Las Arenas de Solarïe
Capítulo 17
Rescate en Solandis
La primera semana de septiembre transcurrió lenta y asfixiante. Aurige propuso ir en busca de Cyinder de inmediato, pero Laila y Nimphia se opusieron.
—No podemos arriesgarnos así como así —explicó Nimphia—. Si los albanthïos nos descubren y nos retienen en Solarïe no podremos regresar, y perderemos esta oportunidad. Además, podrían venir al mundo nemhirie a buscarnos si lográsemos escapar. Tenemos que aguantar hasta el último día y hacer un plan para rescatar a Cyinder.
Aurige hizo un gesto de desaprobación, pero no tuvo más remedio que estar de acuerdo. Además, Cyinder no querría separarse de su madre tan pronto, con los soles amenazando el reino. Nimphia comenzó a escribir las ideas que se le venían a la cabeza en pergaminos que hacía aparecer sobre la marcha, y Laila y Aurige abandonaron la habitación a toda prisa, sabiendo lo furiosa que se ponía si se le molestaba en medio de la inspiración.
La airïe apenas apareció por clase. Un día, todas fueron llamadas a presencia del director Westfield, el cual las reprendió severamente y las amenazó con la expulsión en caso de repetirse un nuevo incidente como el de Mrs. Peabody.
Aurige abrió la boca para replicar que ella no había insultado a la profesora, sino que solo hacía constatar un hecho evidente: que era una bruja, pero Laila le dio un codazo para que se callase. Cuando salieron de allí, la lunarïe decidió no volver a clase de francés. Los suspensos nemhiries no le importaban nada.
Durante los recreos nadie quería acercarse a ellas. Se había corrido la voz por todo el colegio sobre el «Asunto Peabody», y ninguna alumna deseaba verse mezclada, ni desde luego hacer amistad, con aquellas chicas tan raras. Así que apenas las miraban o les dirigían el saludo, y aunque a Laila nunca le había importado tal desprecio, ahora se sentía mucho más sola en su mitad nemhirie.
La muchacha se pasaba los días estudiando francés. El examen de recuperación estaba a la vuelta de la esquina, y no quería cometer ni un solo fallo que Mrs. Peabody pudiese aprovechar para vengarse de ella.
—No sé por qué te esfuerzas —dijo Aurige tumbada en su cama, mirando a su techo estrellado—. Te va a suspender de todos modos…
—Gracias por los ánimos —contestó ella con cinismo.
—De nada. Lo que hay que hacer es preocuparse por llegar al palacio de Solandis. Todo esto del colegio nemhirie no tiene ninguna importancia.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? —preguntó Laila ligeramente molesta, levantando la cabeza del libro.
—Porque Cyinder se empeñó en que debíamos conocer las costumbres nemhiries para saber gobernar en Faerie —explicó con desdén—. Yo, por mi parte, pensé que sería buena idea tener un lugar donde vivir mientras seguíamos buscando las Piedras de Firïe. Así no tendríamos que estar viajando entre ambos mundos todo el tiempo.
—¡Callaosya!—gritóNimphia—.Nomedejáisconcentrarme.
—¡Qué pesada! —gruñó Aurige incorporándose—. ¿Acaso llevas algún adelanto?
—Poco —respondió Nimphia arrugando un nuevo papel. Luego lo tiró al suelo junto a los demás.
La habitación estaba llena de papiros con el dibujo de la ciudad y el castillo de Solandis, y miles de flechas que entraban y salían de distintos puntos marcados con «X».
—Tengo dos posibles planes —contó—. Uno es entrar a la fuerza. Destrozaríamos las puertas del palacio con el Mustang y entraríamos violentamente hasta que diésemos con Cyinder. La obligaríamos a montarse en el coche y saldríamos de allí zumbando…
—Me gusta esa idea —interrumpió Aurige con ojos soñadores—. Yo podría preparar varios hechizos de combate y…
—Espera un momento —cortó Nimphia, impaciente—. Esa es la opción de mayor riesgo. Si nos detienen ya no saldremos de allí, y los albanthïos son muy poderosos. Eso sin contar cómo quedará el Mustang, claro.
La lunarïe volvió a recostarse sobre el colchón, desilusionada, cruzando los brazos tras la nuca. En su techo las constelaciones giraban lentamente igual que en el cielo de su reino.
—La otra idea —siguió Nimphia—, es disfrazarnos.
—¡Cuenta! —dijo Laila llena de curiosidad.
—Podríamos vestirnos de sacerdotisas del Reino Blanco, como cuando robamos el perfume de Maeve, y pasaríamos desapercibidas.
—¿Y crees que se lo van a tragar por segunda vez? —preguntó Aurige con ironía.
—¿Acaso tú tienes una idea mejor? —se enfadó Nimphia, molesta porque no recibía ninguna ayuda.
—¡Pues sí! Llegar a Solandis y exigir a Maeve que nos lleve ante la presencia de Cyinder inmediatamente…
—¡Esperad, tengo una idea! —exclamó Laila y cerró el libro de francés.
Las otras la miraron y ella les sonrió enseñando los dientes.
—¡Nos disfrazaremos de shilayas!
Laila creyó que nunca en su vida olvidaría las semanas anteriores al equinoccio de otoño. Aurige se había negado rotundamente a vestirse como una shilaya, y no quería ni oír hablar del asunto, pero Nimphia había decidido que aquella era una magnífica idea, y ambas se enfrascaron en fuertes discusiones. La airïe, que no le hacía mucho caso, planificó nuevas estrategias con todo detalle.
Disfrazadas de hadas de cuentos, viajarían hasta Solandis y dejarían el Mustang aparcado junto a la academia de Popea. Luego caminarían al palacio con toda naturalidad para rendir pleitesía a la reina Mab. Los albanthïos jamás sospecharían de ellas, incapaces de pensar que alguien con dos dedos de frente desease imitar a las shilayas sin serlo.
—¡Yo no me visto así! —gritó Aurige por enésima vez cruzando los brazos, mientras Nimphia daba los últimos retoques a tres suntuosos vestidos llenos de gasas y piedras preciosas.
—¡Claro que sí! —gritó ella—. ¡O te vistes o no vienes con nosotras!
La lunarïe gruñó y salió del dormitorio dando un fuerte portazo. No volvieron a verla en todo el día.
Durante ese tiempo, mientras el carácter de Aurige se hacía insoportable, Laila hizo su examen de francés. El día que Mrs. Peabody anunció las calificaciones, la muchacha entró en clase muy nerviosa. Todos los días había sido objeto de burlas por parte de la profesora, que la sacaba a la pizarra continuamente para ridiculizarla ante las demás, y Lizzel y Sandy no perdían ocasión para lanzar risotadas con cada ocurrencia de la bruja, haciéndole la pelota.
Mrs. Peabody sacó la lista de examinadas, y en el momento en que se disponía a leerla con gran satisfacción en voz alta, Aurige entró en el aula tan campante. La profesora se atragantó mientras la lunarïe se sentaba en su pupitre como si tal cosa, ante el asombro de todas las alumnas.
—Señorita Aurige Smith —dijo la profesora intentando no perder los nervios—, tenía entendido que no iba usted a aparecer por mis clases nunca más.
Aurige levantó los hombros con desdén.
—Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para aprender francés —soltó con insolencia.
Mrs. Peabody se puso roja ante el descaro, y un leve murmullo recorrió los asientos. Laila se tapó la boca para no soltar una carcajada. La profesora se agarró al filo de la mesa intentando mantener la calma. Odiaba a aquella niñata con todo su ser, más aún que a Laila Winter, pero no podía evitar algo que guardaba en lo más profundo de sus entrañas: le tenía miedo. Cuando tuvo la desfachatez de insultarla de aquella forma tan grosera, la señorita Aurige Smith también le había lanzado una mirada que la había dejado sin resuello. Mary Rose Peabody se había acordado en aquel instante de cuando era niña, y de la pesadilla que la acechaba cada noche en su habitación. Debajo de su cama había lobos. Lobos que la devorarían en cuanto se descuidase y sacase un pie fuera de las sábanas.
Sintió la boca seca y tragó saliva. Nuevamente cogió la lista de calificaciones. Al menos iba a permitirse una pequeña victoria sobre la señorita Winter. Solo la había suspendido a ella.
—Anna Baker-Merrit… —nombró despacio—. Aprobado con deficiencias.
Una chica rubia con pecas suspiró de alivio.
—Mary Jean Connors… Notable. Doreen McCallum… Aprobado. Karola Vandenmeyer… Aprobado.
Todas sonrieron con alegría y la profesora hizo una pausa. Solo quedaba una.
—Laila Winter… —abrió la boca mostrando los dientes como los lobos de sus pesadillas—. Sobresalien… te.
Mrs. Peabody bajó los ojos hacia la lista, incrédula y espantada a la vez, y se llevó la mano a los labios teatralmente, como si se le hubiese escapado un insulto. La profesora volvió a leer el papel sin creer lo que acababa de decir. Pero allí estaba la calificación bien clara, de su puño y letra: «Sobresaliente». Volvió a mirar a la muchacha con el rostro descompuesto. Aquello era un terrible error.
En ese momento, para empeorar las cosas, la señorita Aurige Smith se levantó de su silla. La maestra la miró como en una nebulosa.
—He decidido que, definitivamente, el francés no me interesa —declaró la chica antes de salir por la puerta. Luego se giró a Laila como si no hubiese nadie más en toda la clase—. Eso ha sido un regalo de las shilayas de Lunarïe.
Y se marchó.
Desde luego, Aurige no aceptó en ningún momento los agradecimientos de Laila. Había consentido por fin en vestirse de shilaya, pero se pasaba los días gruñendo y poniéndole pegas a todo.
Nimphia se dedicaba día y noche a investigar la máscara de Acuarïe, y entre los planos de Solandis y los esquemas del transformador de agua, tenía la habitación tan sucia como una cuadra. Dos días antes del equinoccio de otoño anunció que por fin había dado con la clave del sistema, y al momento hizo surgir miles de pequeñas piezas que se ensamblaron perfectamente hasta formar cuatro máscaras doradas. La lunarïe cogió una de ellas y se la acercó a la cara despacio. Por detrás estaba llena de mecanismos y ruedecitas que ponían en marcha un sistema de tubos de ventilación.
—¡Esto es un cacharro horrible! —exclamó disgustada.
—Pues no tenemos otra cosa —se contrarió Nimphia—. Y además la duración es limitada. La maquinaria original está pensada para llevarse fuera del agua. Dentro podría funcionar unas diez horas. No creo que aguante mucho más antes de empezar a oxidarse.
—¡Menudo desastre!
Nimphia la miró, seriamente enfadada.
—¡Estoy harta de tus protestas! —le dijo—. Si tienes una idea mejor, estoy dispuesta a escucharla.
—Podríamos ir dentro de burbujas sencillas…
—¡Claro! ¿Por qué no se me había ocurrido? —contestó la airïe imitando con una mueca irónica a la de la lunarïe—. Si apenas llamaríamos la atención… ¡Cuatro desconocidas moviéndose por Acuarïe dentro de burbujas! Acabaríamos entre rejas, o algo peor…
—Yo creo que diez horas bastan —trató Laila de reconciliarlas—. De todas maneras no tendremos mucho tiempo más. Recordad que Hellia tiene que tomar una decisión el primer día de otoño. Cuando la puerta de Acuarïe se abra al filo de la medianoche, no dispondremos de más tiempo para robar el Grano, volver a Solarïe, y que Cyinder lo utilice para salvar su mundo.
Aurige no tuvo más remedio que aceptar.
—Al menos deberíamos cambiar el color a las máscaras —gruñó sin darse por vencida del todo—. Con ese tono fantasmagórico relumbraremos como las llamas de una vela.
Nimphia movió la cabeza con resignación. Aurige era una lunarïe, y nunca cambiaría.
El domingo veintiuno de septiembre todas abandonaron sus dormitorios bien temprano. El colegio estaba casi desierto, pues la mayoría de las alumnas aprovechaban el fin de semana para realizar excursiones programadas, o viajaban a Stirling o a Glasgow a casas de amigos y parientes cercanos.
El tiempo volvía a ser frío y lluvioso, y el viento mecía las ramas de los robles y los alerces, dispersando las nubes grises que tapaban el sol constantemente.
Subieron al Mustang y Aurige pisó a fondo el acelerador por el camino del colegio. Los campos de deportes quedaban atrás y Laila vio a varios chicos de Lomondfield practicando polo. El corazón se le aceleró cuando vio la figura de Daniel Kerry sobre su caballo. Por un momento quiso pedirle a Aurige que frenase, pero la lunarïe enfilaba ya hacia las altas verjas y pronto el castillo del colegio quedó atrás. Laila sintió que de nuevo se partía en dos personas. Su mitad faérica deseaba correr hacia la aventura, pero su mitad nemhirie le pedía a gritos una vida normal, y aunque ella sabía que algún día tendría que elegir, no tenía muy claro cuál de las dos opciones iba a darle la felicidad.
Las tres volaron hacia el lago Lomond y de pronto el paisaje comenzó a cambiar. Los árboles se hicieron borrosos y el reciente amanecer se convirtió en noche cerrada. Las montañas azuladas desaparecieron y los verdes prados se oscurecieron dando paso a una tierra seca y muerta. Los cinco soles de Solarïe aparecieron en el firmamento, negros y enormes, y Aurige frenó en seco mientras Laila y Nimphia contenían una exclamación de horror.
Desde lejos, en medio de un vendaval de arena y pestilencia, pudieron ver la silueta oscura de la gran urbe de Solandis, tenebrosa, con las antiguas torres doradas envueltas en tinieblas.
Los campos de flores se extendían por todos lados, negros como el paisaje de un cementerio, y los magníficos árboles de Solarïe se retorcían pudriéndose. El viento arrasaba la tierra quemada, levantando grandes nubes que viajaban a ras de suelo, arrancando trozos yermos y elevándolos a las alturas, hacia los gigantescos soles, tan próximos ya que provocaban continuos temblores sísmicos.
—¡Es espantoso! —exclamó Nimphia con un aullido ahogado.
—Parece el fin —murmuró Aurige con el rostro descompuesto—. Hellia tiene ya muy poco tiempo, si es que alguna vez pensó en pedir su Último Deseo.
—Pobre Cyinder —pronunció Laila en voz alta el pensamiento que todas llevaban dentro.
Los ojos le lloraban, tanto por la pena como por las constantes ráfagas de ventisca que se ensañaban contra el coche. Aurige volvió a acelerar y pronto dejaron atrás aquellos campos desolados. De vez en cuando tenían que detenerse mientras la tierra vibraba, pero por fin alcanzaron los edificios exteriores de Solandis, que apenas se sostenían en pie en medio de la espectacular tormenta de arena.
Se dirigieron muy despacio por la destartalada avenida de Qentris, sorteando las ruinas y las grietas que se abrían por todos lados. Ultimando planes en el colegio, habían decidido dejar el automóvil en las inmediaciones de la academia de Popea, y desde allí alcanzarían el castillo a pie. También habían puesto las máscaras y el libro bien a salvo, por si todo fallaba en el último momento. El Mustang torció hacia la derecha bajando por la silenciosa avenida de Silithe.
Si el barrio este de Solandis ya era ruinoso y gris cuando la ciudad hervía llena de luz, ahora el panorama era aún peor. Los antiguos edificios que aún permanecían en pie apenas eran sombras por donde el viento silbaba, arrancando las tablas de madera que cegaban las ventanas, levantando nubes de polvo de los escombros que se amontonaban por todas partes.
La escuela de ladrones aún se tenía en pie, blanca y espectral frente a la negrura. Los ventanales ciegos le daban un aspecto de calavera, y el viento golpeaba una y otra vez la puerta desvencijada de la entrada. Aurige apagó el motor y las tres se miraron silenciosas.
—Vamos a entrar un momento —susurró la lunarïe—. Dudo mucho que haya alguien en la escuela, pero quizás Popea se haya negado a abandonarla.
Las otras asintieron sin mucho convencimiento. Entraron en el edificio, temerosas ante la posible aparición de algún desconocido o quizás la presencia de algo peor. La casa les vigilaba con mil ojos, y el viento ululaba por los pasillos, haciendo crujir las vigas de madera o moviendo las cortinas como si alguien se ocultase tras ellas. Inspeccionaron el aula y los salones adyacentes con el corazón palpitándoles cada vez que se escuchaba algún sonido, pero no descubrieron a nadie que se ocultase en el edificio. Estaba completamente abandonado.
Las habitaciones de la profesora Popea estaban llenas de escombros, y los preciados objetos que alguna vez habían formado parte de su museo privado se esparcían rotos por los suelos en un desorden caótico. Laila encontró encima de un aparador de caoba la caja con dos cerraduras que el gremio de Lunarïe había regalado cuando empezó el concurso de los Cinco Gremios. La cogió con cuidado. Al parecer estaba intacta. A su lado había otra pequeña caja de cristal negro y Nimphia se acercó.
—¡Es el regalo del gremio de Airïe! —exclamó. Aquello arrastraba recuerdos que ahora pesaban dolorosamente.
—¿Qué tenía en su interior? —preguntó Laila.
—El viento de Simún —recordó ella de inmediato.
—Debemos marcharnos ya —dijo Aurige—, no podemos perder más tiempo aquí. Nos llevaremos esos regalos como recuerdo antes de que el edificio se venga abajo y los sepulte, o alguien desconocido se los apropie.
Las otras estuvieron de acuerdo y Nimphia guardó las dos cajas con gran delicadeza en un bolsito. Luego salieron del deprimente edificio y se vistieron con los trajes de shilayas que habían traído en el maletero del Mustang. Los velos flotaban alrededor de sus caras, y las piedras preciosas lanzaban fríos destellos. Laila se recogió su verdosa cabellera bajo un sombrero picudo y una bufanda de seda para no dejar ver ni un solo mechón, y cuando Nimphia le entregó una varita mágica la agitó en el aire produciendo una cascada de chispitas doradas. A pesar de la miseria y la tristeza que la invadía, sintió que los sueños de su infancia acababan de cumplirse.
—¡Esto es horrible! —gritó Aurige intentando revestir un amplio cancán con una falda de color tornasol y una capa llena de lentejuelas—. ¡Y pensar que los nemhiries creen que nosotras vamos así por la vida!
—No protestes más —gruño Nimphia enfundada en un traje de oro con plumas de pavo real—. En cuanto nos reunamos con Cyinder, si quieres, hacemos una pira funeraria con los vestidos.
Aurige meneó la cabeza, contrariada, pero por fin terminó de colocarse su disfraz y agitó la varita en el aire. Luego se encaminaron al palacio, subiendo cansinamente las oscuras cuestas y luchando contra la ventisca. El Mustang quedó atrás. Un único punto de color rosa en medio de las tinieblas.
Anduvieron por la avenida de Qentris, rodeadas por el aullido de la tempestad, hacia la negra silueta del palacio recortada contra las nubes. Apenas había un par de ventanas iluminadas, y los antiguos torreones dorados no eran más que siniestras ruinas.
Las grandes puertas estaban cerradas. Laila sintió el latido de su corazón golpeando fuertemente cuando vio dos figuras blancas apostadas a cada lado. Vestían largas túnicas y armaduras plateadas, llenas de filigranas de oro. Sus rostros blancos quedaban parcialmente ocultos por unos cascos desde los que ondeaban unos cabellos tan finos y brillantes como la nieve. Eran albanthïos, la guardia personal de Maeve.
Ninguno de los dos se movió, quietos como estatuas, pero sus ojos las escudriñaron profundamente, sin abandonar en ningún momento una postura agresiva mal disimulada.
—Deteneos —dijo uno de ellos con voz suave—. ¿Quiénes sois y cómo habéis entrado en la ciudad de Solandis?
Nimphia habló rápidamente imitando la voz de una shilaya.
—Disculpadnos, nobles señores. Somos viajeras que regresamos de Airïe a nuestro amado Solarïe, pues se dice que su majestad, la reina Maeve, ha conseguido traer la paz y la luz de nuevo a estas tierras…
—¡Shilayas! —exclamó el segundo guardián con asco mientras Aurige le daba un codazo a Nimphia para que no fuese tan elocuente.
El albanthïo caminó lentamente moviendo sus alas blancas, rodeándolas, con una mirada tan intensa que parecía traspasar sus almas.
—Está prohibida la entrada al palacio —dijo dando a entender que aquella orden la cumpliría aunque tuviese que morir en el intento—. Volved por donde habéis venido.
Nimphia puso cara de espanto.
—¿No podríamos pasar al menos esta jornada aquí, en el palacio? —dijo lastimosamente—. Desearíamos tanto ver a la reina Maeve… Traemos un regalo para ella.
Y sacó la caja de Lunarïe del pequeño bolso que llevaba consigo. Los albanthïos observaron el objeto con interés mientras Aurige ahogaba una exclamación furiosa.
—Mostradnos su contenido o lo requisaremos —le dijo el primer albanthïo con una sombra de duda pintada en sus ojos.
—No es posible —terció Nimphia moviendo la varita exageradamente—. Es una sorpresa.
Y le guiñó el ojo con picardía.
—Abrid la caja o la destruiremos —amenazó su compañero con voz monótona, sin rastro de emociones.
—¡No! —exclamó Laila, y los dos albanthïos se giraron hacia ella al momento—. Es… es… un perfume. Eh… «Se… Secretos de Altaïr». Es muy, muy raro. Apenas hay dos frascos en todo Ïalan… Ïa…
—Ïalanthilïan —ayudó Aurige—. La pobre es tartamuda —añadió dándole unos golpecitos amistosos en la espalda y la muchacha asintió con una sonrisa alelada.
Los albanthïos dudaron un segundo. La gran colección de perfumes de la reina Maeve era legendaria en todos los confines de Faerie, y si ella se enteraba de que no habían dejado pasar a unas shilayas pordioseras que le traían un regalo como aquel, podrían tener problemas. Ambos parecieron leerse el pensamiento.
—Pasad —dijeron a la vez, apartándose de las puertas.
Los dorados portones se abrieron silenciosamente ante ellas y las tres parecieron suspirar de alivio. Cruzaron rápidamente antes de que los albanthïos cambiasen de idea.
El palacio estaba completamente a oscuras. Apenas una suave luz se insinuaba en el aire, y los grandes corredores permanecían desiertos. Caminaron deprisa escuchando tan solo el eco de sus pisadas, atravesando los salones vacíos en dirección a los aposentos de Cyinder. Recorrieron la galería de altos ventanales emplomados hasta las puertas de oro. Un albanthïo guardaba la entrada.
—Tenemos un mensaje para la dama Cyinder —habló Aurige con voz autoritaria —. Debemos acompañarla a presencia de la reina Maeve.
El guardián se apartó sin dudar y la morena empujó las puertas. Dentro todo estaba a oscuras. Apenas entraba luz a través de los ventanales. Una figura solitaria estaba sentada en silencio mirando hacia los enormes soles. Aurige cerró las puertas a sus espaldas. Nimphia agitó su varita y la estancia se llenó de luz violeta.
Cyinder seguía sin moverse, con su vestido de luto y la mirada perdida en un punto lejano.
—¿Qué queréis? —preguntó con desprecio.
—Pide un deseo, dulce mortal —dijo Laila con el corazón lleno de alegría.
Cyinder se giró lentamente, incrédula ante la voz que acababa de escuchar.
—¡Sshhh! —susurró Aurige mientras se llevaba un dedo a los labios.
Cyinder se levantó como si saliese por fin de una pesadilla. Sus amigas vieron que tenía el rostro macilento, surcado por las líneas rojas del luto y unas ojeras profundas. Sus ojos apenas brillaban, y su cara tenía una expresión tirante por haberse llevado mucho tiempo sin dormir. Aún así una sonrisa luminosa inundó su rostro y corrió hacia sus amigas abrazándolas.
—Pero… ¿cómo habéis llegado? —exclamó nerviosa.
—Es una larga historia —cuchicheó Aurige con voz entrecortada. No quería demostrar sus sentimientos, pero se le notaba tremendamente emocionada—. Lo importante es que hemos venido a rescatarte.
—¿A rescatarme? —preguntó Cyinder, confusa—. ¿No habéis venido a la ceremonia?
—¿Qué ceremonia? —se asombró Nimphia—. No tenemos tiempo. Hemos de marcharnos de inmediato al colegio nemhirie…
Cyinder dio un paso hacia atrás. Se había puesto seria y miraba a sus amigas como si estuviesen locas.
—No pretenderéis que me marche de Solandis, ¿verdad?
—Pues tenemos que irnos como sea —rebatió Nimphia—. Hemos descubierto una forma de llegar a Acuarïe…
—¡Pero no puedo abandonar a mi madre! —exclamó ella levantando la voz de nuevo. Todas se fijaron con temor en las puertas—. Mañana es la ceremonia de otoño y tiene que pedir su Último Deseo. La reina Mab habló con nosotras y tiene toda la razón.
—¡¿Cómo que tiene toda la razón?! —dijo Aurige perpleja—. ¿Es que acaso te han lavado el cerebro?
—No hay otro modo de salvar Solarïe —dijo Cyinder, herida—. Cuando mi madre muera para salvarnos a todos tendremos de nuevo un Grano de las Arenas…
—¡Estás loca! —gritó Aurige enfadada—. Tenemos la solución a nuestro alcance, y tú estás ahí diciendo tonterías.
Unos golpes sonaron en la puerta y el picaporte giró varias veces.
—Escucha, Cyinder —dijo Laila a toda prisa—, podemos entrar en Acuarïe dentro de pocas horas. Te necesitamos para que descubras dónde esconden el Grano de las Arenas.
—Ya no hace falta —siguió la solarïe con una sonrisa ante el asombro de todas—. Mañana todo se resolverá. La reina Maeve va a solucionar las cosas y volveremos a ser felices.
Laila miró a sus compañeras, atónita ante aquella locura. Los golpes arreciaron en la puerta.
—¿Qué te han hecho? —exclamó Nimphia con un gemido ronco.
Cyinder las miró sin comprender, con el rostro fantasmal tras los surcos rojizos.
—Vas a venir con nosotras, quieras o no —dijo Aurige violentamente, y al momento chasqueó los dedos. Cyinder se desplomó cayendo en un sueño profundo.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Laila horrorizada, observando el picaporte que se movía frenéticamente—. Están ahí fuera, y no podemos salir del palacio con Cyinder a cuestas.
—¡Abrid! —exclamó una voz furiosa. —Tendremos que marcharnos desde aquí —contestó Aurige.
—Sin el Mustang no sabremos exactamente dónde apareceremos en el mundo nemhirie —dijo Nimphia.
—Pues hay que arriesgarse —cortó Aurige viendo unos pequeños destellos que surgían de la cerradura de la puerta—. Están a punto de entrar.
Movió su varita y al momento apareció una franja luminosa. La luz se ensanchó, y Laila ayudó a Nimphia levantando a Cyinder del suelo. Tiraron de ella trabajosamente y atravesaron la puerta de luz en el momento en que la cerradura saltaba por los aires. Varios albanthïos invadieron la estancia de Cyinder. Laila vio a Aurige en el instante en que traspasaba la franja luminosa, levantando su mano mientras les saludaba con una mueca feroz.
El resplandor las cegó durante unos instantes, pero enseguida un único sol, rojo al atardecer, apareció en el horizonte. Las casas y los edificios parecieron crecer a su alrededor y cuatro paredes las encerraron de repente. El aire se llenó de gritos de espanto y de sorpresa, y todas se sintieron abrumadas por una multitud de colores, globos y cintas colgadas del techo. Laila percibió varias decenas de ojos infantiles que las contemplaban maravillados. ¡Acababan de aparecer en medio de una fiesta llena de niños! Un gran cartel colgaba sobre una chimenea apagada:
¡¡¡FFELIZ CUMPLEAÑOS, SUSAN!!!
—¡Hadas! —gritaron los pequeños llenos de entusiasmo mientras algunos se ponían a llorar por el susto.
Entonces niños y niñas de cinco y seis años las rodearon gritando emocionados, y Aurige y Nimphia pusieron cara de horror.
—¡Silencio! —dijo Laila moviendo su varita. Varias chispitas mágicas destellaron en el aire y todas las boquitas lanzaron un «¡Oooh!» maravillado—. A ver, queridos niños —siguió Laila con una voz digna de la reina de las shilayas—, ¿qué sitio es este?
—Mi casa —soltó una voz aguda de niña, la de Susan, que ya estaba completamente convencida de que las hadas venían a concederle un regalo de cumpleaños.
—Claro, claro, tu casa —repitió Laila pensando deprisa sin parar de mover la varita. Los crios estaban hipnotizados.
Observó que todas las ventanas tenían rejas, y que la puerta tal vez conducía a un recibidor. Si tenían suerte, las madres de aquellos mocosos estarían sentadas en el salón, charlando confiadamente, y podrían escapar de allí sin que se diesen cuenta.
—¿Y dónde está tu casa? —volvió a preguntar con voz dulce.
—¿Me vas a conceder tres deseos? —preguntó la pequeña Susan con inocente malicia.
Laila dudó inquieta. Un gran reloj de sobremesa indicaba que ya eran las ocho de la tarde.
—Por supuesto —confirmó teatralmente—. Si me dices en qué ciudad estamos, te concederé un deseo…
Entonces se produjo un gran alboroto. De repente, todos empezaron a gritar queriendo deseos y se arremolinaron en torno a las cuatro tirando de sus vestidos. Aurige crispó los dedos y agarró su varita con fuerza para ponerla a salvo de aquellos monstruos.
—¡Yo quiero una bicicleta! —gritaba uno.
—Yo una… una espada láser —gimió otro con los mocos resbalándole por la nariz.
—¡Yo quiero ser princesa! —pidió una niña con la cabeza llena de tirabuzones.
Muñecas, ordenadores, pistolas y toda una algarabía de gritos mientras Susan lloraba desesperada, exigiendo que los deseos fuesen solo para ella. Aurige creyó que iba a estallar.
—¿Tú eres un hada mala? —le dijo una niña con cara de susto.
La lunarïe se mordió el labio y Nimphia ahogó una risita.
—Bueno, ya basta —dijo Laila poniendo orden. Luego se dirigió a Susan—. Primero tú. A ver, dime dónde vives y te concederé un deseo.
—Susan Taylor, calle Millroad 47, Stirling —contestó la niña automáticamente, lo que sus padres le tenían enseñado por si se perdía alguna vez.
Laila sonrió con satisfacción. Stirling. Estaban muy cerca de Lomondcastle. Con un gesto les indicó a sus amigas que ya podían marcharse.
Los niños empezaron a gritar al ver sus intenciones y las tres se sintieron nuevamente amenazadas.
—¡Mi deseo… mi deseo! —aullaba la imbatible Susan tirando de los velos de la falda de Laila.
Aurige se desesperó. De pronto movió su varita y un silencio profundo llenó la habitación. Salieron de la casa a toda prisa cerrando la puerta cuidadosamente. En la calle había varios coches aparcados y la lunarïe tocó con su varita un flamante todoterreno de color negro. Las puertas se abrieron y rápidamente introdujeron a la dormida Cyinder en los asientos de atrás.
—No me gusta el color —dijo Nimphia sentándose junto a Aurige.
—¡Deseo concedido! —gritó ella.
De inmediato el color negro azabache se convirtió en rosa chillón, de un tono que ninguna persona en su sano juicio hubiese elegido para un coche como aquel. La lunarïe tocó el contacto y el automóvil se puso en marcha.
—Son cómodas estas varitas —comentó mientras maniobraba despacio.
—Claro, al final viviremos todas en las Montañas Shilayas —dijo Nimphia.
Laila les indicó el camino que debían seguir y salieron de la ciudad de Stirling en dirección al lago Lomond.
—¡Qué silencio! —exclamaba en esos momentos Mrs. Taylor a sus amigas con una sonrisa—. Los niños deben estar encantados con la fiesta de Susan.
—¡Son tan dulces! —añadió Mrs. Church, la madre del niño que quería una espada láser.
Mrs. Taylor se levantó del sillón para echar una feliz ojeada. Todas las madres escucharon un grito histérico que les puso los pelos de punta. Cuando llegaron junto a ella vieron con terror que todos los pequeños estaban atados y amordazados bajo una gigantesca tela negra de araña.
—¿No te has pasado un poco? —preguntó Laila recordando la escena mientras entraban por fin en el sendero de Lomondcastle.
—Yo soy el hada mala —contestó Aurige con un gruñido y Nimphia dejó escapar una risita—. Además, ¿tú crees que esas fieras nos iban a dejar salir de allí?
Laila sonrió también. Habían hecho desaparecer los vestidos de shilayas y atravesaron los pasillos cargando con Cyinder, a la que habían cambiado su vestido de luto por unos vaqueros y un jersey. El colegio volvía a estar animado tras el regreso de las alumnas, y muchas estaban extrañadas al verlas llevar el cuerpo de una desconocida, pero ninguna hizo preguntas. Sin duda, Laila Winter se metía en líos cada vez mayores, trayendo al colegio a amigas borrachas en un estado deplorable…
Entraron en la media habitación de Aurige y dejaron a Cyinder sentada sobre el sillón de cuero. Laila se fijó en el despertador que Nimphia había instalado en la mesilla y puso su reloj en hora: las nueve y cuarto.
Aurige despertó a Cyinder del hechizo y la rubia abrió los ojos despacio. Sonrió como si acabase de despertar de un mal sueño.
—¡Aurige, Nimphia! —exclamó muy contenta—. Me alegro de que hayáis venido —luego vio a Laila—. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿También tú vas a asistir a la ceremonia?
—¡Basta de ceremonias! —la zarandeó Aurige.
Los ojos de Cyinder la miraron sin comprender, perdidos en una nebulosa.
—Estamos en el mundo nemhirie —explicó Nimphia señalando las paredes de su habitación.
—¡No! —gritó la solarïe, espantada—. ¡No! Mi madre…
—¡Vamos a salvar a tu madre! —le gritó Aurige sin soltarle los brazos—. ¡Despierta, Cyinder! ¡Tienes que salir de lo que te haya hecho Maeve!
La rubia se quedó inmóvil, sin comprender nada, hasta que de repente una pequeña luz pareció brillar más allá de sus pupilas. El entendimiento se abrió paso como una oleada y Cyinder parpadeó repetidamente.
—¿Aurige? —preguntó como si la viese por primera vez.
La lunarïe suspiró. Cyinder miró a Laila y a Nimphia, y entonces todos los recuerdos regresaron al mismo tiempo.
—¿Qué hago vestida así? —preguntó inquieta—. ¿Dónde estamos?
—En el colegio de Lomondcastle —volvió a explicar Aurige con paciencia—. Vamos a ir a Acuarïe en busca del Grano de las Arenas de Solarïe.
—Pero ¿cómo? —exclamó ella, confusa todavía entre la pesadilla de su mundo y el asombro de ver a sus amigas.
—Con el libro de Laila. Si es cierto lo que ella sospecha, dentro de pocas horas se abrirá una puerta que Tritia no sabe que existe.
—Tritia… —murmuró Cyinder encajando más recuerdos.
—Voy por el libro —anunció Laila viendo que Cyinder volvía a recuperar el sentido.
Abandonó la habitación y corrió a su dormitorio. Abrió el cajón de su mesilla y apartó varios folletos y cuadernos hasta que se llevó una gran sorpresa. El libro no estaba allí. Miró a su alrededor con el pulso acelerado y luego buscó en la caja oculta en el armario. Nada. Continuó buscando entre las ropas del aparador, en las estanterías…
Volvió a la habitación de Aurige como una bala.
—¿He dejado aquí el libro de las piedras? —preguntó abriendo la puerta con la cara descompuesta.
—No —contestó Nimphia—. Lo guardaste en tu cuarto.
—No está allí. Alguien se lo ha llevado.
—¡¿Quién?! —gritó Aurige poniéndose en pie.
Laila se quedó pensativa.
—Tengo una sospecha —dijo—. Lizzel o Sandy Madison. Pero no puedo ir a sus habitaciones y pedírselo. Lo negarían todo y se reirían de mí. Luego me acusarían ante el director Westfield por calumniarlas.
—Vamos a comprobarlo.
—No podemos —insistió Laila tercamente—. ¿Y si no han sido ellas?
—Haz un delator —sugirió Nimphia—. El libro es tuyo, ¿no? El delator es capaz de descubrir dónde tienes cualquiera de tus posesiones si lo invocas. Es lo mismo que puede hacer Cyinder con el Grano de las Arenas.
—Nimphia tiene razón —concluyó Cyinder—. Tu delator encontrará el libro aunque esté escondido en lo más profundo del colegio.
—No sé cómo se hace eso —se desesperó Laila.
—Es fácil —le animó Nimphia.
Chasqueó los dedos y en el aire apareció un punto brillante de color violeta que empezó a dar vueltas por la habitación como una mosca. Al momento desapareció.
—Inténtalo —dijo Cyinder, y Laila cerró los ojos pensando en su libro.
Deseó encontrarlo con todas sus fuerzas y, de repente, una pequeña luz verde apareció entre las cuatro.
—Ha sido fácil, ¿no? —dijo confundida por la sencillez de aquella acción.
—Cada vez es más fácil realizar tus deseos —explicó Aurige como si estuviesen practicando los antiguos entrenamientos—. Tu poder se está despertando.
La luz bailó entre sus cabezas y al momento salió por la rendija de la puerta. Laila corrió tras ella.
—Yo la acompañaré —dijo Aurige—. Nimphia, termina de poner a Cyinder al corriente de nuestros planes.
Y salió detrás de la muchacha. La luz del delator brillaba en medio de la penumbra, zumbando por el pasillo. Pasó de largo de la puerta de Laila y giró en una intersección volando como una pequeña luciérnaga. Recorrió todo un pasillo lleno de puertas y se detuvo delante de una, quieta en el aire. Laila y Aurige llegaron jadeando. No se habían equivocado. Era el dormitorio de Sandy Madison.
—¡ Lo sabía! —exclamó Laila mientras su delator desaparecía.
Aurige sonrió.
—Vamos.
Hizo un gesto con la mano y la puerta se abrió bruscamente. Lizzel Sinclair y Sandy Madison se llevaron el mayor susto de sus vidas cuando las dos chicas entraron de golpe en la habitación. El libro de las gemas estaba allí, sobre la mesa, abierto en medio del capítulo de Solarïe.
—¡¿Qué?!… ¡¿Qué queréis?! —gritó Lizzel con la cara blanca y el pánico de verse pillada con las manos en la masa.
Inmediatamente cerró el libro y lo tapó con una pila de folios.
—¡Ese libro es mío! —dijo Laila sin inmutarse—. ¡Devuélvemelo!
Ella y Aurige estaban ya dentro de la habitación cuando la puerta se cerró sola a sus espaldas de forma violenta y el pestillo se movió sin que nadie lo tocase. Lizzel y Sandy miraron aquel hecho, asombradas.
Sandy fue a poner su mano sobre la pila de folios, pero el libro salió volando y aterrizó en manos de Aurige.
—¡Sois brujas! —exclamó Lizzel con odio y miedo a la vez.
—No —replicó Aurige tranquilamente—. Somos algo mucho peor.
Se acercó despacio a las dos primas, con una sonrisa tan peligrosa que cortaba como una navaja.
—Podría hacer que os olvidéis hasta de vuestros nombres —susurró indiferente —, pero me va a gustar mucho más vigilaros y ver cómo os comportáis.
—No nos das ningún miedo —dijo Sandy temblando mientras se agarraba a la mano de su prima.
—¿No? —sonrió la lunarïe.
—Se lo diremos al director Westfield —acusó Lizzel intentando demostrar coraje —. Y… ya Mrs. Peabody.
—Me encantará —respondió Aurige—. Tengo muchas ganas de volverla a ver chillando como una loca por los pasillos, con la cara llena de mejunje verde.
Laila sonrió al recordar los efectos de su ahamadirion.
—Voy a haceros un regalo —siguió Aurige con voz encantadora—. Aquí os dejo una criatura de mi país. Se llama Teséis, y es muy divertida.
Las dos primas observaron con terror cómo entre las manos de aquella extraña chica aparecía una araña negra del tamaño de una manzana. La criatura tanteó la mano de Aurige y después descendió suavemente hacia la mesa de madera llena de libros. Las otras dieron un brinco y al momento la araña se dividió apareciendo otra de igual tamaño. Ahora había dos.
—Si os movéis un solo palmo crecerá el número de arañas —advirtió la lunarïe —. Así que quedaos quietecitas y no os pasará nada.
Las muchachas estaban horrorizadas, sin poder apartar los ojos de aquellos monstruos. Lizzel hizo el intento de echar a correr y al momento surgieron dos arañas más, que se convirtieron en cuatro cuando su prima lanzó un grito histérico. Las arañas empezaron a bajar por la mesa.
—Si no os movéis, a lo mejor se aburren y se marchan —siguió Aurige—. O a lo mejor os muerden. Les gusta mucho la carne nemhirie.
Las primas pusieron una expresión de terror en sus caras mientras Laila y ella abrían la puerta y se marchaban.
—De verdad, eres una sádica —le dijo Laila riéndose por el pasillo.
—Bueno, yo soy el hada mala —contestó Aurige—. Pero en realidad allí solo está la vieja Teséis. El resto es una ilusión óptica.
Laila meneó la cabeza. Aurige era increíble.
Regresaron a la habitación y les contaron a las otras lo ocurrido. Cyinder estaba radiante. Nimphia le había enseñado las máscaras iguales a las de las acuarïes, y de sus ojos había desaparecido toda sombra de duda. Laila cogió su libro y pasó rápidamente las páginas escritas. Detrás de la última de Solarle comenzaba un nuevo capítulo con una sola palabra:
ACUARïE
Les mostró la página, triunfante, y Cyinder la abrazó entusiasmada. Iban a conseguir el Grano de Solarïe y su madre viviría. Algún día, ella ajustaría las cuentas con la vieja Mab por todo lo que les había hecho y cómo las había engañado.
Se enfundaron sus trajes de cuero negro, y Nimphia les cambió el color por un tono azulado. Luego llenó una pequeña mochila con todo tipo de herramientas, cuerdas, guantes de gato y la caja de cristal de Airïe que habían recogido de la academia de Popea. Dejó aparte la caja con las dos enigmáticas cerraduras de Lunarïe.
—No sabemos cómo se abre —explicó—, pero yo sí sé qué es el viento de Simún, y me lo llevo por si acaso lo necesitamos.
Los minutos pasaban. Laila miraba continuamente su reloj como si así fuese a transcurrir el tiempo más rápido. Las once y media. Doce menos cuarto… Menos cinco…
Las dudas se abatían sobre ella inexplicablemente. ¿Y si todo fallaba al final? Pero, ¿por qué? La palabra Acuarïe estaba escrita, bien visible. La muchacha se fijó en las caras de sus amigas y descubrió la misma inquietud que ella tenía. Todas estaban pendientes del libro: Nimphia se mordía las uñas de la mano; Cyinder, recuperada de sus pesadillas, mostraba una nueva fuerza para seguir adelante, y Aurige, distante, siempre dispuesta a enfrentarse a mil peligros… Y ella. Mitad nemhirie y mitad Ithirïe, inmersa en dos mundos a los que nunca había creído pertenecer, arrastrada por el destino, sin saber aún si quería escapar de él.
De repente la aguamarina se encendió con un fuego azul que iluminó todos los rincones de la habitación. El despertador lanzaba un suave timbre indicando que comenzaban los primeros segundos del veintidós de septiembre, el equinoccio de otoño. Laila pasó las páginas a toda velocidad hasta llegar al nuevo capítulo.
Unos trazos brillantes comenzaron a escribirse solos, como si una mano invisible grabase palabras de un idioma perdido miles de años atrás. Sus amigas abrieron los ojos, asombradas ante aquel portento en un libro nemhirie, y Laila fue leyendo mentalmente cada una de las palabras que aparecían de la nada.
Deliphes nu sïlbian. Naïs Phaera Accua.
Lethes naï attare. Oba Portis danu irïon
ast Spheris Acuarïe.
Después cogió aire y leyó en voz alta las enigmáticas palabras. Según su boca las pronunciaba, presentía que estaba a punto de conocer el significado. Algo así como «Obedeced mi canción…». No pudo seguir pensando. Un punto luminoso, como un delator azul, comenzaba a palpitar frente a ellas, y se estaba estirando hacia las alturas de la habitación.
Aquella puerta se ensanchó lentamente, llenándose de ondas brillantes que se arremolinaban en medio de la nada.
—¿Estáis listas? —preguntó Aurige cogiendo la máscara que le entregaba Nimphia.
Laila no contestó. Metió la mano en aquel fluido luminoso y la sacó completamente empapada. Al momento miles de gotas de agua se despegaron de sus ropas y de su piel, y volaron por el aire, redondas y densas como el mercurio, a reunirse de nuevo con el torbellino azul.
—¿Habéis visto? —exclamó emocionada.
—No hay tiempo —dijo Nimphia a la vez que le daba una máscara de Acuarïe.
Las cuatro se las colocaron ajustándoselas a los rostros y los filtros se introdujeron por los agujeros de la nariz.
Aurige atravesó la puerta desapareciendo de inmediato en el flujo palpitante, seguida por Cyinder y por Nimphia. Laila miró a su alrededor una última vez y metió el libro de las piedras en un bolsillo de su traje. Luego avanzó sintiendo que estaban a punto de meterse en la boca del lobo.