Las Arenas de Solarïe
Capítulo 16
El secreto de Sean Winter
El avión atravesaba los grandes cúmulos de nubes grisáceas que amenazaban con descargar una fuerte tormenta de finales de verano. Las pequeñas islas que bordeaban la costa británica apenas eran puntos visibles en medio de un mar azul oscuro, pero Laila, con la cabeza apoyada contra el cristal de la ventanilla, era incapaz de ver nada.
Recordaba que el salón de Winter Manor se había oscurecido de golpe cuando su padre pronunció aquellas terribles palabras:
«Son tus alas… Yo te las corté.»
Le había mirado incrédula, como si estuviese delante de un perfecto desconocido, mientras un escalofrío se le congelaba en el estómago provocándole una sensación de náusea y de vacío. Durante aquel verano en Solarïe había tenido sus sospechas: los entrenamientos con Aurige —aunque la lunarïe le advirtiese una y otra vez que su poder se debía a la magia de Solarïe—, los Ithirïes encerrados en la Torre de Cálime con los cabellos del mismo color que ella, el recuerdo de Jack Crow arrojándole sal a la cara…
Había llegado a la conclusión de que ella tenía algo propio que pertenecía a Faerie, pero jamás pensó que iba a descubrirlo de aquella forma tan brutal. ¡Había tenido alas! Alas como las de sus amigas porque ella también era un hada, y aquel hombre que tenía delante se las había cortado poco después de haber nacido. Laila sintió en aquel momento que perdía el equilibrio y tuvo que sentarse para no caerse al suelo.
Durante unos minutos fue incapaz de escuchar nada. Su padre, ese mismo que la había mutilado cuando ella no podía defenderse, no paraba de excusarse con palabras que sonaban torpes y vacías. Finalmente, con la mirada borrosa, hizo una pregunta estúpida e infantil.
—¿Por qué? —balbuceó sin poder expresar nada más.
Su padre guardó silencio unos segundos.
—En aquel momento tu madre y yo decidimos que era lo mejor para ti.
—Lo mejor para mí…
—Sí, Laila —siguió él, destapando su propia caja de recuerdos—. Tu madre dijo que no te dolería y que, siendo diferente, vivir con nosotros, los humanos, te traería grandes desgracias…
—Mamá era un hada —cortó ella con voz fría, mirando a un punto perdido en el infinito.
Su padre no contestó. Parecía haber envejecido y sus ojos, cargados de tristeza, reflejaban todo el dolor acumulado durante años.
—Y tenía el pelo verde —siguió ella cavilando. Sean Winter asintió.
—Entonces, nunca fuisteis al Hospital en Dublín cuando se puso enferma — advirtió la muchacha mientras sus pensamientos viajaban más rápido de lo que podía expresar. Su padre se dio cuenta hacia dónde derivaba la conversación y se quedó en silencio—. Porque la gente de Faerie no coge enfermedades nemhiries —siguió—, y si además descubrían la existencia de un hada de verdad…
—Espera, Laila, te lo contaré todo —suplicó—, pero déjame que te lo explique a mi manera…
Cerró la caja de cristal y se sentó pesadamente en su sillón, estremeciéndose como si hubiesen llegado los fríos del invierno.
—La vi por primera vez hace mucho tiempo —recordó despacio—. Yo era joven y vivía en esta casa que tus abuelos me legaron en herencia cuando murieron. Salía frecuentemente a cazar en los bosques de Killykeen para olvidar el accidente que habían sufrido dejándome solo, sin más recursos que los que produjese la tierra de Winter Manor. Tus abuelos nunca fueron ricos, pero al menos tuve un sitio donde vivir. Fueron tiempos muy difíciles para mí, e incluso viví de la caridad de algunos vecinos de Cavan, que me regalaban comida y ropas usadas a cambio de lo que yo cazaba para poder subsistir. Al menos comía caliente durante el invierno sin tener que adentrarme en los bosques. Algunos quisieron comprarme Winter Manor, porque les parecía insólito que un joven sin futuro se aferrase a estas tierras viviendo en la miseria, pudiendo alojarme cómodamente en Dublín a cambio de lo que ofrecían por la casa y sus terrenos, pero yo jamás podría haber abandonado el lugar donde nací de esa forma… Después dejaron de insistir, y se acabaron los regalos. Tuve que dedicarme a cazar durante todo el año, y a plantar patatas y legumbres en la huerta para comer algo cada día.
»En una ocasión, bien entrada la primavera, salí a cazar esperando obtener bastantes piezas, porque el tiempo era agradable y los bosques estaban llenos de vida. Anduve paseando cerca de los lagos más apartados a la caída de la tarde. Entonces escuché voces que cantaban, y me acerqué despacio, escondiéndome detrás de algunos arbustos para ver de qué se trataba. Al principio me quedé muy sorprendido. Junto a la orilla se encontraban varias muchachas, unas bañándose desnudas y otras bailando y cantando alrededor de una joven a la que le peinaban los cabellos y la adornaban con flores. Llevaban alas y yo pensé que eran un grupo de actrices de teatro que ensayaban alguna obra. Me quedé fascinado viendo la danza y escuchando aquellas canciones, que eran muy bellas, aunque sonaban tristes; algunas muchachas estaban incluso llorando. De repente, una de ellas movió aquellas alas y echó a volar para alcanzar los frutos de un árbol. Aquello me dejó tan anonadado que debí hacer algún ruido, y descubrieron mi presencia. Todas se giraron hacia mí, muy asustadas, y la joven a la que estaban peinando los cabellos me miró sobresaltada. Recuerdo que era bellísima, y sus ojos se grabaron a fuego en mi corazón para siempre. Entonces desaparecieron como si nunca hubiesen existido y tuve la sensación de que había estado soñando.
»Volví a Winter Manor sin haber cazado nada, completamente desorientado, solo con la imagen de aquellas misteriosas jóvenes, y la de ella, que vivió en mi recuerdo durante meses hasta que el tiempo la hizo borrosa. Todos los días regresaba a los lagos, pero no volví a verla hasta un año después. Había salido a pescar y llevaba toda la mañana dando vueltas sin haber conseguido nada. Entonces me di cuenta de que había alguien cerca de la orilla que me miraba con curiosidad. Mi corazón se aceleró en cuanto la reconocí. Llevaba flores blancas en los cabellos, que tenían el mismo color de las hojas de los árboles, y aquellas alas transparentes, imposibles en cualquier muchacha normal. No estaba asustada y tuve la sensación de que había estado esperándome. Me sonrió y dijo unas palabras que no pude comprender. Al ver mi cara de asombro pareció hacer un gran esfuerzo.
»Entonces habló en mi propia lengua, y me preguntó con una voz muy suave y alegre que qué estaba mirando, que parecía un sapo con ojos saltones. Luego se rió de una forma maravillosa y se acercó para llenarme el pelo de flores. Y volvió a desaparecer. No la vi de nuevo hasta que llegó el otoño. Un día, a principios de octubre, apareció en los jardines de Winter Manor y me dijo su nombre y que se quedaría conmigo hasta que los vientos cambiasen…
—Espera un momento —cortó Laila—. ¿Dices que un hada se acercó a ti y que te buscó?
—Sí.
Sus recuerdos eran muy claros ahora, como si hubiesen ocurrido pocos días antes. El nudo que atenazaba su pecho durante años se deshacía y Sean Winter estaba dispuesto a contarlo todo. Hablar de aquello le liberaba.
—Eso es imposible —dijo Laila sin ocultar su desprecio—. La Bella Gente odia a los nemhiries. Nos consideran inferiores. Somos sus esclavos o sus mascotas.
—Ella no pensaba así —contestó él—. Me dijo que me amaba y que se había enfrentado a su gente por mí.
—¿Y te lo creíste? —se burló su hija.
—Desde luego —afirmó orgulloso—. Vivió conmigo en esta misma casa, como si fuese la suya, y yo le di todo lo que tenía. Sorprendentemente ya no tuve que volver a cazar. Siempre había comida en la despensa, pero tuve que adaptarme a sus gustos, pues apenas comía nada de los alimentos normales y se pasaba los días recorriendo los bosques y los jardines de Winter Manor, trayendo frutas y miel, que era de lo que se alimentaba. Apenas me contaba nada de su mundo, y evitaba por todos medios hablar de su naturaleza de hada. Sin embargo, le interesaba mucho lo que los humanos hacíamos y los progresos que habíamos conseguido a lo largo de nuestra historia. Al poco tiempo me dijo que esperaba una hija mía. Nunca supe cómo sabía ella que iba a tener una niña en lugar de un varón, pero aquello fue tan sorprendente y maravilloso que le propuse casarnos, pues hasta entonces vivíamos en la clandestinidad, apartados de mundo, sin otra cosa que tenernos el uno al otro.
»Ella no aceptó. Me dijo que el matrimonio con un humano estaba prohibido, y me pidió que no volviese a nombrarlo. Desde entonces pasaba los días fuera de casa, como si me evitase, y no volvía hasta que se ponía el sol. A veces yo pensaba que un día ya no regresaría más, pero por la noche siempre volvía, llena de flores y regalos para compensar su ausencia. Pasó el invierno y después llegó la primavera. Cada día estaba más nerviosa y a veces lloraba sin querer contarme el motivo. Solo decía que lo que había hecho no estaba bien y que no sabía si valdría la pena. Yo trataba de pasar todo el tiempo junto a ella y consolarla. Le pedía que me contase lo que le entristecía, pero nunca quiso hablarme de ello. Nunca abrió su corazón por completo, ni entendí su forma de ser ni sus misteriosas desapariciones.
»E1 veintiuno de junio, hace dieciséis años, sintió un dolor espantoso y yo quise llamar a un médico; volvió a prohibírmelo. Tuvo un parto horrible, lleno de dolor, y cuando tú naciste juró que jamás en su vida volvería a tener un hijo con un humano. Al parecer, las hadas se reproducen de un modo misterioso que nunca quiso contarme. Cuando te tuve en mis manos yo pensé que eras lo más hermoso que había visto en mi vida, el regalo más preciado del mundo. Te lo aseguro, Laila.
»Eras tan bonita… Enseguida desplegaste unas alitas pequeñas, y tu madre y yo supimos que tendrías problemas para crecer como una niña normal. Así que yo me encerré aún más en Winter Manor y ya apenas visitaba a mis antiguos conocidos de Cavan. Durante aquel verano los tres vivimos felices aquí, escondidos, lejos de todo lo que era normal. Y entonces llegó el otoño, y tu madre cambió. Parecía enfadada todo el día y se molestaba por cualquier tontería. Recorría la casa, huraña, como un gato enjaulado. Un día desapareció y no volvió durante dos semanas enteras. La busqué por todos lados. Recorrí los bosques día y noche, pero no la encontré. La noche que regresó me dijo que los vientos habían cambiado…
Sean Winter se calló. Los recuerdos se habían vuelto dolorosos. Laila sintió que estaban llegando al final.
—Cuando ella volvió —siguió contando su padre—, traía en sus manos un pequeño libro con piedras incrustadas en el lomo y una bolsita de cuero. Me dijo que el libro era para ti, para cuando tuvieses la edad humana suficiente para afrontar la responsabilidad de tenerlo contigo. La bolsa era para mí. Estaba llena de piedras preciosas, diamantes, esmeraldas y perlas, y me dijo que nunca se agotaría. Era su regalo de despedida.
»Le supliqué que no se marchase. Estaba desesperado y la amaba más que a mi vida. Le rogué y lloré, pero fue inútil. Su mirada era la de un ser completamente distinto al que yo había visto en los lagos dos años atrás, y dijo que ella ya había cumplido su misión. No entendí sus palabras, pero volví a suplicarle que se quedase con nosotros, que tú la necesitabas. Ella te cogió en sus brazos y te cantó una canción en voz baja, susurrando. Entonces yo creí que también te llevaría con ella, pero Ethera advirtió que serías muy desgraciada si conservabas las alas.
»Yo me quedé un poco sorprendido por sus palabras. Ella siguió hablando sobre los humanos. Si te descubrían, serías un objeto de laboratorio y los científicos intentarían hacerte pruebas y experimentos terribles. Sin embargo le dije que te llevase con ella. Yo estaba destrozado por la idea de perderte, pero jamás permitiría que nadie te causase el menor daño. Ethera contestó que eso era imposible. Lo que ella había hecho era una abominación entre los suyos, tener relaciones con humanos e incluso concebir una hija, una niña mitad humana. Si yo la amaba tanto como ella a mí, debía ser yo quien te cuidase sin exigirle más explicaciones. Entonces me pidió que te cortase las alas. No te dolería y las cicatrices desaparecerían enseguida. Yo quise negarme, pero los peligros a los que te enfrentarías serían muy grandes si alguien te descubría alguna vez, y a la larga era inevitable. Tu madre tenía razón. Ella esperó hasta que un día me decidí. Y se marchó. Después de aquello, nunca más la volví a ver…
El salón pareció cargarse de electricidad. Laila escuchó hasta la última palabra con los ojos muy abiertos y el corazón latiéndole con fuerza. Su padre contemplaba la caja de cristal, su último recuerdo de un sueño imposible.
—Entonces, ella no ha muerto —dijo sintiendo que un cuchillo se le clavaba en lo más profundo.
—No —respondió su padre por fin—. Está viva.
Laila ya no pudo seguir escuchando. Se levantó como un resorte y salió del salón con la cabeza embotada, sin poder oír las últimas palabras que le decía su padre. Corrió escaleras arriba llorando y cuando se tumbó en la cama apretó la cara contra la almohada.
Su madre aún vivía. Aquello era mucho peor que lo de las alas. Años de mentiras y secretos ocultos, adorando la imagen de una madre para descubrir al final que estaba viva y que además la había abandonado. Las lágrimas surgieron furiosas mientras ella trataba de entender una situación que se le escapaba. Una madre viva que nunca había regresado a verla y un hombre, al que llamaba padre, que durante dieciséis años le había mantenido oculta la historia de su vida y lo que ella era.
Odió a Sean Winter intensamente en aquel momento. Nunca le perdonaría aquello. Jamás. Los ojos se le enturbiaban mientras sentía que su vida se tambaleaba. Ahora sabía que no era una nemhirie, pero tampoco pertenecería nunca a Faerie. Su madre, además de olvidarla, había permitido… no, había insistido en cortarle las alas. Aquello que la habría hecho ser igual que Aurige, Cyinder y Nimphia nunca lo tendría. Ahora estaba marcada para siempre, dividida por dos mundos que amenazaban con partirla en dos.
Sintió frío. Se dio cuenta de que aún vestía con el traje de luto de Solarïe. Se desnudó y lo arrojó a un rincón. No quería saber nada de nadie, ni siquiera de Faerie. Era una extraña en ambos mundos y pensó que lo mejor sería huir. Huir a un sitio lejano y olvidarse de todo. Corrió hacia el espejo y miró su imagen reflejada, llena de dudas. ¿Quién era ella? Y lo más importante… ¿Qué era ella? No era un hada, pero tampoco una vulgar nemhirie como su padre. Su madre reveló que había cumplido una misión. ¿Cuál? ¿Por qué aquel ser desconocido, sin duda una Ithirïe, había querido tener una hija lejos de Faerie para luego cortarle las alas sin ningún escrúpulo?
Odió a aquella madre ausente que nunca se había preocupado por ella, ni había querido verla ni abrazarla… Aquella que le había dejado la herencia de los cabellos verdosos y un libro como único recuerdo.
«Ethera», había dicho su padre. No Carol Winter. Carol Winter nunca había existido.
Al recordarlo, Laila notó que junto con el odio, nacía un sentimiento de pena y de lástima hacia él. Ethera también le había abandonado sin ninguna piedad, con toda la crueldad de la Bella Gente. Llegó un día y luego se marchó después de asegurarse que a ella le destruían lo más valioso que un hada podía poseer: su identidad.
Y luego… nada.
Por un momento Laila deseó bajar de nuevo al salón y regresar junto a su padre, pero no lo hizo. Odiaba sus mentiras y sus engaños. Odiaba su rostro nemhirie y todo lo que representaba. Se tumbó de nuevo sobre la cama arropándose con la colcha. Estaba sola y perdida, sin saber qué hacer. Su mente era un torbellino vacío y en medio del caos acudieron los recuerdos de los espectros de la Torre de Cálime, todos con sus cabelleras fantasmagóricas, arrodillados delante de ella. Y entonces se sentó sobre la cama de golpe, sobresaltada, porque había comprendido algo evidente que había estado allí desde que su padre empezó a contarle su historia. ¡Había Ithirïes vivos!
La sorpresa de su descubrimiento hizo que se olvidase de toda la lástima que sentía hacia sí misma. Se quedó quieta, mirando la luz que entraba por la ventana, con la sangre latiéndole en las sienes. No se extinguieron. Muchos escaparon del castigo por su traición y se escondieron en algún lugar remoto, como su madre y las otras doncellas del lago.
Laila sintió que una parte de sus fuerzas regresaba. Respiró profundamente mientras en su cabeza, despacio, comenzaba a forjarse la idea de encontrarlos. Sí. Buscaría a su madre y le pediría explicaciones. Y después se permitiría el lujo de despreciarla y llamarla traidora. Traidora hacia ella y hacia su padre. Eso es lo que era.
Se levantó de la cama y se vistió con unos viejos pantalones vaqueros y el jersey de Lomondcastle. Volvería al colegio. Se reuniría con sus amigas y juntas buscarían a los Ithirïes hasta encontrarlos.
En ese momento escuchó por los altavoces del avión una voz femenina que anunciaba que iban a dar comienzo las maniobras de aproximación al aeropuerto de Edimburgo, y que todo el mundo debía tener los cinturones abrochados.
Los recuerdos de su casa desaparecieron y Laila vio por la ventanilla que estaba sobre la ciudad. Entonces se rió con amargura. Cinturones. ¡Ja! Si ella tuviese sus alas no necesitaría aviones ni artefactos nemhiries, aunque claro, si nunca le hubiesen faltado, ella no se habría molestado en conocer aquel mundo ni por todo el oro que fuese capaz de fabricar.
Volvió a pensar en su padre mientras sentía un molesto dolor en los oídos por la presión del descenso. Apenas habían vuelto a hablar en aquellos días finales en Winter Manor. Laila le evitaba y apenas intercambiaban unas palabras durante las comidas. Se había levantado un muro entre los dos que ya no se derribaría jamás. Su padre ya no había insistido para que permaneciese junto a él, y ella, desde luego, nunca habría aceptado. Ahora eran extraños, y tendría que transcurrir mucho tiempo para que los dos aprendiesen a conocerse de nuevo.
Cuando su padre la llevó hasta Dublín, el silencio les acompañó todo el camino. Luego, en el aeropuerto, Laila fue incapaz de mirarle a los ojos cuando él intentó abrazarla antes de salir hacia la puerta de embarque.
—Laila —le dijo con voz entrecortada—, sé que no quieres perdonarme, pero ¿intentarás comprenderme? ¿Pensarás en mí al menos?
—No lo sé, papá —respondió ella fríamente—. Necesito tiempo para todo esto. Los dos lo necesitamos.
—Te quiero, hija —soltó desesperado.
Laila apretó los labios fuertemente. Luego cogió sus maletas y se dio media vuelta sin mirar atrás. Se sentía vil y despreciable, pero las otras sensaciones de desgarro y de vacío aún la acompañaban, y no podía ni quería dar un solo paso hacia la reconciliación.
Cuando pisó por fin el país escocés, el cielo estaba gris y encapotado. Exactamente igual a como ella se sentía por dentro. Un taxi la llevó por el monótono recorrido de siempre, abandonando Edimburgo hacia el lago Lomond a través de los eternos paisajes verdes que siempre había detestado.
Se dio cuenta de que en su imaginación veía a Solarïe por todas partes, y sus sentimientos aparecían mezclados entre la tierra dorada que había llegado a amar, y el salón de su casa invadido por el frío y la oscuridad, con su padre allí, junto a la caja de cristal, repitiendo una y otra vez las mismas palabras: «Tus alas… yo las corté… yo las corté».
Dejaron atrás la ciudad de Stirling viajando siempre hacia el oeste, recorriendo los kilómetros que a Laila le estaban pareciendo eternos. Deseaba llegar cuanto antes, y unas punzadas de nerviosismo se habían instalado en su estómago como si tuviese dentro duendes saltando. Tenía tantas ganas de volver a ver a sus amigas que no podía aguantar la lentitud del taxista. Si fuese Aurige la que condujese, habrían llegado a Lomondcastle hacía horas.
Por fin apareció la bella imagen azul del lago Lomond, rodeado por valles y montañas que se perdían en la lejanía. Los grandes castillos de tiempos remotos bordeaban sus orillas, pero nada era comparable al castillo dorado de Solandis o a la afilada silueta del Palacio de la Noche.
¿Cómo estarían Cyinder y su madre, la reina Hellia? ¿Se habría hecho ya Maeve con el control absoluto del reino? Tanto había pensado en sí misma que apenas había tenido tiempo de acordarse de la desgracia que se cernía sobre Solarïe.
Bordearon el lago hasta que apareció la silueta del castillo georgiano, tras los altos árboles que separaban los terrenos del castillo de los del colegio de Lomondfield. Los grandes torreones le dieron la bienvenida y Laila vio cómo se agrandaban mientras el taxi se adentraba por el camino de tierra hacia el edificio principal, hasta llegar a una conglomeración de automóviles de los que salían chicas de todas las edades, cargadas con maletas, y algunos padres las despedían con lágrimas en los ojos.
Al bajar buscó el Mustang rosa por todas partes, pero el coche de Aurige no estaba allí. Entonces sintió una gran punzada de temor. ¿Y si no habían podido abandonar Faerie, o la situación de Solarïe se había vuelto tan catastrófica que no se atrevían a marcharse del palacio?
Cruzó las grandes puertas y los muros del colegio sintiendo un gran desasosiego. Algunas compañeras del año pasado la saludaron; sin embargo, ninguna se detuvo a preguntarle qué tal había pasado el verano. Apesadumbrada, buscando inútilmente entre la multitud de chicas, se encaminó hacia su antigua habitación más allá de la galería acristalada que comunicaba cada torreón con el edificio principal. Abrió la vieja puerta; olía a humedad y a abandono. Exactamente tal y como lo había dejado. Laila apiló sus maletas cerca de la cama. No tenía ganas de ordenar su equipaje, pero buscó especialmente tres cosas para esconderlas de la vista de posibles intrusos: el libro de las gemas, el pergamino de sir Richard, y el medallón de los Ithirïes.
Salió de la habitación y regresó al gran vestíbulo, lleno de chicas que se apretujaban frente a los tablones con los listados de asignaturas y profesores. El griterío era enorme, y la gran mayoría se saludaban formando corros, contándose las aventuras de verano. Allí descubrió a Lizzel Sinclair y a Sandy Madison, las dos primas rodeadas por una pequeña corte de seguidoras que trataban de hacerles la pelota. Laila se acercó a los tablones. La rutina se abatía nuevamente sobre ella, como cada año, y se dedicó a mirar las calificaciones del curso anterior. Suspenso en francés. Por supuesto. La bruja Peabody no había tenido piedad.
Las dos primas notaron la presencia de Laila al momento: un punto de color verde en medio de las monótonas cabelleras rubias y rojizas.
—¡Pelomoco! —exclamó Lizzel en voz alta por encima del bullicio general, para que todas la escucharan.
Muchas cabezas se volvieron hacia Laila, aunque ella las ignoró. Siguió pendiente de las listas sin hacerles ningún caso. No iba a molestarse por dos nemhiries estúpidas.
—Mirad, chicas —añadió Sandy, que lucía un perfecto bronceado—, a Winter se le caen los mocos por la cara. ¿Tu padre no te limpia los mocos antes de venir?
Se escucharon algunas risas y Laila apretó los puños. Sentía la furia penetrando lentamente por todos sus resquicios. Las carcajadas de adulación aumentaron y Laila se dio cuenta de que ya no estaba leyendo las listas.
—No entiendo cómo aceptan payasos en Lomondcastle —dijo Lizzel con toda crueldad—. Le diré a mi padre que me saque de este colegio cuanto antes. No es un sitio serio.
Echó a caminar orgullosamente con la cabeza levantada, dispuesta a cruzarse con Pelomoco y golpearla para provocar una nueva salva de risas, pero Laila, que tenía la mente llena de neblina furiosa, hizo un gesto imperceptible con su mano.
De repente, sin saber cómo, Lizzel Sinclair comenzó a tambalearse y cayó de bruces al suelo como si alguien le hubiese puesto una zancadilla. Su prima Sandy vio con terror la caída, tan imparable como la de un árbol talado, desplomándose con un golpe sordo que se amortiguó al lanzar un chillido histérico. Lizzel miró a todos lados, confusa e insegura, mientras las chicas a su alrededor comenzaban a taparse las manos para camuflar las carcajadas, o reían abiertamente, pues Lizzel Sinclair no les solía caer precisamente bien. Roja como un tomate se levantó en medio de la diversión general, y buscó a la posible culpable. La odiosa Laila Winter estaba demasiado lejos para haberlo hecho, y además, ni siquiera la miraba. Era la única que no reía y Lizzel tomó nota mental de cuantas había cerca de ella a fin de ajustar las cuentas más adelante. Con el rostro desencajado por la furia y los pelos greñosos, abandonó el recibidor seguida de su prima mientras la estancia se llenaba de carcajadas.
Una voz suave y oscura surgió a espaldas de Laila.
—Así que haciendo un ahamadirion a escondidas, ¿eh?
Laila se volvió sorprendida a la vez que el corazón comenzaba a latirle apresuradamente. Detrás de ella, plantadas con caras divertidas, Aurige y Nimphia la observaban con una sonrisita. Vestían faldas y abrigos de cuero, y llevaban puestas las gafas de sol. Varias alumnas de Lomondcastle las miraban con curiosidad.
La cara de Laila resplandeció y caminó hacia ellas con la sonrisa más grande del mundo.
—¡Vaya pintas tenéis! —exclamó tan contenta como si llevase años sin verlas. Luego buscó a su amiga solarïe pero no la encontró—. ¿Y Cyinder?
Las sonrisas desaparecieron y Nimphia se colocó las gafas sobre la cabeza.
—No podrá venir —susurró—. Las cosas están muy mal en Solarïe. Nosotras estamos aquí porque no tenemos ningún otro sitio a donde ir. No queríamos dejarla sola, pero como nos negamos a obedecer a la vieja Mab tuvimos que huir.
Laila les hizo un ademán para que la acompañaran hacia los dormitorios. Necesitaba hablar con ellas a solas, pero Aurige se acercó al tablón de anuncios con decisión y se puso a leer los contenidos.
—¡Aquí estamos! —exclamó leyendo las listas de alumnas recién admitidas—: Aurige Smith, Nimphia Smith y Cyinder Smith —comprobó orgullosa.
—¿Por qué todas os habéis llamado Smith? —preguntó Laila.
—¿No es así como se llaman los nemhiries que quieren pasar desapercibidos?
La muchacha contuvo un bufido ahogando la risa. Si querían pasar desapercibidas, acababan de conseguir justo lo contrario.
—¡¿Pero esto qué es?! —siguió Aurige, que había cambiado de listas y enumeraba las asignaturas de sexto curso—. Historia… Literatura… Física… — luego se volvió a Laila—. ¡Esto es un rollo insoportable!
Muchas alumnas seguían mirándolas mientras los grupos comenzaban a dispersarse. El aspecto de las recién llegadas les resultaba un poco raro, aunque no sabrían definir qué era lo que les extrañaba. Sin duda serían extranjeras.
—¡Y pensar que nos metimos en esto por culpa de Cyinder! —concluyó con tristeza.
—¿Qué es lo que esperabais? —dijo Laila—. Aquí estudiamos cosas normales, no cómo reventar cerraduras o trepar con guantes de gato.
—Entonces, ¿qué es lo que hacéis? —preguntó Nimphia, que también se había acercado a leer las listas de los tablones—. ¡Ni siquiera hay clases de seducción!
—¿Clases de qué? —repitió Laila, asombrada.
—Seducción —le contestó la de Airïe, sin dar crédito a la falta de esa asignatura —. Cómo seducir a un nemhirie. Es fundamental si quieres llegar a lo más alto en Faerie.
Laila la observó como si estuviese loca.
—Me dejas de piedra —contestó la muchacha—. ¿No se supone que no os gusta tener tratos con los nemhiries?
—Eso es una cosa, y otra muy distinta que no sepamos cómo hacerlo —corrigió Aurige—. Debemos aprender a seducir nemhiries para que luego hagan lo que nosotras queremos.
Laila se quedó pensativa.
—¿Y eso no sería más adecuado para shilayas? —preguntó con cinismo.
Aurige hizo una mueca.
—De acuerdo, no he dicho nada —añadió Laila—. ¿Dónde están vuestras maletas? Os acompañaré a vuestras habitaciones.
—En el Mustang —contestó Nimphia—, pero no te preocupes. Las haremos subir después. Laila se horrorizó.
—De eso nada. No podéis hacer que unas maletas se muevan solas y recorran los pasillos como si fuesen fantasmas. Todo el mundo se asustaría y querrían saber qué está pasando. Tenemos que llevarlas nosotras mismas.
Las otras pusieron cara de fastidio.
—Esto no me va a gustar nada en absoluto —gruñó Aurige caminando hacia la salida.
Llegaron al aparcamiento y Laila comprobó, como era de esperar, que Aurige había aparcado el coche bloqueando la salida de otros tres automóviles. La lunarïe abrió el maletero y sacó dos maletas. Laila cogió una de ellas y de inmediato notó que apenas pesaban.
—¿Qué lleváis aquí dentro? —preguntó con curiosidad.
—Nada —contestó Nimphia cogiendo su equipaje—. Es para despistar. Eso es lo que se hace, ¿no?
La muchacha recordó cuando fueron a buscarla a Winter Manor a mediados de julio. Laila se había marchado con una maleta vacía para disimilar delante de su padre y de Monique. Pensar en su casa y en su padre le cambió la cara.
—¿Qué ocurre? —preguntó Nimphia advirtiendo su cambio de humor.
—Os lo explicaré en la habitación —susurró ella.
Regresaron al bloque principal y Laila comprobó en las listas que Nimphia y Aurige, al ser alumnas de sexto como ella, se alojarían cerca de su habitación. Luego recorrieron las salas y rincones del castillo. Les mostró los lugares más importantes igual que si las llevase por un recorrido turístico. Atravesaron la galería acristalada cruzándose con otras chicas que las miraban sin ocultar su curiosidad, no ya por el pelo verde de Laila, al que estaban acostumbradas, sino por los cabellos de Nimphia, que los lucía orgullosamente con toda naturalidad.
Las habitaciones de las dos recién llegadas estaban juntas. Primero entraron en la de Aurige. Ella y Nimphia la inspeccionaron. La de Airïe se dedicó a examinar todos los objetos, tirando de las cintas de las cortinas varias veces seguidas, abriéndolas y cerrándolas sin descanso. Luego manoseó el interruptor de la lamparita de noche, encendiendo la luz una y otra vez hasta que Aurige le sugirió que lo dejase.
—Esta habitación es muy triste —comentó Nimphia fijándose en los bloques de piedra de los muros—, y ahí hace falta una puerta —añadió señalando la pared que separaba el cuarto de Aurige del suyo.
Chasqueó los dedos y el muro desapareció de repente.
—Vaya sorpresa se van a llevar las limpiadoras —exclamó Laila.
Aurige se sentó sobre la cama para comprobar la firmeza del colchón, y después cambió a su gusto todos los adornos. El techo se volvió negro y se llenó de pequeños puntos brillantes, y las cortinas se convirtieron en largos velos de color malva iguales a los del palacio de Nictis. Nimphia hizo aparecer una suave brisa que se instaló en su dormitorio, dando vueltas como un pequeño remolino perenne, sacudiendo los muebles y las cortinas sin parar.
—No deberíais hacer eso —advirtió Laila—. Llamareis la atención en cuanto vean vuestros dormitorios.
—Te aseguro que nadie va a entrar aquí —dijo Aurige con una sonrisa tan encantadora que resultaba peligrosa.
Si se atrevían a molestar a la lunarïe, era capaz de llenar Lomondcastle de cucarachas.
—Bueno, ya estáis instaladas —dijo cuando sus amigas terminaban de acomodarse—. ¿Por qué no ha venido Cyinder? ¿Cómo están las cosas en Solarïe?
—Mal —respondió Nimphia sentándose en un sillón de cuero que había hecho aparecer—. Un día después de marcharte, la reina Maeve, la misma que dijo que permanecería en Solarïe para ayudar a Hellia, anunció que la reina tenía de plazo hasta la entrada del otoño para pedir su Último Deseo…
—¡¿Qué?! —exclamó Laila horrorizada.
—Lo que has oído. En cuanto se marcharon las reinas, Maeve dejó de ser tan bondadosa. Ha invadido el palacio y lo gobierna todo con mano dura. Cyinder está destrozada, y no quiere abandonar a su madre ni un solo momento.
—Después de marcharte, Nimphia y yo nos negamos a abandonar Solandis — siguió Aurige—. Estamos seguras de que la vieja Mab se tuvo que enfadar muchísimo, pero claro, no podía tocarnos sin disgustar a nuestras madres. Así que sitió nuestros aposentos y puso guardianes en las entradas. No nos permitían salir ni para hablar con Cyinder. Parecíamos prisioneras.
—Decidimos marcharnos de allí cuando llegó el momento de venir a tu colegio —continuó Nimphia—. Saltamos por la ventana hasta el coche y abandonamos Solandis. Antes de irnos le envié un mensaje secreto a Cyinder a través del aire, pero no sé si lo recibió. No pudimos verla más. También ella estaba recluida junto a Hellia, por seguridad, según decían los guardianes blancos.
—¡Por seguridad! —estalló Aurige—. Es una invasión completa. Maeve ha decidido gobernar Solarïe, eso es lo que ocurre. Muchos nobles han desaparecido, y la guardia personal de Hellia ha sido depuesta.
—No estamos seguras de eso —susurró Nimphia, inquieta—. Con los albanthïos patrullando las calles ha vuelto la tranquilidad. Incluso algunos solarïes han vuelto a sus casas, ahora que saben que Maeve está al frente. La reina Blanca ha dicho a las gentes que la reina Hellia va a solucionarlo todo.
—¡Claro! ¡A cambio de pedir el Último Deseo! —terció Aurige.
Nimphia se sentía igual de furiosa que su amiga lunarïe, pero se negaba a perder la esperanza de que todo se arreglaría en el último momento.
—¿Han intentado hablar con Tritia de nuevo? —preguntó Laila.
Aurige negó con la cabeza.
—Pienso que Maeve tiene otros planes —dijo tenebrosamente—. No va a pactar con las acuarïes. Quiere que Hellia muera, estoy segura.
—No digas eso —suplicó Nimphia—. Es imposible.
—Entonces, ¿cómo explicas su cambio de postura tan repentino, y que la retengan como una prisionera? ¿Por qué no nos han dejado hablar con Cyinder? Está planeando algo malo. A mí no me gusta.
Laila suspiró. No le gustaba ver a sus amigas discutiendo, aunque no le quedaba más remedio que darle la razón a Aurige. Después de unos momentos en un silencio incómodo, Nimphia trató de hablar con naturalidad.
—¿Y qué tal estás tú? —le preguntó a Laila—. Ya hemos visto cómo te tratan esas nemhiries. Aurige les iba a hacer algo, pero tu ahamadirion resultó estupendo.
Ella les sonrió con tristeza. Había llegado su momento.
—Tengo una cosa que contaros —dijo.
De repente sentía vergüenza de que ellas conociesen su pasado. Se acercó a la ventana y miró al paisaje. Caía la tarde y las luces brillaban sobre el lago Lomond. Aurige y Nimphia aguardaron impacientes. Laila tomó aire.
—Mi madre es una Ithirïe —soltó del tirón.
Se dio media vuelta para comprobar sus caras serias. Esperaba una reacción de asombro y de incredulidad, pero las dos la miraban, sin rastro de sorpresa.
—Yo ya lo sabía —dijo Aurige, y Nimphia asintió.
—¿Lo sabías? —exclamó Laila.
—Siempre hemos dicho que olías como nosotras —dijo Nimphia—. Pero hasta que vimos a los Ithirïes por primera vez no pudimos comprobar que existiese alguna relación.
—¿Y no me lo dijisteis? —se enfureció.
—¿Para qué? —preguntó Aurige—. Tú también podrías haber sacado tus propias conclusiones. También llevas sangre nemhirie y perdiste las alas. Perteneces más a tu mundo que al nuestro.
—¿Cómo sabes lo de las alas? —preguntó Laila.
—Cuando comenzamos los entrenamientos, al principio de todo, hiciste algo prodigioso. Entonces empezó a dolerte la espalda y a chillar. Yo te dormí con un hechizo, y Nimphia y yo estuvimos mirándote la espalda por si tenías alguna herida. En se momento descubrí que alguna vez habías tenido alas…
—¡Pues no me lo contaste! —se enfadó Nimphia.
Laila se puso en pie. Le parecía que había sido traicionada por sus propias amigas, y aquello le dolió casi tanto como lo de su padre.
—¿Dónde vas? —preguntó Nimphia.
Laila la miró incrédula y luego se dirigió hacia la puerta.
—No puedo creer que me ocultaseis esto —dijo con frialdad.
—¿Y te has enfadado? —se sorprendió Aurige—. Eres más nemhirie de lo que crees. ¿Acaso crees que a estas alturas nos importa mucho que seas Ithirïe o nemhirie?
—¡Pues a mí sí me importa! —gritó ella—. Tengo el pelo verde y todo el mundo se ríe de mí. Y ahora resulta que vosotras, mi padre… ¡Todos sabían el motivo!
—¡Pero serás tonta! —le espetó Aurige alzando la voz con un tono de furia—. ¿Se puede saber en qué cambia tu vida al conocer todo esto?
Laila se detuvo con la mano en el pomo de la puerta.
—¡¿Que en qué cambia mi vida?! —se giró lentamente—. ¡En todo! Ninguna de vosotras entiende de insultos, ni de pasar los días aquí sola sin que nadie quiera estar contigo… Aquí me llaman Laila Pelomoco. ¿A que no lo sabíais?
—No está mal el mote —comentó la lunarïe con desdén y un destello de broma en su rostro.
—Eres increíble —le contestó Laila con amargura—. Ni siquiera ahora eres capaz de decir algo agradable.
Abrió la puerta para salir, pero esta se volvió a cerrar, dando un fuerte golpe en sus narices. Laila se volvió.
—Déjame salir, Aurige.
—Yo no he sido —se burló.
Laila leyó en sus ojos que decía la verdad y entonces se giró hacia Nimphia.
—¡¿Qué pasa?! ¿Tú también estás de su parte?
—Estoy de parte de las tres —le dijo la airïe sin inmutarse—. Y de aquí no va a salir nadie hasta que aclaremos este enfado. Así que siéntate y cuéntanos todo lo que sabes.
Laila cruzó los brazos sin querer moverse del lado de la puerta. Pasó un rato, y Nimphia hizo un gesto con la mano. Al momento aparecieron varios volcanes de frambuesa flotando en el aire.
—Esto de las shilayas está empezando a ser contagioso —declaró Aurige cogiendo uno de los pasteles.
Laila golpeó el suelo con el pie mostrando su impaciencia. No la estaban tomando en serio.
—¿Quieres uno? —le preguntó Nimphia mordiendo un volcán.
La muchacha torció el gesto enfadada, pero la boca se le hacía agua. Al final soltó un bufido y se sentó sobre la cama. Cogió un pastel y lo devoró rápidamente.
—Podrías hacer tú los batidos —señaló Aurige e hizo aparecer tres vasos de cristal.
—Oíd, lo que me ocurre es importante —dijo Laila—. Soy medio Ithirïe y vosotras estáis comiendo pasteles tan tranquilas.
Nimphia se rió.
—¿No es mejor ser medio Ithirïe que nemhirie?
Laila mordió otro volcán. Visto de aquella manera no cabía duda. Ella quería seguir con el enfado y la lástima, pero sus amigas tenían una forma de ver las cosas que…
—Veamos —dijo Aurige—, ¿quién es tu madre?
—Se llama Ethera —contestó suspirando—. Yo siempre creí que se llamaba Carol Winter, pero era otra de las mentiras de mi padre.
Y les relató toda la historia que le había contado su padre, hasta el final, cuando Ethera le había pedido a Sean Winter que le cortara las alas.
—Eso sí que es sorprendente —dijo Nimphia—. Verdaderamente incomprensible. Rompe todos los tabúes de Faerie, se convierte en una ailorïa, y después te corta las alas.
—Sería una ailorïa loca —rió Aurige.
—¿Ella es una ailorïa? —preguntó Laila, sorprendida.
Sus amigas asintieron a la vez.
—Es como un insulto —aclaró Aurige—. Ser una ailorïa no significa necesariamente pertenecer a Faerie. Es la mujer, hada o nemhirie, que tiene relaciones con un humano sin estar casada con él. Como la otra mujer rubia que está ahora con tu padre.
Laila permaneció pensativa unos momentos, sin saber a quién se refería.
—¿Monique? —intuyó.
—Sí.
—Por cierto, la he traído con nosotras —dijo Nimphia.
—¿A Monique? —repitió con los ojos abiertos sintiendo que se perdía.
—Claro —contestó ella sacando de una mochila el huevo de arpía—. Está a punto de nacer.
Laila comprendió la confusión y al momento se aterró.
—¿Pero cómo vamos a tener una arpía aquí, en Lomondcastle?
—Bah, seguro que se escapa enseguida y se esconde en las torres. No te preocupes.
A Laila todo le daba vueltas. Solo de pensar en un buitre con cabeza humana rondando por el colegio se le ponían los pelos de punta.
—En definitiva —retomó Aurige la conversación—. Tu madre, una Ithirïe cuya raza ya no existe, desapareció misteriosamente después de nacer tú, pero te dejó un libro para que pudieses entrar en Faerie.
—Eso parece.
—Tendrás que buscarla, ¿no? —sugirió Nimphia.
—Por supuesto. Es lo que pienso hacer en cuanto se resuelva el problema de Solarïe.
Todas parecieron decaer de pronto tras estas palabras. Laila se arrepintió de haberles recordado la desgracia que pendía sobre el mundo de Cyinder.
—Ahora ya se puede ver a simple vista que los soles están más cerca —dijo Nimphia con tristeza—. Caen a gran velocidad, y se espera que Nur se estrelle contra Solarïe a principios de octubre nemhirie.
—¡Tenemos que hacer algo! —exclamó Aurige—. Me siento muy inútil aquí sentada, en este mundo, mientras las acuarïes se ríen de nosotras.
—Ojalá pudiésemos entrar —suspiró Laila—. Les arrancaríamos el Grano de las Arenas antes de que se diesen cuenta.
—Son asquerosas —susurró Nimphia rebuscando en su mochila. Sacó la máscara Acuarïe y la contempló acercándosela a la cara.
Había pasado días investigándola por si lograban entrar en el reino prohibido, y casi tenía resuelto el mecanismo que convertía el aire en agua, respirando a través de unos filtros que se introducían por la nariz.
Cayó la noche y Laila se encontraba mucho mejor. Se le había pasado el enfado al darse cuenta de que sus problemas no parecían ser tan importantes. Tenía que aprender a enfrentarse a las cosas sin dejar que le afectasen de esa forma. ¿Por qué no podía ser ella como Aurige? Cuando se marchó a su habitación sintió pena por tener que alejarse de sus amigas. Les dio las buenas noches y abrió la puerta sin ninguna dificultad. Luego cruzó el corredor de piedra hasta su dormitorio, y al entrar comprobó que no había deshecho las maletas. Sacó las camisas arrugadas y las faldas del uniforme mientras pensaba por primera vez que quizás había sido algo dura con su padre. Después se tumbó sobre su cama pensando en él, allí solo, en Winter Manor, hasta que se quedó dormida.
Al día siguiente se despertó muy cansada. Era la primera vez que ponía en marcha el despertador desde el curso pasado, y las seis y media de la mañana le parecía una hora verdaderamente desagradable. Se aseó deprisa, recuperando una rutina que no había perdido del todo, como si el verano solo hubiese sido un corto interludio sin importancia. Había crecido un poco y ahora la falda del uniforme le quedaba por encima de las rodillas. Se alisó su cabello verdoso y se dirigió hacia el comedor para desayunar. Por los pasillos la acompañaron decenas de estudiantes con cara de sueño que salían bostezando de sus propias habitaciones.
Aurige y Nimphia no estaban allí. O bien no se habían despertado, o no querían comer el desayuno nemhirie. Aquello podría ser un problema si los profesores advertían que las dos nuevas alumnas nunca aparecían a la hora de comer.
Masticó una insípida tostada mientras escuchaba a Lizzel en la mesa de al lado relatando sus aventuras de verano en Italia. Había conocido a un chico que se enamoró perdidamente de ella. Laila tenía sus dudas acerca de lo de «perdidamente». Entonces Sandy nombró a Daniel Kerry y ella se atragantó. Aguzó el oído, pero la voz de la otra se había convertido en un susurro lleno de risitas.
Daniel Kerry.
Los fantasmas del pasado estaban regresando a toda velocidad. En el estómago se le hizo un nudo al recordar la carta que había recibido. Algún día tendría que enfrentarse a él al igual que había decidido hacer con todos sus complejos. Abandonó el comedor, y fue al salón de actos. El director Westfield inauguraría el curso escolar pronunciando el mismo discurso largo y monótono de cada año. Después, la primera clase de ciencias.
El salón estaba casi lleno y rápidamente localizó a sus amigas, sentadas en primera fila con los cuadernos abiertos, dispuestas a tomar apuntes. Laila se acercó a ellas y les aconsejó que cerrasen las libretas. Aquello solo era un discurso de bienvenida, no tenían que estudiarlo luego. Nimphia se sintió decepcionada. Tenía mucha ilusión por comenzar sus estudios nemhiries. Laila la consoló diciéndole que no se preocupase, que ya tendría tiempo de escribir hasta aburrirse.
Escucharon al director del colegio hablando entre tartamudeos, escondido tras las gafitas redondas y el rojizo bigote, incapaz de completar una frase entera sin carraspear. Después de que el señor Westfield les diese la bienvenida a las nuevas alumnas y les desease a todas un buen curso, salieron del salón entre las alumnas que se iban repartiendo por las distintas aulas.
Aurige y Nimphia se habían vestido con el uniforme completo, aunque la lunarïe llevaba sus botas negras de tacón alto, y Nimphia se había trenzado los cabellos con plumas, sin importarle lo que pensasen de ella. Las demás chicas estaban asombradas. Cuando llegaron a la clase de ciencias, Lizzel se dispuso a lanzar un nuevo comentario. Aurige, que se acordaba de ella, le lanzó una mirada tan oscura y peligrosa que la muchacha cerró la boca sintiendo un escalofrío.
El profesor de ciencias, Mr. Campbell, les dio la bienvenida, y para hacer la primera clase amena y agradable comenzó a repasar temas muy fáciles que habían dado el curso anterior. Después de escribir la bibliografía que iban a utilizar durante el curso, dibujó en la pizarra los planetas del sistema solar.
Nimphia se extrañó ante aquel increíble conocimiento del que jamás había oído hablar, y luego empezó a dibujar en su cuaderno a gran velocidad, escribiendo además todas las palabras que el profesor decía, incluso las toses y estornudos. Aurige observó a Nimphia despectivamente y enseguida abandonó los lápices y los apuntes. Aquello era una estupidez de la que se arrepentía a cada segundo.
A continuación, el profesor Campbell pasó a detallar las fases de la luna, los solsticios y los equinoccios. Laila también se aburría y no veía la hora de terminar las clases para marcharse junto a sus amigas.
—Este año, el frío parece que va a llegar antes de tiempo —explicaba Mr. Campbell muy ufano—. Los científicos han anunciado un descenso de las temperaturas al que no encuentran justificación. Sin duda se deberá a cambios climáticos que os explicaré mañana. Parece que el otoño se va a presentar mucho antes del veintidós de septiembre.
Las tres sabían sin duda que los soles apagados de Solarïe afectaban a todo Faerie, pero al parecer también al mundo nemhirie. Nimphia dejó de escribir, abatida.
Sonó la campana del final de clase y el profesor se despidió de ellas anunciando un pequeño examen sorpresa para la semana siguiente. Antes de que pudiesen levantarse para estirar las piernas, la señorita Peabody hizo su aparición con el rostro triunfante tras las gafas de culo de vaso. El aula enmudeció de golpe.
La profesora alcanzó la tarima, y después de darles la bienvenida con una sonrisa amarillenta, anunció que volvería a dar la asignatura de francés otro año más. Luego buscó entre los bancos de alumnas hasta encontrar a Laila.
—Señorita Winter. Usted, especialmente, tendrá que presentarse a los exámenes de septiembre de quinto si quiere seguir estudiando mi asignatura en un curso más avanzado.
Laila agachó la cabeza. Sabía que aquella bruja se la tenía sentenciada, y no la dejaría en paz hiciese lo que hiciese. La iba a suspender de nuevo aunque realizase el mejor examen del mundo.
Aurige abandonó su postura distendida y se dedicó a estudiar a Mrs. Peabody con interés. Aquella mujer era la misma que había visto en una ocasión con el rostro embadurnado de crema de pepino, chillando como una loca con un ratón en la cara. La profesora recorrió toda el aula con la mirada y se quedó muy sorprendida por el aspecto de Nimphia. Se colocó las horribles gafas sobre la nariz y tomó algún tipo de nota mental para solucionar aquello. Entre la señorita Winter y la señorita… —miró el listado de alumnas—, la señorita Nimphia Smith, iban a convertir su colegio en un circo.
Sonrió a las primas Lizzel y Sandy, sus favoritas, que le parecían alumnas perfectas de un centro como Lomondcastle, y luego, sin más dilación, comenzó a escribir enormes listas de declinaciones de verbos irregulares franceses.
Laila intentó tomar apuntes a toda velocidad en medio del silencio absoluto, pero sus pensamientos iban y venían, divagando sobre algo que había dicho el señor Campbell en la hora anterior. La mente se le nublaba entre la retahíla francesa y los dibujos de los planetas medio borrados en la pizarra.
Entonces se quedó mirando el cuerpo bamboleante de Mrs. Peabody y un escalofrío comenzó a recorrerle la espalda. Se puso en pie de forma inconsciente, con la atención fija en la pizarra.
—¡Ya sé cómo lo vamos a hacer! —exclamó de repente en voz alta, como si no existiera nada de importancia a su alrededor.
Aurige y Nimphia se sobresaltaron. Mrs. Peabody se giró hacia ella con el rostro congelado por la furia. La clase entera pareció volverse de piedra pero Laila, ignorando a la profesora, se volvió a sus amigas.
—¡Sé cómo vamos a entrar en Acuarïe!
—¡Señorita Winter! —tronó la voz de la profesora.
—¿Cómo? —preguntó Aurige.
—¡Señorita Smith! —volvió a gritar—. ¡No voy a tolerar ni una sola palabra más en mi clase! ¡Laila Winter! La quiero fuera de aquí enseguida. Irá ahora mismo al despacho del director Westf…
—¡Cállese, bruja! —exclamó Aurige poniéndose de pie.
La profesora abrió la boca, incrédula ante lo que acababa de oír, y la piel de su rostro atravesó toda la gama de colores del arco iris, desde el amarillo más pálido al violeta más profundo. Una exclamación de asombro recorrió toda el aula y las horribles gafas de la profesora resbalaron por su nariz, estrellándose contra el suelo.
Nimphia también se levantó de su silla, recogiendo los lápices a toda velocidad en medio del murmullo general.
—¿Cómo lo haremos? —preguntó Aurige sin importarle las chicas que estaban escuchando ni el revuelo que habían armado.
—Venid —dijo Laila—. Salgamos de aquí.
Las tres se dirigieron hacia la entrada de la clase mientras la profesora, congestionada, farfullaba la palabra «suspenso» una y otra vez. Cerraron las puertas a sus espaldas y corrieron por los pasillos vacíos.
—Primero tengo que llamar a mi padre —explicó Laila, jadeando.
—¿Tu padre sabe cómo entrar en Acuarïe? —se asombró Nimphia, siguiéndola a la carrera.
—No —negó ella—, pero sabe una cosa muy importante.
—¿El qué?
—Esperad —las calmó Laila—. Dejadme hablar con él y luego os lo contaré todo. No vaya a ser que me equivoque y nos hagamos falsas ilusiones.
La acompañaron hasta el vestíbulo llenas de dudas. Laila se acercó a una de las cabinas públicas, desiertas en medio de la hora escolar. Descolgó el auricular y escuchó el zumbido de la línea. Luego marcó los números a gran velocidad y esperó impacientemente mientras se realizaba la llamada internacional.
Un pitido… otro… Parecía que no había nadie en Winter Manor y Laila se desesperó.
—Vamos —susurró mientras se mordía los labios.
El auricular se descolgó y al otro lado de la línea escuchó la voz de su padre.
—¿Diga?
—¿Papá?
El teléfono permaneció en silencio unos segundos.
—¿Laila? —escuchó la voz asombrada de su padre.
—Sí, papá, soy yo —dijo ella a toda prisa—. Papá, esto es muy importante y necesito que me respondas sin ninguna duda. No voy a hablar de mamá ahora, ¿vale? Así que no toques ese tema.
Se volvió a producir un silencio enorme.
—Dime —dijo su padre por fin.
—Escucha, papá. Cuando me regalaste el libro en mi cumpleaños, me dijiste que habías escrito en marzo una dedicatoria debajo de una frase que se había borrado, ¿te acuerdas?
—Sí —afirmó él, todavía azorado.
—Y cuando entró la primavera, se iluminó una piedra, ¿verdad?
—Sí.
—Bien, papá —dijo Laila después de una pausa en la que creía que el corazón se le iba a salir por la boca—. ¿Qué piedra se iluminó en marzo? Por favor, papá, recuérdalo bien. ¿Cuál fue?
Los segundos fueron eternos mientras el hombre trataba de recordar. Finalmente Laila escuchó su respuesta. Cerró los párpados y suspiró profundamente. Aurige y Nimphia la miraron con la expectación pintada en sus rostros.
—Dime, papá —volvió a decir Laila, contestando a una pregunta que le decía su padre desde el otro lado.
La muchacha tragó saliva.
—Sí, papá. Yo también te quiero.
Y luego colgó sin esperar más.
Aurige parecía que iba a devorarla con los ojos.
—¡¿Qué?! —preguntó en medio de la sala vacía.
Laila miró a sus amigas con los ojos encendidos por la emoción. Luego les contó lo que le estaba carcomiendo desde la clase de ciencias.
—El veintidós de septiembre, con mi libro, vamos a abrir la puerta de Acuarïe.
—¡¿Pero cómo?! —exclamó Nimphia.
—Tenía que haberme dado cuenta antes —siguió Laila con una sonrisa chispeante —. El topacio de Solarïe se encendió en el momento en que terminaba mi cumpleaños, que además coincidía con la entrada del verano. Mi padre me explicó que en marzo el libro tenía unas frases escritas que se borraron misteriosamente. La gema que se encendió en aquella ocasión fue la piedra de Lunarïe… ¡Y ocurrió en el equinoccio de primavera!
—¡Vamos a ver el libro! —soltó Aurige sin poder contener su nerviosismo.
Laila miró a todos lados. La euforia del primer momento estaba desapareciendo y entonces se dio cuenta de que acababan de cometer una falta muy grave saltándose las clases e insultando a una profesora.
—Deberíamos regresar —dudó.
—¿Pero qué importa eso ahora? —le espetó la lunarïe. —Nos podrían suspender…
—¡Pues que nos suspendan! Ya me encargaré de corregir mis notas si eso ocurre.
—Eres una tramposa, lunarïe—dijo Nimphia con una mueca.
Aurige se rió.
—Este es un colegio nemhirie. Me da igual lo que piensen de mí.
—Pues a mí, no —contestó Laila—. Tengo que conseguir buenas calificaciones para ser alguien en la vida, cuando sea mayor.
—Tú ya eres alguien, Laila. Eres una Ithirïe. Algún día vas a tener que decidir a qué mundo quieres pertenecer —dijo Aurige.
Laila se quedó muy sorprendida escuchando aquellas palabras. Nunca se le había ocurrido que alguna vez tuviese que hacer ningún tipo de elección.
—No te agobies ahora —le dijo Nimphia—. Vamos a mirar tu libro. Ya tendrás tiempo para esas decisiones tan complicadas.
La muchacha asintió y corrió junto a las otras a su dormitorio sin que las dudas la abandonasen del todo. Al llegar, abrió el armario y apartó varias mantas dobladas de una de las estanterías. Luego extrajo con cuidado una pequeña caja de cartón y la colocó sobre su cama. Dentro estaban el libro, el pergamino de sir Richard y el medallón de los Ithirïes. Aurige cogió el libro.
—La piedra de Lunarïe está encendida —dijo observando la cubierta.
—Sí. Ocurrió cuando visitamos Lunarïe —explicó Laila—. Ya no ha vuelto a apagarse, y la primera parte del libro está llena de hojas escritas.
Aurige lo abrió y pasó las páginas llenas de signos. El segundo capítulo, Solarïe, también seguía allí, intacto. Después, el libro permanecía completamente en blanco. La lunarïe volvió a cerrarlo y comprobó el orden de las piedras.
—El diamante del Reino Blanco está apagado —dijo—. Podría ser ese reino el que se abriese en el equinoccio de otoño…
—Yo creo que no —interrumpió Laila—. Es un misterio que no puedo explicar, pero las páginas del Reino Blanco deberían estar entre las de Lunarïe y Solarïe, y no es así.
Aurige pasó las páginas lentamente, comprobando que no hubiese ninguna arrancada.
—De todas formas no podemos saber con certeza si Acuarïe es el reino que se abrirá en otoño.
—Pues yo creo que deberíamos estar preparadas —insistió Laila sin querer perder la esperanza.
—Estoy de acuerdo —añadió Nimphia—. Yo voy a seguir con la máscara de las acuarïes. Si consigo descubrir el secreto de transformar el aire en agua, podré invertir el proceso. Así crearé otras dos máscaras, por si tenemos que meternos bajo agua.
—Tres máscaras —dijo Aurige.
Las otras la miraron con curiosidad.
—Tendremos que ir a buscar a Cyinder —añadió—. Ella es capaz de sentir dónde está el Grano de las Arenas de Solarïe. No podríamos ir a Acuarïe sin ella.
Laila y Nimphia sonrieron. Por fin estaban en marcha.