La vengadora

Jane Feather · Capítulo 11 de 28

Páginas del PDF

La vengadora

Capítulo 10

–No es así. De todos modos, ¿por qué crees que la gente se reiría de ti porque tienes aspecto de mujer en lugar de una especie de ser andrógino bajado de la montaña?

–Bueno; yo me reiré de mí -dijo ella.

–Más vale que te acostumbres -aconsejó él-. Porque así tendrá que ser durante todo el tiempo que tú y yo estemos vinculados por este contrato.

–Y tú no desperdiciarás una oportunidad de humillarme, ¿no es cierto?

–No -admitió él-. Ni una sola.

10

OceanofPDF.com

Tamsyn aguardó, sentada en la trastienda de la modista, a que una joven costurera acortase la falda del vestido de muselina y Julian, con una de las botas de ella para tomar la medida, fue en busca de zapatos que estuviesen de acuerdo con su nueva imagen.

Tamsyn pensaba que había sido bonitamente manipulada mientras observaba los dedos ágiles de la muchacha que volaban sobre la tela. Y

comenzaba a convencerse de que el coronel tenía el arma perfecta para asegurarse la victoria en todos los temas que se prestasen a la controversia.

Ella tenía más interés que él en que el acuerdo siguiera funcionando; por lo tanto, era ella quien debía tenerlo contento a él.

En ciertos aspectos, ella no tenía el menor inconveniente en mantenerlo contento y tendía a creer que el juego amoroso sería considerado por él como una adecuada compensación de los inconvenientes sufridos. Pero, por desgracia, lord St. Simon parecía decidido a resistir la seducción aunque, hasta el momento, no le había ido muy bien con tal resistencia.

Ese último pensamiento la reanimó un poco y se puso de pie para que la costurera le probara el vestido. Se dictaminó que el largo era satisfactorio y Tamsyn fue a mirarse otra vez en el espejo.

No tenía su aspecto acostumbrado, todo lo contrario; era una situación inquietante, como si alguien hubiese puesto su cabeza sobre un cuerpo ajeno. Pero ella no pensaba dar una satisfacción más al coronel. Ella encontraría alegremente dispuesta a usar su nueva indumentaria; si alguien se reía de ella, ella reiría con quien fuera.

Cuando Julian volvió trayendo un par de sandalias de cabritilla de color bronce, Tamsyn lo recibió con una sonrisa radiante y extendió de buena gana su pie para probarse el calzado comentando que lo encontraba muy bonito.

Julian la miró con suspicacia y sólo se encontró con su animosa sonrisa.

Ella caminó por la tienda, afirmó que le calzaban a la perfección y pidió a la señora que le envolviese su ropa y sus botas desechadas.

–Conserva las botas -dijo el coronel-. Pero las otras cosas ya no las necesitarás.

–En tu compañía, quizá no, milord coronel -dijo ella con dulzura-. De todos modos, prefiero guardarlas.

El se alzó de hombros y sacó una billetera del bolsillo.

–Lleva una cuenta minuciosa, milord coronel -dijo Tamsyn, con la misma dulzura que antes-. No me gustaría nada tener una deuda contigo.

–Oh, no te aflijas, ranúnculo, yo me ocuparé de que no la tengas.

–No me llames así -dijo Tamsyn; su fachada amable comenzó a resquebrajarse.

–Entonces, tú no me llames "milord coronel" -replicó él, astuto, contando los billetes que ponía en la palma impaciente de la señora.

Mientras iba hacia la puerta a Tamsyn se le ocurrió que había dado con un oponente digno de ella. El sol poniente proyectaba largas sombras en la estrecha callejuela y había una leve frescura en el aire que le acariciaba los brazos desnudos. El fino vestido onduló sobre su piel, y ella se sintió casi desnuda. Era una situación desconcertante.

–Ten, necesitarás esto -Julian le echó una mantilla de seda sobre los hombros-. La señora estaba preocupada de que fueras a pillar un enfriamiento.

–Jamás en mi vida he tenido un enfriamiento.

–Pero tampoco habías estado vestida de manera tan poco práctica.

–Ah; de modo que estás de acuerdo -exclamó, indignada-. Este atuendo es el menos práctico, más ridículo y corto que se pueda imaginar.

Él rió entre dientes, y ella entendió que le había tendido una trampa para hacerle expresar sus verdaderos sentimientos. Fastidiada, continuó haciendo saltar los pliegues de la falda al ritmo de su vigoroso andar, moviéndose por la calle como si aún llevara los pantalones.

Julian, que la seguía un poco atrás, se encogió al ver que la falda quedaba enganchada en una piedra suelta y ella tiraba con fuerza para soltarla y daba una patada a la piedra con su delicada sandalia de cabritilla.

–¡Tamsyn! – la tomó del brazo frenando su avance-. Ese no es el modo de caminar. Debes sostener la falda de tu vestido y las enaguas con una mano, hacia un costado… mira, de este modo -le hizo una demostración tomando la tela del pantalón entre el índice y el pulgar, a la altura de la rodilla y dio un paso-. ¿Ves?

–Creo que no lo he entendido bien -contestó Tamsyn, muy seria-.

¿Podrías mostrármelo otra vez?

–Es muy simple -dijo él, impaciente-. Tomas la tela así, hacia un lado…

¡Diablillo! -explotó él al ver que Tamsyn estallaba en carcajadas doblándose sobre sí misma, sacudida por convulsiones de risa.

El le dio un coscorrón poco caballeresco aunque dentro de él se debatían el enfado con la risa al imaginar lo ridículo que debía haber parecido.

Ella se enderezó de prisa y giró hacia él su rostro risueño. Se tomó la falda haciendo una exagerada imitación y dio un paso bien marcado, su nariz levantada en gesto altivo, sus ojos al cielo.

–¿Así, milord coronel?

–Si no miras por dónde andas, ranúnculo, acabarás con tu trasero en la zanja -dijo él.

Tamsyn hizo una mueca y abandonó su pose. Debía recordar no llamarlo de ese modo.

–Y ahora, tómate de mi brazo -indicó él, pasando la mano de ella por el hueco de su codo-. Y con la otra mano recoge tu falda para que no arrastre por el polvo. Y mira dónde pones los pies.

Avanzaron así por la calle Mayor, y Tamsyn miró alrededor esperando no ver ninguna cara conocida. Si a sus propios ojos estaba ridícula, no se le ocurría que a cualquier otro pudiera parecerle diferente.

–Por la gracia de Dios, ¿ése no es Gabriel? – dijo Julian, de pronto.

La inconfundible silueta gigante a lomos de su macizo caballo dio vuelta la esquina al final de la calle. Iba guiando dos mulas cargadas y, cerrando el desfile, otra mula jineteada por una mujer envuelta en chales y mantillas.

Tamsyn lanzó un grito de alegría, soltó el brazo del coronel y, olvidando su incomodidad, corrió por la calle alzándose la falda con ambas manos para no tropezar.

–¡Gabriel, qué pronto has venido!

–¿Qué esperabas, pequeña? – dijo Gabriel, desmontando-. Ay, muchacha, ¿qué te has puesto?

–Pues mira; forma parte de mi plan -dijo ella cuando, al fin, pudo emerger de su abrazo-. Ya sé que me da un aspecto tonto, pero el coronel insistió en que lo usara; después te explicaré.

–Bueno, bueno -dijo Julian, marcando las palabras-. De modo que Gabriel no forma parte de tu pequeño proyecto, por lo que veo. Estoy atónito.

Gabriel lo miró a los ojos:

–Ya veo que ha cuidado a la pequeña.

–Por supuesto. Y no podría decir que ella me haya facilitado el trabajo-agregó en tono cáustico.

Gabriel asintió.

–No es propio de ella facilitar las cosas; tampoco esperaba yo que lo hiciera.

Se volvió hacia sus mulas, donde Tamsyn se encontraba hablando animadamente en español con la mujer, aún montada sobre la mula. Gabriel ayudó a desmontar a la mujer sosteniéndola con sus brazos aunque, por lo que Julian podía ver bajo la montaña de chales, no era nada liviana.

Una vez que estuvo sobre sus pies, ella se quitó los chales y dejó ver una figura breve y maciza. Al quitarse la mantilla, reveló un rostro redondo, de rasgos bonachones y pequeños ojos oscuros que parecían pasas. Rodeó impulsivamente a Tamsyn con sus brazos y dijo un rosario de palabras de saludo cargadas de amor. Gabriel observaba la escena y cabeceaba, como aprobando.

–Ay, mujer, termina ya ese parloteo y deja en paz a la niña -dijo, cuando consideró que los saludos estaban prolongándose demasiado-.Quiero que estas cosas queden guardadas… no me gusta que estén aquí afuera, en plena calle; no es seguro.

–Oh, es bastante seguro -dijo Tamsyn, ocupándose otra vez de él-. Ten en cuenta que estamos en el cuartel general del ejército peninsular de Wellington. Nos hallamos protegidos por la palabra de un caballero inglés.

¿No es así, lord St. Simon?

–Desde luego que sí -dijo él sin inmutarse y sin tragar el anzuelo-. Le aconsejo que lleve los animales al establo junto a César y que averigüe si la señora Braganza tiene lugar para más inquilinos.

–¿Eso te parece bien, pequeña? – preguntó Gabriel, que todavía no estaba dispuesto a aceptar la palabra del coronel sin corroborarla.

–Sí -contestó Tamsyn-. Podemos descargar las mulas y almacenar las cosas en mi cuarto, en casa de la señora. Allí estarán seguras.

–Condúcenos, pues -Gabriel recogió las riendas e hizo un gesto despreocupado con la cabeza-. Mujer, conduce la mula.

Tamsyn abrió la marcha y Julian se apresuró a ponerse a la par.

–¿Quién es la señora?

–Es Josefa, la mujer de Gabriel – informó Tamsyn.

–¿Su esposa?

Tamsyn apretó los labios mientras lo pensaba.

–Supongo que eso depende de cómo definas esa posición. Ella comparte su cama desde que yo tengo memoria. Fue mi niñera. Ella vendrá con nosotros a Inglaterra como mi acompañante o dueña… como quieras llamarla. No tengo dudas de que la hija de un hidalgo debe tener una. Ya lo he pensado todo.

–Admiro tu previsión -murmuró Julian-. ¿De modo que Gabriel también nos acompaña?

–Claro que sí. No dejaría que me fuera sin él -respondió, como si fuera evidente.

–Deduzco que él todavía no sabe de esto.

–Todavía no -confirmó Tamsyn, alegremente-. Les explicaré todo esta noche. En este momento, él está demasiado preocupado por el tesoro para prestar atención a cualquier otra cosa. No se quedará tranquilo hasta que lo vea debidamente guardado.

–¿El tesoro?

–Sí; mi herencia. Servirá para financiar mi plan, coronel. Ya te había dicho que yo no sería una carga.

Julian clavó la vista en ella.

–¿En qué consiste este… tesoro?

–En los frutos de una vida entera dedicada al bandolerismo, señor -

respondió ella con sequedad-. ¿Qué otra cosa podría ser? Oro, plata, joyas.

Doblones, ducados, francos. Una verdadera fortuna.

–¡Buen Dios! – murmuró él, consternado-. ¿Acaso las bandas de desertores…?

El rostro de la muchacha se puso tenso.

–Por supuesto que andaban tras esto. Habían oído hablar de la fabulosa riqueza de El Barón, pero no la encontraron. El barón no era ningún tonto.

Sólo él y Gabriel sabían dónde estaba. Tratándose de la tortura, él sabía que sólo podría confiar en sí mismo y en Gabriel.

–Entiendo.

No se le ocurría que pudiera haber otra respuesta.

–¿Piensas que deberíamos viajar por Portugal con protección del ejército?

–Todavía no lo había pensado. Pero, si llevamos ese equipaje, pienso que será necesaria.

Puso cara larga al pensar en la responsabilidad de conducir semejante carga a través de las montañas hasta Lisboa. Portugal era una nación amiga que estaba agradecida al ejército inglés por haberla liberado de Napoleón, pero aún quedaban bandoleros en algunos sitios.

–Gabriel elegirá a sus hombres -dijo Tamsyn-. Y no serán soldados. He preguntado por la escolta porque no creo que sea una buena idea. A Gabriel no le agradan los soldados… a mí tampoco… y, en ocasiones, él se pone…

-hizo una pausa-. Bueno, a veces se vuelve un poco impredecible, en especial si ha bebido.

–¿Qué significa que se vuelve impredecible?

De pronto, Julian recordó el frío de la espada del gigante en su espalda desnuda, la expresión asustada de Tamsyn cuando hablaba a Gabriel, su desesperación por convencerlo de que ella había participado por su propia voluntad en ese lascivo encuentro a orillas del río.

–Que tiene un temperamento explosivo -respondió Tamsyn, pensando para sus adentros que era un modo suave de decirlo, y que la verdad desnuda podría alarmar al coronel.

–¡Dios mío! – musitó Julian.

La tarea de escoltar a una caravana de mulas cargadas con una fortuna incalculable, en compañía de la tentadora Violette se vería complicada por la presencia de un hombre con inclinación a los arranques violentos cuando estaba ebrio.

–No sucede muy a menudo – tranquilizó Tamsyn-. Y Josefa sabe cómo calmarlo…, si puede tomarlo a tiempo agregó, justo cuando llegaban a la casa de la señora Braganza.

Julian se abstuvo de hacer comentarios.

–Te dejaré aquí. Después de que haya hecho los arreglos del caso, te lo haré saber.

–Bueno -Tamsyn frunció el entrecejo.– ¿Cuándo será eso?

–Ya te informaré. Sugiero que te ocupes de tu guardarropa. Necesitarás un traje de montar y una silla de montar de mujer. Doy por cierto que podrás controlar a César usando una montura lateral. Si no, tendrás que conseguir otro caballo.

Se volvió de lado con un movimiento brusco.

–Gabriel, quisiera decirte una palabra… ¿has pensado en contratar a un hombre para vigilar eso? – indicó a las mulas con un ademán-. En el viaje a

Lisboa, me refiero.

–¿Lisboa? ¿Allí vamos? – Gabriel hizo un flemático encogimiento de hombros-. En ese caso, conjeturo que necesitaremos un par de hombres útiles. Los encontraré en las cercanías.

–Podríamos viajar en un convoy del ejército. Constantemente están partiendo pues tienen que transportar a los heridos a Lisboa.

Gabriel negó con la cabeza y escupió en el polvo.

–No me entiendo con los soldados, coronel. Exceptuando lo presente, claro.

–Desde luego -coincidió Julian con sequedad-. Bueno, lo dejaré en sus manos. Cuenta con un par de días, tal vez menos.

Dirigió la vista hacia la casa, donde Tamsyn y Josefa estaban en animada conversación con la señora, con muchos ademanes y mucho alzar de hombros.

Gabriel siguió su mirada.

–No me extrañaría que las mujeres acomodaran todo perfectamente bien

-afirmó-. Bueno, ya es hora de que me ocupe de descargar estas cosas. No me agrada que queden aquí, en la calle. Hasta luego, coronel.

Se volvió y puso manos a la obra con la primera mula, alzando un baúl con zunchos de hierro sobre un hombro.

Julian pensó en ofrecerle ayuda y luego desistió. Por más que tuviera insólitas responsabilidades, éstas no incluían sudar como un peón de granja.

Se marchó hacia el cuartel.

Tamsyn lo vio y frunció el entrecejo: estaba impaciente por alejarse de ella. Y no le agradaba ser descartada con tanta ligereza.

Dejó a Josefa y la señora pasando revista a las limitadas comodidades de la casa, fue caminando hasta el portón y se hizo a un lado para dar paso a Gabriel que avanzaba por el sendero cargando otro baúl.

–¡Eh, muchacho! – gritó a un niño que iba pateando guijarros por la calle-. ¿Ves a ese coronel? – Señaló la ancha espalda de Julian, que se alejaba. El niño asintió-. Síguelo y luego dime dónde ha pasado la velada.

Puede que vuelva al campamento o que se quede en el cuartel. Si vuelves a contármelo, habrá un escudo para ti.

El niño sonrió y salió corriendo para situarse fuera del cuartel cuando su presa hubo desaparecido en él.

Sin percatarse de la presencia de su joven perseguidor, Julian entró en el apartamento de Wellington. Éste estaba reunido con su equipo; saludó al coronel con energía.

–St. Simon, cenarás con nosotros. Estamos tratando de discernir qué será exactamente lo que pedirás en Westminster. ¿Deberíamos pedir el máximo o bajar nuestras exigencias? ¿O hacer pedidos razonables que no alarmen al ministerio?

Julian dejó de lado todo pensamiento acerca de Tamsyn, el tesoro y el impredecible Gabriel y tomó asiento. Aunque su misión diplomática le agradase bien poco, no por eso dejaba de comprender su importancia.

El niño aguardó hasta el anochecer. El coronel no volvió a aparecer, pero vio entrar en el edificio una procesión de criados que provenía de la cocina situada en la casa vecina; traían bandejas y fuentes con comida, y por la ventana abierta salía el tintineo de la porcelana y el cristal junto al sabroso aroma de la cena y las voces de los comensales.

El muchacho volvió corriendo a la casa de la viuda, llamó a la puerta de la cocina que estaba abierta para dejar entrar el suave aire primaveral.

Asomó la cabeza en la cocina iluminada por velas, donde estaban sentados Tamsyn, Gabriel, Josefa y la señora Braganza dando cuenta de una cena mucho menos elegante que la que se había servido al duque y su equipo.

Sin embargo, ninguno de los que estaban sentados alrededor de esta mesa se hubiesen molestado en hacer la comparación.

–Ah, buen muchacho -Tamsyn empujó su silla hacia atrás-. ¿Dónde está el coronel?

–Está comiendo en el cuartel, señorita. Ha ido allí y no ha salido hasta ahora. No quité la vista de la puerta ni un minuto.

–Muy bien. – Tamsyn aprobó con la cabeza.– Gabriel, ¿tienes un escudo?

Gabriel metió la mano en el bolsillo y arrojó una moneda de plata al niño que estaba en la puerta.

–¿En qué andas ahora, pequeña?

Tamsyn sonrió y se metió una oliva en la boca.

–Es que se me ha ocurrido una idea. Dentro de una media hora, ¿irás al cuartel y le dirás al coronel que necesito hablar con él acerca de una cuestión de suma urgencia?

Gabriel arrancó un muslo al pollo que tenía delante.

–Sí, si tú lo quieres -dijo, y mordió la carne.

Tamsyn asintió, se quitó de la boca el hueso de la oliva y lo arrojó al jardín.

–Tengo que hacer ciertos preparativos. Recuérdalo: en media hora. Para ese entonces estarán haciendo circular el oporto.

Se fue a la planta alta y dejó a los otros terminando su cena. A nadie le parecieron extrañas las instrucciones que ella dio antes de desaparecer; los tres siguieron comiendo con impasible aplicación.

Media hora después, en el cuartel, Gabriel subía la escalera y, al llegar al descanso saludó al brigadier mayor con un breve cabeceo.

–¿Está aquí el coronel St. Simon?

Señaló con un ademán la puerta que había detrás del teniente.

–Sí, pero está cenando -respondió Sanderson con altanería, mirando con fijeza la maciza y rufianesca figura del recién llegado, enfundado en pantalones y justillo de cuero, basta camisa de tela doméstica, un pañuelo no muy limpio en el cuello, el pelo gris recogido en una cola en la nuca.

–¿Y quién es usted?

–Eso no es de tu incumbencia, muchacho -dijo Gabriel en tono amable-.

Iré a buscar al coronel.

–¡No! – Sanderson se levantó de un salto cuando el visitante se acercó a la puerta-. No puede entrar ahí.

–Claro que puedo, muchacho -Gabriel aferró al infortunado teniente por el cuello y lo levantó de modo que quedó de puntillas-. No discutamos eso, ahora. ¿Quieres entrar ahí corriendo y anunciarme o me anuncio yo solo?

Sanderson abrió la boca para pedir refuerzos y entonces Gabriel lo dejó caer en su silla y dijo con amabilidad:

–Me anunciaré yo mismo, entonces.

Cuando aparecieron dos infantes sin aliento en la escalera, Gabriel ya estaba dentro del alojamiento del comandante.

Los hombres sentados en torno de la mesa alzaron la vista, estupefactos, Julian cerró los ojos un instante y lanzó un suspiro de resignación.

Sanderson y sus refuerzos entraron a los tumbos en la habitación, pisando los talones al gigante.

–Le ruego que me perdone, señor. No pude detenerlo.

Wellington alzó su copa, observó al recién llegado y dijo, en tono cáustico:

–No, ya veo que debe de ser difícil. ¿A quién tengo el honor de dirigirme?

Sin presentarse, Gabriel se limitó a decir:

–Lamento interrumpir vuestra cena, caballeros. He venido a buscar al coronel St. Simon. La niña lo necesita con urgencia.

–Se refiere a La Violette -dijo Julian remarcando las palabras. Se apoyó en el respaldo de su silla y jugueteó, distraído, con su copa de oporto-. ¿Qué quiere ella ahora, Gabriel?

Gabriel se encogió de hombros.

–No sé decírselo, coronel. Simplemente, me pidió que viniese a buscarlo.

Julian yació su copa y empujó su silla hacia atrás.

–Excusadme, caballeros. No se debe dejar esperando a una dama.

Su tono sarcástico hizo fruncir el entrecejo a Gabriel.

–No estará usted insultando a la niña, ¿eh, coronel?

–Esa criatura a la que usted insiste en llamar "niña" es un pequeño demonio malvado, Gabriel -declaró Julian sin rodeos-. Y si quiere luchar conmigo por esa descripción, le sugiero que salgamos.

Hubo un momento de tenso silencio, luego las carcajadas de Gabriel retumbaron en la habitación e hicieron retemblar la loza.

–Bueno; no creo que pelee con usted, hombre. ¿Nos marchamos?

Julian asintió, hizo una reverencia a sus compañeros y salió de la habitación siguiendo a Gabriel, a quien seguían Sanderson y su cohorte.

–¿Ya le ha explicado ella ese loco plan que ha urdido? – preguntó Julian mientras andaban por las calles de Elvas iluminadas por lámparas.

–Aún no -respondió Gabriel con su habitual placidez-. Me lo dirá cuando a ella le parezca conveniente.

–¿Y usted no siente curiosidad?

Gabriel negó con la cabeza.

–Yo voy adonde ella va.

Llegaron a la casa, entraron en el pequeño vestíbulo, y Julian vaciló al oír la charla de las dos mujeres mayores que llegaba desde la cocina.

–¿Dónde está ella, entonces?

–Arriba, según creo -contestó Gabriel-. Yo saldré al jardín a fumar mi pipa.

Desapareció por la puerta de la cocina y la cerró al salir.

Julian maldijo por lo bajo. Tamsyn empezaba otra vez con sus tretas, estaba seguro de ello. Tendió la mirada hacia la estrecha escalera y, después de una impaciente sacudida de su cabeza, subió; al llegar arriba, golpeó con energía en la puerta. Una voz baja lo invitó a entrar, y él empujó la puerta y entró.

En el umbral se detuvo en seco, atónito, sin poder creer lo que veía.

Desde un pequeño tragaluz se derramaba la luz lechosa de las estrellas en lo que parecía la cueva de Aladino. Sobre el suelo había baúles abiertos que exhibían su contenido: sedas relucientes, suntuosos terciopelos, esmeraldas de intenso color verde, el resplandor blanco de los diamantes, el rojo luminoso y oscuro a la vez de los rubíes, el verde mar de las aguamarinas, las brillantes turquesas.

Julian permaneció allí, estupefacto, hasta que oyó una risa suave que llegaba desde el estrecho camastro. Giró lentamente la cabeza hacia la cama y, durante un instante, creyó haber caído en medio de un sueño alocado, propio de un manicomio.

El camastro estaba cubierto de oro; no sólo el camastro: todo el cuarto de La Violette. Monedas de oro de muchos países relucían a la luz de la luna y se movían sobre la piel clara de ella, al compás de su respiración.

–Jesús, María y José -susurró el hombre-. En el nombre de la Gracia,

¿qué estás haciendo?

–Elige algo -dijo ella sin moverse de la cama-. Tienes derecho a una compensación por la ardua tarea que te he impuesto.

Julian se sintió atravesado por la ira, como por una niebla roja.

–¿Estás ofreciéndome un pago? – quiso saber él, sin poder creer lo que estaba oyendo.

–Compensación -murmuró Tamsyn-. Mira alrededor. Mira si hay algo que te apetezca.

Movió, apenas, el cuerpo y las monedas de oro que la vestían tintinearon levemente.

–¿Tienes la audacia de ofrecerme el oro de los ladrones? – fue hasta la cama, con sus ojos ennegrecidos por la ira-. Nunca me habían insultado…

–No te precipites a sacar conclusiones -interrumpió ella, sonriendo, con sus ojos tan luminosos como cualquiera de las piedras preciosas que había en los cofres.

Sólo su rostro estaba descubierto, y él se sorprendió dejando vagar la mirada lentamente por su cuerpo, fascinado por los montículos de oro a la altura de sus pechos, las pequeñas cimas rosadas que asomaban a través de esa extraña cubierta. El oro se amontonaba en el hueco de su vientre, una esmeralda asomaba, tímida, desde su ombligo, los ducados se encimaban como tejas sobre sus muslos, y en cada uña de los pies había un bruñido doblón.

–No hay un solo tesoro en oferta -murmuró ella-. Rechaza el oro si quieres, pero mira qué hay debajo. Quizás encuentres algo que te atraiga.

Con mucha delicadeza, separó sus piernas y el fuego de un diamante brilló a la luz de las estrellas, reluciente contra el resplandor más tenue del oro.

–Tú… tú…

No encontró palabras. Clavó la vista en ese oscuro y suntuoso surco de su cuerpo, donde los diamantes parecían guiñarle en maliciosa, pícara invitación.

Julian se dejó caer lentamente sobre sus rodillas junto a la cama y apartó con cuidado las monedas de sus pechos, empujándolas con delicadeza con la yema de un dedo y dejando al descubierto esos suaves promontorios pálidos. Inclinó la cabeza y tocó con la lengua los pezones erguidos saboreando la tibia dulzura de la piel que se mezclaba con el residuo metálico del oro.

Tamsyn permaneció inmóvil mientras él, en silencio, iba descubriendo su cuerpo con movimientos lentos y deliberados, moneda a moneda, y las acomodaba en pulcras pilas en el suelo, a su lado. Y, a medida que desnudaba cada trozo de piel, sus labios iban marcando la carne a fuego.

A ella se le hacía cada vez más difícil permanecer quieta. Esperaba que él barriese las monedas que cubrían su cuerpo en un arrebato de pasión, a medias irritado, a medias anhelante. En cambio, esta exposición lenta, paulatina, le hacía cosquillear cada una de sus terminaciones nerviosas, cubrían su piel de un sonrojo que iba surgiendo tras la estela de sus besos ardientes, y aceleraba el ritmo de la sangre en sus venas.

Él dejó la esmeralda del ombligo y continuó por el vientre, encendiendo un rastro de fuego con su lengua sobre la piel húmeda de la mujer. Con lentitud, descubrió sus muslos, sus pantorrillas, desnudó sus pies y fue metiendo en su boca cada uno de los dedos pequeños y rosados, le acarició

las plantas con la lengua hasta que al fin ella se retorció y exhaló un suave gemido de protesta no muy enérgica, por las cosquillas.

Julian la miró a todo lo largo, sosteniéndole los pies en ambas manos.

Los diamantes parecieron guiñarle desde la hendidura oscura y húmeda de su cuerpo.

–Hechicera -dijo con suavidad.

Era la primera palabra que pronunciaba desde hacía muchos minutos en ese pequeño recinto tachonado de gemas.

Se levantó y ella giró la cabeza para verlo cuando se inclinaba sobre un cofre y pasaba los dedos por entre las piedras eligiendo y descartando. El regresó a la cama con un puñado de collares, brazaletes y piedras sueltas. Se arrodilló de nuevo junto a ella y comenzó a adornarle el cuerpo, con expresión intensa en sus ojos. Sujetó brazaletes en sus muñecas y tobillos y una sarta de perlas opalescentes en el cuello. Deslizó por debajo de ella una cadena de oro tachonada de esmeraldas, la sujetó en su cintura y puso otra en torno de los pechos.

Luego, se incorporó y contempló su obra con una breve sonrisa jugueteando en su boca. Miró el terso diamante que tenía en su palma y la sonrisa se comunicó a los ojos.

–Date vuelta -su voz tenía un rico palpitar sensual-. Pero hazlo con mucho cuidado.

Tamsyn se volvió sobre su estómago; cuando el cinturón de oro y esmeraldas se incrustó en el vientre, lo sintió frío y duro en su piel caliente.

Julian se inclinó sobre su cuerpo yacente y su piel resplandeció bajo el vértice tallado del diamante que él pasaba por su espalda, dibujando finas líneas en sus omóplatos, el contorno de las costillas, la columna vertebral.

Cuando la piedra comenzó a trazar signos en la parte baja de su espalda y luego se trasladó a sus nalgas contorneando lentamente sus curvas para luego separar las suaves redondeces de carne y plantó la piedra en el jardín de diamantes que ella tenía entre las piernas, Tamsyn clavó los dedos de los pies en el colchón.

Tamsyn exhaló un suspiro rápido, casi alarmado, luego sonrió para sí.

Este era un amante que podía igualar y superar cualquiera de sus fantasías.

Siguió en silencio. Cuando Julian se enderezó, ella se volvió otra vez de espaldas, cuidando de no desarreglar el jardín; sus ojos aún seguían rivalizando con la suntuosa decoración de su cuerpo.