La vengadora
Capítulo 13
Toda la potencia de los cañones de estribor de la Isabelle exploto con un ruido más aterrador del que Tamsyn pudo haber imaginado jamás. La andanada barrió el buque francés a todo lo largo; cuando se despejó el humo, vio que parte de la jarcia colgaba rota y que había un gran agujero sobre la línea de flotación. El aire resonaba con los gritos y luego hubo otro alarido masivo cuando los franceses devolvieron la descarga. Horrorizada, Tamsyn miró hacia el combés del barco, donde había estallado una bala de cañón que había lanzado una lluvia mortal de astillas sobre los artilleros que estaban cerca. Corrió por la pasarela mientras se desabrochaba la falda y se precipitó en medio de la confusión.
Los tenientes que servían los cañones vociferaban órdenes a los artilleros, y se esforzaban por hacerse oír por encima de los gritos de los heridos. Los cañones de estribor de la Isabelle dispararon otra vez y la nave viró lentamente para usar sus cañones de babor mientras en estribor se apresuraban a volver a cargar.
Uno de los muchachos encargados de acarrear pólvora pasó corriendo junto a ella con sus brazos cargados de letales cartuchos de pólvora que tenían que ser traídos desde la santabárbara, bien alejados de los cañones hasta que eran necesitados. Una astilla hirió en la mejilla al muchacho, y él dejó caer su precaria carga sobre cubierta.
Un marinero corrió hacia él balanceando su extremo de la cuerda, gritando como un poseído. El muchacho se acurrucó sobre cubierta, gimiendo, y con un ojo manando sangre. Tamsyn se arrodilló, recogió los cartuchos, corrió hasta el cañón más próximo y entregó la pólvora al quinto artillero, que ya tenía el rostro ennegrecido por el humo. El teniente a cargo del cañón le lanzó una sola mirada perpleja y luego olvidó que el muchacho portador de pólvora tenía un aspecto tan poco ortodoxo y dio la orden de apuntar el cañón de tal modo que pudiesen disparar en cadena hacia el aparejo del barco enemigo.
Tamsyn comprendió, no muy alborozada, que podía cumplir una tarea útil y corrió de nuevo hacia las entrañas del barco, pasó por las estrechas escotillas, bajó por los pasadizos que iban de una cubierta a otra y llegó al recinto donde se guardaba la pólvora, recogió más y repitió su trayectoria.
El ruido ya era ensordecedor, hasta el punto que parecía resonar en su cabeza. No podía discriminar sus componentes pero, en ocasiones, diferenciaba los gritos. En un momento dado, un hombre estaba junto a ella y, al siguiente, estaba retorciéndose a sus pies, y sus dos piernas habían desaparecido, convertidas en un amasijo de carne y tendones y los gritos de su agonía la traspasaban.
Se arrodilló junto a él sintiéndose impotente y, al mismo tiempo, incapaz de abandonarlo en medio de un dolor tan espantoso, hasta que alguien le dijo con rudeza:
–¡Por el amor de Dios, lleve esa maldita munición al cañón número seis!
Y ella se puso de pie y corrió, tratando de no percibir el hedor nauseabundo a quemado que llegaba desde el sollado donde el cirujano amputaba con la velocidad de un carnicero, cauterizando cada muñón con brea para luego pasar a la próxima víctima.
Tamsyn resbaló en un charco de sangre cuando entregaba su carga y manoteó locamente aferrándose al faldón de la chaqueta del teniente. El le echó una mirada fugaz y luego ordenó, cortante:
–¡Arena!
Ella entendió y corrió hacia el barril de arena que había en un rincón y la esparció sobre la cubierta en grandes puñados para que absorbiese la sangre. Los cañones hablaban una y otra vez y ella iba agazapada, doblando y agachándose mientras corría. Cada vez que tenía ocasión de echar un vistazo al barco francés le daba la impresión de que estaba más dañado; sin embargo, seguían combatiendo y sus cañones provocaban muerte y horrorosas heridas entre la tripulación de la Isabelle.
Hugo Lattimer cerró su mente a la destrucción sufrida en la línea de flotación de su nave.
–Señor Connaught, redes de abordaje.
Buscó con la vista al coronel y lo vio con los fusileros que se alineaban junto a la borda. Se había procurado un mosquete y se dedicaba a bajar franceses de la arboladura, junto con e! gigante Gabriel, que estaba a su lado.
–Coronel, ¿lo abordamos? – invitó Hugo alzando la voz.
Julian vio las redes de abordaje que se balanceaban en el estrecho espacio que había entre los dos cascos y dibujó un floreo en el aire con su
espada.
–Será un placer, capitán.
Saltó al alcázar y Gabriel lo siguió. En el fragor de la batalla, no había dedicado un solo pensamiento a Tamsyn; en ese momento, recorrió con sus ojos todo el alcázar.
–¿Me buscabas? – preguntó ella, sin aliento, a sus espaldas.
Él giró en redondo y la miró fijamente: tenía las ropas ensangrentadas, estaba ennegrecida de la cabeza a los pies, sus ojos parecían inmensos estanques violáceos en medio de la negrura, donde también se destacaban sus dientes cuando ella le dirigió una sonrisa fatigada.
–Como ya no disparan los cañones, no me necesitan abajo.
–Por todos los diablos, ¿qué has estado haciendo? – preguntó él.
–Transportando cargas de pólvora para los artilleros -respondió ella en tono práctico-. ¿Qué creías que estaría haciendo?
Julian sacudió la cabeza.
–No sé qué pensaba pero debería saber que estarías en lo más denso de la refriega.
Sin duda, Tamsyn estaría donde fuera más útil. En semejante situación, no habría pensado ni una vez en su seguridad personal. Julian sintió una súbita urgencia por apartarle el pelo pegoteado de la frente, de limpiarle una mancha de sangre que tenía en la mejilla. De compartir con ella la satisfacción por una batalla en la que se había peleado bien.
–Su ayuda vendría bien al cirujano – dijo con brusquedad el capitán Lattimer a Tamsyn, rompiendo la intensidad de ese instante entre los dos y permitiendo así que Julian se apartase del borde del precipicio.
En lo que a Hugo concernía, su pasajera estaba ocupando el lugar de un miembro más de su tripulación, por lo tanto, era lógico que la tratase como tal.
Sacó su espada y dijo:
–Vamos, caballeros.
Tamsyn observó con cierta envidia a los integrantes del grupo de abordaje mientras cruzaban por la red blandiendo sus espadas. Concebía mucho más esa lucha cuerpo a cuerpo que la carnicería de la artillería. Y si bien no era una cosa tan masiva como el ataque a Badajoz, de todos modos era terrible.
Por otra parte, ya que había acabado el fuego de los cañones, tenía que ocuparse de los heridos. Resuelta, volvió al combés.
Julian saltó sobre la cubierta del Delphine. Los hombres de la Isabelle habían iniciado una dura lucha cuerpo a cuerpo entre los dos barcos; el coronel vio a Hugo Lattimer mientras se abría camino entre ellos hacia el alcázar, donde hallaría a los oficiales franceses.
El coronel estaría custodiado por el ángel de la guarda pues, en el preciso momento en que se volvía, un oficial de mirada enloquecida saltó hacia él desde el castillo de proa. Julian paró los golpes, retrocedió bailoteando, se lanzó al ataque, pero su oponente era un esgrimista diestro y, con una mezcla de euforia y temor, comprendió que tenía una pelea entre manos.
Entre tanto, Gabriel hacía retroceder a un grupo armado de cuchillos y pértigas. La espada del gigante relucía al sol, su grito de guerra asustaba, y él iba empujando a sus oponentes hacia un rincón de cubierta, donde dejaron caer sus armas y se rindieron, reconociendo con prudente actitud que la batalla estaba perdida y que no tenía sentido exponerse a recibir más heridas.
Cuando Gabriel constató que su parte de la lucha estaba terminada, miró en derredor y vio al coronel luchando con el teniente francés. Julian estaba sufriendo una dura presión, pero su boca tenía una expresión decidida; en un momento dado, su rival resbaló en un charco de sangre y cayó sobre una rodilla.
Julian apartó la punta de su espada esperando que el otro se pusiera de pie. Los dos se miraron, y el francés alzó los hombros, saludó y entregó su espada por la empuñadura al coronel inglés.
Según indicaba la tradición, Julian tocó el arma y luego hizo un cortés gesto a su oponente, indicándole que la guardara. El hombre hizo una reverencia, envainó su espada, y los dos miraron alrededor: ya no eran enemigos sino dos guerreros fatigados por la batalla.
En el alcázar, Hugo Lattimer estaba aceptando la rendición del capitán del Delphine con la misma cortesía; insistiendo en que conservara su espada. No se humillaba a un enemigo que había luchado con valor, teniendo en cuenta que nunca se sabe qué giros puede dar la fortuna de la guerra si la situación se invierte.
Julian se dirigió al alcázar y Hugo lo saludó con sonrisa fatigada.
–Coronel St. Simon, permítame presentarle a monsieur le Capitaine Delors.
Los aludidos se estrecharon las manos y el capitán presentó a los demás oficiales. Todo fue muy cortés y civilizado, como si la infernal matanza de la hora anterior no hubiese acaecido jamás… siempre que ignorasen el olor a sangre, los constantes gemidos y gritos de los heridos, las perchas rotas y la jarcia destrozada esparcidos por las cubiertas manchadas de sangre.
–Pondré una tripulación de presa en este barco, al mando de Will Connaught -dijo Hugo-. Aquí traeremos también a nuestros heridos. Con unas pocas reparaciones, él podrá llevarlo de regreso a Lisboa.
Cuando recorrió con la vista el navío capturado no pudo ocultar su satisfacción. Había sido una jornada fructífera. La fragata francesa era un rico botín, le brindaría una inyección de fondos muy necesaria, y la tripulación de la Isabelle tendría su participación en él, algo que a su vez aseguraría un ambiente de júbilo en el barco para el resto del viaje.
Julian lo dejó para que hiciera todos los arreglos necesarios y regresó a la Isabelle utilizando las redes de abordaje.
–Este capitán Lattimer sabe lo que hace -comentó Gabriel, dejándose caer junto a él sobre la cubierta-. ¿Dónde está la niña?
–Imagino que todavía estará en el centro mismo de algo que se cueza.
Se abrieron paso hacia el sollado donde, milagrosamente el orden iba surgiendo en medio del caos. Tamsyn estaba de rodillas junto a un hombre herido, que esperaba a ser atendido por el cirujano. Había perdido un dedo y, al parecer, estaba bastante tranquilo: se lamentaba de que su herida no fuera suficiente para que lo enviaran a su hogar.
–¿Ya acabó todo?
Tamsyn alzó la vista hacia Julian y Gabriel, que iban atravesando la cubierta.
–Así parece -Julian le escrutó el rostro ennegrecido-. ¿Estás bien?
–Sí -se puso de pie y se estiró, cansada-. Aunque no sé cómo. No sé cómo es posible sobrevivir a semejante infierno. Ha sido horrible. Peor que cualquier otra cosa que yo haya presenciado.
Julian no respondió. No podía discutir esas palabras pero ambos eran soldados y las batallas formaban parte intrínseca de la vida, para ellos.
–Josefa está ayudando al cirujano -dijo Tamsyn a Gabriel-. Él afirma que ella es mucho más hábil que sus asistentes.
Se volvió hacia la popa, tropezó con un rollo de cuerda y cayó cuan larga era sobre cubierta.
Julian supuso que estaría agotada; le extendió una mano para ayudarla a ponerse en pie. Al ver que ella no la tomaba de inmediato, se inclinó y la levantó; para disimular su preocupación dijo con vivacidad:
–Estás acabada, muchacha.
Tamsyn no dio señales de haberlo oído. Tenía la vista fija en su muslo, de donde sobresalía una astilla que también había roto sus pantalones. De la herida donde estaba la astilla manaba sangre.
–¡Mira, me he cortado! Está sangrando.
Alzó los ojos y él vio que desbordaban de un horror enfermizo y que su rostro, bajo la capa de suciedad, se había puesto mortalmente pálido.
–¡Coronel, sujétela! – apremió Gabriel, que estaba detrás de él.
Tamsyn se tambaleó y le flaquearon las rodillas. Julian se movió justo a tiempo para recibir el ligero cuerpo que caía, inerte, sobre cubierta.
–¿Qué diablos…? – miró a la muchacha que estaba inconsciente en sus brazos y luego a Gabriel, con expresión incrédula-. Se habrá caído sobre la astilla pero no me parece que sea grave.
–Es por la sangre -dijo Gabriel sin alterarse-. Siempre se desmaya.
–Pero si ya estaba cubierta de sangre -dijo Julian sin poder creerlo.
–Sí, pero no es la suya -explicó Gabriel-. La pequeña no puede soportar cuando se corta. Cuando era niña, alborotaba toda la casa con sus gritos cuando se pinchaba con un alfiler… y si se trata de algo peor que eso, se desmaya. El barón lo intentó todo para corregirla pero, a la larga, se dio por vencido.
–¡Dios mío! – musitó Julian.
Qué absurdo. Cabalgaba como un cosaco, luchaba como un león de montaña, no se inmutaba ante incomodidades y privaciones, pero se había desmayado al ver su sangre. Recordó el cuchillo de Cornichet y se asombró al pensar en lo que le habría costado enfrentar la mera idea sin quebrarse.
–Convendrá que extraigamos rápido esta astilla -dijo él-. Cuando lo hagamos, sangrará más que ahora.
–Traeré a Josefa.
Julian llevó en brazos a Tamsyn hasta el camarote de día y, cuando la depositó sobre uno de los bancos acolchados, sus párpados aletearon y se abrieron.
–¿Qué ha pasado? ¡Oh, Dios mío, mi pierna! ¡Aún está eso clavado!
En su voz se detectaba un matiz de desesperación.
–Vamos a sacarla -dijo él con calma-. Sólo es una astilla. Te habrás caído sobre ella cuando tropezaste.
–¡La veo! ¡Voy a perder toda la sangre!
–¡Tamsyn, no seas ridícula!
Era tan ridículo que él tuvo ganas de reír, aunque la aflicción de la muchacha era aguda y muy auténtica. Sacó su daga del cinturón y cortó el cuero de los pantalones para despejar la herida.
–Y ahora, no mires -ordenó Julian al oír su gemido de horror cuando vio la astilla y la sangre que ahora corría en abundancia.
–Me han dicho que necesita de mis servicios -se oyó la voz del cirujano, asombrosamente alegre, entrando en el camarote, todavía con su delantal manchado de sangre, acompañado por Josefa y Gabriel-. Oh, caramba, qué grande es ésta -dijo, con el mismo alborozo-. La sacaremos de inmediato.
–¡No! – chilló Tamsyn-. Yo lo haré.
Se incorporó con esfuerzo y extendió la mano hacia el muslo.
–No, no lo harás. ¡Y deja ya de comportarte como una tonta! – Julian se sentó tras ella, apoyó la cabeza de Tamsyn en su regazo y la aferró con firmeza por los hombros-. Quédate quieta. Terminará en un instante.
Se acercó Josefa de prisa, tomó las manos de su niña y las oprimió hablándole con suavidad mientras el cirujano le extraía hábilmente la astilla. Brotó sangre; Tamsyn lanzó un gemido y volvió a desmayarse.
–Por Dios, ¿qué está pasando?
El capitán Lattimer entró en su cabina y la vio llena de personas que, por lo general, no eran bienvenidas en sus aposentos particulares.
–Tenemos un pequeño problema -respondió Julian con entonación risueña. Sacudió la cabeza, renovada su incredulidad, pero sin soltar los hombros de Tamsyn-. Esta absurda muchacha se está comportando como una débil señorita sólo porque una astilla se clavó en su pierna.
–¡Por Dios! – repitió Hugo-. ¡Y después de lo que ha estado haciendo durante la batalla! Según el teniente Godfrey, no se detuvo ante nada.
–Nada más extraño que las personas -declaró Samuel con su acento de Yorkshire, trayendo un tazón con agua caliente para el cirujano-. Iré a buscar un rollo de vendas.
Tamsyn recuperó el sentido cuando el cirujano estaba lavando su herida.
Miró a la cara de Julian.
–¿Ya paró?
Tenía el rostro mortalmente pálido y una expresión tan temerosa y vulnerable como la de una niña aterrorizada. Habían desaparecido toda la elasticidad, la fuerza de su personalidad; buscaba consuelo y seguridad en él con una confianza que él no se atrevería a destruir.
Le sonrió y le apartó el pelo de la frente, tal como había querido hacer antes.
–Ya casi ha parado. El cirujano la vendará y, en un día o dos, estarás otra vez como nueva.
–No estaba muy profunda, señorita Tamsyn -dijo el cirujano esparciendo un poco de polvo de basilicón sobre la herida-. Así no habrá peligro de infección -enrolló las gasas y las vendas sobre el muslo y la paciente permaneció muy quieta mientras iba recobrando poco a poco el color-. Pero es probable que duela un poco. ¿Quiere tomar un poco de láudano?
–No me importa que duela -dijo Tamsyn-. No soporto la sangre.
–Bueno, la hemorragia parará pronto -se sacudió las manos y se incorporó-. Le recomiendo que no ande mucho por ahí, durante uno o dos días. Permita que eso se cure.
–Lo lamento -dijo Tamsyn con voz débil-. ¿Me comporté muy mal? –
preguntó a Julian, con una evidente expresión de vergüenza y ansiedad en la mirada.
Si él hubiese querido tomarse venganza, ésa era la oportunidad perfecta.
Pero no podía. Con la misma naturalidad con que había ofrecido su cuerpo invitándolo a los juegos amorosos, ahora confiaba en que él la ayudaría.
–Yo lo resumiría diciendo que tu comportamiento fue "inesperado" -la levantó y la hizo sentar sobre su regazo. Pero todos tenemos derecho a algunas debilidades.
–Me siento muy rara -dijo Tamsyn, apoyándose sobre él con la mayor naturalidad-. Toda débil y temblorosa.
–Yo diría que le vendría bien un baño -sugirió Samuel-. Y un poco de leche caliente con ron.
–Samuel, ocúpese del agua caliente, entonces-dijo Hugo-. Tráigala aquí, que hay más lugar. Y use mis cosas si las necesita. Dejaremos solas a las
mujeres.
Después de haber tenido el noble gesto de ceder su refugio, se fue a reanudar su tarea aunque al llegar al alcázar cayó en la cuenta de que todos lo habían seguido menos el coronel, que se había quedado con ella.
Arqueó una ceja y echó una mirada a la puerta cerrada de su camarote, donde un centinela había ocupado su puesto de costumbre ahora que la rutina del barco iba recuperando su ritmo normal. "Qué interesante, – pensó el capitán-, aunque no me sorprende." Se volvió hacia su segundo, que había remplazado a Will Connaught, ahora al comando de la tripulación de presa del Delphine.
–Ayustaremos la braza de la gavia, señor Denny. Sirva una ronda de ginebra a la tripulación; se lo ha ganado.
Al oír la orden, los marineros prorrumpieron en hurras, y Hugo se sintió satisfecho; de momento, en su nave reinaba la alegría.
En el camarote de día, Tamsyn se refugiaba en el abrazo consolador de Julian mientras Samuel calentaba agua de lluvia de un barril que había en cubierta y llenaba una bañera de asiento. En ocasiones, el barón la abrazaba de una forma muy parecida y la sensación era tan natural como reconfortante. Aún estaba avergonzada por lo que ella lo reconocía- había sido una exhibición ridícula aunque no podía recordar mucho de lo que había dicho sino sólo el espantoso pánico que la había embargado al ver su carne desgarrada. Aunque supiera que era irracional, no era capaz de controlarlo como tampoco hubiese podido separar las aguas del Atlántico.
Josefa se atareaba en el camarote dando órdenes a Samuel en español; éste, por su parte, no le hacía caso y seguía haciendo las cosas a su manera.
Después que Samuel se hubo marchado, Julian ordenó a la española:
–Josefa, traiga un camisón y una bata para Tamsyn, después puede marcharse.
Él no había tenido intención de decir nada semejante. Había pensado en depositar su carga sobre los almohadones y marcharse, dejándola en las competentes manos de su ama. Sin embargo, lo había dicho.
La expresión de Josefa dio a entender que no le había gustado la orden pero, como el aire de autoridad que emanaba del coronel la intimidaba, no puso objeciones. A decir verdad, Tamsyn tenía los ojos cerrados y parecía dormitar.
– Ay de mí- murmuró Josefa como solía hacer, fue hasta el cuarto contiguo a buscar las prendas solicitadas y las dejó con cuidado sobre una silla.
A continuación, estuvo sin saber qué hacer durante un minuto y por fin salió después de hacer un expresivo encogimiento de hombros.
–Cortaré esos pantalones para poder quitártelos -dijo Julian en tono práctico.
El pensamiento racional le decía que estaba loco si seguía por ese camino, pero Tamsyn se había abandonado de tal manera a su cuidado que le pareció lógico completar la tarea. Lógica, grata y hondamente atractiva.
En el círculo de sus brazos sintió a Tamsyn ligera y frágil como una hoja. Había desaparecido la vibrante sensualidad que él era incapaz de resistir; en su lugar había una tierna vulnerabilidad igualmente irresistible.
La depositó a su lado sobre la colchoneta y le quitó las botas.
–Yo puedo quitarme la ropa -dijo Tamsyn con voz que sonaba más fuerte-. He dejado de portarme como una tonta.
–Bueno. Pero, ya que estamos, podrías dejarme terminar. No querrás abrir la herida.
Un breve estremecimiento la recorrió y se quedó quieta de inmediato dejando que él le quitara las medias y le cortase los pantalones con su daga para quitarlos. Ella se sentía soñolienta, como al borde de un tibio y oscuro abismo que la llamara, y la sensación de las manos masculinas que tocaban su cuerpo quitando lo que quedaba de ropa era sedante. En el fondo de su mente flotó la idea de que ella estaba perdiendo una oportunidad. Por algún motivo, St. Simon se había ablandado y, aun así, ella no podía hacer más que rendirse a sus atenciones. La sombría idea del embarazo reptó hasta la superficie de su mente pero, como no podía concentrarse, la apartó.
Se metió en el agua caliente y dejó el muslo herido colgando sobre el borde de la bañera mientras las manos de él se movían con pragmática familiaridad sobre su piel, en una actitud más propia de una niñera que de un amante. La idea le hizo sonreír, soñadora; se renovó en ella el deseo de apelar a su voluntad para llegar a mayores intimidades pero luego llegó a la conclusión de que estaba disfrutando demasiado con el baño como para cambiar la situación, aun en el caso de que hubiese podido.
–¿Por qué sonríes?
Julian tomó la toalla, consciente de que había estado engañándose. No había nada platónico en sus cuidados; como consecuencia de ello, él estaba ardiendo.
–Nada en particular -Tamsyn lo miró con los ojos semicerrados y vio la tensión de su rostro, la rigidez de su boca. Sólo podía haber un motivo; eso hizo que parte de la languidez se disipara-. Me siento muy débil -dijo-. No creo que pueda tenerme en pie.
Julian maldijo por lo bajo, pero había empezado y tenía que terminar.
La sacó en brazos del baño, sosteniendo su cuerpo apretado contra el de él, y ella acurrucó su cabeza en el hombro de él ronroneando de placer. ¿Lo haría adrede? Sus sospechas aumentaron.
La sentó con firmeza sobre el cajón y la envolvió con la toalla.
–Puedes secarte sentada. Yo me ocuparé de las piernas y los pies.
"Oh, bueno, pensó Tamsyn, fue un buen intento." Se secó lo mejor que pudo; Julian le entregó su camisón y disimuló su alivio cuando el cuerpo de ella desapareció bajo los pliegues de la tela. Le entregó la bata.
–Ponte esto también; después podrás levantar las piernas y apoyarlas en los almohadones -le indicó, esperando haber logrado el tono neutral y eficiente de un enfermero-. Iré a ver cómo va Samuel con la leche caliente.
Tamsyn se acomodó. Si bien se sentía mucho mejor, aún estaba temblorosa y con un poco de náuseas. Cerró los ojos; de repente, los abrió de nuevo conteniendo el aliento y prestando atención a su cuerpo. Sentía un tenue calambre en la parte baja del vientre que, si bien era débil, resultaba inconfundible. ¿La herida habría hecho reaccionar a su organismo? ¡Ojalá que no se calme el calambre! Parecía una plegaria que repitió una y otra vez en su cabeza, procurando dejar fuera todo lo demás: "Por favor, que empeore!"
Samuel entró con una bandeja en la que traía un vaso de leche hirviendo. Lo dejó sobre la mesa y echó un generoso chorro de ron de una botella de las varias que el capitán guardaba en un armario.
–Eso le sentará bien, muchacha -afirmó.
Julian se había servido un vaso del clarete de Hugo y ahora se sentó junto a la mesa observando a Tamsyn, que bebía su leche preocupada y en silencio. Tenía la misma apariencia suave e inocente de un gatito, con su camisón y su bata blancos y su pelo platinado. Pero él no se engañaba en
absoluto. Se había mentido a sí mismo y, como consecuencia, su cuerpo se lo hacía saber de un modo inconfundible.
De repente, Tamsyn dejó su vaso y dijo:
–Necesito ir a cubierta.
Bajó las piernas con un vigor que desmentía su anterior debilidad, pero enseguida se aferró del costado de la mesa y sofocó una queja cuando su pierna palpitó dolorosamente.
Con una mueca torva, Julian la alzó, la llevó al camarote contiguo y la dejó ante la puerta del excusado.
–Gracias. No es necesario que me esperes. Josefa me ayudará -ella sonrió con dulzura.
–Voy a cubierta -dijo él con brusquedad-. No te apoyes en esa pierna.
La dejó y se apresuró a subir al alcázar, con la esperanza de que el aire le refrescaría el cerebro y la sangre recalentada.
Cuando salió del excusado, Tamsyn comprendió que, hasta el momento, nunca había comprendido bien qué era el alivio. Su corazón cantaba contento cuando pidió a Josefa que buscara los elementos necesarios en su equipaje. Nunca más… nunca, jamás volvería a tentar al destino.
Se arrebujó en su bata y volvió saltando al camarote del capitán para acomodarse otra vez bajo las ventanas, y contemplar la extensión del mar hasta el horizonte gris. Dejó que su cuerpo se relajara y recibió con alegría los fuertes espasmos sintiendo que un dulce alivio bailoteaba en sus venas.
Julian entró en el camarote media hora después a buscar su capa encerada. El viento arreciaba y se notaba que habían dejado atrás la tibieza de Portugal.
–¿Cómo estás? – preguntó él distante y cortés.
–Maravillosamente bien -respondió ella con una vehemencia que lo asombro-. Ha vuelto mi menstruación -dijo-. Tenía un retraso y me preocupaba…
–He estado esperando que dijeras algo -dijo él.
–Bueno, está bien -agregó Tamsyn con sonrisa torcida, apartándose el pelo de la frente-. En el futuro, no correremos más riesgos.
La boca del coronel se tensó, sus ojos adquirieron un brillo acerado y un filo de espada, y se acercó a ella.
–Debes entender esto, Tamsyn: no habrá futuro. Yo cumpliré con este maldito contrato porque debo hacerlo, pero nada más. ¿Está claro?