Las Arenas de Solarïe

Bárbara G. Rivero · Capítulo 21 de 22

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Las Arenas de Solarïe

Capítulo 20

El último Grano de Solarïe

La reina Hellia contemplaba el horizonte de Solarïe, oscuro y marchito como los cinco soles, tan grandes y tan amenazadores que se diría que se podían coger con una sola mano. Solo con mirarlos el vello se ponía de punta, pero la reina no parecía sentirse atemorizada.

La soberana de Ïalanthilïan, Maeve, había hablado con ella muchas veces. Al principio con preocupación, pero después con ánimos y nuevos planes para devolverle la vida a su reino. Y la reina Mab le había explicado con detalle que Hellia tenía la solución en sus manos.

La reina de Solarïe apenas recordaba aquellas conversaciones, perdida en una nebulosa blanca y soporífera, pero la idea de pedir su Ultimo Deseo permanecía en su mente. Hellia salvaría Solarle y no moriría. Quedaría para siempre en el recuerdo de todos los habitantes del reino. Las gentes la adorarían como a una diosa y elevarían grandes templos y estatuas en su honor.

Volvió a fijarse en las afueras Solandis, en los campos ennegrecidos y azotados por la tormenta de oscuridad, y por un instante los vio dorados y radiantes. Recuperó una sonrisa en su marchito rostro. El viento hizo revolotear sus cabellos canosos, que nunca recuperarían ya el antiguo brillo de los soles, y por un solo momento, sintió una gran tristeza.

Unos golpecitos suaves resonaron en las puertas de su alcoba y alguien entró sin anunciarse.

—¡Majestad!, es la hora.

Hellia se volvió lentamente. En la entrada aguardaba una de sus damas de compañía más fieles, y detrás de ella esperaban dos albanthïos blancos y puros. La reina sonrió y se acercó a su tocador. No iba a permitir que en su momento más grandioso alguien la viese desarreglada. Se peinó los largos cabellos de nieve y miró su rostro, ahora lleno de arrugas. Ya nunca más sería joven ni bella, pero al menos su hija Cyinder estaba viva, y la imaginó en sus aposentos, arreglándose primorosamente para aquella magnífica ceremonia.

Cyinder sería una gran reina. Y Maeve la ayudaría a organizar Solarïe en los primeros momentos hasta que pudiese valerse por sí misma como nueva soberana. Eso se lo había prometido sin dudar. Maeve aconsejaría a Cyinder sobre todos los asuntos que fuesen necesarios.

Se miró comprobando que le gustaba su apariencia, pero le pareció que faltaba un detalle, algo que realzase más su atuendo de luto. Se dirigió al vestidor y cogió el boa de plumas del que nacían fresas constantemente. Sintió la suavidad del adorno al cruzárselo en el cuello y se miró al espejo por última vez. Entonces salió de la habitación con paso firme y orgulloso, y recorrió los grandes salones y los pasillos de su palacio, escoltada por los albanthïos, que nunca habían dejado de vigilarla.

Numerosas hadas blancas se unieron a la comitiva, además de algunas shilayas y las pocas damas solarles que quedaban en el castillo. Maeve también había prometido que la gente regresaría. Todos volverían y reconstruirían Solarle, engrandeciéndolo y haciéndolo más poderoso que nunca.

Y todo gracias a ella, a Hellia, que iba a pedir su Último Deseo sacrificándose por todos.

Recorrió los jardines llenos de fuentes y cruzó las puertas doradas del palacio hasta donde aguardaba la reina Mab. Hellia contempló su rostro, blanco y querido como el de una madre que le hubiese aconsejado y animado en todo momento. Desprendía serenidad y paz, y le hacía sentir que todo estaba bien. Además del recuerdo de su hija, Hellia se llevaría la imagen dulce y sonriente de Maeve antes de partir.

Delante de ella, la ciudad de Solandis la recibía en ruinas oscuras, pero Hellia la vio dorada y resplandeciente bajo la luz de los soles. Alzó la vista hacia el cielo negro mientras el viento recorría las calles y las llenaba de polvo y arena. De repente un relámpago cruzó todo el firmamento y se quedó un poco extrañada. Le pareció que el sol Nur tenía ahora un extraño color rojizo, como si se hubiese encendido de golpe, y sin saber porqué, aquello le alegró. También la reina Blanca miraba al cielo extrañada.

Las shilayas cantaban con voces tristes, elevando notas agudas que flotaban hacia las alturas. Las sacerdotisas blancas se les unieron en un murmullo lento y suave, y sus voces puras y frías hacían saltar las lágrimas. No había nadie más allí. Los solarïes todavía no habían regresado, pero Hellia sabía que la noticia de su sacrificio se conocería, y en cuanto los soles brillasen de nuevo toda la ciudad se llenaría con el bullicio y la alegría de siempre.

Avanzó hacia la noche de Solarïe bajo los cuatro soles negros y el quinto rojo, y extendió los brazos dejando que el viento hiciese flotar sus cabellos. Buscó a su hija entre las sacerdotisas y al no encontrarla miró a la reina Mab, que le sonreía haciéndole olvidar aquella última preocupación. Entonces abrió los labios dispuesta a proclamar su deseo. El más grande de todos, el más magnífico.

Iba a cerrar los párpados cuando vio algo por el rabillo del ojo. Era algo que subía por la devastada avenida de Qentris y se acercaba al palacio a velocidad vertiginosa, dejando una estela polvorienta tras de sí. Algo rugiente con los ojos en llamas, que parecía dispuesto a devorar la tierra.

Decenas de albanthïos avanzaron para proteger a ambas reinas, y Maeve, con los ojos muy abiertos, se lanzó sobre Hellia, zarandeándola para que proclamase su Último Deseo. La reina de Solarïe seguía con los ojos aterrorizados, prendidos en el monstruo sin escucharla, y vio cómo los guardianes blancos tenían que apartarse en el último segundo para no ser arrollados.

 

Antes de todo esto, Laila, Aurige, Cyinder y Nimphia se encontraron de golpe en los dormitorios de Lomondcastle. La puerta llena de luz azul se cerró a sus espaldas y por un momento todas se tambalearon perdiendo el equilibrio. Laila se cayó al suelo mientras miraba a todos lados, dudando todavía de que lo hubiesen conseguido. Aún podía escuchar la avalancha rugiente de agua desplomarse sobre sus cabezas, y en su cara sentía el azote de la horrible ventisca arenosa provocada por el viento de Simún. Pensó que en cualquier momento escucharía la voz de Tritia a sus espaldas, pero en el dormitorio de Aurige solo estaban ellas cuatro. Luego vio su libro sin la piedra de aguamarina, tan horriblemente arrancada, y por un momento tuvo ganas de llorar.

Sus amigas también acusaban el tremendo cansancio, pero entonces Cyinder las miró a todas un instante y luego sacó de su bolsillo el último Grano de Solarïe. Empezó a reír y a llorar a la vez, y se abrazó con ellas gritando de entusiasmo.

Laila olvidó la pena por el libro que su padre le había regalado y quiso gritar también, pero la garganta le dolía por el esfuerzo que había tenido que hacer para enfrentarse al viento de Simún, mientras veía la cara de espanto de la reina Tritia, y el palacio de Cantáride se tambaleaba victima del huracán del desierto.

La perla de Solarïe brillaba como una llama de fuego en la mano de Cyinder, y ella quería decirles entusiasmada cientos de cosas a sus amigas. Aurige, que ocultaba sin éxito una enorme sonrisa, se sintió algo azorada.

—¡No tenemos tiempo para esto! —exclamó queriendo parecer indiferente—. Debemos marcharnos corriendo a Solarïe sin tardanza.

—Pero Cyinder podría desear ahora recuperar todas las Arenas de golpe —objetó Laila con voz afónica—. Si están en mi mundo, su deseo se verá cumplido.

La solarïe las miró y luego al Grano en su mano.

—Aún no sé si mi madre está viva —dudó sin saber qué decidir—. ¿Y si está a punto de morir ahora mismo y todavía puedo salvarla? ¿Y si las Arenas no están en este mundo y yo pierdo esta oportunidad? Es extraño, pero no puedo sentirlas aquí, y en Acuarïe sí que pude.

—Podría ser —habló Aurige—. Vamos a Solarïe. Si lo peor ya ha ocurrido, regresaremos de nuevo con el Grano y pedirás aquí el deseo, aunque no notes el influjo. Si las Arenas aparecen, las gastaremos en hacerle la vida imposible a la reina Maeve y en vengarnos de ella.

Todas vieron su sonrisa llena de cinismo, y no tuvieron más remedio que echarse a reír. Aurige era una lunarïe, y nunca cambiaría.

Salieron del dormitorio a toda velocidad, cruzándose con la mirada atónita de las alumnas del colegio a primera hora de la mañana, que las vieron pasar enfundadas en trajes de cuero destrozados, apestando a algo horrible y con la pinta de haber sido atacadas por un vendaval.

En el aparcamiento estaba el todoterreno teñido de rosa y todas se subieron en él de golpe. Aurige lo arrancó bruscamente y maniobró de forma temeraria. Luego aceleró a fondo hasta alcanzar las grandes verjas de hierro del colegio. De inmediato se dirigieron hacia el lago Lomond y todo a su alrededor comenzó a difuminarse.

Los árboles se fundieron y el sol del amanecer pareció volverse negro. Detrás de él aparecieron cuatro gigantescos soles más, y el horrible paisaje de Solarïe creció a su alrededor. El viento aullaba arrastrando las grandes nubes de arena, y Aurige pisó aún más el acelerador aplastando la hierba quemada en su frenética carrera.

De repente un enorme relámpago cruzó el cielo y el quinto sol se encendió con un brillo rojizo como la sangre. Laila miró aquel prodigio con los ojos muy abiertos a la vez que la ciudad de Solandis se acercaba a pasos agigantados. Sin duda aquello era obra de la presencia de la última perla en Solarïe.

Subieron por la avenida de Qentris forzando salvajemente el motor del automóvil. El viento parecía estar en su contra, y la tierra vibraba con pequeños seísmos que les desviaban a cada trecho. En las puertas del palacio se congregaban docenas de hadas blancas mirándolas con terror y vieron que un grupo de albanthïos se disponían a cortarles el paso.

Cyinder abrió la ventanilla y comenzó a vociferar llamando a su madre, y pronto Nimphia la imitó ocasionando una algarabía terrible. Laila quería ayudar, pero de su garganta arrasada solo salía un susurro cavernoso.

Los guardianes blancos parecieron concentrarse en algún hechizo, pero aquello solo sirvió para que Aurige abriese los labios en una sonrisa feroz.

—¡Hoy voy a hacer puré de albanthïo! —exclamó enfilando directamente contra ellos.

Los guardianes perdieron la concentración y vieron con horror cómo un monstruo rugiente se les echaba encima. Cuando el todoterreno se detuvo salieron disparadas del coche y Cyinder se abalanzó sobre su madre, gritando y riendo, y la reina Hellia, que hasta ese momento estaba aterrorizada, la reconoció poco a poco como si despertase de un sueño.

—¡Cyinder! —exclamó con disgusto—. ¿Qué clase de vestido es ese? ¡No estás arreglada para la ceremonia…!

—¡Ya no hace falta ninguna ceremonia! —gritó llena de felicidad, abrazándola—. Mamá, he traído el último Grano de las Arenas de Solarïe. Mira…

Y entonces sacó la perla brillante del bolsillo y se la mostró en la palma abierta. Todos los que la rodeaban se quedaron asombrados, y solo Laila se dio cuenta de que la reina Maeve se llevaba las manos a la boca con horror. Inmediatamente cambió su gesto por una mueca de asombrada alegría.

Hellia extendió la mano con los ojos muy abiertos y rozó el Grano con la punta de los dedos. Al momento una luz brillante pareció envolverla y sus ojos destellaron, dorados y luminosos. Miró a Cyinder, incrédula, sin poder pronunciar ni una sola palabra.

—Es para ti, mamá —exclamó radiante—. El último Grano de las Arenas, para que puedas salvar nuestro reino.

Su madre tomó la perla entre los dedos y luego la miró llena de admiración. Las brumas de su mente desaparecieron y la reina parpadeó unos segundos. Se giró hacia Solandis y contempló toda la destrucción de la ciudad con nuevos ojos. Maeve sonreía con una mueca beatífica. Permaneció en silencio durante unos segundos y cogió la mano de su hija, depositando el Grano en ella.

—No, Cyinder —negó—. Eres tú quien ha salvado a Solarïe. Y no solamente a nuestro reino. También a mí. A ti te corresponde pedir lo que quieras con este tesoro.

Cyinder la miró llena de orgullo y asintió. Y entonces, delante de toda la corte de hadas blancas, se volvió hacia la reina Maeve con el Grano de las Arenas entre sus dedos.

—Todo se lo debo a mis amigas —exclamó en voz alta para que la escucharan—, pero hay alguien en Faerie a quien yo tengo que agradecerle especialmente que haya logrado rescatar el Grano de donde estaba escondido —siguió mirando a la reina Blanca directamente a los ojos.

Maeve sonrió, halagada, y extendió su mano blanca para recibir la perla luminosa.

—… Y ella es una ithirïe —siguió con una sonrisa cínica.

La reina Blanca se encogió al escuchar aquello como si la hubiesen abofeteado, y su sonrisa se congeló en una mueca en la que Cyinder vio un ligero rastro de… ¿miedo? Sin prestarle más atención le dio la espalda y miró a Laila, que escuchaba todo aquello completamente sorprendida.

—Laila Winter será la que decida el destino de Solarïe por todos nosotros — concluyó con una enorme sonrisa.

Laila se sintió empequeñecer ante la mirada de todas las hadas. Su rostro estaba rojo de sorpresa y de emoción y Cyinder caminó hacia ella como una reina. Luego puso el Grano en su mano y le cerró los dedos con fuerza. La muchacha miró a su amiga solarïe, que asentía llorando de alegría, y luego a Aurige y a Nimphia mientras la mano le cosquilleaba como si la perla estuviese viva.

De repente tuvo un deseo muy poderoso, y unas voces reptilianas se enroscaron en su cerebro susurrándole los últimos versos de un extraño poema: «Deseas ver a tu madre… Deseas ver a los Ithirïes…».

Las apartó a un lado con gran esfuerzo, y miró al lago dorado en la lejanía, todavía negro como las simas profundas de Acuarïe. Recordó la primera vez que pisó Solarïe, y todo lo que sintió al ver aquella tierra de campos de oro, la suave brisa llena de dulces olores, los vilanos volando entre la neblina de árboles dorados, los cinco soles en el firmamento… Recordó la risa de Cyinder cuando ella les dijo, en aquel primer encuentro, que venía del planeta Tierra, y después la recordó vestida de shilaya, llenando de papelillos dorados el cuartel general mientras creaba miles de pasteles para celebrar la primera victoria del gremio de ladrones. Los recuerdos la invadieron y unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

Acalló definitivamente la voz de los dragones en su cabeza y apretó el Grano entre sus dedos. El deseo escogido se abrió paso sin llegar a su boca, y tuvo verdadera necesidad de ver vivo otra vez el reino de Solarïe, tan dorado y poderoso que jamás volviese a depender su existencia de un solo grano de arena.

La perla se deshizo en la mano y abrió los dedos para mirarla por última vez. Un polvillo de oro se dispersó en el aire, flotando como una ráfaga brillante hasta que desapareció.

De repente hubo un estallido de luz, y todo el mundo tuvo que cerrar los ojos y desviar la mirada de la figura de Laila. El calor barrió la ciudad como una ola, y cuando abrió los párpados, tuvo que hacer un gran esfuerzo por recuperar la visión hasta que sus pupilas se acostumbraron a una claridad cegadora.

Los cinco soles se habían encendido de golpe, brillantes como millones de antorchas, y comenzaron a alejarse de Solarïe moviéndose hacia la línea del ocaso. El aire se volvió dorado y los últimos jirones de viento dispersaron las nubes grises hasta hacerlas desaparecer.

La ciudad de Solandis seguía arrasada, pero ya nada parecía importar. El aire se llenó de aplausos y vítores, y Cyinder abrazó a Laila llorando. Las shilayas, e incluso las hadas blancas, aplaudían llenas de entusiasmo, y la reina Hellia se inclinó ante ella en señal de respeto. Laila miró por un momento a Aurige, que con una sonrisa parecía decirle: «¡Bien hecho, nemhirie!».

 

Dos días después comenzaron las celebraciones en Solandis. Todo el día anterior, las nuevas heroínas de Solarïe habían dormido en las habitaciones de invitados del palacio. Cuando despertaron, las damas de compañía de la reina habían preparado un festín de dulces y pasteles en su honor, y después de tantas horas de sueño, Laila creyó que no dejaría nunca de comer. Los volcanes de frambuesa y los bizcochos con alas se sucedían sin parar, y todo el tiempo recibían felicitaciones de los habitantes del palacio y regalos de la reina Hellia y de sus damas de compañía.

Solo hubo un momento en el que todas sintieron un nudo de terror: cuando para asearse, tuvieron que bañarse en una piscina llena de agua. Laila creyó que nunca más podría sentirse segura metida en el fluido azulado.

Al día siguiente, al amanecer de Cálime, miles de flores llegaron con las corrientes de aire, y las calles se inundaron de corpúsculos dorados que flotaban embelleciendo la desventurada ciudad. Las hadas blancas y las shilayas terminaban los preparativos del gran banquete a las afueras de Solandis, y entonces, primero como un murmullo y después formando un gran estruendo, miles de solarles comenzaron a aparecer ante las puertas de la ciudad.

Llegaban de todas partes, volando con sus alas transparentes, caminando en grandes grupos o montados en sus coches estrafalarios. Regresaban de todos los reinos de Faerie, y subían por las grandes avenidas en dirección al castillo, en medio de gritos de júbilo.

La muchedumbre regresaba a Solarïe, a sus casas de Solandis, recuperando sus vidas y sus hogares, y pronto comenzaron a aclamar a la reina Hellia a las puertas del palacio. Después se corrió la voz de que había sido la princesa Cyinder la verdadera salvadora de todos, y su nombre brilló radiante, aclamada por la multitud como la verdadera reina de Solarle.

Laila veía todo aquello desde los altos ventanales, y a su lado, Aurige y Nimphia sonreían cansadas y silenciosas, dejándose llevar por el griterío de la multitud.

—¿Cyinder va a ser reina? —preguntó con el leve temor de que su amiga se alejase de ellas.

—No lo creo —contestó Aurige sin apartar los ojos del gentío—. Ella nunca abandonará nuestro club de Las Coleccionistas.

Nimphia y Laila se miraron dubitativas. A Cyinder siempre le había gustado la posibilidad de reinar y convertir Solarïe en el reino poderoso que su madre no había logrado nunca.

—De todas formas sería una buena reina —dijo Nimphia expresando también su temor.

—No hablemos más de ello —dijo Aurige con seriedad—. Cuando llegue el momento, si llega, ya nos las arreglaremos para que no se olvide de nosotras.

Las miró con una sonrisa maliciosa y Laila no tuvo más remedio que echarse a reír.

Cuando empezó el atardecer de Qentris, los solarles abandonaron la ciudad y se dirigieron a los campos dorados. La gente dejó para otra ocasión la reconstrucción de sus casas y de sus vidas. Ahora lo único que importaba era celebrar el renacimiento de todo Solarïe y la felicidad de estar juntos otra vez.

Miles de lucecitas brillaban por todas partes, y el cielo se llenaba de fuegos artificiales. En medio de los campos, que aún permanecían casi completamente quemados, se habían instalado cientos de mesitas blancas, llenas de flores y lámparas con luciérnagas, y los solarles se reunieron en grupos de amigos que cantaban las hazañas de la princesa Cyinder y de sus amigas.

De todos lados llegaron emisarios y embajadores con regalos y felicitaciones. De todos lados excepto de Acuarïe. Tritia no dio señales de vida, pero nadie pareció echarla de menos. A Laila lo que más le gustó fue el regalo que le enviaron Arissa y Silfila: unas botas de cuero negro con pequeñas alas en los tacones.

Las tres estaban sentadas, juntas, en una pequeña mesa de honor, cerca de la mesa de Cyinder, que había tenido que sentarse junto a su madre y la reina Maeve, quien conversaba con ellas como si tal cosa. De vez en cuando, Cyinder las miraba y ponía gestos y muecas de aburrimiento, pero no tenía más remedio que estar allí cumpliendo con el protocolo.

En un momento pudo acercarse a sus amigas y por fin la cara de fastidio desapareció.

—¿Cómo es que hablas con esa bruja? —inquirió Aurige señalando a la reina Mab.

—No puedo hacer otra cosa —susurró—. Mi madre está convencida de que le debe mucho, que ha protegido el reino en los peores momentos, y le ha pedido que se quede aquí, en Solandis, hasta que todo vuelva a ser como antes.

—No me gusta nada —gruñó la lunarïe frunciendo el ceño.

—Ni a mí tampoco, pero por ahora no me queda más remedio que soportar su presencia.

Luego cambió la seriedad por una sonrisa. —Y vosotras, ¿estáis bien?

—Estupendamente —contestó Laila mientras a su alrededor las hadas entonaban canciones suaves y llenas de tristeza.

Muchos grupos de amigos se dirigieron al lago y depositaron pequeñas velitas sobre nenúfares, que flotaron en señal de duelo por aquellos que perdieron la vida al principio de la tragedia. Las pixis revoloteaban, chillonas, sobre las bandejas de pasteles y golosinas, y por un momento todas se dejaron arrastrar por aquella dulce melancolía que impregnaba cada rincón, recordando los momentos vividos.

De repente Laila se quedó mirando los árboles y las demás observaron su mirada de extrañeza.

—¿Qué ocurre? —preguntó Nimphia.

—No lo sé. Me ha parecido ver algo entre los árboles…

—¿El qué?

—Una figura, no lo sé. Ha desaparecido enseguida. Pero por un momento me ha parecido que tenía los cabellos verdes…

Todas miraron hacia el lejano bosquecillo, pero más allá de las hadas junto al lago, los campos dorados permanecían desiertos y silenciosos.

—¿Estás segura? —susurró Cyinder sin dejar de escudriñar la lejanía.

—No del todo. Serán las ganas de encontrar a mi madre lo que me hace ver espejismos…

Las cuatro permanecieron silenciosas un momento.

—Tendremos que buscarles, ¿no? —sonrió Nimphia cogiendo una trufa llena de chispitas azules—. Me refiero a los Ithirïes, claro.

—¡Por supuesto! —contestó Laila, imitándola.

—Y las piedras de Firïe también —agregó Aurige.

—¡Eh! No os olvidéis del resto de las Arenas de Solarïe —dijo Cyinder—. Tienen que estar por algún lado.

Laila rió divertida. Por supuesto que las encontrarían, de eso no cabía la menor duda.

—Esa bruja no deja de mirarte —susurró Nimphia mirando a Maeve.

—Ya me he dado cuenta.

—Le hemos destrozado los planes —rió Aurige levantando una ceja—. Estoy segura de que nos odia a muerte. Ahora mismo mantiene una pose para que nadie lo note, pero apostaría mi ala derecha a que por dentro se consume de rabia.

Laila dejó escapar una risita. Se recostó sobre la silla y bajo la luz de los dos últimos soles comenzó a recordar todos los momentos vividos.

—Es increíble todo lo que nos ha pasado —comentó Cyinder en voz alta—: los espectros de la Torre de Cálime, el medallón de los ithirïes…

—El demonio que nos persigue… —agregó Nimphia bajando la voz.

Laila sintió un escalofrío. Esa parte ya la tenía olvidada y pensar en aquella bestia no le agradaba en absoluto. Para desprenderse del recuerdo se puso a pensar en su padre, y entonces se dio cuenta de que de nuevo todo le conducía otra vez a los ithirïes: el libro, las confesiones de Sean Winter, y después el medallón y el poema de los dragones de Acuarïe. Parecía que su destino tenía que ser tratar de encontrarles.

—¿Qué haremos ahora? —preguntaba Cyinder, que se levantaba ya de la silla para regresar junto a su madre.

—Cuando llegue el invierno tendremos que ir a la Universidad Blanca —repuso Aurige con fastidio.

A Laila aquello la devolvió de golpe a su rutina de Lomondcastle y a Mrs. Peabody, pero al menos se consoló pensando que no iba a estar sola. Todas sus amigas estarían con ella, y además en el reino Blanco podría buscar respuestas a tantas incógnitas que le rondaban.

—¿Maeve nos aceptará? —preguntó Nimphia mirando a la reina Blanca de soslayo.

—No le queda más remedio —contestó Aurige—. No puede hacer otra cosa que agasajar a las heroínas de Solarïe.

—¡Que somos nosotras…! —añadió Cyinder con un gritito antes de marcharse.

La despidieron saludándola con las manos y cuando el sol de Nur se puso en el horizonte, el gran Solandis comenzó a amanecer por el Este.

—Bueno, nemhirie, parece que tendremos que aguantarte un tiempo más.

Laila miró a Aurige sin saber si reírse o decirle una barbaridad.

—¿Siempre me vas a llamar nemhirie?

—Por supuesto. Nunca te perdonaré el horrible disfraz de shilaya.

Nimphia soltó una risita y Laila se llevó las manos a la boca intentando contener las carcajadas. En ese momento, en medio de la mesa apareció un último y misterioso regalo, y todas lo miraron asombradas. Una nota escrita con agua y una sencilla «A» eran las únicas referencias sobre el emisario. Delante de ellas había una bola de cristal llena de un líquido azulado que daba vueltas. Y si miraban en su interior, muy pequeña y lejana, se podía divisar una ciudad de puentes colgantes, bajo los pies de dos colosos de piedra.