?
–Sólo un poco mejor -arrojó el periódico a un costado de la mesa-. Las damas se sientan en sillas, tienen las piernas juntas, y las manos sobre el regazo. Ve y siéntate en aquella silla junto a la ventana: la de respaldo recto.
Tamsyn fue hasta la ventana, se sentó en la silla indicada y lo miró, expectante.
–Siéntate recta. Siempre estás encorvándote.
–Pero, ¿qué importancia puede tener eso?
Su asombro era genuino pues nunca había pensado, ni siquiera un instante, en algo tan irrelevante como su postura.
–Porque lo es.
Julian se puso de pie, se acercó a ella y se situó detrás de la silla. La sujetó por los hombros y tiró de ella con fuerza hacia atrás.
–¿Sientes la diferencia?
–Pero… ¡es ridículo! – exclamó Tamsyn-. No puedo sentarme así; me sentiría como una muñeca rellena de estopa.
–Tendrás que sentarte así, estar de pie así, caminar así y cabalgar así -
declaró él con firmeza, sin sacar las manos de sus hombros-. Cabalgas como un saco de patatas. Todo es por culpa de la silla española, que se asemeja más a un sofá que a una verdadera silla. Te invita a encorvarte.
Tamsyn no pensaba que una crítica total a su forma de cabalgar formase parte del trato. ¿Qué relación podía tener eso con aprender a comportarse
como una dama?
–Una no puede cabalgar ciento cincuenta kilómetros en terreno escabroso sentada como un maniquí -replicó-. Y, como tú bien sabes, yo puedo cabalgar todo el día y toda la noche sin cansarme.
–En tu papel de dama de la sociedad inglesa no será preciso que cabalgues todo el día y toda la noche – informó él-. Es más probable que lo más duro que hagas a caballo sea una cacería; comenzarán en octubre.
Tienes que aprender a montar con elegancia antes de esa fecha. Pero eso se corregirá con una silla inglesa.
–Me siento más tranquila -musitó Tamsyn, aunque Julian no le hizo caso.
La soltó, dio una vuelta hasta situarse de frente a la silla y la examinó.
–Pon los pies juntos de modo que los huesos de los tobillos estén en contacto y deja descansar levemente las manos en el regazo.
Tamsyn siguió sus instrucciones con exagerado cuidado y luego miró fijamente hacia el frente.
–Relájate.
–¿Cómo es posible relajarse estando sentada de esta forma? – preguntó, casi sin abrir la boca de modo que su expresión siguió siendo tan rígida como su postura.
Julian contuvo la risa.
–Si insistes en convertir esto en un juego yo no participaré en esta ridiculez. Aunque no lo creas, tengo mejores cosas que hacer con mi vida que ser institutriz y maestro de baile de una bandolera salvaje. Ponte de pie.
Tamsyn obedeció. Era obvio que el coronel no estaba de ánimo para dejarse distraer. Se puso de pie con las manos flojas a los lados, mirando al frente aguardando más instrucciones y tratando de mantener una expresión impasible.
–Por el amor de Dios, tienes los hombros caídos, además de andar encorvada -exasperado, volvió a empujarle los hombros hacia atrás-. Mete el trasero para dentro.
Le dio unas palmadas enfáticas en la zona aludida.
–Cualquiera pensaría que estoy hecha de alambre -protestó ella-. Mi cuerpo no se curva de esa manera.
–Ah, ranúnculo, olvidas que yo te he visto realizar ciertas asombrosas proezas gimnásticas -afirmó Julian, dando un paso atrás para observarla con
ojo crítico-. Y ahora, sonríe.
Tamsyn le dirigió una sonrisa insulsa, estiró el cuello, echó atrás los hombros y apretó las nalgas.
–¿Así?
–¡Dulce Jesús! – musitó él, perdiendo su batalla contra la risa.
Se dio la vuelta con brusquedad esforzándose por recuperar su semblante crítico. Cuando giró de nuevo, alcanzó a sorprender la sonrisa complacida que ella borró de su cara, intentando componer una expresión debidamente solemne.
–¡Esto no es cuestión de risa!
–No -admitió ella-. Claro que no, señor -aunque le temblaban los labios.
–Si no puedes hacerlo por tus propios medios, tendrás que utilizar algo que te ayude -dijo Julian-. Un tablero dará resultado.
–¿Qué?
Sus ganas de reír se desvanecieron.
–Un tablero -explicó él con gravedad-. Se emplea en la mayoría de las escuelas. Las niñas lo llevan atado en la espalda para corregir su postura.
Claro que, por lo general, son mucho más jóvenes que tú pero, de todos modos, puede dar buenos frutos.
–¡Eso es algo bárbaro! – exclamó Tamsyn.
–En absoluto. Mi hermana lo usó varias horas cada día durante un año o dos -replicó él con blanda sonrisa-. Iré al pueblo a conseguir uno. Veremos si mejoras utilizándolo todas las mañanas. Si aún así no obtuviésemos el efecto deseado, tendrás que usarlo todo el día.
Tamsyn le lanzó una mirada fulminante y admitió para sí que él había disparado los tiros iniciales de una guerra que, ella había esperado que se convirtiese en un juego, aun cuando para ella fuese mortalmente seria.
–Hasta que consiga un tablero, emplearemos alguna otra cosa -continuó Julian, con la misma aparente indiferencia. Se acercó a la librería y eligió dos pesados volúmenes encuadernados en cuero-. Ven aquí.
Tamsyn se aproximó con cautela.
–Quédate bien quieta -él equilibró con delicadeza los libros sobre la coronilla de la muchacha-. Y ahora, camina por la habitación procurando que no caigan. Para ello, deberás mantener la cabeza alta y completamente inmóvil. De esta forma, además, lograremos que des pasos pequeños en lugar de galopar como un cachorro revoltoso.
Tamsyn hizo una brusca aspiración pero cerró la boca para no morder el cebo. Bajo el peso de los libros, su cuello vaciló. Con sombría resolución, fijó la vista en un nudo de los paneles de madera y se equilibró. Si el coronel lord St. Simon quería conseguir que ella desistiese de su plan, descubriría que ella era mucho más resistente de lo que pensaba. Dio un paso vacilante y los libros temblaron pero se mantuvieron sobre su cabeza.
Julian sonrió y se dejó caer sobre el sofá, recuperando, como al descuido, su periódico abandonado.
–Una hora de este ejercicio te hará bien -dijo-. Y cuando hayas aprendido a mantener la espalda recta, te enseñaré a hacer reverencias, que tendrás que hacer si pretendes ser presentada en la corte.
Aunque eso no figuraba en los planes de Tamsyn, no estaba dispuesta a admitirlo. Julian reanudó su lectura, como si considerase que su tarea de la mañana ya estaba cumplida.
Tamsyn maldijo para sus adentros y dio rienda suelta a su lengua, aunque de manera silenciosa, y lo insultó, diciendo de él que era un canalla pagado de sí mismo, odioso, vengativo y jactancioso. Caminó de ida y de vuelta por la habitación esforzándose para que los libros cayeran, algo que sucedió varias veces. Caían con ruido sordo sobre la alfombra. El coronel levantaba la cabeza, esperaba a que ella volviera a colocarlos y reemprendiese la marcha, entonces volvía a su Gazette.
A Tamsyn comenzó a dolerle el cuello y se le acalambraron los hombros; la cabeza parecía a punto de caérsele, como si los libros estuviesen haciéndole un hoyo en el cráneo. Echó una mirada al reloj y vio que habían pasado apenas quince minutos. Aquélla era una tortura que superaba a todas, hasta cabalgar en el ardiente mediodía del verano español, con la cantimplora vacía y las moscas cebándose en su rostro sudado, y todos los músculos del cuerpo doloridos.
"¡No seas tonta! ¡Desde luego que no es tan malo como aquello!" Había soportado cosas mucho peores, si bien no creía que pudieran ser más ridículas. Pero este maldito coronel inglés quería que ella arrojase la toalla y ella no podía permitirse tal cosa, aunque a esas alturas estuviese cerca de brindarle esa satisfacción.
Julian podía adivinar sus pensamientos; tanta era la claridad con que se reflejaban en su expresivo rostro, donde luchaban el disgusto con la resolución. Él se apoyó en el respaldo del sillón, unió sus manos detrás de
la cabeza y la observó con los párpados semicerrados, mientras pensaba qué otro método diabólico de entrenamiento podría pergeñar. Soñador, reflexionó que ella tenía un aspecto muy delicado con ese vestido; en cierto modo, suavizaba las líneas atléticas de su cuerpo sin disminuir, en modo alguno, su innata elegancia.
Llamaron a la puerta. Tamsyn interrumpió de inmediato su paseo y se quitó los libros de encima de su cabeza.
Entró Hibbert, el mayordomo.
–Llegaron visitas, milord: la señora y la señorita Marshall, lord y lady Pendragon, el vicario y la señora Thornton.
El criado echó una mirada disimulada a la huésped de su señoría. Todo el personal de la casa bullía de especulaciones con respecto a la joven, a su doncella extranjera y al gigante escocés que representaba una ley en sí mismo. La única información que les había dado lord St. Simon era que la joven estaba a su cuidado y que pasaría el verano en Tregarthan antes de hacer su debut en Londres, en octubre.
Julian hizo una mueca. Presumiblemente, en todas las cocinas de la vecindad habían estado comentando afanosamente, desde la mañana temprano, las interesantes noticias provenientes de Tregarthan. Y lo que se comentaba en las cocinas era transmitido a las plantas altas, junto con el chocolate de la mañana. Las comadres locales no habían aguardado mucho tiempo para acudir a ver, con sus propios ojos, cuál era la situación.
–¿Les ha hecho pasar a la sala, Hibbert?
–Sí; por supuesto; milord.
–Iré ahora mismo a verlos. Será conveniente que lleve una botella de un borgoña del noventa y ocho para lord Pendragon y el reverendo Thornton.
Té para las damas, a menos que prefieran un licor dulce. ¿Tenemos ratafía?
preguntó, acordándose.
–Sí, señor. Recordará que a la señorita Lucy le encanta, y por eso siempre tenemos algunas botellas en la bodega.
–¿Qué es la ratafía? – preguntó Tamsyn una vez que el mayordomo se hubo marchado.
La expresión de desagrado de Julian se hizo más pronunciada.
–Un repugnante licor dulce.
–¿Quién es la señorita Lucy?
–Mi hermana -se quedó mirándola un instante, ceñudo-. Han venido a conocerte, de modo que tendré que presentarte… a menos que diga que no te sientes bien, después del viaje -negó con la cabeza-. Esa excusa sólo servirá un par de días. Será mejor que acabemos de una vez con esto.
–No soy una paria social absoluta -protestó Tamsyn, un poco ofendida ante la consternación de él.
–Mi querida muchacha, eres imposible. En esta sociedad, te destacarías como un pulgar inflamado -dijo él sin rodeos-. Ni siquiera sabes ni sentarte correctamente -miró el reloj y su ceño se profundizó-. Iré a saludarlas, les explicaré quién se supone que eres, y tú te reunirás con nosotros dentro de unos diez minutos. Cuando seas presentada, tienes que hacer una inclinación, una leve flexión de la cintura, así.
Le hizo una demostración, y Tamsyn asintió con expresión solemne.
–Ahora, muéstrame -pidió él observando con aire crítico cómo imitaba ella su movimiento-. No es perfecto pero tendrá que servir -comentó-. Por mi descripción, esperarán que seas tímida y retraída. Como corresponde a la hija de un terrateniente hidalgo, criada en un convento.
Fue hasta la puerta, se detuvo al recordar algo que nunca había sido mencionado.
–Debes tener un nombre. Señorita Tamsyn está muy bien para los criados, pero no para el resto del mundo. ¿Cuál es tu apellido?
Tamsyn se encogió de hombros, debatiéndose aún contra su pesar: no había creído que fuese imposible, como él decía.
–No tengo apellido. Mi padre siempre fue conocido como El Barón.
–En ese caso, serás la hija del señor Barón -dijo él con firmeza. Volvió junto a ella, le sujetó el mentón con una mano y la miró con una expresión que amenazaba por su gravedad-. Una palabra o un gesto indiscreto ante esta gente, y se acaba todo, muchacha. Saldrás de esta casa tan rápidamente que no sabrás qué ha pasado. ¿Está claro?
–¿Por qué habría de ser indiscreta? – preguntó-. Iría en contra de mis intereses.
–Es cierto; pero recuérdalo porque, créeme que hablo muy en serio. Un desliz aunque sólo sea de palabra y accidental, y te pongo en la puerta. Yo tengo que proteger mi reputación en el condado y no pienso arriesgarla por ti.
Sostuvo la mirada de ella con expresión feroz; de pronto, le soltó el mentón y salió de la biblioteca.
Tamsyn dejó los libros sobre el escritorio. ¿Qué imaginaría él que ella podría hacer, rodearlo con los brazos y darle un abrazo lascivo? ¿O sería que tenía miedo de que ella dijese algo indiscreto, algo demasiado familiar?
Desde luego, no era imposible que lo hiciera pues, como no sabía qué podían considerar incorrecto estos extraños de una tierra extraña. Sus lecciones aún no habían llegado a esa etapa.
Se puso de puntillas para verse en el espejo que había sobre la repisa de la chimenea y se pasó los dedos por el pelo y se alisó el flequillo. En verdad, estaba demasiado largo. ¿Cómo se conduciría la hija de un hidalgo criada en un convento? Probó de hacer una sonrisa tímida pero, por algún motivo, no resultaba convincente. Tal vez debería fingir que no hablaba muy bien el inglés. Así, estaría segura de no cometer errores involuntarios.
Permanecería sentada, sumisa y en silencio, sonriendo y asintiendo, dispuesta a ser amable pero sufriendo una absoluta incomprensión.
Por la seguridad, eso era lo que convendría hacer. El coronel había hablado muy en serio, y ella no podría arriesgarse a tener un desliz accidental a esta altura del juego. Salió de la biblioteca, atravesó el gran vestíbulo en dirección a la sala, que estaba en el extremo más alejado. Justo a tiempo, recordó que debía corregir su paso. Hombros atrás, trasero hacia dentro, cabeza alta, cuello recto… ¡Por Dios!, ¿cómo recordar tantas cosas?
Abrió con suavidad la puerta de la sala y se detuvo, vacilante, en el vano esperando a que alguien notara su presencia. Su corazón aceleró su ritmo cuando tomó conciencia de que ése era el comienzo; cuando advirtió la presencia del grupo de personas reunidas en un círculo, en la parte más alejada de la sala, comprendió cómo la aterrorizaba la tarea que se había impuesto. Jamás había enfrentado a un grupo semejante en su vida. ¿Qué verían cuando por fin la mirasen? Más aun, nunca antes había estado en el umbral de una sala. Había una cosa que sabía con instintiva certidumbre: pese a su vestido convencional, no verían a una mujer semejante a una de ellos. Aquello que la distinguía no era tanto su apariencia física como algo indefinible que ella sentía en sí misma… algo que correspondía con el estilo de vida que había llevado y de lo que esperaba de esa vida. Eso la marcaba como con un hierro al rojo.
Tres de las mujeres eran matronas de mediana edad, enfundadas en vestidos de satén oscuro, con severas cofias de encaje. La más joven llevaba un vestido de viaje de suave cambray beige y un sombrero de paja. Pese a su juventud, se veía que llegaría a ser exactamente como las otras mujeres cuando llegase a la madurez: lo llevaba inscrito en cada línea de su cuerpo, en el modo en que llevaba ropa. Tamsyn sabía que ella jamás se asemejaría a ninguna de las mujeres presentes en esa sala. Se sentía tan extranjera como si hubiese descendido de las estrellas.
Lord Pendragon y el vicario estaban ante el hogar vacío y olfateaban con agrado el vino que tenían en sus copas. Ambos eran caballeros corpulentos, con el aire satisfecho de quien conoce su lugar en el mundo. El reverendo Thornton fue quien vio primero a Tamsyn.
–Ah -atronó su voz, con jovialidad-. Nuestra pequeña extranjera se ha reunido con nosotros.
El coronel se levantó de una silla de patas torneadas que parecía demasiado frágil para su cuerpo voluminoso.
–Ven, Tamsyn, que te presentaré -se acercó a ella con expresión grave-.
He explicado a mis invitados tus desafortunadas circunstancias.
–¿ Perdón? -dijo Tamsyn, sonriendo con expresión ansiosa-. No comprendo, señor St. Simon.
El semblante de Julian reflejó tanta estupefacción que, por un momento, ella olvidó sus temores y estuvo a punto de estallar en carcajadas, pero mantuvo su compostura y miró a su alrededor, observando a los visitantes con una breve sonrisa nerviosa.
La mano de Julian se cerró sobre su codo.
–Si prestas atención, creo que entenderás -dijo él marcando las palabras, oprimiéndole el brazo con sus dedos-. Damas y caballeros, permítanme presentarles a la señorita Tamsyn Baron.
Tamsyn conservó su sonrisa vacua durante las presentaciones y realizó varias aceptables reverencias que, sin embargo, la hicieron sentirse como un pájaro picoteando en el polvo. Ella tenía conciencia de las miradas escudriñadoras de las mujeres mayores, que respondieron a sus sonrisas y reverencias con cabeceos neutrales. El escrutinio de lord Pendragon, en cambio, era de naturaleza bien diferente. Por mucho que estuviese bajo los auspicios de lord St. Simon, seguía siendo una mujer joven y él estaba evaluándola en ese carácter. El vicario tomó la mano de la muchacha entre
las suyas y dijo, en tono untuoso, que si bien sabía que ella practicaba la fe católica, abrigaba la esperanza de que su iglesia no le pareciera demasiado extraña. En la parroquia de Tamsyn eran muy partidarios de la High Church, que era la rama conservadora de la Iglesia Anglicana, y él se sentiría dichoso de oírla en confesión, algo que a ella la reconfortaría.
Tamsyn se refugió en la incomprensión bajando los ojos y emitiendo un murmullo inaudible, para luego volverse con alivio hacia la señorita Marshall, que le dirigió una sonrisa cálida y despojada de críticas.
–Pobre querida, todo será tan extraño para ti; debes de estar triste por haber tenido que abandonar tu país.
-¿Perdón?
Tamsyn miró, interrogante, a Julian, que le tradujo hablando entre dientes.
-¡Ah, muy amabl e! – agradeció, efusiva, aceptando la mano que se le ofrecía y estrechándola con entusiasmo.
Excesivo entusiasmo, a juzgar por la expresión asustada de la joven, que sentía sus dedos aplastados con insólita firmeza por esta pequeña criatura.
–Tamsyn se ha recuperado de manera admirable -comentó Julian-.
Siéntate, niña. – la empujó hacia una silla y recibió con silenciosa satisfacción su brusca aspiración-. En realidad, ella habla y entiende el inglés a la perfección, pero tiene miedo de cometer errores.
Él sonreía con su boca, pero sus ojos prometían venganza. Tamsyn adoptó la condigna expresión avergonzada.
–El… el… señor es… es… muy amable.
–Oh, creo que exageras -dijo Julian con amabilidad. Y, dirigiéndose a sus visitantes, agregó-: Si hablan con lentitud, ella no tendrá dificultades en seguirlos.
Hester Marshall asintió, indicando su comprensión y dijo, pronunciando lentamente y en voz bien alta:
–¿Cabalga usted, señorita?
–¿Cabalgar? – Tamsyn crispó la frente-. ¿A caballo? Oh, sí… me gusta mucho… mucho, pero el señor St. Simon dice que no lo hago demasiado bien.
Dirigió una mirada triste al coronel.
–Oh, estoy seguro de que lord St. Simon podrá encontrar para usted un caballo manso para que pueda practicar dijo Hester con calidez-. Debemos
salir a cabalgar juntas. En cuanto a mí, sólo me gusta trotar suavemente alrededor de los prados, en consecuencia, no tiene por qué temer que hagamos algo para lo cual no está preparada.
Tamsyn tragó saliva, y Julian dijo:
–Eso será muy bueno para ti, niña. Estoy seguro de que lo disfrutarás, ahora que el tiempo es más agradable.
–Sí, ha estado horrible -coincidió la señora Marshall-. Los granjeros no saben qué hacer con sus cosechas. ¿Cuándo vuelve usted a la Península, lord St. Simon?
–Tengo que llevar a cabo ciertas negociaciones en Westminster, en nombre de Wellington -respondió el aludido. El duque está empeñado en que Tamsyn esté establecida en su nueva patria antes de que yo regrese. Él también conocía a su padre. Tengo la esperanza de que, cuando comience la temporada, pueda confiar a Lucy el madrinazgo de Tamsyn.
Esto era nuevo para Tamsyn.
-¿Perdón? -dijo-. Por favor…, no comprendo.
"Cuando haya terminado contigo, ranúnculo, no sabrás ni cómo te llamas", juró Julian para sus adentros.
–Mi hermana -le recordó, sin revelar la menor emoción.
– Ah, sí -Ella se apoyó en la silla, cruzó las piernas y sonrió como el sol.
Lady Pendragon la miró fijo atónita e incrédula, y Julian, moviéndose con rapidez, cruzó delante de Tamsyn para volver a llenar el vaso del vicario. Al pasar, le dio un rudo puntapié en el tobillo y Tamsyn se apresuró a sentarse muy recta, uniendo las manos sobre el regazo.
–¿Dónde se ha educado usted, señorita Barón? – preguntó lady Pendragon, hablando con lentitud.
Tamsyn parpadeó y frunció el entrecejo como si se esforzara por entender hasta que, por fin, asintió y su semblante se iluminó como si hubiese comprendido la pregunta. Disparó una catarata de palabras en español afirmando, sonriendo, haciendo elocuentes ademanes, ante la mirada de su audiencia que la oía perpleja y, por último, se calló al ver que seis cabezas giraban hacia el coronel, que estaba apoyado en la repisa de la chimenea, de brazos cruzados, con una expresión de irónica resignación en los intensos ojos azules.
–En un convento en la montaña, señora -dijo-. Una orden muy estricta, que habita en un convento encaramado en el pico de una montaña. Sólo se
podía acceder a él a lomo de mula, y por eso las discípulas veían a escasas personas como no fuesen las hermanas. La madre de Tamsyn murió cuando ella tenía diez años; después que ella murió, la enviaron al convento. Más tarde, cuando ella tuvo dieciocho años, su padre la envió a Madrid. Iba a ser presentada en la corte.
Tamsyn asintió, se retorció las manos, y asistió a esa traducción con sus ojos violetas desbordando de emoción.
–Por desgracia, el señor Barón murió repentinamente, no sin antes confiar la custodia de su hija a sus buenos amigos, el duque de Wellington y yo mismo.
– Sí… sí -afirmó una radiante Tamsyn sonriendo a Julian; luego disparó otra andanada de español.
–Se consideró conveniente que ella viniera a Inglaterra, por lo menos hasta que hubiese acabado la guerra en España -tradujo Julian sin un ápice de emoción.
Pese a su fastidio con esta actuación, debía admitir que Tamsyn estaba ofreciendo una impecable cobertura en relación con sus antecedentes.
–No diga -dijo lady Pendragon, compasiva-. Qué desdichada se sentiría usted, señorita Baron.
–¿Perdóneme querida, ¿ha estado usted enferma? – preguntó la señora Thornton, inclinándose para palmear la rodilla de Tamsyn con su mano enfundada en un mitón.
Tamsyn adoptó una fugaz expresión perpleja y luego respondió alegremente, haciéndole una seña a Julian para que tradujese.
–Dice que jamás ha estado enferma, señora -respondió él, obediente.
–Tengo curiosidad…, su pelo…, es tan poco común.
¿Cómo iría a responder eso? Él le trasladó la pregunta.
–Ah, eso fue en el convento -inventó Tamsyn sin vacilar un segundo-.
Las hermanas estaban empeñadas en que lleváramos muy corto el pelo…, para no fomentar el pecado de vanidad, ¿entiende usted?
–Muy encomiable -dijo la señora Thornton, dirigiéndole un cabeceo de aprobación a su marido cuando lord St. Simon acabó la traducción en voz inexpresiva, el rostro convertido en una máscara-. En la vicaría, hemos comentado con frecuencia que las muchachas, en estos días, piensan demasiado en su aspecto. No Hester, por supuesto- sonrió a la señora Marshall y a su hija- Hester es un modelo… ayuda tanto en la parroquia…
–Lord St. Simon, ¿Lucy patrocinará a la señorita Baron en la corte? –
preguntó la señora Marshall, tras haber aceptado con un movimiento de cabeza el cumplido para su hija.
–Espero que sí -dijo él con sequedad, mientras bebía su vino-. Estoy impaciente por regresar a la Península, como podrán imaginar.
–¿Qué opina usted sobre la marcha de los acontecimientos, St. Simon? –
preguntó lord Pendragon.
La pregunta hizo que los hombres se apartaran y se pusieran a conversar sobre la guerra.
Tamsyn permaneció sentada con aire recatado, mientras las damas conversaban entre ellas dedicándole un ocasional gesto de asentimiento de modo que no se sintiera completamente excluida de la conversación, tan incomprensible para ella como si, en realidad, no conociera el inglés.
Hablaban de recetas para preparar gelatina de pata de ternero, de encaje natural para adornar un vestido y de la intransigencia de las camareras, mientras Tamsyn trataba de oír la conversación de los hombres mordiéndose la lengua a menudo para no tentarse de participar de una conversación que la tocaba mucho más de cerca.
–Espero que su… su pupila… lo acompañe a la iglesia el domingo.
La señora Thornton se ponía los guantes cuando las visitas, por fin, se pusieron de pie para marcharse.
–Tamsyn vendrá a nuestra iglesia para no echar tanto de menos la suya -
repuso Julian con frialdad-. ¿No es así, niña?
–¿ Perdón? – dijo Tamsyn con dulzura, agitando las pestañas y mirándolo con inocente perplejidad.
El respondió con una mirada torva, tan furibunda como para advertirla y ella tuvo la discreción de retroceder mientras él acompañaba a las visitas hasta sus carruajes.
–¿La muchacha tiene una dueña? – preguntó la señora Marshall cuando Julian la acompañó hasta su birlocho.
–Oh, sí, una dama española bastante temible – aseguró Julian con solemnidad-. Y, como si no fuera suficiente, Tamsyn siempre va acompañada por un guardaespaldas; un verdadero gigante escocés cuyo deber, al parecer, consiste en mantener a raya a los desconocidos hasta que hayan sido debidamente inspeccionados. Estoy seguro de que pronto
estarán hablando de él en la aldea. Es difícil pasar por alto a un hombre como Gabriel.
La señora Marshall lo pensó un instante y después hizo un gesto de satisfacción. Su hija subió y ocupó su lugar junto a ella.
–Adiós, señorita -Hester se asomó y tendió su mano a Tamsyn-.
Saldremos a cabalgar pronto.
–Sí -respondió Tamsyn con valentía, aceptando su mano, esta vez con más delicadeza-. Por favor, le ruego que me llame Tamsyn. Eso está muy bien, es más agradable, ¿ sí?
–Tamsyn -dijo Hester sonriendo-. Qué bonito nombre cornuallés. Lord St. Simon nos dijo que la familia de su madre vivía en esta región hace muchos, muchos años. Y usted tiene que llamarme Hester. Sé que seremos muy amigas.
Los coches echaron a andar por el camino de entrada de la casa; Tamsyn los saludó agitando enérgicamente la mano, junto a lord St. Simon.
–¡Muy bien; tú, adentro! – Julian giró hacia ella cuando vio que los coches estaban lo bastante lejos para no oír. Le rodeó la cintura con un brazo y la empujó hacia la casa-. ¿Qué diablos era todo eso?
–Me pareció la solución perfecta -protestó Tamsyn, con ojos muy abiertos, de expresión inocente, mientras él la empujaba hacia la biblioteca y cerraba la puerta con tanta fuerza que la hizo temblar sobre sus goznes-.
Tenía miedo de decir algo indiscreto sin quererlo o incluso ofenderlos, porque no sé nada con respecto a la sociedad inglesa; por eso pensé que si no decía casi nada, andaría sobre seguro y tú no tendrías motivo de exasperación le apoyó la mano sobre la manga-. Tenías un aire tan amenazador que me asusté, coronel.
–No te hagas la inocente conmigo -dijo él-. ¡Estuviste burlándote de ellos…, y de mí!
–No, no es así -declaró Tamsyn-. Silo pensaras un minuto, entenderías que es una solución perfecta, en tanto yo no olvide mantenerla. Si yo no hablara, no diría nada equivocado, y como todos imaginaban que yo sería diferente, nadie se asombraría de mi extraño comportamiento. Mientras tú me enseñas a no cometer errores, yo puedo fingir que aprendo a hablar correctamente en inglés y, así, cuando haga mi debut…, o como sea que quieras llamarlo…, cuando sea seguro dejarme libre, podré hablar inglés sin que parezca nada extraño.
–¡Cuando sea seguro dejarte libre? – murmuró Julian-. ¡Dios mío! – se pasó una mano por el bruñido mechón que colgaba sobre su frente-. Tú eres tan segura como una cobra en un nido de ratones.
–¡Oh! – exclamó la acusada-. ¡Qué imagen horrible! ¿Qué tiene de malo mi plan? Es una cobertura perfecta.
Derrotado, Julian meneó la cabeza. Se veía obligado a admitir que ella tenía razón; aun así, no se sentía capaz de decirlo. Fue al aparador y se sirvió otro vaso de vino, mirándola en silencio, con expresión fulminante, durante un instante.
–Te diré otra cosa -prosiguió Tamsyn, tomándose súbitamente cáustica-.
¡Si vuelves a llamarme niña, te cortaré la lengua, St. Simon!
–Mi querida muchacha, es la manera más adecuada de dirigirme a ti en ese papel que insistes en representar repuso Julian, airado-. Una niñita muda, que se esfuerza en acostumbrarse a los usos de un país extraño, en adaptarse a los terrores del ancho mundo después de tantos años recluida en un convento en la cima de una montaña combatiendo contra el pecado de vanidad.
–En mi opinión, eso fue pensar rápido -se defendió Tamsyn.
–Oh, no puedo negar que eres imaginativa, niña -dijo él.
Los labios le temblaron de risa al ver que ella, enfurecida, desnudaba sus pequeños dientes blancos.
Cuando Tamsyn se abalanzó hacia él, le rodeó la cintura con un brazo y la alzó en el aire.
–Una bandolera imaginativa, que piensa rápido y que ahora tendrá que trotar decorosamente por los prados montada en un gordo pony porque dice que el señor St. Simon opina que ella no monta muy bien.
–¡Oh, no! – gimió Tamsyn agitando las piernas.
–Oh, sí -replicó él, sonriendo-. Las pequeñas mentiras imaginativas se nos vuelven en contra, muchacha. Será imposible que te vean montando a César.
–Entonces, cabalgaré sólo de noche -declaró, disgustada-. Déjame.
La dejó resbalar lentamente entre sus manos y su sonrisa burlona fue desvaneciéndose cuando sus dedos rozaron la curva de los pechos femeninos. La indignación se apagó en los ojos violeta a impulsos de la caricia. Los pies de Tamsyn tocaron la alfombra y él le rozó los pechos con los nudillos, bajo la delicada muselina. Los pezones se irguieron en forma
instantánea, tan sensibles como siempre, y los labios de ella se abrieron dando paso a un suspiro ansioso y expectante.
–¿Aquí? – susurró ella, con un toque de excitación en su voz -. ¿Ahora?
Era media mañana, estaban en medio de la casa. Los ruidos domésticos llegaban a través de la puerta cerrada. Julian echó una mirada por la ventana hacia donde estaba el jardinero desbrozando los arriates, en la línea directa de su visión.
Contempló el rostro de Tamsyn vuelto hacia él, resplandeciendo de deseo, desbordando de audaz invitación. Se movió contra él en un lascivo meneo de sus caderas, provocando una corriente en sus genitales que le cortó el aliento.
–Contra la puerta -ordenó el hombre en voz que la urgencia había vuelto cortante y dura-. Rápido.
La empujó hacia atrás hasta dejarla apretada contra la puerta, su cuerpo duro contra el de ella. Le alzó con rudeza la falda hasta la cintura.
–¿Esto es lo que quieres, Violette?
–Sí -susurró ella.
–¿Y esto?
Deslizó la mano entre sus muslos, apretó la tela húmeda de sus calzones metiéndola dentro de su carne, quemando como un hierro candente los suaves pétalos de carne protegidos por la prenda.
–Sí -volvió a susurrar ella, sus ojos luminosos, su piel traslúcida, mientras se quedaba inmóvil para él, por una vez, sin hacer movimientos propios.
Era una locura. Él se sintió elevado en la marea de locura de esa pasión absurda. Los calzones de Tamsyn cayeron hasta sus tobillos, sus piernas se separaron bajo la presión impaciente de las manos masculinas. Los dedos de él se movieron dentro de ella, sobre ella, hasta hacerla sentirse perdida en un remolino de niebla roja, con su cabeza echada hacia atrás, contra los paneles de la puerta, sus caderas proyectadas hacia delante, saliendo al encuentro de su mano exploradora.
La boca de él rozó la curva suave donde se unían el cuello y el hombro de ella, sus dientes la mordisquearon. Ella gritó, un suave gemido salió del fondo de su garganta, y la carne viril la penetró y ella se apoyó en la puerta aferrándose a las caderas de él, que se hundía más a fondo en ella y la
sangre rugió en los oídos de Tamsyn y él cubrió su boca con la de él sofocando el grito de deleite salvaje antes de que llegara a los labios.
Y entonces todo acabó, y ella se quedó de pie, temblando, con sus rodillas flojas, su vestido adherido a la piel pegajosa por el sudor. Julian esbozó una sonrisa lenta y lánguida de satisfacción sensual. Pasó suavemente los dedos por la boca de ella, dándole a probar el olor de su propia excitación.
–¿Qué dirían en ese convento tuyo? – murmuró el hombre-. En esa orden tan estricta, en las montañas.
Tamsyn sólo atinó a sacudir la cabeza. Por una vez, el coronel lord Julian St. Simon la había dejado sin palabras.
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