Las Arenas de Solarïe
Capítulo 14
La muerte de Solarïe
La Torre de Cálime estaba siendo invadida por las tinieblas y las sombras. Laila quería llegar cuanto antes junto a sus amigas, pero le dolía terriblemente tener que contarles su fracaso. Solo la certeza de que Cyinder había sido atacada y herida de muerte por los espectros la obligaba a seguir bajando en lugar de haberse quedado junto a la fuente caída y esconderse para no enfrentarse jamás a las otras.
Algo espantoso le había pasado a Cyinder, pero otra cosa aún peor estaba ocurriendo en Solandis, fuera de la torre, y Laila se sentía culpable por haber perdido el Grano de las Arenas de Solarïe en el último momento.
La magia desaparecía y sus últimos resquicios se evaporaban por entre las paredes, que parecían menguar, como si hubiesen estado infladas por algún poderoso hechizo que las hacía grandes y tenebrosas. Sin embargo, ahora las piedras se resquebrajaban, crujían, y caían rotas desde las alturas, como si al desaparecer el encantamiento ya no hubiesen podido soportar más el paso de los siglos.
Laila bajó el último tramo de la escalera de caracol. En el umbral del túnel pudo ver la figura asustada de Nimphia que miraba en su dirección. La muchacha se reunió con ella y vio que la cara de su amiga estaba seria y macilenta. Luego se fijó en el interior de la sala sintiendo que el alma se le encogía.
La enorme estancia se encontraba cubierta de sombras. Los espectros habían desaparecido y en medio del círculo de tronos, junto a las tres acuarïes sin vida, Aurige sostenía en sus rodillas el cuerpo desvanecido de Cyinder. Se arrancó los visores y corrió hacia ellas seguida de Nimphia. Estaba llorando y la angustia le apretaba el pecho dolorosamente. Había acertado: Cyinder había muerto.
Se agachó junto a Aurige y la miró con los ojos empañados por las lágrimas.
—¿Qué le ha pasado? —logró preguntar—. ¿La… la atacaron los espectros?
Aurige negó con la cabeza.
—Quisieron hacerlo —susurró con la voz entrecortada—. Nos gritaban y nos enseñaban los dientes, pero no nos rozaron siquiera. De pronto, Cyinder se quedó como una estatua mirando hacia el techo, como si viese algo que estaba sucediendo a lo lejos, y los ojos se le pusieron en blanco. Nimphia y yo nos asustamos y tratamos de sacarla de aquel estado, pero entonces dio un grito horrible y se cayó al suelo.
—Creímos que habían sido los ithirïes —dijo Nimphia sollozando—, y yo quise gritarles y hacer un hechizo para destruirles, pero no me hicieron ningún caso. También miraban hacia arriba, igual que Cyinder, y de repente todos desaparecieron.
Laila permaneció con los ojos fijos en la cara pálida y mortecina de su amiga, que no tenía brillo alguno.
—Y… entonces… ¿Cyinder ha…? —susurró Laila, incapaz de expresar la negra pregunta que le mordía las entrañas.
—No —dijo Aurige—. Pero no sabemos qué le ha ocurrido. Somos incapaces de despertarla.
Laila suspiró, notando que le desaparecía una piedra de mil toneladas del corazón. Entonces cayó toda la pesadez del agotamiento en los huesos. Se fijó mejor y vio que, efectivamente, la Solarïe respiraba muy lentamente, como si estuviese en un estado comatoso.
—Algo peor está ocurriendo fuera de aquí —dijo Nimphia, confirmando los presentimientos de Laila. Luego miró hacia las paredes—. Antes todo estaba en silencio, pero ahora soy capaz de escuchar a la gente gritando en el exterior. La torre ha perdido su poder.
—Yo he sentido lo mismo —explicó Laila—. Ha pasado algo y creo que yo… yo tengo la culpa.
Aurige la miró con seriedad.
—No pude conseguirlo —dijo por fin, avergonzada sin poder dirigirles la mirada —. Atlantia se me adelantó en el último momento porque yo…
—No hay tiempo para explicaciones —la cortó la lunarïe con la cara contraída mientras un nuevo seísmo hacía temblar los cimientos—. Tenemos que salir de aquí. Ya han caído algunas piedras y parece que la torre se está derrumbando.
Laila asintió sin apartar los ojos del suelo. Nimphia le puso la mano en un hombro con un gesto de consuelo.
—Esto no puede ser culpa tuya —le dijo—. No desaparece la magia de toda una torre porque la Acuarïe se llevase un Grano de Solarïe…
—Uno no —dijo Aurige levantando el cuerpo de Cyinder trabajosamente.
Nimphia la ayudó y Laila se puso en pie lentamente.
—¿Qué has querido decir con eso? —preguntó la airïe, dudosa.
—No lo sé con seguridad —replicó Aurige dirigiéndose hacia el pasillo—. Primero tenemos que salir de la torre y verlo con nuestros propios ojos.
Avanzaron por el sucio corredor de piedra, dejando a sus espaldas la puerta con su placa de oro y la inscripción de los traidores de Ithirïe. Llegaron hasta el agujero de chimenea y Aurige voló hacia abajo sosteniendo a Cyinder contra su cuerpo. Nimphia agarró a Laila por los hombros e iniciaron un rápido y pesado descenso, cayendo por el túnel a través de una oscuridad seca y ponzoñosa, sin rastro de la luz verdosa que había inundado la Torre de Cálime durante centurias. Las piedras del lejano techo se derrumbaron finalmente, cerrando el agujero sobre sus cabezas.
Cruzaron la sala de las galerías llenas de columnas y bajaron hasta el gran salón de las antorchas. Cuando atravesaron la cúspide vieron que el agua había desaparecido, escapando por viejas rendijas entre la piedra, horadando pequeñas grietas hasta que pudo salir al exterior. Esto había provocado una peligrosa inestabilidad en las antiquísimas paredes. Los fuegos verdes estaban apagados y la colosal estancia no era más que un simple recibidor de piedra de pocos metros de diámetro.
Laila no quería mirar a su alrededor. Seguía llorando con la sensación de culpa y el fracaso martilleándole sin piedad, y no le importaba nada en absoluto que la Torre de Cálime hubiese cambiado, que se derrumbase sobre ella o que se hundiera en el abismo.
Caminaron por el corredor por el que habían entrado llenas de sueños y esperanzas, con la sensación de haberlo cruzado miles de años atrás, hasta las puertas de piedra de la salida, cerradas a cal y canto. Nimphia las empujó pero no se movieron ni un palmo y miró a Aurige, desesperada.
—¡Es una simple puerta! —gritó la lunarïe enfadada, como si llevase acumulada en el interior una enorme ira.
Dejó a Cyinder en el suelo y se puso a golpear la piedra con violencia, una y otra vez, frenéticamente, hasta que de pronto las viejas bisagras cedieron y la puerta se desencajó con un crujido sordo, desplomándose en el suelo. Nimphia la ayudó mientras varios bloques de la torre se venían abajo a sus espaldas. Nunca había visto a Aurige tan furiosa.
Cuando lograron salir de allí, el espectáculo las dejó completamente paralizadas. La luz de Solarïe había desaparecido y el cielo estaba rojo como la sangre. Arriba, en el firmamento, los cinco soles se hallaban congelados con un color oscuro y mortecino, y solo Solandis permanecía aún con un rojizo resplandor que se iba apagando sin remedio.
—¡¿Qué es lo que está pasando?! —exclamó Nimphia cuando llegaron por fin a su cuartel general y depositaron a Cyinder sobre su cama.
Las tres se hallaban cerca de ella, vigilando con preocupación su estado y su respiración mortecina. Aurige movió la cabeza recordando el cielo rojo de Solarïe.
Cuando salieron de la Torre de Cálime a punto de derrumbarse no había nadie en la gran explanada. La gente había huido aterrorizada mientras los soles se apagaban y no encontraron ni un alma a través del laberinto de callejuelas que fuese capaz de explicarles lo sucedido.
—Creo que ha ocurrido lo peor que podía pasar —contestó Aurige con la mirada fija en un punto indeterminado.
Nimphia y Laila la observaron sin poder descifrar sus pensamientos. Laila les había contado entre lágrimas todo lo que había sucedido en la sala de las blancas cascadas de sal: su encuentro con Atlantia y la aparición del espectro. Luego había escuchado a Cyinder gritar y ella corrió hacia las escaleras mientras las cataratas desaparecían, dejándole el paso libre a la última Acuarïe.
—La magia en Solarïe no ha desaparecido porque Atlantia se llevase consigo el Grano de las Arenas —dijo Aurige—. Eso es algo que estaba previsto si cualquier otro gremio ganaba el concurso.
—Entonces, ¿qué ha sido? —interrumpió Nimphia, incapaz de aguantar la tensión.
Aurige miró a sus amigas unos segundos, dudando si iban a ser capaces de asimilar su respuesta.
—Mi madre me contó una vez que todo el reino de Solarïe vive gracias a las Arenas —explicó—. Lunarïe, por el contrario, no necesita de su objeto sagrado para sobrevivir. Así que si la magia de Solarïe ha desaparecido, es porque el influjo de las perlas ha desaparecido también. Eso significa que las Arenas de Solarïe se han perdido. No hay otra explicación.
Laila abrió los ojos mientras el temor la inundaba como una marea oscura.
—¡No puede ser! —le espetó Nimphia, incrédula.
—Pues no hay otro modo que explique que el reino de Solarïe muera como se está muriendo —contestó Aurige.
Nimphia y Laila la miraron boquiabiertas.
—¿Cómo que se está muriendo? —balbuceó Laila.
—¿Acaso no os habéis dado cuenta? —preguntó la lunarïe furiosa—. Los soles se están apagando, la magia ya no existe. Hasta tú, nemhirie, lo has notado en tus huesos. La fuerza que mantenía con vida a Solarïe ha desaparecido.
La muchacha permaneció en silencio, sin querer creer la terrible verdad. No podía ser. Era un sueño, una pesadilla imposible. Laila se negaba a admitirlo. Aurige leyó en sus ojos lo que estaba pensando.
—Pues así es —volvió a confirmar con dureza—. Cyinder lo sintió, y seguramente la vida comenzó a escaparse de su cuerpo junto con la magia de las Arenas de Solarïe.
—¡Entonces yo soy la culpable! —gritó Laila levantándose de su silla con el rostro descompuesto—. ¡Si solo quedaba un Grano, yo dejé que se lo llevasen!
Aurige no le contestó, pero Nimphia se puso inmediatamente a consolarla y tiró de su mano para que volviese a sentarse.
—No fuiste tú —le dijo mientras veía que Laila se desquiciaba buscando únicamente la aprobación de la lunarïe—. Vamos, Aurige, dile que esto no puede ser culpa suya.
La morena seguía pendiente de Cyinder sin dirigirles la mirada. Estaba furiosa y quería que alguien pagase por todo lo que estaba ocurriendo, solo que sabía que era injusto. Finalmente levantó la vista.
—No voy a negar que tuviste en tus manos la oportunidad de conseguir el Grano de las Arenas, y quizás ahora todo sería distinto —dijo con una voz fría y cristalina como la de su madre—, pero si lo que ocurrió en la sala de las cascadas fue tal y como lo cuentas, creo que todas hubiésemos actuado igual, corriendo hacia las escaleras cuando Cyinder gritó, y dejándole a Atlantia el camino libre.
Laila no contestó a pesar de que agradecía aquellas palabras. Ella no podía perdonarse tan fácilmente. No podía ni quería.
—El Grano no ha sido de verdad importante hasta ahora —siguió Nimphia intentando animar a su amiga—. Solo era el trofeo de un concurso. Nadie imaginó que esto iba a ocurrir.
—¡Sí, pero ha ocurrido! —aulló Laila con rabia—. ¡No sé lo que ha pasado, pero tuve el Grano en mis manos! Lo rocé mientras Atlantia me lo quitaba y luego desaparecía. Ahora con ese Grano yo podría pedir que Solarïe volviese a la vida.
—¡Ninguna de nosotras sabe qué es lo que ha ocurrido!
—gritó Nimphia a su vez—. ¡Deja de martirizarte por eso de una vez por todas! ¡No tienes la culpa!
Laila sollozó sin querer dar su brazo a torcer.
—Hay alguien que sí sabe lo que ha podido pasar con las Arenas —dijo Aurige con un susurro tenebroso.
Nimphia y Laila la miraron a la vez. Solo dijo una palabra, que quedó congelada en el aire como la neblina blanca en el pentágono de luz:
—Hellia.
El Mustang recorría las calles y las avenidas de la ciudad muerta de Solandis a gran velocidad. Habían recogido todas sus pertenencias y luego habían llevado a Cyinder hasta el coche, cerrando el cuartel con hechizos oscuros hasta que algún día pudiesen volver a habitarlo. Ahora irían al palacio dorado y, si era necesario, se quedarían allí a vivir hasta que la reina les explicase todo lo que había ocurrido.
Aurige había propuesto viajar a Lunarïe para intentar curar a su amiga, pero luego ella misma desistió al darse cuenta de que Cyinder no estaba aquejada de ninguna enfermedad. Simplemente su magia y su vida se escapaban al mismo tiempo que la luz de los soles.
Laila recogió su chaquetón, donde guardaba el libro de las gemas, con el topacio que todavía brillaba misteriosamente, y el pergamino de sir Richard. Nimphia apiló varios de sus extraños artilugios inventados y desechó otros con tristeza. Envolvió cuidadosamente el huevo de arpía en una manta y lo guardó en su mochila junto con la máscara de una de las malogradas acuarïes, que permanecerían ya para siempre en los muros de la Torre de Cálime.
Antes de cerrar las puertas, vieron en el suelo los cientos de papelillos dorados que Cyinder había creado de la nada, brillando en el aire mientras se disfrazaba de shilaya, cuando todas aún reían y tenían la cabeza llena de sueños. Laila intentó no llorar a la vez que trataba de apartar aquellos pensamientos, pero fue imposible. Todo había cambiado de una manera tan horrible… El mundo perfecto de Solarïe se estaba muriendo. Cyinder se estaba muriendo. Ella misma sentía que le habían arrancado una parte de su corazón que no volvería jamás.
Aurige condujo el coche mientras la ciudad se moría ante sus ojos. Por las antes bulliciosas avenidas de los Cinco Amaneceres y Qentris, la gente corría asustada o permanecía escondida en sus casas después de observar con terror a los cinco soles congelados en el cielo, y especialmente al gran Solandis, cuya luz rojiza se perdería poco a poco hasta que llegase un horrible anochecer.
Aurige, Laila y Nimphia no lo supieron, pero en los primeros momentos la ciudad se vio envuelta en el caos. La gente de Solandis que llenaba las inmediaciones de la Torre de Cálime sintieron de pronto un profundo desasosiego, y entonces el sol de Nur se volvió rojo como una bola de fuego. La muchedumbre miró hacia las alturas a la vez que el pequeño sol se oscurecía, y de repente el cuarto sol de Cálime se apagó también.
La gente comenzó a gritar y a ponerse nerviosa. Algunos sintieron náuseas o se desmayaron igual que Cyinder mientras el resto de soles, los más grandes, perdían su luz hasta envolverse en tinieblas. Cuando el gran Solandis se volvió rojo el pánico fue absoluto, y los solarïes aterrorizados sintieron el deseo de huir y esconderse ante aquel suceso catastrófico.
Se produjeron disturbios y avalanchas, y cuando el suelo tembló, la gente huyó enloquecida, corriendo hacia sus casas, atropellándose y aplastándose unos contra otros en medio de un griterío terrorífico mientras trataban de alcanzar las ya oscuras avenidas al tiempo que el cielo se teñía de sangre. El seísmo que Laila vivió en la sala de las cortinas de sal derrumbó grandes edificios al paso de la gente y rompió la dorada tierra, tragándose casas enteras junto a sus horrorizados propietarios, que vivieron un espantoso final sepultados entre escombros y bloques de piedra sin que nadie pudiese ayudarlos.
La gente corría en todas direcciones llenos de pánico, intentando alcanzar refugios seguros mientras toda la ciudad de Solandis se tambaleaba. Huyeron hacia el palacio; sin embargo, las grandes puertas doradas estaban cerradas, y la muchedumbre de hadas aterradas y desprotegidas por su reina vieron cómo sus casas y sus vidas se hacían añicos hundiéndose en las grandes grietas abiertas en el suelo.
Luego el cataclismo cesó, y un silencio espantoso, peor aún que el mismo terremoto, envolvió toda la ciudad hasta que quedó en tinieblas cuando el último sol comenzó a apagarse. La gente se escondió en los edificios que aún quedaban en pie, esperando inútilmente el regreso de la luz y a su reina Hellia, que sin duda les salvaría de la catástrofe.
Lloraron aquel día y muchos días después. Luego la calma volvió poco a poco a la ciudad de Solandis, pero solo para que sus habitantes comprendieran que todo el reino agonizaba, y que su única esperanza era marcharse de Solarïe para siempre.
Aurige llevó el Mustang hacia el palacio sorteando los escombros y las brechas en los dorados senderos, a través de avenidas vacías en medio del llanto y la desesperación. Solandis se apagaba definitivamente y el cielo se oscurecía, más negro aún que la noche eterna de Lunarïe. El fantasmagórico paisaje en sombras se poblaba de muerte y desolación, y solo el dorado castillo al final de la avenida de Qentris brillaba como antaño y mantenía pequeñas luces encendidas en sus ventanales.
Condujo hasta las mismas puertas y luego se bajó del coche y golpeó las grandes planchas de oro macizo con sus propias manos. Nadie acudió a recibirlas ni a abrirles la entrada. Dentro del palacio, los nobles estaban más asustados que el propio pueblo, y se escondían temiendo los tumultos que se producirían en poco tiempo.
—¡Abrid! —gritó Aurige, golpeando una y otra vez—. ¡Abridnos! ¡Cyinder está con nosotras!
Nimphia se puso a gritar también, intentando reclamar la atención de los de dentro, y Laila se les unió odiando a aquellos nobles cobardes y desaprensivos.
—¡Abridnos! —aulló furiosa mientras golpeaba la puerta sin parar.
Al rato un pequeño halo de luz se abrió delante de ellas y unos ojos mortecinos las observaron asustados desde el quicio de la puerta. Aurige empujó hacia dentro con todas sus fuerzas. Notaba que quien estaba detrás trataba de cerrarles el paso.
—¡Cyinder está con nosotras! —gritó la lunarïe fuera de sí.
Laila y Nimphia la ayudaron desplazando la gran puerta, venciendo al guardián que había intentado proteger la entrada. La gran plancha dorada se abrió por completo, estrellándose con violencia contra la pared. Aurige traspasó el umbral y miró al hada, que le devolvió una mirada desquiciada.
—¡Avisa a la reina Hellia! —le gritó la lunarïe tomando el control de la situación —. ¡Cyinder está aquí, y se está muriendo!
El guardián compuso un gesto de terror mientras daba un paso hacia atrás. Luego dio media vuelta y echó a correr por la galería hasta que el sonido de sus pasos se perdió. Laila vio que a Aurige le temblaban las manos intentando controlarse. Entre todas llevaron el cuerpo inerte de Cyinder hacia el interior.
—¡Estúpidos solarïes! —exclamó la morena con rencor a la vez que depositaban a su amiga en el frío suelo.
Laila miró a su alrededor con curiosidad. Por primera vez contemplaba los grandes muros del palacio de Solandis. Más allá de la galería principal, llena de arcos dorados, se descubría un enorme jardín con fuentes y flores luminosas, rodeado por columnas altísimas bellamente talladas sobre suelos de mármol rosáceo, y alrededor de ese jardín se levantaban altos muros de oro en los que había torres y ventanales con vidrieras cuajadas de cristales, que antes hubiesen brillado bajo la luz de los soles, pero que ahora parecían sucios y oscuros reflejos de la ciudad.
Dentro del palacio resplandecía una tenue luz, y las fuentes seguían manando agua que salpicaba el mármol. Las columnas estaban llenas de flores doradas y blancas que desprendían una suave fragancia. Parecía como si dentro de aquel recinto no hubiese ocurrido nada, y la miseria y la destrucción fuesen cosas muy lejanas que a nadie concernían. La paz y la belleza inundaban los sentidos de Laila, y de repente se imaginó que lo que habían vivido tras las puertas del palacio no era sino una pesadilla. ¿Cómo iba a ser posible que la gente de Solandis estuviese sufriendo si allí dentro se respiraba el perfume de las flores, y la quietud lo invadía todo serena y cálidamente?
Más allá del jardín se encontraba el edificio principal, que se alargaba estilizado hacia las alturas, repleto de pequeños balcones y torres picudas como los castillos de los cuentos. Laila percibió un pequeño alboroto en las puertas del mismo. Una figura dorada bajó los escalones a toda prisa y corrió sin ningún decoro atravesando el gran jardín hacia ellas con sus pies descalzos.
La misma reina Hellia en persona, con los cabellos tan largos que le llegaban a los pies, avanzaba sin esperar a su comitiva, y una aureola brillante flotaba alrededor de su cara mientras cientos de velos y gasas de seda se arremolinaban en torno a su esbelta figura. Según se acercaba, Laila pudo comprobar que la reina se parecía muchísimo a su hija, tan joven como ella, con su tez dorada y los ojos todavía luminosos. Llevaba en su frente una única joya: una tiara de oro trenzado que descendía hasta su cintura.
Impresionada, vio cómo se arrodillaba junto a su hija desvanecida y la abrazaba llorando mientras le acariciaba los cabellos y la llamaba por su nombre una y otra vez. Laila, que siempre pensó que la reina Hellia era un monstruo frívolo, sintió una gran pena por ella, y el odio que tenía acumulado contra su persona fue desapareciendo al descubrir cuánto quería a su hija.
Varias hadas de la nobleza se acercaron a su reina con la intención de ayudarla; sin embargo, ella levantó a Cyinder con sus propias manos y lentamente cruzó los jardines hacia los aposentos reales.
Aurige, Laila y Nimphia siguieron al cortejo sin que nadie se lo impidiese, aunque se dieron cuenta de que los nobles cerraban las puertas del palacio a sus espaldas. Se miraron inquietas, pero siguieron adelante, subiendo las pequeñas escalinatas por donde habían visto bajar corriendo a la reina, hasta un vestíbulo de muros elevados, todos de oro. Luego atravesaron grandes arcos hacia la que debía ser la sala del trono.
Hellia, sentada en los peldaños que conducían a un ignorado trono real, mecía a su hija como si le estuviese cantando una canción de cuna. Las tres amigas no sabían qué hacer. Se acercaron a la reina, y después de contemplar a ambas figuras, Aurige y Nimphia hicieron una cortés reverencia. Laila las imitó torpemente.
La reina seguía cantando en susurros, con los ojos perdidos en las altas columnas, sumida en lejanos pensamientos.
—Majestad —susurró Aurige interrumpiéndola.
La reina salió de su sopor y miró a la lunarïe sin reconocerla en un principio. Luego se dio cuenta de que aquella chica morena era la hija de Titania, y le sonrió con tristeza.
—Ha sido culpa mía —dijo con voz aterciopelada—. Todo es culpa mía. Mi hija se está muriendo igual que todo Solarïe y solo yo puedo salvarla. Yo soy la culpable… Yo soy la culpable…
Las tres permanecieron en silencio escuchando sus palabras hasta que se dieron cuenta de que la reina repetía una y otra vez la misma frase, como si hubiese perdido la razón. Aurige intentó por última vez preguntarle por el destino de Cyinder, pero Hellia no le prestó más atención y siguió perdida en medio de sueños y tinieblas mientras su reino se desmoronaba a su alrededor.
Las tres amigas pasaron aquellos días angustiosos recluidas en los aposentos más lujosos de todo el palacio sin saber nada de la reina ni de Cyinder. Las habían alojado en una torre de oro, y desde las altas ventanas veían la ciudad de Solandis cayendo poco a poco en medio de la perpetua oscuridad. Se seguían produciendo pequeños seísmos de vez en cuando, aunque los muros del palacio apenas se movían. Al principio, esos movimientos de tierra les causaban pavor, pero luego dejaron de tener importancia. Algo peor estaba ocurriendo en todo Solarïe: la gente se marchaba.
Al segundo día de estar allí, Laila, Nimphia y Aurige observaron la llegada de miles de hadas atravesando las avenidas de Qentris, los Cinco Amaneceres y Luthus Azul hasta que llegaron a las puertas del castillo. Querían hablar con la reina, tal y como habían suplicado el día anterior. Sin embargo, no hubo respuesta, ni las puertas del palacio se abrieron. Las hadas, con la esperanza en la reina perdida ya para siempre, abandonaron las inmediaciones del castillo, y poco después, grandes procesiones de gente a pie y caravanas de coches cruzaban las últimas casas derruidas de la avenida de Qentris y desaparecían en la distancia.
Dentro del palacio no les faltaba nada en absoluto, y podían recorrerlo a sus anchas con total libertad, pues los nobles y las damas de compañía no ponían ninguna objeción. Pero no contestaban a sus insistentes preguntas sobre el estado de salud de Cyinder. En los primeros momentos habían recorrido los grandes recibidores y las bellas estancias, admirando las altas columnas y las increíbles estatuas blancas que decoraban cada recinto, perdiéndose en salones de música, salas de fiestas y conferencias, gigantescos comedores llenos de cuadros y objetos increíbles, buscando siempre una señal de la reina Hellia.
Tiempo después, aburridas y hastiadas, permanecieron en la torre donde las habían alojado sin querer salir de allí, mirando por las ventanas el cielo oscuro con los cinco soles petrificados mientras la ciudad a sus pies se consumía.
—¡Esto es horrible! —exclamó Aurige protestando por cuarta vez en la misma hora—. ¡No podemos hacer nada y nadie nos dice dónde está Cyinder ni qué le está ocurriendo!
Nimphia se apartó de la ventana y miró a la habitación. Las mesas estaban llenas de pasteles y flores, y por todos lados se respiraba la suave fragancia, que en lugar de darles paz, las exasperaba y crispaba por la inutilidad que representaba el palacio. Vivían dentro de la melancolía y del desasosiego, porque no sabían a qué estaba esperando la reina para contarles qué sucedía.
Laila se reprochaba constantemente la pérdida del Grano de las Arenas, hasta tal punto que incluso Nimphia le gritó en una ocasión que dejase ya aquella estúpida cantinela. Luego se disculpó al ver la tristeza de la muchacha, pero en el ánimo de todas flotaba la ausencia de Cyinder y cualquier chispa bastaba para desencadenar una pelea.
Por hacer algo, Laila se puso a ordenar sus pertenencias, y entonces se acordó del extraño medallón que el gran espectro le había obligado a buscar entre la sal. Lo sacó del chaquetón donde lo había guardado, y lo contempló unos momentos con indecisión. Realmente aquel pedazo de metal plateado no le decía nada, aunque se preguntaba por qué el maldito fantasma había querido que ella lo encontrase antes de desaparecer.
Volvió junto a sus amigas y se lo mostró, relatándoles la última parte de su fracaso en la Torre de Cálime, que ella había silenciado por considerar que nada ya importaba. Aurige tomó el medallón y lo observó cuidadosamente con los ojos convertidos en rendijas.
Por una cara, la medalla tenía esculpida una serpiente con una cabeza en cada extremo de su cuerpo ondulante, que atravesaba todo el metal y dividía el círculo en dos partes. En la superior se podían ver cinco esferas que parecían los cinco soles de Solarïe, perfectamente separados unos de otros, y en la parte inferior una esfera plateada que sin duda representaba al reino de Lunarïe. Los bordes del medallón estaban llenos de signos extraños que Aurige no pudo descifrar. Luego le dio la vuelta girando la cadena sobre sus dedos y la lunarïe dio un salto.
En la otra cara, esculpidas sobre el metal plateado, había seis medias esferas en torno a una séptima más grande en el centro. Las dos miraron incrédulas el medallón de metal durante unos momentos.
—¡El dibujo de nuestro tapiz! —exclamó Nimphia contenta por primera vez desde su llegada al palacio.
Aurige asintió despacio mientras le daba vueltas a la medalla sobre su asa.
—¿Qué significará? —preguntó Laila sintiendo cierta alegría por fin al descubrir que podían pensar en algo más que no fuese la muerte de Solarïe.
—No lo sé —dijo Aurige intentando descifrar el significado de los símbolos grabados sobre el metal—, pero es muy antiguo.
—Y debe guardar alguna relación con el reino de Firïe —sugirió Nimphia con una gran sonrisa—. Es igual que nuestro tapiz, así que uno de esos círculos debe pertenecer al reino perdido…
—Entonces otro representa a Ithirïe —dijo Laila con cara seria, recordando a los espectros de la torre que tenían el mismo color de cabellos que ella.
—A los traidores de Ithirïe —corrigió Aurige.
De repente a Laila le sentó mal aquel insulto.
—¡¿Y por qué van a ser traidores?! —gritó con furia.
Sus amigas se asombraron. Nimphia abrió la boca para responder pero ella siguió increpándolas.
—¡A ver, explicadme por qué son unos traidores! No sabemos qué fue lo que hicieron ni por qué se les encerró en esa maldita torre. ¿Traidores a quién? ¿A Solarïe? ¿A Lunarïe? Vivieron miles de años allí dentro hasta que se murieron sin que nadie tuviese piedad de ellos…
—Tranquilízate, chica —dijo Nimphia—, no te lo tomes como algo personal.
Laila suspiró recobrando la calma poco a poco.
—Lo siento —se disculpó—. Me dieron mucha pena. ¿Creéis que se merecieron estar allí dentro hasta el final de sus días?
—No lo sé —habló Nimphia—. Y quizás nunca lo sepamos. Ahora lo que importa es Solarïe. No tenemos nada que ver con los ithirïes.
Laila se quedó callada, dudando si aquella afirmación de su amiga era cierta. Aurige le devolvió el medallón, pensativa, y ya no volvió a hablar el resto del día. Nimphia se entretuvo cuidando el huevo de arpía y analizando la máscara Acuarïe. Laila se apostó en la ventana mirando a los cinco soles, mientras lo único que deseaba era regresar junto a su padre e iniciar un interrogatorio que no acabaría hasta que todas sus sospechas estuviesen bien aclaradas.
Llegó el tercer día, más oscuro que todos los anteriores, y las tres observaron una extraña comitiva acercarse al palacio hasta llegar junto a las grandes puertas. Desde las alturas, Laila vio a cientos de hadas vestidas como muñecas y princesas de los cuentos, con varitas mágicas y velos de seda, llamando a la reina Hellia. Nadie les abrió.
—Shilayas —anunció Nimphia—. Viven en las montañas que les han dado su nombre, muy lejos, al suroeste de aquí.
—¿A qué habrán venido? —preguntó Laila.
—A saber qué ha ocurrido, igual que nosotras —respondió Aurige desdeñosa.
El castillo permaneció cerrado, y después de mucho tiempo junto a las puertas, las shilayas se marcharon caminando por la avenida de Qentris en su gigantesca procesión, desapareciendo en la oscura niebla que rodeaba la ciudad.
La situación se volvió angustiosa y la espera les crispaba los nervios. Ninguna quería hablar del medallón de los Ithirïes, pero de vez en cuando Aurige miraba a Laila y permanecía en un mutismo que hacía aún peor la convivencia. El confinamiento se hacía pesado y agobiante, y Laila creyó que aborrecería el color dorado para el resto de su vida. El tiempo pasaba y crecía el desasosiego.
Un día después, Nimphia les informó de que sus cálculos con el reloj de tiempo indicaban que se encontraban a veinte del agosto nemhirie, y Laila comenzó a preocuparse seriamente por la posibilidad de regresar a su casa. Tenía que hablar con su padre, y además algún día tendría que regresar a Lomondcastle, pero no podía comentar esas ideas con sus amigas sin parecer despiadada e insensible con respecto a todo lo que la rodeaba.
De repente una explosión luminosa inundó el castillo y las tres amigas se asustaron ante aquella potencia de energía inesperada. La luz atravesó las ventanas hacia el paisaje muerto de Solandis y luego se desvaneció hasta que se hizo de nuevo la oscuridad. Estaban intrigadas por aquel extraño prodigio.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Laila saliendo de los aposentos hacia el corredor.
—Magia de Solarïe —contestó Aurige—. Ahora mismo solo la reina Hellia tiene poder para hacer algo así.
Buscaron por los pasillos, pero todo permanecía en silencio, envuelto en una tenebrosa luz dorada que se perdía en las sombras de las columnas.
—¿Creéis que el demonio podría atacarnos ahora? —preguntó Laila temerosa, recordando la siniestra figura de dientes afilados dentro de la Torre de Cálime.
Nimphia palideció.
—No lo creo —respondió Aurige—. Dudo que se atreva a entrar en el castillo, aunque estoy segura de que campa a sus anchas por todo Solandis.
Volvieron a la habitación y cerraron la puerta. Nimphia echó un pequeño pestillo con manos temblorosas y Laila no la culpó. En el fondo sentía el mismo pánico que ella.
—¡Hasta cuándo nos van a tener aquí encerradas sin explicarnos lo que ocurre! — exclamó Aurige fuera de sí—. ¿Qué está esperando Hellia para darnos noticias de Cyinder?
—¿Tú crees que la reina se va a dignar a contarnos a nosotras lo que pasa? — preguntó Nimphia sin apartar la vista de la puerta—. ¿Acaso tu madre estaría obligada en algún momento a darte explicaciones de lo que ocurre en Lunarïe?
Aurige se sentó pesadamente en un diván con los brazos cruzados mientras refunfuñaba y ponía cara de enfado. Pero efectivamente Nimphia tenía razón. Nadie acudió a aclararles ningún suceso en toda la mañana. Comieron a desgana los manjares que eran cada día más escasos y sencillos. Vivir en aquella prisión de oro las estaba consumiendo por dentro y ya apenas le encontraban sabor a las cosas.
Aurige dio un golpe sobre la mesa haciendo desparramarse el agua que llenaba las copas de cristal dorado. Nimphia y Laila la miraron sobresaltadas.
—¡Ya no aguanto más! —exclamó con rabia—. Llevamos cuatro días encerradas sin saber nada de Cyinder. Ahora mismo voy a buscar a la reina Hellia y si es necesario, pondré el palacio patas arriba hasta que alguien me diga qué es lo que está pasando.
Se levantó del diván y se dirigió a la entrada de la habitación sin ver si sus amigas la seguían. Nimphia fue tras ella, y en el momento mismo en que la lunarïe descorría el dorado pestillo, el picaporte de oro giró sobre sí mismo y la puerta comenzó a abrirse. Aurige dio un paso hacia atrás.
Frente a ellas, tres hadas vestidas de rojo oscuro y la cara pintada con surcos de color sangre desde la frente hasta la barbilla las miraban reclamando su atención. Laila se puso rígida y Nimphia se llevó una mano a la boca.
—¡El atuendo de luto de Solarïe! —exclamó con un susurro entrecortado.
Laila abrió los ojos, atemorizada ante la visión de aquellas marcas sanguinolentas en los bellos rostros de las solarïes como si hubiesen sufrido una matanza. ¡El luto de Solarïe! Nunca habría imaginado una representación tan macabra. Temía lo peor.
—La dama Cyinder reclama vuestra presencia —dijo una de las hadas, con los brazos envueltos en cintas rojas tan largas que llegaban hasta el suelo.
—¿Cyinder? —repitió Aurige asombrada e incrédula a la vez—. ¿Está viva?
La dama de compañía sonrió con tristeza ante la confusión de la lunarïe.
—Acompañadnos, por favor.
Las tres se dieron media vuelta y comenzaron a caminar a través del amplio corredor lleno de columnas con flores doradas. Sus vestidos púrpura ondeaban como regueros de sangre y Aurige salió detrás de ellas inmediatamente. Laila y Nimphia la siguieron.
Al momento sintieron un tenue perfume a incienso que llenaba todo el palacio. La luz era triste y apagada en señal de duelo. Las tres amigas se miraron inquietas ante aquellos signos funerarios que inundaban cada una de las estancias que atravesaban. Finalmente llegaron a un nuevo corredor con habitaciones cerradas, y las damas las condujeron hasta unas grandes puertas de oro al final de una galería de altos ventanales emplomados, por donde se veía el triste paisaje mortecino de Solandis.
—La dama Cyinder os espera —dijo una de las doncellas haciendo una reverencia.
Luego las tres hadas ataviadas de rojo se marcharon silenciosamente hasta desaparecer en la penumbra del corredor. Aurige empujó las puertas muy despacio, temerosa de lo que pudiese encontrar en aquella habitación.
Entonces las tres contemplaron impresionadas un bello salón recibidor de color malva, lleno de librerías ocupadas por cientos de libros. El suelo de mármol rosáceo estaba cubierto de alfombras de seda, y varios sillones se colocaban en círculo alrededor de una pequeña mesita de oro para atender a las visitas. A un lado, una puerta conduciría sin dudas a los aposentos privados de Cyinder, y al frente, más allá de los sillones, una puerta acristalada se abría a un gran balcón que daba a la ciudad. Aquella terraza estaba concebida para mirar siempre hacia la estela de los cinco soles, pero ahora la oscuridad era el único paisaje visible tras los ventanales.
En medio de la penumbra, observando la ciudad desde la baranda de piedra, una figura vestida de blanco les daba la espalda.
Las tres avanzaron hacia ella despacio y Laila sintió una punzada de inquietud. La figura de dorados cabellos sintió que algo se movía tras ella y se dio la vuelta lentamente.
Era Cyinder.
Aurige y Nimphia corrieron emocionadas, y Laila suspiró de alivio. Por un momento había temido que la figura fuese la de la reina Hellia, decidida a contarles una terrible noticia. Después de unos segundos viendo cómo se reunían las tres amigas, se acercó sintiendo una inmensa alegría y abrazó a su compañera Solarïe riendo y llorando. Aurige lanzó toda una sarta de imprecaciones que no engañaba a nadie.
—¡Mira que eres vaga! —exclamó riendo—. Cuatro días durmiendo sin parar como una marmota, y nosotras preocupadas por ti. La próxima vez te dejaremos tirada como nos vuelvas a hacer una faena como esta…
Cyinder abrió los labios en una gran sonrisa y luego las volvió a abrazar a todas fuertemente. Las ojeras se marcaban en su rostro, de nuevo dorado y luminoso, pero hizo lo posible durante aquel encuentro para que sus amigas apenas notasen su cansancio. Entraron de nuevo en el recibidor y Cyinder cerró las puertas de cristal de la terraza a sus espaldas. Les indicó que se sentasen en los mullidos sillones.
—Bueno, dormilona —dijo Nimphia por fin—. Explícanos qué es lo que te ha pasado. Llevamos cuatro días dando vueltas por el palacio sin saber nada de ti.
—No lo sé con certeza —contestó la rubia con ojos cansados y la cara seria—. Lo último que recuerdo antes de despertar en mi habitación es la cámara de los espectros en la torre. De repente fue como si me quedase sin respiración y alguien me arrancase algo del cuerpo. Sentí náuseas y me desmayé. Cuando abrí los ojos, hace un rato, mi madre tenía sus manos sobre mi frente y había mucha luz a mi alrededor. Luego me quedé dormida hasta que mi madre me despertó diciéndome que se tenía que marchar. Ha estado conmigo todo el tiempo, sin apartarse de mi lado ni un segundo —exclamó con cariño.
—Esa luz debió ser el fogonazo que vimos en el castillo esta mañana —comentó Nimphia.
Cyinder levantó los hombros sin saber a qué se refería.
—¿No te ha contado nada? —preguntó Aurige con intensidad.
—No. Pero ha ocurrido algo espantoso, ¿verdad? —dijo Cyinder mirando hacia la oscuridad del balcón—. No percibo magia y los soles se han apagado… como si se hubiesen muerto…
Las tres permanecieron calladas unos segundos.
—Lo importante es que por fin estás bien —dijo Nimphia desviando el tema—. Tienes que descansar y reponerte por completo. Eso es lo único que importa.
—Quisiera que me contarais qué es lo que le ha pasado a Solarïe —dijo Cyinder obstinadamente, con una voz que más que de deseo, era de mandato.
Aurige y Nimphia se miraron y Laila tragó saliva.
—Tampoco lo sabemos —contestó la lunarïe con voz suave—. Tienes que descansar, como dice Nimphia. Luego, a la hora de la cena, volveremos a buscarte.
—No va a poder ser —negó Cyinder con tristeza—. Mi madre quiere que cene con ella en privado. Tiene cosas que contarme, pero yo quisiera saberlas antes, por vosotras.
De nuevo un silencio inundó el salón.
—Mira, Cyinder —dijo Aurige—, las cosas no están bien aquí en Solarïe. No sabemos cuál ha sido la causa, pero los soles se apagaron a la vez que tú te desmayaste. La gente está desesperada y todo el mundo se está marchando de Solandis. Tu madre…
Se quedó callada, sin saber cómo decirle el resto.
—Tu madre intentó hablar con el pueblo —dijo Laila rápidamente sin tartamudear—, pero la gente estaba muy asustada. Se produjeron terremotos y muchos edificios se derrumbaron. Aunque tu madre les pidió que se quedasen, no quisieron oír sus palabras.
A Aurige y Nimphia se les dibujó la sorpresa en el rostro.
—¿Mi madre intentó que la gente no se marchase? —preguntó Cyinder con orgullo.
Nimphia tenía la boca abierta, pero inmediatamente se aprestó a afirmar con exageración.
—Ni las shilayas quisieron quedarse —inventó Aurige.
La cara de Cyinder volvió a tomar color mientras sentía que la furia la invadía.
—¡Son despreciables! Mi pobre madre… Me la imagino desesperada, tratando de retenerles. ¡No se merecen a una reina como ella! Algún día, yo…
—No te enfades con el pueblo —susurró Nimphia, asustada por el lío que estaban formando entre todas—. La gente tiene miedo, y cuando se dieron cuenta de que la magia había desaparecido, hicieron lo primero que se les ocurrió: huir.
—¡Un pueblo de cobardes! —gritó la rubia—. ¡Eso es lo que voy a heredar!
—Tranquilízate —pidió Aurige inquieta—. Todo se solucionará, no te preocupes. Necesitas descansar.
—Mi madre ha decretado luto oficial —siguió Cyinder sin escucharla ni querer calmarse—. Ahora entiendo por qué. Solarïe se está muriendo, eso lo noto en mi interior, pero creo que el luto es por la gente. La gente de Solandis, que ya estaba muerta hace tiempo y es ahora cuando mi madre se ha dado cuenta…
—¡No hables así! —exclamó Aurige—. Espera a ver qué es lo que te dice tu madre en la cena. Estaremos en nuestras habitaciones esperándote por si luego quieres reunirte con nosotras.
Cyinder asintió. Las otras se pusieron en pie como si les hubiese entrado una prisa frenética por salir de allí.
—Estamos muy contentas de verte bien de nuevo —dijo Nimphia mientras abandonaba el cómodo sillón—. Hemos estado muy preocupadas, aunque ahora estoy segura de que todo se va a arreglar.
Laila y Aurige se despidieron cariñosamente y se dirigieron a la salida tratando de no mirar a Cyinder a la cara.
—¡Esperad! —dijo de repente la Solarïe a sus espaldas—. ¿Y el Grano de las Arenas?
Laila se quedó petrificada. Aurige ya había abierto las puertas y se volvió hacia su amiga mientras las otras se escabullían hacia el pasillo.
—No lo pudimos conseguir —contestó por fin la lunarïe. La cara de Cyinder se ensombreció—. Ya te lo explicaremos después. Tampoco es tan importante.
Después alzó la mano despidiéndose y se marchó a toda prisa detrás de las otras.
—¡Vaya mentirosa estás hecha! —increpó Aurige a Laila ya en la habitación—. A ver cómo nos las arreglamos ahora para salir de este lío…
—¿Qué querías que hiciera? ¿Que pusiera verde a su madre encima de todo lo que está pasando?
—Se lo merecería —contestó la lunarïe con dureza—. Hellia no ha sabido afrontar la catástrofe de Solarïe como le corresponde. Siempre he creído que es una reina de marioneta.
A Laila le daba mucha pena la situación que estaban viviendo, aunque ella opinaba casi igual que Aurige. La única que perdía con todo aquello era Cyinder.
—No os enfadéis —intercedió Nimphia—. Esperaremos la llegada de Cyinder después de cenar. Al menos volvemos a estar juntas.
Pasaron las horas largas y tediosas. Laila miraba constantemente hacia la puerta mientras devoraba sistemáticamente un racimo de uvas azules de Krum, uno de los pocos alimentos que aún quedaban en las despensas del palacio. Nimphia paseó por la habitación durante un rato, dando vueltas nerviosamente, y después volvió a retomar sus anotaciones sobre la máscara de Acuarïe.
Laila no quiso sacar de nuevo el medallón de los Ithirïes. Contemplarlo le daba una sensación de angustia y hacía que los deseos de marcharse fuesen cada vez más fuertes.
Aurige trataba de entretenerse con un juego muy popular en Lunarïe: el laberinto de Aracnia. Creaba una gran tela de araña en la que había dos pequeños ejércitos enfrentados a cada lado de la red. Conforme las tropas avanzaban por las celdillas, asomaban nuevos peligros o enigmas que había que desentrañar. Si se resolvían satisfactoriamente, el ejército avanzaba con un nuevo miembro arácnido, y si no era así, la celda se tragaba a todos los soldados que estuviesen a su alrededor.
Laila intentó jugar con ella, pero apenas lograba avanzar un par de filas antes de que las arañas de Aurige se lanzaran sobre su ejército, envolviéndolo en capullos de seda negra. Después de cuatro fracasos seguidos, desistió.
En ese momento sonaron en la puerta unos golpecitos y el picaporte giró. Las tres miraron hacia la entrada mientras la telaraña del juego desaparecía en el aire. Cyinder apareció vestida de rojo sangre, con la cara marcada por los regueros purpúreos verticales del luto y todas se levantaron de sus asientos corriendo hacia ella.
Se notaba que había estado llorando por los surcos blancos sobre las marcas rojas. La acompañaron hasta los grandes sillones. La rubia permaneció en silencio unos segundos y luego ahogó un gemido.
—¡Han robado las Arenas de Solarïe! —exclamó de repente, sollozando. Se cubrió la cara con las manos y se echó a llorar.
—¡¿Cómo?! —gritó Aurige violentamente poniéndose en pie.
—¿Cómo que han robado las Arenas? —repitió Nimphia con cara de incredulidad —. ¿Cuándo? ¿Quién?
—No sabemos quién ha sido —lloró la Solarïe—. Ocurrió durante el concurso en la Torre de Cálime. Entraron hasta la cámara del tesoro mientras toda la ciudad estaba pendiente de nosotras.
—¡Pero nadie conoce los secretos del palacio! —exclamó Aurige—. ¡Es imposible alcanzar los subterráneos y llegar hasta el tesoro! Tú misma nos lo has contado cientos de veces.
—¡Pues lo hicieron! —insistió Cyinder con la voz quebrada—. Esquivaron a los guardias y anularon todas las trampas. Se llevaron las Arenas antes de que alguien pudiera darse cuenta.
Todas permanecieron en silencio asimilando la terrible noticia. Laila sabía que las Arenas de Solarïe ya no tenían influencia mágica sobre todo el reino porque Aurige les había advertido que algo había ocurrido con aquellas perlas, pero nunca imaginó que un robo fuese la causa de la destrucción del mundo dorado de Cyinder. Sintió que el corazón se le agarrotaba de rabia y de tristeza mientras intentaba pensar en algún responsable de aquel horrible crimen.
—¿No tenéis ninguna pista sobre los ladrones? —preguntó.
Cyinder negó con la cabeza y se secó las lágrimas, manchándose las manos de rojo como si hubiese llorado sangre. —Las de Acuarïe —acusó Nimphia con voz tenebrosa. La rubia volvió a negar.
—Eso mismo le dije yo a mi madre cuando me lo contó. Pero todo es mucho más horrible aún. En estos días mi madre ha intentado enviar emisarios a Acuarïe y ha escrito a Tritia, pues todo el palacio sabe ya que el gremio del agua consiguió llevarse el último Grano de Solarïe en la Torre de Cálime.
Volvió a sollozar y Nimphia le pasó un brazo por los hombros para consolarla.
—¿Y qué ha contestado la reina Tritia?
—Dice que no sabe de qué le habla mi madre. Niega toda responsabilidad sobre los hechos y ha declarado que no va a tolerar que la insultemos a ella o a su reino, llamándoles ladrones. Además, niega que exista ningún gremio que participe en algún concurso, y dice que nadie ha salido de Acuarïe en miles de años.
—¡Miente! —gritó Aurige dando vueltas por la estancia—. Todas sabemos que Atlantia se llevó el Grano.
—¡Y yo puedo atestiguarlo! —añadió Laila de repente, pálida por la ira.
—Tu palabra no vale nada contra la de la reina Tritia. No te enfades, pero eres una nemhirie. Nadie te creerá.
Laila abrió la boca para protestar, pero Nimphia la interrumpió.
—Entonces, ¿habéis pedido a Tritia la devolución del Grano de las Arenas?
—Mi madre le ha suplicado —exclamó Cyinder—. ¡Suplicado! Y esa bruja se niega a admitir que el Grano de Solarïe esté en su reino. Además, nos advierte que no va a permitir la entrada de nadie en Acuarïe, ni emisarios ni embajadores. Acuarïe se ha cerrado, incluso a las sacerdotisas de Lunarïe.
—Quizás no lo tenga la reina —dijo Nimphia—. A lo mejor Atlantia no se lo ha entregado a nadie… Ella es la única que quedó con vida, y quién sabe lo que quiere hacer con él.
—Puede hacer cualquier cosa que desee mientras no sea con afán de destruir — explicó Cyinder—. Un solo Grano basta para devolver la vida a todo un reino. Si Atlantia decide gastarlo, solo quedará mi madre en todo Solarïe con poder para mantener el último resquicio de vida que existe, que es aquí, en el palacio. Ella es ahora la única que sostiene la poca magia que queda.
—Entonces, ¿el resto de las Arenas no está aquí, en Faerie? —preguntó Laila, asombrada.
—No. Esa es otra de las cosas terribles que agravan la situación. Solo pueden haberlas llevado al mundo de los nemhiries. Mi madre no siente la presencia de las Arenas en todo Ïalanthilïan, solo un pequeño destello: la perla que aún existe en Acuarïe. ¡Si yo pudiese entrar, podría localizarla fácilmente! —exclamó con rabia.
Laila se quedó mirándola sin saber qué decir. Se sentía ahora terriblemente culpable por haber dejado el Grano en manos de Atlantia en el último momento, y la implicación de su propio mundo en el robo de las Arenas no le gustaba en absoluto. De repente, una figura vestida de negro se coló en su mente como una premonición.
—Jack Crow —susurró a sus amigas.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Aurige sin entenderla.
—¡El hombre de negro! Jack Crow —repitió Laila.
—Imposible —negó la lunarïe con rotundidad—. Y un nemhirie, menos que nadie, podría entrar en el palacio y llegar hasta el tesoro por sus propios medios.
—¿Y si le hubiesen ayudado? —advirtió Nimphia levantando una ceja, dispuesta a creer cualquier posibilidad.
—Es una locura —dijo Cyinder moviéndose alrededor de la habitación. Tenía fuego en los ojos. Cogió un racimo de uvas y se puso a comérselas como en los mejores tiempos—. Creo más en la probabilidad de las acuarïes. Mi madre ha tenido una idea, pero no me gusta en absoluto…
—¿Tú crees que las acuarïes se llevarían las arenas a mi mundo? —la interrumpió Laila, defendiendo su teoría a pesar de ser completamente descabellada.
—¿Y para qué las querría un nemhirie? —terció Aurige con desprecio.
—¿Que para qué las querría? —se sorprendió Cyinder—. No os podéis imaginar todo lo que podría hacer con ellas. Tendría un poder ilimitado. Podría dominar todo el mundo de Faerie y el mundo de los nemhiries sin oposición. Nadie podría enfrentarse a aquel que fuese el dueño de las Arenas de Solarïe. El poder de los granos solo funciona en el reino donde se encuentren. No sirven para destruir, pero podrían crean un ejército invencible, un ejército de monstruos, por ejemplo…
Laila se sintió aterrorizada por aquellas palabras. Imaginar al hombre de negro poseyendo semejante poder le inquietaba más aún que la propia muerte de Solarïe.
—No me lo creo —le espetó Aurige—. No es posible que el nemhirie consiguiese robar las Arenas.
—Pues si él no fue, ¿quién? —contestó Laila—. No se me ocurre nadie más. Además, estaba merodeando la Torre de Cálime la última vez que le vimos. Dejó muy claras sus intenciones de entrar en el edificio prisión antes de marcharse.
Aurige recordó aquella escena. Ninguna notó su turbación.
—A mí tampoco termina de convencerme esa posibilidad —dijo Nimphia—. A menos que recibiera ayuda de alguien que conociese los entresijos del palacio.
—Ayuda… ¿de quién? —preguntó Cyinder—. ¿No sugerirás que mi madre le haya contado cómo bloquear las trampas y sortear a los guardias para robar las Arenas…?
—¡No seas bruta! —se asombró Nimphia—. ¡Cómo vamos a pensar una cosa así! No tiene ni pies ni cabeza.
Cyinder volvió a sentarse, agotada por el cansancio y el nerviosismo, y de nuevo se puso a llorar.
—Sea quien haya sido, tenemos que hacer algo —propuso Laila, desconsolada.
—¿El qué? —preguntó Nimphia.
—No lo sé. Por ejemplo, ir a Acuarïe y robarles el Grano a ellas. Así, Cyinder podrá devolverle la vida a Solarïe.
Se hizo un silencio abrumador. Cyinder la miró con un destello de curiosidad en los ojos.
—¡Estoy de acuerdo contigo, nemhirie! —exclamó Aurige—. ¡Vayamos para allá y quitémosles nuestro tesoro!
Se levantó del sillón nuevamente y se puso a dar vueltas, meditabunda, como un león enjaulado.
—Espera, espera —dijo Nimphia—. ¿Cómo vamos a entrar en Acuarïe? Tritia lo mantiene cerrado y no va a permitir que entren ni siquiera los embajadores de Solarïe…
—Hay una oportunidad —dijo Cyinder con voz más animada. Volvía a ser la vieja Cyinder que todas conocían.
—¿Cuál? —preguntó Aurige con impaciencia.
—No es entrar en Acuarïe —aclaró la rubia—. Hablo de la opción que propone mi madre. No os la he contado desde el principio porque no me gusta en absoluto, y supone permitir al Reino Blanco la intromisión en todos los asuntos de Solarïe. Pero con tal de ver a Tritia arrastrarse por el suelo, estoy decidida a apoyar a mi madre en todo…
Aurige y Laila sintieron una pequeña punzada de decepción al no poder poner en práctica la idea de entrar en Acuarïe a escondidas.
—Mi madre ha pedido ayuda a la reina Blanca —dijo Cyinder, desvelando el misterio—, y Maeve ha convocado un Concilio Real, aquí en Solandis, dentro de siete días. Acudirán todas las reinas de Faerie, y entonces Maeve obligará a Tritia a devolver el Grano de las Arenas, o a abrir su mundo para emprender una investigación encabezada por el Reino Blanco, a fin de conocer qué interés esconde en mantener cerrado el reino de Acuarïe.
—¡Es una idea estupenda! —alabó Nimphia—. ¿Por qué no te gusta?
—Porque entonces mi madre tendrá una deuda de honor con el Reino Blanco de por vida, y la vieja Mab podrá inmiscuirse en los asuntos de Solarïe cuando lo crea oportuno. El Reino Blanco tiene unas ideas muy rígidas y aplica la ley de forma muy severa, y en Solarïe siempre hemos gozado de gran libertad para hacer todo lo que nos plazca… Pero ahora, con tal de ver a esa bruja de Tritia humillada, soy capaz de abrirle las puertas de mi propia habitación a la vieja Maeve.
—Entonces —se animó Nimphia—, ¿mi madre va a venir a Solarïe?
Cyinder asintió. Luego todas vieron el gesto de disgusto de Aurige.
—Pues yo no quiero ver a la mía —dijo oscuramente—. No creo que aporte nada de interés.
—No seas así, lunarïe —protestó Nimphia—. Seguro que intentará ayudar a Hellia.
—No es obligatorio que vayamos al Concilio —dijo Cyinder—, pero sería adecuado asistir. Evidentemente, estamos invitadas a participar, y le pediré a mi madre que te permita asistir a ti también —añadió mirando a Laila.
—¿Yo? —se asombró la muchacha ante aquel supuesto honor.
—Por supuesto. Eres una de mis mejores amigas —se sinceró la solarïe—. Tengo el derecho a invitar a quien quiera.
Laila se emocionó, pero de repente se dio cuenta de que no tenía ni idea de protocolo real, ni sabía cómo debía comportarse en una reunión de tal magnitud. Se puso nerviosa, y al rato confesó a sus amigas que no creía que fuese digna de presenciar una asamblea de reinas.
—No tienes que decir nada —le informó Aurige—. Solo tienes que estar sentada muy calladita. Va a ser un rollo insoportable, ya lo verás.
—Eso sí, tendréis que ir de luto —dijo Cyinder con una sonrisa traviesa.
—¿Seguro que Tritia va a asistir? —preguntó Nimphia.
—Por supuesto —intervino Aurige sin pestañear—. No puede desobedecer a la reina Maeve. Si lo hiciese, sería su fin.
—Pues yo no estaría tan segura —susurró la de Airïe—. La reina de Acuarïe guarda muchos secretos, y no me extrañaría que nos tuviese reservada alguna sorpresa.