La vengadora
Capítulo 2
que permanecería despierto el resto de la noche.
2
Tamsyn se despertó al cabo de dos horas. Como siempre, pasó del sueño a la vigilia sin ninguna transición. Su mente estaba clara, su cuerpo renovado, y ella recordaba con perfecta lucidez los acontecimientos que la habían llevado a ese lugar. Excepto… lo que no podía entender era qué había sucedido para provocar ese primer beso. No tenía sentido. Odiaba y despreciaba a todos los hombres con uniforme militar y, sin embargo, había besado a éste, un hombre que la mantenía presa sin ninguna justificación, en esa mugre. Lo había besado y le había gustado. Su gozo la había sacudido de tal manera que lo había castigado a él con una violenta injusticia; sabía que se había ganado la áspera réplica de él.
Abrió los ojos y miró hacia donde estaba el coronel inglés. Estaba sentado junto al fuego, con una manta de establo sobre los hombros, la cabeza colgando sobre el pecho. Sin embargo, el fuego aún estaba encendido, lo cual indicaba que no había pasado mucho tiempo desde que se había dormido.
Ella tenía las manos juntas sobre el regazo, bajo la capa. Con los ojos fijos en ese cuerpo relajado, deslizó las manos por su pierna, tanteando la cuerda anudada a su tobillo. Si no hubiese movido sus pies, la tensión y el juego de la cuerda habría permanecido iguales, y su captor no habría percibido el cambio en su extremo.
–Ni lo piense.
La voz era fría y cortante, y cuando él alzó la cabeza, ella vio que sus ojos eran agudos y brillantes a la luz del amanecer. Si había estado dormido, dormía como un gato, pensó Tamsyn, pesarosa.
Ella fingió no haber entendido lo que él quería decir.
–Necesito ir afuera -dijo, bostezando y estirándose; añadió en tono acre-: Supongo que puedo hacerlo.
–No tengo objeciones -respondió él sin alterarse, mientras se levantaba.
Cuando ella estuvo de pie, él dio a la cuerda un pequeño tirón, como animándola-. Venga. No tenemos todo el día.
Tamsyn lo maldijo por lo bajo y echó a andar con agilidad tras él con sus pies amarrados, hasta que salieron al exterior, para encontrarse con un bello amanecer.
El cielo estaba despejado, el sol era una resplandeciente bola sobre el horizonte, y el aire tenía un aroma fresco y limpio. El bosquecillo estaba lleno de cantos de pájaros, y los hombres del Sexto estaban despertándose, poniendo ollas con agua sobre las hogueras y ocupándose de los caballos.
Lanzaban miradas curiosas al coronel y a su prisionera, que caminaban hacia el río.
–Detrás de esas rocas, tendrá suficiente intimidad -comentó el coronel, señalando una prominencia en la orilla del río-. La cuerda es bastante larga; yo estaré detrás de las rocas.
–Es usted muy considerado, coronel.
–Sí, creo que lo soy -admitió él con sonrisa despreocupada, sin hacer caso del tono irónico de la muchacha.
–¿Qué es lo que quiere de mí? – preguntó ella.
Había hecho la misma pregunta la noche anterior, pero todo se había vuelto muy confuso entonces, y no había recibido una respuesta clara.
–Wellington quiere hablar con usted -respondió él-. Por lo tanto, yo la llevaré a su cuartel general, en Elvas.
–¿Como prisionera? – indicó con un gesto la cuerda que la sujetaba-.
¿Por qué necesita todo esto, si se trata de una simple conversación?
Su voz estaba cargada de sarcasmo.
–¿Acaso La Violette aceptaría una invitación del comandante en jefe del ejército de Su Majestad en la península? repuso él, en el mismo tono.
–No -contestó ella con llaneza-. No tengo simpatía por los ejércitos, luchen por quien luchen. Y cuanto antes este país se libre de ustedes, mejor
-con expresión ceñuda, contempló la bola roja del sol que ascendía-.
Ustedes no tienen más derecho que Napoleón a inmiscuirse en los asuntos de España. Y ustedes no son mejores que él.
–Pero, por desgracia, ustedes nos necesitan para echarlo a él -dijo él, persistiendo en su irritación-. Y Wellington necesita cierta información que usted puede proporcionarle, y que usted, mi querida muchacha, le dará. Y
ahora, le ruego que se dé prisa.
Hizo un gesto impaciente en dirección a las rocas.
Tamsyn no obedeció de inmediato. Este coronel inglés era demasiado suficiente, como los demás de su especie. Echó una breve mirada al río, y luego dijo:
–Me gustaría darme un baño. Tengo la impresión de haber estado sentada en el barro durante días.
–¿Bañarse? – Julian se quedó mirándola, aturdido por el abrupto cambio de tema-. No sea ridícula. El agua estará helada.
–Pero el sol está tibio -señaló ella-. Y yo me he bañado toda mi vida en ríos como éste. Sólo quisiera sumergirme una vez en el agua, para quitarme lo más grueso de la mugre -lo miró con ojos suplicantes-. ¿Qué puede haber de malo en ello?
Él vaciló, a punto de negarse, pero antes de que pudiese hacerlo, ella se tironeó de la camisa y se pasó una mano por los cortos cabellos.
–Estoy mugrienta. Mire mis manos -las extendió para que él las inspeccionase-. Y mi pelo es un asco. ¡No puedo soportar mi propia piel! Si debo conversar con su comandante en jefe, al menos permítame cierto grado de dignidad.
A él lo divirtieron su nariz fruncida y su mueca de disgusto, aún después de haberse enfadado por el desdén de sus anteriores comentarios.
Era indiscutible que estaba sucia. Él mismo conocía las miserias de esa clase de vida; después de haber estado marchando durante días en todo tipo de clima, de dormir sobre suelo barroso y bajo setos vivos, podía suceder que un hombre no pudiese borrar de sus narices el olor de su propio cuerpo.
Él tenía la responsabilidad de llevarla a ella al cuartel general en Elvas.
Pero podría acceder a pedidos razonables sin poner en riesgo esa responsabilidad.
–Morirá congelada -dijo-. Pero, silo desea, entonces puede hacerlo…, tiene dos minutos.
–Le agradezco -se quitó los zapatos y lo miró, expectante-. ¿Puedo desatar la cuerda? Si se moja, quedará insoportablemente apretada.
–Hágalo -accedió él-. Pero si intentara huir de mí, amiga mía, la atraparé y la haré caminar hasta Elvas, atada a mi estribo.
En los ojos de ella relampagueó el enfado, convirtiendo ese púrpura intenso en negro, casi, pero se desvaneció rápidamente. Se encogió de hombros como si aceptara la imposición de él, y se inclinó para desatar la cuerda. Se quitó las medias, se desabrochó los pantalones, y se los sacó, haciéndolos a un lado a puntapiés. Cubierta sólo con sus bragas de lino y su camisa, se volvió para caminar hasta el río.
De súbito, Julian sintió la corriente de energía que brotaba de ella, igual a la que había sentido el día anterior, mientras la llevaba en su montura. El propósito y la decisión estaban impresas en cada una de las líneas de su cuerpo. La sujetó del brazo.
–Un minuto.
Miró hacia el río, a la orilla de enfrente. Si bien el agua corría mansamente, había una ondulación que indicaba una corriente subfluvial, a pocos metros de la orilla más cercana. Era poco probable que ella pudiese nadar hasta el otro lado… poco probable, pero no imposible. Era preciso tener en cuenta que se trataba de La Violette.
–Quítese toda la ropa.
–¡Qué! ¿Toda? ¿Delante de usted?
Parecía indignada y, sin embargo, a él no lo convencía ese despliegue de pudor virginal.
–Sí, toda -afirmó él, sin alterarse-. Creo que ni siquiera usted sería capaz de marcharse desde la otra orilla completamente desnuda.
–¿Qué le hace pensar que puedo nadar hasta tan lejos? – sus ojos se agrandaron expresando inocencia-. Hay como ochocientos metros hasta la otra orilla y una fuerte corriente debajo de la superficie. No soy tan buena nadadora.
–Tendrá que perdonarme que no le crea eso -respondió él, con tanta calma como antes-. Si desea bañarse, tendrá que hacerlo sin ropa. De lo contrario, quizá prefiera hacer lo que tiene que hacer detrás de las rocas y volver al campamento.
El semblante de ella se llenó de pesar. Aunque fue una expresión pasajera, él la detectó y comprobó que tenía razón. La Violette había pensado en escaparse.
Tamsyn se volvió de espaldas a él y se desabotonó la camisa. Maldito sea ese canalla perspicaz. Habría sido muy sencillo nadar hasta la orilla opuesta, y no hubiese necesitado ir muy lejos hasta encontrar algún granjero dispuesto a prestarle ayuda. Pero una cosa era andar por el campo con camisa y calzones empapados y otra muy diferente hacerlo desnuda.
Repasó rápidamente las alternativas en su cabeza, mientras sus ojos se deslizaban por la ribera, buscando algo que pudiese ayudarla. El terreno era relativamente llano y cubierto de musgo; ella podía correr como el viento si contaba con una buena ventaja. A unos cien metros, el suelo se elevaba
formando una pequeña colina, coronada por una masa de arbustos y maleza.
Si lograba llegar allí, podría adelantarse como un zorro perseguido por sabuesos. Ningún soldado inglés sería capaz de encontrar a La Violette en su propio territorio.
Tiró la camisa al suelo, aflojó la cuerda que le sujetaba los calzones en la cintura, y se tos quitó. St. Simon había tenido razón al deducir que su prisionera no se preocupaba demasiado por el recato, salvo que sirviera a sus propósitos fingir que así era. No era como una doncella hija de hidalgo, criada en un convento; ella había crecido en el ambiente rudo de un campamento de bandidos, donde había tomado contacto desde muy pequeña con los hechos de la vida. Además, en este momento estaba demasiado concentrada en tratar de huir como para preocuparse de la mirada del coronel sobre su cuerpo.
Recogió sus prendas, las dobló con cuidado y las dejó en el suelo, cerca de la roca. Ése era un mínimo gesto de pulcritud que a St. Simon le resultó un tanto incongruente. Pero, antes de que pudiese discernir qué era lo que no le convencía, ella se dio la vuelta de cara a él con los pies un poco separados, los brazos en jarras, sin otra cosa encima que un medallón de plata de complicado diseño, colgando de una fina cadena.
–¿Satisfecho, coronel?
Por un momento, él ignoró la pregunta de doble filo que le presentaba un desdeñoso desafío. Sus ojos recorrieron el cuerpo delgado, tenso, que parecía vibrar de energía. Comprendió que la ilusión de fragilidad se debía a su pequeña estatura; al verla desnuda, comprobó que tenía un cuerpo compacto, con los músculos esbeltos de un atleta, elástico y erguido. Su mirada se detuvo en los pequeños pechos puntiagudos, la leve curva de las caderas, la mata de pelo claro en la parte baja de su vientre.
Era un cuerpo pequeño y muy deseable. La respiración del hombre se aceleró, y las aletas de su nariz se agitaron mientras él se debatía en un torrente de excitación. Debía de estar perdiendo la cabeza para haberse puesto a sí mismo en semejante situación. ¿Por qué diablos había consentido en permitir que se bañara en el río? Lo había hecho; ahora era demasiado tarde.
Cuando pudo controlar sus emociones otra vez, levantó sus ojos, posó su mirada en el rostro de ella y vio, con cierta oscura satisfacción, que la
había perturbado. Había menos certidumbre y desafío en su postura, y su mirada esquivaba la de él. Era una recompensa por su inesperada reacción.
–Perfectamente -dijo, marcando las palabras-. Estoy perfectamente satisfecho.
La ira borró el desconcierto del semblante de ella; se adelantó un paso, y durante un segundo él creyó que ella volvería a pegarle. Silo hacía, lo lamentaría.
Tamsyn leyó el mensaje en los ojos de él y en el modo casi imperceptible en que el cuerpo de él se preparaba. El impulso de pegarle murió tan rápidamente como había surgido; ella se dijo que estaba perdiendo tiempo. Ya había completado su plan; enzarzarse en esta perturbadora batalla de voluntades era tan inútil como pernicioso. Sin agregar otra palabra, se volvió y caminó hasta el borde de la alta ribera.
Julian la vio hacer equilibrio sobre el agua. La vista de atrás era tan tentadora como la de adelante, pensó él, soñador. En ese momento, ella se elevó sobre sus pies, levantó los brazos y se zambulló limpiamente en el río de rápida corriente.
El agua corría con fuerza, y la ondulación provocada por la corriente era una ancha banda que comenzaba a un metro y medio de la orilla. Un martín pescador se zambulló en la corriente dejando como una estela de azul intenso y emergió con un pescado que parecía lanzar chispas de plata en los rayos del sol. Pero no había ni rastros de La Violette. Fue como si se hubiese zambullido y desaparecido.
La alarma apretó su garganta. ¿Era posible que se hubiese enredado en las traicioneras malezas que él veía ondulando, gruesas y verdes, debajo de la superficie?
¿Era posible que nadase bajo el agua hasta la orilla opuesta? Su mirada voló hasta la pulcra pila de ropa. Seguía estando en el suelo, junto a la roca.
Él había cubierto ese posible punto de escape. Sus ojos escudriñaron la superficie del agua. No había nada. Ni una señal. ¿Cuánto hacía que ella se había sumergido? Unos minutos.
Sin haber tomado una decisión consciente, él ya se quitaba las botas y arrancaba los botones en su prisa por sacarse la chaqueta. Arrojó sobre la hierba el cinturón con la espada, se quitó de prisa los pantalones y la camisa y se zambulló en el río, lo más cerca posible de donde creía que había caído su prisionera.
Emergió, castañeteando los dientes, de esas aguas heladas que provenían de la nieve de la sierra. Nadie podría sobrevivir en esa temperatura más que un par de minutos. Contempló la tersa superficie del río, mientras se sacudía el agua del pelo. Nada. Ella había desaparecido tan completamente como si jamás hubiese existido.
Volvió a zambullirse, abriéndose paso entre el bosque de cañas, con los ojos abiertos, buscando con la vista un miembro pálido, la ondulación de unos cabellos que le indicasen que ella había quedado atrapada.
Tamsyn emergió más allá de las rocas en cuanto oyó la salpicadura que él provocó al zambullirse. Ella también estaba temblando de frío, y su pelo era como una gorra oscura, mojada, pegada a la cabeza. Pero en sus ojos había un brillo triunfal, y una sonrisa curvaba sus labios morados. Había sido aventurado apostar a que él se zambulliría en pos de ella sin pensarlo un instante, pero su madre le había contado, en tono jocoso, muchas anécdotas que ilustraban la así llamada y a menudo inoportuna caballerosidad inglesa. Era evidente que este coronel inglés no era una excepción a la regla.
Ella trepó a la orilla, oculta del nadador por las rocas, y se sacudió para quitarse el agua del cuerpo con el vigor de un perro pequeño. El sol infundía calor a su carne helada, mientras ella corría para recoger la ordenada pila de ropa.
Julian emergió en procura de aire, aterido de frío, convencido de que no debía permanecer un minuto más en el agua, pero obligándose a otra zambullida más para echar un ultimo vistazo. Cuando se disponía a hacerlo, echó una mirada hacia la orilla y vio una silueta clara contra las rocas, que desapareció en un instante. No fue más que una visión fugaz, pero él supo de qué se trataba, sin pensarlo, siquiera.
Su bramido de furia repercutió en la apacible mañana, a orillas del Guadiana. Un sarapico emitió un chillido, imitándolo, y una bandada de patos salvajes se elevó desde sus nidos entre las cañas, batiendo las alas, alarmados, mientras él iba hacia la orilla.
Tamsyn se maldijo a sí misma y echó a correr a toda velocidad sobre el suelo llano y musgoso, hacia la pequeña colina cubierta de malezas. No intentó vestirse, sino que se limitó a apretar la ropa contra su pecho mojado.
El la había visto por pura mala suerte, si bien ella calculaba que, de todos
modos, llevaba suficiente ventaja. Él todavía tenía que trepar a la orilla, y ella era más veloz que un soldado corpulento.
Pero Julian había sido velocista en sus días de escolar, y sus largas piernas devoraban la distancia entre ellos. Corría acicateado por una furia ciega hacia sí mismo por haber sido tan ingenuo y hacia su presa por haberlo tomado por tonto. Él jamás había fracasado en nada que se hubiese propuesto lograr, y no quería ser derrotado en esta ocasión por una bandida con aspecto de flor, tramposa, ladrona, mercenaria.
Se acercaba a ella, mientras el agua del río se convertía en sudor en su piel desnuda, pero ella casi había llegado a la colina; él sabía que si ella lograba ganar la maleza, sus posibilidades de encontrarla eran remotas. El y sus hombres podrían batir la espesura durante horas, pero la experiencia le había enseñado que los guerrilleros eran capaces de desaparecer sin dejar rastros en esta tierra.
Ahora, la respiración de Tamsyn era una especie de jadeo mezclado con sollozos, a medida que se acercaba a la elevación. Podía sentir, más que ver, a su perseguidor, y el blando musgo de la orilla ahogaba el ruido de sus pisadas, igual que las de ella. Sin embargo, ella sabía que él estaba acercándose. Con un último esfuerzo, acometió la cuesta, pero entonces su pie tropezó en una sinuosa raíz que sobresalía de la superficie de la tierra.
Cayó de rodillas lanzando un grito de ira que se convirtió en un chillido de furia y alarma cuando Julian se abalanzó hacia delante y sus dedos se cerraron en torno del tobillo de Tamsyn. Ella no se había percatado de que estaba tan cerca. Desesperada, lo pateó con el pie libre, pero él no la soltó ni cuando el pie de ella alcanzó su mentón. Las manos de la muchacha arañaron las sinuosas raíces tratando de encontrar un sitio firme para poder sostenerse y soltarse de él, pero él le había atrapado el otro pie. Sus dedos resbalaron por las raíces y se soltaron, mientras él la arrastraba a los tumbos y ella sentía que la piel desnuda dé su vientre y sus pechos se raspaba en el suelo, lleno de pequeñas ramas y piedras.
–¡ Espadachín! – gritó ella, retorciéndose para darse vuelta, con sus dedos convertidos en garras, extendidos hacia la cara de él-. ¡Me hace daño!
–Quería tomarme por tonto, ¿no es así? – dijo St. Simon, furioso-.
¡ Diablillo! ¡Pequeña mona tramposa, maldita taimada! – le sujetó las manos que se acercaban a su cara, y le levantó los brazos por encima de la cabeza,
apretándolos contra el musgo-. Déjeme decirle, mi muchacha, que hace falta ser algo más que una bandida descarriada para vencerme.
Tamsyn retorció su cuerpo hacia los costados, intentando levantar las piernas para proyectarlas contra él, pero él se abalanzó sobre ella quedando a horcajadas, sentado sobre sus muslos con todo su peso, de tal modo que ella quedó incrustada en el suelo, con los brazos y la cabeza maniatados, el cuerpo aplanado.
–¡ Espadachín! – escupió ella otra vez-. Puede que yo sea una bandida, pero usted es un bruto y un prepotente, coronel. Deje que me levante.
–No.
Esa llana negativa la dejó estupefacta. Lo miró fijamente a la cara, y vio que estaba sereno y tranquilo como si estuviese sentado en una sala. Parecía estar muy cómodo. Ella sentía la lana mojada de los calzones que raspaba la piel de sus muslos. El no se había arrojado al río completamente desnudo.
Su atónito silencio no duró más que un segundo; a continuación, lanzó un ataque verbal de tal riqueza y variedad, que el coronel se quedó boquiabierto. Ella pasaba de una lengua a otra sin solución de continuidad.
Conocía tres idiomas, y sus insultos y juramentos habrían enorgullecido a un soldado de infantería.
–¡Acaba con tus desvaríos, muchacha!
Él se recobró de su sorpresa y lo único que se le ocurrió para acallar esa retahíla de invectivas fue poner su boca sobre la de ella. Le sujetó con más fuerza las muñecas y el mentón, y su cuerpo pesado aplastó el de ella, recostándose encima.
Tamsyn se ahogó en mitad de sus vituperios bajo la presión de la boca de él. Jadeó y se retorció debajo de él como un pescado fuera del agua.
Sentía la piel caliente y la sangre en ebullición; una niebla roja la cegaba.
Sintió la lengua de él como una presencia viva en su boca sondeando y aguijoneando hasta que su propia lengua, en lugar de quedarse inmóvil, también comenzó a juguetear.
Todo se volvió confuso. Había rabia, una rabia ciega, pero estaba mezclada con una pasión diferente, tan salvaje como aquélla. Había miedo, y un súbito deseo que iba creciendo. Su cuerpo era un fuego líquido, su mente, un crisol de metal fundido. Sus brazos seguían,sujetos sobre su cabeza, la boca de él aún retenía la suya, pero la mano de él abandonó su mentón y comenzó a moverse entre los cuerpos: acarició su pecho, bajó
hasta la piel húmeda y caliente de su vientre. Los muslos de Tamsyn se levantaron por su propia voluntad, abriéndose a la ardiente exploración, hasta que se deslizó dentro de ella haciéndola gritar, con su boca pegada a la de él.
Los dedos de él juguetearon en ella, y su carne se movió dentro de ella en hondas embestidas que la llevaban hacia arriba, a un plano donde el aire restallaba, y el fuego y las llamas se arremolinaban alrededor de los dos. Y
luego, ella se sintió consumida por una rugiente conflagración en la que su cuerpo ya no tenía forma ni límites, y se sintió fluir en ese otro cuerpo que la poseía, que la colmaba de tan constante, de tan rotunda plenitud que los límites de su ser dejaron de existir, y junto con la ardiente gloria de esa extinción, experimentó el terror de la aniquilación.
Julian fue recuperando lentamente su cordura, y percibió primero la tibieza del sol sobre su espalda, luego la presencia de algo suave, viviente, debajo de sí. La miró en la cara. Tenía los ojos cerrados, la piel ruborosa, los labios entreabiertos. Aún le sujetaba las muñecas sobre la cabeza; su otra mano estaba apoyada junto al cuerpo de ella. La miró como si pudiera encontrarle un sentido a lo que acababa de suceder… y luego, la tibieza del sol sobre su pie! se convirtió en el frío del acero.
Si bien no podía verla, sentía la espada en su piel, la presión de la punta en su espina dorsal. Aunque no podía ver al hombre que estaba detrás de él sin girar la cabeza, sentía el calor de una carne desconocida, el murmullo de su respiración, que le erizaba el vello de la nuca.
–Di tus oraciones, hombre. Tienes treinta segundos para hacer las paces con tu Hacedor.
La voz tenía la cadencia de los escoceses de las Highlands, pero estaba cargad con el frío de la tumba. La punta de la espada se movió por sus costillas, presionando en la piel tirante, lista para dar la estocada que le perforaría la espalda y el corazón.
Julian experimentó un puro terror por primera vez en su vida. Esto no tenía punto de comparación con enfrentar la muerte en un campo de batalla.
Ésta era una candente y precipitada jugada de la suerte y el destino. Era una ejecución, fría y lenta. Y, por alguna razón, él sabía que no podría decir ni hacer nada para alterar el hecho de esta muerte que se aproximaba. Sin embargo, no tenía la menor idea de por qué se había abatido sobre él en esa tibia mañana, tras un momento de gloriosa pasión.
–¡No!
La muchacha que estaba debajo de él gritó con súbita urgencia saliendo de su trance, los ojos abiertos, y él vio cómo regresaba la conciencia a esas profundidades de color púrpura oscuro.
–¡Gabriel, Gabriel, no!
Forcejeó en sus manos, aún sujetas, y Julian las soltó. Ella lo empujó, luchando por incorporarse, pero él no podía hacer el menor movimiento sin que la punta mortal de la espada se clavara en su cuerpo; por eso se quedó inmóvil entre los muslos de ella pensando, en medio de su terror, en lo ridículo que debía verse, en que enfrentar la muerte en semejante posición era tema para una farsa.
–Gabriel, está bien.
Tamsyn hablaba con desesperada intensidad, conociendo la rapidez y la furia mortal del gigante que estaba de pie al lado del coronel. El creía que ella había sido herida, y la responsabilidad de su vida era protegerla y vengar los daños que sufriera. Si bien ella estaba en deuda con el coronel inglés por el modo en que la había tratado después de haberla rescatado, pero no por lo que había sucedido hacía instantes entre los dos. Era un acto insano, del cual ambos eran responsables, y él no merecía la muerte que Gabriel estaba por infligirle, con el desapego de un hombre que ha vivido con la espada en la mano toda su vida adulta.
–Gabriel, no ha sucedido nada que yo no deseara.
Ahora hablaba con lentitud y cuidado, aunque seguía percibiéndose con claridad la urgencia de su mensaje.
Al oírla, a Julian se le heló la sangre. Ella conocía a su atacante y temía tanto como él lo que el otro era capaz de hacerle. Julian recordó cómo se había arrojado ella de su caballo cuando él la rescató de manos de Cornichet, diciendo que tenía que encontrar a Gabriel. Al parecer, Gabriel, quienquiera que fuese, la había encontrado.
–Corrías demasiado rápido por ser alguien que quería ser atrapada, pequeña -dijo en tono lento y dubitativo en la voz, en el otro extremo de la espada.
El frío acero seguía apretado en la espalda desnuda de Julian.
Tamsyn pensó con rapidez. ¿Cómo explicar algo que ella misma no entendía?
–Es muy confuso, Gabriel -clavó su mirada en el hombre-. No puedo explicarlo pero, es verdad: no pasó nada que yo no quisiera que pasara.
El silencio que, para Julian, duró una eternidad, fue roto de repente por un rugido de risa; el frío acero se separó de su espalda.
–¡Ah, pequeña! ¿Qué diría El Barón si te viese revolcándote por la hierba como una aldeana?
–Diría: "Son cosas que pasan, hija" -contestó Tamsyn en voz un poco trémula, en su esfuerzo por parecer divertida.
Si bien creía que el peligro había pasado, con Gabriel nunca se podía estar seguro.
El coronel se apartó de ella levantándose de entre sus muslos y apartándose de la espada, cuya punta ahora hería la tierra, junto a su cadera.
Tamsyn se sentó.
–Tú sabes que hubiese dicho eso, Gabriel. Se habría encogido de hombros, como solía hacer, y sonreiría a Cecile mientras lo decía.
Volvió a retumbar la carcajada:
–¡Ah, sí, niña! Reconozco que en eso tienes razón -observó al coronel lord St. Simon con una curiosidad que no era, exactamente, amistosa, pero tampoco amenazadora-. Entonces, ¿quién es tu galán, pequeña?
–Buena pregunta -Tamsyn contempló al coronel con aire intrigado. Para él, el peligro inmediato había terminado pero, con la llegada de Gabriel, ahora era ella la que tenía la posición vencedora, y la idea de una pequeña venganza le resultaba tentadora-. Hasta ahora, no hemos sido presentados formalmente. Sólo sé que es un coronel del ejército de Wellington.
Julian no dijo nada, hasta que logró subirse sus empapadas ropas interiores, que había arrojado por ahí en algún momento de ese loco estallido. Vestido con ellas, se sentía un poco menos vulnerable, aunque no mucho. El recién llegado era una especie de roble gigante, de miembros macizos, músculos que sobresalían bajo su justillo y cabellos grises recogidos en una coleta en la nuca. Su rostro tenía las venillas de un hombre aficionado al trago; aun así, sus desvaídos ojos grises eran perspicaces. Sus dientes torcidos brillaban en una boca de labios llenos y manejaba una espada de dos filos con la misma facilidad que si hubiese sido un cuchillo de cocina.
–Violette; si quiere una presentación formal, preferiría hacerla vestido -
dijo St. Simon con sequedad.
–Ponte decente, pequeña -ordenó el gigante, sin perder de vista al coronel-. El coronel y yo nos pondremos de acuerdo sobre algunas cuestiones, mientras él se viste.
Con la espada, indicó el sitio en la orilla donde Julian había dejado sus ropas.
Julian se encogió de hombros en señal de aceptación. La situación había cambiado drásticamente; de todas maneras, él tenía veinte hombres a unos cuatrocientos metros y todo cambiaría en cuanto él pudiera hacer algo al respecto. Con aire de despreocupación, caminó hacia donde estaba su ropa, con el defensor de La Violette a su lado, con su enorme espada aún desenvainada, pero con expresión apacible, sus claros ojos, tranquilos.
Pese a todo, Julian no estaba dispuesto a relajarse. Tenía la invencible convicción de que el talante del hombrón podía cambiar en un parpadeo.
Tamsyn se vistió precipitadamente, echando una mirada en dirección a la orilla, donde el coronel inglés estaba vistiéndose y Gabriel, apoyado en una roca, trazaba dibujos sobre la hierba con la punta de su espada, mientras hablaba con el otro.
Hacía muchos meses que ella no sucumbía así a un impulso de pasión.
Se lo habían dicho; sabía que ella tenía la misma inclinación que su madre de dejarse llevar por impulsos que le hacían mandar al diablo cualquier escrúpulo y que la pasión que corría por las venas de sus padres había ido a parar, sin mezcla, a las de su única hija. Le habían enseñado a tomar sin remilgos esos deseos físicos. Los consideraban perfectamente normales en los adultos, y. debían satisfacerse sin culpa. Sin embargo, Tamsyn no creía que El Barón ni Cecile hubiesen aprobado este loco encuentro. Uno no debía confraternizar con el enemigo.
Y los soldados eran el enemigo… un enemigo personal. Volvieron a surgir las imágenes, los gritos, el olor de la sangre. Su padre, de pie en medio de un círculo de hombres que gritaban, hombres vestidos con uniformes de diferentes naciones, con sus rostros crispados por una cruel avidez, ebrios de sangre. Su gran espada daba tajos a diestra y siniestra, pero seguían llegando soldados; su cuerpo era perforado por innumerables disparos y, para los dos impotentes observadores que miraban desde las alturas, parecía imposible que él siguiera vivo, la sangre manando por todas las heridas…, y sin embargo, todavía de pie, y que los cuerpos siguieran cayendo bajo los tajos de su espada.