Las Arenas de Solarïe

Bárbara G. Rivero · Capítulo 20 de 22

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Las Arenas de Solarïe

Capítulo 19

La torre de Örgothil

La extraña caravana estaba a punto de partir. Cientos de Akshaïrs iban y venían, nadando por entre las docenas de esferas que se agolpaban en el paseo de las columnas. Los escualos humanos unían las burbujas amarillentas como si fueran ristras de perlas. De vez en cuando se divertían golpeando las paredes de las prisiones con crueldad, amedrentando a los aterrorizados cautivos, enseñándoles los dientes puntiagudos como si tuviesen intenciones de devorarlos.

Laila observó a un grupo de humanos aterrorizados. Los Akshaïrs se ensañaban especialmente con ellos, simulando romper las esferas de aire, y se llevaban las espadas al cuello señalando que los degollarían sin piedad.

Por fin apareció Lady Angaïl saliendo del castillo. No había tenido aún tiempo de quitarse la máscara por la furia y las ganas de marcharse de allí. Sus modales rígidos demostraban el gran disgusto que tenía, y golpeó a varios escualos salvajemente antes de partir sobre su dragón.

Espoleó a Udronsanthïl con furia y la caravana se puso en marcha. Los Akshaïrs arrastraron grandes cadenas de metal y algas trenzadas, levantando las raras esferas que flotaron en el agua. Las ristras de burbujas se movieron lentamente y los prisioneros se tambalearon dentro de ellas, con las caras desfiguradas por los gritos silenciosos que daban.

Las cuatro siguieron a la comitiva despacio, tratando en todo momento de no llamar la atención de los tenebrosos guardianes. Desde la distancia apenas eran sombras borrosas nadando a ras de suelo, y seguir el rastro de los dragones y los Akshaïrs les resultó bastante sencillo.

Dejaron atrás la ciudad de Cantáride, cruzando por extensas planicies y montes de dunas, agrupaciones rocosas y selvas de corales, siempre en dirección a las tres torres sumergidas. Después de tanto tiempo las máscaras comenzaron a tener dificultades para transformar el agua, y pronto una película de sudor se les adhirió a la piel. Eso y el cansancio les hicieron sentir como si hubiesen recorrido un camino largísimo, hasta que por fin, en la distancia, aparecieron los contornos oscuros de las tres torres, y poco a poco, las luces de la extraña estructura de burbujas de cristales amarillos, enganchadas unas a otras como los hilos de capullos de gusanos de seda.

La caravana aminoró la marcha hasta detenerse en la base de aquellos dedos de piedra que llegaban hasta la lejana superficie. Los Akshaïrs arrastraron las ristras de prisioneros hasta el interior de aquella caverna que antes les había llenado de temor. Lady Angaïl y los dragones entraron detrás hasta desaparecer en las profundidades de la gruta. La arena que se había levantado del fondo terroso se fue aposentando de nuevo y las cuatro permanecieron escondidas hasta que tuvieron la completa seguridad de que nadie aparecía súbitamente por los alrededores.

Se acercaron despacio, conteniendo el aliento. El agua era extremadamente fría y oscura, y una sensación de ser vigiladas las asaltó de repente. Sobre sus cabezas las misteriosas estructuras de cristal brillaban indiferentes, lanzando destellos apagados que se difuminaban en la inmensidad azul, y un único camino, negro y siniestro como la boca del lobo, se abría ante ellas. Laila sintió que se le ponían los pelos de punta al cruzar el umbral.

Aurige se adentró tomando la iniciativa y las otras la siguieron despacio. Inmediatamente la oscuridad las envolvió, y nadaron sin saber en qué dirección iban, sin tocar paredes ni tener formas por las que guiarse. De repente se escuchó un susurro maligno que habló en una lengua imposible de pronunciar con una garganta normal. El agua pareció partirse en dos con un crack y un estallido de luz las cegó durante unos instantes.

Cuando Laila recuperó la visión sintió que el corazón se le salía por la boca.

Delante de ellas, sentados tranquilamente sobre sus patas, los tres dragones las estaban esperando. Las miraban con aquellos ojos llenos de carbones encendidos, y un brillo de diversión destelló en sus pupilas rasgadas. Udronsanthïl abrió las fauces y soltó un chorro de vapor incandescente. Las cuatro amigas dieron un respingo y se apretujaron. El solo hecho de mirarlos infundía pánico, pero era aún peor comprobar que sus zarpas estaban tan cerca que era imposible apartar la vista de ellas.

—¡Bienvenidas a Ålisenthel! —tronó la voz cavernosa del dragón dentro de sus cabezas.

—Sabíamos que vendríais —siseó otra voz serpentina—. Claro que sí, ¿verdad, hermanos?

—Verdad —confirmó el tercer dragón con maligna alegría. Abrió la mandíbula y enseñó sus colmillos—. Y yo me pregunto… ¿qué querrán de nosotros estas cuatro maripositas?

Laila sintió náuseas por el terror. La mirada se le quedó prendida en los dientes del dragón y por un momento creyó que sería capaz de contarlos. Sus amigas permanecían igual de aterradas, incapaces de mover ni un solo músculo.

—No pueden hablar en el agua —siseó el segundo dragón con un guiño.

—Ah, es cierto, hermano Kidrolebh —rió Udronsanthïl—. Menos mal que eso tiene fácil arreglo.

Abrió las fauces con ferocidad y por un momento Laila vio venir la muerte. Entonces aulló unas palabras guturales y el agua comenzó a apartarse a su alrededor, separándose hacia las paredes de roca hasta formar un enorme espacio de aire que los envolvió a todos. De inmediato el aliento caliente y apestoso las rodeó y el dragón levantó una uña indicando que se quitasen las máscaras.

Aurige se arrancó la suya de golpe. Sus ojos brillaban llenos de orgullo.

—¡Dejadnos pasar de inmediato! —exclamó con ferocidad intentando ocultar una nota de miedo.

—¡Ah, las lunarïes! —susurró Udronsanthïl poniendo los ojos en blanco—. Siempre tan correosas.

El dragón se relamió chasqueando la lengua.

—¿Y qué quieren estas ratoncitas de Lady Angaïl y de Ålisenthel? —preguntó el tercer dragón con amable voz de falsete.

—¿Lady Angaïl? —fingió Aurige su sorpresa—. ¿Y esa quién es?

Udronsanthïl rugió con rabia y todas dieron un paso hacia atrás. Laila tenía la carne de gallina bajo su traje.

—Las mentiras son a las lunarïes como las uñas a la carne —parafraseó el tercer dragón—. No se pueden separar sin un dolor extremo.

—No nos mintáis, maripositas —dijo el dragón llamado Kidrolebh.

Las cuatro notaron que aquello no era un consejo generoso, sino una peligrosa advertencia.

—Venimos a rescatar a una Acuarïe —se atrevió a decir Nimphia, maravillada ante aquellos seres grandiosos.

—¡No es posible! —dijo Udronsanthïl incrédulo. Por un momento pareció desanimarse exageradamente—. ¿No venís a matar a Angaïl?

Todas negaron con la cabeza despacio. Aquello parecía una pregunta trampa.

—No puedo creer que vengan a salvar a una Acuarïe —terció Kidrolebh arrugando su cara como si estuviese pensando—. Y menos aún que lo haga una ithirïe.

—¡Cierto! —rió el tercer dragón—. No son más que mentiras. ¡Vamos a comérnoslas!

—¡Espera! —exclamó el otro frenando el avance de su cuello lleno de escamas. Las cuatro suspiraron de alivio y Cyinder se secó el sudor de la frente—. Podría ser divertido conocer sus planes, ¿no, hermanos?

—¡Oh, sí! —exclamó Udronsanthïl con rabiosa alegría—. Buena idea, Kidrolebh.

Luego se dirigió a las cuatro levantando su cabeza hacia las alturas.

—Contadnos vuestros proyectos —exigió—. Si lo que decís nos agrada a Kidrolebh, a Meësh y a mí, quizás os dejemos vivir. Si no…

Por increíble que pareciese, los dragones comenzaron a reírse con una risa que helaba la sangre.

—Veamos —susurró el dragón llamado Meësh, preguntando al aire como si empezase un juego de adivinanzas—, ¿para qué queréis salvar a una Acuarïe?

Todas permanecieron en silencio. Aquello les parecía absurdo.

—¡Responded! —rugió Udronsanthïl demostrando que no estaba de broma.

—Nos ayudará a entrar en la cámara del tesoro del palacio —dijo Laila con una vocecita histérica.

Los dragones la observaron un momento y luego se miraron entre sí con complicidad.

—¡Aahh! Eso lo explica casi todo —habló Kidrolebh.

—Claro, el Grano de Solarïe —comentó Udronsanthïl encajando las piezas.

Ellas asintieron mecánicamente.

—Lo hacemos para salvar Solarïe —añadió Cyinder con la esperanza de ablandar a los dragones—. Nunca hemos tenido la intención de robar a la reina Tritia.

—¡Y eso qué nos importa a nosotros! —gruñó Meësh, y Cyinder cerró la boca como si la hubiesen abofeteado.

—Calma, calma —pidió Udronsanthïl haciendo de juez—. Calma, hermano. ¿No ves que la pobrecita se ha quedado sin casita? Solarïe está muerto. La mariposita quiere salvar lo que queda y pedir un deseo, ¿no es así?

Cyinder levantó una mirada cargada de furia y apretó las manos.

—Y si permitimos que la Acuarïe os ayude, ¿quién sale perdiendo? —inquirió Meësh.

Ellas se miraron dudosas. Nunca se habían parado a pensar que alguien tuviese algo que perder si Solarïe se salvaba, y les pareció que la pregunta tenía muchos significados ocultos.

—Tritia —aventuró Nimphia.

—Bah —bostezó Udronsanthïl—. Lo único que ella pierde es su tiempo. No tiene verdadero interés.

—Maeve —susurró Aurige, más preocupada por tirar de la lengua a los dragones que por la respuesta.

Los tres se volvieron hacia ella y se quedaron mirándola.

Luego parecieron encerrarse en sí mismos. Les brillaban los ojos, pero no dijeron una palabra.

—No tiene sentido —dijo por fin Kidrolebh—. La respuesta no nos convence.

El miedo volvió a sus estómagos y una sensación de estar siendo manejadas como marionetas las invadió.

—Bueno, calma, otra oportunidad —terció Meësh, que era el que parecía tener más ganas de devorarlas—. ¿Cómo habéis regresado los ithirïes a Ïalanthilïan?

Laila se quedó muda. El color desapareció de sus mejillas sudorosas sin saber qué responder.

—¡Buena pregunta! —festejó Udronsanthïl—. Sí. ¿Cuántos sois y cómo habéis evitado la maldición?

—¿Qué maldición? —preguntó Aurige.

Los tres dragones no respondieron. Se miraron entre sí leyéndose el pensamiento y sonrieron.

—Entonces, ¿aún no ha llegado la reina Serpiente? —quiso saber Kidrolebh.

Aquel diálogo cada vez resultaba más confuso y sorprendente. El nombre de la reina Serpiente ya lo habían oído con anterioridad. Laila recordó que fue en Solarle, en el Concilio de las Reinas.

—¡Contesta, ithirïe! —bramó Udronsanthïl.

—No… no lo sé —balbuceó Laila aterrorizada —. No sé de qué me habláis…

—Es curioso —meditó Meësh—, parece sincera.

—Sorprendente.

—Divertido.

—Apasionante —concluyó Udronsanthïl la retahíla de adjetivos—. ¡Y no tiene alas! Esto podría tener relación con el asunto del Grano de Solarïe.

—¡Ooohh! —exclamó Meësh con satisfacción—. Si eso fuera cierto, querido hermano Udronsanthïl, solo podría significar una cosa…

El otro dragón movió la cabeza sonriendo con alegría insana.

—Y si las dejamos recuperar su tesoro, ¿el resultado final será bueno o malo?

Los tres se pusieron a pensar un buen rato. Parecían calcular jugadas misteriosas en un gran tablero de ajedrez.

—Será bueno —respondió por fin Udronsanthïl—. Bueno para nosotros.

Se miraron con los ojos entrecerrados, y el viejo dragón se encaró con ellas.

—De acuerdo —accedió por fin—. Os dejamos pasar. Es más, os ayudaremos… con una condición.

—¿Cuál? —preguntó Aurige de inmediato.

—La mariposita medio Ithirïe debe relatarnos los versos de un pequeño poema que nos encanta y que nadie ha dicho en miles de años…

—¡Un poema! —Laila estaba tan aturdida por aquello que no daba crédito.

—¡Nos gusta mucho! —añadió Kidrolebh estirando su cuello con salvaje alegría.

—Y los versos son muy sencillos —habló Meësh con malignidad—. Solo tiene que repetirlos mientras nosotros se lo vamos diciendo.

Laila dudó. Ponerse a recitar poesía a tres dragones le parecía una locura.

—¡Yo lo haré! —dijo Nimphia leyendo la duda en su cara.

—¡No! —rugieron los tres dragones a la vez y Nimphia dio un paso atrás.

—¡Tiene que ser ella! —bramó Udronsanthïl enseñando los colmillos—. Si no es así os usaremos como palillos para limpiarnos los dientes.

Levantó una zarpa dispuesto a aplastarlas.

—¡De acuerdo! —gritó Laila muerta de miedo—. Lo haré. Por favor…, por favor… no os enfadéis.

—¡Bien dicho! —contestó el dragón volviendo a poner su pata en el suelo.

Miró a sus compañeros con expresión triunfante y luego se volvió hacia la muchacha.

—Repite conmigo:

Sobre el viento de los siglos…

Sobre el fuego de la codicia…

Sobre la luna y los soles…

Más allá de las aguas traicioneras…

Mi canto es sincero y mi deseo es puro…

Yo reclamo ante los dioses el regreso de Ithirïe.

Laila repitió cada verso hasta el final. El poema no tenía rima ni consonancia alguna, pero la espalda le empezó a doler terriblemente. Con cada frase, sentía una fuerza extraña que se podía cortar con una navaja, llenando el aire de la caverna. Presintió que aquello estaba terriblemente mal. No sabía por qué, pero no le gustaba nada lo que estaba recitando. Antes de susurrar la última frase se quedó un momento en silencio: «…Yo reclamo ante los dioses el regreso de Ithirïe…». Algo le decía que no debía terminar el poema, que aquello era una trampa, pero por otro lado… ¿acaso no deseaba ver a aquellos que habían sido tachados de traidores? ¿No deseaba ver a su madre y exigirle explicaciones? Aquel deseo se coló en su mente y se enroscó como una culebra. Laila sintió que no era capaz de pensar en otra cosa que en el regreso de los Ithirïes y el dolor de su espalda se intensificó. Inspiró aire profundamente y abrió los labios. La última frase del poema salió sola de su boca, y sonó como un grito desesperado que retumbó por la caverna.

Laila se tapó los labios, sorprendida. No ocurrió nada, pero el dolor de la espalda desapareció. Los dragones parecieron suspirar expulsando pequeñas riadas de vapor.

—¡Está hecho, hermanos! —aulló Udronsanthïl con un rugido triunfante.

Y todos empezaron a reír con gruñidos sobrenaturales.

—¿Qué has dicho? —cuchicheó Nimphia, asustada.

Laila levantó los hombros sin saber qué responder.

—Bien, maripositas —tronó la voz del dragón—. Habéis conseguido convencernos. Podéis pasar a Ålisenthel.

Las cuatro miraron atónitas el rostro orgulloso de los dragones. Aquellos seres se apartaron dejando ver un pequeño pasadizo excavado en la roca, que se internaba en la oscuridad. Entonces el agua se abatió sobre ellas y la burbuja de aire desapareció. Manotearon frenéticas para ajustarse las máscaras sobre la cara y la marea las envolvió arrastrándolas hacia el techo de la cueva. Bracearon con fuerza intentando recuperar el equilibrio en medio de la asfixia momentánea, escuchando dentro de sus cabezas las risas de los dragones que se perdían en la distancia.

Bucearon por el corredor sin querer mirar atrás hasta que se sintieron seguras fuera del alcance que aquellos seres. El pasadizo comenzó a subir, y de golpe apareció una luz amarilla al final. Se acercaron despacio, tanteando las paredes, hasta llegar al umbral de una enorme burbuja de cristal, tan grande como un hangar, donde las pequeñas esferas de prisioneros se disponían en grupos separados.

Lady Angaïl les daba la espalda, moviéndose entre los cautivos escoltada por varios Akshaïrs, inspeccionando el contenido de cada una de las esferas. Luego indicaba a los guardianes diferentes pasadizos por donde se los llevaban de uno en uno.

Atlantia estaba allí en medio, postrada en el suelo sin querer mirar hacia ningún sitio. Angaïl terminó su ronda y se volvió hacia ella. Entonces Laila dio un respingo y se agarró a la mano de Nimphia, que también se había quedado paralizada.

El rostro de aquella Acuarïe era horrible. Estaba deformado por una delgadez extrema como si fuese un cadáver, con unos ojos estrechos y amarillos que se le separaban hacia las sienes dándole un aspecto de reptil. De su cabeza nacían mechones ralos de pelos grises y azulados, y sus finos labios sonreían con crueldad. Lo único que le faltaba era sacar una lengua bífida por entre los dientes.

Gritó algo incomprensible dentro del agua y Atlantia negó temblando. Lady Angaïl la golpeó con furia y luego varios Akshaïrs la arrastraron hacia el interior de otro túnel. Momentos después aquella serpiente de Acuarïe terminaba de decidir el destino de sus prisioneros y abandonaba el hangar seguida por sus sirvientes.

La gran nave se quedó vacía y las cuatro salieron cuidadosamente de su escondrijo inspeccionando la sala. Más allá de las grandes cristaleras amarillentas se podían ver otras pequeñas esferas de cristal conectadas entre sí por galerías tan finas como los hilos de seda de una telaraña, y todas se enganchaban a las paredes de las tres torres blancas formando una estructura inquietante.

Alcanzaron la entrada del túnel por donde se habían llevado a Atlantia, y nadaron a través del corredor que conectaba con otras tantas burbujas. De repente, la galería se bifurcó en dos ramales, y todas se miraron indecisas. Los pasadizos terminaban en luces distantes, y eligieron uno de ellos por puro azar. Llegaron a otra sala acristalada de dimensiones más reducidas, llena de cámaras donde los Akshaïrs estaban metiendo las burbujas de prisioneros nemhiries en cada una de ellas. Cuando todos estuvieron encerrados, un grupo de acuarïes vestidas con túnicas plomizas entró en la sala e inspeccionó el contenido de cada habitáculo.

Laila observó la cara de pánico de aquellos humanos, lejos de su mundo sin saber dónde se hallaban ni qué se estaba haciendo con ellos. Una de las extrañas sacerdotisas accionó los instrumentos de un pequeño panel de control, y de repente las cámaras se llenaron de un gas verdoso que los envolvió por completo. Cuando el humo desapareció, vieron cómo los nemhiries tosían y jadeaban. Uno de ellos, el más cercano a las cuatro amigas, comenzó a tener pequeñas convulsiones. De pronto se encogió como si le hubiesen golpeado y se llevó las manos a la cara, que empezaba a temblarle y a cambiar de forma.

Laila, espantada, desvió la mirada. La boca del hombre se ensanchó y comenzaron a salirle ristras de dientes puntiagudos. El cuerpo se le llenó de escamas mientras aullaba de dolor. Poco a poco el resto de las cámaras ofrecieron la misma imagen, y todos los nemhiries se transformaron en Akshaïrs en un espectáculo horripilante. Las acuarïes permanecían impasibles y la sacerdotisa accionó otro botón. De inmediato el agua penetró en los nichos, y los desgraciados prisioneros, que perdieron la consciencia, flotaron como peces moribundos.

Laila sintió que tiraban de su mano. Era Nimphia, que le indicaba que iban a salir de allí, pero la muchacha no podía hacer ni un movimiento. La rabia y el asco la estaban consumiendo, y lo único que deseaba era atacar a las sacerdotisas y destruir aquel laboratorio del terror. Un nuevo tirón la obligó a salir de sus pensamientos, y apretó las manos con furia antes de volver al corredor.

Llegaron de nuevo a la bifurcación y tomaron la segunda galería. Al final, el túnel llegaba a un laboratorio más grande, lleno de cámaras de tortura con multitud de instrumentos: redomas, elevadores con sistemas de poleas, calderos por donde burbujeaban líquidos espesos que no se mezclaban con el agua…

Atlantia estaba en medio de aquella sala rodeada de varias burbujas con hadas de distintos reinos. Laila notó que había un mayor número de solarles que de otras razas, seguramente porque al huir de Solandis acabaron por desgracia, y sin saber cómo, en manos de aquella bruja del mar.

Aurige salió del conducto y buceó rápidamente hasta quedar oculta tras uno de los gruesos calderos. Algunos Akshaïrs que debían vigilar la zona estaban distraídos amenazando con sus armas a los prisioneros, metían sus espadas dentro de las esferas, lo que les obligaba a apartarse y a encogerse para no ser atravesados. Las demás también se atrevieron a abandonar las sombras de la galería y llegaron junto a Aurige, que no perdía detalle de todo lo que pasaba.

Al poco rato apareció Lady Angaïl acompañada de otro séquito de acuarïes, vestidas de sacerdotisas con túnicas gruesas, guantes y vendajes hasta el cuello. Todas tenían un aspecto siniestro, como Lady Angaïl, con un rostro deforme y cruel que parecía reír eternamente. Alrededor del cuello lucía un único colgante con una gran aguamarina, y el resto de su cuerpo estaba enfundado también en aquellas ropas que parecían harapos.

Varias ruedas dentadas se pusieron en marcha y unos garfios levantaron las burbujas de prisioneros introduciéndolos en las cámaras de cristal. Desde fuera pudieron ver a varias solarles aterrorizadas que se ponían de pie lentamente y tanteaban las paredes de su prisión. Iban a asistir de nuevo a la conversión de aquellos desdichados en espantosos Akshaïrs.

Atlantia lo miraba todo con el rostro descompuesto, y de repente, una de las sacerdotisas la agarró por un brazo y le inyectó una sustancia de color rojizo. La chica aulló convulsionándose de dolor y miedo, pero todo fue inútil. Dos Akshaïrs la arrastraron hacia el interior de una cámara llena de agua.

Lady Angaïl sonrió con fatiga y accionó varios botones y resortes de otro panel lleno de instrumentos que estaba a su lado. Las cámaras de las hadas se llenaron de gas amarillento y todas empezaron a toser y a jadear igual que los nemhiries. Laila vio espantada cómo las preciosas alas comenzaban a resquebrajarse. El humo era espeso y apenas dejaba ver nada, pero pudo comprobar que las solarles habían caído al suelo, inconscientes o quizás muertas.

Mientras aquella pesadilla tenía lugar ante los ojos despiadados de Lady Angaïl, el agua de la cámara de Atlantia cambió de color como si un calamar hubiese expulsado dentro su bolsa de tinta. La muchacha miró alrededor de su cuerpo sin comprender y luego siguió las evoluciones de las otras prisioneras. De repente la mano de una de las solarles golpeó el cristal con fuerza y todas vieron que aquel brazo dorado perdía su forma, volviéndose blanco y carnoso. El humo gaseoso seguía sin dejar ver qué ocurría dentro, pero la carne se llenó de ventosas y la mano se convirtió en el extremo de un tentáculo gigante.

Laila intentó llevarse una mano a la boca, pero tropezó con la superficie de su máscara, y sintió el corazón palpitándole desbocado. Iba a cerrar los ojos, pero vio una intensa luz brillante que la hizo sobrecogerse.

A su lado, Cyinder, con el rostro oculto tras la máscara, sostenía en su mano una bola de luz incandescente que chirriaba de energía dentro del agua. Aurige intentó detenerla, pero en el momento en que otra cámara se llenó de tentáculos, la muchacha salió de detrás del caldero mientras la esfera crecía hasta hacerse cegadora.

Lady Angaïl, las sacerdotisas y los Akshaïrs se giraron hacia ella al unísono, completamente boquiabiertas. Antes de que la horrible Acuarïe pudiese pronunciar una sola palabra, Cyinder lanzó su bola contra ella, y Lady Angaïl se encogió protegiéndose el rostro del impacto de luz. Hubo un gran estallido, y Aurige salió de su escondrijo seguida de Laila y Nimphia.

La Acuarïe se convulsionó mientras su rostro de serpiente se secaba como una momia, pero tuvo fuerzas para gritar algo que sonó como un chirrido agudo, y de inmediato varias puertas se abrieron y comenzaron a entrar decenas de escualos humanos. Los Akshaïrs se agruparon de inmediato sacando espadas y sables de cada recoveco de sus armaduras. Cyinder no se amedrentó e hizo aparecer dos esferas más que al momento lanzó, impactando contra ellos.

Cientos de dagas y cuchillos volaron cortando el agua. Sin tiempo para pensar en lo que hacía, Laila extendió su mano de manera automática mientras sentía otra vez aquel cosquilleo en la espalda. Los cuchillos se detuvieron en seco y cayeron lentamente al suelo del laboratorio.

En las manos de la lunarïe surgieron aspas de luz negra zumbando hacia la primera línea de Akshaïrs, que se acercaban mostrando sus dientes. Varias hélices solo arañaron la superficie de sus gruesas armaduras, pero muchas los hirieron haciendo grandes cortes y tajos de los que empezó a manar sangre. El agua se tiñó de negro.

Los Akshaïrs detuvieron su ataque y parecieron pensárselo mejor. Aquellas no eran hadas estúpidas que se asustaban con tan solo sacar una espada. Más escualos seguían entrando por todas las galerías, y pronto pudieron reorganizarse. En ese momento Lady Angaïl se revolvió en el suelo con los ojos llenos de furia, y con sus dedos tanteó la puerta de una de las cámaras hasta que dio con un pequeño resorte. Lo apretó con fuerza y se apartó enseguida. El agua inundó la cámara abierta, y cientos de tentáculos salieron de entre los cristales, palpando los bordes mientras la criatura del interior advertía el movimiento a su alrededor, y el sabor de la sangre de los Akshaïrs despertó su hambre.

Las cuatro observaron la masa de tentáculos del monstruo con pavor, y Aurige desencadenó una nueva tormenta de aspas negras que volaron por todo el laboratorio, cercenando todo aquello que encontraba a su paso. Las sacerdotisas habían huido presas del pánico, y Atlantia lo contemplaba todo aterrorizada, con las manos pegadas al cristal. Uno de los tentáculos se deslizaba sinuosamente por la superficie de su cámara, y entonces una nueva bolsita de sustancia volvió a teñir el interior del habitáculo. La Acuarïe pareció resentirse con aquel color y empezó a frotarse la piel, como si le picara.

Al lado de Laila, Cyinder y Nimphia parecían haberse puesto de acuerdo, y el hada del aire se sumió en una profunda concentración. Abrió sus manos y el agua comenzó a separarse de ella dejando un pasillo de aire seco que llegaba hasta la misma criatura, que había logrado formar un ojo y una enorme boca llena de dientes en medio de la masa de carne. Entonces la Solarïe descargó una gigantesca bola de luz que voló por aquel corredor hasta que explotó directamente en medio de los tentáculos. El monstruo se encogió de dolor y varios pedazos quemados saltaron por el aire. Al momento el agua volvió a invadirlo todo, y Nimphia se desmayó, exhausta.

Al ver aquello, Lady Angaïl gateó desesperadamente, alcanzó una de las salidas, y empujó frenéticamente a los guardianes escualos, que no paraban de entrar. Los Akshaïrs creyeron que el engendro estaba muerto y se enfrentaron a las cuatro chicas con sonrisas victoriosas. Aurige intentó enredar a varios de ellos con una gigantesca tela de araña y Cyinder, que comenzaba a resentirse por el esfuerzo, envió una salva de dardos luminosos que apenas hizo mella en los guardianes.

De repente una furia de tentáculos salió de golpe de la cámara de cristal y atrapó a varios Akshaïrs, cogiéndoles por sorpresa. Los guardianes se revolvieron intentando clavar sus espadas en el monstruo enfurecido, pero varios de ellos desaparecieron en el interior del cubículo lanzando chillidos de pánico.

Viendo que el engendro apenas se resentía, los escualos dejaron de luchar y comenzaron a huir en todas direcciones, aplastándose unos contra otros en un intento por escapar por las puertas que daban a los corredores acristalados. El caos se hizo indescriptible ante la desbandada. El monstruo devoraba todo lo que encontraba a su paso arrasando con los instrumentos del laboratorio, derribando mesas con cientos de redomas y frascos llenos de pociones, destruyendo el trabajo de miles de años de investigaciones perversas llevadas a cabo por Lady Angaïl y sus siniestras sacerdotisas.

Las aspas de luz negra volaban clavándose en la carne llena de ventosas del engendro, pero uno de los tentáculos recorrió el suelo y se enroscó en la pierna de Laila tirando de ella. La muchacha cayó al suelo aterrorizada, y en ese momento, Cyinder, incapaz de pronunciar ni un solo hechizo más, cogió una de las espadas de los Akshaïrs y cercenó violentamente el tentáculo que la aprisionaba. Aurige vio que aquella solución era más efectiva que sus aspas y de inmediato se apoderó de dos sables curvos y se enfrentó al monstruo con un arma en cada mano.

Laila, que tenía una fe ciega en su amiga lunarïe, pensó que estaban a salvo, pero enseguida se dio cuenta de que los cristales de las otras cámaras estaban a punto de estallar, y lo que había en su interior luchaba por salir rápidamente.

 

Lady Angaïl nadó con fuerza dejando atrás su laboratorio hecho añicos. La furia y el miedo la consumían, y todavía no era capaz de comprender cómo habían entrado allí aquellas desconocidas. Quizás era una jugada de Tritia, que quería destruirla para no cumplir con el pacto que habían sellado. Sí, era una traición propia de ella. El odio y la venganza se adueñaron de su corazón y nublaron su entendimiento mientras buceaba hacia las cámaras superiores. Se tranquilizó cuando dejó de escuchar los gritos de los Akshaïrs, y pensó que a pesar de todo la jugada de la reina le había salido mal. Las desconocidas habían caído presas del engendro descontrolado y salvaje, y ahora tenía en su mano un motivo para revolverse contra la soberana de Acuarïe.

En las esferas más ocultas de su laboratorio, Lady Angaïl guardaba su pequeño ejército de creaciones, convenientemente preparados y adiestrados para cuando llegase el momento. Desde luego no solo había experimentado con acuarïes. Durante milenios, todos aquellos desdichados que cayeron en sus manos fueron sometidos a investigaciones más secretas, modificándolos a su antojo, y luego torturándolos hasta doblegarlos a sus deseos. Los seres nacidos de los solarles eran su último descubrimiento, pero arriba había otros peores, y ahora iba a liberarlos en aquella especie de golpe de suerte.

La furia que lanzaría contra Cantáride sería imparable y por fin terminaría el servilismo hacia Tritia. Se acabarían las humillaciones y las amenazas. Un mes le había concedido la reina para lograr el cambio genético de las acuarïes y que pudiesen soportar la sal de los océanos nemhiries. ¡Un mes!

Lady Angaïl sonrió. En menos de ese periodo ella gobernaría todo el reino de Acuarïe y tendría tiempo para experimentar con agua salada. Ya sabía quien iba a ser la primera de sus conejillos de indias. La propia Tritia.

Lo único que fallaba en su nuevo plan era la aparición de las cuatro enviadas de Tritia. ¿Pero cómo habían podido sortear a sus dragones?

En ese momento un gran temblor tambaleó los cimientos de todo el laboratorio. La estructura entera pareció resentirse en medio de las tres torres blancas y Angaïl se quedó quieta un momento mirando hacia el exterior. Desde su pasadizo de cristal podía ver los tres edificios elevándose indiferentes hacia la superficie y de pronto, tres formas oscuras bajaron en picado desde las alturas lanzándose furiosamente contra todas las esferas de Ålisenthel.

Entonces obtuvo respuesta a su pregunta: ¡Los dragones la habían traicionado! Estaban destruyendo su preciado laboratorio sumergido sin ninguna compasión, y Lady Angaïl se debatía entre la furia que sentía contra aquellos traidores y el deseo de venganza contra Tritia, sin duda la artífice de todo aquel desastre. Nadó hacia la cúspide mientras las primeras galerías se soltaban de sus sujeciones y caían al fondo marino. En medio del seísmo sus sueños de invadir Cantáride desaparecieron, y solo quedó el instinto de supervivencia. Nadó hacia la burbuja más próxima cuando los cristales se rompían ya en miles de pedazos y toda la telaraña de esferas se deshacía, chocando entre sí o reventando contra los muros de las torres blancas.

Salió a la inmensidad del mar de Acuarïe justo cuando todo Ålisenthel se rompía y se desmembraba, y los dragones atacaban con alegría insana a los engendros ocultos sin darles tiempo a sobrevivir. Enferma de rabia, vio que todos sus experimentos de milenios se perdían en pocos minutos.

Entonces agarró su medallón con violencia y pronunció unas palabras. La aguamarina brilló y los tres dragones se quedaron paralizados en medio del ataque. Sus fauces se abrieron en un rictus de dolor y rugieron furiosos, pero al momento olvidaron el regocijo que habían sentido momentos atrás y se dirigieron nadando mansamente hacia ella mientras la piedra destellaba.

Aun sabiendo el doloroso castigo que le esperaba, Udronsanthïl, lleno de satisfacción, no pudo evitar sonreír. La muchacha medio Ithirïe había pronunciado las palabras adecuadas, completamente convencida. Ahora la guerra estaba próxima.

 

Cuando se produjo el primer temblor, la esfera de cristal del gran laboratorio se tambaleó. El engendro pareció encogerse y Laila aprovechó aquel momento de incertidumbre para sacar a Atlantia apretando el mismo botón que había visto a Lady Angaïl pulsar en la cámara del monstruo. Había tentáculos cortados por todas partes, pero el engendro parecía no tener fin. Cuando los dragones se abalanzaron sobre la cúpula de cristal rompiéndola en miles de fragmentos, Atlantia, con la piel llena de quemaduras, intentó aprovechar la confusión para escapar hacia arriba. Poco después su cuerpo se desplomaba inerte en el suelo del laboratorio y Aurige meneaba la cabeza con alegría.

Udronsanthïl y sus hermanos hundieron sus garras en la carne fláccida del engendro y de los otros que ya habían logrado salir de sus prisiones, y pronto se enzarzaron en una lucha en la que los monstruos recién creados apenas tuvieron posibilidades.

Salieron de allí a toda prisa mientras las cúpulas de cristal caían una tras otra. Cientos de Akshaïrs se dispersaron en todas direcciones en el mismo momento en que una figura perdida en la negrura borrosa del océano hacía destellar en su cuello un colgante con una aguamarina.

 

—¿Qué queréis de mí? —preguntó Atlantia, temerosa, con un hilo de voz.

Todas se hallaban ya en el escondrijo del gremio de Acuarïe, dentro del cuerpo del coloso de piedra caído milenios atrás. El viaje de retorno había sido largo y penoso, arrastrando el cuerpo desvanecido de la Acuarïe. También ayudaron a Nimphia, que se fue recuperando poco a poco del gasto de energía mágica que le había costado su magnífico hechizo de aire en medio del agua.

Entraron por la boca del gigante, y Cyinder consiguió calentar los barrotes transversales que cerraban el paso de la garganta hacia la sala del gremio. Después los pateó con fuerza hasta que rompió las soldaduras. Dentro no había ninguna otra Acuarïe y Aurige chasqueó los dedos despertando a Atlantia de su sopor.

Al momento las miró aterrada, y Nimphia, restablecida, le indicó, señalándose la cara, que buscase una máscara Acuarïe. Atlantia nadó hacia uno de los bancos de piedra, donde había un pequeño cofre semioculto del que sacó una de aquellas caretas fantasmales.

De las manos de Nimphia surgió una burbuja de aire que creció hasta envolverlas a todas. El agua se apartó formando remolinos y Aurige obligó a la Acuarïe a permanecer junto a ellas. Nimphia se sentó en el suelo y se quitó su máscara, jadeando de cansancio.

—Cada vez te sale mejor —exclamó Aurige quitándose la suya.

Cyinder y Laila la imitaron, y Atlantia las reconoció sorprendida: sus enemigas del gremio de Solarle.

—¿Qué queréis de mí? —preguntó atónita.

—Sorpresa, sorpresa —contestó Aurige con una sonrisa—. Vas a explicarnos muchas cosas, Acuarïe, y si intentas escapar te dormiré de nuevo y te arrancaremos la máscara para que te asfixies, así que no dudes en intentarlo, porque para mí sería una gran satisfacción acabar contigo.

Atlantia miró a Aurige tras la máscara y vio que a pesar de su sonrisa, la lunarïe no estaba bromeando. Se sentó con los hombros hundidos en una de las sillas de piedra.

—Sabemos que has traicionado a tu gremio —la siguió acusando—, y has vendido el Grano de las Arenas de Solarle a Tritia a cambio de algo que también podría pasar por traicionar a toda tu gente.

—Pero…, ¡¿cómo lo sabéis?! —exclamó sorprendida.

—Eso no importa —habló Cyinder—. ¡Lo que cuenta es que mi mundo ha muerto y ese Grano, que nunca debió ser tuyo, es lo único que me queda para poder salvar Solarle!

Entonces, Atlantia lo comprendió todo de golpe.

—Yo no tengo la culpa —se defendió susurrando—. Gané el concurso en el último momento. Lo conseguí antes que la nemhirie sin hacer trampas, y me pertenece porque es el trofeo que la propia reina Hellia cedió. Si ella no hubiese sido tan inconsciente nada de esto habría…

—¡No te atrevas a hablar de mi madre! —gritó la solarle—. ¡Tú no sabes nada de ella, ni de nosotras!

La Acuarïe se encogió ante su furia. Cyinder estaba fuera de sí.

—Lo importante es que tienes una deuda conmigo —dijo entonces Laila, intentando calmar las cosas—. Te salvé la vida y ahora vas a ayudarnos a robar el Grano de la cámara del tesoro del palacio.

—¡No! —gritó Atlantia.

—¡Claro que sí! —la corrigió Aurige—. Vas a hacerlo, porque si no te prometo que te vas a reunir muy pronto con tus amigas que se quedaron en la Torre de Cálime.

—¡Es imposible entrar allí! —gimió—. Hay trampas insalvables, y un örgothil guarda la propia cámara del tesoro.

—¿Y tú cómo lo sabes? —siseó la lunarïe.

Atlantia tragó saliva y guardó silencio unos momentos.

—Entrar en la cámara del tesoro es el examen final de nuestro gremio —susurró enfadada por desvelar aquel secreto—. Casi todos los que lo intentan mueren víctimas de las trampas o del örgothil. Si consigues volver, nuestra profesora te hará una serie de preguntas acerca de lo que hay en el interior de la Torre del tesoro. Si contestas correctamente formarás parte del gremio de Acuarïe. Si no…

—¡Entonces tú sabes cómo llegar allí! —exclamó Cyinder, rebosante de satisfacción.

—Sí, pero nunca más volveré. Lo prometo, aunque tengáis que matarme.

—Claro que vendrás —replicó Aurige, tajante.

Atlantia se puso en pie con orgullo, y de golpe se arrancó la máscara dejando ver su rostro. Segundos después comenzó a jadear presa de la asfixia, pero tuvo el coraje de arrojar la máscara al suelo. Laila se lanzó contra ella en el momento en que la Acuarïe caía sobre la superficie de piedra agarrándose el cuello. Los ojos se le pusieron en blanco, pero la chica cogió la careta y se la incrustó en el rostro violentamente.

Al momento el agua comenzó a burbujear devolviéndole una respiración tranquila y acompasada. Atlantia abrió los ojos y la miró con odio.

—No vuelvas a hacerlo —le advirtió Aurige.

—No me das miedo, lunarïe —tosió la otra—, y no voy a volver allí nunca más. Ya sabes de lo que soy capaz.

Aurige apretó los puños con frustración.

—Al menos nos dirás cómo entrar —le dijo Laila ayudándola a levantarse.

Atlantia la miró de nuevo bajo la oscuridad de aquella porcelana blanca y fantasmal, y luego asintió. Volvió a sentarse en la silla de piedra e inspiró profundamente el agua que se filtraba por su nariz.

—El examen se realiza por parejas —reveló—. Lo habitual es hacer el recorrido desde el principio hasta el fin, es decir, intentar entrar en el palacio y desde allí buscar los pasadizos que conducen a la cámara del tesoro, la cual está dentro de una torre sumergida…

De repente pareció perderse en un recuerdo doloroso y permaneció en silencio un instante.

—Mi compañera de examen conocía una entrada alternativa que casi nadie más sabe —siguió—. Cerca del palacio se encuentran las cloacas de agua. Son dos grandes filtros por donde se purifica constantemente la corriente acuática que llena el palacio, manteniéndolo limpio en todo momento. Entrando por allí conseguimos evitar a los guardianes y el laberinto lleno de trampas donde casi todo el mundo muere. Una parte de esas cloacas está prácticamente abandonada y desde allí se accede a la cámara del tesoro…

—¡Entonces tu examen fue muy fácil! —exclamó Nimphia con cinismo.

—No será una trampa, ¿verdad? —preguntó Cyinder, desconfiada.

Atlantia negó con la cabeza.

—Las cloacas no tienen mayor dificultad. Lo importante viene después. La Torre del tesoro está inmersa en una enorme caverna sumergida, llena de cúmulos de pirañas —siguió explicando después de una pausa—. El olor de la sangre de sirenas las vuelve furiosas, y se abalanzarán sobre vosotras si…

—¿Tú crees que olemos a sirenas? —se burló Aurige.

Atlantia la miró con odio y se dirigió a Laila con intención de decirle algo más. Entonces pareció pensárselo mejor y sonrió malignamente dentro de su máscara.

—¡Por supuesto que no oléis a sirenas! —exclamó con desdén—. Oléis igual que las ratas de tierra. No tendréis ningún problema con las pirañas.

—¿Y después de eso? —preguntó Nimphia, atemorizada.

—La Torre se ve inmediatamente. Está en medio de la caverna donde nadan las pirañas. Es una estructura de mármol con una puerta de oro en su base. Abrirla no cuesta mucho si habéis llegado hasta allí, pero dentro está el örgothil…

—¿Y eso qué es? —quiso saber Laila.

—No tiene forma. Es un ente que nada entre las columnas de tesoros y se esconde en los rincones más oscuros. Vencerle requiere una enorme fuerza de voluntad… que yo no conseguí —terminó con un suspiro casi inaudible.

Luego levantó la cabeza con orgullo.

—Pero desde luego logré sobrevivir y respondí a la pregunta del examen. Nuestro gremio es muy escaso por este motivo, pero desde luego, somos las mejores.

—¿Y tu amiga? —quiso saber Cyinder, intrigada por la historia.

Atlantia se perdió de nuevo en los recuerdos.

—¡Qué os importa! —gritó con rabia—. ¡Ninguna de las dos olíamos a sirenas!

Y cerró la boca dispuesta a no contar nada más. Laila miró a sus amigas y Nimphia sacó su reloj de tiempo.

—Ya no quedan ni dos horas —anunció.

—¡Vamonos! —exclamó Aurige ajustándose la máscara sobre la cara.

Todas la imitaron y Nimphia hizo desaparecer la burbuja de aire. De inmediato la masa de agua se cerró sobre ellas y Cyinder agarró a Atlantia de un brazo, obligándola a nadar con ellas hacia la garganta del gigantesco coloso de piedra antes de que pudiese escaparse.

Dejaron atrás los barrotes rotos y alcanzaron la descomunal boca llena de dientes. Aurige le indicó a la Acuarïe que las llevase hasta la entrada de las cloacas y ella se dirigió sin dudar hacia los muros posteriores del castillo. Cientos de Akshaïrs llegaban de todas partes, tan nerviosos y excitados ante lo ocurrido en Ålisenthel que apenas repararon en las cinco figuras que nadaban ocultándose por entre los bancos de coral.

Llegaron hasta el jardín de los hipocampos. Miles de pequeños caballitos de mar nadaban y bailaban entre las flores y las columnas, y entonces se dieron cuenta de que en una zona más alejada se concentraban muchos de aquellos seres. Cuando se acercaron, ocultas entre filamentos llenos de algas, descubrieron dos enormes trampillas redondas por las que salía una corriente de agua caliente. Además del cambio de temperatura, diminutos restos de desperdicios microscópicos fluían continuamente hacia el océano, y los hipocampos buscaban allí su comida sin tener que preocuparse.

Atlantia señaló las trampillas, y entre Aurige y Nimphia levantaron una de las dos grandes rejas removiendo una capa de légamo que se dispersó en el agua. Cyinder creó un pequeño sol luminoso y lo envió al interior de la cloaca para iluminarla. La Solarïe las miró a todas por un momento y entonces se metió dentro de aquel agujero. Nimphia la siguió y Aurige agarró a la Acuarïe para obligarla a entrar también. Atlantia se revolvió y pataleó furiosa, resbalándose de su mano como una serpiente y agarró a la lunarïe por el cuello. De inmediato Aurige comenzó a sentir que los labios se le agrietaban y la cara se le ponía seca.

Laila golpeó a la Acuarïe, que huyó perdiéndose en la distancia borrosa. Aurige tuvo la intención de perseguirla, pero Laila la retuvo y le indicó la trampilla abierta. Su amiga suspiró y varias burbujas salieron de la máscara. Luego se metieron en el pasadizo y la rejilla se cerró sobre ellas.

Avanzaron impulsándose con las manos sobre las paredes de roca. Iban contracorriente, y el agua parecía estar bastante limpia, aunque conforme se adentraban en los subterráneos del castillo se fue enturbiando y volviéndose más densa. Delante de ellas, Cyinder y Nimphia seguían el rastro de la luz amarilla, que cada vez iluminaba más pobremente una red de túneles que se extendía decenas de kilómetros.

En la primera bifurcación que encontraron todas dudaron un instante, pensando que cualquier desliz las haría perderse en aquel entramado de alcantarillas, pero Nimphia recordaba bien las palabras de Atlantia. Esta les había contado que la entrada hacia la cámara del tesoro estaba cerca de una galería de cloacas abandonadas. Así que el agua tendría que estar allí más sucia y estancada de lo normal. Con gran pesar abandonaron los túneles de agua limpia y se adentraron en los más sucios y oscuros.

Después de nadar un trayecto lleno de pasadizos alcanzaron un nuevo túnel al que llegaban muchos desperdicios. El sol de Cyinder apenas iluminaba más allá de unos palmos, y por entre sus piernas se arrastraban cosas vivas, sinuosas y desagradables, que no se atrevían a comprobar.

Las paredes llenas de moho y de suciedad se estrechaban peligrosamente, y después de entrar en un corredor aún más oscuro, Laila temió quedarse atascada allí dentro para siempre, y comenzó a angustiarse entre aquellas paredes claustrofóbicas. Avanzó a duras penas arañando la roca, y de repente una corriente de agua sucia la cogió por sorpresa y la arrastró junto con las otras hacia delante, deslizándose por un tobogán de lodo a gran velocidad, hasta que salieron a una gran cueva donde la porquería de cientos de años se acumulaba en una enorme piscina negra.

Se hundió de barro hasta la cintura, y sintió que estaba a punto de vomitar. Sus amigas se encontraban en la misma situación y hacían esfuerzos por arrastrarse sobre la superficie densa de aquella masa y poder sacar las piernas. Cuanto más se movían, más se hundían y Laila pronto sintió el lodo a la altura del pecho. Miró hacia arriba por entre las nubéculas de fango volátil, hacia el sol amarillo que flotaba en medio del agua, cada vez más pequeño.

De pronto el sonido de un mecanismo retumbó en medio de la caverna y a varios chasquidos metálicos siguieron una cadena de acontecimientos inesperados: la piscina de barro se puso en movimiento, el lodo comenzó a hundirse girando en remolino y varios trozos de desperdicios desaparecieron, atraídos por aquella fuerza que se había puesto en marcha.

Laila, aterrorizada, braceaba y pataleaba por salir de aquellas tierras movedizas sin fondo. Nimphia había conseguido arrastrarse hacia un saliente, y sacó su cuerpo del lodo lleno de suciedad. Aurige ayudó a Cyinder, empujándola detrás de Nimphia, y luego se volvió para agarrar a Laila de una mano. Pero el remolino la había desplazado varios metros hacia el interior, y la muchacha ya estaba fuera de su alcance.

Las tres vieron con horror cómo la muchacha se debatía impotente en medio de la marea de légamo y desperdicios. La corriente iba a arrastrarla en pocos segundos hacia el fondo y Aurige creó una gran tela de araña justo encima de la cabeza de Laila. Los hilos de seda brillaron durante unos segundos y ella se agarró a las hebras pegajosas.

El torbellino tiraba de sus piernas hacia abajo, y la telaraña se combaba cada vez más. El barro le llegaba al filo de la máscara, y Laila sintió que ya no le quedaban fuerzas. Se iba a soltar sin remedio, y lo último que vio antes de cerrar los ojos fue a sus tres amigas, que gesticulaban desesperadas para que hiciese un último esfuerzo.

Entonces sintió que una mano tiraba de ella hacia arriba y la arrastraba con fuerza sacándola de aquella mugre. Su cuerpo pareció volverse más ligero, y siguió con la vista aquel brazo desnudo que acababa en un rostro con una masa de pelos azules y filamentosos.

Atlantia la condujo hasta el saliente donde estaban las otras, que habían seguido toda la escena y la aguardaban con los brazos abiertos. Laila se sentó sobre el suelo rocoso jadeando, y por un momento solo pudo mirar hacia el torbellino, que rugía tragándose los restos de desperdicios en los que había estado. Luego miró a su salvadora para agradecérselo, pero la Acuarïe se mantenía fría y distante.

Poco a poco las fuerzas le volvieron y se incorporó diciendo que estaba lista para continuar. A sus pies el remolino seguía moviéndose con más lentitud, como si supiese que ya no había víctimas dentro de él. Atlantia les indicó que la siguieran hacia una de las paredes más alejadas de la gruta. Allí había otro pequeño túnel por el que entraba una corriente de agua fría, y más allá, una luz celeste que parpadeaba al fondo. Nadaron en silencio, cada una perdida en profundos pensamientos, sin dejar de observar a la recién llegada y su extraño y valiente comportamiento.

El corredor desembocó de golpe en un inmenso espacio abierto, donde el agua tenía el mismo color que los mares poco profundos, de un celeste luminoso, y en medio de aquella grandiosa caverna, cuyas paredes se alejaban cientos de metros en todas direcciones, una torre de mármol blanco, tan reluciente que parecía un faro.

Laila la observó embelesada y cuando fue a dar una brazada más sintió la mano de Atlantia que la retenía. La Acuarïe le señalaba algo en su traje y ella se miró extrañada. El barro que la cubría tenía un color rojo oscuro que antes no habían podido detectar, y no se disolvía en la nueva masa de agua limpia. Aurige, Cyinder, Nimphia y ella estaban llenas de aquella sustancia hasta los cabellos, y solo Atlantia permanecía limpia, sin rastro de lodo.

Entonces lo comprendió de golpe. Aquello que las cubría, además de desperdicios, era sangre de sirena, y la probabilidad de alcanzar la torre si llegaban nubes de pirañas era absolutamente imposible. Todas observaron la torre impotentes y Laila miró a Atlantia como suplicándole que la ayudase una vez más, pero la Acuarïe negó con la cabeza.

De repente apareció un gran banco de peces acercándose desde la lejanía y todas permanecieron quietas. La nube de pirañas nadaba indiferente, errando por todo el espacio abierto, dando vueltas en un indolente paseo. Ninguna se movió, pero aquellos seres se detuvieron un instante, y el banco de pirañas entero se giró hacia ellas.

No tuvieron tiempo para nada más. El cúmulo grisáceo se lanzó sobre ellas a gran velocidad, y todas nadaron con rapidez hacia la torre de mármol, que parecía mirarlas con insolencia. No había más opciones, porque regresar al corredor que llevaba al remolino sería meterse en una trampa mortal. Solo quedaba la posibilidad de alcanzar, como fuese, la cámara del tesoro.

Nadaron con toda la fuerza de sus piernas, y aunque Atlantia las aventajaba, el terror les hizo volar dentro del agua.

Los peces se acercaban más rápido de lo que hubiesen imaginado. De pronto un nuevo banco de pirañas hizo su aparición delante de ellas y se abalanzó sobre las cinco chicas como una marea asesina.

Cyinder lanzó bolas y dardos de luz, pero los peces los esquivaban y se volvían a unir en una jauría furiosa y hambrienta. La torre estaba cerca, pero la masa de pirañas no parecía tener fin. Llegaban por todas partes dispuestas a rodearlas y acabar con ellas en segundos. Aurige envió cientos de aspas de luz negra que rompieron a muchas de ellas por la mitad, pero la marabunta, imparable, se devoraba entre sí con frenesí y volvía a la carga, arrasando con todo lo que encontraba a su paso.

Cuando la primera línea de pirañas las alcanzó, Laila sintió miles de pequeños mordiscos en su traje, que desgarraron el cuero hasta llegar a la piel. La visión se le enturbió, con miles de formas que aleteaban pegadas a su máscara, chocando contra ella.

El dolor se hacía insoportable. Sentía pellizcos y heridas en las manos y en las piernas y vio a sus amigas luchando, lanzando bolas de luz y hélices negras, convulsionándose de terror en un esfuerzo desesperado por apartar a aquellas bestias, y dar una brazada más hacia la torre.

Y entonces, justo cuando abandonaba toda esperanza, la mente se le quedó en blanco y sintió una furia tremenda. La misma que había sentido la primera vez que se enfrentó a Aurige y a sus piedras, antes de toda aquella pesadilla. Aquella fuerza le recorrió la espalda y por un momento la vista se le puso roja, sin saber si era por el odio o por su propia sangre que salía de decenas de pequeñas heridas abiertas. Extendió su mano a la masa de pirañas y una onda de luz verde se abrió paso entre los peces.

Gritó dentro de la máscara y la luz explotó con violencia, haciendo que todas tuviesen que apartar la vista por el destello. Los bancos de peces comenzaron a vibrar y de repente, una tras otra, las pirañas explotaron convirtiéndose en pequeñas bolsas de arena.

Cientos, miles de pirañas se convertían en barro instantáneamente, y sus cuerpos arenosos se dispersaban en el agua de la enorme caverna creando nubes de arena que caían al fondo. Las explosiones siguieron sucediéndose, y Laila creyó que perdería el conocimiento justo cuando los últimos peces se deshacían en miles de granos, formando cúmulos densos y sucios como el humo de las chimeneas.

Cerró los ojos y se dejó arrastrar hacia el fondo sin fuerzas. Aurige la agarró de un brazo en el momento en que su mente se hundía hacia el olvido, y la zarandeó con fuerza hasta que ella parpadeó sin saber dónde estaba. Quiso decirle que la dejara dormir, que le permitiese deslizarse hacia el fondo y quedarse allí para siempre, pero la máscara se lo impidió y la lunarïe la arrastró hacia la torre de mármol.

Nimphia, Cyinder y Atlantia las seguían a toda velocidad. Alcanzaron la puertecita de oro y Nimphia sacó de un bolsillo de su traje destrozado una nueva ganzúa modificada y mejorada. La puerta tenía una cerradura redonda y la introdujo por ella dándole vueltas a unos pequeños cilindros que se ajustaron solos hasta que, con un pequeño temblor, la puerta se abrió.

Al fin el tesoro de Acuarïe estaba al alcance de sus manos. La puerta giró hacia dentro y Atlantia se quedó mirando la oscuridad con el rostro pálido y descompuesto. Nimphia la cogió amablemente de una mano, pero ella se soltó y negó con la cabeza. Les había guiado hasta allí, incluso había salvado la vida de aquella nemhirie tan rara y poderosa, pero no iba a entrar en la torre. El örgothil vivía allí dentro y las estaba esperando.

Negó firmemente una y otra vez, y fueron incapaces de convencerla para que entrase. Al final, Aurige levantó los hombros en señal de impotencia y cruzó las puertas de la cámara del tesoro seguida por las otras.

El interior de aquella torre era grandioso. Cientos de columnas altísimas, labradas con filigranas, sostenían arcos y bóvedas de cristal hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Igual que en la Torre de Cálime, era más grande por dentro que por fuera, y todo el suelo estaba recubierto de montañas de tesoros: oro y piedras preciosas, cofres llenos de joyas, collares de perlas, rubíes, esmeraldas, diamantes…

Los cúmulos de tesoros subían por las columnas enterradas en oro, y en medio de la estancia, un gran pedestal sostenía una estatua de un hada de Acuarïe, blanca como la nieve, con sus membranosas alas extendidas, formadas por miles de cristales transparentes. En sus manos tenía una gran caracola cuajada de piedras preciosas de la que salía constantemente un fluido azul que se deshacía y se dispersaba.

Laila contempló aquel objeto maravillada. Sin duda era el tesoro sagrado de Acuarïe, y alzó una mano para tocarlo, pero Aurige la detuvo. Luego miró a su alrededor con desconfianza y ella la imitó. Allí dentro había algo vivo. Algo que se había despertado de su sueño eterno y las estaba espiando. Atlantia había dicho que era un örgothil, pero no les había explicado qué clase de peligro representaba, y la Acuarïe no había querido volver a entrar en aquella estancia.

Las montañas de oro y joyas brillaban por todas partes, y de repente el interior de la torre se volvió desagradable y amenazante. Algo se movía, invisible, haciendo tintinear las monedas y arrastrando las piedras preciosas por el suelo. A pesar del calor del agua, Laila sintió que se le ponía la carne de gallina.

Bucearon despacio con mucho cuidado, escrutando desconfiadas las estatuas de oro, los cofres cerrados y abiertos, las esferas mágicas llenas de humo que hacían ver cosas maravillosas, los cuernos de la abundancia, las diademas de piedras preciosas, los cetros, vestidos y joyas de reinas de otros tiempos…

Encontrar allí el Grano de las Arenas de Solarïe era como buscar una aguja en un pajar, y Cyinder creó un delator que al momento brilló y cruzó como una flecha toda la torre sumergida hasta detenerse frente a la estatua de una sirena, que estaba hecha con tal perfección que parecía que estaba viva.

Todas se acercaron a contemplarla y durante unos momentos no pudieron hacer otra cosa que admirar su perfección. Los ojos, dos aguamarinas perfectas, brillaban azules con un destello misterioso. El cuerpo estaba cubierto de collares de perlas y piedras preciosas, y en la cabeza, una corona negra con cinco piedras que parecían obsidiana, muertas y apagadas. En una mano llevaba un cetro de oro macizo y en la otra, con la palma extendida, el Grano de las Arenas de Solarïe.

Cyinder lo cogió y la perla se volvió brillante como el fuego ante el contacto de sus dedos. Lo levantó en señal de triunfo, pero sus amigas no le hacían caso: seguían mirando a la estatua de la sirena, hipnotizadas.

Laila miró a la Solarïe con desdén y fue a coger la corona negra para ponérsela, pero Aurige le detuvo y le apartó el brazo extendido con violencia. Entonces la lunarïe acercó su mano a la corona y de repente Nimphia se interpuso entre ella y la estatua. Cyinder no sabía lo que ocurría, pero sus amigas estaban empezando a pelearse por una joya vieja y apagada, y cada vez con mayor agresividad.

Laila le dio un manotazo a Nimphia y cogió el cetro de oro, blandiéndolo como un mazo. Los ojos de la solarïe se desorbitaron cuando Aurige se preparó para lanzar cientos de aspas oscuras hacia sus amigas sin ningún motivo.

«Se han vuelto locas», pensó horrorizada.

Y entonces, por un momento, el rostro de la estatua se volvió hacia ella y sonrió con malignidad. Cyinder sintió que el corazón le palpitaba dolorosamente. Aquello debía ser el örgothil, e iba a hacer que sus amigas se matasen entre sí. Nimphia detuvo varias hélices mortíferas pero otras tantas le hirieron en los brazos y en las piernas. Una de las aspas abrió un pequeño surco en la máscara de Laila y el agua comenzó a invadirle el rostro lentamente. La muchacha contraatacó con una agresividad tan grande que parecía que todas estaban deseando acabar las unas con las otras.

Desesperada, Cyinder creó una gran bola luminosa y la lanzó contra la estatua. Ante el impacto, las tres se revolvieron y la miraron como si no la conociesen. Laila se dirigió hacia ella para golpearla, mientras el agua se filtraba peligrosamente llegando ya a la altura de sus labios.

Cyinder nadó a gran velocidad hacia la salida y las otras tres se olvidaron por un momento de la siniestra corona y se lanzaron en su persecución. Las aspas asesinas de Aurige pasaron justo a su lado, silbando junto a su oreja, y acabaron estrellándose contra las montañas de tesoros, mientras ella volaba hacia la puerta de oro. Ahora sabía lo que le había ocurrido a la amiga de Atlantia, pero si ella lograba salir y pedir ayuda a la Acuarïe, podrían acabar con esta locura.

La puerta comenzó a cerrarse despacio, y Cyinder se impulsó con sus últimas fuerzas atravesando la rendija. Una hélice negra salió disparada y se perdió en la inmensidad celeste, pero la Solarïe no se dio cuenta. Cientos de Akshaïrs la estaban esperando afuera, apuntándola con sus espadas. A pesar de la terrible sorpresa Cyinder rogó para que sus amigas pudiesen salir a tiempo de allí. Si se quedaban encerradas, el hechizo del örgothil acabaría con ellas.

Miró con pavor a los escualos humanos y cuando escuchó la puerta cerrarse a sus espaldas hundió los hombros sin querer mirar atrás. De repente cientos de hélices negras volaron a su alrededor, estrellándose contra los guardianes y Cyinder se volvió, sobrecogida. Aurige, Laila y Nimphia estaban allí, impresionadas por la desagradable sorpresa, pero al parecer libres del örgothil y de su influjo. La puerta de la torre estaba cerrada y, persiguiéndola, sus amigas habían conseguido escapar de su horrible influencia.

La muchacha quiso abrazarlas pero la nueva perspectiva tenía muy poco de alegre, y los escualos, aún heridos, les indicaron con sus armas que no opusieran resistencia. Entraban por todos lados, y su número se hizo tan grande que todas comprendieron que había llegado el fin. Un akshaïr con un casco lleno de algas indicó que lo siguieran y nadó hacia arriba.

Laila iba a llorar. Recuperada la cordura, recordó que Cyinder había conseguido el Grano de Solarïe, pero ahora estaba todo perdido. Aun con el agua llegando a sus fosas nasales, buscó a Atlantia pensando que les había traicionado, pero la Acuarïe estaba allí, encadenada y vigilada por un grupo de Akshaïrs que la obligaban a nadar hacia las alturas.

La torre de mármol se oscureció, perdida en la distancia, y tras un trayecto largo y desesperante salieron a la superficie de un gran lago negro. Laila descubrió con sorpresa que el aire la rodeaba por todos lados y se quitó su máscara. Más allá, en la orilla del agua, la reina Tritia y toda su corte las estaban esperando.

Se encontraban en una sala inmensa y acristalada. Todas las sacerdotisas y damas de compañía de la reina llevaban puestas sus máscaras, y las miraban como espectros. Las sacaron a la fuerza del lago, y las acuarïes las obligaron a arrodillarse. A Atlantia le entregaron una máscara para que pudiese respirar y la empujaron a golpes contra las otras cuatro. Entonces les obligaron a mirar a la reina y les arrancaron las falsas máscaras, rompiéndolas en pedazos.

Tritia sonrió con sorpresa y satisfacción al reconocer a Cyinder, a Aurige y a Nimphia, pero cuando reparó en Laila, su rostro se puso blanco como la nieve.

—¡Una ithirïe…! —exclamó sin querer, perdiendo la compostura.

Se calmó mirando a la chica fijamente durante unos segundos. Se sumió en profundos pensamientos con los ojos entrecerrados y por fin se encogió de hombros como si hubiese resuelto todas sus dudas.

—¿Qué tenemos aquí? —exclamó con cínica alegría volviendo su mirada hacia las otras—. ¡La hija de Hellia robando en mi castillo! Y no solo ella, la hija de Titania y la de Zephira la acompañan.

—¡No hemos robado nada! —gritó Cyinder, rabiosa, poniéndose de pie—. Baja a tu torre y compruébalo tú misma. No falta nada de tu tesoro.

—De mi tesoro no, por supuesto, pero estoy casi segura de que mi última adquisición ha caído en vuestras manos, y no estoy dispuesta a consentir que cuatro mocosas, una además es una… una… traidora de ithirïe —dijo por fin con esfuerzo— vayan por ahí descubriendo mis pequeños secretos.

—Tú eres la única traidora —exclamó Aurige—. Sabemos todo lo de los experimentos en Ålisenthel y lo que quieres hacer, abandonando Ïalanthilïan…

—¡Razón de más para no dejaros salir con vida de aquí! —repuso Tritia—. Ya ha llegado a mis oídos el pequeño desastre de Lady Angaïl… ¡Bah, peor para ella! Con el Grano de Solarle no la necesito para nada. Ahora devolvédmelo y seré piadosa. Os daré una muerte rápida, aquí mismo, en lugar de servir de diversión a mi pequeño örgothil.

—¡No lo tenemos! —contestó Aurige de inmediato—. No lo hemos encontrado.

La reina miró a Aurige con sorpresa.

—¿Me tomas por una idiota, lunarïe? Incluso vencida te las arreglas para insultar mi inteligencia. Eres igual que tu madre. Pero por supuesto que lo tenéis. Dádmelo ahora mismo o mis damas os lo arrebatarán por la fuerza.

Las cinco chicas permanecieron quietas y silenciosas, y la reina se enfureció. Varias acuarïes se acercaron y todas dieron un paso hacia atrás, llegando al borde del lago. Algunos Akshaïrs daban vueltas en él, dispuestos a lanzarse sobre la primera que cayese.

—Tengo una pequeña duda —dijo la reina mirándolas divertida—. ¿Cómo habéis entrado en Acuarïe? ¿Acaso ha sido esta traidora? —señaló a Atlantia con odio—. Todo mi reino está cerrado, y los solarles capturados solo rondaban por las inmediaciones. Nadie puede entrar aquí sin mi permiso.

No contestaron, y al ver su negativa la reina indicó a sus damas que las tirasen al lago.

—¡Esperad! —gritó Laila con el rostro descompuesto por el miedo—. He sido yo.

La reina se volvió hacia ella con interés.

—Tengo… tengo un libro que permite entrar en Acuarïe —balbuceó mientras Aurige le daba un codazo para que se callase.

La reina la miró, dudando de sus palabras. —¡Tráemelo enseguida! —exigió.

Laila dudó, pero al ver el rostro de Tritia se acercó lentamente por entre las sacerdotisas. Un solo gesto sospechoso y todas irían a parar a las fauces de los Akshaïrs. Llegó ante la reina y sacó de su traje lleno de mordeduras y de manchas de sangre el libro de las gemas. La reina se lo quitó de las manos con ansiedad, contempló cada una de las piedras, y luego abrió las páginas recorriendo los capítulos escritos.

—¡Por supuesto! —exclamó con la satisfacción de haber resuelto un misterio—. Un libro de Hiria. No podía ser de otro modo. ¿Y cómo has conseguido tú este libro, traidora de Ithirïe?

Laila se sintió insultada.

—Es un regalo de mi madre —exclamó llena de orgullo.

Tritia asintió despacio. Acarició la cubierta de cuero y de repente arrancó salvajemente la piedra de aguamarina. Laila abrió la boca para lanzar un grito de protesta pero al ver el rostro de la reina se calló y cerró los puños con furia.

—Nadie puede entrar en Acuarïe sin mi permiso —repitió Tritia su letanía—. Es muy peligroso que este libro ande suelto por ahí ya que podría caer en malas manos. A partir de ahora formará parte de mi tesoro junto con el Grano de Solarïe.

Laila la miró con asco, pero la reina le sonrió.

—Y ahora, ithirïe, entrégame tú el Grano de las Arenas. Nadie mejor que una traidora para que Solarle llegue a su fin.

Cyinder abrió la boca con espanto y miró a Laila, que agachaba la cabeza, cabizbaja. Permaneció quieta unos segundos eternos y de repente la muchacha le devolvió la mirada sonriendo un fugaz segundo. La Solarïe se sintió aterrorizada. Laila iba a cumplir el mandato de Tritia y se puso rígida, dispuesta a salvar la codiciada perla hasta el final.

Pero en lugar de acercarse a ella, Laila se dirigió a Nimphia con decisión. El hada del aire la miraba boquiabierta, y más aún cuando, con un guiño que nadie más pudo ver, abrió la cremallera de la mochila que portaba en su espalda y sacó despacio la caja de cristal negro que todavía llevaba consigo, la caja que guardaba el viento de Simún.

Se volvió a la reina Tritia, que la miraba expectante, y entonces se dio cuenta de que tanta docilidad no la estaba engañando. La soberana la observaba incrédula por su obediencia. De repente Aurige se puso a gritar como una loca para que no se lo diese, que se arrepentiría, y se lanzó hacia ella siendo detenida de inmediato por las sacerdotisas de Acuarïe.

Todas las dudas de la reina desaparecieron en ese momento, y cogió la caja de cristal con tanta ansiedad que se diría que se la iba a comer. Sus ojos brillaron con un destello victorioso, y de un golpe abrió la tapa para mirar en su interior. Se quedó atónita unos segundos mirando el contenido vacío, luego, furiosa, desvió la vista hacia Laila, y estrelló la caja contra el suelo.

Cuando abrió la boca para ordenar que las arrojasen a los Akshaïrs, se escuchó un sonido susurrante que inundó toda la sala acristalada. La reina miró a todos lados inquieta. Los pedazos de cristal negro se removieron crepitando en el suelo y de repente una ola de aire caliente surgió de la nada y empezó a crecer con violencia. La reina Tritia se cubrió el rostro mientras millones de granos de arena volaban dentro de una tormenta huracanada que comenzó a sacudir los cimientos de toda la sala.

Aquel viento arreció soplando con furia descabellada, levantando columnas de agua y jirones de vapor. Los Akshaïrs se dispersaron hacia las profundidades, y las sacerdotisas y las damas acuarïes huyeron despavoridas mientras el aire se hacía más tórrido, secando la humedad de las piedras y llenándolo todo de arena del desierto. Laila corrió hacia Atlantia, que comenzaba a resentirse del calor de aquella tormenta, y la empujó con fuerza hacia las aguas del lago. La Acuarïe salió un momento a la superficie y la miró por última vez antes de perderse en la negrura.

En medio de la tempestad, la reina Tritia se encogía mientras las arenas la azotaban. De repente algo salió volando de sus manos y aleteó hacia las alturas, en medio del huracán.

Laila vio que su libro desaparecía sin remedio en mitad de la ventisca, y entonces una estela violácea voló rauda, sin dudar en ningún momento. La mano de Nimphia agarró la cubierta de cuero cuando ya alcanzaba la bóveda de cristal, que empezaba a resquebrajarse. En pocos segundos el océano de Acuarïe inundaría toda la sala y la batalla entre el agua y el viento destrozaría los muros del palacio.

Nimphia luchó contra el torbellino, y sin apenas mover las alas voló hacia Laila entregándole el libro. La muchacha abrió las páginas rápidamente. El capítulo de Acuarïe se estaba borrando a gran velocidad pero en la última página todavía se podían leer las frases para regresar, que empezaban a desvanecerse.

Abrió los labios y gritó con todas sus fuerzas contra las arenas y el viento, sintiendo que le escocían los ojos y la furia del Simún se ensañaba con ella:

Idsitas nu Nansali.

Portie danu irion ast Spheris Nemhiria.

El techo se resquebrajó, y cientos de toneladas de agua entraron de golpe inundándolo todo. Las grandes columnas cayeron mientras todo el castillo de Cantáride temblaba a punto de destruirse. Una luz azul brillante creció hacia las alturas y la puerta empezó a abrirse justo cuando la masa de agua se lanzaba contra ellas.

Con su último aliento Laila atravesó la franja luminosa. Aurige, Cyinder y Nimphia la siguieron antes de que todo quedase inundado, y las furias desencadenadas de Acuarïe y de Airïe midiesen sus fuerzas en una batalla cuyas consecuencias quedaron ocultas bajo la superficie del océano.