Las Arenas de Solarïe

Bárbara G. Rivero · Capítulo 5 de 22

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Las Arenas de Solarïe

Capítulo 4

Solarïe

La luz fue aumentando en intensidad hasta que Laila sintió que se le quemaban los ojos tras los párpados cerrados. De repente, miles de voces comenzaron a gritar extrañas palabras, taladrándole los oídos, chillando con desesperación algo como una advertencia. Un dolor lacerante se apoderó de su estómago y entonces notó que tiraban de ella para todos los lados, intentando desencajarle los brazos, golpeándole, arañando su cara y sus piernas. «No entres —parecían gritar—. Está prohibido. No cruces la puerta… no cruces…».

Sintió mucho miedo. No podía abrir los ojos y el dolor aumentó violentamente. Laila se cubrió la cara y la cabeza con los brazos para evitar los golpes, mientras su cuerpo se convulsionaba y caía hacia abajo… hacia abajo…

Le pareció que se deslizaba por un tobogán a gran velocidad, y entonces cesaron los arañazos y los empujones, y los millares de voces desaparecieron de repente, quedando un silencio atronador. Cuando por fin se atrevió a mirar, se encontró arrodillada sobre una planicie dorada.

Lo primero que pensó fue que efectivamente se le habían quemado los ojos, pues todo a su alrededor estaba desdibujado y solo lograba ver tonos ocres y dorados. Delante de ella, una línea de luz intensa se convirtió en un punto y luego desapareció. Su habitación y su casa también habían desaparecido y a su alrededor todo seguía siendo de color amarillento.

Laila se fijó en sus brazos, esperando encontrarlos llenos de heridas, pero no fue así. No tenía ni un rasguño, y la sensación de dolor iba desapareciendo a gran velocidad. ¿Acaso había muerto? Cuando alguien moría no sentía dolor. Eso decían.

Se levantó y entonces se dio cuenta de que todavía apretaba fuertemente el libro de las piedras contra su pecho. Estaba muerta con un libro en la mano. El brillo de la piedra amarilla seguía allí, pero no tan intenso. Simplemente parecía que había cobrado vida sobre el resto de piedras de la cubierta. Laila acarició la superficie de cuero. Como quería tener las manos libres pensó que, ajustándolo un poco, el libro cabría en uno de los bolsillos traseros del pantalón vaquero. En efecto era así, y lo dejó mientras miraba a su alrededor con más atención.

Era de día, sin duda, y se encontraba en un paisaje completamente irreal, de pie sobre una alfombra de oro, que se extendía por todas partes hasta donde alcanzaba la vista. Los contornos se definían, y poco a poco pudo divisar lejanas montañas, bosques de árboles y un lago dorado, y más allá del lago, la silueta de una ciudad llena de torres y luces que se elevaban hacia las alturas. Podría no estar muerta al fin y al cabo. Podría ser simplemente un sueño. En realidad estaría en su habitación, tumbada en su cama, dormida profundamente, soñando con un lugar maravilloso, lejos de su vida cotidiana y su rutina.

Si era así, le gustaría volver a soñar con un sitio como aquel más veces. Solo que algo le decía que no era un sueño. Había cruzado una puerta muy dolorosa y en su bolsillo notaba la firme presión de un libro que le molestaba.

Cuando sus ojos le permitieron ver con total claridad, lo primero que le llamó la atención fue el cielo. En lugar de ser azul, era suavemente dorado; pero lo sorprendente fue que cinco soles cruzaban la bóveda igual que un cometa y su estela. El primero era el más grande, aunque todos brillaban con igual intensidad y se dirigían ya al ocaso en la línea del horizonte.

«No estoy en la Tierra», pensó llena de asombro. Acababa de hacer un viaje interplanetario gracias a un libro mágico y de repente su mente reaccionó de manera primaria y elemental: el aire no era el de la Tierra. Sintió que los pulmones se le contraían mientras su mente le decía que no podría respirar, que se iba a asfixiar.

Pero… ¿no acababa de hacerlo? Lo intentó, inspirando con calma por los orificios de la nariz a la vez que desaparecía su angustia y el pecho se distendía. ¡El aire era respirable! Algo denso y con una tenue fragancia a flores, pero respirable a fin de cuentas. Volvió a inspirar profundamente hasta que el miedo de la asfixia desapareció.

Se detuvo de nuevo en el cielo, con sus cinco astros en un arco perfecto, maravillada de que algo así pudiese existir en algún lugar del universo. Después de contemplar el increíble espectáculo, Laila siguió admirando la planicie que terminaba en el gigantesco lago dorado. Apenas había viento, y sin embargo la extraña alfombra se mecía con una callada brisa. Se agachó para ver mejor de qué se trataba. Pequeños tallos surgían de la tierra dorada, terminando cada uno de ellos en un diminuto corpúsculo luminoso, como si fuese un pequeño capullo de seda brillante, y el conjunto de todos los tallos formaba la supuesta alfombra de oro que al principio creyó pisar. Laila pasó la mano por la superficie, acariciando las luminosas flores y estas parecieron vibrar agradecidas.

Caminó sobre ellas con cuidado, sintiéndose completamente extraña a ese mundo irreal, deseando averiguar dónde estaba y quienes serían los habitantes de aquel planeta paradisíaco, porque mirando a la lejana ciudad no había ninguna duda de que en aquel sitio había seres vivos.

Mientras pensaba en todo esto fue acercándose a un grupo de altos árboles que bordeaban el lago. Contempló los gruesos troncos notando que eran extremadamente lisos y dorados, sin arrugas ni imperfecciones, y que el suave color de oro se extendía incluso a las ramas y a las hojas, que solo en las copas más altas adquirían una tonalidad verdosa. Las ramas se elevaban curvándose y retorciéndose en arcos y volutas como si fuesen columnas de una iglesia gótica, y en sus extremos colgaban racimos de frutas parecidas a naranjas de oro, a punto de caer.

Laila rozó la superficie de los troncos mientras se adentraba en el bosquecillo en dirección al lago. Las raíces de los árboles estaban a la vista y se hundían en la tierra formando prisiones arbóreas, y dentro de esas jaulas se podían ver arriates de nuevas plantas más oscuras que preferían crecer en las sombras de esas raíces.

Dentro del bosque, entre los árboles, el aire era más denso aún, impregnado por una neblina donde se mecían hojas doradas y volaban flores blancas y semillas de vilanos, junto a corpúsculos luminosos arrastrados por la brisa, igual que el tiempo decadente cuando empieza el otoño.

La muchacha siguió observándolo todo asombrada, intentando rememorar cada detalle de increíble belleza, cada color y cada olor, incapaz de imaginar qué tipo de criaturas podrían habitar aquel mundo misterioso.

De pronto, creyó escuchar un sonido agudo y se dio cuenta de que no estaba sola. Voces agudas daban pequeños gritos, y Laila se acercó hacia el lago con el corazón palpitante, rodeando con cuidado los grandes troncos, hasta que pudo sentir el ruido creciente del agua al romper en pequeñas olas contra la orilla. Según se acercaba, las voces iban creciendo de tono, y Laila se aventuró a echar un vistazo sacando la cabeza de detrás de un árbol donde se había escondido.

En la orilla, sentados sobre las hojas de unos juncos acuáticos, dos pequeños seres con alas parecían discutir acaloradamente. Al principio, Laila pensó que eran extrañas libélulas algo más grandes de lo normal, pero al momento advirtió que sus pequeños cuerpos desnudos tenían aspecto humano, con una piel dorada que brillaba contra sus sombras en el agua. Uno de los seres tenía el cabello rojo como el fuego y el otro tan dorado como su cuerpo, y sus alas transparentes zumbaban al tiempo que la conversación aumentaba de tono. Laila creyó que estaban acusándose mutuamente.

Mientras parpadeaba incrédula, sin darse cuenta, salió del árbol para ver mejor. Dio un paso aplastando la hierba y los dos seres se volvieron en su dirección cesando de golpe la airada pelea. De inmediato se alzaron en el aire dispuestas a huir.

—¡Esperad! —gritó frenéticamente, avanzando hacia las dos figuras. No estaba dispuesta a permitir perder la oportunidad de poder comunicarse con alguien o con algo vivo de aquel lugar.

Fracasó estrepitosamente al tropezar con una de las raíces del árbol y terminó en el suelo. Sus ojos se llenaron de lucecitas, y una nube de polvillo dorado se levantó dispersándose poco a poco en el aire.

Se sentó acariciándose las rodillas doloridas y por el rabillo del ojo vio que uno de los seres se había acercado con curiosidad a escasos centímetros de su cara. Muy despacio, se giró hasta encararse con él y se lo quedó mirando fascinada mientras su mente registraba que estaba en presencia de… «¿Un hada?». Parpadeó incrédula. Aquel ser no medía más de un palmo, y era idéntico a los dibujos que existían en los libros fantásticos de cuentos para niños. Después de asegurarse que no estaba soñando, Laila comprobó que no sabía nada sobre hadas, nada en absoluto. No creía en ellas, así que nunca le habían preocupado más que como fábulas, a pesar de que Irlanda era el lugar ideal para los creyentes en cuentos y mitos populares.

No sabía si aquel ser que tenía delante iba a comprender su idioma, pero estaba dispuesta a intentarlo a toda costa, al menos para dejar de estar sola, y si tenía suerte, podría averiguar muchas cosas sobre aquel extraño mundo en el que se encontraba.

—Hola —dijo con el tono de voz más suave y cordial que supo usar.

El hada chirrió unas palabras agudas y luego dio una vuelta completa alrededor de su cabeza.

—No te entiendo —susurró Laila despacio, intentando frenar la imparable retahíla que el ser había comenzado a soltar, aunque la pequeña hada no parecía querer escucharla y seguía cada vez más rápido y más fuerte su histérico parloteo.

De repente apareció la otra hada y se puso a increpar a su compañera. Laila permaneció en silencio, observando cómo los dos seres discutían sin cesar delante de sus narices, sin ya importarles en absoluto su presencia. Los zumbidos parecían tener una cadencia lógica y poco a poco ya no sonaban como chirridos agudos. No supo exactamente cuándo ni cómo, pero de pronto los sonidos comenzaron a tener sentido formando sílabas y después palabras, como piezas de un puzzle que fuesen encajando en su cabeza, y al final, de manera asombrosa, la chillona conversación fue perfectamente entendible.

Al parecer, el ser, el… ¿hada? que acababa de llegar, que tenía el pelo rojizo, regañaba a la otra por estar hablando con una… ¿nemhirie?, mientras una tercera amiga se había perdido cuando viajaban por los bosques de… Krum… Grum. Algo así. Ahora se echaban las culpas una a la otra, sin atender a razones, mientras se volvían más agresivas. Al final llegaron a las manos y Laila se cansó del agudo parloteo.

—¡Ya basta! —gritó tapándose los oídos, pero por un momento… ¿Había hablado en su lengua?

Las dos hadas la miraron boquiabiertas e inmediatamente se encararon con ella.

—Tú eres una nemhirie, ¿no? —le increpó airada la del pelo rojizo—. Entonces, ¿cómo es que puedes hablar nuestro idioma?

—Sí, se supone que los nemhiries no pueden saber lo que decimos —cortó la otra a gran velocidad—. Así que te ordenamos que no nos entiendas más.

Laila se quedó de una pieza.

—Pero… ¿qué bobadas estáis diciendo? —se enfadó también de manera absurda —. No soy una… nemhirie ni nada parecido, ni sé dónde estoy. Y si comprendo vuestra conversación, no es culpa mía. Yo tampoco sé por qué hablo vuestro idioma. Solo quiero saber qué sitio es este y cómo puedo llegar a aquella ciudad —dijo señalando hacia la lejana urbe.

Se levantó enfadada sin esperar y los dos seres miraron hacia arriba alzando sus cuellos exageradamente, mientras ahora sus cabezas quedaban a la altura de las rodillas de Laila.

Al instante volaron hasta su cara a gran velocidad.

—Pues si no eres una nemhirie, ¿dónde están tus alas? —preguntó de nuevo la del pelo rojizo con curiosidad.

—¿Mis alas? —se sorprendió Laila.

—¡Claro! —afirmó la del pelo dorado—. Seguro que están bajo esa piel tan ridícula que las solarïes usáis.

—No caben, estúpida —chilló la primera mientras tiraba del jersey azul de Laila para mirar en su interior—. ¿Lo ves? No hay nada.

Laila dio un manotazo espantando al irritante ser y se colocó el jersey correctamente.

—Y además, mira su pelo —revoloteó de nuevo tirándole de varios mechones.

—¡Ay! —se quejó la muchacha.

—No eres una Solarïe —la acusó la del pelo dorado, ya convencida—. Eres una nemhirie.

—¡Ya está bien! —gritó Laila sintiendo que entraba en el juego de una conversación delirante en la que ella no llevaba el control—. A ver, ¿qué diablos es una nemhirie?

Las dos hadas se quedaron mirándola un momento y luego se pusieron a cuchichear muy bajito entre ellas, riéndose.

—¡No sabe lo que es una nemhirie! —rió la del pelo dorado—. ¡Qué tonta!

—¿Cómo te llamas? —preguntó la otra cambiando de tema.

La muchacha sintió que comenzaba a perder la paciencia. Allí estaba, hablando con dos libélulas humanas mientras se esfumaba el tiempo que tenía para explorar aquel fantástico mundo o para llegar a la lejana ciudad de las altas torres, donde seguramente encontraría mejores respuestas que las que aquellas dos chillonas hadas le estaban ofreciendo.

—¡Cómo te llamas! ¡Cómo te llamas! —gritaban ahora las dos a coro, dando vueltas por su cabeza, mareándola.

—¡Laila! —exclamó ella para hacerlas callar.

Las hadas la miraron enfadadas.

—Te hemos preguntado que cómo te llamas, no que nos insultes.

—Ya lo he dicho. Me llamo Laila. Laila Winter. Ese es mi nombre —dijo con énfasis.

—¿Eso es un nombre? —dijo la del pelo rojizo echándose a reír agudamente. La otra la imitó.

—¡Laila Winter… Laila Winter…! —canturrearon con aire burlón.

De repente, la muchacha se vio aplastando a las dos hadas con sus manos, como si fueran mosquitos. Luego las arrojaría al lago y nadie se enteraría de nada.

—Yo soy HibiscodelamañanadeLuthus —dijo orgullosamente el hada del pelo rojo.

—¿Cómo? —exclamó Laila sintiendo que se le aflojaban las mandíbulas por la risa, abandonando su plan asesino.

—Y yo soy NenufardelmediodiadeSolandis —replicó la otra más pomposamente.

Laila se tapó la boca ahogando una carcajada.

—Os puedo… ¿os puedo llamar Hibisco y Nenúfar? —preguntó mientras controlaba la risa y dominaba las pequeñas convulsiones del esfuerzo por mantenerse seria.

—Pues no —se enfadó el hada del pelo rojo—. Y si lo vuelves a decir te haremos un hechizo para que te salga pelo verde por las orejas y la nariz.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Laila levantando las manos, como intentando calmarlas.

—Eso está mejor —dijo la dorada NenufardelmediodiadeSolandis mientras cruzaba los brazos en un gesto de firmeza.

—¿Y vuestra amiga? —preguntó Laila para cambiar de tema, mirando a su alrededor en busca de más seres como ellas.

—¿Qué amiga? —preguntó HibiscodelamañanadeLuthus extrañada.

—Sí, ¿qué amiga? —repitió la otra.

Laila las miró con seriedad.

—Antes estabais discutiendo porque se os había perdido una amiga en… ¿el bosque de Krum?

Las dos hadas se miraron sin comprender y una de ellas pareció recordar algo lejano.

—¡Síii… ya me acuerdo de ella! ¿Cómo se llamaba? —preguntó Nenúfar.

Hibisco se mordisqueó un dedo, meditando pensativa mientras Laila comenzaba a intuir que lo mejor que podría hacer era alejarse poco a poco de aquellas dos chifladas. Sin duda la olvidarían en cinco minutos, pero si el resto de habitantes de aquel planeta eran como ellas, acabaría loca antes de saber dónde se encontraba.

—¡La secuestraron! —gritó Nenúfar acordándose de golpe. Laila dio un brinco por el susto—. Veníamos a Solandis a solicitar audiencia con la reina Hellia, y al atardecer de Luthus cruzamos el bosque de Krum y…

De repente se calló observando sospechosamente a Laila, estrechando sus ojos hasta convertirlos en rendijas.

—¿Y qué ocurrió? —preguntó la muchacha intrigada.

—¡Has sido tú! —gritó de repente el hada, señalándola acusatoriamente con un dedo.

—¿Qué? —se defendió la chica dando un paso hacia atrás.

—¡Sí! —confirmó chillonamente Hibisco—. ¡Una nemhirie en los bosques!

Ambas callaron de pronto y volaron alejándose unos metros de ella.

—¡Quiere matarnos! —la acusó de nuevo Nenúfar. Su cara se convirtió en una máscara de odio.

—¡Qué tontería! —gritó Laila—. Yo no tengo a vuestra amiga.

Pero fue inútil tratar de entenderse. Las dos hadas estaban fuera de sí y se lanzaron contra ella como dos pequeñas flechas luminosas. Laila sintió los aguijonazos agudos en la piel y al mirarse la mano vio dos pequeñas heridas que sangraban.

—¡Estáis locas! —les gritó comprendiendo que iba a tener que correr hacia la profundidad del bosque si quería librarse de los dos frenéticos seres.

Dio media vuelta caminando altanera sobre la alfombra dorada, tratando de alejarse con disimulo hacia un grupo de árboles más frondosos y distantes, con zancadas cada vez más largas, intentando mantener su aplomo en todo momento mientras calculaba que la distancia hasta los árboles sería casi como de dos estadios de fútbol. Definitivamente todo debía ser un sueño. Sí. Un sueño desquiciado.

De repente se levantó una brisa que iba haciéndose más fuerte hasta convertirse en un zumbido atronador.

Miró hacia atrás y vio que las dos hadas giraban en una extraña danza, lanzando grititos al aire mientras sus alas vibraban con furia. Del suelo comenzaron a elevarse cientos de corpúsculos luminosos, girando en riadas que se agrupaban como grandes bandadas de pájaros, dando vueltas formando una gigantesca cortina de luz, agrandándose cada vez más hasta alcanzar el tamaño de una descomunal tormenta. Las flores volaban en remolinos de viento, chocando entre sí unas con otras en medio del caos, produciendo chispas eléctricas mientras flotaban más corpúsculos hacia el interior del enorme torbellino. Las chispas descargaron rayos que cruzaban las columnas de flores, y uno de ellos consiguió atravesar el aire cayendo a escasos metros de donde estaba Laila, dejando un círculo chamuscado a sus pies.

La chica abandonó toda compostura y echó a correr mientras su cerebro le gritaba una y otra vez que estaba dentro de una pesadilla y que despertaría en cualquier momento. Pero las pesadillas no solían hacer daño, y a su alrededor seguían elevándose columnas de flores que al rozarle la piel le producían pequeñas descargas al tiempo que volaban a fundirse con la gran tormenta de las hadas.

Aunque corría con todas sus fuerzas, los glóbulos luminosos ya estaban alcanzándola, y Laila comenzó a sentir pequeños pinchazos en los brazos y en el cuello mientras jadeaba por el esfuerzo de correr. Los árboles estaban cada vez más cerca, pero ella se debilitaba y la vista se le empañaba en una nebulosa de furia y lágrimas. Algunas de las pequeñas heridas de la piel habían empezado a sangrar y los brazos apenas le respondían. Cada vez tenía más sueño y menos ganas de seguir luchando. Era mejor caer sobre la dorada hierba y entonces…

¡No! No podía dejar que esos pensamientos la dominasen. Tenía que seguir. Aunque fuese dentro de una pesadilla, no iba a dejarse vencer. La primera línea de árboles estaba ya a su alcance y Laila empezó a dar manotazos a ciegas, llena de coraje, intentando alejar a los ahora millones de flores que trataban de posarse en sus cabellos, en su piel y en sus ropas.

Al final, perseguida por un río de luz, atravesó los primeros árboles cuando las piernas ya le fallaban. Las centelleantes flores asesinas fueron desprendiéndose de su jersey y de sus cabellos al contacto con la oscuridad, y la gigantesca masa se detuvo delante de los árboles, buscando un claro por el que llegar a su presa.

Laila cayó sobre la tierra, rendida, aunque aún tuvo fuerzas para mirar hacia atrás y ver la amenazadora tormenta que volaba impotente como una colosal colmena de abejas furiosas. Gateó por el suelo desesperada, adentrándose en la profundidad del bosque, dejando que la oscuridad y el silencio la acompañasen hasta que no tuvo fuerzas y se derrumbó sobre un manto de hojas caídas donde se quedó profundamente dormida.

Entonces soñó con su casa, muy lejos, imposible de alcanzar, más allá de un bosque dorado que no podía atravesar aunque lo intentaba con todas sus fuerzas, y entonces, en la lentitud pegajosa de los sueños, aparecía el hombre de negro y le arrojaba un puñado de flores luminosas a la cara mientras reía con crueldad.

Se despertó sobresaltada pensando que estaba en su cuarto, y al darse cuenta de la realidad hundió la cabeza entre los brazos con desesperación. No había otra cosa que desease más en ese momento que poder abandonar aquel maldito mundo y regresar junto a su padre, sir Richard, e incluso a la codiciosa Monique. Sí, seguro que aprendía a quererla si era capaz de regresar.

De repente se acordó del libro de las piedras y se tanteó el bolsillo con inquietud. El libro seguía allí. Suspiró aliviada, sacándolo y contemplándolo con devoción. Sin duda allí tenía que estar la clave para volver, y Laila comenzó a pasar las hojas en blanco en busca de la página escrita con las frases que habían abierto la puerta a aquel país de locos.

No se había equivocado. Debajo de las misteriosas palabras habían surgido otras muchas que llenaban casi la cuarta parte del libro, completamente incomprensibles, y al final de todas ellas, en la última página escrita, había otra frase bien separada del resto que le decía a gritos que era su salvación.

En el momento en que se disponía a leerla, oyó en las cercanías las voces de las dos horribles hadas que seguían buscándola, todavía discutiendo si mirar en dirección norte o en dirección sur. De un salto se puso en pie, sintiendo los brazos entumecidos y algunos pinchazos dolorosos en las manos mientras se guardaba el libro en el bolsillo del pantalón. Corrió internándose en el bosque y luego se arrastró lentamente sobre el suelo hasta las raíces de un viejo árbol, y dentro de la jaula que formaban se acurrucó sin hacer ningún ruido. Las voces se fueron haciendo más lejanas hasta que desaparecieron.

Pasó un rato antes de que Laila saliese de su escondrijo. Miró a todos lados antes de ponerse en pie. La idea de leer su libro seguía martilleándole la cabeza, pero al final decidió que podría echar algún vistazo más a aquel mundo antes de volver a casa. De todas formas el libro estaba allí, siempre a mano, y ya tenía localizada la página y las frases que con toda seguridad le devolvieran a su planeta en menos de un minuto.

Siguió caminando hacia el interior del bosque sin saber cuánto tiempo había pasado desde que hubiera salvado la vida. El cielo aún permanecía claro a través de las altas ramas, por lo que dedujo que no había dormido mucho tiempo. Intentó orientarse para caminar en la dirección que recordaba que podía estar la ciudad, pero era completamente absurdo si no salía de aquel laberinto de árboles en algún momento.

Entonces un nuevo sonido la dejó paralizada. Era un ronroneo repetitivo muy distinto al causado por la tormenta de flores, pero aun así, Laila corrió a esconderse tras un árbol mientras pensaba que aquel sonido mecánico que se iba acercando le recordaba mucho a la realidad de su vida cotidiana. Al final se percató de que el sonido se parecía mucho al motor de un coche, con un conductor que hacía chirriar las ruedas sobre la hierba húmeda al esquivar los árboles.

Pero, ¿qué diablos hacía allí un coche, en mitad del bosque de un mundo absurdo, perdido de la mano de Dios? Laila no pudo contener más tiempo la curiosidad y se fue desplazando sigilosamente alrededor del tronco al tiempo que el ruido del motor cesaba.

Su sorpresa fue mayúscula: entre los árboles, a escasos metros de donde ella estaba, había aparcado un Mustang rosa chillón y tres chicas estrafalarias, una morena, una rubia y otra con el pelo violeta saltaban de su interior, susurrando entre ellas mientras miraban a todos lados como temiendo ser vistas. No se lo podía creer. Eran las tres mismas que había visto en Lomondcastle. ¿Pero qué demonios hacían ellas allí?

Vestían largas túnicas blancas, como si fuesen sacerdotisas, aunque enseguida se las quitaron y las echaron al coche, dejando al descubierto sus faldas cortas y camisetas ajustadas y estridentes. Sin embargo había algo más. Algo increíble para Laila: un par de alas transparentes nacían de cada una de sus espaldas, primero plegadas y entumecidas, y luego extendiéndose lentamente, desperezándose hasta parecer grandes alas de mariposas de suaves tonos azules, malvas y dorados.

Laila las contempló anonadada y por un momento quiso frotarse los ojos para estar segura de aquello. Su mente se negaba a creerlo, pero no le quedaba más remedio que aceptar lo que veía: eran hadas. Tres hadas con la apariencia de su misma edad, paseándose a sus anchas por dos mundos completamente diferentes, sin temor alguno. Si algo así era visto en Inglaterra, la revolución social, histórica y mediática sería la más grande de todos los tiempos.

De inmediato se internaron en el bosque, y Laila decidió seguirlas sin pensárselo dos veces, pasando de árbol en árbol o agachándose por entre los arbustos cuando el terreno clareaba. No sabía cómo, pero las tres chicas que ella había visto en el colegio de Lomondcastle cuatro días atrás, normales y corrientes, eran hadas de cuentos de niños para nada sorprendidas con el paisaje que las rodeaba, caminando con decisión en completo silencio. De repente, la chica del pelo violeta se detuvo un momento y se giró en dirección al árbol donde ella se ocultaba. Laila creyó que la habían descubierto y permaneció temblorosa con el corazón desbocado, pero después de unos segundos, acurrucada sin atrever a moverse, escuchó que las tres reanudaban su camino.

Poco después llegaban a la entrada de un pequeño valle que se abría entre los árboles, con una garganta que se perdía en la oscuridad de las montañas. Las tres se detuvieron frente a una de las paredes rocosas que formaban la entrada de la garganta y una de ellas tocó algo en la roca durante unos segundos. Se produjo un brillo en la pared y entonces una parte de la roca desapareció, dejando a la vista un agujero excavado en piedra por el que las tres chicas entraron.

Laila se acercó despacio, pendiente en todo momento de cualquier sonido, hasta que llegó a la caverna y estudió el destello que había percibido. Tres pequeñas gemas de color blanco, violeta y amarillo estaban incrustadas formando un triángulo en la roca, y aún brillaban como si tuviesen luciérnagas en su interior. Luego miró hacia la oscuridad. Unos escalones de piedra se perdían en las profundidades y Laila los fue bajando sin hacer ruido, de uno en uno, hasta que anduvo a ciegas y tuvo que avanzar tanteando las paredes, internándose dentro de la montaña. Poco después los escalones terminaban y desde allí partía un pequeño túnel donde al final brillaba pobremente una luz azulada.

Recorrió el estrecho pasadizo que desembocaba en una gigantesca sala circular, iluminada por varias antorchas de fuego azul que ardían en las paredes.

La enorme cueva estaba llena de objetos, algunos acomodados en pequeñas estanterías excavadas en la piedra y otros dispersos por el suelo o amontonados en columnas formando un gran almacén caótico, atestado de cosas que no se podían ver bien por las sombras que producían las llamas azules en las paredes. Laila creyó distinguir cofres con joyas relucientes, vestidos, una bicicleta, alfombras, cajas, sombreros, plumas, cuadros y telas enrolladas, libros de todos los tamaños, bolas de cristal con humo en su interior, botellas y frascos y un montón de sacos llenos que todavía no habían abierto.

Las tres hadas inspeccionaban el gigantesco desorden, apartando cosas para poder pasar. La que tenía el pelo violeta llevaba algo entre las manos con tanto cuidado que caminaba más despacio que las otras, como si portase agua que pudiera derramarse. Al parecer buscaban un lugar libre de cachivaches, pero las montañas de supuestos tesoros se apilaban por todas partes y no les era posible hallar un hueco digno. Al final, al no encontrar lo que buscaban, la del pelo violeta pronunció unas palabras y el objeto permaneció flotando en el aire. Parecía un pequeño frasco de cristal con líquido en su interior, aunque Laila ya no tuvo más tiempo de seguir investigando. A su lado, flotando junto a su oreja, la chillona voz de NenufardelmediodiadeSolandis la sobresaltó haciendo que se le saliese el corazón por la boca.

—¡Oh! —gritó el hada, que al parecer la había seguido en silencio descubriendo el escondite de la caverna, mientras señalaba a las tres chicas con el brazo extendido —. ¡Han robado a la reina Mab! Verás cuando se entere de esto…

E inmediatamente hizo vibrar sus transparentes alas con una mueca de maldad, zumbando como un abejorro, dispuesta a salir por el túnel a gran velocidad en dirección al exterior.

De pronto, en aquel instante de confusión, Laila presintió que no debía dejar escapar al odioso ser, y con una rapidez asombrosa que ignoraba que tuviese, dio unos pasos y alargó el brazo atrapando a la pequeña hada entre sus manos, apretando fuertemente mientras sentía el vibrar de las alas furiosas entre los dedos. Miró su puño, boquiabierta por la hazaña, y por el rabillo del ojo le pareció ver a HibiscodelamañanadeLuthus revoloteando por el túnel en dirección a la caverna, más retrasada, sin saber lo que había ocurrido. Laila miró a las tres chicas que se habían dado cuenta inmediatamente de su presencia, y permanecían paralizadas dentro de la caverna, con la sorpresa y el miedo dibujados en sus caras, y les hizo un gesto de silencio. Luego se ocultó en las sombras dejando que Hibisco se acercase. Era evidente que su misión había sido permanecer en la entrada de la caverna vigilando, pero desde luego, o había desobedecido la orden a voluntad, o se le había olvidado, y ahora se acercaba en un vuelo lento, como si fuese una mosca zumbona aturdida por el otoño. Laila apretó con más firmeza a su prisionera, que intentaba morderle la mano, y esperó.

HibiscodelamañanadeLuthus llegó a la iluminada caverna y se quedó paralizada en el aire. No pudo hacer más movimientos. En ese instante, la mano libre de Laila la rodeó haciéndole perder la visión y permaneció en esa prisión, tan aturdida y quieta que la chica pensó que se le había escapado, y a punto estuvo de abrir la mano para comprobarlo. Inmediatamente Hibisco intentó escapar pero ya era demasiado tarde. Laila volvió a la caverna circular, mostrando sus trofeos a las tres asustadas hadas, sin ningún temor.

Durante unos largos segundos ninguna habló, pero al momento, las tres chicas tomaron el control de la situación.

—Vaya, vaya —dijo la rubia mientras lanzaba a las otras dos una mirada cómplice—. La nemhirie de Lomondcastle.

Laila se quedó desconcertada unos segundos al saberse reconocida.

—¿Nos estabas espiando? —dijo la morena con cara de enfado.

—¡No! —mintió Laila.

—Entonces, ¿qué haces aquí? —siguió su interlocutora con voz fría mientras sus gestos se endurecían.

Laila no supo qué responder. Con más tiempo les hubiese explicado mil cosas, pero ahora se había quedado en blanco. Les enseñó las manos cerradas con las dos hadas furiosas atrapadas en ellas.

—Huía de ellas —consiguió explicar temblorosa—. Hicieron una tormenta de flores y querían matarme. Todavía no sé por qué.

—¿Huías de dos pixis? —se burló la del pelo violeta entrando en la conversación. Luego se echó a reír con una risa suave y siseante. Las otras la imitaron.

—Las puedo dejar libres —dijo Laila agriamente—. Dicen que robasteis algo a una tal reina Mab… quizás sea eso que está ahí flotando en el aire, ¿no? Las atrapé cuando se marchaban para contárselo.

Las tres hadas se quedaron petrificadas, borrándose la risa de sus caras.

—¡No, no! —gritó la rubia acercándose. Luego dulcificó su expresión—. Dámelas por favor, te aseguro que no les haremos daño.

Laila dio un paso atrás reticente.

—¡Oh, vamos! —dijo la morena impaciente—. Es mejor para todas, ¿no? Las dejaremos aquí, encerradas en estas dos botellas.

Y al momento chasqueó los dedos y dos recipientes redondos surgieron en el aire.

—Pero… ¿y si se mueren? —dudó Laila mientras se maravillaba por la magia que acababa de presenciar.

—Ellas iban a matarte a ti —dijo la del pelo violeta—, y quizás nos hubiesen metido en problemas a nosotras…

—Sí, pero…

—Tranquila —dijo la rubia que ya había llegado a su altura y le pasaba un brazo por los hombros como si fueran grandes amigas de toda la vida—. No van a morir, te lo aseguro. Son como la mala hierba, nunca se puede acabar con ellas. Solo las dejaremos aquí hasta que se les olvide todo este asuntillo.

Y de pronto estaba todo hecho. Sin querer, Laila les había entregado a sus prisioneras. Las botellas se deslizaron suavemente por el aire en dirección a ellas. Luego las metieron en los recipientes y las taparon con tapones de corcho. Las dos pixis gritaban silenciosamente tras el cristal, golpeando las paredes de sus celdas cada vez con más violencia, y Laila sintió compasión de los dos pequeños y crueles seres, pero se guardó muy bien de demostrarlo ante las nuevas desconocidas.

Después se sintió amablemente arrastrada fuera de la caverna y la puerta de roca reapareció, ajustándose a la pared, sin huecos ni fisuras, con la simple excepción de las tres gemas, ahora apagadas.

Las cuatro chicas permanecieron en silencio durante unos segundos y luego sonrieron.

—Bueno —dijo Laila esperanzada, tomando la iniciativa— creo que tengo cientos de preguntas sin contestar, pero creo que lo correcto sería que nos presentásemos, ¿verdad?

—Yo soy Cyinder —dijo la rubia inmediatamente, dándole dos besos sin esperar ni un segundo. Parecía tan deseosa de hacerse notar como las dos pixis—. Cyinder de…

En ese momento recibió un codazo de la morena y se calló.

—Yo me llamo Nimphia —dijo la del pelo violeta, estrechándole la mano con solemnidad.

—Aurige —se presentó la morena que le tendió la mano sin apenas rozarla.

—Yo me llamo Laila —les dijo ella—. Laila Winter.

Aquella chica rubia, llamada Cyinder, se acercó a ella mirándola con gran atención y después inspiró, oliendo sus cabellos..

—¿De qué reino eres? —preguntó desatendiendo la mirada de advertencia de la tal Aurige.

—¿De qué reino? —preguntó Laila extrañada—. Bien, supongo que de la Tierra…

—Nunca había oído hablar de ese reino —comentó Nimphia.

—No… eh… quería decir, del planeta Tierra.

Las tres se miraron sorprendidas, y luego se echaron a reír por la respuesta, dejando a Laila cortada mientras se le subían los colores a la cara.

—Todas nosotras vivimos en «el planeta Tierra» —dijo Aurige con sarcasmo—. Simplemente estamos en Ïalanthilïan, el reino de la Bella Gente.

Laila se quedó perdida unos instantes. No le sonaba aquella palabra nada en absoluto, y además le parecía completamente impronunciable.

—Eh… oh… —balbuceó tontamente—. Perdonad… ¿Y qué sitio es ese?

—Ïalanthilïan es uno de los siete nombres del mundo que los nemhiries conocen como Faerie —le aclaró Nimphia.

—¡Faerie! —exclamó Laila. Algunas piezas encajaban definitivamente en su cabeza—. ¡El mundo de las hadas! ¿De verdad existe?

—¡Eh! Mucho cuidado —protestó Cyinder—. Así es como nos llaman los humanos. ¡Y todo por culpa de las shilayas!

—Déjalo Cyinder —dijo Nimphia apaciguándola—. Ella no puede saberlo.

Luego la miró con más detenimiento.

—¿O quizás sí? —murmuró para ella misma en voz alta.

—¿Saber qué? —preguntó Laila.

—Mejor que no enfades a Cyinder con ese tipo de insultos típicos de los nemhiries —le reveló Nimphia—. Si quieres ser verdaderamente amable, deber saber que se nos conoce como el Pueblo Bello, o como antes te dijimos, la Bella Gente.

«Menuda cursilada», pensó Laila de inmediato.

—¿Y qué le pasa a la palabra «hadas»? —insistió.

—Ya estamos otra vez —se enfadó Cyinder—. Bueno, ya está bien. Se acabó. Hagamos el hechizo de olvido de una vez y terminemos con ella.

Laila se puso rígida. No le gustó en absoluto lo de «terminemos con ella».

—Pero es que no parece que sea una nemhirie común —susurró Nimphia, sin importarle dar información una vez que iban a hacerle olvidar todo.

—Un momento —protestó Laila en voz alta—. Yo no he hecho nada. Solo quiero saber unas cuantas cosas…

Pero Aurige ya estaba chasqueando los dedos mientras murmuraba unas palabras. Una sensación electrizante fue subiendo por sus manos y sus brazos hacia su cabeza y Laila luchó con todas sus fuerzas contra aquel vértigo que la inundaba, nublándole la vista. Al final, sorprendentemente, no sintió nada. Seguía allí tal cual y las miraba con cara de boba, dispuesta a reírse como si le hubiesen gastado una broma. Iba a abrir la boca cuando Nimphia se le adelantó.

—¿Ha funcionado? —preguntó dudosa.

—Por supuesto que sí —afirmó Aurige con seguridad—. Mira su cara de conmoción. Ahora mismo está en trance y dentro de poco no recordará nada.

—Pobrecilla —se compadeció Cyinder pareciendo que iba a llorar—. No me debería haber enfadado tanto. Me caía bien.

Laila siguió en silencio, pensando deprisa. Al parecer no había sido una broma, solo que la supuesta magia no funcionaba con ella. Siguió escuchando sin perder detalle, con la cara alelada manteniendo el engaño. Ahora podría enterarse de una vez por todas, ya que las tres hadas se encontraban libres para decir lo que quisiesen sin tapujos.

—Es una nemhirie —afirmó Nimphia rodeándola como si fuese una estatua—, pero es extraña, excepto porque no tiene alas, podría ser de Faerie. ¿No la oléis?

—Sí, pero mira su pelo —dijo Cyinder—. No pertenece a ninguno de los cinco reinos.

—No —negó de nuevo la morena—, pero tiene esto.

Y sacó de golpe el libro de las piedras del bolsillo. Laila dio un brinco y las tres se quedaron paralizadas unos segundos.

—¿Estás segura de que está en trance? —repitió Nimphia.

—Seguro —confirmó de nuevo Aurige—. Necesitaría un gran poder para evitar mi conjuro, y yo apostaría que, a pesar de su olor, no es más que una simple nemhirie.

—¿Y ese libro? —preguntó la rubia Cyinder con interés.

—Tiene las cinco piedras —dijo Aurige mientras lo observaba. Lo abrió y pasó las páginas hasta las hojas escritas—. No entiendo nada de lo que pone. ¿Alguna puede traducirlo?

Las otras dos intentaron leer pero luego negaron con la cabeza.

—Ya me lo temía —se apesadumbró la morena—. No es de Faerie, pero tampoco es de ninguno de estos humanos nemhiries. En fin, nos lo llevaremos y lo estudiaremos. Luego, cuando estemos a solas después de las clases, volveremos para compararlo con el tapiz.

—¿Y qué haremos con ella? —preguntó Nimphia señalando a Laila.

—La dejaremos aquí, por supuesto —dijo Aurige.

—¿Aquí? —protestó Cyinder—. Podrían ocurrirle mil cosas. Esas dos pixis eran lo mejor con lo que se podría haber encontrado y ni siquiera ha sabido dominarlas…

—¡Bah! —respondió la morena—. Se las arreglará. Nosotras tenemos ya un montón de problemas como para añadir uno más. Y piensa en lo que diría tu madre si te viese aparecer con una desconocida que no sabemos ni de dónde procede.

—Creo que no le importaría —atajó la rubia—. A veces pienso que no le importa nada de lo que hago. —No digas eso —la regañó Nimphia—. Todas estamos en la misma situación y la hemos elegido por voluntad propia, así que no te pongas a darte lástima ahora.

Cyinder bajó la cabeza con resignación.

—De acuerdo—consintió—. Vamonos a Solandis de una vez.

Y las tres se marcharon en dirección al Mustang, dejando a Laila allí sola. La muchacha no había perdido el tiempo y cuando escuchó el ronroneo del motor al alejarse, se acercó a las tres gemas y las tocó sin muchas esperanzas. Al momento se iluminaron y Laila sintió un cosquilleo de emoción. ¡Las piedras le habían obedecido! Se miró los dedos, sorprendida por aquel prodigio, pero lo olvidó al instante.

La roca se había abierto y Laila bajó las escaleras, siguiendo el pasadizo hasta la sala circular. Allí estaba el pequeño frasco que habían robado, flotando en el aire, rodeado por un aura violeta que lo mantenía a dos metros del suelo. Alargó el brazo y lo cogió. Era un pequeño tarro de esencias, como las miniaturas de perfumes que algunas chicas de su colegio coleccionaban, gastándose decenas de libras cada vez que salía uno nuevo al mercado. Lo abrió y se lo acercó a la nariz. El aroma era muy suave y Laila sintió que nunca había olido algo tan maravilloso. Lo tapó de nuevo mientras leía la etiqueta: «2743S. Noche en Luthus». Lo guardó en el bolsillo deseando tener una nueva ocasión para olerlo, pero tuvo miedo a que se le cayera o se rompiese, y entonces la idea que había concebido para vengarse de aquellas tres ladronas de libros no tendría efecto.

Cuando ya se marchaba se volvió para mirar a las dos pixis encerradas que golpeaban frenéticamente el cristal de su prisión, dispuesta a liberarlas. Sus pequeñas caras se contorsionaban en muecas de odio, lanzando sus silenciosos aullidos. La del pelo rojo alzó sus manos en garras indicando que en cuanto saliera de allí le arrancaría los ojos. Tras esto, Laila prefirió no acercarse siquiera y esa fue la última vez que vio con vida a las dos hadas.

Se dio media vuelta y echó a correr por el túnel dispuesta a llegar a aquella ciudad de Solandis aunque fuese lo último que hiciese en su vida.