La vengadora

Jane Feather · Capítulo 5 de 28

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La vengadora

Capítulo 4

–¡Ah, qué mentirosa, pequeña! – exclamó Gabriel-. El Barón tenía su propia caballada, inglés. Era famosa en toda España y Portugal; llegaban hombres de todas partes a comprar un potro, pero el barón sólo les vendía los que él quería. Yo he visto a hombres grandes llorando y ofreciendo montones de oro por uno de sus caballos pero, si el barón le había tomado ojeriza al hombre, nada lo conmovía.

–¡Qué imaginación vivaz la suya, señorita! – murmuró St. Simon, echando una mirada a Tamsyn que, a su vez, estaba exasperada por la intervención de Gabriel.

–No tan vivaz como la suya, coronel -replicó ella.

Él se encogió de hombros.

–Le sugiero que aplique su imaginación a planear cómo ejecutará su venganza sobre Cornichet. Vamos andando. No quisiera perder más tiempo del necesario en esta ridícula expedición.

Montó su caballo y ordenó en voz alta:

–Sargento, dé la orden de ponerse en marcha.

Enrojecida de ira, Tamsyn se hizo a un lado con Gabriel, mientras el grupo montado salía del claro al trote. En un abrir y cerrar de ojos, ella habría hecho virar a César y galopado en dirección opuesta, y no habría existido, bajo el sol, oficial de caballería capaz de atraparla. Pero su antigua vida había terminado, acabada primero por la masacre de San Pedro, y después, por la emboscada de Cornichet. Ahora, ella debía planear su futuro y, en cierto modo, el coronel se había mezclado con ese futuro. Tamsyn necesitaba su ayuda para resolver esta pequeña cuestión con Cornichet, pero un plan más ambicioso estaba comenzando a tomar forma en su cabeza, y el coronel lord Julian St. Simon formaba parte de él. Un natural de Cornwall que, al parecer, estaba en el lugar preciso, en el momento preciso… si bien quedaba por verse si él lo habría expresado del mismo modo. Esa cuestión quedaría resuelta cuando llegaran a Elvas y Cornichet hubiese pagado su deuda.

4

Tardaron seis horas para llegar a las afueras de Olivenza. Tamsyn y el coronel no habían intercambiado una palabra; ella había cabalgado junto a Gabriel a la manera de los guerrilleros, manteniéndose apartada de los soldados ingleses, andando por las colinas que había a los costados del

camino. Gabriel, como buen mago flemático que era, había sacado de sus alforjas pan, queso, unos dátiles secos, y una bota de vino de Rioja, y ellos habían comido sobre sus monturas, como estaban habituados a hacer.

Julian los había seguido con su anteojo larga vista, viéndolos cabalgar a lo lejos pero, cuando llegaron al pueblo, los dos se unieron al grupo de soldados.

–Usted disculpe, coronel, pero para mí esto es algo muy extraño -

murmuró el sargento-. No quisiera encontrarme con ese tipo tan grandote en un callejón oscuro.

–Claro que no -coincidió Julian, sintiendo que debía una explicación al sargento-. Pero dicen que La Violette siempre fija su precio; si esta breve excursión es el costo de llevarla al cuartel general, debemos pagarlo.

Sin embargo, no había dicho al sargento cómo había hecho para dejar el vivac con una prisionera bien amarrada y volver solo, y porqué la muchacha se había unido luego a ellos, armada hasta los dientes, montando su caballo árabe y acompañada por un gigantesco guardaespaldas. Que sus hombres sacaran las conclusiones que quisieran. Eran soldados y estaban acostumbrados a los caprichos de sus oficiales y a obedecer órdenes incomprensibles.

–Tendremos que esperar a que oscurezca antes de acercarnos al puesto -

dijo Tamsyn, que se acercó a él al trote de su caballo. Miró, con los ojos entrecerrados, la esfera del sol poniente que iba desvaneciéndose-. Gabriel hará un reconocimiento para confirmar que Cornichet todavía está allí.

–Violette, usted podrá hacer como quiera, pero mis hombres y yo haremos un reconocimiento por nuestra cuenta -replicó él en tono helado-.

No comprometo a mis hombres en una acción basándome en observaciones ajenas.

Tamsyn se encogió de hombros.

–Como prefiera, milord coronel. En mi opinión, es un gran desperdicio de energías. Apuesto lo que quiera a que Gabriel es más eficiente en este tipo de cosas que cualquier soldado inglés.

–Desde luego, tiene derecho a reservarse su propia opinión.

Julian hizo mover a su caballo a un lado, indicó a sus hombres que lo siguieran y se alejaron del camino trotando, internándose en el bosque que bordeaba el pueblo.

¡Asno petulante!, pensó Tamsyn, meneando la cabeza, irritada, al tiempo que seguía con Gabriel. Se detuvieron en un pequeño claro, en medio del fresco y penumbroso aislamiento del bosque. El coronel dio un par de órdenes en voz baja a sus exploradores, y los dos desmontaron y desaparecieron entre la maleza.

–Quizá podríamos dejar que lo hicieran ellos -dijo Gabriel haciendo un alegre gesto de despreocupación, y sacó su bota de vino.

Echó la cabeza atrás, y un chorro rojo oscuro cayó en su boca, formando un arco desde el pico de la bota.

–¿Coronel?

Con toda cortesía, sintiendo la mirada de Julian fija en él, se lo ofreció.

–Gracias.

St. Simon bebió agradecido un generoso trago del vigoroso vino.

Cuando se lo devolvía a Gabriel, Tamsyn lo interceptó y bebió con gran destreza.

Cuando abrió su boca y echó la cabeza atrás, sus dientes parecieron un relámpago de perlas. Julian se sorprendió contemplando, fascinado, la graciosa curva de la garganta, los pequeños movimientos que hacía al tragar el vino, el continuo chorro de color rubí cayendo entre sus labios entreabiertos. El casco de su pelo corto parecía casi blanco en la creciente oscuridad, en contraste con su piel dorada y el cerco oscuro de sus pestañas.

Parecía una doncella bárbara, pensó él, viéndola sobre su magnífico corcel, con su rifle en bandolera, una de sus manos bronceadas sujetando las riendas, sus cómodos pantalones y su camisa, salpicados de barro, sus botas de suave cuero cordobán, andrajosas y gastadas, como debían ser las botas de montar preferidas de una persona que pasaba a caballo la mayor parte de su vida.

Pese a todo, había en ella algo de delicadeza. Algo que le daba aspecto de flor.

Disgustado por esa fantasía, la desechó con una sacudida de su cabeza y apartó la vista de ella.

–Sargento, los hombres pueden desmontar y descansar, mientras esperamos a los exploradores. Pueden comer, pero no encender el fuego.

–Sí, señor.

El sargento dio la orden, y los hombres, aliviados, desmontaron. Habían pasado seis arduas horas cabalgando caminos, y por eso muchos se

estiraron y maldijeron, mientras abrían sus alforjas y preparaban su cena como podían con alimentos fríos.

Gabriel y La Violette, en cambio, permanecieron sobre sus caballos, con el aspecto de estar tan a gusto como si estuviesen sentados en cómodos sillones. Julian pensó, y no por primera vez, que las duras sillas inglesas, con sus pomos bajos, eran lamentables en comparación con las españolas, más mullidas.

Los exploradores regresaron una hora después. Los franceses, comandados por Cornichet, aún estaban en su campamento, a media hora de camino por el medio del bosque, y estaban atareados reparando sus dañadas chozas. Habían reforzado las guardias; la próxima incursión sería más difícil. Una de las dificultades consistía en que la noche prometía ser clara y agradable, y ellos no contarían con la ventaja de la lluvia y la espesa cobertura de las nubes.

Julian frunció el entrecejo. No estaba dispuesto a perder a ninguno de sus hombres por una vendetta personal. Pensó que esto debía hacerse con sigilo, y no por la fuerza.

–Sargento que los hombres se queden aquí. Mantengan sus oídos alerta, y estén listos para acudir en ayuda a la primera señal de problemas.

Se dirigió a Tamsyn:

–Usted -dijo, señalándola con un dedo imperativo-, y Gabriel, vengan conmigo. Si no podemos hacer esto entre los tres, no se hará.

Tamsyn lo pensó. Daba la impresión de que él estaba renegando de su acuerdo, pero los ojos de un azul intenso parecían astillas de diamante, la boca autoritaria estaba apretada, el mentón firme, proyectado hacia delante; ella se dio cuenta de que era todo lo que conseguiría de él. El coronel no era un peso liviano. Ella había tenido prueba abundante de su fuerza física y, si bien no podía competir con Gabriel, era una figura imponente de la que emanaba una fuerza interior que lo convertía en un rival digno de tener en cuenta. Además, sus hombres estarían allí para cubrir la retirada.

Ella hizo un gesto de aceptación y desmontó, colgándose el rifle del hombro.

–Será mejor que nos acerquemos andando.

Avanzaron cautelosamente entre la maleza; Julian, con su chaqueta roja cubierta otra vez por su capa negra, asombrado al ver que Gabriel, pese a su tamaño, daba la impresión de volar y de fundirse con la vegetación. Tamsyn

parecía un fauno; sus pies apenas tocaban el suelo y la hierba no crujía a su paso. Julian, que no era tan avezado en las tácticas de la guerrilla; se sentía como un torpe y enorme buey viendo a sus compañeros.

Se detuvieron a unos cuarenta y cinco metros del campamento, desde donde pudieron ver a un soldado de guardia. Un minuto después, otro se unió a él, con su fusil apoyado en el hombro. Conversaron unos instantes y reanudaron la marcha en direcciones opuestas.

No sería fácil organizar una emboscada, estando la ronda de guardia.

–¿Qué tal si probamos en las letrinas? – susurró Tamsyn, con los ojos brillando, maliciosos, en la oscuridad, que ya era total-. Cuando Cornichet haga su visita nocturna, nosotros podríamos estar esperándolo. Es hombre de hábitos regulares. Todas las noches, a eso de las once, va al excusado con una copa de coñac.

–¿Cómo lo sabe?

Julian la escudriñó en la oscuridad, contagiado por el pícaro ánimo de travesura que emanaba de la esbelta silueta que tenía a su lado, a pesar de su opinión con respecto a esta incursión que, además de peligrosa, era una pérdida de tiempo.

Tamsyn hizo una mueca.

–Pasé dos días y medio atada en su cabaña, coronel. Tuve mucho tiempo para observar sus hábitos.

–¿Sabe dónde están situados los excusados?

Ella asintió.

–Me permitieron usarlos… dos veces cada día-agregó, entre dientes, recordando furiosa la incomodidad y la humillación de su prisión.

Julian no respondió. Si uno se movía en un mundo sucio, corría el riesgo de caer en el cieno; además, no creía que Violette estuviese buscando compasión.

–¿Dónde están, entonces?

–En la parte más alejada del campamento, excavados a unos tres metros de la ronda de la guardia, algo separados de la parte principal del campamento.

–Guíenos, Violette -dijo Julian, con expresión hosca.

De todas las operaciones alocadas en la que había estado envuelto, ésta se llevaba el premio. Era obvio que esta bandida, mezcla de español e inglesa, tenía una fértil imaginación en lo que tocaba a planear la derrota de

sus enemigos. El apuro en que se vería Cornichet sería casi tan ridículo como el que él mismo había sufrido aquella mañana, atrapado cuando estaba entregado al placer entre los tersos muslos de una apasionada saqueadora.

Gabriel sonreía, muy divertido por el plan de Tamsyn. Pero él también había sufrido a manos de Cornichet y de sus hombres.

Se arrastraron siguiendo una línea paralela a la ronda de guardia. Una rama se quebró bajo la bota de Julian, y el sonido hizo eco en medio del silencio. Tamsyn ahuecó las manos alrededor de su boca, y el bosque se llenó con el llamado de caza de un chotacabras. Gabriel hizo un gesto de asentimiento, y Julian maldijo su torpeza.

Aún perduraba en el aire el olor del humo y el incendio, y el bosque estaba muy silencioso; sus criaturas silvestres habían huido de los hombres y del fuego. Los árboles aún estaban sin hojas, y la luna en cuarto creciente brillaba a través de las ramas desnudas con alarmante claridad, pero Gabriel y Tamsyn se abrazaban a los troncos de los árboles, se arrastraban sobre el estómago entre los arbustos, y Julian los seguía, viéndolos reptar y correr de un círculo de oscuridad a otro hasta haber rodeado el puesto, hasta que el tenue olor de las letrinas llegó flotando desde atrás de la línea de ronda, donde estaban excavados los pozos.

–La letrina de los oficiales está en e! extremo más cercano al campamento -susurró Tamsyn, y su voz no fue más que un suspiro en el aire-. La sección de ellos está cubierta por una lona… como si lo que ellos hacen fuese diferente a lo que hacen los soldados -agregó, con desprecio.

–Me imagino que usted se alegraría de contar con algo de intimidad -

observó Julian en tono seco, y fue recompensado con una breve sonrisa de admisión.

Julian pensó que era una muchacha exasperante, que siempre se creía autorizada a dar su opinión, pero al menos sabía cuándo debía darse por vencida en algún tema.

Un saludo entrecortado llegó de la ronda de guardia, y los que acechaban se arrojaron al suelo tras un arbusto espinoso. Tamsyn, apretada entre los dos hombres, levantó la cabeza cautelosamente para mirar por encima del matorral. Se oyó otro grito desde el campamento, y el coronel le hizo hincar la cabeza en la tierra.

–No nos han visto -protestó ella en un susurro vehemente, forcejeando para librarse de esa mano que la oprimía-. Están haciendo el cambio de guardia.

–A la luz de la luna, su cabeza es como una maldita antorcha -dijo él entre dientes, con la boca pegada al oído de ella-. Cúbrala con ese pañuelo que lleva al cuello.

Tamsyn se quitó el pañuelo oscuro y lo ató sobre la cabeza. Era irritante que alguien a quien ella consideraba novato en este juego, tuviese que recordarle una precaución tan elemental, pero no podía discutir lo correcto de la indicación.

–Al soldado de guardia le lleva unos tres minutos patrullar su sección -

susurró Gabriel. Durante la discusión que habían tenido Tamsyn y el coronel, él se había concentrado en la ronda de guardia-. Eso da tiempo suficiente para que uno de nosotros alcance a cruzar.

–Yo iré primero -dijo Tamsyn-. Tú me seguirás, Gabriel, y el coronel puede pasar el último.

–No -declaró Julian-. Usted irá entre nosotros dos. De ese modo, si sucediera cualquier cosa y la atrapasen, nosotros podríamos atacar desde ambos lados.

–¿Y eso también se aplica a cualquiera de ustedes dos?

–Es a usted a quien quiere Cornichet -recordó él-. Ya tuve que sacarla de aquí una vez, y que me condenen si la pierdo de nuevo. Ya es bastante malo darle el gusto con este capricho ridículo sin tener que poner en peligro mi propia misión más allá de lo necesario.

Por un segundo, Tamsyn discutió consigo misma. Si ella se lanzaba a correr a través de ese espacio, él no podría detenerla. Gabriel la seguiría, y podrían arreglárselas sin la ayuda de este coronel con tantos aires de superioridad. Sin embargo, él tenía algo de razón. Dentro de ella, luchaban el orgullo con el sentido común, y ganó el segundo.

Ella no respondió; se limitó a acurrucarse tras el arbusto, con el entrecejo fruncido. Julian hizo un gesto afirmativo a Gabriel y, cuando el guardia daba la vuelta en su puesto para marchar a lo largo de la línea, el gigante se precipitó hacia delante. Aunque se pegó al suelo, durante un momento aterrador, fue claramente visible a la luz de la luna; luego, desapareció en las sombras, más allá de la recorrida del soldado.

Los otros dos quedaron esperando, inmóviles. El guardia regresó y se alejó de nuevo. Tamsyn no esperó la señal afirmativa del coronel. Echó a correr cruzando el espacio, agazapada; era una figura diminuta y fugaz hasta que, ella también, desapareció en las sombras.

Julian esperó solo, ya sin preocuparse por los méritos militares de esta operación. Una vez comenzada, se concentró por completo en acabarla con éxito. Llegó su momento, y avanzó, saliendo del escondite y echando a correr, sintiendo su espada que le golpeaba contra la cadera. Su pie tropezó con una piedra y estuvo a punto de caer, maldiciendo su torpeza, aun sabiendo que, cargado con toda la parafernalia de un oficial de caballería, tenía más obstáculos que sus dos compañeros.

–Aquí.

Oyó el susurro de Tamsyn que lo llamaba desde la oscuridad, y se echó al suelo junto a los otros dos, detrás de una pila de leña. El campamento estaba demasiado silencioso para ser esa hora de la noche, aunque pudieron oír voces amortiguadas que llegaban desde las desperdigadas tiendas y chozas, alguna que otra carcajada, un grito quejumbroso.

–Pongámonos en el lugar.

Tamsyn ya unía la acción a la palabra pero Julian, una vez más, la sujetó por un brazo con dedos duros, sus ojos brillando en la oscuridad.

–El mismo orden que antes.

Ella accedió en silencio; esperaron a que Gabriel se abriera paso entre los árboles, hacia la silueta que formaba la lona de la letrina de los oficiales, y desapareciera debajo de ella.

–Ahora, usted.

El coronel estaba convencido de que él era quien mandaba, pero no había tiempo de detenerse a discutir la jugada con él. Tamsyn echó a correr, animada por la idea de vengarse de Cornichet. Valía la pena ceder un poco a los modales autoritarios del caballero inglés para lograrlo.

A las once de la noche en punto, el coronel Cornichet salió de su choza, con una copa de coñac en la mano. Hizo una pausa para mirar al cielo y oler la fragancia del aire. La lluvia había parado, y el sitio de los ingleses a Badajoz progresaría rápido. Sus fuerzas eran demasiado reducidas para acudir en auxilio de los ciudadanos y de la guarnición del pueblo, pero si él no hubiese perdido a La Violette, ya estaría en condiciones de eliminar algunas de las bandas de guerrilleros de la región y contaría con un mapa de

los puertos de montaña que ellos utilizaban, lo cual sería una contribución invalorable para los ejércitos franceses en lucha.

Él había planeado y casi llevado a cabo un buen golpe que le habría ganado las felicitaciones de sus superiores y, sin duda, una promoción. Eso le habría permitido abandonar esta tierra olvidada de Dios, antes de que se cayera sobre ella el castigo del verano. En cambio, un inglés lo había superado en astucia y era de suponer que ahora estaba en posesión de la vital información de La Violette.

Sus cejas se unieron en un ceño de fastidio; echó a andar por el campamento dando su acostumbrada vuelta por los puestos de guardia, en medio de un torvo silencio que ninguno de sus hombres se atrevió a romper, tras lo cual se volvió y se encaminó con paso resuelto hacia las letrinas.

–Ahí va -dijo un soldado de infantería, en voz baja, a su compañero-. El viejo es regular como un reloj.

Obtuvo una respuesta insolente que hizo estallar en bufidos de risa a los dos, al tiempo que el coronel descorría la cortina de lona y desaparecía de la vista.

El coronel se disponía a sentarse cómodamente sobre las tablas de madera apoyadas en la trinchera, cuando la punta de un cuchillo asomó por la pared d lona, al costado del recinto. Por un instante, se quedó mirando, sin poder creer lo que estaba viendo, hasta que la lona se desgarró con ruido y, para su infinito asombro, apareció en la abertura la cara de La Violette.

– Bon soir, coronel Cornichet -sus dientes blancos relucían en una sonrisa bastante poco amistosa, y su cuchillo se apretó contra la garganta del hombre-. Usted y yo tenemos un pequeño asunto sin terminar. No grite -

añadió en voz baja, al ver que el hombre se esforzaba por recuperar su entendimiento-. Si abre la boca, mi amigo, aquí presente, lo enviará al otro mundo.

Atónito, Cornichet clavó la vista en Gabriel, cuyos ojos claros lo observaban con engañosa calma, detrás de la muchacha. Por la rotura de la lona apareció el cañón de un rifle.

– Sacré bleu -musitó el coronel ante tal aparición, al tiempo que manoteaba desesperado sus pantalones caídos, cuidando de no mover su cabeza junto a la punta del cuchillo.

–No es una sensación grata, ¿verdad, coronel? – dijo la muchacha sin dejar de sonreír, pero con ojos tan inexpresivos y fríos como piedras

violáceas. El cuchillo se le movió apenas y brotó una gota de sangre que resbaló manchando los pliegues blancos de su chaqueta.

La nuez del francés se sacudió con movimientos convulsivos, y la punta del cuchillo se deslizó hacia arriba, haciendo presión en la suave piel de abajo del mentón. Desistió de intentar acomodarse la ropa y se quedó inmóvil, sintiendo que el sudor se acumulaba en su frente.

–Existe un viejo dicho que aconseja pagar con la misma moneda, coronel -continuó La Violette-. Y recuerdo otro que se refiere a la dulzura de la venganza.

La punta del cuchillo dibujó un círculo en la piel del hombre.

–Por el amor de Dios -dijo él, en un ronco susurro-. Si va a hacerlo, hágalo y terminemos de una vez.

Ella negó con la cabeza, y su mirada lo hizo temblar pero, antes de que ella pudiera decir nada, desde la oscuridad que había detrás de la muchacha, St. Simon dijo con brusca impaciencia:

–¡En el nombre de Dios, muchacha! Es cruel con él como un gato con un ratón. Terminemos esto y salgamos de aquí.

Estupefacto, Cornichet vio cómo el alto inglés envuelto en una capa hacía a un lado a su verdugo y la situaba detrás de él. El inglés blandía una espada de caballería en su mano derecha y parecía exasperado.

–Perdóneme, Cornichet, pero yo quiero algo que usted tiene.

Su espada dio dos tajos, tan veloces que el francés casi no tuvo tiempo de suspirar, y las suntuosas charreteras doradas cayeron, con sendas salpicaduras, en el hueco de la letrina.

–Y sus botones -exigió La Violette, desde la sombra.

Julian suspiró.

–Tendrá que perdonarme, Cornichet, pero hice un trato con esta condenada vengativa.

Otra vez, su espada se movió rauda y los botones dorados de la chaqueta del coronel, con el águila napoleónica estampada en ellos, siguieron el destino de las charreteras en el fondo de la letrina.

Cornichet, en plena lucha con sus sentidos, tenía sus ojos que se le salían de las órbitas, su mandíbula se movía pero, antes de que pudiese rehacerse, sus visitantes habían salido por el desgarro de la lona, y él se había quedado súbitamente solo, en ese pequeño espacio pestilente. Si no

hubiese sido por el agujero en la lona y por su despojado uniforme, habría creído que había soñado el mortificante episodio.

Se levantó los pantalones y, tirando de ellos hasta la cintura, bramó:

– A moi… a moi! -mientras irrumpía en el campamento.

Llegaron soldados corriendo desde todas partes, y el colérico coronel dio órdenes a gritos y barbotó explicaciones mientras se sujetaba torpemente la cintura de sus pantalones y su chaqueta sin botones quedaba abierta.

Julian oyó el rugido a sus espaldas y vio que Gabriel había desaparecido en cuanto se zambulleron en el bosque.

–Tendremos que separarnos -gritó Tamsyn mientras corrían juntos por entre la vegetación-. Si nos separamos, a ellos les resultará mucho más difícil seguirnos.

–No pienso perderla de vista -dijo el coronel entre dientes, sujetándola por la muñeca al ver que ella se desplazaba, agazapada, hacia un costado.

–¡Yo le di mi palabra!

–Aun así, no pienso perderla de vista. ¡Y ahora, corra, muchacha!

–¿Qué cree que estoy haciendo? – preguntó ella, fastidiada-. Y si tuviese sesos en esa cabeza, milord coronel, recordaría que mi caballo está junto a sus hombres, y que me condenen si se lo dejo a usted.

–Yo soy partidario de asegurarme bien -fue la fría respuesta.

–Usted no sabe un comino de tácticas de guerrilla.

Fue lo último que se dijo entre ellos; siguieron corriendo hacia delante, sin hacer caso de ningún ruido que pudieran oír ni de las huellas que estuviesen dejando. Lo único que importaba era la velocidad.

Desde atrás les llegaron gritos confusos y se oyeron disparos de fusil al azar. Alguien dio un grito de dolor, y hubo un rugido de furia.

–Parecería que estuviesen disparándose entre sí -exhaló Tamsyn, con una alegre risilla-. No saben qué es lo que están buscando. Imagínese a Cornichet tratando de explicar lo sucedido…

–Deje de fanfarronear, y ahorre su aliento – ordenó Julian.

Sin embargo, sus propios labios temblaron al evocar la imagen del coronel, habitualmente impecable, con sus bigotes encerados, en calzoncillos y con su chaqueta profanada, tratando de describir el encuentro en la letrina.

Silbó una bala por encima de sus cabezas y, de súbito, perdieron todas las ganas de reír. Estaban llegando al linde del bosque donde los aguardaban los hombres del coronel pero, con los proyectiles rozándoles las orejas no les parecía suficiente la cercanía.

Tamsyn se desplazó de costado arrastrando al coronel consigo, abriéndose paso en medio de lo que parecía ser un embrollo impenetrable de arbustos espinosos, aunque fue revelándose una suerte de sendero pese a las matas que desgarraban sus ropas.

Entonces, salieron al claro. El sargento, al oír el tumulto, ordenó a los veinte hombres del Sexto estar preparados, espadas desenvainadas, dispuestos a cargar contra cualquier cosa que pudiese precipitarse sobre ellos. Tamsyn saltó sobre el lomo de César, en el preciso momento en que Gabriel irrumpía desde la espesura, con su espada en la mano. Levantó una mano en señal de saludo, su semblante tan benigno y despreocupado como siempre, y saltó sobre su caballo.

–Los hombres están impacientes por pelear, señor -dijo el sargento, acariciando la empuñadura de su espada-. Creo que se merecen una diversión.

El coronel St. Simon negó con la cabeza.

–Habrá pelea de sobra en Badajoz.

Hizo girar a su caballo y, levantando una mano, ordenó retirada a sus hombres.

El grupo montado salió.l galope desde el claro, en el mismo momento en que un reducido grupo de franceses irrumpía en él, pero estos iban andando y sólo pudieron observar, frustrados, cómo sus presas desaparecían en la oscuridad.

St. Simon puso su caballo a la par del árabe blanco de Tamsyn. Notó que ella tenía un largo arañazo en una mejilla, producido por los arbustos espinosos que habían atravesado en su retirada; también notó que eso no parecía molestarle.

¿Cómo diablos era posible que afirmase provenir de una familia de Cornwall? Si fuera cierto, sería algo fuera de lo común. Julian se percató de que estaba observándola, tratando de encontrar en ella indicios de sangre inglesa. No tenía la piel mate, ni el pelo negro ni los ojos oscuros típicos de las españolas, aunque la piel pálida y los ojos de color violeta, si bien más característicos de los ingleses, no eran completamente desconocidos entre