La vengadora

Jane Feather · Capítulo 8 de 28

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La vengadora

Capítulo 7

persona dentro de ese espacio, que pareció achicarse de manera notable ante su considerable volumen. Tomó otra silla de campaña y se sentó, rebosante de alegría-. Cuéntanos de esa mujer bandolera. ¿Vale la pena mirarla dos veces?

–Para mi gusto, no -dijo Julian desentendiéndose, y cambió de tema-.

Mañana, el objetivo de la brigada en el asalto será el bastión de San Vicente. ¿Alguna sugerencia en cuanto al despliegue de las compañías?

De inmediato, sus dos amigos se concentraron en los asuntos de la brigada y el ataque a Badajoz y dejaron de lado el tema de La Violette, pero la renuencia de St. Simon a comentar sus tratos con la bandolera o de satisfacer, siquiera, la menor curiosidad no pasó inadvertida.

Cuando se marcharon, Julian permaneció tendido en su catre, sorbiendo su té, pensando en la noche siguiente, en la posibilidad de su propia muerte, en todas las muertes inevitables. Al día siguiente perdería amigos. En los cuatro años que llevaba la guerra en la Península había perdido a muchos y, aun así, no iba tomándose más fácil de aceptar.

La Violette también había visto su cuota de muerte. Se leía en sus ojos, en esa sombra que cruzaba su rostro tan a menudo. Pensó que ella era un ser de grandes contrastes. Como si un profundo río de sombría experiencia fluyese por debajo de la superficie sensual y luminosa.

Y entonces recordó que había decidido no pensar más en la muchacha, ni en su pasión, ni en su picardía, ni en sus provocaciones ni en sus desdichas… nunca más.

7

A la mañana siguiente, el teniente Sanderson llegó a la casa de la señora Braganza cuando Tamsyn estaba desayunando en la soleada cocina cuya puerta abierta daba a la huerta. Allí también había una hilera de colmenas que se alineaban contra la tibia pared de ladrillos del fondo.

–Buen día, teniente -saludó ella con alegre sonrisa, y le indicó una silla con la misma mano que sostenía un trozo de pan chorreando miel-. ¿Quiere café? La señora lo hace excelente.

–No, gracias. El jefe me ha enviado para que la acompañe hasta el cuartel.

El mayor de brigada cambiaba el peso del cuerpo de un pie al otro, sin saber cómo transmitir la urgencia de su mensaje a esta bandolera que

tomaba su desayuno. Wellington estaba en una de sus rachas de irascibilidad, algo que sin duda tendría su origen en el inminente ataque a Badajoz.

–Terminaré mi desayuno; después, me pondré por entero a disposición del duque -dijo Tamsyn sin alterarse, partió otro pedazo de pan de una gran hogaza que había sobre la mesa y lo untó generosamente con miel-.

Mientras espera, bien podría beber una taza de café.

Sanderson se sentó. Si, de todos modos, lo despellejarían sería mejor que se fortaleciera. Tamsyn lo aprobó con un gesto de su cabeza, y la señora no tardó en acercarle un tazón de fragante café.

–¿Está el coronel St. Simon en el cuartel, esta mañana? – preguntó Tamsyn en tono amable.

–No, señorita. Está con su brigada. Esta noche su división formará parte de la fuerza de ataque.

–De modo que será esta noche -dijo Tamsyn.

Un escalofrío le recorrió la espalda. A la mañana siguiente, ¿cuántos hombres estarían muertos entre esas murallas? ¿Sería Julian St. Simon uno de ellos? En su estómago empezó a formarse una bola fría.

Ella echó hacia atrás su silla con un movimiento tan repentino que sorprendió al teniente. Éste alzó la vista y contuvo el aliento al ver la cara de la joven, que se había convertido en una máscara despojada de toda luz y de toda expresividad.

Desde luego, si St. Simon caía en el ataque a Badajoz, ella estaría de nuevo en el punto de partida. Era una perspectiva bastante fastidiosa; suficiente para que a cualquiera se le formase una bola fría en el estómago.

Se puso de pie y se limpió los dedos pegajosos en una servilleta a cuadros.

–Vayamos entonces, teniente.

Su voz, seca y autoritaria, lo obligó a ponerse de pie al instante dejando su taza medio llena. Comprobó que tenía que trotar, casi, para mantenerse a la par de esa muchacha que andaba a zancadas por la calle.

Wellington la saludó con brusca cortesía. Era evidente que estaba preocupado; Tamsyn rechazó el asiento que él le ofrecía y prefirió sentarse en el alféizar de la ventana.

–Y bien, ¿cuál es el precio de su información, Violette? – el comandante en jefe fue directo al meollo de la cuestión-. Sanderson, tome nota, por favor.

El ayuda de campo se sentó ante el escritorio y comenzó a afilar su pluma. Tamsyn dijo, con fría sonrisa:

–Le diré cuál es mi precio en presencia del coronel lord St. Simon. De otro modo, no.

–¿Qué? – Wellington la miró con expresión dura y recordó lo que había dicho Julian con respecto a la inclinación de la bandolera por el juego-.

¿Qué disparate es éste?

–Ningún disparate, señor -se bajó del alféizar-. Ésa es mi condición.

Después de que yo le haya expuesto mis términos, comprenderá por qué.

Podrá encontrarme en la casa cuando llegue el coronel.

Sin añadir otra palabra salió de la habitación dedicando a ambos una sonrisa y un saludo con la cabeza mientras se marchaba.

–¿Qué demonios está sucediendo entre la muchacha y St. Simon? – se preguntó Wellington en voz baja que Sanderson fingió no haber oído pues, al parecer, no iba dirigido a él-. Algo está preparándose.

Empezó a pasearse desde la ventana al hogar y de vuelta. Cualquiera fuese el motivo, Julian había dejado bien en claro que no quería tener nada más que ver con la muchacha. ¿Sería justo obligarlo a comparecer sólo porque una bandolera insistía en ello?

Pero él quería esa información. En cuanto hubiese caído Badajoz se pondrían de nuevo en marcha hacia el norte, hacia Campo Mayor, y lo que Violette sabía haría mucho más fácil la marcha. Además, si dejaba pasar esta oportunidad, era poco probable que volviese a tener una fuente de información tan valiosa.

–Sanderson, envíe a alguien a pedir al coronel St. Simon que se presente en el cuartel general tan pronto como pueda.

–Sí, señor.

El ayuda de campo salió a escape. Todavía no era tarde pero, en pocas horas, nadie tendría tiempo para otra cosa que no fueran los preparativos para el ataque.

Julian estaba discutiendo con los jefes de su compañía el procedimiento que utilizaría la brigada en su ataque al bastión de San Vicente. Ellos no participarían del ataque principal; harían uno secundario, por el flanco, con la intención de distraer la atención de las fuerzas francesas y alejarlas de las brechas.

El alférez que cabalgaba de prisa entre las pulcras filas de tiendas provocó expresiones intrigadas a medida que se aproximaba al grupo de hombres reunidos en torno de un mapa extendido sobre una basta mesa, ante la tienda de St. Simon.

–Perdóneme, coronel -el alférez saltó de su montura e hizo un saludo poco formal-. El comandante quiere que se presente usted en el cuartel cuanto antes.

–Ayer, en otras palabras -dijo Frank con una sonrisa, al tiempo que se erguía.

Julian se puso ceñudo. ¿Qué podría ser tan importante como para que Wellington lo apartase de su brigada en vísperas de la batalla? La respuesta era como una enseña roja ondulando en su cerebro: La Violette. Fuera lo que fuese, era esa bandolera bastarda quien estaba detrás de ello. ¡Por Dios, tendría que hacerle entender de una vez y para siempre que a él no se lo podía empujar de aquí para allá como un peón de ajedrez!

–¡Dobbin! ¡Mi caballo!

Desapareció en el interior de la tienda después de haber vociferado su orden, y sus oficiales intercambiaron miradas de sorpresa. Salió después de un minuto abrochándose el cinturón de la espada; sus hombres vieron que.

en su ancha frente se habían acumulado nubarrones de tormenta bajo el mechón rebelde de pelo rubio rojizo, y sus ojos, de intenso color azul, parecían lanzar flechas de fuego.

–No estaré ausente más de una hora. Mayor O'Connor, quiero que esté trazado el plan de asalto para cuando yo regrese.

Impaciente, tomó de manos de Dobbin las riendas de su caballo y montó de un salto.

–Sí, señor -musitó Tim.

Algo andaba mal. Era raro que Julian mencionara el rango y no solía descargar su mal humor sobre sus subordinados; ése era uno de los motivos por los que sus hombres habrían sido capaces de seguirlo hasta el infierno y siempre se dieran feroces competencias por tener un lugar junto a él. Lord St. Simon era uno de los coroneles más jóvenes del ejército en la Península pero, incluso hombres mayores estaban deseosos de servir bajo sus órdenes igual que sus coetáneos.

–Apuesto a que esa Violette está detrás de esto -comentó Frank estirándose-. A Julian no le agrada nada y, si es ella la que está tirando de

esta cuerda se armará una marimorena; recuerda de lo que digo.

–No me imagino a una bandida española burlando al Par, y mucho menos a St. Simon -observó el capitán Deerbourne-. Y si, precisamente hoy, ella está apelando a sus triquiñuelas, será porque es una tonta.

Todas las miradas se posaron sobre los muros de Badajoz, envueltos en el humo de las bombas.

A medio galope, Julian se acercaba a Elvas bullendo de ira. Y ver a La Violette sentada sobre una roca, del lado portugués del puente de pontones no hizo nada para apaciguarlo. Era claro como el día que ella estaba esperándolo y, en consecuencia, ella era la responsable de que lo hubiesen llamado.

Era cierto que Tamsyn lo esperaba. Supuso que él no estaría del mejor de los talantes y apeló a su sonrisa más encantadora al tiempo que se ponía en pie para salirle al encuentro, cuando él hacía avanzar a su caballo por el inseguro puente.

–Buenos días, milord coronel -Tamsyn se apresuró a interponerse en su camino al ver que él pensaba pasar de largo ante ella-., Estoy muy contenta de verlo -se protegió los ojos del sol y lo miró guiñando los ojos, la piel dorada plegada en torno de los ojos por una sonrisa, su pelo casi blanco a la luz del sol-. Cuanto me alegro de que su trabajo lo haya traído a Elvas, después de todo.

Los dedos de Julian se crisparon en las riendas y él se imaginó rodeando con ellos la esbelta columna de su garganta que surgía del cuello abierto de su camisa blanca… y apretando lentamente… Y luego se imaginó sus dedos subiendo detrás de las orejas de ella, esas pequeñas conchillas aplastadas a los lados de la cabeza, y haciéndole cosquillas en la tierna piel de atrás…

–¡De pie! – ordenó, cortante-. Supongo que vamos al mismo lugar.

Se inclinó extendiéndole la mano. Ella la tomó sin remilgos, puso un pie sobre la bota de él y saltó hacia arriba cayendo, con un giro ágil sobre la silla, delante de él.

–Sí, creo que sí -asintió ella alegremente, recostándose contra él para que pudiera sentir el calor de su piel a través de su delgada camisa-. Por cierto, es muy conveniente.

–Y, como sabemos, usted acomoda todo a su propia conveniencia -

comentó él en tono agrio.

–Me imagino que usted debe pensar eso -dijo Tamsyn tras juiciosa reflexión-. Pero, en realidad, todavía no me conoce.

–Oh, Violette, créame que no habrá ningún "todavía" -dijo él con violento énfasis-. No nos conoceremos más de lo que ya nos conocemos.

–Como usted diga.

Daba la impresión de que las palabras de él no le habían hecho mella; se comportaba como quien estuviese siguiendo la corriente a un niño enfurruñado. Su tono dio ganas a Julian de arrojarla a tierra.

–De modo que el ataque será esta noche -dijo ella en diferente tono-.

Sin duda, no querrá usted permanecer mucho tiempo alejado de su brigada pero mi asunto no demorará mucho.

–Oh, es un alivio saberlo pero no debe darse prisa por mi causa. Estoy seguro de que el sitio de Badajoz puede esperar hasta que usted esté satisfecha.

Tamsyn giró en redondo para mirarlo.

–No sea tan petulante, milord coronel. No le va a usted y no es nada convincente.

Él se quedó con la boca abierta y, sin notarlo, espoleó los flancos de su caballo. Éste se lanzó al galope y Tamsyn, que había girado y estaba en una pose de precario equilibrio, se tambaleó.

–¡Por todos los diablos del infierno! – Julian la aferró y la atrajo hacia sí con una mano mientras, con la otra, controlaba a su caballo-. Usted limítese a cerrar la boca, por favor -le dijo entre dientes-. En líneas generales será mucho más seguro.

–Sí, milord coronel -murmuró Tamsyn con sonrisa recatada y apoyando su cuerpo otra vez en el de él.

Julian no entendía por qué tenía ganas de reír. En las actuales circunstancias le pareció el impulso de un demente pero había algo en la picardía de ella que lo instaba, no, lo desafiaba a responder. Era como si ella estuviera diciéndole que no la engañaba con su actitud, que ella sabía que él estaba gozando tanto como ella con su insólita proximidad aunque él no quisiera reconocerlo.

Dejaron el caballo en el establo situado en el fondo del cuartel de Wellington y entraron otra vez por la escalera externa.

–Está esperándolo, coronel.

Sanderson se apresuró a abrir la puerta que daba al refugio del comandante en jefe.

–Muy bien. Ya están aquí los dos -Wellington se puso de pie junto a su escritorio con expresión seria-. Lo lamento, Julian, pero La Violette insistió en que tú debías participar de estas negociaciones.

–Eso supuse, señor -Julian miró a Tamsyn con mal disimulado resentimiento-. Muy bien, como ya ha logrado lo que se proponía, sigamos adelante. Tengo cosas más importantes que hacer esta mañana que complacer los apetitos mercenarios de una condenada bandolera.

Wellington ocultó la estupefacción que le provocaba esa tirada brutal.

Un hombre no hablaba así a un conocido; menos aun a un extraño.

Tamsyn, en cambio, no se inmutó.

–Sí, comprendo que ambos están ocupados pero debo recordarles que yo no he elegido el momento de esta reunión. He venido aquí escoltada por uno de los suyos.

–Después de habernos hecho perder dos días -recordó él-. Ahora, ¿qué quiere, muchacha?

Tamsyn se alzó de hombros y, sin haber sido invitada, se sentó en una silla ante el escritorio, cruzó las piernas y unió las manos en el regazo.

–Muy bien, vayamos al grano. Yo le daré la información que usted desea, señor, salvo la que se refiere al armamento de los guerrilleros. La condición de sus armas es algo que no me es dado revelar. Ellos le dirán lo que quieran que sepa. También dibujaré para ustedes un mapa detallado de los puertos de montaña que usaba El Barón para cruzar los Pirineos.

Algunos de ellos son muy estrechos y traicioneros pero yo diría que eso lo descubrirá usted mismo. Que yo sepa, los franceses no los conocen.

–Muy bien… muy bien -dijo Wellington frotándose las manos-. Eso es muy bien… muy útil. – echó una mirada a St. Simon. ¿No te parece, Julian?

–Oh, sí -coincidió Julian-. Muy útil -él estaba apoyado en la puerta, los brazos cruzados, los ojos de expresión irónica posados sobre Tamsyn-. ¿Y

qué pretende de nosotros, bandolera?

–Sí, Violette; díganos su precio.

Tamsyn hizo una pausa antes de responder, la vista en el regazo, sus dedos formando la cuna del gato; levantó la vista y miró al coronel en los ojos para luego desplazar su mirada hacia Wellington:

–Señor, mi precio es el coronel… lord St. Simon.

En el cuarto se hizo un silencio tan hondo e impenetrable como el de una tumba. Los dos hombres miraron fijamente a Violette, que seguía sentada en su silla convertida en la viva imagen de la serenidad, sin señas visibles que manifestaran alguna turbación en su mente. Fue un golpe de tal audacia que ella misma se sintió azorada por concebirlo, más aun de ejecutarlo.

–Es el delirio de un lunático -exclamó Julian rompiendo el silencio con un tono áspero como papel de lija-. ¡O bien eso o bien habrá que pensar que usted no toma en serio al ejército de Su Majestad, y eso le costará muy caro! fue hasta la silla, apoyó una mano a cada lado de la cabeza de ella y se inclinó. Ella se sintió perforada por la intensa ferocidad azul de sus ojos mientras él decía con mucha lentitud y claridad-: Termine con esta absurda tontería o la meteré en prisión cargada de cadenas.

–Escuchadme -dijo ella con sencillez, sin amilanarse aunque le costara cierto esfuerzo.

–Déjala hablar, Julian.

–¡Hable! – el coronel giró de cara al comandante, con sus ojos de mirada dura en su rostro pálido, su boca convertida en una línea con la mandíbula apretada-. O esta muchacha está completamente loca o está burlándose de nosotros. Señor, me veo obligado a recordarle que esta noche habrá soldados que morirán, y esta… esta perturbada nos toma por tontos.

–No, no es así -dijo Tamsyn de inmediato-. Le aseguro que no. Sólo pido que me escuchéis.

–Adelante – dijo Wellington, alzando una mano para detener la indignada argumentación del coronel-. Pero no se vaya por las ramas. Le advierto que si esto es alguna clase de juego, la enviaré otra vez con Cornichet envuelta como para regalo, con mis felicitaciones.

Las amenazas eran cada vez más pesadas, repetidas y desagradables.

Tamsyn tragó saliva para deshacer el pequeño nudo de temor que se había formado en la garganta, recordó que, en esta ocasión, se jugaban apuestas muy elevadas y entonces comenzó a explicar el plan que exigiría la cooperación de lord St. Simon.

–Ya les he explicado que mi madre era inglesa. Su familia era de Cornwall… su lugar de origen, coronel.

La expresión de Julian seguía siendo lúgubre.

–¿Qué tiene que ver eso conmigo?

–Bueno, yo pensé que usted podría ayudarme a saber sobre la familia de mi madre -repuso ella con sencillez-. Mi madre no me dijo cuál era su apellido. Ella… no había sido feliz con ellos y, cuando conoció a mi padre, prefirió cortar por completo con esa parte de su vida y de su herencia.

Llevó las manos a su nuca, desenganchó el medallón y se lo tendió a Wellington.

–Aquí hay un retrato de ella con mi padre. El medallón pertenece a la herencia familiar y yo pensé que con esto y el retrato tal vez pudiera localizarlos. Mi madre me dejó entrever que era una familia bastante prominente.

Wellington lo examinó y luego lo entregó a Julian, que lo miró in tomarlo, mientras su mente repasaba la lista de las familias importantes de Cornwall. Los St. Simon y los Penhallan eran los terratenientes más grandes y con mayor influencia política. Tregarthan, la propiedad de los St. Simon, y la propiedad Lanjerrick, de los Penhallan, ocupaban la mitad del condado.

Al recordar a los Penhallan, sus labios adoptaron una inconsciente mueca de desprecio. El vizconde dedicaba sus esfuerzos a su ambición política con la más cruda implacabilidad y, aun así, su carácter se podía tomar como radiante ejemplo de rectitud moral si se lo comparaba con el de sus sobrinos, los odiosos gemelos.

Dejó el medallón sobre una mesa y la delicada cadena de filigrana tintineó al caer.

–No hay ningún escudo heráldico, ninguna insignia que lo identifique.

–Pero adentro está el retrato de ella -subrayó Tamsyn-. Mire dentro.

Wellington volvió a tomarlo y lo abrió. No cabía duda de que la mujer del retrato era la madre de Tamsyn; la semejanza era asombrosa y llevaba el mismo medallón en el cuello. La mujer sonreía y se diría que irradiaba una felicidad perfecta. Lo entregó a St. Simon, y éste leyó la firma que había en el dorso del retrato de la mujer. Ella había firmado, sencillamente, Cecile, con escritura florida y enérgica. La fecha era de sólo tres años antes.

Julian echó una mirada a Tamsyn que permanecía en silencio, esperando. Examinó el retrato del hombre y le impresionaron los rasgos elegantes del famoso barón ladrón. Unos ojos negros de halcón lo miraban con aire interrogante desde el delicado marco. Tamsyn tenía la misma boca de su padre y el gesto de la mandíbula le daba el mismo aire decidido; por otra parte, sus ojos y su colorido eran los de su madre.

–¿Y? – preguntó Julian al tiempo que devolvía el medallón a su dueña-.

Su madre era inglesa pero, ¿qué tiene eso que ver con lo demás?

–Pues, todo -contestó ella.

Los dos hombres escucharon que habían asesinado a sus padres seis meses atrás; que, en una emboscada tendida por los hombres de Cornichet, habían matado a sus hombres o los habían desbandado; y que, excepto Gabriel, estaba sola en el mundo.

En cierto modo, al escatimar detalles acentuó el dramatismo de su historia. Nada explicó acerca del modo en que sus padres habían hallado la muerte sino que se limitó a mencionar el hecho. Su ruego iba dirigido a Wellington. St. Simon aún conservaba la expresión de un hombre rabioso e impaciente y, por cierto, no parecía ser capaz de responder con simpatía a una triste historia y, a pesar de todo, ella seguía creyendo que podría tocar las fibras del corazón del comandante.

–Me gustaría encontrar a la familia de mi madre -dijo ella retorciendo las manos en su regazo y dirigiendo al duque una sonrisa trémula-. No tengo en el mundo a nadie que se ocupe de mí o me dé un hogar. Se me ocurrió que, si podía encontrarlos, ellos me protegerían. Pero preveo ciertas dificultades.

El coronel emitió un sonido que era una mezcla de resoplido y maldición e intercambió una mirada de comprensión con el duque. Ciertas dificultades… Era obvio que esta muchacha no sabía ni lo más elemental con respecto a la sociedad inglesa, que ignoraba lo cerrada y orgullosa que era.

–Supongamos que los identifica; entonces, ¿cómo piensa presentarse ante ellos? – preguntó Julian, despectivo-. ¿Se acercará a ellos y les dirá,

"Soy la prima que perdieron hace mucho tiempo", o el parentesco que sea?

–No; entiendo bien que eso no es posible -repuso ella en tono afligido, lo cual provocó en el duque una mirada de reproche al coronel-. No creo que estén preparados para aceptarme tal como soy. Yo no sé moverme en una sociedad así… en verdad, no sé nada de Inglaterra, excepto lo que Cecile me ha contado. Además -un delicado sonrojo cubrió sus mejillas atezadas-, hay otro inconveniente…

–Siga, querida -la animó Wellington, ya abandonada su anterior aspereza.

–Es un poco embarazoso… pero, verá, no estoy segura de que Cecile y el barón hayan estado adecuadamente casados… a los ojos de la Iglesia,

¿sabe usted? – dijo a toda prisa, retorciéndose los dedos de un modo imposible.

–¡Oh! – exclamó el duque.

–Bueno; tal vez, si la familia de mi madre lo sabe, considerará que yo no tengo derecho a pertenecer a ella, ¿no lo cree usted? – dijo, ansiosa, clavando en el rostro del comandante sus ojos de color púrpura.

El militar carraspeó.

–Sí, es posible.

–¿Por qué no habrían de formalizar su relación? – quiso saber Julian-. Si eran tan inseparables como usted ha dado a entender anoche y habían tenido una hija.

–Me parece que no le daban la menor importancia -respondió Tamsyn, sincera-. En lo que a mí se refiere… bueno, yo sé que fui un accidente…

–¡Por todos los cielos; eso es todo un eufemismo! – estalló Julian, lanzando una áspera carcajada-. ¡Placiera a Dios que el mundo se hubiese visto libre desemejante accidente!

–¡Qué cruel! – protestó Tamsyn, mirando a Wellington con aire desvalido.

Éste se rascó la nariz. ¿Qué tendría Julian en contra de la muchacha?

Ella daba la impresión de ser una valerosa criatura.

–Estoy desorientado, señorita: no sé adónde nos lleva todo esto. ¿Cómo podría ayudarla lord St. Simon?

–Ah, eso es simple -dijo Tamsyn, animándose de inmediato-. Pienso que no me llevaría más de seis meses aprender a comportarme como una dama inglesa. Mi plan consiste en que el coronel me acompañe a Inglaterra… a Cornwall… y me enseñe lo que necesito saber; entonces, yo podré buscar a la familia de mi madre. Alguien tiene que haber oído la historia de la hija que se desvaneció hace veinte años, en una visita a España. Y espero que, cuando esté en mejores condiciones, podré presentarme ante ellos.

Podríamos decir que mi madre se había casado con un noble de auténtica sangre hidalga, y que a mí me informaron de mi herencia inglesa en el lecho de muerte de ella. Se me ocurrió que podríamos decir que el coronel conoció a mi padre en ciertas circunstancias y, por obligación hacia él, aceptó tomarme bajo su protección cuando yo quedé huérfana.

"Y quizá -agregó con una simpática sonrisa dirigida al duque quizá sería útil decir que Su Gracia también me ha brindado su protección.

–¿Qué pensó que podríamos decir? – exclamó el coronel cuando comprendió el cabal sentido de ese breve discurso.

–Que usted me ha tomado…

–¡Está bien, ya lo he oído! – interrumpió él con un brusco ademán-.

Nunca en mi vida conocí una invención más descabellada.

–Pero servirá -insistió Tamsyn, obstinada-. Sé que así será. Lo único que pido son seis meses de su tiempo, milord coronel. Como tengo abundancia de fondos propios no seré una carga para usted en ningún sentido. Sólo le pido que me preste su atención por un tiempo limitado. No sé a quién más podría pedir esto, ¿entiende? – agregó, dirigiéndose otra vez al duque con su súplica-. Y es muy conveniente que provenga usted de Cornwall.

–¡Descabellado! – repitió Julian disgustado-. Ya he perdido demasiado tiempo con usted.

–En ese caso, no hay nada más que decir -dijo Tamsyn, ya sin el menor rastro de huérfana desvalida en el gesto resuelto de su barbilla y la vivacidad de su tono-. Perdóneme por hacerle perder su tiempo, señor.

Se levantó, hizo una reverencia a Wellington y luego, sin echar una sola mirada en dirección al coronel, salió de la habitación.

–Piénsalo un minuto, Julian -dijo Wellington lentamente-. Seis meses no son un compromiso tan pesado.

–¿Qué? – Julian clavó la vista en el duque con expresión incrédula-.

Usted quiere que yo haga de tutor y protector de esa… ese peón del diablo…, que deje la Península. Por Dios, señor, ¿cómo es posible que considere algo así?

–Durante su estancia en Inglaterra me brindaría usted un invalorable servicio -dijo Wellington, pensativo-. Había estado pensando a quién podría enviar. Y seis meses no es tanto tiempo. Usted sabe lo lentas que son las cosas allí. Volverá antes de lo que imagina.

Julian se había quedado sin palabras al comprender, aun sin poder creerlo, que su comandante en jefe quería que él se ocupara de esta insólita misión.

Durante un instante, se quedó mirándolo, atónito y luego dijo:

–Discúlpeme.

Le hizo una seca reverencia y, girando sobre sus talones, salió del cuarto. La estupefacción luchaba contra una loca furia en un perturbador torbellino de emociones que ponía en fuga toda posible claridad de pensamiento y de propósitos.

Bajó corriendo la escalera, salió a la calle y pasó como una exhalación ante el ordenanza que tenía su rostro oculto tras la pila de camisas recién lavadas del comandante que llevaba en sus brazos. La montaña se tambaleó y cayó al suelo. El coronel no lo advirtió, siquiera, y continuó andando a toda prisa mientras el ordenanza juraba y farfullaba levantando las camisas de los polvorientos adoquines.

Al girar en la esquina Julian vio a Tamsyn ante la casa de la señora Braganza. Ella estaba apoyada en la pared, conversando con la señora, que trabajaba en su jardín.

–Ah, es usted, milord coronel -Tamsyn recibió su llegada con una ceja arqueada-. Creí que había dicho lo suyo.

–Oh, créame que ni siquiera he empezado -afirmó él y, pese a su alarde, Tamsyn se encogió al ver su semblante furioso.

Abrió la boca para decir algo pero el coronel le rodeó la cintura con un brazo y la hizo entrar en la casa, precediéndolo.

Arrodillada ante una hilera de calabazas, la señora Braganza se quedó mirándolos y luego meneó la cabeza murmurando algo para sí mientras arrancaba una hierba de raíz.

Cuando llegaron a la pequeña habitación debajo del tejado, Tamsyn estaba sin aliento como si hubiese subido corriendo por sus propios medios, si bien estaba segura de que sus pies no habían tocado el suelo desde el momento en que el brazo de Julian le había rodeado la cintura. La puerta se cerró de un golpe y ella fue arrojada al interior de la habitación, aún sujeta por el brazo del coronel.

–¡Por Dios! – exclamó él en un susurro tan contenido que tenía el poder de un grito-. ¡Por Dios, muchacha, no vas a hacerme una cosa así! – con su mano libre en la garganta de ella, la obligó a levantar el mentón de modo que ella no tuvo otra alternativa que mirarlo, y cada una de sus palabras cayó sobre su cara como una bofetada-. No permitiré que me metas en esto.

Eres una pequeña ladrona manipuladora y tu presencia en mi vida se acaba en este preciso instante… ¡en este cuarto y en este minuto! ¿Ha entrado eso en tu perversa cabeza, muchacha?

La mente de Tamsyn comenzó a funcionar a toda marcha. Lo que ella había percibido en la voz de él estaba muy cercano a la desesperación, apenas oculto por el salvajismo de su actitud. Él tenía miedo; debía de haber descubierto que estaba haciendo lo que ella quería aun en contra de toda la voluntad que poseía. ¿Miedo a qué? ¿Cuál podría ser la presión que lo obligaba a ayudarla? La orden de Wellington, claro. Y ella contaba con la urgencia que el duque tenía por obtener la información que ella le daría. Sin embargo, no creía que Wellington fuese más allá de la persuasión. Eso no era lo mismo que obligar a uno de sus oficiales a hacer algo completamente apartado de sus funciones. Por lo tanto, debía de ser ella… El coronel tenía miedo de ella, miedo de que ella pudiera persuadirlo a que lo hiciera.

Él seguía sujetándola con rudeza contra su cuerpo, la mano apretada brutalmente en su garganta, empujándole el mentón hacia arriba. Pero ella tenía sus manos libres y, con gesto deliberado, deslizó sus brazos alrededor del cuerpo masculino e hizo una ligera torsión: ahora, cualquiera que los viese y no supiera lo que en realidad sucedía creería que estaban entregados a un apasionado abrazo.

El movimiento de ella lo hizo saltar y su expresión se tomó incrédula cuando comprendió lo que ella había hecho.

–¡Pequeña ramera! – exclamó él, apartando las manos de ella con tal brío que estuvo a punto de hacerle caer.

–No -protestó Tamsyn-. No tanto. Como me sujetabas con tanta fuerza, me pareció lo más natural hacer eso.

El semblante de él reflejó tanta estupefacción que ella no pudo menos que sentir pena, pero lo que se jugaba era demasiado importante y quiso aprovechar su ventaja acercándose más.

–Fue sólo una sugerencia, milord coronel.

Sus ojos parecían tan grandes que él sintió como si estuviese hundiéndose en ellos, su sonrisa tan seductora que sintió temblar el suelo bajo sus pies.

Ella alzó una mano y recorrió suavemente el contorno de su boca.

–Qué serio -murmuró, agrandando su sonrisa-. Relájate; sólo estoy ofreciéndote placer. Recuerda qué maravilloso fue, junto al río, piensa que podemos gozar de momentos como aquél cuantas veces lo deseemos.

–¡Puta! Serías capas de venderte…

–No – interrumpió Tamsyn, ya sin ese brillo seductor en sus ojos-. No estoy vendiéndome. Lo único que vendo es la información que tu comandante está deseoso de comprar. Sólo estaba ofreciéndote una compensación.

–¡Compensación por tener que presentar en sociedad a la hija bastarda de un ladrón y asesino!

–¡Oh! – exclamó Tamsyn, quedándose sin habla un instante-. ¡Tienes tanta caballerosidad como un gusano de la madera! ¡Yo, con toda honestidad…, y anheloso afecto, sugiero que hagamos el amor y tú…!

–¡Anheloso afecto! – él lanzó una carcajada breve y escéptica-. ¿De dónde diablos sacaste una expresión como ésa? ¿Qué clase de inocente crees que soy para suponer que voy a caer en semejante treta?

–Es verdad -insistió ella con vehemencia.

Julian se quedó inmóvil un instante. Recorrió lentamente con la mirada el cuerpo esbelto y flexible que tenía ante sí. Ella vibraba de energía e indignación, y de alguna otra cosa. En el mismo momento en que la había tocado había percibido en ella resolución y decisión. Ella estaba dispuesta a usar su cuerpo para persuadirlo de que hiciera lo que ella quería. Bueno, ya era hora de que La Violette aprendiese que no todos podían rendirse a sus propósitos.

–Con que anheloso afecto, ¿eh? – murmuró, llevando sus manos a la hebilla de su cinturón-. Demuéstramelo, Violette -desabrochó la hebilla, soltó el pesado cinturón del que pendía su espada y los depositó sobre una mesa que había junto a la ventana-. ¿Qué estás esperando? – miró a Tamsyn, que seguía de pie en medio de la habitación-. Quítate la ropa.

Por alguna razón, las cosas no marchaban de acuerdo con lo planeado.

Parecía que sí y, sin embargo, algo estaba mal. Pero, una vez iniciado este curso de acción, Tamsyn se sintió obligada a continuar. Se quitó las botas y se desnudó rápidamente, arrojando su ropa al suelo.

Cuando ella se volvió el coronel estaba desnudo, los pies separados, las manos sobre las caderas.

–Estoy ansioso por ver esa demostración de anheloso afecto -dijo él, marcando las palabras-. Sin embargo, debo advertirte que tengo muy poco tiempo, de modo que tus trucos de ramera tendrán que ser eficaces.

Tamsyn se estremeció y entornó los ojos.

–Oh, confío en que lo serán, milord coronel -dijo, avanzando hacia él.

Algo lo alertó justo a tiempo y él giró a un lado en el mismo momento en que ella alzaba la rodilla para darle un cruel golpe en la ingle.

–¡ Fiera! – vociferó él, con las aletas de la nariz temblorosas.

Le palpitaba el muslo donde la rodilla de ella había golpeado con salvajismo, y se sintió descompuesto de sólo imaginar lo que podría haber sucedido si ella hubiese dado en el blanco elegido.

–Cómo te atreves a insultarme así! – gritó ella frotándose la rodilla en el punto donde había chocado con el duro y musculoso muslo de él-. ¡Sal de aquí! No te tocaría aunque fueras el último hombre en la tierra.

–Ah, ¿no? ¿Qué ha pasado con el anheloso afecto? – se abalanzó sobre ella tomándola de la cintura y cargándola hasta la cama-. Muy pronto quedó en nada, ¿no es así?

Tamsyn percibió la excitación de él cuando la dejó caer sobre el cobertor. Adivinó que a este hombre debía gustarle una buena pelea…, y a ella también, por mucho que la enfadase, dadas las circunstancias. En los sitios donde la piel de él se ponía en contacto con la de ella, el cuerpo le cosquilleaba, y sentía un remolino de excitación en la boca del estómago.

Él se inclinó sobre ella, le metió una rodilla entre los muslos y en sus ojos azules se encendió un brillo salvaje.

–¿O no? – preguntó, empujando con la rodilla para separarle los muslos.

–La parte del afecto sí -declaró Tamsyn, humedeciéndose los labios que se habían secado repentinamente.

La mano de él ya había encontrado ese lugar del cuerpo de ella. Su mirada jamás se apartó de su rostro mientras jugueteaba con ella como si fuese la cuerda de un laúd, la pulsaba y acariciaba hasta que ella empezó a sonar a impulsos de su contacto. Cuando sus gemidos de éxtasis colmaron la pequeña habitación, él deslizó las manos bajo el trasero de ella y la alzó hacia él y penetró profundamente en su cuerpo, que todavía palpitaba de placer.

La satisfacción brillaba ahora en sus ojos mientras se movía sobre ella, sin dejar de contemplar el rostro de la mujer con embelesada atención. Le pasó un dedo por los labios y ella pudo saborear la almizclada fragancia de su propio cuerpo. Él sonrió. Ella retribuyó la sonrisa moviéndose de manera acompasada con el ritmo de él, y una honda y cálida alegría comenzó a llenarle el vientre y fluyó como miel por sus venas. Era difícil imaginar que