Las Arenas de Solarïe

Bárbara G. Rivero · Capítulo 8 de 22

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Las Arenas de Solarïe

Capítulo 7

La corte de Blackowls

Laila soñaba.

En su sueño le faltaba la respiración. Miles de flores blancas la aprisionaban como si estuviese dentro de un capullo de seda, y cuando conseguía salir, las flores desaparecían y no había nada más que un largo camino de piedras blancas. Comenzaba a recorrer la senda que brillaba como la plata, pero poco a poco se iba estrechando hasta que al final se encontró haciendo equilibrios sobre un cuerda blanca. Ahora era un puente que colgaba sobre un profundo precipicio y en cada extremo un hada sostenía la cuerda con firmeza. Una era Titania y otra la dama Geminia, y ambas le incitaban a cruzar.

—No tengas miedo —le decían—. Nosotras sostenemos la cuerda.

Laila avanzó lentamente. Miró hacia abajo, hacia un enorme pozo oscuro sin fondo, lleno de estrellas que brillaban con malignidad. Cuando parecía que caminaba más segura, Titania balanceó uno de los extremos a la vez que lo aflojaba riéndose cruelmente.

—¡Salta, nemhirie, salta! —gritaba con unos ojos donde ardían témpanos de hielo.

La cuerda quedó libre y Laila comenzó a caer sintiendo toda la angustia del vértigo mientras abría la boca dejando escapar un grito silencioso.

Abrió los ojos sobresaltada. El Mustang acababa de tomar un socavón imprevisto en el camino y Laila había botado en el asiento cuando soñó que caía. Giró la cabeza a todos lados asustada. Estaba en un coche, en mitad de un bosque lleno de árboles retorcidos, en plena noche cerrada. A su lado había dos muchachas vestidas de negro, una rubia y otra con el pelo violeta, que dormían profundamente. Laila no se sorprendió porque tuviesen alas en la espalda. Poco a poco los recuerdos fueron volviendo y entonces reparó en el conductor.

—¡Aurige! —exclamó con alegría poniéndole una mano en el hombro.

La lunarïe dio un brinco por el susto y frenó con un chirrido de neumáticos a escasos centímetros de un grueso tocón que pensaba esquivar segundos antes.

—Casi me matas —se quejó dándose la vuelta para mirar a su interlocutora.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Laila fijándose en sus alas, una de las cuales presentaba tres arañazos cicatrizados—. ¿Estás bien?

—Estoy bien —confirmó ella—. He mandado a mi madre a tomar viento otra vez. Eso ha pasado.

Laila se puso seria. Volvió a sentir compasión por ella.

—¿Dónde estamos? —preguntó—. Lo último que recuerdo es el palacio. Hablábamos con alguien… Espera —dijo recordando—, era con tu madre…

—Me lo imagino. No le des más vueltas. Olvídate de mi madre y punto, no hablemos más de ella.

Laila se bajó del coche y se sentó en el asiento de delante dispuesta a consolarla, pero al ver su duro gesto recordó que Aurige odiaba las sensiblerías.

—¿Dónde estamos? —preguntó de nuevo para cambiar de tema, observando los árboles visibles bajo los faros, silenciosos guardianes que se perdían en la oscuridad —. ¿Seguimos en Lunarïe?

—Eso me temo —dijo Aurige con un suspiro—. Atravesé el laberinto, pero parece ser que con las prisas me equivoqué en un par de recodos. Al final hemos llegado a este bosque lleno de trampas y caminos sin salida. No hay carreteras ni zonas conocidas. Creo que estamos en un punto muerto.

Abrió la portezuela mirando a izquierda y derecha, y salió del coche bajo la luz de los faros, caminando alrededor para inspeccionar el terreno. Los viejos troncos y arbustos espinosos crujían de vez en cuando, susurrando entre sí. Algunos insectos nocturnos se habían acercado curiosos, y revoloteaban como luciérnagas sobre los haces de luz. Un búho ululó en un árbol cercano.

Aurige se acercó a sus compañeras, dormidas en el asiento trasero, y las sacudió hasta que comenzaron a dar signos de vida. Lentamente fueron saliendo de su soporífero estado abriendo los ojos y bostezando como si hubiesen dormido miles de años. Cyinder parpadeó y después de un momento reconoció a su compañera de Lunarïe. Puso cara de sorpresa e inmediatamente la abrazó mientras comenzaba a hacerle mil preguntas. Después fue el turno de Nimphia, y Aurige se vio de nuevo sometida al mismo interrogatorio: sí, estaban todavía en Lunarïe, sí, ella estaba bien, y no, de su madre no quería ni oír hablar. Sobre lo que a ellas tres les había ocurrido, la morena prefirió guardar silencio.

Como no iban a sacarle una palabra más sobre lo sucedido, Cyinder y Nimphia comenzaron a mirar a su alrededor, dándose cuenta de la nueva situación. Salieron del coche y Laila las imitó. De inmediato notó la fría y pinchante tierra bajo sus pies descalzos y se dio cuenta de que aún vestían todas los negros vestidos de luto.

—Nimphia —dijo a su amiga—, ¿te importaría devolverme mis vaqueros?

La de Airïe miró a Laila y luego a su propio atuendo, mientras Cyinder lanzaba una maldición al darse cuenta de cómo iban vestidas. Al momento cambió las negras sedas por cómodos pantalones, jerséis y zapatos deportivos, llenos de colores chillones.

—No entendéis el espíritu de Lunarïe —les dijo Aurige, desdeñosa, mientras ella misma transformaba sus propias ropas por otras igual de cómodas.

—¿Sabes dónde estamos entonces? —preguntó Nimphia, contenta con el cambio.

—Por supuesto —contestó Aurige con superioridad—. Estamos a las puertas del Bosque de Blackowls, los dominios de Oberón.

—¿En serio? —dijo Cyinder dando un gritito de emoción. Aurige la miró poniendo los ojos en blanco.

—Me encanta tu padre —suspiró Nimphia—. Es tan valiente y tan guapo…

—Oye, que no es mi padre —la contradijo ella con disgusto—. ¿Cuántas veces tengo que decirlo?

—Es su padrastro —le susurró Cyinder a Laila. Iba a añadir que no comprendía cómo un rey de los duendes como él podría haberse enamorado de una bruja como Titania, cuando percibió un movimiento por el rabillo del ojo. Le había parecido que un arbusto había cambiado de sitio—. ¿Habéis visto eso? —preguntó alarmada.

—¿El qué?

Otro buho ululó más cerca y Aurige observó detenidamente las copas de los árboles.

—No os separéis —les advirtió.

—¡Ay! —exclamó Laila mirando a Cyinder—. ¿Por qué me pellizcas?

—Yo no he sido —protestó la chica.

—¡Eh! —gritó Nimphia al sentir que algo le tiraba de los cabellos.

De pronto se escucharon risitas agudas y varios arbustos y matorrales se acercaron hacia ellas, rodeándolas.

—¡Duendes! —exclamó Aurige.

En ese momento, una algarabía de gritos, risas y aullidos surgieron por todas partes como si hubiesen caído en una emboscada.

—¡Yujuuuuuu!…

—¡Yaiyaaaa!…

Cientos de figuras oscuras y salvajes surgieron de troncos huecos, copas frondosas y arbustos. Laila observó asustada rostros pintarrajeados, vestidos con plumas, pieles y hojas, que las cercaban gritando y danzando. Uno de ellos tocaba un caramillo asombrosamente mal. Otro llevaba un gorro con alas de lechuza que le daba un aspecto aterrador, y varios duendes más se cubrían la cara y giraban a su alrededor, poniendo muecas de espanto como si tuviesen intenciones de morderlas.

Aurige, que pareció asustarse al principio, se dirigió al que tocaba el caramillo y se lo arrancó de golpe de los labios estrellándolo contra el suelo. El horrible sonido agudo cesó y con él toda la algarabía. Las figuras dejaron de bailar, y Laila pudo comprobar que en realidad apenas superaban la media docena.

Parecían jóvenes de su misma edad, con caras aniñadas y traviesas, y naricillas respingonas. Altos, como adolescentes humanos, y sucios, como si no se hubiesen lavado en la vida, sus orejas eran puntiagudas y llevaban los cabellos largos o recogidos en pequeñas trenzas que se les enmarañaban alrededor de la cara dándoles un aspecto oscuro y grotesco.

—¿Por qué has hecho eso, Aurige? —le preguntó dolido el duende mientras recogía los restos del caramillo.

—Me estaba dando dolor de cabeza —respondió la otra—. Pero no esperaba menos de ti, Puck, nos has dado un buen susto.

—¡La dama Aurige siempre fastidiándonos la fiesta! —dijo otro duende con pena —. ¿Es que no tienes otra cosa que hacer?

—Oh, tengo miles de cosas que hacer más importantes que hablar con unos desarrapados como vosotros.

—Nosotros, ¿desarra… desaparra… desapaqué? —respondió el del gorro de lechuza—. ¡Encima que os damos una increíble bienvenida nos insultas!

—¿Qué es esa cosa? —preguntó un duende que llevaba varias colas de zorro atadas alrededor de la cabeza acercándose al Mustang.

—¡No lo toquéis! —gritó Aurige viendo sus intenciones—. ¡Ni se os ocurra!

Y por esa misma advertencia, Puck saltó dentro del coche y empezó a toquetear todos los mandos y a girar el volante. Aurige se abalanzó hacia él y detrás Laila, Cyinder y Nimphia, guiadas por el mismo impulso. Inmediatamente todos los duendes se lanzaron hacia el automóvil iniciando una batalla campal, gritando y aullando. Intentaban subirse, a la vez que las cuatro chicas trataban inútilmente de impedir que llegaran a los asientos, tirando de ellos o sacándolos a la fuerza mientras esquivaban golpes y patadas.

Cyinder le arrancó el gorro de alas de buho a su dueño con un grito salvaje y este le pegó una patada en la espinilla, haciendo que la muchacha se agachase de dolor en el momento mismo en que varias bellotas pasaban como proyectiles justo por donde había estado su cabeza unos segundos antes. Las bellotas se estrellaron contra el cristal delantero del coche y contra Puck, que había descubierto la bocina del Mustang y la hacía sonar estruendosamente una y otra vez.

Nimphia trataba de arrastrar a un duende que había abierto la puerta y se aferraba con saña al manillar de la portezuela, mientras la chica tiraba de sus piernas hacia atrás con todas sus fuerzas. El duende tenía todo su cuerpo en el aire, dando patadas que Nimphia trataba de esquivar mientras reía por lo cómico de la situación. Dos duendes emplumados la agarraron por los brazos haciéndole cosquillas y pellizcándola, tratando de ayudar a su amigo.

Laila consiguió meterse en el asiento del copiloto y trató de empujar fuera del coche a Puck, que había conseguido poner en marcha los limpiaparabrisas. El chorro de agua salpicaba el cristal incesantemente y caía a tierra formando un charquito de barro. El duende se rió por su descubrimiento, pero al momento se vio empujado fuera del coche y cayó dando con la cara en el suelo.

—¡Eh! —gritó riéndose con renovadas energías—. ¡Para esto si puedes! —aulló mientras le lanzaba pequeñas piedras y semillas que había recogido rápidamente en la caída.

Laila las esquivó agachándose y luego levantó la cabeza sonriendo.

—¡Has fallado, has fa!… —cortó al recibir un impacto de barro en la cara.

—¡Lo siento! —gritó Aurige con una sonrisa y las manos llenas de lodo—. ¡Era para él!

—Con que sí, ¿eh? —gritó Laila lanzándole una bellota que había caído en el salpicadero.

Momentos después recibía una nueva lluvia de semillas lanzadas por Puck, que había aprovechado su ventaja con el despiste de la chica.

Todos siguieron luchando y formando una algarabía terrible, gritando y pataleando hasta que fueron cayendo al suelo, rendidos, uno a uno. Laila se recostó junto a Cyinder, que a pesar de los innumerables golpes y arañazos mantenía intacto el gorro de lechuza sobre su cabeza.

—¡Qué paliza nos han dado! —dijo Nimphia, contenta a pesar de todo, alegre como si hubiese conseguido liberarse del todo de las pesadillas que la habían atormentado.

—¡Anda que vosotras…! —gimió Puck arrastrándose hacia ellas.

—Os lo merecíais —gritó Aurige con manchas de barro y hojas pegadas en la cara y el pelo, victoriosa sobre el Mustang, que lucía el peor aspecto de su historia.

—Ha sido una buena batalla —dijo el de las colas de zorro, que había perdido algunas y comenzaba a recoger las que encontraba tiradas por el suelo—. ¿Verdad, Puck?

—Digna de duendes —afirmó el otro mientras se sentaba en la tierra intentando recomponer el caramillo destrozado.

Durante unos instantes nadie habló y en la noche solo se escucharon jadeos y respiraciones entrecortadas.

—¿Quiénes son tus amigas, Aurige? —preguntó Puck al rato, tirando a lo lejos los restos del instrumento musical—. Son muy guapas.

—Eres un descarado, duendecillo —le increpó ella—, espera a que le contemos a Oberón lo que has hecho con mi coche.

—Sí, sí —contestó Puck sin darle importancia con un gesto de la mano, mirando a las tres desconocidas con picardía—, pero ¿quiénes son?

—Yo soy Cyinder —dijo la rubia de Solarïe poniéndose en pie mientras comenzaba a sacudirse la tierra y a arreglarse los cabellos.

—Encantado, Cyinder —dijo el duende levantándose de un salto—. Yo soy Puck, guardián de los Bosques de Blackowls, ladrón de niños y terror de viejas solteronas —e hizo una graciosa pirueta en el aire.

—Ella es Nimphia —señaló Cyinder a su amiga, que reposaba junto a otros dos duendes en un tronco, felices con las caras llenas de heridas y arañazos—. Y esta es Laila —presentó a la muchacha, que también intentaba levantarse a duras penas.

—Nosotros somos Bratt, Ryn y Todd —se presentó el perdedor del gorro de lechuza a sí mismo y a otros dos duendes que tenían la cara llena de pinturas de guerra—. Y ellos son Piko, Somm y Dandy —nombró al resto de sus compañeros tumbados junto a los árboles, que habían empezado a mordisquear las bellotas usadas como proyectiles.

Laila supo en ese momento que jamás se aprendería todos los nombres, no porque no hubiese puesto interés, sino porque todos parecían iguales.

—¡Venid! Vamos a ver a Oberón —dijo Puck animando a sus compañeros a levantarse.

Aurige puso cara de disgusto, pero Cyinder y Nimphia gritaron emocionadas afirmando con la cabeza. La miraron esperando su aprobación y ella cerró los ojos indicando que se resignaba profundamente, aunque no era su deseo en absoluto.

—¿Y quién vigilará la entrada del bosque? —preguntó un duende que podía ser Ryn o Somm de igual manera.

—¡No importa! —gritó Puck animado—. ¿Crees que cuatro viejas intrigando todas las noches en Nictis pueden tener interés en venir a nuestras fantásticas fiestas?

Aurige lo miró asombrada mientras las demás se echaban a reír. La definición del Palacio de la Noche no había podido ser más corta y certera.

—¡Venid, venid! —gritaron los duendes corriendo, riendo y saltando hacia el bosque.

Ellas comenzaron a seguirlos, intentando mantener su ritmo, pero las figuras aparecían y desaparecían entre las sombras, tras los troncos, saltando de rama en rama, alegremente internándose cada vez más adentro, sin dejar de avanzar.

—Creí que solo había hadas en Faerie —jadeó Laila apartando de milagro la gruesa rama de un acebo en su camino.

—¿Qué te tengo dicho de esa palabra? —le dijo Cyinder enfadada.

—¡Disculpa! —gritó Laila con cinismo—. Creí que solo había Gente Bella en Faerie.

Nimphia se echó a reír por el comentario.

—También hay muchas otras criaturas —le explicó desde delante—, hay como ves, duendes, gnomos, elfos y silfos, hay ogros, trolls, cíclopes, espíritus… La mayoría son pacíficos y amables, a no ser que tengan hambre, claro, y viven en todos los reinos. También conviven en Faerie la mayoría de animales que viven en vuestro mundo, y otros que solo verás aquí: pegasos, unicornios, mantícoras…

—Espero que nunca veamos una —deseó Cyinder.

—Pues a mí me gustaría —objetó Nimphia—. Siempre he deseado tener una mantícora como mascota.

—¿Dragones también? —preguntó Laila con miedo.

—Desaparecieron hace mucho tiempo —respondió Nimphia apartando otra rama —. Hace miles de años que no se sabe nada de ninguno.

—A veces me gustaría saber más Historia —suspiró Cyinder—. Así sabría qué les pasó a los dragones, entre otras cosas.

—Eso implicaría matricularnos en la Universidad Blanca —dijo Aurige, que encabezaba el grupo, siguiendo en la oscuridad a la algarabía de duendes que gritaban sin parar.

—Pues hagámoslo —repuso Cyinder molesta—. Estoy cansada de la incultura de Solarïe. Os digo que algún día pienso cambiar las cosas.

—Le darías una alegría a mi madre —contestó Nimphia.

Laila no tuvo necesidad de ver la cara de Aurige para saber lo que la suya diría. Siguieron adentrándose durante un gran trecho, sorteando grupos de árboles, vadeando arroyos y saltando pequeños riachuelos. A veces se cruzaban con pequeñas pixis que brillaban con luz azulada y se les unían un rato hasta que se aburrían, o veían grupos de hadas danzando a la luz de la luna, formando corros donde bailaban desnudas con collares de flores en la cabeza y en el cuello y las saludaban al pasar para luego seguir su nocturna danza.

—'¿No viven todas las hadas de Lunarïe en Nictis? —le gritó Laila a Aurige.

—No —contestó la otra desde delante—. Solo la realeza vive allí. Cuatro viejas que se pasan las noches intrigando —añadió dolida—. La gran mayoría habita los bosques y son muchas las que prefieren vivir en los dominios de Oberón. Les resulta muy divertido. Yo misma pasé unos cuantos años en Blackowls hasta que me cansé.

—¿Por qué? —preguntó Laila, pero casi estuvo a punto de tropezarse con uno de los duendes, Piko o Dandy, o cualquiera de ellos, que se había detenido.

Habían llegado a Blackowls.

En mitad de un gigantesco claro en el bosque aparecía de repente toda una enorme ciudad amurallada, llena de almenas y puentes levadizos sobre un foso, como si hubiese caído entera del cielo sobre los árboles, aplastando la vegetación y haciéndose su propio hueco, con torres, casas y edificios que perfectamente podrían no haber existido un día antes, construidos sobre un suelo de adoquines que no había en el resto de Lunarïe. La gente entraba y salía sin cesar a través de las murallas exteriores, donde crecían raíces de árboles y todo tipo de plantas trepadoras haciendo que la mayoría del muro estuviese camuflado en la propia arboleda.

Innumerables antorchas pendían de los grandes sillares de piedra que formaban la muralla, iluminando la ciudad, y dando la bienvenida a todo aquel que llegase desde los bosques. Caminaron despacio hacia la ciudadela mientras los duendes correteaban excitados aquí y allá, por entre los tenderetes de comerciantes que habían surgido con el tiempo alrededor de los muros, perdiéndose entre la multitud. Las murallas ofrecían un aspecto impresionante. Fuertes, gruesas y seguras, donde colgaban desde las alturas cientos de pendones con los escudos de armas de cientos de casas. En mitad de la entrada principal, sobre una cancela de hierros oxidados, colgaba una pancarta de tela con alegres colores donde se podía leer:

Esta Noche, Gran Concurso Mensual

KHAMADIRION NEMHIRIE

—¿Qué significa «Ahamadirion Nemhirie»? —le preguntó Laila a Cyinder mientras leía el anuncio una y otra vez sin lograr traducir la primera palabra.

Cyinder carraspeó, visiblemente turbada, y le lanzó una mirada a Aurige, que sonreía recordando viejos tiempos. No parecía querer contestar y Laila buscó a Nimphia para que le diera una respuesta.

—Es un dialecto de los duendes —dijo Nimphia por fin—. Significa… «Estresa al Nemhirie» —tradujo un tanto dubitativa.

—¿»Estresa al Nemhirie»? —repitió Laila sin comprender.

—Es un juego —le aclaró Aurige—. Como verás, siempre hay juegos y concursos en Blackowls. Oberón y su corte están siempre de juerga, celebrando fiestas, bebiendo vino y cerveza hasta emborracharse mientras cuentan batallas y hazañas inexistentes. Todo esto desquicia a mi madre —siguió con una sonrisa, ignorando las miradas de desaprobación de Cyinder y Nimphia.

Laila miró de nuevo hacia el pendón del concurso, aprendiendo y memorizando la nueva palabra. Caminaron entre los tenderetes de comerciantes y el bullicio de gente que entraba y salía sin cesar de la ciudad. Pequeños duendes y pixis correteaban haciendo cabriolas, altos caballeros vestidos con ropajes medievales curioseaban los puestos y algún que otro duende huía hacia los bosques al tiempo que se escuchaban gritos furiosos: «¡Cogedlo! ¡Al ladrón!».

Laila echó un vistazo a los comercios que crecían por todos lados. La mayoría vendían armas: espadas y arcos de todos los tipos y tamaños, pequeñas dagas y fundas, pócimas y ungüentos milagrosos traídos exclusivamente del Templo de Altaïr, arneses y cinchas para los caballos, mantas, petos y sayos, cotas de malla y armaduras completas. En otros, los vendedores pregonaban a gritos cerveza fresca de margaritas, licores de Solarïe y remedios contra la resaca. Almendras confitadas y ambrosía a una pieza de cobre la unidad, redomas llenas de sustancias de todas las texturas y colores y puestos de aves de todo tipo listas para guisar o usar en cetrería, según el gusto del comprador.

—Tened cuidado con vuestras pertenencias —susurró Aurige, y Laila se echó mano al bolsillo trasero tranquilizándose de inmediato al palpar el libro.

Anduvieron con cuidado entre las caravanas de gentes y carromatos de bueyes, avanzando hacia la ciudad interior, llena de casas bajas hechas de adobe y madera, rústicas y pobres, en nada parecidas a las relumbrantes avenidas de Solarïe.

Por las calles reinaba el bullicio, y miles de duendes, hadas vestidas con pieles, pixis y caballeros de aspecto humano reían y celebraban corros y festejos alrededor de las incontables tabernas y mesones que florecían por doquier como setas en otoño.

—¡Venid! —las sorprendió Puck apareciendo de repente entre el gentío. Llevaba en sus manos montones de objetos robados y Aurige empezó a regañarle de nuevo.

—No son para mí —protestó el travieso duende con una sonrisa picaresca mientras hacía como que lloraba.

—¿Para quién son? —se interesó Nimphia con amabilidad.

—Oh, dulce Nimphia —dijo el duende bailando a su alrededor, contento de tener a alguien interesado—, sin duda tú serías la dama dueña de mi corazón si no estuviese ya ocupado por la bella y cruel Artemisa Tallodeoro, hija de Clavelia Bosqueverde, que a su vez era prima segunda de Vilania Hojasdeotoño, emparentada con la mismísima…

—¡Basta! —le gritó Aurige cortando la retahíla de golpe—. Llévanos ante Oberón y después te puedes marchar con tu… Artemisa Clavellina, o como se llame.

El duende pareció dolido, pero las guió por las alegres calles hasta la entrada del castillo de piedra. Las puertas estaban abiertas de par en par y las cuatro amigas siguieron al duende, que había comenzado a tocar una pequeña flauta «encontrada por ahí», haciendo las delicias de Laila mientras Aurige se tapaba los oídos.

Llegaron al salón principal donde varios grupos de caballeros se sentaban en largas mesas, bebiendo y cantando canciones algo subidas de tono, riendo cuando alguno perdía el equilibrio y caía al suelo víctima de los efectos del alcohol.

En medio de un grupo de amigos sentados alrededor de una mesa, cantando especialmente mal con una jarra llena de cerveza en la mano, Oberón obsequiaba a sus convidados con unos versos que relataban la historia de un hada algo desvergonzada y casquivana, que movía las alas al parecer de forma muy picante. Luego todos coreaban los versos del estribillo principal y movían sus jarras brindando en el aire.

Las risas y las canciones invadían el salón mientras entraban y salían vasallos humanos llevando varias fuentes de comida: lechones, pollos y pavos, corderos asados con licores, y frutas y aves profusamente adornadas en platos dignos de un gran festín.

En el momento más álgido de la canción, cuando el hada de la historia iba a comenzar a desvestirse, Oberón vio a Aurige, que lo miraba desde el centro de la sala con ojos reprobadores y los brazos en jarras. El rey de los duendes se calló de repente, quedándose como una estatua, y varios de sus invitados protestaron exigiendo el final de la historia, pero la mayoría giró la cabeza hacia el mismo punto que su rey.

El salón enmudeció de golpe y fueron muchos los que, bajo pretexto de necesitar aire puro o rumiando que ya era tarde, se marcharon rápidamente.

—¡Querida Aurige! —gritó Oberón mientras se recomponía, apartando la jarra de cerveza como si fuese veneno—. ¡Mi querida hija! ¡Cuánto tiempo sin verte!

Avanzó hacia ella, sin embargo Aurige hizo un duro gesto para contener tanto cariño. El rey se quedó dubitativo unos segundos, aunque luego alzó la voz potente.

—¡Oíd! ¡Que corra el vino y la danza! Mi hija ha venido a visitarme.

Inmediatamente el salón del castillo volvió a cobrar vida y de nuevo se escucharon jarras entrechocándose y canciones alegres como si nunca se hubiesen interrumpido.

—Escucha —se acercó a la lunarïe con gestos conspiradores—. ¿Cómo está tu madre? ¿Está bien? ¿Me… me echa de menos?

—Te adora —mintió Aurige.

—Aaahh, bribona —dijo el rey riendo encantado—. No cuentes mentiras a tu viejo padre.

—Tú no eres mi padre —le dijo ella, feliz a pesar de todo.

—Oye… —dijo él apartando su comentario con un gesto de la mano mientras miraba a las tres chicas—. ¿Y estas guapas mozas quiénes son?

Laila escuchó que Cyinder y Nimphia suspiraban como dos colegialas. Aurige puso mala cara, pero se las presentó y Laila entendió el por qué de los suspiros.

Oberón, el rey de los duendes, era absolutamente encantador. A pesar de ser muy alto y grande, su estatura, lejos de dar miedo, confería seguridad y aplomo. Tenía unos vivaces ojos castaños que reían a la vez que su sonrisa, grande y sincera, y un cabello negro y rizado que se le pegaba a la frente por el sudor, pareciendo un dios griego. El hoyuelo que tenía en la mejilla de su barbado rostro era sin duda el causante de miles de suspiros de hadas por todo Faerie. De repente Laila sintió una punzada de nostalgia por su propio padre.

Oberón besó primero la mano de Laila y luego la de Nimphia, que casi se desmaya de emoción. Luego se quedó embobado unos segundos mirando a Cyinder, pues su rubio cabello era tan excepcional que llamaba con creces su atención.

—Cyinder de Solarïe —repitió su nombre con galantería—. La más bella entre las bellas —luego miró a Aurige con picardía—. ¿No tendrá tu amiga un grano de las Arenas de Solarïe por aquí, verdad? Así mi más fervoroso deseo se haría realidad…

—Eres terrible —le contestó Aurige con severidad.

—Bueno —siguió el rey algo decepcionado—, ¿y qué ha traído esta vez a mi dulce y simpática hija hasta mis puertas? ¿Acaso encontrarte con mi hijo Archero? Pues tengo que advertirte que no termina sus estudios hasta dentro de dos semanas.

—Ha sido un equívoco —le contestó ella con maligna sinceridad—. No tengo ningún interés en Árchero para tu información. Tu lacayo, Puck, nos enredó después de destrozar mi coche y hemos acabado aquí.

—Ah, ese bribón —siguió Oberón con una sonrisa igual de maligna—, se merece unos azotes, pero… ¿qué tal tú en la Universidad? ¿Apruebas todo?

La sonrisa de Aurige desapareció.

—Ya veo —comprendió el rey—. Está bien, no pasa nada. Al menos os quedaréis esta noche. Estamos ya en la final del concurso «Avergüenza al nemhirie», y los rivales están muy empatados. ¿Os quedaréis a verlo, no?

—¿«Avergüenza al Nemhirie»? —repitió Laila mirando a Nimphia con los ojos muy abiertos—. Creí que habías dicho…

—¡Qué más da! —dijo Aurige tratando de desviar el tema—. Además ya nos vamos…

—No, no, no —dijo Laila muy seria—. Yo quiero ver eso.

—Así se habla, chica —palmeó Oberón animado. Ignoró el gesto de desagrado de Aurige y condujo a las cuatro muchachas hacia otra sala más grande aún, hablando sin parar mientras se agarraba del brazo de Cyinder y de Nimphia.

La nueva nave estaba repleta de duendes y caballeros, que como Laila supo después, habían sido hombres que en otro tiempo se perdieron en Faerie y nunca regresaron o no desearon regresar.

—Es un concurso muy sencillo y muy popular —les explicaba Oberón mientras les mostraba la sala—. En ese gran espejo —dijo señalando una enorme circunferencia plateada que flotaba en mitad del salón— podemos ver siempre el mundo de los nemhiries, cómo y dónde queramos. Los participantes eligen a un nemhirie entre todos y luego van practicando trampas y situaciones que tienen que estar encadenadas, mientras el nemhirie cae en ellas sin percibir nunca ningún rastro de magia. Cuanta más larga es la cadena de casualidades, mayor es la puntuación. Mirad, va a participar sir Pierre Landcroft. Es un caballero que encontré una noche merodeando por Nictis, hace ya casi doscientos años. Es muy hábil, mirad.

Laila lo siguió con la mirada sin querer dar crédito a lo que había escuchado, hacia el gran espejo, que se había iluminado como una gran pantalla de televisión, y un hombre de unos cuarenta años se plantaba ante ella moviendo los dedos de la mano igual que en un duelo del Oeste americano. La expectación era enorme, y aquí y allá se hacían apuestas con monedas de cobre, objetos, caballos y todo aquello que se pudiese apostar.

En la pantalla apareció desde lejos la imagen de una ciudad cualquiera en el momento actual, con edificios y rascacielos acristalados, plazas y jardines, que se fueron acercando como si los estuviesen sobrevolando, hasta llegar a una populosa calle llena de gente que se dirigía a sus trabajos o a sus hogares en medio de la rutina diaria. Un ejecutivo con sombrero y paraguas caminaba tan tranquilo leyendo el periódico entre la multitud.

—Ese —señaló sir Pierre Landcroft mientras la imagen se agrandaba y todos seguían sus pasos con desbordante entusiasmo.

El hombre caminaba por la acera con su maletín, en un día completamente normal, ojeando el periódico con la misma cara de aburrimiento de siempre. De pronto, sir Pierre hizo un gesto ondulante con la mano y un violento golpe de viento arrancó el sombrero de la cabeza del ejecutivo, haciéndolo volar varios metros hasta que aterrizó en el suelo. El hombre corrió a cogerlo y se agachó en el momento en que pasaba a su lado una obesa mujer cuyo vestido se abrió como un paracaídas por la mágica brisa. El hombre se alzó, quedando atrapado bajo la tela de la falda, sufriendo unos instantes de verdadera angustia mientras en el castillo se producía una explosión de risas atronadoras.

Como el hombre no lograba deshacerse de su embozo y la señora estaba enseñando sus piernas y su faja a toda la calle, la dama le arrebató el paraguas y le dio un buen golpe en lo que era su cabeza bajo las faldas. El hombre se cubrió con las manos logrando salir de su prisión, y después de librarse de la molesta señora recogió su sombrero y su paraguas.

Sir Pierre hizo un nuevo gesto y un autobús, precisamente el que el hombre tenía que coger para llegar a su casa, pasó a gran velocidad por su lado más pronto de lo habitual. Sujetándose el sombrero, el caballero echó a correr para alcanzar la parada. Un segundo después resbalaba de manera estrepitosa al tiempo que el maletín se le abría y varios folios escapaban volando.

—La típica piel de plátano —comentó Oberón balanceándose por la risa y se escuchaban gritos de aprobación, aumentando las apuestas por toda la sala.

A Laila aquello le parecía horrible. Ver cómo atormentaban a un sencillo humano igual que ella, el cual no sabía por dónde le estaba viniendo tanta mala suerte junta, mientras se pegaba porrazos por todos lados y le ocurrían mil desgracias seguidas… Aunque bueno, eso de meter el pie en el cubo de agua de un limpiacristales porque el paraguas se le había abierto de repente tapándole la vista, era bastante gracioso. Poco después se partía de risa en compañía de Aurige y Nimphia, aunque esta reía en muy contadas ocasiones, manteniendo el gesto serio todo el tiempo, como si no le gustase que se metiesen con los nemhiries. Cyinder había ido a apostar varias monedas de oro de Solarïe a favor de sir Pierre.

Cuando su turno terminó, toda la sala aplaudía a rabiar. Parecía que iba a ser el vencedor indiscutible.

—Es buenísimo —comentó Cyinder en voz alta, aplaudiendo entusiasmada.

Corrieron el vino y la cerveza mientras la concurrencia se relajaba. Nimphia hizo aparecer cuatro batidos de bayas silvestres en el aire y enseguida se pusieron a beberlos. Poco después hacía acto de presencia el segundo finalista: un duende bastante alto de nariz picuda y pelo de color zanahoria, que inmediatamente se puso frente al espejo.

—Es Fripp Coladeconejo —les reveló Oberón aplaudiendo a la vez que toda la sala.

La circunferencia volvió a iluminarse y todos volvieron a sobrevolar altos edificios de una ciudad desconocida, en dirección a un parque público donde varios transeúntes caminaban felices o montaban en barca sobre un lago. Había una chica vestida primorosamente con una pamela, que miraba impaciente su reloj de pulsera.

—La dama —dijo el duende.

La imagen se acercó mientras un chico vestido de manera muy clásica con pajarita corría hacia ella con un ramo de flores.

—Oh, oh, ya veo —relató Oberón como improvisado comentarista, inventando una historia sobre la marcha—. La dulce y fea Miss Mofletes Colorados, solterona empedernida, lleva esperando cinco años una cita como esta y el joven galán, sir Pies Ligeros, acude raudo en busca de su amada…

En el momento en que la joven olía el ramo de camelias con una turbada sonrisa, el duende Coladeconejo hizo un pellizco con los dedos y una avispa salió de entre las flores posándose en la frente de la muchacha.

El salón estalló en risas cuando ella empezó a gritar y a gesticular, y el novio, en un improvisado esfuerzo por ahuyentar al insecto, le golpeó la cara con el ramo un par de veces. La joven le quitó las flores con ira y las arrojó con fuerza hacia atrás, de tan mala suerte que se estrellaron contra la cara de un policía sonriente que pasaba en ese momento.

Laila gritó de emoción mientras Cyinder y Aurige se doblaban por la risa y se escuchaban nuevos aplausos.

La pareja huyó hacia el lago, y él se montó en una de las barcas estirando el brazo para ayudar a la chica a subirse. Increíblemente una misteriosa ráfaga de viento alejó la embarcación unos metros, y el novio, sin control sobre el bote, tiró de la muchacha que acabó zambulléndose en las aguas. La pobrecilla lloraba, pero Laila no recordaba haberse reído tanto en su vida. Tras varias peripecias más, la pareja rompió su compromiso definitivamente y la chica, mojada, contusionada y multada, se marchó a su casa sin volver la vista atrás.

Los aplausos eran atronadores y la elección del ganador iba a ser muy difícil.

—Si yo pudiese hacer esto —dijo Laila en voz alta—, ya sé a quien le haría una cadena de ahamadirion…

—¿En serio? —le dijo Oberón sonriente—. ¿Por qué no pruebas?

—¡¿Qué?! ¿Yo? —se asustó la chica—. Oh, no, no. No podría… No sé cómo hacerlo. Soy una humana normal y corriente, una nemhirie, no podría…

—Claro que sí —la animó el rey—. Sir Pierre es un nemhirie también. Mientras respires aire de Lunarïe y la luna esté llena, los nemhiries pueden hacer cosas mágicas.

—Inténtalo —gritó Cyinder emocionada.

—Pero el concurso…

—¡No importa el concurso! —gritó el rey. Luego se dirigió al salón entero—: ¡A ver! ¿Quién quiere disfrutar con una participante de última hora?

Cientos de voces gritaron afirmando y Oberón empujó suavemente a Laila hacia el espejo.

—No, no —negaba la chica resistiéndose, pero entonces vio la cara de Aurige, que la retaba a hacerlo.

Sintió que el orgullo la dominaba, y después de pasear la vista por la sala abarrotada, dio la vuelta enfrentándose al espejo, que comenzaba a iluminarse. En su mente fijó la imagen de Escocia y todos se vieron volando por bosques y verdes prados hasta acercarse velozmente a un castillo: el colegio de Lomondcastle.

Comenzaba a amanecer cuando la imagen se acercó entrando por un ventanal, directamente en busca de una sola persona, atravesando pasillos y salas llenas de armaduras, cruzando bajo las escaleras donde el viejo Bert estaba subido, como cada mañana, mientras limpiaba las altas cristaleras, hasta que se colaron por el ojo de la cerradura de una habitación.

Mrs. Peabody dormía plácidamente, con la cabeza llena de rulos y la cara untada con su mascarilla de crema de pepino. La imagen era aterradora, pero en el castillo se escucharon algunas risas.

—¡Oooh! ¡Vaya engendro! —exclamó Oberón.

Un pequeño ratón olisqueaba los zapatos de la profesora, puestos sobre la alfombra, y Laila levantó la mano bruscamente. El pobre animal se vio de repente despedido hacia las alturas y cayó justo en la misma cara de Mrs. Peabody, que al instante abrió los ojos al sentir el impacto.

El encuentro con el roedor fue disparatado y la maestra comenzó a gritar con chillidos histéricos que resonaban por los pasillos. La mujer se golpeaba la cara y el pelo frenéticamente pintarrajeándose las manos y los cabellos con la crema de pepino, mientras los rulos se deshacían cayendo hacia el suelo. En el castillo las risotadas llenaban la sala y algunos aplaudieron apostando por Laila.

Mrs. Peabody tanteó la mesilla, temblando y gritando como si estuviese poseída, buscando sus enormes gafas y el interruptor de la lamparita de noche, y entonces, misteriosamente, el ratón apareció ahora en la mesilla y empezó a olisquearle los dedos subiéndose por su mano, correteando por su brazo. La profesora lanzó varios gritos más mientras creía definitivamente que una horda de ratas había invadido el colegio, y salió de la cama corriendo hacia la puerta sin darse cuenta de su horrible aspecto.

El director Westfield había salido de su habitación al oír los chillidos, y se acercaba rápidamente por el pasillo con su bata entre las manos, pensando que se había declarado un incendio en la habitación de la profesora. En el momento que iba a llamar, la puerta se abrió y ante él apareció la imagen fantasmal de una loca con greñas, rulos verdes y los ojos abiertos como platos, con la cara completamente descompuesta en aullidos de terror. El director gritó al verla y Mrs. Peabody lanzó también otro chillido por el inesperado encuentro, llevándose las manos a la cara. El hombre reaccionó aterrorizado, poniéndole a la profesora la bata sobre la cabeza en un intento de cubrir la horrenda visión, y luego salió corriendo en dirección a su cuarto. El castillo de Blackowls se vino abajo mientras la sala entera aplaudía y reía como nunca.

La profesora, cegada por la bata, avanzó trastabillando, corriendo por los pasillos gritando como una demente, directamente hacia Bert, el limpiacristales, que estaba subido en lo alto de su escalera. En el castillo la gente gritaba de risa mientras animaban a Laila a continuar. Oberón lanzaba sonoras carcajadas y hasta Aurige daba palmas sin darse cuenta.

La profesora corrió hacia las escaleras y entonces, como por un milagro, una pastilla de jabón mojado apareció justo debajo de sus pies descalzos, y Mrs. Peabody resbaló de forma cómica cayendo sentada de culo mientras con una pierna golpeaba la pata de las escaleras. Con el golpe el limpiacristales perdió la estabilidad y comenzó a balancearse peligrosamente. El pobre Bert hizo lo que pudo para no caerse, pero no logró evitar que su cubo de agua sucia resbalase desde el alto peldaño, cayendo sobre la cabeza de Mrs. Peabody en el instante en que la profesora conseguía liberarse de la prenda y miraba a todos lados con sus ojillos miopes. Empezó a llorar sin consuelo mientras la imagen se iba desvaneciendo y la gente aplaudía a rabiar, riendo y elevando sus copas al aire, brindando por Laila. La chica vio apagarse el espejo sin creer todavía lo que había sido capaz de hacer, con las manos temblorosas, mientras Cyinder y Nimphia se acercaban a ella felicitándola. También Aurige se acercó con una sonrisa y le estrechó la mano con fuerza.

—Bueno, bueno —gritó Oberón imponiendo calma con los brazos levantados—. Tenemos una ganadora: ¡la nemhirie Laila Winter!

Laila abrió los ojos sorprendida mientras el salón se venía abajo. Algunos protestaban porque tenían que pagar las apuestas que habían perdido, pero aún así, todos, incluso Pierre Landcroft y Fripp Coladeconejo, la felicitaron demostrando ser inmejorables jugadores.

Luego todos brindaron levantando sus jarras y Oberón comenzó a cantar una divertida canción sobre un nemhirie que buscaba un tesoro oculto en los bosques de Sunwanda, una región perdida en los confines de Faerie.

Nimphia renovó los batidos, esta vez de rosas y caléndulas, y las cuatro los fueron saboreando mientras escuchaban la divertida canción. Sin embargo, Laila apenas prestaba atención. La visión del castillo de Lomondcastle le había traído otra vez recuerdos de su propio mundo y de su padre, y sintió crecer la nostalgia y la tristeza en su interior. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que se marchó? Comenzó a inquietarse al darse cuenta de que si pasaba un poco más de tiempo en Faerie tal vez desease no regresar nunca a su casa. De pronto, las ganas de volver se hicieron demasiado fuertes.

Así se lo contó a sus compañeras, y al momento todas la miraron boquiabiertas, mudas por la sorpresa.

—Pero, ¿no te lo estás pasando bien? —preguntó Cyinder, incapaz de comprender el deseo de su amiga.

—Muy bien —respondió ella de corazón—. Nunca en mi vida lo había pasado tan bien.

—¿Entonces? —insistió Nimphia.

—Echo de menos a mi padre. Todo es fantástico y vosotras sois… bueno, ya sabéis, pero yo no soy de aquí. Tengo que volver.

—Pero ya te hemos dicho que sí que perteneces a Faerie —dijo Cyinder sin digerir su respuesta.

—Deja que se vaya —espetó Aurige demasiado enfadada—. Si no quiere estar con nosotras lo mejor que puede hacer es volver con sus nemhiries.

Laila permaneció en silencio después de sus palabras, que le habían sentado como un mazazo, y Cyinder miró a la lunarïe con una mueca de desaprobación.

—Incluso ganaste el concurso —le dijo intentando suavizar las palabras de Aurige.

—Bueno, todas sabemos que sir Pierre era mejor que yo. No sé por qué gané.

—Sí —dijo la Solarïe, que había perdido varias monedas de oro apostando—, pero para ser completamente novata fuiste la mejor. Y eso fue lo que juzgó Oberón.

—No alabes tanto el juicio de mi padrastro —cortó Aurige con dureza. Luego se puso en pie y se alejó hacia la salida.

—No le hagas caso, Laila —le dijo Nimphia viendo cómo se marchaba—. A veces tiene esos prontos.

—Parece que me odia —suspiró Laila—. Ya no sé qué hacer para caerle bien.

—No te preocupes —la animó Cyinder—, te aseguro que no te odia. Es que le cuesta mucho abrirse a los demás. Los lunarïes son así.

Y para contradecirla por completo, en ese momento apareció Oberón riendo y bailando, y se puso a decirles mil galanterías. Aunque Cyinder y Nimphia sonreían de placer, Laila se sentía triste y desdichada. Se levantó del banco de madera dispuesta a marcharse y sacó el libro del bolsillo mientras les hacía gestos a sus amigas indicando que se iba. No quería hacerlo, pero parecía haberse encaprichado con la idea y ya nada le iba a hacer cambiar de opinión.

Al final la despidieron con cara triste sin haberla hecho desistir de su propósito, que cada vez era más fuerte. Quisieron acompañarla, sin embargo Laila les dijo que prefería recordarlas así, riendo felices con el rey de los duendes mientras ella buscaba algún sitio tranquilo para leer en su libro la clave que le abría las puertas a su mundo. Nimphia comenzó a llorar y Oberón se dio cuenta de la situación en ese momento.

—Vuelve pronto —la despidió con una sonrisa—. Ven cuando quieras a Blackowls. Hay miles de nemhiries esperando tu ahamadirion.

Laila sonrió sintiendo que se le encogía el corazón. Cuando volviese a su casa no sabía si el libro volvería a funcionar alguna vez en su vida.

—De todas formas —le dijo Cyinder acordándose de repente, con una gran sonrisa—, nos veremos en tu colegio en septiembre.

—¡Es cierto! —gritó Laila. Y de repente se sintió increíblemente contenta—. Solo estaremos separadas unos cuantos días. Eso si no han pasado miles de años en mi mundo desde que me fui, claro.

—Podría ser —dijo Oberón pensativo mientras Laila ponía cara de susto, pero Cyinder le hizo señas negándolo con una gran sonrisa.

—Adiós —dijo ella por fin.

Luego se dio media vuelta sin querer mirar hacia atrás. A pesar de todo sentía una tristeza enorme, pues nunca en su vida había tenido amigas y se dio cuenta, antes de cruzar el puente levadizo, que ya las echaba de menos.

Caminó hacia el bosque atravesando los puestos comerciales, ahora vacíos mientras la ciudad descansaba, y cuando llegó a la primera línea de árboles se sentó sobre un viejo tocón y abrió el libro buscando las páginas escritas de Solarïe.

—¿No pensabas despedirte, nemhirie? —le dijo una voz.

Laila levantó la mirada del libro y se encontró con la figura de Aurige que tenía los ojos clavados en ella, contemplándola con severidad. Permaneció en silencio unos instantes.

—Te he estado esperando —siguió la chica—, para decirte que no nos veremos en septiembre.

La cara de Laila se ensombreció. Luego Aurige se quitó un pequeño colgante que llevaba al cuello con una lechosa piedra luna, tan redonda y pulida como la del libro, y se la entregó. Laila puso cara de sorpresa mientras miraba el regalo sintiendo que el corazón le palpitaba.

—Nos veremos mucho antes —siguió la lunarïe, ahora con una pequeña sonrisa amistosa que se notaba que le costaba mucho conseguir—. Iremos a buscarte.

Luego se dio media vuelta y se marchó corriendo hacia el castillo antes de que Laila pudiese decir ni una sola palabra de agradecimiento. La muchacha observó el colgante que resplandecía lleno de vida y luego se lo puso al cuello.

Volvió a abrir el libro de las piedras hasta que encontró la frase que le había llamado la atención desde el día en que trataba de huir de las dos pequeñas pixis de Solarïe:

Idsitas nu Nansali

Portie danu tarsis ast Spheris Nemhiria

Inmediatamente lo leyó, y un punto azul brilló ante sus ojos como si fuese una pixi de Lunarïe. Al momento la luz se estiró más y más hacia las alturas formando la línea que ya conocía y luego se ensanchó hasta alcanzar el tamaño de una puerta.

Laila miró hacia atrás, hacia el castillo. Y la lejana figura de Aurige junto a las puertas de la muralla, con sus largos cabellos negros y sus alas violetas, levantó la mano despidiéndola con un sencillo gesto.