La vengadora

Jane Feather · Capítulo 13 de 28

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La vengadora

Portugal

querido. La única persona que se había atrevido a desafiarlo, a burlarse de su ambición, a amenazar su posición y su poder.

Cedric aún podía oír su voz, su risa cantarina cuando le decía que ella había escuchado a escondidas su discusión con el duque de Cranford y que ella creía que William Pitt estaría muy interesado en saber que uno de sus consejeros más dignos de confianza estaba conspirando entre bambalinas para suplantarlo. El precio del silencio significó para ella la liberación de la autoridad de su hermano. Libertad para ir en pos de cualquier aventura que se le ocurriese y, cuando estuviese lista, la libertad de elegir a su propio esposo sin pensar ni una vez en las ventaja o desventajas que pudiera depararle a la ambición de su hermano.

La pequeña, la vivaz Celia se había tornado muy peligrosa.

Sacudió la cabeza y siguió subiendo, sin hacer caso de los renovados chillidos y las oleadas de risas ebrias que llegaban desde el vestíbulo, donde las mujeres estaban siendo expulsadas de su casa seguidas por los juerguistas que iban en procura de nuevos entretenimientos.

PORTUGAL

–Y bien, ¿qué esconde en este viaje, pequeña?

Tamsyn alzó la mirada al cielo siguiendo el vuelo de un águila que se cernía sobre ellos; sus magníficas alas desplegadas destacaban su color negro contra el luminoso cielo azul, sin nubes.

–Vamos a vengarnos de Cedric Penhallan, Gabriel -de repente, su boca se había puesto firme, sus ojos, duros. Iban cabalgando lado a lado, siguiendo un sendero de cabras cortado en la montaña; ella lo miró-: Y

vamos a apoderarnos de los diamantes Penhallan. Pertenecían a mi madre; ahora, por derecho, son míos.

Gabriel sacó una bota de vino que llevaba colgada de su cinturón y echó en su boca un chorro de color rubí. Conocía la historia tan bien como Tamsyn. Le pasó la bota y dijo, pensativo:

–¿Crees que el barón hubiese querido que tú te vengaras, muchacha?

–Sé que lo habría hecho -afirmó ella con serena certidumbre-. El hermano de Cecile le arrebató su herencia con engaños. El planeó su muerte. – inclinó la bota y bebió, disfrutando del fresco reguero que corría por su garganta reseca-. El barón juró que sería vengado. Yo les oía hablar por las noches.

Guardó silencio un minuto recordando aquellas noches, cuando ella estaba en su cama, la puerta entreabierta, escuchando las voces bajas, la risa exuberante del barón y la musical de Cecile y, de vez en cuando, la helada ferocidad de su padre cuando se inflamaba su cólera por alguna actitud imbécil o una sospecha de deslealtad. Cecile era capaz de sofocar su ira pero jamás se metía en el trato con sus hombres, y jamás hubiese podido suavizar la helada furia que le producía lo que Cedric Penhallan había pagado para que hicieran daño al barón ladrón.

Gabriel frunció el entrecejo y su semblante, generalmente plácido, se turbó. No sabía qué postura adoptar con respecto a los planes de Tamsyn pues no estaba seguro de la que hubiese adoptado el barón.

–El barón abrigaba un fuerte resentimiento contra la familia de tu madre

-dijo, tanteando su reacción. Pero no estoy seguro de que él quisiera que ese resentimiento te incluyese a ti. Y Cecile siempre decía que no había necesidad de vengarse puesto que por entonces los planes de su hermano se habían ido al demonio.

Tamsyn sacudió la cabeza, tapó la bota y la devolvió.

–Y tú sabes que el barón nunca estuvo de acuerdo con que los planes de Cedric hubiesen fracasado. Él quería deshacerse de su hermana, quería quitarle su herencia. Y lo logró. El barón siempre quiso reparar ese daño. Y

como no está aquí para hacerlo, yo lo haré por él.

El ceño de Gabriel se hizo más hondo.

–Para Cecile, ese daño se convirtió en un beneficio -dijo-. No ha existido jamás un amor como el de ellos, y ella repetía que debían agradecer a Penhallan que les fuera permitido hallarlo.

–Cedric Penhallan pagó para que raptasen y asesinaran a Cecile -la voz de Tamsyn sonó despojada de toda expresión-. El hecho de que ella se haya topado con una felicidad que le duró toda la vida en lugar del hombre al que Cedric había pagado para hacer su trabajo sucio no fue gracias a él. Ya es hora de que pague el precio.

Gabriel chasqueó la lengua contra los dientes mientras lo pensaba. El Barón le había confiado su intención de urdir una apropiada venganza contra los Penhallan. Se hubiese dicho que esa confidencia había traspasado la carga a su antiguo amigo, para que éste cumpliese lo que él ya no podría hacer. No cabía duda de que Gabriel tenía la responsabilidad de proteger a

la hija del barón, y si ella decidía poner en práctica la venganza en nombre de su padre, él no tenía otra alternativa.

Como él era más hombre de acción que de decisiones, la conclusión fue un alivio.

–¿Cómo piensas probar tu parentesco?

–Tengo el medallón, el retrato y otros documentos. Cecile me ha dado todo lo que podría necesitar para demostrar que soy su hija -Tamsyn se acomodó mejor en esa silla femenina con la que no estaba familiarizada-.

También me dijo que su nombre verdadero era Celia. Empezó a llamarse Cecile cuando tenía catorce años porque le parecía más bonito.

Una sonrisa melancólica tocó sus labios al evocar de nuevo la graciosa descripción que hacía su madre de su juvenil romanticismo.

–Ella decía que tenía una idea romántica con respecto a ese nombre cuando era muchacha y que nada exasperaba más a su hermano que cuando ella se negaba a responder si no la llamaban Cecile -miró a Gabriel.– Me decía que si, alguna vez, yo necesitaba demostrar mi identidad a los Penhallan, contarle eso a Cedric sería la confirmación definitiva, pues era algo que sabían sólo los hermanos.

Gabriel silbó entre dientes y asintió.

–Después de todo, si ella te dio todo eso, pequeña, supongo que no sería del todo contraria a la idea de venganza.

–No -admitió Tamsyn-. Pero ella lo habría llamado restitución -rió entre dientes. La delicadeza de Cecile en la forma de decirlo siempre había divertido a su compañero barón y ladrón-. También me dio un relato escrito y firmado por testigos acerca de su rapto -continuó, poniéndose seria otra vez. Si esa historia llegara a un periódico londinense, avalado por su hija, podría causar considerable embarazo a su hermano, ¿no lo crees así?

–Si su hermano vive aún.

–Así es -admitió ella-. Si aún vive, yo sabré qué hacer. Si no… lo que yo haga dependerá de su sucesor… del resto de la familia, en realidad. Si no tenían nada que ver con el plan de Cedric, yo no podría atribuirles la responsabilidad. Ya veremos qué haremos, Gabriel.

–¿Estás hablando de chantaje, pequeña?

Tamsyn negó con la cabeza.

–No, pienso exponer la traición de Cedric Penhallan ante el mundo entero. Pero, para que resulte creíble, yo misma debo tener una buena

reputación. Es ahí donde interviene el coronel. Una vez que yo sea reconocida como protegida de un aristócrata tan eminente, mi historia tendrá mucho más peso que si la contase una desconocida que apareciera de improviso quién sabe de dónde. Y cuando se sepa la verdad, los diamantes vendrán a mi poder sin discusiones, porque no habrá duda de que son míos por derecho.

–¿Cuánto sabe el coronel de todo esto?

Tamsyn dejó vagar la mirada por la ladera de la montaña por donde serpenteaba el sendero más ancho y frecuentado. Se veía la alta silueta del coronel lord Julian St. Simon que cabalgaba a la cabeza del tren de mulas, con seis jinetes provenientes de la aldea, armados hasta los dientes, haciendo las veces de escolta y la mula de carga que montaba Josefa cerrando la marcha.

–Nada -respondió-. No sabe nada de los Penhallan, de los diamantes ni del complot para asesinar a Cecile. Él y Wellington sólo saben que soy una huérfana con parientes en Cornwall, sola en el mundo, desesperada por hallar un hogar y una familia.

Gabriel echó atrás la cabeza y lanzó un resoplido desdeñoso.

–¡Y creyeron semejante historia! ¡Ah, pequeña! ¡Qué vergüenza! Eres capaz de hacer llorar a los soldados con tus cuentos.

–Cecile siempre decía que la caballerosidad inglesa era una debilidad muy útil -dijo ella con sonrisa complacida-. Necesito una base en Cornwall, también una introducción apropiada. Bajo la protección del coronel, instalada en su hogar familiar, contaré con ellas.

–Si yo estuviese en tu lugar, me andaría con cuidado con el coronel -

aconsejó Gabriel-. No es hombre al que le agrade que jueguen con él… por muy caballeresco que pueda ser.

–Pero yo no estoy jugando con él -dijo Tamsyn con aire juicioso-. Sólo estoy usándolo.

–Tampoco le gustará eso.

Tamsyn estuvo de acuerdo.

–No podrá hacer nada al respecto. No tengo intenciones de quedarme en Inglaterra cuando haya hecho lo que me propongo hacer; además, el coronel se sentirá tan aliviado de poder reanudar su amada guerra que para entonces tal vez le importe un comino.

–Ojalá tengas razón, muchacha.

Tamsyn no hizo más que encogerse de hombros y alzó la mano para saludar cuando el coronel miró hacia el sendero más elevado, haciéndose sombra en los ojos con la mano.

Julian no devolvió el saludo. Le fastidiaba que ella prefiriese cabalgar aparte, como si ella y Gabriel todavía estuviesen con los guerrilleros. De ese modo, él quedaba solo, contando con la arropada Josefa como única compañía. Y no se podían considerar compañía a los jinetes de la escolta.

Eran una banda de rufianes conducidos por un aldeano tuerto que no se esforzaba por disimular su suspicacia hacia el coronel inglés. De todos modos, daban la impresión de ser capaces de defender el tesoro de Tamsyn en caso de necesidad.

Él miró otra vez hacia arriba y vio que Tamsyn había dejado el sendero de cabras y que César enfilaba hacia abajo con paso seguro, entre las malezas y los cactos que crecían en la ladera de la montaña. Llegaron al sendero principal, un poco más adelante que los animales de carga, en medio de una lluvia de grava suelta.

Tamsyn no tenía dificultades para cabalgar con la silla de mujer; eso era lo que él había esperado. Se sentía tan a gusto en la silla como si hubiese nacido en ella. Con todo, sería interesante ver cómo se adaptaba a la dura silla inglesa sin espaldar. Por cierto, tendría que abandonar su exótica y mullida silla española para dar una vuelta por Hyde Park o, incluso, los tranquilos prados de Inglaterra si quería ser aceptada por los más ortodoxos.

–¿Te sientes solo? – saludó alegremente, haciendo girar diestramente su caballo para cabalgar junto a Julian.

–Me pareció que tú y Gabriel tenían una discusión muy animada -

respondió él.

En su mejilla bronceada apareció una mancha de rubor; él se extrañó al verla.

–Bueno; sólo le daba algunos detalles del plan -dijo ella-. En realidad, antes no había tenido tiempo de hacerlo.

–Entiendo. ¿Y él ha aceptado tu plan con inmediato entusiasmo?

–¿Por qué no habría de aceptarlo? – preguntó a su vez Tamsyn, reaccionando con cierta crispación al tono densamente irónico del coronel.

–Por ningún motivo en especial -replicó Julian alzándose de hombros-.

No me cabe duda de que él no ha tenido el menor inconveniente en abandonar la vida que llevaba y la tierra que consideró suya durante tantos

años. Y aunque lo tuviera, tú todavía esperarías que él hiciera lo que tú deseas.

Su voz sonó tan seca como las hojas de otoño, y el sonrojo de Tamsyn se acentuó.

–No sé qué quieres decir.

–Mi querida muchacha, sabes exactamente qué quiero decir. Cuando tú quieres algo, no cejas hasta que lo consigues. La lealtad de Gabriel le impediría negarte su apoyo y tú no tienes escrúpulos en aprovecharte de eso.

–¡Oh, eres espantoso! – exclamó ella bajando la voz-. Es horrible lo que dices de mí.

–Tú olvidas que yo también he sido barrido por tu escoba -replicó él con la misma sequedad-. No pensaste ni una sola vez en mi parecer ni en lo que yo pudiera sentir al respecto.

Tamsyn se mordió el labio, asombrada al sentir que las lágrimas le escocían los ojos por la dureza de ese juicio que no sabía de dónde llegaba.

Un juicio que, en el fondo, ella reconocía como bastante cierto. Desde aquel glorioso momento en la cueva de Aladino ellos casi no se habían visto. Ella había entendido que el coronel estaría muy ocupado con los preparativos de su viaje y con la entrega del mando de su brigada, entonces no volvió a intentar seducirlo y apartarlo de su trabajo. Pero en la mañana que salieron de Elvas, él había estado malhumorado y poco comunicativo. Con la esperanza de que su talante cambiase tras un lapso de tranquila reflexión, ella prefirió cabalgar aparte, con Gabriel. Sin duda, había sido una esperanza malograda. Su resentimiento seguía intacto.

Parpadeó rápidamente y espoleó a César para alejarse del coronel, primero al trote y luego al galope. César alzó la cabeza, olfateó el viento y luego se lanzó a galope tendido por el sendero estrecho y traicionero.

–¡Tamsyn! – gritó Julian con el corazón en la garganta, al ver a caballo y jinete tambalearse en una curva cerrada del camino, donde la montaña caía en abrupta pendiente.

Luego, los perdió de vista.

–Ha dicho algo que la perturbó, ¿verdad?

El caballo de Gabriel bajaba al trote ligero por la ladera.

–¡Ella es la bribona más maleducada e irritable que he conocido! –

exclamó Julian-. Se romperá el cuello si es que no quiebra antes una de las

patas del animal.

–No -Gabriel reforzó la negativa con la cabeza-. Dudo que sea así. Os conocéis demasiado bien. ¿Qué le ha dicho?

–Un par de verdades -dijo Julian-. Habría necesitado oírlas hace mucho.

–Siempre le sucede lo mismo -comentó Gabriel sin alterarse, ofreciéndole la bota de vino-. No le gusta que le digan que está equivocada.

Lo mismo le pasaba al barón…, sobre todo si era él quien estaba equivocado -rió entre dientes y se volvió en la silla para observar el avance de la fila de mulas que iba detrás de ellos-. Propongo que paremos bastante antes de que caiga el sol. Más arriba hay algunos sitios traicioneros y no me atrae la posibilidad de que nos tiendan una emboscada al anochecer.

–Esos bribones que eligió parecen preparados para cualquier cosa -dijo Julian, devolviendo la bota con un gesto de agradecimiento.

–Puede ser… pero no tiene sentido correr riesgos innecesarios.

–De acuerdo. Nos detendremos en la próxima aldea donde encontremos algún hospedaje.

–En el mejor de los casos, no será gran cosa -dijo Gabriel-. Al menos en esta comarca.

Siguieron andando sin ver señales de Tamsyn durante otra media hora.

Julian trató de disimular su ansiedad al ver que Gabriel estaba muy tranquilo. Se dijo que tenía derecho de reconvenirla con toda la severidad que quisiera. Ella lo había obligado a abandonar a su brigada en el momento más inoportuno, y ésa había sido una de las cosas más difíciles que él había hecho en su vida. Wellington había enviado un destacamento de soldados a Badajoz y hecho levantar una horca en la plaza central.

Algunos hombres fueron acusados de pillaje y colgados. Gracias a eso, el resto de su desmoralizado ejército había salido a rastras de la ciudad, de regreso al campamento, donde sus oficiales habían logrado restaurar, de algún modo, la disciplina. Era el peor momento para que un oficial dejara a su brigada, aunque la dejase en las competentes manos del recién promovido Tim O'Connor que sería asistido por el resto de su estado mayor.

Por lo tanto, Julian había estado de un humor de perros aquella mañana cuando salían de Elvas y no había dejado pasar la oportunidad de regañar a la causante de su fastidio. Sin embargo, el enfado que sentía al saber que ella se había aprovechado de él no le impedía afligirse por la seguridad de

ella y no pudo ocultar la sensación de alivio que tuvo al verla reaparecer galopando hacia ellos.

–Más adelante, a unos cinco kilómetros, hay un pueblo -dijo, ofreciendo los frutos de su exploración-. No es gran cosa pero hay establo para los animales y otro donde podemos poner las mercancías. Sería difícil lanzar un ataque por sorpresa sobre él y, tal vez, se pueda custodiar adecuadamente con sólo dos hombres; en consecuencia, si hacemos varias guardias, todos podremos tener unas horas de sueño.

Dirigía sus palabras a Gabriel, evitando mirar al coronel.

–¿Qué clase de albergue tiene para nosotros? – preguntó Julian en tono neutro.

Tamsyn se alzó de hombros.

–El granjero ha ofrecido su cuadra y su henil. Es probable que esté más limpio que su choza, que hierve de bichos.

El coronel asintió. Como tenían sus propias provisiones, sólo necesitaban un sitio donde refugiarse del frío de la noche en la montaña. La observó y notó que aún estaba un tanto abatida. Se sorprendió al ver que había tomado tan a pecho su reconvención; no concordaba mucho con la bandolera manipuladora que ella era en realidad, como él sabía. Aun así, ella se merecía cualquier tratamiento que él considerase oportuno.

–En adelante, me harás el favor de no desaparecer de este modo -dijo él.

–No me pareció ser recibida con mucho agrado aquí.

–¿Esperabas que te diese la bienvenida? – él clavó la vista en el camino, más adelante, con su boca apretada-. Gracias a ti, he tenido que dejar a mis hombres en las peores circunstancias posibles.

Con aire desdichado, Tamsyn se mordió el labio y dijo:

–Intentaré que el viaje y… y lo que venga…, sean placenteros para ti.

Julian le dirigió una mirada de completa incredulidad. La que ella le devolvió era cándida e ingenua. ¿Sería verdad que ella no comprendía lo que estaba haciéndole? ¿De dónde habría venido? ¿Cómo era posible que alguien llegase a la adultez tan ignorante con respecto al sentido de lo que era la responsabilidad social más elemental? Aspiró una gran bocanada de aire, intentando darle una lección aunque supiera que estaba condenada al fracaso.

–Mi querida Tamsyn, tus compensaciones son ciertamente placenteras pero ésa no es la cuestión. No puedes manipular a las personas y a los

hechos para que se ajusten a tus propios fines y luego ofrecer, tranquilamente, tu cuerpo y sus múltiples encantos con la expectativa de que eso lo resuelva todo.

–Pero es sólo por seis meses.

¡Fracaso total! El meneó la cabeza y se declaró vencido.

–No tiene sentido hablar contigo. Estoy enredado en la situación y haré lo que me he comprometido a hacer. Si podemos pasar estos seis meses en un clima de simple urbanidad, lo consideraré como un logro fundamental.

Tamsyn se puso a la par y siguió cabalgando en reflexivo silencio hasta que llegaron a la aldea. Para ella, era obvio que seis meses de la vida del coronel… un simple paréntesis en su vida, no tendrían un efecto duradero en su futuro, mientras que en el de su propia vida esos seis meses podrían significarlo todo. Y si bien para ella era obvio, el coronel ni siquiera había empezado a entenderlo.

Los habitantes del pueblo salieron de sus chozas cuando entró el grupo.

El pueblo estaba cortado en dos por el camino que constituía su única calle.

Chiquillos harapientos corrían gritando y saludando con las manos, en los vanos de las puertas había mujeres vestidas de negro, con chales echados sobre la boca y la nariz y los ojos muy negros y atentos. Los hombres aparecieron junto a los portones de pequeñas cuadras malolientes donde unos pollos flacos rascaban la tierra buscando alimento junto a mugrientas cabras.

Un arroyuelo bajaba por la ladera de la montaña hacia el centro del pueblo, donde se había construido una rústica presa que formaba un profundo estanque para proveer de agua a las necesidades de la aldea.

Tamsyn detuvo a un hombre de aspecto más próspero que los otros, que estaba ante la entrada de una choza relativamente más sólida.

–Es el mayor de la aldea -explicó-. Él es quien nos deja usar su cuadra y su establo… a cambio de algo, por supuesto.

Gabriel desmontó y se acercó al hombre.

–Él no quiere negociar conmigo -explicó Tamsyn al coronel-, porque estoy vestida de mujer. Si hubiese estado vestida como un guerrillero, me habría tratado como a una igual.

Julian no hizo otra cosa que arquear una ceja y alzarse de hombros.

–Al menos, un traje de montar es más cómodo para usar que un vestido

-insistió Tamsyn, intentando obtener una respuesta explícita-. Debajo llevo

los pantalones, entonces lo siento casi normal. Aun así, sigue siendo una desventaja en una situación como ésta.

–Pues, más vale que te habitúes – aconsejó él, como había hecho antes, optando por responder a sus observaciones como si fueran quejas-. Las mujeres no se comportan como los hombres en la sociedad inglesa… al menos si desean ser aceptadas.

Tamsyn dejó de hacer intentos de conciliación.

–El barón consideraba a Cecile su igual en todo -dijo con vehemencia.

La expresión de Julian contenía una mezcla de cortesía y escepticismo.

–Eso significa que era un hombre muy poco común.

Saltó al suelo y ayudó a apearse a Tamsyn antes de que ella pudiese saltar con su habitual agilidad a pesar de la gran alzada de César. Cerró su mente a la sensación del cuerpo de ella en sus manos, al perfume de su piel, que le hacía dar vueltas la cabeza evocándole voluptuosos recuerdos.

–Las mujeres siempre permiten que los hombres les ayuden en ciertas acciones, por ejemplo, montar y desmontar, apearse de carruajes y tomar asiento -informó él con el aire de un tutor concienzudo, mientras la dejaba en el suelo.

–¡Bah! – dijo Tamsyn, desdeñosa-. Mis piernas están perfectamente bien.

–Ya lo sé, pero debes aprender a fingir que aceptas el mito del sexo débil y demostrar que aprecias esas menudas cortesías caballerescas.

La expresión de Tamsyn era de agudo desagrado y Julian empezó a divertirse.

–A menos que prefieras desistir de todo -concluyó, como al descuido.

Tamsyn le sacó la lengua en gesto infantil que de algún modo expresaba exactamente lo que sentía. El coronel se echó a reír enfadándola aún más y se encaminó a donde Gabriel y el granjero estaban concluyendo sus negociaciones. Permaneció de pie, golpeando sus guantes en la palma de la mano, mientras echaba una mirada al pueblo para evaluar sus ventajas estratégicas.

–Si apostamos guardias en cada extremo de la calle podremos estar a salvo de merodeadores que se aproximen de manera convencional.

–Sí, pero siempre podrían llegar desde arriba -observó Gabriel mirando hacia la montaña que se cernía sobre la aldea-. Tendremos que vigilar el

establo mismo. Yo haré la primera guardia con tres hombres. Usted haga la segunda… si le parece bien -añadió, casi como si fuera una idea adicional.

–¿Quién podría saber qué es lo que llevamos?

–Nadie o cualquiera -Gabriel frunció el entrecejo-. En esta tierra, las noticias se difunden como el fuego, coronel. Y hay ojos por todas partes.

Tal vez no sepan qué tenemos, pero a esta altura sabrán que llevamos algo que vale la pena defender y, ¿por qué no?, robar.

–Bien, acampemos como podamos.

Julian volvió junto a la caravana de mulas y vio que Josefa y Tamsyn ya estaban llevando bultos al patio del establo; ésta iba apartando la falda de su traje de montar con los pies y farfullando, irritada. De pronto, se detuvo, dejó caer su carga al suelo, y desabrochó rápidamente la falda quitándosela con visible alivio y dejando al descubierto sus miembros inferiores enfundados en pantalones de cuero blando. Lanzó una mirada a Julian con cierto atisbo de desafío mientras hacía un bulto con la falda y lo ponía bajo el brazo.

Él prefirió fingir que no lo había notado y volvió junto a la fila de mulas.

Tamsyn y Josefa se ocuparon de encender fuego en el patio de la granja y de preparar la comida. Julian, atareado con los hombres que se ocupaban del tesoro y organizaban la defensa, se sorprendió al ver la facilidad con que Tamsyn asumía las responsabilidades domésticas. Él habría esperado que ella trabajase con los hombres dejando la parte femenina de las operaciones a Josefa. Pero las dos mujeres parloteaban alegremente y pronto el grato aroma del café se elevó en el aire nocturno.

Julian se aproximó a ellas.

–Aquí hay algo que huele muy bien.

– Polenta -dijo Tamsyn, levantando la vista de la olla que estaba revolviendo con una gran cuchara de madera-. Hay un pequeño barril de vino que es preciso espitar. ¿Lo harías, por favor? Los hombres tendrán sed… Oh, está bien, lo hará Gabriel.

Josefa murmuró algo mientras salteaba una sartén con setas en el fuego; Tamsyn le echaba una rápida mirada.

–Oh, caramba.

–¿Qué pasa?

–Bueno, Josefa tiene miedo de que esta noche Gabriel se ponga alegre.

Dice que ha pasado un mes, por lo menos, desde la última vez que se permitió descontrolarse con un barril de vino, y ahora tiene buena compañía para hacerlo.

–No se pondrá borracho perdido sabiendo que tiene que custodiar el tesoro, ¿no es verdad?

–Bueno; él jamás bebe tanto -dijo Tamsyn-. Sólo se pone agresivo, si uno le lleva la contraria. El tesoro estará tan a salvo con Gabriel borracho como sobrio, te lo aseguro.

–Él quiere hacer la primera guardia.

–Entonces, es que quiere emborracharse -dijo Tamsyn, convencida-. Lo ha planeado así para poder dormir después y levantarse como nuevo mañana. Revuelve esto, por favor. No tiene que pegarse. Yo tengo que ir al excusado.

Julian se encontró con que ella le había plantado la cuchara en la mano sin mucha ceremonia y se alejaba saltando sobre las piedras en dirección a la letrina del pueblo, detrás de las últimas casas.

Gabriel se acercó con dos jarras de vino tinto.

–¿Bebe, coronel? Santa María; qué sed tengo esta noche.

–Gracias -dijo Julian, aceptando la jarra-. Y supongo que tiene intenciones de saciarla.

Gabriel echó una mirada a Josefa, todavía murmurando y cortando cebollas en tajadas.

–La vieja ha estado hablando, ¿eh? Bueno, a uno le hace bien, de vez en cuando. Lo invitaría a que se una a mí, pero usted necesita dormir mientras hago la primera guardia y yo lo haré en la segunda, coronel.

Rió con gran fuerza y yació su jarra de un solo e interminable trago.

–A decir verdad, no es mi estilo -dijo Julian-. Si esos aldeanos que ha traído perdieran la conciencia, estaríamos en malas condiciones para defendernos.

–Oh, yo no beberé con ellos -dijo Gabriel-. Beberán uno o dos vasos con la cena pero se mantendrán sobrios, a menos que quieran sentir mi látigo en sus espaldas; ellos lo saben. No -dijo, dichoso-. He descubierto a ciertos amigos en la aldea. Un poco de dados, otro poco de naipes… eso relaja a un hombre.

Julian alzó una ceja pero no lo contradijo. El aceptaría lo que la noche trajera.

Después de la cena, un grupo de hombres llegó desde la aldea trayendo otra barrica de vino. Saludaron a Gabriel con muchas palmadas en la espalda y puñetazos en los hombros y se instalaron en un rincón del patio a jugar a los dados sobre un barril dado vuelta.

Tamsyn volvió desde el arroyo con Josefa, donde habían estado limpiando los tazones y fuentes de la cena.

–Ya está bien adelantado -comentó, mientras guardaba los cacharros en una alforja con hábil eficiencia doméstica que, una vez más, sorprendió a Julian.

Josefa seguía murmurando, lanzando turbias miradas a los hombres que jugaban en un rincón del patio. Por fin, sacó una manta y la extendió sobre las piedras, puso encima la alforja a modo de almohada y se acostó enseguida envolviéndose con sus varios chales, mantillas y capa.

Tamsyn se echó a reír y susurró:

–Cuando él empieza así, ella no lo pierde de vista. Y no se podría decir que él se lo agradezca. Si llegara a entremeterse, la insultaría de arriba abajo.

Julian alzó la vista hacia el cielo de terciopelo negro con su mágico panorama de estrellas. Ya se sentía el frescor del aire y una brisa fría bajaba desde la montaña.

–Sería conveniente que fueras a dormir un poco en el henil.

–¿Y tú?

Tamsyn cargó un rollo de mantas sobre su hombro. Y aunque daba la impresión de aplastar su figura diminuta, ella las llevaba con elegancia.

–Me acostaré en cualquier sitio -respondió él, restándole importancia.

–Pero yo podría tender la cama para nosotros dos, en el altillo -dijo ella; sus dientes brillaron en la oscuridad cuando sonrió para incitarlo-. En el heno será agradable.

–Por el amor de Dios, muchacha, ¿qué debo hacer para que lo entiendas? – preguntó por lo bajo, en tono furibundo-. Sube al pajar y duerme un poco. Yo voy a hablar con Gabriel.

Julian se volvió para no ver la expresión herida de la muchacha, que le recordó a un cachorrillo apaleado, y se encaminó hacia el bullicioso grupo.

Gabriel levantó la vista; ya tenía los ojos inyectados en sangre pero su expresión era jovial.

–¿Hay algo que pueda hacer por usted, coronel?

Julian negó con la cabeza y sacó su reloj.

–Lo relevaré a las dos.

–Ah; me parece muy bien -dijo el gigante con serenidad, intentando guiñar y logrando entornar los ojos- Mucho antes de eso, seré un hombre rico -arrojó los dados y rió al ver que había sacado tres seis-. Esta noche no puedo hacer nada malo.

Los hombres que lo rodeaban estallaron en carcajadas, y el mayor de la aldea volvió a llenar el jarro de Gabriel en una tinaja de barro que tenía entre las piernas. Julian dedujo que el vino estaría fortificado con el áspero coñac de la región, que quemaba el estómago. Esa mezcla era capaz de hacer caer bajo la mesa a un hombre normal después de un par de tragos.

Echó una mirada en derredor, por el patio. Gabriel había apostado a sus centinelas demostrando bastante sensatez. Uno de ellos estaba en la retaguardia, al pie del sendero de cabras que descendía como una serpiente desde las alturas. Tenía una antorcha clavada a sus pies, un rifle entre las rodillas, y fumaba una apestosa pipa. Los otros dos estaban apostados en cada extremo de la aldea custodiando la calle principal. Gabriel se había sentado de modo que veía las entradas del patio y del establo donde estaba guardado el tesoro.

¡Pero si ese hombre no podía ver bien, de tan ebrio!

Julian decidió que vigilaría también durante el turno de Gabriel. En los cuatro años que llevaba la campaña en la Península había pasado muchas noches sin dormir: una más no le haría daño. Se volvió hacia la cuadra.

–Mantenga a la niña cerca de usted -gritó Gabriel a su espalda en una voz menos espesa de lo que hubiese esperado.

Julian miró hacia atrás. Gabriel le dirigió un significativo gesto con la cabeza. Ebrio o sobrio, la seguridad de su pequeña era lo más importante para él.

Julian levantó una mano indicando que había oído y entró en la cuadra.

Los otros tres jinetes estaban durmiendo en el suelo, roncando en medio de la paja hasta que fuese la hora de su guardia. Él se sentó en un rincón, cerca de la escalera que subía al pajar, se envolvió apretadamente en la capa y se preparó a esperar que Tamsyn estuviese profundamente dormida.

Después de media hora, supuso que ya no correría riesgos si subía al henil. La tentación estaría bien dormida. Trepó sigilosamente la escalera.

Tamsyn había extendido las mantas y estaba acurrucada en un cómodo nido de heno. La luz de la luna que se derramaba por el tragaluz plateaba su pelo, y su respiración profunda y regular llenaba el fragante espacio.

Julian fue de puntillas hasta la ventana que daba al patio. Pudo ver con claridad a Gabriel y a sus compañeros de juerga: parecía una escena pacífica y jovial.

Volvió a mirar a la durmiente: lo único visible en ese nido formado por el heno y las mantas era su pelo platinado. ¿Cómo era posible que una muchacha tan alocada y poco común tuviese la esperanza de abrirse camino en la sociedad inglesa; que esperase convencer a cierta altiva familia oriunda de Cornwall, tan puntillosa en lo tocante al linaje y a la posición, de que la admitiesen en su seno? Siempre persistía la posibilidad de que ella se hubiese equivocado con respecto a la posición social de su madre y que su familia fuese, simplemente, de terratenientes nobles o hacendados. Si así fuera, ella podría tener más posibilidades de conquistarlos. Pero convertir a esta bastarda de un bandido en una aristócrata inglesa era el delirio de un lunático. Harían falta mucho más que seis meses para lograr semejante milagro. Y sería preciso contar con un hacedor de milagros mejor de lo que él creía ser. Se tranquilizó recordando que no había asegurado el éxito. Sin embargo, él no podía tolerar el fracaso: nunca había podido.

Pesaroso, reanudó su observación del patio. Perdió noción del tiempo contemplando las ascuas relucientes de la hoguera y el parpadeo de la antorcha que iluminaba a los jugadores de dados pero de pronto atisbó una silueta oscura que se escurría detrás del establo de las mercancías.

Parpadeó, pensando si no sería un truco de la luz cambiante, hasta que oyó vociferar a Gabriel que se puso de pie con un salto haciendo caer el barril que rodó sobre las piedras. En su mano, salido quién sabe de dónde, apareció una porra, que él hacía girar en un arco mortífero.

Julian ya se deslizaba escalera abajo con una pistola en la mano cuando Tamsyn se incorporó, completamente despierta, y escuchó atentamente la conmoción que llegaba desde abajo.

Los tres jinetes seguían durmiendo en el heno, al pie de la escalera; Julian, impaciente, los pateó intentando despertarlos. Pero su pie dio con algo y vio una vasija de barro similar a la que había visto en el patio. La

levantó y la olió. En ella había habido coñac y algo más: el fondo estaba cubierto de un residuo pulvurulento. Gabriel les había prohibido beber después de la cena pero era evidente que alguien los había provisto de licor al que habían echado un narcótico.

Corrió hacia el patio. Gabriel estaba rodeado por los hombres con quienes habían estado bebiendo y blandía su porra lanzando un sanguinario grito de guerra de las Highlands, rechazando a los sujetos que lo atacaban; se veía la luz de la luna brillando en los aceros.

Julian sacó su curva espada de caballería y se lanzó a la refriega. No cabía duda de que la amenaza que debía preocuparles provenía de la propia aldea. Pudo ver en el suelo la silueta oscura del otro centinela y supuso que lo habría despachado aquella sombra que él había entrevisto desde el altillo y que las otras dos entradas a la aldea también habrían sido copadas desde la retaguardia. Pero si habían tenido la intención de poner fuera de combate a Gabriel con la misma sustancia que habían dado a los jinetes de la escolta, habían calculado mal.

Ese hombre era un león; seguía lanzando su grito de guerra. Sus ojos brillaban, enrojecidos, a la luz de las antorchas que habían usado para jugar, y recibió la llegada de Julian con una mueca feroz que desnudó sus dientes y que Julian interpretó como: "Bienvenido a la pelea".

Cuando los dos combinaron la porra y la espada, los atacantes comenzaron a retroceder; entonces, de pronto, también apareció Tamsyn en medio de ellos. Se apoderó de una de las antorchas encendidas y la incrustó en la cara de un hombre que blandía un terrible cuchillo serrado. El sujeto se cubrió la cara dando un grito y el cuchillo cayó con estrépito sobre las piedras. Ella se arrojó al suelo y arrebató el cuchillo. Ya los hombres salían corriendo del patio perseguidos por Gabriel y Julian y por la airada Josefa que, para asombro de Julian, tenía en sus manos una escoba que usaba como un arma letal.

–¡ Madre de Dios! – dijo Gabriel mientras cerraban los portones del patio. Se enjugó el sudor de la frente con su antebrazo y sonrió-. Ahora estoy convencido de que pensaron en emborracharme.

Echó a reír estrepitosamente y sus hombros macizos se sacudieron de risa.

–Han aderezado el vino con algo más que coñac -dijo Julian-. Aquellos tres -agregó, señalando con la cabeza hacia el cobertizo-, están fuera de

combate.

–Pedro tiene en la cabeza un chichón del tamaño de una manzana, pero está vivo -Tamsyn corrió con Josefa a examinar al centinela golpeado-.

¿Qué pasó con los dos de la aldea?

–Ojalá que no estén peor -dijo Julian, mirándola con el entrecejo fruncido-. Qué truco peligroso, el de la antorcha. Podrías haber incendiado el cobertizo.

–Tuve cuidado -replicó ella-. Y resultó.

–Sí; eso lo admito. Pero sigo pensando que fue una tontería.

Tamsyn se encogió de hombros.

–En una emergencia, uno usa las armas que tiene a mano.

Julian no pudo contradecir esa lógica. Sabía que él hubiese hecho lo mismo. Se volvió hacia Gabriel, cambiando abruptamente de tema.

–Será mejor que nos quedemos aquí hasta el amanecer y luego levantemos campamento.

–Sí -Gabriel hizo un gesto afirmativo-. Recogeremos a los otros dos cuando salgamos. Dejemos que los otros se recuperen. Será conveniente que, cuando salgamos, hagamos alarde de toda la fuerza posible, aunque dudo de que estén demasiado impacientes por repetir el encuentro. Mujer, haz más café.

Sin decir palabra, Josefa dejó la escoba y fue hacia la hoguera, donde aún ardían los rescoldos.

–Ayúdame a cargar las mulas – pidió Julian a Tamsyn, que se acercaba con vivacidad, sus ojos echando chispas a la luz del fuego, su cuerpo vibrante de energía como consecuencia de la excitación-. Quiero estar listo para partir en cuanto el cielo empiece a aclarar,

–No nos causarán más problemas -dijo Tamsyn, confiada-. Es una banda de lamentables incompetentes -sonrió-. El barón jamás los habría aceptado en su banda. Sus ataques jamás fracasaban.

Julian prefirió abstenerse de hacer un comentario.

Dos horas después, salieron como trombas al patio, Julian con su espada lista, a la cabeza de la columna, Gabriel a la retaguardia con su caballo de guerra, blandiendo su espada de dos filos y lanzando su grito de pelea.

Entre ellos dos, Tamsyn guiaba las mulas cargadas haciendo restallar una fusta para mulas con alegre ferocidad y los tres jinetes de escolta, no