Las Arenas de Solarïe
Capítulo 6
Lunarïe
Quizás fuese porque Laila se encontraba inmersa en profundos pensamientos sobre la pesadilla que habían vivido, o quizás porque el cambio fue muy sutil, pero de repente, mientras Cyinder parecía hacer volar al Mustang dejando atrás a los cinco soles, la cegadora claridad de Solarïe desapareció dejando paso a los tonos malvas del anochecer, que fueron oscureciéndose hasta que creyó que se había quedado ciega, después de haber estado acostumbrada a tanta luz. Había pasado en escasos segundos del día a las sombras.
Laila miró hacia atrás esperando divisar Solarïe en la lejanía, pero el oscuro mundo lunar les rodeaba por todos lados como si siempre hubiesen estado allí. Las estrellas brillaban sobre el negro firmamento, y una única luna, enorme, dominaba el reino sin competencia alguna.
Y entonces comenzaron a caer desde una gran altura. Laila sintió un tremendo vértigo al darse cuenta de que flotaban en el aire cuando segundos antes pisaban la firme tierra dorada del mundo de la luz. Lanzó un chillido que se perdió en la noche. Cyinder la imitó con una risa histérica.
—¡¿Qué ocurre?! —gritó a continuación con la cara desencajada por el miedo mientras el Mustang caía contra los árboles de un creciente bosque, atravesando jirones de nubes.
—¡Siempre se me olvida que Lunarïe está a distinta altura que Solarïe! —gritó Cyinder a la vez que pisaba los frenos inútilmente y hacía girar el volante en todas direcciones.
No parecía muy asustada por la tremenda caída en picado, pero los árboles se acercaban a una velocidad suicida y Laila se agachó sobre el cuerpo de Aurige buscando con desesperación un paracaídas.
—¡Nimphia! —gritó Cyinder contra el viento—. ¿A qué estás esperando?
El hada del aire pareció salir de un letargo en el que había estado inmersa, con los ojos desencajados por el terror, e inmediatamente se dio cuenta de la apurada situación.
—¡Hassha! —gritó con unas palabras hechas de aire, y al momento el coche frenó su mortífero descenso, planeando suavemente mientras rozaba ya las copas de los árboles.
Cyinder aceleró sin haber tocado la tierra todavía y el motor rugió alcanzando el suelo. El coche salió disparado como un tren a alta velocidad, arrasándolo todo a su paso.
Laila levantó la vista recobrando el pulso normal después de haber sentido que el corazón se le salía por la boca, pero se volvió a cubrir la cara con las manos, intentando protegerse de los violentos impactos contra arbustos y frondosas ramas que arañaban la pulida superficie rosa de la carrocería. La Solarïe trataba de dominar el Mustang buscando un camino despejado en medio del bosque en dirección al lejano Palacio de la Noche, cuya silueta se recortaba, negra y afilada, contra la gigantesca y fantasmal luna.
Algo pasó rozando el automóvil y atrás se escucharon gritos de protesta mientras se alejaban por un sendero lleno de gruesas raíces y giros inesperados.
—¿Hemos atropellado a alguien? —preguntó Laila a Cyinder, que seguía sin detenerse.
—Creo que sí —afirmó dudosa—. Quizás algún duende o algo. No sé.
Luego encendió de golpe las luces del coche, que hasta entonces habían permanecido apagadas como si no existiesen, no las hubiesen necesitado, o a Cyinder no le hubiese importado aquella minucia.
Bajo la luz de los faros la frenética carrera era aún peor, pues se podían ver venir las ramas o los troncos de los árboles antes de que Cyinder virase con brusquedad, pasando como grandes sombras o aplastándolas, a punto de hacerse pedazos contra cualquier roca en medio del camino o cualquier árbol de los que surgían constantemente a su paso.
Por fin llegaron a una senda llana y firme, y la mayoría de la espectral arboleda quedó atrás. Cyinder frenó en seco, dejando largos surcos marcados en el camino hasta que pudo detener el Mustang.
Delante de ellas, bajo una suave pendiente, se extendía un vasto laberinto de setos que se alejaba decenas de kilómetros por todos lados hasta las lindes del negro palacio. Cyinder se giró en el asiento para hablar con sus compañeras.
—¿Estáis bien? —preguntó, más por cortesía que por interés.
—Creo que voy a vomitar —dijo Laila terriblemente mareada.
—Dentro del coche no, te lo advierto —le dijo la rubia con dureza.
Parecía otra, distinta a la alegre Solarïe con la que había compartido risas y bromas horas antes. Laila supuso que el cúmulo de los sucesos vividos, como llevar a sus espaldas el peso de la vida de Aurige, el horrible ataque del monstruo y la oscuridad de un mundo nocturno la afectaban, dejando mella en su amable carácter.
Contuvo las náuseas intentando no recordar a la aterradora bestia, pues sus pensamientos volvían una y otra vez a la caverna y a aquel rostro inhumano, evocando imágenes horribles que se entremezclaban con otras peores sobre lo que les podía haber ocurrido.
—¿Y tú, Nimphia, estás bien? —preguntó de nuevo Cyinder.
El hada del aire seguía con los ojos abiertos como platos y un terror imposible descrito en ellos. Estaba claro que la bestia le había afectado demasiado, pero poco a poco, haciendo un gran esfuerzo, logró salir del trance en el que se encontraba.
—Sí —afirmó con la cabeza aún medio atontada—. ¡¿Y Aurige?! —chilló acordándose de golpe.
La morena presentaba sombras violáceas bajo los ojos y un rostro demacrado y cetrino.
—Está peor —dijo Laila, que la sostenía en sus rodillas—. Sin embargo, respira más tranquila.
—Quizás sea el aire de Lunarïe —aventuró Nimphia—, o la luna. Esto nos podría dar algo más de tiempo a favor para llegar ante Titania.
Cyinder arrancó de nuevo el coche, aumentando ligeramente su velocidad mientras bajaba la suave loma llena de oscuros arbustos. De repente el cielo se iluminó por miles de fuegos artificiales azules, que salían como geiseres de detrás del castillo y se extendían por el firmamento rivalizando con la luz de las estrellas.
—¿Qué es eso? —preguntó Laila impresionada.
—Pixis de Lunarïe —contestó Nimphia mirándolos—. Viven en los jardines de Nictis y a veces se unen en grandes bandadas que sobrevuelan todo el reino. No son peligrosas.
Laila dudó, acordándose de las dos malogradas hadas que había conocido.
—Cruzaremos el laberinto por el camino que Aurige nos enseñó —anunció Cyinder mientras enfilaba una de las múltiples entradas a través de los altos setos—. Con un poco de suerte, las pixis se acercarán movidas por la curiosidad de nuestras luces y nos servirán de guía.
Atravesaron la primera fila de setos y perdieron de vista el castillo negro. Pronto la oscuridad se llenó de pequeñas luces azules, diminutos fuegos fatuos que volaban alrededor del coche, riendo y chillando, rodeándolas como una nube de gas. Laila pensó que hubiese sido mejor viajar con el silencio de los dos faros del coche antes que tener que soportar los agudos grititos y la algarabía, que a veces podía ser más peligrosa que estar a ciegas.
Los setos cortados como paredes se abrían a derecha y a izquierda, pero Cyinder dirigía el automóvil con decisión sin dudar en ningún momento. Avanzó con la estela azulada pegada a las ruedas, y poco a poco las pixis, ya fuese por vagancia o por desinterés, se fueron rezagando hasta que volvieron a estar solas.
—¿Hay siempre tantos peligros en Faerie? —preguntó Laila, incapaz de guardar esa duda por más tiempo. Nimphia se volvió hacia ella.
—Nunca —fue la firme respuesta. Luego los ojos se le llenaron de lágrimas—. Lo que nos atacó en nuestro museo, lo destrozó y casi mata a Aurige, es algo completamente absurdo y desconocido en nuestro mundo. Nadie mata a nadie aquí, no hay bestias tan horribles. Somos un pueblo tranquilo, no como vosotros.
—Perdona —le dijo Laila, herida—, en mi mundo tampoco hay esos monstruos, ni nadie es capaz de crear una cortina de rayos para quemar vivo a alguien. Y eso lo hicieron tus amables y simpáticas pixis, ¿eh?
—No os enfadéis —dijo Cyinder, mirando a Laila por el espejo—. Aquí hay peligros, como en todos lados, pero son siempre alguna desaparición misteriosa en los bosques, o algún enfrentamiento político…
—Y nadie mata a nadie, ¿no? —insistió tercamente Laila.
—Bueno, eso es tan exagerado como decir que en el mundo de los nemhiries ningún humano haría daño a otro.
Laila refunfuñó en el asiento sin querer dar su brazo a torcer. Pasaron varios minutos en silencio, escuchando solo el ruido del motor. Luego Nimphia se giró en su dirección con cara de arrepentimiento.
—Es la influencia de Lunarïe —se disculpó—. La oscuridad me ataca los nervios. Lo siento.
—Yo también —dijo Laila ensayando una sonrisa—. Me dejé llevar por la rabia. No pasa nada.
—Como sigamos mucho tiempo aquí, dentro de poco vamos a ser como Titania —dijo Cyinder mientras giraba en otro recodo.
Permanecieron silenciosas durante unos momentos.
—¿De verdad es la reina de Lunarïe? —preguntó Laila.
—Sí —afirmó Nimphia mirando los setos oscuros.
—¿Y es la madre de Aurige? —insistió.
—Sí.
—¿La misma Titania de Shakespeare?
—¿Ese quién es? —preguntó Nimphia extrañada, girándose hacia ella.
Laila la miró interrogante.
—Pues un escritor —respondió—. Ya está muerto, pero escribió sobre ella y Oberón, y sobre todo vuestro mundo de had… de Faerie.
—Si era un nemhirie, seguro que se perdió una noche en los bosques de Lunarïe —dijo Cyinder—. No hay otra explicación para que los conociese. Titania nunca baja a vuestro mundo. Antes preferiría revolcarse en barro.
Nimphia lanzó una risita histérica al imaginárselo.
—Lo impresionante —siguió Cyinder con la mirada puesta en el laberinto—, es que ese escritor tuyo pudiese salir de Lunarïe y vivir para contarlo.
—¿Qué has querido decir con lo de vivir para contarlo? —preguntó Laila asustada.
—No sabes cómo es Lunarïe —le reveló—. Aquí hay que tener mucho cuidado con lo que dices o incluso con lo que piensas. Si hablas una palabra más alta que otra, o molestas a Titania o a cualquiera de sus duquesas, puedes encontrarte con un cuchillo en la garganta antes de contar hasta tres.
—Pues menos mal que Faerie no es violento —dijo Laila mientras se palpaba el cuello de manera inconsciente.
Se giró hacia Nimphia por si había escuchado su comentario, pero la chica había vuelto a perderse en oscuros pensamientos sin ninguna intención de mantener la conversación, por lo que el trayecto siguió monótono mientras en el cielo volaban miles de pixis azules en dirección al bosque, como bandadas de aves emigrando hacia el sur.
Tras un último recodo el laberinto quedó por fin atrás y ante sus ojos aparecieron los negros muros de ónice y obsidiana de Nictis, el Palacio de la Noche.
Cyinder condujo el coche por un cuidado jardín lleno de flores malvas y violetas donde brillaban congeladas miles de gotas de rocío, pequeños diamantes de hielo que lanzaban destellos a la luz de la luna. Parecía como si el palacio estuviese suspendido en medio de un infinito firmamento lleno de estrellas por todos lados, y solo la enorme luna diferenciaba el cielo real del imaginario.
«Es maravilloso», pensó Laila mientras el Mustang se detenía y las tres bajaban del coche, la única incongruencia en aquel mundo de sueños.
Con mucho cuidado depositaron a Aurige sobre el estrellado césped en el regazo de Nimphia. Laila se agachó junto a ella para arreglarle el cabello y las ropas, inspeccionando la espantosa herida. Las puertas del palacio comenzaron a abrirse como si los habitantes hubiesen sabido de su presencia. Al momento hizo su aparición un hada estirada y enjuta, con el cabello negro y alas oscuras, que bajaba las escaleras a toda prisa. Se diría que flotaba, ya que el filo de su negro y vaporoso vestido apenas rozaba las pulidas escalinatas.
Cuando llegó ante ellas miró primero a Cyinder con ojos interrogadores, y luego se fijó en el cuerpo desfallecido, poniendo cara de horror. Se acercó a Aurige con cara de sorpresa sin que pareciese notar la presencia de Laila ni de Nimphia.
—Duquesa Geminia —la saludó Cyinder con una inclinación de cabeza que la otra ignoró.
—¿Qué ha ocurrido? —exigió con voz fría y cristalina.
—Un accidente —abrevió Cyinder, resuelta a no dar más explicaciones—. Queremos ver a la reina Titania ahora mismo.
—Comprendo —contestó el hada con la mirada puesta en Aurige sin mover un dedo.
Cerró los ojos concentrándose y al momento varias hadas vestidas con túnicas violetas surgieron de la noche y recogieron el cuerpo de la joven sin pronunciar una palabra, transportándola en el aire hacia el interior del edificio con gran delicadeza.
Laila y Nimphia se levantaron y la duquesa Geminia las observó reparando en ellas por primera vez.
—Una nemhirie… —dijo señalando a Laila con un imperceptible gesto de su mano.
—Es amiga nuestra —contestó Cyinder, que ya comenzaba a subir los peldaños hacia el gran portalón abierto ante ellas.
—No puede entrar en Nictis —dijo con firmeza la duquesa, cerrándole el paso.
—Sí puede —la contradijo Cyinder con una voz que no admitía réplica.
La duquesa miró con frialdad a la rubia Solarïe mientras sus ojos destellaban peligrosamente.
—Titania jamás ha consentido que un… nemhirie —dijo con asco la última palabra—…que un humano cruce las puertas del palacio negro. Ni yo tampoco — advirtió suave como una serpiente.
—Ya me imagino que tú tampoco —respondió Cyinder con cinismo y los ojos tan fríos como los de ella—, pero todavía, aquí y ahora, duquesa, no ha nacido quien niegue la entrada en el reino de Lunarïe a una princesa de Solarïe y a sus amigas.
—¡Cómo te atreves! —se agitó la otra bajando la voz.
Su cara se desencajó en una máscara de rabia mientras sus manos apretaban los suaves velos de su vestido. Al final bajó la cabeza e hizo una servil reverencia a la vez que Cyinder terminaba de subir los escalones seguida por Nimphia y Laila, que la miraba con los ojos muy abiertos y la cara llena de preguntas.
—Luego te lo contaré —susurró Cyinder sin detenerse.
Siguieron a la comitiva hasta el palacio, y Laila sintió que perdía el aliento por la grandiosidad de la sala en la que entraba. Altísimas columnas de obsidiana se elevaban, curvándose en arcos ojivales y capiteles, y grandes cristaleras llenas de colores como gigantescos caleidoscopios formaban los muros hacia arriba, hacia el cielo estrellado, pues no había techos ni bóvedas en Nictis. Largos velos del color de la noche caían desde las alturas, meciéndose y agitándose con la brisa nocturna, separando las enormes estancias en salas y salones más pequeños donde tal vez se entretejían las intrigas de un mundo doblemente oscuro y traicionero.
Por el aire flotaba un dulce aroma a madreselvas y a dama de noche. Numerosas hadas de porte regio y alto rango se unían en silencio a una comitiva que se estaba convirtiendo en un funeral.
Laila se sintió atemorizada en aquella atmósfera de muerte, y además le pareció que ella, Nimphia y Cyinder, no estaban vestidas correctamente en aquel sitio. Así se lo hizo saber a su amiga del aire con un susurro. Nimphia asintió, y con un gesto transformó las faldas y vaqueros de las tres en vaporosos vestidos negros. Cyinder puso cara de desagrado por un momento, pero luego aceptó el cambio con resignación. Los zapatos desaparecieron y Laila se encontró caminando descalza por un suelo frío y cortante. Se sentía muy rara enfundada en aquel traje de luto largo y oscuro, y de pronto se acordó de su libro, que para su alivio, seguía acomodado en un bolsillo secreto entre los pliegues.
Llegaron por fin ante las puertas del salón de trono, que se abrieron solas silenciosamente, y las atravesaron mientras Laila miraba a todas partes boquiabierta, sin palabras para poder describir la magnificencia y la frialdad de aquella corte.
El suelo era negro, tan pulido que parecía el agua de un lago sin fondo, y en él se reflejaban las estrellas y la pálida luna. Atravesaron la superficie creando pequeñas ondas como si fuesen olas, caminando hacia el trono elevado sobre escalones donde aguardaba Titania, la reina de Lunarïe.
Era tan hermosa como distante, y su larga cabellera, negra como ala de cuervo, caía hasta su cintura como hilos de seda. Llevaba un vestido que parecía hecho con la noche, cuajado de estrellas que se mecían suavemente alrededor de su estrecho talle, y que terminaba en suaves jirones que descendían varios peldaños a su alrededor. En su cabeza, una corona de diamantes realzaba la frialdad de su mirada, y un único punto de color en su piel de alabastro: unos labios rojos como la sangre que daban vida a su perfecto y anguloso rostro.
No se movió ni se acercó corriendo hacia su hija. Esperó a que la dejaran flotando sobre el negro lago sólido y luego permaneció impasible hasta que la mayoría de la comitiva desapareció. Quedaron en el inmenso salón las tres amigas, la duquesa Geminia y otras dos ataviadas damas, la condesa Bernicatte y la condesa Urania, damas de compañía de la reina, que se arrodillaban ante ella sin despegar la vista del suelo.
Cyinder se inclinó doblando una rodilla y las otras dos la imitaron. Y entonces, como si se diese cuenta por primera vez de la presencia de sus invitadas, Titania reparó en Laila y dio un respingo mientras perdía el color de su ya pálido rostro.
—Ithirïe —susurró a la vez que su voz quedaba ahogada por el sonido de su vestido al ponerse en pie.
—Reina Titania —dijo Cyinder, que seguía su extraña mirada en dirección a Laila —. Os suplicamos vuestra ayuda y la de vuestras sacerdotisas. Fuimos atacadas por algo que…
Siguió hablando, pero parecía que la reina no la escuchaba. Bajaba los escalones, como si estuviese hipnotizada, sin dejar de mirar a Laila, la cual se había puesto en pie y daba unos pasos atrás llena de temor.
—… y entonces Aurige, ¡vuestra hija…! —siguió hablando Cyinder, aumentando insolentemente la voz hasta casi convertirla en un grito mientras observaba el paso vacilante de la reina.
Ella pareció notar su tono perentorio y la miró contrariada. Luego desvió su mirada hacia su hija como si fuese una perfecta desconocida, y volvió sus oscuros ojos a Laila, que permanecía quieta como una estatua.
Las tres permanecieron en silencio. Titania se giró bruscamente en dirección al trono.
—¡Titania, vuestra hija se muere! —chilló Cyinder de repente, perdida toda compostura diplomática, creando ecos de cristal que volaron fantasmales hacia las alturas.
—¿Cómo me has llamado? —preguntó Titania, peligrosa como una cobra, los ojos furibundos por la ira, con una voz tan fría como las estrellas.
Laila vio que la duquesa Geminia sonreía de placer.
—Vuestra hija, Aurige —siguió la Solarïe más apaciguada, bajando el rostro hacia el suelo—, fue atacada por un ser demoniaco…
—Me has llamado Titania —siguió la reina imperturbable—, y para ti, insolente Solarïe, soy la Reina Titania —remarcó su título—, reina de Lunarïe, y los lazos de amistad que me unen a tu madre no son lo suficientemente estrechos como para otorgarte la confianza que has creído merecer.
Cyinder abrió la boca, incrédula por la extrema dureza de la reina y por su absoluta indiferencia por Aurige y luego la cerró de golpe.
—Mis sacerdotisas se encargarán de ella —anunció regresando al trono. Después de sentarse miró de nuevo a Laila.
—Pero… —objetó Cyinder.
—Mis sacerdotisas —recalcó Titania sin dejar opciones—, se encargarán de ella.
Y de esta forma dejó claro que la audiencia había concluido. Las tres muchachas fueron conducidas fuera del salón por la duquesa Geminia y las dos condesas, que las acompañaron hacia las estancias de invitados, donde podrían acomodarse y descansar.
Una vez que perdieron de vista la horrible cara de satisfacción de la dama Geminia, las tres se sentaron abatidas sobre los numerosos cojines que inundaban los aposentos, llenos de velos y columnas orladas por malvas y orquídeas, y tres mullidas camas con largos doseles que se negaron a probar.
—¿Es siempre así? —logró preguntar Laila, dando rienda suelta a su furia y a su frustración.
—O peor —dijo Nimphia acomodándose sobre los almohadones—. Parecía que tenía un especial interés por ti. Me pareció que cuando te vio puso cara de susto.
—¡Cara de susto! —dijo Cyinder desdeñosa—. No creo que nada asuste a un ser tan frío y tan cruel.
Luego agarró un cojín y lo apretó con sus manos.
—¡Su propia hija! —exclamó dolida. Puso una voz cómica y movió la cabeza como un payaso—: «Los lazos de amistad que me unen a tu madre…».
—Así que también eres una princesa… —le dijo Laila con una sonrisa llena de complicidad.
—¿Y de qué sirve? —respondió ella levantándose, dando grandes zancadas a través de la habitación.
—«No ha nacido quien niegue la entrada en el reino de Lunarïe… ¡a Cyinder, la justiciera de Solarïe!» —la imitó Laila con voz cavernosa.
La rubia la miró unos instantes y al final se echó a reír mientras Nimphia se cubría las manos ahogando una risita. Laila también comenzó a reírse y las tres acabaron haciendo gestos grandilocuentes imitando a la duquesa Geminia, dando grandes pasos y poniendo miradas asesinas por toda la estancia.
—Te has ganado una enemiga de por vida —le dijo Nimphia riendo al tiempo que se tiraba sobre los cojines.
—¡Oh, sí! —afirmó Cyinder—. En cuanto Aurige se recupere, tendremos que salir de aquí volando. No quiero encontrar mis ojos en un tarro de cristal cuando despierte.
—No creo que se atreva a tocarte —dijo Laila—. Tu madre exigiría respuestas y caería sobre ella toda su furia.
—¿Toda su furia? —se carcajeó Cyinder con amargura—. Su mayor enfado fue cuando no logró combinar adecuadamente su último pintalabios con el color de sus zapatos. Rompió todos los espejos del palacio.
—¿En serio? —dijo Laila, incrédula, sin saber si reírse o apenarse—. ¿Y tu madre? —pregunto a Nimphia—. ¿Tú también eres de sangre real? Ella asintió.
—Mi madre es la reina Zephira de Airïe —explicó—. Pero no me llevo mal con ella.
—Por eso envía emisarios, como los que mandó a Acuarïe —recordó Laila.
—Nimphia no tiene motivos para ser rebelde —dijo Cyinder tirándole un cojín a la cara.
—¿Ah, no? —protestó Nimphia—. ¿Y qué me dices de la presión de tener dos hermanas pequeñas, y tener que ser siempre el ejemplo que tienen que imitar? «Nimphia, camina con la espalda recta. Nimphia, no hables tan alto y no pongas los codos en la mesa. Nimphia, vuela sin mover las alas, que pareces una mosca…».
—Horrible —se burló Cyinder poniendo los ojos en blanco.
—¡Calla! —dijo Nimphia con la cara seria.
—No te enfades, chica —dijo la rubia riéndose.
—¡Calla! —repitió llevándose un dedo a los labios mientras observaba las cortinas de la entrada.
Inmediatamente se hizo el silencio, y Laila y Cyinder se miraron con el terror pintado en sus ojos. Alguien apartó suavemente los velos. Apareció ante ellas un hada vestida con una sencilla túnica malva, sin adornos de ningún tipo, que les sonreía con amabilidad.
—Disculpad, jóvenes damas —dijo haciendo una graciosa reverencia—. Me envía mi señora Titania para acompañaros al Templo de Altaïr, donde va a realizarse el rito de curación de la dama Aurige.
Las tres estaban sorprendidas, y luego se pusieron en pie dubitativas. La sacerdotisa comenzó a caminar hacia los corredores. La siguieron a través de pasillos y grandes estancias, bajando las escaleras hasta salir fuera del palacio, que parecía abandonado. Al momento se les unieron dos hadas más, y Laila se sintió excesivamente protegida, casi una prisionera. Lo mismo debieron notar Cyinder y Nimphia, que se pusieron rígidas, llamando la atención del hada que les había ido a recoger.
—No temáis —dijo en respuesta a sus dudas—. Mi nombre es Mistra, y soy sacerdotisa de Lunarïe. Ellas son mis compañeras, Tauria y Virge. Os acompañaremos a través de los jardines de Nictis. No tengáis ningún miedo.
—No tenemos miedo —contestó Cyinder—. Pero me siento más como una prisionera que como una invitada.
—Oh, no, por favor —dijo Mistra mirándola profundamente—. Titania vela por vuestra seguridad. El palacio se queda ahora demasiado… desierto.
—No nos íbamos a aburrir —dijo Nimphia mientras caminaban hacia el laberinto sobre el jardín de estrellas.
—Desde luego —apuntó la que se llamaba Tauria—. El aburrimiento no es algo por lo que la reina Titania se preocupe.
Las tres amigas se quedaron en silencio pensando en esas misteriosas palabras. Mistra inició una conversación tratando de ser amable cuando cruzaban ya los setos, girando al oeste en el primer recodo, según tomó nota Laila mentalmente.
—La dama Aurige se pondrá bien —dijo con una sonrisa encantadora.
—Eso espero —dijo Laila por primera vez, con un suspiro.
—Es fuerte —comentó la sacerdotisa—, aunque la enfermedad que la domina es terrible. Ha sido un milagro de los dioses que la hayáis traído a tiempo.
—Sí —dijo Cyinder ausente, reacia a contestar más que con monosílabos.
—Las heridas no eran importantes —siguió hablando Mistra mientras caminaba, como si fuese una disertación académica—. Apenas llegaron a la dermis profunda. En el ala derecha le quedará una pequeña cicatriz, pero nada más. Lo grave ha sido el veneno que le fue inoculado.
—¿Veneno? —se alarmó Nimphia.
—Sí. Un veneno misterioso y poco conocido. Las sacerdotisas más antiguas del templo no recuerdan algo así desde los tiempos del Nuïtenirïan. Yo, desde luego, no había nacido —dijo con voz cristalina.
Laila no entendía nada de lo que decía la sacerdotisa, pero siguió escuchando con la máxima atención, igual que Cyinder y Nimphia.
—De todos modos —añadió Virge—, nos alegramos de que la hayáis traído a Lunarïe. Como sabéis, ningún otro reino guarda ya los secretos y las pociones de curación. Fórmulas antiguas, incluso de los Reinos Perdidos…
—Por cierto —interrumpió Mistra mirando a Laila—, ¿de qué reino eres? Nunca he visto un color de cabellos como el tuyo, y soy de las pocas que he podido visitar Acuarïe —añadió orgullosa.
—Soy humana… es decir, nemhirie —dijo Laila intentando ser cortés.
La sacerdotisa la miró con teatral sorpresa.
—Por supuesto. Perdona mi grosería, dama Laila.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó extrañada.
Cyinder le dio un codazo para que guardara silencio.
—No es un misterio —dijo girando hacia el oeste en un recodo—. La dama Aurige os nombraba a todas en sueños. Nosotras la hemos cuidado hasta ahora, aplicándole bálsamos y sencillos ungüentos para cicatrizar sus heridas. Parece que os tiene mucho aprecio. Quizás sea esa la causa de que mi señora Titania se preocupe por vosotras. Lo único que desea es la felicidad de su hija.
Cyinder, Laila y Nimphia se miraron con incredulidad, pero se abstuvieron de hacer cualquier comentario ante la lealtad de la sacerdotisa.
Siguieron caminando. Siempre giraban hacia el oeste, hasta que atravesaron los últimos setos, tras los cuales había un camino empedrado que discurría alrededor de un tranquilo lago lleno de nenúfares. Más allá, recortadas sobre el manto de estrellas, se alzaban las columnas de un gran templo de piedra, parecido a una catedral ovalada, llena de ventanales y angostos torreones.
—El templo de Altair —anunció Mistra sin necesidad—. Pasad, amigas de la dama Aurige. Liberad vuestros corazones de todo temor.
Las tres chicas permanecieron indecisas un momento, mirando hacia el edificio. Al volver la vista atrás, las tres sacerdotisas habían desaparecido en una suave neblina.
—No saben nada, mi señora —dijo Mistra inclinando la cabeza.
—¿Estás segura? —preguntó Titania.
—Sin ninguna duda —respondió la sacerdotisa—. La chica humana está tan desconcertada por todo lo que le rodea como cualquier nemhirie. Sus ojos y su mente no demostraron ningún conocimiento cuando nombramos los Reinos Perdidos y el Nuïtenirïan.
—Bien —dijo Titania—. Ahora dejadme.
Mistra se inclinó de nuevo y desapareció junto con sus compañeras.
Titania se levantó del trono y bajó los peldaños en silencio. Luego atravesó el salón hacia un pequeño reservado, apartando los oscuros cortinajes hasta que llegó a unos aposentos cuya existencia nadie conocía.
En medio de la estancia, flotando en el aire, se hallaba un gran espejo negro cuya superficie no reflejaba nada, ni siquiera la imagen de su reina. Titania lo miró despacio, calculando posibilidades.
«Y sin embargo veo la mano de la reina Serpiente», pensó. Luego, decidida, acarició la oscura superficie que pareció vibrar a su contacto.
—Maeve —pronunció con un susurro.
Una imagen se fue formando poco a poco ante sus ojos mientras el negro se fundía en un blanco cegador.
—¿Querías verme, Titania? —dijo una voz cálida y aterciopelada desde el espejo.
La reina de Lunarïe se arrodilló reverencialmente.
—Señora —repuso levantándose—. Necesito vuestro consejo.
La Reina Blanca asintió, bella y serena tras la superficie.
—Dime Titania. Sabes que haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte.
—Como sabéis —cortó Titania con impaciencia—, mi hija nunca ha sentido el menor respeto hacia mi casa y hacia la monarquía, y viaja creyéndose independiente en compañía de la hija de Hellia y de la hija de Zephira.
—Sí, lo sé —respondió la otra con una sonrisa comprensiva.
—Hasta ahí todo resulta tolerable —siguió Titania—. Al fin y al cabo son princesas. Nunca se mezclarán con el populacho, pero ha ocurrido algo… Un imprevisto.
Maeve la miró en silencio.
—Tiene una nueva amiga. Nunca lo adivinaríais, majestad. Podría ser una Ithirïe…
—¡Cómo! —se sobresaltó Maeve.
Titania estudió su rostro con atención, sin perder detalle.
—No es seguro —susurró la reina de Lunarïe—. Parece una nemhirie desastrosa, no tiene alas ni conocimientos…
—Retenía allí a toda costa —ordenó Maeve cortante—. Enviaré a dos mensajeros a por ella.
Titania hizo una servil reverencia bajando la cabeza y la imagen del espejo desapareció. Cuando la superficie se volvió completamente negra, la reina Titania permaneció un momento perdida en sus pensamientos. Luego sonrió para sí misma y salió de allí a toda prisa.
—¿Y ahora qué? —preguntó Laila mirando a Cyinder.
—Entremos —dijo ella—. No me arriesgaría a volver por el laberinto sin que nadie nos guiase.
—Qué sacerdotisas tan misteriosas —comentó Nimphia cruzando las puertas del templo—. Parecía que nos estuviesen vigilando.
—Yo creo que eran algo así como la guardia personal de Titania —dijo Cyinder —. ¿No os habéis dado cuenta de que fuimos acompañadas por simples vestales en lugar de su prestigiosa corte de honor? Lo lógico sería que a dos princesas las acompañaran duquesas y condesas. Gente de rango.
—Sí que es extraño —afirmó Laila—, pero no te pongas ahora a dártelas de noble, ¿eh?
—Anda ya. Lo que ocurre es que Titania no se fía de sus damas de compañía.
De pronto, unas voces sobrenaturales surgieron del interior del templo e interrumpieron su conversación. Las tres atravesaron el recibidor. Entraron en una impresionante sala, fría y desapacible, que a Laila le recordó a las oscuras iglesias renacentistas, llenos de arbotantes y estilizadas columnas que se elevaban hacia las alturas, con estrechas cristaleras que terminaban en arcos de medio punto, más austeras aún que las del Palacio de Nictis.
En el centro, sobre un altar de mármol negro, reposaba el cuerpo de Aurige, rodeada por cientos de hadas vestidas de negro que entonaban el sobrenatural y repetitivo cántico. Sus voces, desde los tonos más graves hasta los más agudos, se elevaban persiguiéndose en una espiral de sonido hacia las estrellas. Otras hadas, vestidas como sacerdotisas, comenzaron a danzar alrededor de Aurige, moviendo sus manos y sus alas como si se meciesen sobre el viento de una forma hipnótica, girando sobre sus pies con los ojos en éxtasis y la cabeza vuelta hacia atrás.
Laila observó un movimiento entre el coro de la nobleza, y al momento la duquesa Geminia apareció entre las demás, confundiéndose con ellas mientras cantaba disimulando haber estado allí siempre.
Les hizo un gesto a Cyinder y a Nimphia por si lo habían advertido y las tres siguieron con la mirada puesta en la duquesa sin perderla de vista.
—¿Por dónde habrá venido? —susurró Nimphia a Cyinder, que levantó los hombros en un ademán de impotencia.
El cántico cesó bruscamente y las danzarinas se arrodillaron todas a la vez con las manos extendidas hacia el centro en una coordinación perfecta. Poco a poco las hadas se fueron apartando, dejando paso a dos sacerdotisas muy mayores con largos cabellos blancos y alas marchitas que transportaban un recipiente de gran tamaño lleno de algo que brillaba con una luz fantasmal. Llegaron junto a Aurige y, después de entonar extrañas palabras, se embadurnaron las manos en un barro verde y pegajoso, y se dedicaron a untarlo por todo el cuerpo de la lunarïe hasta que esta quedó completamente cubierta, incluso los cabellos y las alas.
Después le abrieron la boca y le hicieron tragar una porción de la viscosa sustancia.
Aurige pareció volver en sí al momento, incorporándose con los ojos muy abiertos, tosiendo y jadeando mientras vomitaba la sustancia verdosa, pero las sacerdotisas la obligaron a tumbarse a la fuerza y a beber otro enorme trago del purulento fluido. Después la cubrieron con velos y sedas, y varias hadas más jóvenes la ayudaron a incorporarse. De la nada surgió una litera de ébano donde la acomodaron y comenzaron a salir hacia las puertas del templo, hacia la noche, seguidas por dos hileras de sacerdotisas encabezadas por las damas Geminia y Urania, entonando un cántico ahora más alegre y esperanzador.
Aurige estaba casi desvanecida sobre el diván, pero aún así percibió la presencia de sus amigas e intentó levantar un brazo sin conseguirlo.
Las tres se incorporaron a la procesión mientras Laila volvía la cabeza hacia el altar y el atrio, intentando descubrir una puerta o una entrada que explicase la misteriosa aparición de la dama Geminia. Al final siguió el paso de sus compañeras dándose por vencida.
—Estaría escondida —sugirió Nimphia después, cuando comentaron lo sucedido en las habitaciones privadas—. O apareció de repente. Yo lo hago a menudo.
—No puede ser —negó Cyinder—. No tiene sentido. Venía de algún sitio. Estaba obligada a presenciar la ceremonia, pero cuando llegamos solo estaban esas gatas negras de Urania y Bernicatte.
—Habrá una sala secreta o un pasadizo —dijo Laila.
—De todas formas, tengo la sensación de que eso no es lo importante —dijo Cyinder testaruda—. Presiento que Titania quería que fuésemos allí por alguna razón. ¿Os fijasteis que ella no estaba?
—Cierto —dijo Laila—, ni las tres sacerdotisas que nos acompañaron.
—Bueno, eso es normal —comentó Nimphia—. Titania no se va a molestar en acudir personalmente para cuidar de su hija.
Laila se compadeció de Aurige en su interior. Ahora comprendía su carácter fuerte y violento.
—¿Cuándo podremos verla? —preguntó.
—Supongo que pronto —respondió Cyinder—. La sustancia aquella fue milagrosa.
—Vuelve la sacerdotisa Mistra —avisó Nimphia escuchando los cambios de sonidos y volúmenes en el aire.
Las tres se levantaron de los cojines y efectivamente, segundos después la joven hada apartaba los velos de la entrada requiriendo su atención.
—Mi señora Titania desea hablar con vosotras —dijo con una leve sonrisa.
En esta ocasión no se hicieron de rogar. De inmediato la siguieron hacia la sala del trono.
—No te vimos en la ceremonia —dijo Cyinder como quien no quiere la cosa.
—No —sonrió Mistra—. Yo sirvo a la reina personalmente. Los dioses no me bendijeron con dones curativos, ni habilidades para ser útil en una ceremonia de purificación como esta.
—Tampoco vimos a la dama Geminia —añadió Laila con una corazonada.
Mistra se detuvo en seco y luego se volvió para mirarlas con ojos interrogadores.
—Tendría cosas que hacer —dudó mientras sus ojos se oscurecían, desaparecida toda sonrisa.
Luego siguió caminando en silencio, sin volver a abrir la boca hasta que se despidió de ellas en el salón real. Titania las esperaba con una fría sonrisa, y de inmediato las tres se dieron cuenta de que estaba intentando ser amable. Les hizo un gesto para que se acercasen y de pronto, después de cerciorarse que nadie la veía, abrazó a Cyinder y le dio un beso cariñoso en la frente. Sin mediar palabra hizo lo mismo con Nimphia y luego se acercó a Laila dudando. Al final, después de mirarla con detenimiento, levantó su mano y acarició suavemente sus cabellos.
—Gracias —dijo con una voz que volvía a ser fría como el hielo—. Habéis salvado la vida de mi hija y os debo mucho.
Cyinder aún no se había recuperado de la sorpresa, pero bajó la cabeza con deferencia mientras Nimphia hacía lo mismo.
—¿Cuándo podremos verla, majestad? —preguntó el hada del aire.
Titania no se molestó en contestar de inmediato. Caminó por el gran salón hacia las ventanas y descorrió los pesados cortinajes dejando entrar el frío de la noche y la luz de las estrellas.
—Aurige se quedará aquí —anunció—. No podéis verla porque está descansando y yo no puedo arriesgarme a que sufra otra agresión como esta si viaja con vosotras, comportándose como una descerebrada. Es la princesa de Lunarïe y mi heredera, y ya es hora de que se eduque como tal.
—¡Qué! —dijo Cyinder en voz alta. Sus ojos echaban chispas.
Titania se volvió con un gesto duro. Cerró los ojos intentando controlarse hasta que sus facciones se suavizaron de nuevo.
—Entiendo que os duela, pero soy yo quien decide lo que Aurige debe hacer con su vida.
Cyinder y Nimphia no pudieron creer lo que habían oído. Nunca habían pensado que alguna vez tuvieran que separarse, y de las tres, precisamente Aurige era la que menos deseos tenía de ser reina en su vida.
—Al menos podríamos despedirnos de ella —sugirió Nimphia sintiendo que no podía oponerse a una lógica tan fría, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
—No es lo que deseo —dijo la reina después de un rato—. Pero os debo algo, y el agradecimiento de la reina Titania no debe resultar mezquino. Id al jardín de las rosas nocturnas, en las lindes traseras del palacio. Haré que mis sacerdotisas lleven a Aurige unos momentos hasta vuestra presencia. Que no se diga que soy una mala madre —hizo una pausa—. Luego os marcharéis, puesto que ya no tenéis nada más que hacer en Nictis.
Las despidió y se encaminó al elevado trono.
—Ha sido horrible —dijo Cyinder mientras salían del palacio frotándose la frente, donde Titania la había besado—. No sé si es peor su frialdad o su cariño.
—Nos cogió absolutamente desprevenidas —corroboró Nimphia—. ¡Qué rara es! Tan pronto se comporta como un témpano que como un volcán.
—Estaba fingiendo, seguro —dijo Cyinder—. Nos quita a Aurige, pero nos abraza como si nos quisiera y al momento vuelve a abofetearnos. Cuando nos encontremos con Aurige, intentaremos un plan de huida que se me está ocurriendo.
—A mí no me besó —dijo Laila.
—No le gustan los nemhiries, ya lo sabes. Es una pura lunarïe y seguro que hizo un gran esfuerzo por tocarte el pelo.
Laila se meció los cabellos. Atravesaban el jardín estrellado, rodeando el imponente castillo hasta alcanzar los acristalados muros posteriores. Nadie se les cruzó en el camino.
El jardín nocturno era sobrecogedoramente bello. Miles de arbustos crecían formando senderos interminables, y en ellos asomaban rosas que iban desde el blanco más puro en el momento de abrirse, hasta el violeta más oscuro y aterciopelado de la noche, cuando caían sus pétalos. Nacían y morían a gran velocidad, abriéndose y cerrándose mientras sus fragancias inundaban la noche y miles de pixis de Lunarïe revoloteaban buscando el néctar en las corolas.
—Increíble —susurró Laila adentrándose en el jardín.
Cyinder y Nimphia la siguieron embelesadas con el suave aroma inundando sus sentidos. Laila cerró los ojos y se sentó en el césped frente a cientos de rosas que giraron sus capullos en su dirección, naciendo y muriendo ante sus ojos, cubriendo sus pies descalzos de cascadas de pétalos. Se dio cuenta de que estaba terriblemente cansada.
«No debo dormirme ahora», pensó, luchando contra el agradable sopor que la invadía.
Pero sus ojos se cerraban. El olor era demasiado perfecto, demasiado intenso. Antes de perder la consciencia vio cómo Nimphia y Cyinder se desplomaban y los pétalos comenzaban a cubrir sus rostros y sus cabellos.
Cuando los enviados del Reino Blanco llegaron, Titania no tuvo ningún problema en indicarles el camino hacia el jardín de rosas nocturnas. Incluso en un intento de demostrar su lealtad, los acompañó personalmente hasta la entrada.
—Serás recompensada por esto, Titania —habló un hada blanca como la nieve mientras sus ojos, que nunca habían visto Lunarïe, quedaban maravillados ante las bellísimas rosas y su embriagador perfume.
Aurige bajó cansinamente los escalones del palacio, saliendo desde sus habitaciones hasta el salón de festejos. Aún le dolían las heridas, pero habían pasado ya varias jornadas lunares y estaba casi restablecida por completo. De hecho, las pesadas sacerdotisas le habían dado ya permiso para salir de sus aposentos y lo único que deseaba era encontrarse con Cyinder y con Nimphia. Bueno, y con Laila también, por qué no reconocerlo. Le caía bien y le encantaba ver su cara de disgusto cuando la molestaba.
Entró en la sala esperando verlas. Sabía que no se habían marchado porque el Mustang seguía en las puertas del Palacio de la Noche, aunque ellas no estaban en las habitaciones de invitados.
Su sonrisa se truncó al ver sentada a su madre al final de una larga mesa de banquetes, saboreando con tranquilidad una taza de té.
—Pasa, Aurige —ordenó desde la distancia sin acercarse ni preocuparse por su estado de salud.
La muchacha caminó como si la empujasen hacia la mesa en contra de su voluntad, con una fuerza que tiraba de ella hasta que estuvo a pocos metros de su madre.
—¿Dónde están mis amigas? —preguntó con dureza.
—Se han marchado —dijo su madre sin mirarla, poniendo la taza de té sobre el plato.
—Mentira —cortó Aurige.
Titania sonrió con frialdad sin intentar contradecirla.
—¿Tanto te importan? —le preguntó—. ¿Tanto quieres a esas pueblerinas? ¿A esa… nemhirie?
—¡¿Y a ti qué más te da?! —gritó irritada Aurige—. ¿Desde cuándo te importa mi vida y con quién voy?
Titania se levantó airada.
—Ya basta. Ahora dime, ¿desde cuándo conoces a la nemhirie? ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Qué te ha contado de su mundo?
—¿De su mundo? —repitió Aurige de mala gana—. ¡Pues qué me va a contar! Nada que merezca la pena.
—¿Y si no fuese una nemhirie? —susurró su madre.
—Valiente estupidez —contestó Aurige tratando de alterarla—. ¿Y si Oberón te engañase con otra?
La cara de Titania se quebró como un cristal.
—¿Ves, mama? —siguió—. Las preguntas estúpidas exigen respuestas estúpidas.
—Márchate, Aurige —dijo Titania cerrando los ojos—. No te soporto. Vete y no vuelvas. Tus amigas están en el jardín de las rosas nocturnas. Recógelas y márchate.
—¿Están dónde? —gritó la chica con el rostro descompuesto por la ira—. ¡Cómo has sido capaz, madre! ¡Cómo!
Titania la miró indiferente.
—Maeve lo ordenó —susurró tomando de nuevo un sorbo de té.
—¡Cómo no! —gritó Aurige fuera de sí—. ¡Titania, la sierva de Maeve! Ella manda y tú te arrastras como si fueses su perro faldero. ¡Te odio mamá!
Echó a correr hacia las puertas del palacio sin volver la vista atrás.
—Date prisa, hija —dijo Titania a nadie en absoluto mientras su mirada se perdía en un punto, más allá de las estrellas.
Aurige condujo el Mustang a gran velocidad, marcando las huellas de las ruedas en las falsas estrellas del jardín. Mientras aceleraba y trataba de despejar de su mente el odio que la colmaba, tomó nota de regañar duramente a Cyinder por los destrozos y arañazos que tenía la carrocería. Y así, como una bala, cruzó los primeros arbustos de rosas de la noche, aplastando y destrozando todo lo que encontraba a su paso.
Sintió el perfume inundar su olfato pero hizo caso omiso, obligando a rugir al automóvil, arrasando con salvaje alegría el magnífico y embrujador jardín.
Al fin las encontró, tres montañas de pétalos donde solo sobresalían ya sus cabezas, sumidas las tres en el narcotizante aroma que las hacía vagar por un país de sueños sin fin. Saltó del coche y las arrastró una a una con renovadas energías mientras su cuerpo se quejaba diciendo que aún estaba convaleciente.
Luego puso en marcha el motor, pensando si dar una vuelta completa a toda la extensión de rosas nocturnas y acabar con ellas definitivamente, cuando a la luz de los faros vio dos figuras quietas como estatuas, blancas como la nieve, hechizadas ante unos grandes arbustos. Los pétalos comenzaban ya a cubrir sus pies.
Giró el volante haciendo chirriar las ruedas del Mustang y tras dejar el palacio de Nictis atrás, enfiló el laberinto de setos sin ver que, desde una de las grandes cristaleras, la ya lejana figura de Titania la observaba marcharse con una mueca de placentera y calculada alegría.