Las Arenas de Solarïe
Capítulo 18
El reino prohibido
En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, Laila se vio rodeada de agua por todas partes. La máscara se inundó por dentro y la chica se agobió horriblemente en medio de una inmensidad caótica de brazos, piernas y burbujas, y comenzó asfixiarse. En un momento de pánico, mientras la máscara convertía el agua en aire, creyó que se hundiría sin remedio, pues no sabía dónde estaba ni era capaz de distinguir las coordenadas normales: arriba y abajo, norte y sur. Movió los brazos y pataleó desesperadamente, inmersa en la profundidad azul sin nada más a su alrededor que contornos difusos.
Dio vueltas sobre sí misma sin saber en qué dirección iba, rodeada de pequeñas burbujas de aire que salían constantemente de aquella máscara que le agobiaba, y de repente, una mano la agarró con fuerza y tiró de ella hacia alguna parte. Miró a lo que ya sin duda era «arriba» y vio la figura borrosa de una de sus amigas arrastrándola hacia la superficie.
Siguió subiendo en medio del silencio, tratando de tranquilizarse, y el color azul se hizo más transparente, lleno de luces brillantes como el sol cuando destella sobre el mar. Salió del agua con violencia, derramando olas a su alrededor, y se quitó la máscara jadeando igual que si hubiese estado conteniendo la respiración allá abajo.
Al momento localizó a sus amigas cerca de ella, todas con las máscaras sobre la cabeza, moviendo los brazos constantemente para no hundirse.
—Menos mal que te he cogido —dijo Cyinder sonriente, con la cara chorreando.
—Sí, muchas gracias —respondió ella entre toses, verdaderamente agradecida—. Creí que me iba a pique.
Se apartó los cabellos mojados de la cara y probó el sabor del agua que le caía en finos hilos por las mejillas. Era agua dulce, pura y fría como el deshielo de la nieve. Miró a su alrededor mientras se mantenía a flote moviendo los pies. Por debajo se extendía una profundidad negra imposible de calcular, y sobre su cabeza, una grandiosa gruta de rocas negras brillantes cuyo techo se perdía en las alturas. Por todos lados brillaban estrellas azules, y del lago salían cúmulos de estalagmitas llenas de cristales verdosos. A lo lejos el agua terminaba en un saliente rocoso lleno de arena blanca, y todas nadaron hacia allí, sobrecogidas por aquella primera impresión del reino de Acuarïe.
—¿Qué sitio será este? —susurró Laila admirada, cuando alcanzaban ya la ensenada de arena cristalina.
—Parece una caverna escondida —dedujo Nimphia escalando la orilla—. El aire huele a rancio aquí dentro. Debe llevar miles de años dentro de la gruta sin haberse renovado.
Laila inspiró profundamente y notó un tenue olor a azufre y a metano.
—¿Qué será ese brillo en las paredes? —murmuró Aurige pisando la arenisca plateada.
Todas observaron las rocas a su alrededor mientras se sentaban a descansar. La cueva parecía tener fosforescencia propia y Aurige se alejó para inspeccionar aquellas paredes llenas de brillo azul que goteaban sin cesar. Laila permaneció pensativa, admirando aquel maravilloso escondite solitario, mientras se daba cuenta de que eran las primeras que entraban en el reino prohibido en cientos de años, quizás milenios, aparte de algunas sacerdotisas de Lunarïe, como Mistra, que ya no podrían volver.
Nadie más sabía que estaban allí, y nadie podría venir a ayudarlas si todo se complicaba. Abrió la cremallera de su traje y extrajo el libro de las gemas. La aguamarina brillaba suavemente en la cubierta que, para su asombro, estaba completamente seca. Abrió el libro por el capítulo de Acuarïe y se encontró decenas de páginas escritas con aquellos signos incomprensibles de siempre. Ya solo quedaban hojas en blanco para un reino de hadas más, sin duda el de Airïe, y Laila se volvió a preguntar dónde estaría el espacio para el Reino Blanco. Y aún tenía más dudas: ¿dónde se escribirían aquellos versículos de Firïe y de Ithirïe?
—Son aguamarinas en bruto —la sobresaltó Aurige en ese momento sacándola de sus pensamientos. Regresaba con varias piedras de color celeste en sus manos—. Y son muy fáciles de coger.
Todas miraron asombradas el tamaño de aquellas gemas, más grandes que huevos de palomas. La caverna estaba llena de ellas, formando grandes agrupaciones de cristales que brillaban desde los altos techos, y captaban la extraña luminosidad de las paredes destellando en mil colores.
—Además, las rocas están recubiertas de una especie de musgo azul que brilla en la oscuridad —siguió explicando su descubrimiento mientras se metía varias piedras en los bolsillos—. Creo que el musgo es el responsable de que haya aire aquí dentro.
Laila guardó de nuevo el libro dentro de su traje y echó un vistazo a su alrededor con interés.
—Tenemos que encontrar una salida —propuso Nimphia—. Está claro que lo que nos interesa de Acuarïe está fuera de aquí, y ya no podemos perder más tiempo. Os recuerdo que la cuenta atrás ha comenzado y que las máscaras también tienen una duración limitada. El agua debe tener una salida por algún sitio porque está fría, y eso significa que se renueva. Así que busquemos una entrada en alguna parte.
Todas miraron hacia el lago negro que llenaba la caverna. A pesar de la luz, no se veían más que rocas y piedras por todos lados, y Laila comenzó a sentir temor ante la posibilidad de haberse metido en una ratonera.
—En aquella pared el agua tiene otro color —señaló Cyinder a lo lejos, hacia un cúmulo de estalactitas que desde el techo alcanzaban la superficie del lago.
La mirada de sus compañeras atravesó casi toda la caverna y se fijaron en que junto a una pared de roca la negrura de la superficie parecía adquirir un ligero tono verdoso.
—Ahí tiene que haber un túnel —comprendió Nimphia al momento—. O entra luz desde fuera o el fondo del lago sube hasta allí y se hace visible. No tenemos más opciones que acercarnos hasta esa pared.
Todas asintieron y momentos después volvían a nadar con las máscaras ajustadas sobre sus rostros. Cruzaron toda la gruta esquivando las columnas de aguamarinas, y Aurige se sumergió unos momentos cuando alcanzaron aquella zona de color cambiante. Al instante volvió a salir, afirmando con la cabeza. Había un túnel de roca excavado en la pared, casi inundado por la arena plateada, pero sin duda conducía al exterior porque la corriente entraba fría desde algún sitio.
Volvieron a sumergirse y bucearon a través de un estrecho corredor de roca que se perdía más allá de la escasa visión que permitían las máscaras. Después de un recorrido, que a Laila se le hizo eterno y claustrofóbico, salieron de repente a una inmensidad azul abierta hasta el infinito. La gruta quedó atrás: un agujero horadado en una pared de piedra vertical que se perdía hacia abajo, hacia simas insondables.
Por un momento las cuatro se quedaron paralizadas en medio de aquel océano de agua dulce, atónitas ante aquel espacio inmenso que les transmitía sensaciones de vacío y de soledad. Solo el color azul por todos lados, sin signos de vida hasta donde alcanzaba la vista.
De pronto, algo enorme y borroso pasó a escasa distancia de las paredes de piedra y se perdió en silencio hacia las profundidades. Laila sintió el corazón desbocarse mientras sus ojos se esforzaban por descubrir qué diablos había sido aquello. Aurige le indicó con el pulgar que iban a tratar de subir a la superficie y Laila las siguió pataleando con fuerza, sin dejar de mirar a todos lados.
La negrura azul se atenuó poco a poco, y el agua se rompió en mil pedazos cuando sacó medio cuerpo fuera de aquel mar. Entonces se encontró respirando aire normal y se llenó los pulmones con grandes bocanadas de humedad y vapores acuáticos.
Era casi de noche, y en el cielo estrellado brillaba una luna azul, fría y lejana. Los riscos de las paredes de piedras sobresalían del agua como fantasmas y una ligera neblina rozaba la superficie de aquel océano infinito. Más allá de la niebla, el aire era frío y denso, cortante como el hielo.
A su alrededor las distancias eran imposibles de calcular, pues el mar de agua dulce se extendía por todos lados y se fundía con el firmamento allá donde se curvaba la visión. Laila se apoyó contra las rocas y se quitó la máscara sintiendo los primeros signos del cansancio. Tenía los brazos fríos y entumecidos, y se dio cuenta de que todavía le quedaban muchas horas que nadar en el agua antes de poder pisar tierra firme de nuevo.
—¿Qué ha sido lo de ahí abajo? —preguntó en un susurró mirando a su alrededor.
Todas negaron con la cabeza. Lo que fuese había desaparecido sin dejar rastro, pero era muy inquietante saber que en cualquier momento algo podía sorprenderlas, y arrastrarlas hacia las profundidades.
—Yo no lo creo así —contestó Aurige cuando ella expuso sus temores—. Nadie sabe que estamos aquí, y eso significa que no nos esperan. Si hay monstruos guardianes ahí abajo, quizás no se den cuenta de nuestra presencia. Llevan miles de años sin sobresaltos. Seguro que la rutina los tiene medio dormidos.
Laila dudó. Quería creer aquella afirmación pero su mente le gritaba todo lo contrario.
—¿Veis algo? —preguntó Nimphia mirando hacia la neblina.
Aurige escudriñó en la oscuridad y luego negó con un suspiro.
—Yo siento algo —dijo entonces Cyinder. Los ojos se le habían vuelto luminosos y la piel de su cara volvía a resplandecer—. Magia de Solarïe. Está muy lejos y apenas es un suspiro de vida de mi reino, pero está aquí. El Grano de las Arenas aún está intacto.
Laila sintió que se alegraba profundamente y las fuerzas se le renovaron. Habían llegado a tiempo. Ya solo tenían que llegar hasta el escondite donde estuviera guardado y rescatarlo. Solo eso. Ni más ni menos.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó Aurige girando en todas direcciones.
—Tendremos que nadar hacia el espacio abierto —confirmó la solarïe los peores temores de Laila—, hacia lo que creo que es el norte.
La muchacha siguió la dirección indicada con la mirada llena de dudas. No se veía nada y aquello estaba lleno de cosas enormes que se movían por debajo de ella en completo silencio. Ni siquiera se veían otros escollos en los que descansar, solo agua hasta el infinito. Sus amigas se ajustaron de nuevo las máscaras y se sumergieron de inmediato. Otra vez el silencio y la inmensidad de las profundidades las rodearon, y nadaron guiadas por Cyinder en total oscuridad.
Laila nunca supo cuánto tiempo transcurrió. Le dolían las piernas como nunca, y los deseos de dejarse arrastrar hacia el fondo eran cada vez mayores. Sería muy cómodo caminar sobre el suelo fangoso, pero la posibilidad de dar vueltas sobre el mismo sitio era mucho mayor que cerca de la superficie, aunque Cyinder les indicase el camino. Eso sin contar con un mayor número de criaturas que habitarían en las profundidades.
De repente, algo borroso, oscuro y sólido apareció más allá de las brumas de sus ojos, y Laila dio un respingo sintiendo que el corazón se le salía por la boca. Aquella forma gigantesca no pareció moverse ni alarmarse ante ellas, y todas subieron a la superficie. Las cuatro ahogaron una exclamación cuando se levantaron las máscaras.
Delante de ellas surgía una mano ciclópea que agarraba con fuerza el bastón de un tridente colosal, elevándolo hacia las alturas. La visión les aterró durante unos segundos, hasta que comprendieron que aquel brazo formaba parte de una estatua de piedra, de dimensiones gigantescas, que estaba sumergida en medio del océano. Solo la mano sobresalía, y Laila buscó debajo del agua. Los dedos se continuaban hacia abajo, hasta un brazo extendido que se perdía uniéndose a un hombro, y a su lado, una masa de cabellos ondulantes que en la oscuridad impedían ver más allá. Por el tamaño de la mano se veía que las proporciones del coloso eran asombrosas, y Laila se sintió como un pequeño insecto mirando desde lo alto de un rascacielos.
—Es impresionante —musitó Nimphia en voz baja, sobrecogida por la grandiosidad de aquella estatua, mientras se acercaba hacia la mano y tocaba su consistencia.
Una bruma pareció levantarse, y entonces se dieron cuenta de que muy lejos, a varias leguas de distancia, aparecía otra mano en actitud contraria portando una vara llena de serpientes.
—Estamos a las puertas de Cantáride —anunció Aurige luchando para mantenerse a flote.
A Laila aquello le hizo intuir que la parte más fácil se había quedado atrás.
—El Grano de Solarïe está cerca —dijo Cyinder intentando mirar por debajo del agua, siguiendo el brazo del gigante.
—Sí —confirmó Nimphia—. La ciudad debe estar ahí abajo.
—Deberíamos descansar un poco —jadeó Laila con un hilo de voz.
—¿Qué es aquello? —exclamó Nimphia sin darse cuenta de la súplica que se escondía en el tono de Laila.
Todas se giraron hacia el punto donde señalaba. La muchacha aguzó la vista pero no distinguió ninguna forma. La visión del aire de Nimphia era prodigiosa, y ni siquiera Aurige o Cyinder fueron capaces de detectar algo.
—Hay una torre medio sumergida —anunció emocionada.
—¿Dónde? —dijo Aurige con incredulidad.
—Está muy lejos, tanto como la distancia de Solandis a Krum…
—¿Y cómo puedes verla? Tú no ves Krum cuando estamos en Solandis.
—Si volásemos muy alto podríamos ver Krum desde cualquier sitio de Solarïe — se enfadó Nimphia—, y esto es como si lo estuviésemos haciendo. Las ciudades están sumergidas tan profundo que el paisaje desde aquí, las montañas y los bosques de coral, no me impiden ver más allá.
Aurige cerró la boca con una mueca de fastidio. Nimphia tenía razón.
—Vamos a explorarla —concluyó la Airïe y a Laila le dio un vuelco el corazón.
—Yo ya no puedo más —dijo a punto de echarse a llorar, pensando que tenía que lanzarse de nuevo a mar abierto cuando Cantáride estaba justo debajo de sus piernas —. Nadar en agua dulce es más difícil que en agua salada, y yo creo que me muero de cansancio.
—Por favor, Laila, no puedes desfallecer ahora —le suplicó Cyinder—. Si bajamos aquí, justo en la entrada de Cantáride, seguro que nos descubren. Sigue un poco más hasta la torre. Estoy convencida de que encontraremos algún lugar donde descansar.
En los ojos de Laila se leía el cansancio, pero también se reflejaba una enorme determinación por salvar Solarïe, incluso a costa de su último esfuerzo, y algo en su interior se removió. Una vez se había jurado a sí misma que intentaría ayudar a Cyinder con todo lo que tuviese a su alcance. Y el momento había llegado. Sacó fuerzas de flaqueza y se ajustó de nuevo la máscara, que aborrecía intensamente.
—Muy bien, nemhirie —le dijo Aurige con una sonrisa mientras se colocaba la suya.
Laila suspiró, y de nuevo comenzaron a nadar en la dirección que marcaba Nimphia. El coloso quedó atrás y desde lejos pudieron ver su borrosa figura, guardando eternamente la entrada de Cantáride a sus pies.
Las fuerzas le abandonaban poco a poco, y Laila luchó por dar una nueva brazada más, un nuevo palmo más, y la visión se le enturbió. Cyinder la ayudó tirando de su mano justo cuando las piernas se le negaron a continuar. Luego Aurige durante otro tramo, y después Nimphia. De repente su amiga de Airïe se detuvo y la muchacha creyó que se hundiría si la soltaba.
De nuevo la arrastró hacia la superficie al borde del desmayo y al momento se encontró respirando aire nuevamente con los brazos apoyados en algo sólido. Abrió los ojos jadeando, y se encontró con medio cuerpo fuera del agua y la cara tocando una superficie lisa y plana. Se arrancó la horrible careta y entonces pudo ver que un camino de tablones de madera flotaba en la superficie de aquel océano agobiante, y se agarró a él con sus últimas fuerzas.
No supo cuánto tiempo permaneció allí, asida como un náufrago a un tronco, pero poco a poco volvió en sí y arrastró todo su cuerpo hasta que se tumbó boca arriba, jadeando con los ojos cerrados. Sus amigas también parecían recuperarse de aquella horrible pesadilla, y yacían a su lado respirando profundamente.
—¿Ya hemos llegado? —preguntó con voz entrecortada.
—No —susurró Nimphia entre toses—. Todavía queda un buen tramo, pero ahora ya podéis ver la torre con vuestros propios ojos.
Laila se incorporó fatigada. Los latidos en su pecho iban frenando, y la sensación de muerte inminente ya había desaparecido. La luna azul brillaba indiferente rodeada de estrellas, y todas permanecieron en silencio largo tiempo, con el suave rumor del agua chocando contra la madera. Frente a ellas, todavía a una gran distancia, la cúpula de una torre blanca y fantasmal emergía del agua como un dedo cadavérico.
El camino de madera flotante parecía conducir en aquella misma dirección, y Laila se sintió bendecida por los dioses. Si nadaba un palmo más, sin duda los brazos se le saldrían de las articulaciones. Comenzó a soñar, no ya con su maravillosa cama de Winter Manor, sino con el camastro de Lomondcastle, tan lejos de alcanzar como el sol desde la Tierra. Cuando recuperó el aliento se dio cuenta de que otras dos pequeñas torretas más surgían al lado de la primera como los pinchos de un tenedor.
—¿El Grano está por aquí? —jadeó mirando a Cyinder.
—No —negó la solarle—. Cerca de la estatua podía sentirlo más fuerte.
—Entonces, ¿qué estamos haciendo en este lugar? —quiso gritar enfadada.
—Buscando una manera de bajar sin que nos detecten —explicó Nimphia sentándose con las piernas cruzadas.
—¿Y si ahí hay cosas más peligrosas? —cuestionó ella.
Las otras la miraron dudosas y Laila sintió rabia. A veces pensaba que sus amigas no razonaban con coherencia.
—Ya no hay remedio —dijo Aurige con frialdad—, pero al menos no tenemos que seguir nadando. Siento el frío hasta en los huesos. En cuanto nos repongamos tendremos que continuar.
Laila sintió que le dolía todo el cuerpo. Quería quedarse allí sentada pero Cyinder la ayudó a incorporarse y las rodillas se le doblaron. Desde lo alto, mirando a aquel misterioso sendero de madera sobre la bruma, creyó que caminaba sobre las aguas.
La pasarela flotante seguía recta hacia la torre pero en dirección contraria se perdía entre las brumas, y por un momento Laila temió que Nimphia propusiese investigar a dónde conducía. La Airïe miraba hacia ese lado desconocido con cara soñadora.
—Algún día volveremos —prometió en voz alta y luego se giró hacia la lejana torre—, pero ahora ya no hay tiempo. Bajaremos desde allí y Cyinder nos guiará hasta la ciudad.
Laila suspiró aliviada y al momento se pusieron en marcha, caminando con rapidez sobre aquellos tablones que se movían bajo su peso, flotando sobre el agua con la misma inestabilidad de un puente colgante. La torre pareció crecer y la senda se dirigió invariablemente hacia ella hasta que distinguieron pequeñas ventanas y una puertecita labrada en la pared blanca. Pequeños balcones rodeaban su circunferencia, viejos y herrumbrosos, llenos de óxido, sin signos de vida ni de haber sido cuidados en mucho tiempo. El musgo había invadido la piedra adoptando su mismo color blanco, y toda la fachada parecía estar a punto de desmoronarse.
Las cuatro se acercaron a la entrada desde la que partía el camino de madera. Desde allí, la senda se bifurcaba hacia las otras dos torres que parecían igual de abandonadas, y más allá, nuevos senderos se alejaban hacia lo desconocido.
—¿A dónde conducirán estos caminos? —preguntó Cyinder en voz alta.
—No puedo imaginarlo —contestó Nimphia moviendo la cabeza—, pero al menos confirman una teoría que estaba sospechando desde que vimos la estatua: Cantáride debió estar hace mucho tiempo fuera del agua, y cuando comenzó a hundirse, o la hundieron a propósito, crearon caminos sobre la superficie para todos aquellos que se negaron en un principio a abandonar el aire y la tierra firme.
Laila asintió con la cabeza. Aquello tenía bastante sentido.
—Creo que poco a poco se encerraron bajo las aguas y se acostumbraron a no depender del aire —siguió Nimphia—. Fueron cambiando y ahora necesitan máscaras para respirar fuera del agua. El aire les asfixia.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando para ese cambio? —preguntó Laila asombrada.
—De miles de años. Decenas de miles de años, tal vez —hizo una pausa mirando al horizonte—. Hace unos cinco milenios comenzaron a evitar el contacto con el resto de reinos de Faerie, y se volvieron solitarias y escurridizas. Ya por entonces parecían asfixiarse cuando se las veía en algún evento o venían a Airïe como embajadores. Luego dejaron de venir y desaparecieron de la tierra de Faerie.
—Algo debieron empezar a tramar entonces —añadió Aurige mirando a todos lados—. Algo malo, seguro. Ya no pueden venir aquí ni las sacerdotisas de Lunarïe, y no es normal prohibir la entrada a este desierto de agua.
—Bueno, lo importante es que nosotras sí hemos entrado —concluyó Nimphia sonriendo, y luego miró su reloj—. Solo han transcurrido unos minutos en el mundo nemhirie. A partir de ahora tendremos que ser muy cuidadosas y escondernos a cada instante. Bajaremos cerca de la pared de la torre, que nos servirá de guía, y luego caminaremos hacia Cantáride en la dirección que Cyinder nos diga. Por cierto, ¿tendrás fuerzas suficientes para crear un delator?
La solarïe asintió contenta. Sus ojos brillaban como faros y la presencia del último Grano de las Arenas, aunque lejano, le había devuelto a la vida por completo.
Laila se asomó al borde de madera y miró hacia abajo, hacia la oscuridad reinante de aquel mar de cristal. Los músculos se le resintieron incluso antes de haber metido un pie en el agua. Se acomodaron las máscaras sobre la cara y se hundieron despacio intentando no salpicar ni hacer ningún ruido. Descendieron silenciosamente junto a la pared de la torre, rodeadas de burbujas que flotaban hacia la superficie.
Los muros eran enormes, cada vez más gruesos, y bajaban hasta el mismo suelo de Acuarïe. En medio del triángulo formado por las tres torres, varias cúpulas de cristal amarillento descansaban una sobre otra, como un gigantesco racimo de uvas, llegando hasta el fondo marino. Miles de peces pasaban silenciosos, y por todos lados crecían pequeños árboles de coral y plantas acuáticas que se mecían en la brisa de las corrientes.
El edificio más grande, una esfera también de cristal, despedía luz por todos lados, pero era imposible saber qué había en su interior o quiénes habitaban aquel espacio. Las cuatro se acercaron a aquellas grandes bolas luminosas, pero finalmente descendieron hasta el suelo sin haber descubierto nada de interés. No había nadie en las cercanías, y una gruta oscura se hundía en la roca, cerca de la base de la última esfera gigantesca.
Aquella entrada era terriblemente siniestra. El frío era más intenso y Laila esperaba que no tuviesen que entrar allí jamás. Pusieron los pies en el fondo arenoso y una nube de tierra y lodo se levantó flotando unos momentos hasta que volvió a asentarse.
Caminaron inclinadas hacia adelante, luchando contra la densidad del agua que dificultaba el avance, dejando atrás aquellos cúmulos de cristal amarillo hasta que desaparecieron en la oscuridad azul. Cyinder las guió a través de suaves montículos llenos de algas y anémonas, bosques de rocas y arrecifes de coral, espantando bandadas de peces de todos los tamaños que se volvían a reunir de inmediato para proseguir su camino. A Laila aquello le pareció una expedición espectral: cuatro enmascaradas caminando lentamente por la negrura, levantando nubes de tierra por donde pisaban, siempre hacia delante sin saber exactamente a donde iban, detrás de Cyinder que parecía llevar una brújula en el cerebro.
Durante mucho tiempo caminaron en la oscuridad, descansando a veces en la arena, y a veces sobre rocas planas llenas de musgo y filamentos, pero no volvieron a ver ninguna sombra amenazante en todo su camino. Poco a poco resplandecieron en la distancia dispersas luces brillantes, y Cyinder aminoró el paso. Escalaron un montículo de dunas, tras el que apareció por fin la ciudad de Cantáride.
Todas contuvieron la respiración ante los grandes edificios de coral blanco llenos de luces destellantes, con increíbles cúpulas de cristal y torres finas como agujas que se unían entre sí por puentes colgantes de marfil, construidos tan delicadamente que parecían a punto de romperse. Por todos lados había templos llenos de estatuas, grandes plazas, anfiteatros, palacetes y avenidas hasta donde se perdía la vista. Y más allá, casi envueltas en tinieblas, las colosales figuras de los gigantes de piedra, que alcanzaban en la distancia la lejana superficie del mar.
Se acercaron un poco más, nadando a ras de suelo, hasta que alcanzaron los bloques de mármol de un muro de piedra exterior que rodeaba a un templete desierto. Las cuatro se miraron un momento. Por ahora todo había ido bien y Nimphia le hizo gestos a Cyinder para que crease su delator.
Al instante, una pequeña esfera luminosa apareció en medio de la oscuridad y dio unas vueltas alrededor de la cabeza de la solarïe. Enseguida se alejó flotando hacia los pequeños templos de coral y las cuatro lo siguieron despacio.
El delator no parecía entender de peligros y cruzaba indiferente por en medio de las calles, zumbando de un lado a otro como una abeja en un campo de flores. Ellas tuvieron que ocultarse todo el tiempo tras las esquinas de los templos, en los recovecos de las avenidas, detrás de las columnas y las estatuas que iban surgiendo a su paso mientras veían figuras de acuartes con sus cabellos azules llenos de perlas, nácar y algas, yendo y viniendo tranquilamente, nadando sin esfuerzo mecidas en las corrientes submarinas.
El delator se perdía alegremente entre los bosques de coral, y las cuatro iban a adelantar un nuevo trecho cuando cinco grandes figuras aparecieron nadando en formación militar a través de una avenida. Volvieron a esconderse entre las sombras de un arrecife y contuvieron la respiración para evitar soltar burbujas de aire.
Las figuras pasaron muy cerca de ellas mirando a todos lados, inspeccionando las sombras en plena ronda de vigilancia. Al ver cómo eran, Laila dejó escapar una exclamación de horror y varias burbujas salieron de su máscara. Parecían soldados humanos y tenían brazos y piernas de hombres, pero sus rostros eran como los de tiburones deformes, con pequeños ojillos malvados separados de la nariz y varias ristras de dientes puntiagudos. Sus vestiduras, llenas de piezas metálicas y escamas, les delataban como guerreros. Miraron hacia todos lados en actitud beligerante, y alguno se llevo un brazo lleno de aletas al cinto, donde pendían varios cuchillos y espadas curvas. Las Acuarïes que paseaban cerca se apartaron de ellos y los cinco guardianes siguieron su patrulla sonriendo con crueldad.
Laila volvió a respirar sintiendo que el corazón comenzaba a acompasarse. Las figuras de los escualos humanos se perdieron de vista y las cuatro dieron un rodeo al arrecife nadando en dirección al sitio donde habían visto por última vez al delator.
Cyinder lo buscó por todos lados pero fue inútil. La pequeña luz amarillenta había desaparecido y Nimphia volvió a indicarle que hiciese un segundo delator. Al momento brilló una nueva lucecita que se alejó de ellas a trompicones. Volvieron a perseguirla evitando ser vistas en ningún momento, y al cruzar una nueva avenida llena de edificios en espiral, ante sus ojos apareció el palacio de Cantáride.
Grandes columnas de mármol y coral enmarcaban un paseo de escalinatas blancas, resplandecientes como la nieve, y entonces Laila dio gracias por no haber bajado desde la superficie a través de los colosos de piedra. Todo un destacamento militar de escualos estaba allí, guardando la entrada y las inmediaciones del palacio, y patrullaban nadando por entre los pies de uno de los dos gigantes.
Se escondieron en las sombras de un edificio lleno de columnas y contemplaron el castillo con la admiración pintada bajo sus máscaras. Cientos de torres llenas de agujas de cristal brillaban con un reflejo azulado, y miles de puentes colgantes labrados en coral blanco se unían entre sí formando un delicado bordado arquitectónico de belleza increíble. Por todos lados surgían cúpulas de árboles, jardines y templetes brillantes que parecían estar a punto de romperse, guardando un cuidadoso equilibrio con el agua y la piedra. El palacio era grandioso, imposible de imitar fuera del océano, pues sin duda se rompería en mil pedazos en el momento en que el sol y el viento tocasen aquellas esbeltas torres llenas de filigranas.
El delator zumbaba en línea recta hacia el castillo y cuando las cuatro estuvieron completamente seguras del paradero del Grano de las Arenas, de repente la luz torció en un grupo de arrecifes llenos de algas y se perdió.
Aurige nadó frenéticamente, seguida por las otras. El delator atravesaba los majestuosos edificios que bordeaban el palacio sumergido y se dirigía a gran velocidad hacia el exterior de la ciudad de Cantáride. Las cuatro se quedaron muy sorprendidas y por un momento la inmovilidad comenzó a elevarlas de nuevo hacia la superficie. Volvieron a bracear en busca del diminuto punto brillante pero fue inútil: el segundo delator también había desaparecido.
Ahora se encontraban en una zona más solitaria y tenebrosa, con restos de edificios coralinos rotos y desperdigados, como si hubiesen sufrido una tremenda sacudida por algún maremoto. Por allí no había ni un alma, y Laila se acordó de los arrabales de Solandis, con sus calles y edificios olvidados y grises.
Un tercer delator apareció delante de Cyinder, y de inmediato voló raudo hacia un cúmulo de rocas oscuras llenas de agujeros. Todas siguieron la luz amarillenta y luego dejaron atrás aquellas formaciones de coral, hasta una nueva cadena de dunas perdida en la distancia.
Cuando las alcanzaron se sintieron nuevamente sobrecogidas. Aquello no eran dunas. Una gigantesca mano ciclópea se hallaba medio enterrada, cubierta de arena, de musgo y de algas que habían crecido sobre la piedra durante miles de años. Laila observó aquellos dedos gigantes que ahora no sujetaban nada y luego siguió con la vista la base de la mano. Más allá se descubrían los restos de un brazo hueco partido por la mitad y después, perdiéndose en la penumbra, el comienzo del hombro y el cuerpo gigantesco que en un principio habían tomado por una montaña.
Laila sintió pena por la estatua del gigante. Probablemente habría caído miles de años atrás, hundiéndose de lado durante algún cataclismo submarino, destruyendo en su caída media ciudad de Cantáride. Nadó sobre el brazo lleno de anémonas y musgo hasta encontrar una cascada de algas y filamentos que se incrustaban en unos cabellos ondeantes. Allí estaba el rostro de aquel guerrero de piedra, y la miraba medio enterrado con unos ojos enormes y vacíos por los que entraban bancos de peces plateados. La boca, tan grande como un túnel abierto en una montaña, lanzaba un grito silencioso que ya nunca proclamaría la grandeza de Acuarïe.
Más allá de la barbilla comenzaba un cuello, y luego un cuerpo tan grande como una cadena de montículos, ataviado con una armadura de placas y una túnica con pliegues que se perdía en la distancia, hasta donde se intuían unos pies descomunales.
Dentro de la boca brillaban dos delatores y el tercero se unió a ellos felizmente. Las cuatro permanecieron quietas frente a aquellos labios de piedra y Aurige le hizo un gesto a Cyinder para que los hiciera desaparecer. Solo faltaba que las delatasen a ellas.
Laila vio que sus amigas se adentraban hacia el interior de la estatua y las siguió con intranquilidad. Caminaron a saltos sobre la lengua de piedra, hasta un agujero circular que sin duda era la garganta. El ambiente era claustrofóbico a pesar de las dimensiones de aquella especie de gruta llena de dientes, y tenía la sensación de que en cualquier momento podía cerrarse sobre ellas.
Varias rejas cruzadas les impedían el paso hacia el interior, pero el óxido del tiempo había carcomido algunos barrotes. Nimphia los forzó doblando las puntas hasta que abrió un pequeño espacio por donde pudieron pasar sin dificultad. La garganta circular seguía llena de negrura, pero al fondo pudieron captar un leve reflejo azulado que titilaba en la distancia.
Siguieron buceando despacio, sin apenas respirar, evitando incluso tocar las paredes de piedra a pesar de que la garganta tenía la anchura de una autopista. La mortecina claridad fue en aumento y al final de la garganta encontraron una nueva reja cruzada con los barrotes intactos, imposibles de atravesar. Se dieron cuenta de que solo filtrándose a través de los agujeros, como las acuarïes, podrían acceder a una sala enorme, que sin duda era el tórax del coloso.
Varias antorchas de fuego frío iluminaban las paredes soltando burbujas continuamente, y más abajo, en el suelo de piedra, varias acuarïes mantenían una reunión, al parecer de gran trascendencia. Laila reconoció a una de ellas como Atlantia, la Acuarïe de la Torre de Cálime, y su corazón comenzó a latir apresuradamente. Miró a sus compañeras pero todas advirtieron la situación: acababan de descubrir el escondrijo secreto del gremio de Acuarïe.
No eran más de quince, quizás veinte, pero todas se hallaban inmersas en una fuerte discusión, llena de voces chirriantes distorsionadas por el agua. Sus cabellos filamentosos flotaban por encima de sus cabezas, y todas permanecían frente a Atlantia, que estaba sentada en un banco de piedra más grande que el de las otras. Laila comprendió al momento: ella había logrado robar el Grano de Solarïe, y Mármara yacía muerta en la Torre de Cálime. Atlantia era ahora la nueva capitana del gremio de ladrones de Acuarïe.
En medio de todas ellas, cerca de Atlantia, flotaba una pequeña perla nacarada que lanzaba suaves destellos iridiscentes, y Cyinder abrió unos ojos enormes tras la máscara. El Grano de Solarïe estaba allí. El enfrentamiento subió de tono. La gran mayoría del gremio se oponía a Atlantia por algún motivo, y ella agitaba los brazos enfadada y señalaba al Grano de las Arenas una y otra vez, alegando algún tipo de explicaciones que el resto no aceptaba.
La discusión parecía no tener fin, y Laila miró a Nimphia por si al hada del aire se le había ocurrido algún plan para entrar de golpe y apoderarse del tesoro de Solarïe, pero tanto ella como Aurige permanecían absortas en la escena. Tan solo Cyinder parecía intentar hacer algo y estiraba la mano llamando a la perla como si pudiese atraerla, pero el Grano de las Arenas no se movió ni un milímetro a pesar de sus esfuerzos.
De repente Atlantia, enfurecida, cogió la perla de Solarïe con sus propias manos y la guardó dentro de una pequeña bolsita que escondió en uno de los pliegues de su vestido. Estaba claro que daba por terminada la discusión y la reunión, y las cuatro amigas se dieron cuenta de que en breve todas las acuarïes iban a abandonar su escondite en la estatua de piedra.
Se dieron media vuelta y bucearon frenéticamente hacia la salida, subiendo por la garganta con toda la velocidad que les permitían sus brazos y sus piernas. Atravesaron la primera verja rota y Laila se arañó con los barrotes oxidados. Un pequeño rasguño se abrió en el traje pero no tuvo tiempo para comprobar si se había herido. Detrás de ella se notaba el agua vibrando por el movimiento de las acuarïes que subían ya por el túnel de la garganta.
Alcanzaron la boca monstruosa y salieron de aquellos labios de piedra, refugiándose en los agujeros de la nariz del coloso justo en el momento en que varias acuarïes salían nadando a gran velocidad y se perdían en la distancia. Otros grupos salieron más despacio y se dispersaron en solitario hacia la ciudad de Cantáride. Finalmente apareció la figura de Atlantia y por un momento se quedó allí flotando junto a la estatua, mirando a las figuras borrosas de sus compañeras con un gesto de desafío y de incomprensión. Echó un vistazo a la cara del coloso y las cuatro se apretujaron aún más contra el tabique nasal.
Momentos después la Acuarïe iniciaba un buceo rápido y decidido, y en cuanto se alejó las otras salieron de su escondrijo y comenzaron a seguirla. Atlantia nadaba demasiado rápido, impulsándose con alas membranosas que habían ido cambiando, a lo largo de miles de años y generaciones de acuarïes que lucharon contra el agua y las corrientes marinas.
A pesar de que casi llegaron a perderla de vista, a todas les quedó muy claro que su enemiga se dirigía hacia una sola dirección: el palacio de la reina Tritia. Aurige intentó nadar más rápido para alcanzarla, pero la velocidad de Atlantia era insuperable y pronto las dejó atrás. La Acuarïe llegó hasta las escalinatas del castillo y se enfrentó a los guardianes con cara de tiburón que inmediatamente le permitieron pasar.
Todas se miraron indecisas y Cyinder levantó los hombros como diciendo «¿Y ahora, qué?» El silencio fantasmal de las profundidades las rodeó junto con el desánimo. Habían estado tan cerca que les resultaba increíble que el Grano se les escapase en el último momento.
De repente un sonido hizo vibrar el agua, y entonces tres grandes objetos cayeron desde las alturas igual que un bombardeo, bajando a toda velocidad por entre los cuerpos de las estatuas de los colosos. Tres formas gigantescas descendieron rodeadas por una masa de burbujas, hundiéndose en el océano de Acuarïe en picado, como tres aviones que hubiesen chocado contra la superficie y cayesen dispuestos a destruirlo todo. Laila cerró los ojos y se llevó las manos a los oídos, incapaz de soportar aquel sonido agudo. La serena atmósfera de Cantáride se tambaleó llenándose de explosiones de burbujas, barro y arena que subían desde el suelo.
Cuando abrió los ojos de nuevo creyó que el pulso se le detenía y sus pupilas se le dilataron ante un espectáculo que jamás en su vida pensó que existiese.
Tres enormes dragones se habían zambullido de golpe desde las alturas, hundiéndose como flechas, hasta que desplegaron unas gigantescas alas negras y frenaron en seco la caída. Laila creyó que iba a gritar de terror y el cuerpo se le descompuso en temblores de miedo ante aquella visión de pesadilla, pero Nimphia, con los ojos llenos de admiración, tiró de ella ocultándole la imagen de aquellos monstruos de leyenda.
Los enormes dragones bucearon tranquilamente moviendo unas alas que provocaban pequeñas turbulencias y la muchacha se arriesgó a echar un nuevo vistazo, superada ya la primera impresión. Entonces advirtió que jamás había visto algo tan bello y tan terrible a la vez. Al menos debían medir quince metros de longitud, pero la envergadura de sus alas tenía que ser más grande. En sus cabezas reptilianas brillaban unos ojos como carbones encendidos y sus fauces abiertas mostraban cientos de colmillos y una lengua bífida y malévola.
Pasaron muy cerca de ellas y Laila siguió con la vista los largos cuellos llenos de crines ondulantes y los cuerpos majestuosos cubiertos de escamas pétreas hasta las colas que terminaban en puntas de flecha. Eran exactamente igual que los cientos de dibujos e ilustraciones de los libros de cuentos, y de nuevo un golpe de irrealidad se abatió sobre ella, incrédula ante lo que veía. Quiso frotarse los ojos pero la máscara se lo impidió.
Los dragones siguieron descendiendo hacia el palacio y entonces Laila pudo ver que sobre el lomo de uno de ellos, el más grande, viajaba una figura con la cara oculta tras una máscara Acuarïe original, negra como la obsidiana. Siguió embelesada la trayectoria del grandioso dragón y de su jinete, y entonces sintió a Aurige dándole un codazo.
La Lunarïe le indicaba que los tiburones humanos habían dejado de patrullar y se estaban agrupando en dos largas hileras frente a la entrada del palacio, mientras los dragones extendían sus patas y descendían para tomar tierra. De esta forma los muros y los edificios posteriores del castillo de Cantáride habían quedado desiertos, y las cuatro abandonaron su refugio nadando despacio entre las columnas y los corales hasta que perdieron de vista aquel impresionante espectáculo.
Atravesaron jardines llenos de flores acuáticas por donde bailaban pequeños hipocampos, templetes de cristal cuajados de aguamarinas y perlas, alamedas y puentes colgantes, con agujas blancas, afiladas, cubiertas de piedras preciosas. Por todos lados descubrían galerías de columnas envueltas en flores y senderos flotantes hechos de delicadas filigranas que atravesaban aquella maravilla arquitectónica.
Nimphia miró su reloj y luego lo volvió a guardar sin decir nada. Señaló hacia los altos ventanales de la torres y todas asintieron. Tomaron impulso y nadaron dejando atrás los jardines, las cristaleras y los puentes colgantes, y alcanzaron la celosía de un balcón de mármol blanco como la nieve. Atravesaron los arcos de las ventanas por donde nadaban pequeños bancos de peces y se adentraron en una estancia solitaria llena de objetos extraños.
De inmediato Nimphia se dedicó a inspeccionarlos, sin dejar de sorprenderse con cada nuevo descubrimiento. Redomas llenas de anémonas se repartían caprichosamente por cada rincón, mesitas de coral llenas de velas que brillaban con fuego frío, cajitas labradas cerradas a cal y canto, y un gran centro de mesa lleno de flores que dejaba escapar burbujas de color verdoso y que debía oler a esencias misteriosas. En un rincón había un mueble lleno de esferas de cristal y teclas blancas y negras iguales que las de los pianos. Laila tocó una tecla, y al momento una nota brillante y pura les puso los pelos de punta. Las otras miraron inquietas a todos lados y Aurige le hizo una señal de que si volvía hacer algo así acabaría con ella.
Abandonaron la pequeña habitación y llegaron a un corredor circular que descendía con una escalera de caracol. Otras puertas estaban cerradas a lo largo del muro de la torre, y por fin llegaron a un descansillo del que partían varías escaleras más.
Una Acuarïe inspeccionaba varios jarrones llenos de algas, y de repente notó una extraña turbulencia a sus espaldas. Se volvió hacia ellas y se quedó paralizada por la sorpresa. Los ojos se le dilataron y su boca se abrió en una «O» perfecta. Ya no tuvo tiempo de nada más. Aurige chasqueó los dedos y el hada del agua cayó desplomada en un sueño profundo.
Por un momento todas se quedaron quietas mirando el cuerpo de la Acuarïe sin saber qué hacer, y entonces la lunarïe agarró las piernas de la sirvienta y la arrastró hacia las escalinatas de la torre por la que habían descendido. Laila nadó hacia las puertas cerradas y las fue comprobando una a una hasta que encontró una habitación vacía. Depositaron a la Acuarïe allí dentro y cerraron la puerta mirando a su alrededor con inquietud. La cosa se estaba volviendo cada vez más peligrosa y la probabilidad de ser descubiertas aumentaba a cada paso que daban.
Finalmente llegaron a un rellano del que descendían de nuevo varias escalinatas más. Por la balaustrada veían ir y venir a los sirvientes y a las damas de compañía, muy conmocionadas y alborotadas por la visita de los dragones. Después de varios intentos fallidos escondiéndose continuamente, consiguieron alcanzar la bóveda de un enorme salón lleno de columnas que llegaban hasta el techo y se curvaban como las crestas de las olas congeladas en el tiempo. La inmensa sala del palacio de Cantáride era tan majestuosa que provocaba en todo el mundo un poderoso sentimiento de admiración y de temor.
Multitud de acuarïes engalanadas con vestidos de seda y flores formaban un gran círculo en torno a las escalinatas que conducían al trono real, aún vacío, y detrás, escondidos entre las sombras de las columnas, grupos armados de escualos tenebrosos vigilaban constantemente el lento fluir de los vasallos de Tritia.
Entonces Laila se dio cuenta de una asombrosa anomalía que no había detectado antes por encontrarse a gran altura. Todos los sirvientes próximos al trono llevaban máscaras puestas sobre sus rostros, iguales a las que portaban las del gremio de Acuarïe cuando se presentaron en Solandis. Las cuatro permanecieron perplejas durante unos minutos y Aurige les indicó que la siguieran.
Nadaron bajo las sombras de las enormes cúpulas hasta las grandes vigas curvas de mármol, y descendieron por la rompiente de aquellas olas congeladas, aproximándose sin ser vistas a la multitud de acuarïes. La ola se arqueaba uniéndose a una de las columnas centrales y de repente se encontraron que sus pies salían fuera del agua y pisaban la pulida superficie de piedra. La sorpresa hizo que perdieran el equilibrio y durante unos instantes de terror creyeron que caerían hacia abajo sin remedio.
Nimphia sujetó a Cyinder, que movía ya los brazos frenéticamente para mantener el equilibrio, y la arrastró de nuevo hacia el interior de la masa de agua. Laila y Aurige, que habían caído de rodillas sobre la viga, gatearon rápidamente hacia las sombras de la columna y miraron con ansiedad hacia sus amigas. Las dos flotaban en medio de la oscuridad, pero ellas se encontraban dentro de una espectacular burbuja de aire que englobaba el trono y casi todo el recibidor.
De nuevo Cyinder sacó un pie fuera del agua y lo puso con cuidado sobre aquel puente de mármol. Luego el otro pie, y echó a caminar con más seguridad, seguida de Nimphia, hasta que salió por completo del fluido acuático. Se quitó la máscara violentamente y respiró con normalidad. Alcanzaron a Laila y a Aurige y todas se apretujaron contra la columna mirando incrédulas hacia las alturas. A pocos palmos de sus cabezas, la superficie de agua brillante como un espejo ponía el límite a aquella enorme campana de aire.
—¿Por qué hay una burbuja de aire en medio del palacio? —cuchicheó Laila mirando hacia abajo para no perder detalle.
Las otras levantaron los hombros sin saber qué responder. De pronto sonaron miles de clarines, puros y diáfanos en medio de la estancia y los tres dragones entraron en la sala de audiencias, caminando lentamente con sus cuellos estirados. De sus ollares salía vapor de agua, y miraban con desprecio a aquellos viles insectos de Acuarïe. Cuando llegaron a la escalinata del trono, el dragón de en medio inclinó su magnífica testa, y el jinete que lo montaba descendió de su lomo con gran parsimonia. Luego se arrodilló ante la plataforma vacía y el resto de vasallos le imitaron, con la mirada prendida en el suelo detrás de sus máscaras.
Los dragones se tumbaron sobre el pulido mármol y agacharon las cabezas en actitud indolente, cerrando los ojos, dispuestos a dormirse de aburrimiento.
—¿Quién será? —susurró Cyinder.
—No lo sé —respondió Aurige—, pero tiene mucho poder para ser capaz de montar en un dragón.
Como si las hubiese escuchado, la enorme bestia levantó su cuello de serpiente y las miró directamente, sin disimulo. Todas se apretaron aún más contra las sombras de la columna y el dragón sonrió enseñándoles los dientes en una mueca feroz. Luego volvió a recostarse y cerró los ojos como si no le importasen en absoluto.
El dragón marino, cuyo verdadero nombre era Udronsanthïl, era la montura de Lady Angaïl, la dama Acuarïe que permanecía postrada frente a las escalinatas. En realidad soportaba a su dueña porque no tenía nada mejor que hacer, pero consideraba —al igual que sus compañeros—, que los habitantes de Ïalanthilïan no eran dignos ni de servir como alimento. Su maldad y su vileza eran más grandes aún que su tamaño, y si no había delatado ya a las cuatro extrañas —una solarïe, una lunarïe, una Airïe y una medio ithirïe— era porque sin duda aquello le parecía una novedad en su rutina, y la presencia de cuatro hadas ajenas a Acuarïe tenía que deberse a algún plan desconocido. Aquella situación le pareció tremendamente divertida y volvió a abrir un ojo para mirarlas. Luego observó con odio a Lady Angaïl y volvió a cerrar el reptiliano párpado con pereza.
—El dragón nos ha visto —susurró Cyinder atemorizada—. Sabe que estamos aquí.
—Parece que no le importamos demasiado —afirmó Aurige con la cabeza.
—A mí me parecen grandiosos —siseó Nimphia, admirada por la presencia de aquellos seres legendarios, completamente desaparecidos del resto de la faz de Faerie.
La gran sala permanecía en silencio, y de repente brilló una nebulosa de chispitas azules en lo alto de las escalinatas. Las luces se unieron entre sí y una figura majestuosa hizo su aparición. Las cuatro observaron la llegada de la soberana de Acuarïe, y entonces se dieron cuenta de que Tritia llevaba su rostro al descubierto, respirando tan tranquila el mismo aire que ellas.
—Ya sé por qué hay una burbuja —comentó Nimphia después de analizar detenidamente a la reina—. Esa bruja es capaz de respirar dentro y fuera del agua, pero el resto de sus vasallos no. De esta forma les obliga a tener que usar máscaras y les demuestra su superioridad.
—¡Qué miserable! —exclamó Cyinder apretando las manos con rabia—. Ni siquiera tiene piedad con su propia gente.
—Hay una explicación menos dramática —habló Aurige después de unos segundos—. Las sacerdotisas de Lunarïe eran invitadas al palacio muy de vez en cuando. Debe haber burbujas de aire en ciertos lugares para que puedan respirar.
Cyinder y Nimphia se miraron sin querer dar su brazo a torcer. La idea de la reina Tritia como un monstruo malvado les convencía mucho más.
—¿Y los hombres tiburón? —susurró Laila.
—Están fuera de la burbuja —señaló Aurige—. Son la guardia personal de Tritia y no pierden detalle de todos los visitantes.
—¡Bienvenida, Lady Angaïl! —habló Tritia por primera vez, en voz alta y clara, y las cuatro dejaron su charla.
La reina hizo un gesto a la figura postrada bajo las escalinatas y esta levantó la mirada. Luego se puso en pie y se acercó a ella subiendo algunos peldaños. El resto de la sala permanecía con la mirada puesta en el suelo, y más allá, casi al borde de la campana de aire, una sombra apartada se mantenía en solitario por detrás de las damas de compañía. Laila intuyó que era Atlantia.
—Tenemos buenas noticias, majestad —dijo Lady Angaïl con una voz susurrante y sibilina, rasposa como la de las serpientes—. Mis últimas investigaciones confirman que estamos llegando al final. Los voluntarios escasean —añadió con una nota de tristeza—, y aunque los últimos de los que se disponía no han resistido las pruebas finales, los adelantos son muy satisfactorios.
Las cuatro amigas ocultas en las sombras lo escuchaban todo sin perder detalle. ¿A qué voluntarios y a qué pruebas se refería aquella siniestra mujer? Algunas de sus palabras les llegaban raras y distorsionadas, pero el hilo de la conversación se mantenía claro y firme. Tritia sonrió con frialdad. Sus cabellos ondeaban cubiertos de perlas a pesar de no estar inmersa en el agua.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando, querida Angaïl? —preguntó con una mueca cínica.
—De meses o un año…
—Impresionante —alabó la reina—. Después de milenios de esfuerzo, queda ya tan poco…
Lady Angaïl hizo una reverencia halagada.
—Y sin embargo, quizás hoy mismo tengamos en nuestras manos la solución a todos nuestros problemas —siguió Tritia buscando con la mirada por encima de las acuarïes agachadas.
Lady Angaïl pareció sorprenderse tras la máscara y se puso rígida mirando a la reina. Tritia hizo un pequeño gesto con su mano y al momento varias damas de compañía se acercaron a la figura oculta de Atlantia y la condujeron hasta las escalinatas. Lady Angaïl observó a la muchacha desconocida con un gesto de desconfianza.
—La joven Atlantia dice poseer algo que sin duda nos otorgaría el máximo triunfo sin esperar un solo día más —sonrió de una forma tan encantadora que a Laila se le pusieron los pelos de punta—. Un Grano de las Arenas de Solarïe… el último de ellos.
Un murmullo recorrió la sala y varias acuarïes levantaron sus rostros.
—¡Entonces, es cierto! —exclamó Lady Angaïl, asombrada—. El tesoro de Solarïe estaba realmente aquí, entre nosotras…
Tritia torció la boca en una mueca desagradable e hizo un leve ademán con sus dedos. Las damas de compañía comenzaron a abandonar el salón de audiencias, y poco después solo quedaron ella, Lady Angaïl y Atlantia. La reina y su tenebrosa aliada miraban a la muchacha con fijeza.
—¡Muéstranos el trofeo! —exigió Tritia.
Lentamente, Atlantia sacó la bolsita de cuero y de su interior extrajo la pequeña perla nacarada que quedó flotando en medio de las tres. Lady Angaïl estiró la mano, ansiosa por tocarla, pero luego la retiró, pensando quizás que se precipitaba.
—¿Y esto es realmente el último Grano de las legendarias Arenas de Solarïe? — preguntó con desprecio.
Atlantia se quedó muy sorprendida por aquel comentario, pero Tritia sonrió.
—Entiendo lo que quieres decir, vieja amiga. ¡Es tan insignificante! Podría ser cualquier perla de río en lugar de esa asombrosa joya. Quizás esta joven está tratando de engañarme…
—¡Pero yo misma lo robé en la Torre de Cálime! —exclamó Atlantia, atónita, sin darse cuenta de su imprudencia—. Ya os lo he contado, majestad…
—¡Tú no me has contado nada! —gritó la reina de repente con el rostro convertido en una máscara de furia—. ¡Nada!
Los cabellos se le movieron como serpientes y Atlantia dio un paso atrás.
—¡Acabas de confesar un delito muy grave, muchacha! —siguió, echando fuego por los ojos—. No solo has robado un tesoro sagrado de otro reino, sino que además has quebrantado todas las normas de Acuarïe.
—Pero… —balbuceó ella, apabullada por el cariz que tomaban los acontecimientos.
—¡No hay excusas! Has robado a los solarles, has salido de este mundo sin mi permiso, perteneces a un gremio de ladrones, y por encima de todo, me has puesto en una situación muy comprometida…
—Yo… yo creí que… —Atlantia tragó saliva—. Creí que mi regalo os agradaría.
Desde las alturas, Laila hubiese jurado que Lady Angaïl sonreía tras su máscara.
—¿Agradarme? Todas las reinas de Ïalanthilïan creen que yo he robado el Grano de Solarïe. El equilibrio que he tardado milenios en conseguir se derrumba por tu culpa. La reina Maeve quiere abrir Acuarïe a una investigación, y si lo hiciese, entonces descubriría…
Se calló bruscamente y miró a Lady Angaïl, que permanecía impasible. Luego volvió a observar a la muchacha.
—Se te condena a la pena máxima. Desde este momento quedas desterrada de Acuarïe —Atlantia dio un alarido de terror y cayó postrada a los pies de la reina, pero Tritia no se alteró—. El Grano de Solarïe queda confiscado. Tendré que convocar un Concilio Real para explicar tan alto desagravio que nos has causado a todas…
—¡Pero teníamos un trato! —aulló la chica con los ojos desencajados comprendiendo que había caído en una trampa—. ¡Me prometisteis… me jurasteis!…
—No pacto con ladrones —anunció Tritia con orgullo—. Fuera de mi vista, muchacha. Te doy la oportunidad de elegir morir donde te plazca. Si no lo haces, los akshaïrs se encargarán de ti de inmediato.
Atlantia miró con terror hacia las columnas donde se ocultaban los escualos humanos y Laila siguió su mirada. La palabra Akshaïr se grabó en su mente mientras observaba las sombras. Luego volvió a la escena porque la figura de Lady Angaïl acababa de entrar en la conversación.
—Majestad, os pido que me concedáis una gracia —siseaba en ese momento—. En lugar del exilio, que es un castigo terrible para una joven tan insensata pero tan valerosa a la vez, Atlantia podría venir conmigo a Ålisenthel. Quizás el destierro sea algo muy duro para ella. Tened en cuenta, majestad, que esta muchacha insolente y sus compañeras han quebrantado la ley, pero pensaban que era por una buena causa.
Atlantia miró a Lady Angaïl con ojos enloquecidos y negó lloriqueando.
—¡Extraordinaria idea! —exclamó la reina—. Agradece a Lady Angaïl tu destino, muchacha. Serás su esclava a partir de este momento, y recuerda para siempre que yo nunca hubiese sido tan misericordiosa.
—¡Piedad majestad! —gritó Atlantia, horrorizada—. ¡Prefiero el destierro!
—¿Así agradeces que te haya salvado? —gritó Lady Angaïl golpeándola—. Si vuelvo a oír tu voz, ni siquiera un susurro, te regalaré a Udronsanthïl para que te coma.
El dragón levantó la cabeza y miró a su supuesta víctima. Luego echó a su dueña una mirada de odio y de desprecio tal que Lady Angaïl se hubiese tambaleado si la hubiese visto. Atlantia se acarició el brazo dolorido y permaneció acurrucada como un perrito lastimoso. Su figura demostraba infelicidad por todos lados, y desde las alturas Laila tuvo la sensación de haber asistido a una especie de pantomima. La suerte de aquella chica estaba decidida mucho antes de haberla recibido en audiencia. Miró a sus amigas pero todas seguían la escena sin parpadear.
En aquel momento, la soberana de Acuarïe hizo un gesto con la cabeza y varios tiburones humanos surgieron de las sombras. Uno de ellos lanzó una red desde la pared de agua y atrapó a Atlantia, que parecía haberse quedado en trance. En cuanto sintió la malla de nudos comenzó a gritar y a patalear, pero fue inútil. Los Akshaïrs la arrastraron hasta las profundidades acuáticas del palacio, donde desapareció.
Cuando todo hubo acabado y de nuevo la reina y su siniestra amiga se quedaron a solas, Lady Angaïl se dirigió a Tritia y le hizo una nueva reverencia.
—Gracias, majestad —siseó con aquel tono rasposo y desagradable—. Los voluntarios escasean tanto que tengo que recurrir a viejas artimañas para proseguir con nuestras investigaciones.
—No es nada, amiga mía. La muchacha suponía un incordio importante. Deshazte de ella como gustes.
—A propósito, señora —siguió la otra calculando sus palabras—. ¿En qué consistía el pacto que teníais con ella?
—Le prometí el reino de Acuarïe para cuando abandonásemos Ïalanthilïan.
Lady Angaïl dio un respingo, pero no mayor que el de Aurige, Cyinder y Nimphia, cuando escucharon aquellas palabras. Las tres se atrevieron a asomarse aún más, espantadas ante lo que acababan de oír.
—Pero eso es lo mismo que me habéis prometido a mí —siguió la extraña Acuarïe tras la máscara negra.
Tritia no se dignó a contestar y se produjo un silencio maléfico.
—¿Vais a devolver el Grano de las Arenas de Solarïe? —preguntó Lady Angaïl con voz profunda.
—En absoluto. Jamás entregaría algo así a esa demente de Hellia. Lo guardaré en la cámara del tesoro junto con todo lo demás. Nadie sabrá nunca que la última Arena de Solarïe ha estado aquí.
Cyinder apretó los puños con furia y Laila temió que intentase abalanzarse sobre sus enemigas. La chica Solarïe estaba fuera de sí y entre sus dedos comenzó a brillar una pequeña esfera de luz. Nimphia miró a Aurige asustada y luego arrastró a Cyinder hacia la masa de agua. Iba a sacarla de allí para que no cometiese una locura y al final ambas se perdieron en la oscuridad del palacio.
Laila las siguió con la vista y se volvió hacia su amiga Lunarïe.
—Es mejor que se despeje —cuchicheó Aurige—. No tiene nada que hacer frente a Tritia y tres dragones. Luego las buscaremos.
Volvieron a observar a las dos mujeres conversando sin que se hubiesen percatado de nada.
—¿Vais a utilizar la Arena de Solarïe para dar fin a nuestros proyectos? —musitó Angaïl, insegura.
Una luz de maldad brilló en los ojos de la reina.
—Podría hacerlo —dijo levantando las cejas—, pero en principio prefiero guardarlo. Dices que la solución está próxima, ¿no? Has hablado de meses —repitió viendo el asentimiento de la otra—. Pues bien, si antes de un mes consigues que podamos soportar el agua salada del mar y vivir en ella, te entregaré el reino de Acuarïe tal y como te prometí. Pero si no es así, utilizaré el Grano y nuestro pacto se romperá.
—¿Un mes? —exclamó Lady Angaïl, furiosa—. ¡Pero eso es imposible! Las acuarïes de mi laboratorio apenas resisten dos o tres horas antes de que se les queme toda la piel…
—Ya estoy cansada, Angaïl —la interrumpió la reina—. Has tenido miles de años para conseguirlo. Miles de años viviendo a mi costa y ocupando una situación de privilegio dentro de mi palacio. Lo único que veo a mí alrededor es una absoluta incompetencia. Tienes un mes para que los habitantes de Acuarïe podamos vivir en los océanos nemhiries. Si lo logras te regalaré este reino patético y agobiante, y yo dominaré el mundo de los humanos. Pero si no lo consigues…
Lady Angaïl miró profundamente a su reina tras la máscara. Tritia tenía todas las cartas en su mano y la detestaba aún más por ello. Crispó las manos sobre su túnica y luego hizo una profunda reverencia. Subió al lomo de su dragón, y lo espoleó para salir de allí inmediatamente.
Udronsanthïl abrió los párpados legañosos saliendo de su disimulado aburrimiento y miró una vez más a las intrusas ocultas en las alturas. Ahora solo había dos, y el dragón entendió por qué. Al igual que ellas, también se había enterado de los planes de Tritia, y estaba seguro que a la muchacha Solarïe aquello no le había hecho mucha gracia. Sin embargo lo que más le intrigaba era la presencia de aquella medio ithirïe. ¿Cuánto hacía que no veía a un hada de la tierra? Udronsanthïl rebuscó en su memoria, y por lo que recordaba casi treinta mil años, si no más. Apenas había nacido cuando se desataron las Guerras Faéricas y la hecatombe del Nuïtenirïan.
El dragón estuvo a punto de sentir nostalgia pero todo rastro de tristeza desapareció en cuanto notó las espuelas de su odiosa ama. No perdería de vista a las cuatro desconocidas. Aquello prometía ser tremendamente interesante. Los otros dos dragones lo siguieron pesadamente, y momentos después la reina Tritia desaparecía en una nebulosa de burbujas brillantes.
Laila y Aurige permanecieron ocultas en los altos pilares mientras la sala de audiencias se oscurecía.
—¡Es increíble! —susurró Laila horrorizada—. Pretenden invadir mi mundo adueñándose de los mares y los océanos.
—Están locas —exclamó Aurige—. ¿A quién le puede interesar algo así?
Laila la miró con maldad.
—Vale, vale, no he dicho nada.
—¿Por qué estarán tan interesadas? Según lo que han hablado, llevan miles de años haciendo pruebas y experimentos para abandonar Acuarïe…
—Por el Poder —contestó la otra, vehemente—. Tritia ha dejado claro que Faerie ya no le interesa. Incluso va a dejar Acuarïe en manos de esa mujer tan misteriosa. Miles de años de servidumbre y obediencia al Reino Blanco podrían ser la causa de esta traición. Está cansada de ser una simple súbdita de Maeve y ansia gobernar por encima de todo y de todos, incluso de los nemhiries… Nïhalïae Acuarïe.
Laila la miró sorprendida y entonces recordó la inscripción que pesaba sobre la puerta que guardaba la celda de los espectros ithirïes. «Nïhalïae Acuarïe», pensó dándole la razón. Traidores de Acuarïe.
En ese momento llegó Nimphia de nuevo. Se quitó la máscara de la cara y caminó despacio sobre la piedra.
—Los dragones se van —anunció con ojos brillantes—. Fuera están reuniendo grandes burbujas de aire con prisioneros en su interior. Hay solarles, Airïes… ¡incluso nemhiries! Son prisioneros de las mazmorras de Cantáride que esa Lady Angaïl se está llevando hacia algún sitio.
—¡Para sus experimentos! —exclamó Laila.
—¿Y Cyinder? —preguntó Aurige mirando a todos lados.
—Estoy aquí —respondió la rubia saliendo del agua detrás de Nimphia.
Se la veía algo más calmada, pero la furia aún brillaba en sus pupilas.
—Bien —habló Aurige con voz profunda—. Esa bruja está experimentando con todo aquel que cae en sus manos, pero el Grano está aquí. Ha dicho que lo guardará en la cámara del tesoro y ese es el lugar al que debemos llegar.
—Eso podría ser muy peligroso —terció Cyinder negando con la cabeza—. Si las trampas son la mitad de mortíferas que las del palacio de Solandis, nunca lo alcanzaremos.
—¿Qué creéis que van a hacer con Atlantia? —dijo Laila.
—Ni lo sé, ni me importa —contestó Aurige con brusquedad—. Además de ladrona, es una traidora. Seguro que la discusión que presenciamos en el escondrijo del gremio de Acuarïe era por el Grano de las Arenas. Atlantia se ha enfrentado a todas las otras para vendérselo a Tritia. Olvidémonos de ella. Lo importante ahora es alcanzar la cámara del tesoro.
—Podríamos volver a Solarïe —propuso Cyinder—. Si le contamos a Maeve todo lo que sabemos, de inmediato ordenará la detención de Tritia. El Grano de Solarïe está en su poder ahora, y encontrarlo dentro de Cantáride provocará que la exilien de inmediato…
—¡No vuelvas a decir eso! —estalló Aurige—. Lo primero que hará la vieja Mab es detenernos a nosotras. Te digo que su actitud no me gusta. ¡Si crees que invadiendo Acuarïe dejará libre tu reino es que estás loca!
Cyinder bajó la cabeza. Sin poder evitarlo, las lágrimas comenzaron a asomar por sus ojos. Nimphia le pasó un brazo por los hombros y miró a Aurige con furia.
—Yo… yo solo quiero salvar a mi madre —gimió la Solarïe.
—No tienes que darnos explicaciones —la consoló Nimphia—. Todas sabemos cómo te sientes, pero a veces Aurige es tan bestia…
Y la miró echando chispas. La lunarïe se avergonzó y durante unos segundos se produjo un tenso silencio.
—Vamos a calmarnos —susurró Laila mirando a cada una de sus amigas—. Todas sabemos que Aurige daría su vida por Cyinder, igual que todas nosotras —la lunarïe asintió en silencio—, pero los nervios están consiguiendo descentrarnos. Tenemos el Grano tan cerca que estamos perdiendo nuestro objetivo.
Hizo una pausa para resumir la situación.
—La reina Maeve ya nos ha demostrado cómo es y qué cosas son las que le importan. No debemos esperar su ayuda ni confiar en nadie. Aunque la idea de regresar a Solarïe es muy coherente, Aurige tiene razón. Podría ser fatal —respiró profundamente y siguió—. Hemos llegado a Acuarïe, cosa que nadie ha podido hacer jamás, y desde luego no nos vamos a ir de aquí con las manos vacías. No pediremos ayuda a nadie. Esto lo vamos a hacer nosotras, y además se me está ocurriendo una idea…
Las volvió a mirar y vio que todas levantaban su rostro hacia ella. Laila se preguntó cómo demonios lograba ayudar a sus amigas mientras ella misma era incapaz de resolver sus propios problemas.
—Vamos a conseguir el Grano de Solarïe, Cyinder —dijo totalmente arrepentida Aurige—. Te lo prometo. Aunque tenga que enfrentarme a cientos de Akshaïrs, a dragones, e incluso a la mismísima Tritia, te aseguro que lo conseguiremos.
Cyinder suspiró sonriendo un poquito. Las lágrimas cesaron y luego, sin poder enfadarse ni un solo minuto, se abrazó a todas fuertemente.
—¿Y qué idea se le ha ocurrido esta vez a la señorita nemhirie? —preguntó Aurige con una media sonrisa—. ¿Disfrazarnos de pixis y entrar por la cerradura de la sala del tesoro?
—No es mala idea —contestó Laila, pensativa, ante el susto de las otras—, pero se me ha ocurrido algo mejor. Todas la miraron, expectantes.
—Vamos a rescatar a Atlantia —dijo con los ojos brillantes.
—¿Por qué? —exclamó Aurige, sorprendida.
—Porque nos puede ayudar. Tiene una deuda de vida conmigo y además, aunque nos pese, ella es una Acuarïe. Y el gremio de Acuarïe siempre gana.