Las Arenas de Solarïe
Prólogo
Bárbara G. Rivero
Las Arenas de Solarïe
Laila Winter 1
ePub r1.0
Fauvar 09.10.13
Título original: Laila Winter y las Arenas de Solarïe
Bárbara G. Rivero, 2008
Editor digital: Fauvar
ePub base r1.0
Prólogo
Jack Crow colgó el teléfono.
Se quedó mirándolo unos instantes y luego se dirigió con pasos felinos en busca de algo que beber. La conversación le había secado la garganta.
Llegó a la cocina y buscó en la nevera una lata de cerveza. Se la llevó al salón y se sentó pesadamente en el sofá frente a la chimenea apagada.
Su mente comenzó a divagar. Muchas veces se había preguntado para qué quería tantos muebles inútiles en una casa tan grande y viviendo solo. Pero claro, en algo tenía que gastar tantísimo dinero. Ser mercenario le aportaba enormes beneficios, pero Jack nunca había necesitado nada más que lo imprescindible para sobrevivir.
Y además de mercenario, también era cazador. Cazador de presas un tanto… especiales. Alguien le pagaba muy bien por cada una de ellas, pero ahora ese alguien quería un asunto diferente.
Tenía que conseguir un objeto extraordinario. Y tenía que lograrlo sin que sus dueños se diesen cuenta de que se lo llevaba. A Jack Crow nunca le había gustado la palabra «robar». Además el objeto en cuestión estaba en un lugar extraordinario, pero la persona que le había llamado, ese alguien, le había asegurado que recibiría ayuda para conseguirlo.
A pesar de tantas facilidades, Jack había puesto un precio desorbitado.
La voz al teléfono no se alteró. Pagaría lo que fuese necesario, como de costumbre.
—¿Cuánto tiempo tengo para hacerlo? —preguntó tomando notas mentales.
—Todo el verano —respondió alguien.
—¿Y la ayuda?
—Te será entregada dentro de poco. ¡Ah! Se me olvidaba. Antes quisiera que me hicieras un nuevo encargo… Uno de los de siempre. Es un favor personal.
Jack Crow asintió mecánicamente y cogió su libreta.
—¿De quién se trata esta vez? —preguntó garabateando con una pluma.
La voz al teléfono se lo dijo. Luego colgó y Jack se fue en busca de su cerveza. Cuando regresó, echó una ojeada a la dirección y al nombre escrito con su pulcra caligrafía:
Laila Winter
Lo subrayó dos veces y miró a la chimenea. Sería un trabajo sencillo sin duda.