Las invitadas secretas
Capítulo 10
La exploración ociosa de la mansión se convirtió desde muy pronto en el principal pasatiempo de Mary. Deambulaba horas enteras por la casa en complacida soledad, a menudo hablando para sus adentros con una vocecilla cantarina y chillona que la divertía cuando se daba cuenta, aunque la mayor parte del tiempo parloteaba sin percatarse. Sobre todo le gustaban las plantas superiores de la casa, donde las habitaciones estaban descuidadas y mohosas, y el aire olía, por alguna razón, a manzanas podridas, un olor melancólico y evocador que le gustaba, aunque no habría sabido decir por qué.
Un día, en uno de sus solitarios vagabundeos por la casa, Mary se detuvo en un pasillo lleno de corrientes de aire y se entretuvo delante de una ventana que daba al patio del establo. Los cristales estaban rajados y velados por el polvo. Apoyó la frente en el marco de la ventana. Su madre y su padre les habían telefoneado la noche anterior, aunque como de costumbre con quien más hablaron fue con su hermana. Luego lloró hasta que se quedó dormida, y si su hermana la oyó no hizo ningún comentario.
Apoyada allí en la ventana tenía la esperanza de vislumbrar a Billy Denton.
Billy era el joven de la escopeta a quien había visto andando por el camino el primer día, y cuya imagen se le había grabado firmemente en la memoria. Desempeñaba varias tareas en la mansión, y una de las principales era el cuidado de los caballos. Desde la primera vez que lo vio se había cruzado con él varias veces. Era, como se había dado cuenta entonces, muy guapo, aunque su gesto era siempre hosco. Tenía los ojos castaños y el pelo negro y rizado que relucía como el carbón mojado. En repetidas ocasiones había intentado que le dirigiese la palabra, pero él pasaba de largo como si no la viese.
Sería diferente, no le cabía ninguna duda, si supiera quién era en realidad, y a menudo le entraban ganas de decírselo solo para ver qué cara ponía.
Esa mañana a quien vio en el patio no fue a Billy, sino a alguien que le pareció un vagabundo, aunque no se le ocurrió cómo podía haberse colado allí un vagabundo. Había llovido por la noche, pero en ese momento volvía a hacer buen tiempo, y los adoquines del patio brillaban bajo la luz húmeda y neblinosa. El hombre, a quien al principio vio solo de espaldas, estaba arrodillado, atándose un tosco cordel amarillo alrededor de la pernera de los pantalones a la altura del tobillo.
Era bajo y rechoncho, y llevaba una chaqueta de tweed remendada, un viejo y abollado sombrero de fieltro gris y unas botas claveteadas. Incluso de espaldas notó que era viejo. Estaba a punto de seguir su camino cuando de pronto volvió la cabeza, o más bien la giró, como si estuviera montada sobre un pivote, y la miró directamente a los ojos. Fue inquietante…, ¿cómo había sabido que estaba allí arriba, observándolo? Tenía el rostro ancho de rasgos torvos y unos ojos peculiares, que no parecían encajar del todo.
Ella se apartó enseguida de la ventana, asustada por su fijeza y el modo desquiciado en que la miró.
¿Sería una de las personas que se suponía que debían vigilar la señorita Nashe y el subinspector? En tal caso, no estaban haciendo muy buen trabajo. El vagabundo, o lo que quiera que fuese, podría entrar con facilidad en la casa desde el patio, pues la puerta nunca se cerraba, excepto de noche, y no siempre. Si se colaba en la casa, ¿tendría que dispararle la señorita Nashe con su pistolita corta y reluciente? Era una posibilidad muy emocionante. Si ocurría, esperaba estar allí para verlo. Una vez había visto matar a un caballo —era una carrera a campo través y el animal se había roto una pata al saltar —, pero nunca a una persona.
Le habría gustado saber si la señorita Nashe había matado a alguien. No lo parecía, pero ¿qué aspecto tendría alguien que hubiese matado a otro? Los soldados se mataban y se volaban por los aires unos a otro todo el tiempo, y no parecían muy distintos de los demás, excepto los que padecían neurosis de guerra, como el viejo Jeavons, el ayudante del guardabosques de Windsor, que había luchado en la guerra anterior y estaba siempre nervioso y hablaba consigo mismo sin cesar.
«Dios mío —pensó—, ¿me pareceré a Jeavons cuando hablo para mis adentros?». No supo si reírse o asustarse de esa idea.
Al final resultó, con cierta decepción por su parte, que el anciano del patio no era un vagabundo ni un intruso llegado para matarlas a ella y a su hermana. Se llamaba Pike y era uno de los empleados de sir William.
Se lo encontró en persona la tarde del mismo día en que lo vio desde la ventana y se volvió para observarla con esa mirada tan torva y temible. En esa ocasión estaba sentada en el tocón de un árbol al lado de lo que llamaban el picadero de abajo, y que no era más que un círculo de tierra pisoteado rodeado por una cerca desvencijada de pino de tea situado en un hueco cerca del bosque desde donde no se veía la mansión.
Su hermana estaba haciendo sus ejercicios de doma en un caballo que le había prestado sir William. Príncipe, como se llamaba el animal —¡menudo nombre tan estúpido!—, se negaba a colaborar, pues aún no estaba acostumbrado a su nuevo jinete, o eso supuso Mary: no le gustaban los caballos y, por tanto, no los entendía, aunque sus padres insistían en que montara. Este no hacía más que espantarse, cabecear y tirar de las riendas hasta casi derribar a su hermana de la silla.
El policía que se suponía que ella no debía saber que era un policía estaba al otro extremo del potrero, con una gabardina y un par de botas de goma prestadas que era evidente que le quedaban grandes. Había ocupado su sitio al otro lado de la cerca, donde había apoyado los codos, y estaba leyendo un libro. Notó por su gesto alicaído que estaba aburrido… Mary sabía muy bien lo que era aburrirse. Era tan delgado que debía de tener tuberculosis. No estaba muy segura de lo que era la tuberculosis —lo único que sabía es que tenía que ver con los tubos del interior del pecho—, pero era una enfermedad de la que la gente hablaba todo el tiempo en voz baja, o lo era hasta que llegaron los bombarderos alemanes y proporcionaron algo más inmediato a lo que temer y de lo que hablar sin parar.
De pronto, Príncipe se detuvo en seco, con tanta brusquedad que su hermana estuvo a punto de darse un batacazo, alzó la cabeza, mordió el bocado y soltó un relincho asustado con un centelleo del blanco de los ojos.
Algo lo había asustado.
En ese momento apareció Pike, empujando una carretilla, cuya única rueda soltaba un leve y angustiado chirrido cada vez que giraba. La verdad, pensó ella, es que los caballos eran animales muy estúpidos, cualquier cosa podía asustarlos, un conejo que saliera de una zanja o un tractor que petardease a un kilómetro de distancia; incluso un pedazo de papel arrastrado por el viento podía hacer que se encabritaran aterrorizados.
Príncipe se apartó de Pike y de la carretilla ruidosa, echó las patas por alto y relinchó aún con más fuerza que antes, y su hermana tuvo que hacer un esfuerzo para que no diera con ella en el suelo.
El subinspector alzó la mirada de su libro y frunció el ceño, justo cuando el caballo, después de abrir la puerta con las ancas, salía del picadero, daba media vuelta y echaba a galopar a lo largo del bosque con su impotente jinete en la silla hasta desaparecer de la vista.
Mary observó al policía con gran interés. ¿Qué haría? Movió la cabeza a izquierda y a derecha, un poco como había hecho el caballo —¿a quién estaba buscando para que le ayudara?—, luego se guardó el libro en el bolsillo del abrigo y echó a correr detrás de su hermana y del caballo desbocado.
Pike, que se había detenido cerca de donde Mary estaba sentada, dejó la carretilla en el suelo, se enderezó, se puso la mano en la espalda y sonrió mientras observaba cómo corría el subinspector por el prado en pendiente, balanceando los brazos, moviendo las rodillas nudosas como pistones y con los faldones del abrigo al viento.
—¡Dios mío, sí que corre deprisa ese chico! —exclamó con una risa jadeante—. ¡Es todo un campeón!
Visto de cerca, Pike era de una fealdad fascinante. Era exactamente igual que un sapo, con la boca ancha y plana y los labios carnosos, el inferior de los cuales colgaba flácido y húmedo. Sus dientes manchados por el tabaco estaban rotos y descolocados. Además iba sucio, con pequeñas manchas negras, que le recordaron con repugnancia al caviar, en los poros de las mejillas y en la nariz de patata. Lo que más llamaba su atención eran sus ojos. Eran de color diferente, gris el derecho y de un irreal azul brillante y vidrioso el izquierdo. El azul no se movía, y solo miraba hacia delante, como si estuviese fijo en alguna terrible posibilidad que solo él podía ver.
—Esa jovencita sabe montar muy bien —dijo.
—Se llama Ellen. —Se rio Mary; se estremeció divertida, probablemente porque era una mentira que le habían dicho que dijera y, por tanto, en teoría, no estaba mal—. Es mi hermana.
—¿Y usted cómo se llama?
—¿Yo? —Soltó otra risita—. Mary.
—Mary. Sí. —La miró con una expresión vacía unos segundos moviendo la mandíbula de forma circular, como si estuviese masticando algo blando y pegajoso. Luego dejó la carretilla y fue a sentarse a su lado en el tronco de árbol caído, quejándose y poniéndose otra vez la mano en la espalda. Olía a paja, a suciedad, a humo de tabaco y a algo más que no supo identificar, y que imaginó que debía de ser solo su olor a viejo.
—Veo que me mira usted el ojo —dijo.
—¿Es de cristal?
—Sí.
—¿Se puede quitar?
—Sí. —Se rio—. ¿Le cuento cómo perdí el de verdad?
—Sí, por favor.
Ella se estremeció de impaciencia: le encantaba que le contaran accidentes espantosos.
—Fue una enorme corneja gris —dijo Pike, inclinándose hacia delante con las manos sobre las rodillas y mirando pensativo hacia delante con el ojo sano—. Estaba allí, en el prado, cogiendo nabos, y se abalanzó sobre mí, tal vez me confundiera con un carnero viejo con la pata rota, y ¡zas! —Chasqueó los dedos en el aire delante de la nariz de la niña—. Me arrancó el ojo de la cara.
Ella se volvió hacia él con un gesto de profundo escepticismo.
—¿De verdad?
—Tan cierto como que hay Dios, señorita —le aseguró Pike—. Por supuesto que sí, ¿por qué iba a mentirle?
Justo en ese momento los interrumpió otra voz.
—No le crea una palabra.
Billy Denton se les había acercado por detrás sin que lo oyeran. Llevaba una chaqueta vieja y raída con un cinturón a la espalda, pantalones con brillos en las rodillas y una gorra. Sujetaba la escopeta en el hueco del brazo derecho. Estaba mirando ceñudo a lo lejos, en dirección a los árboles. La niña vio enseguida que era una de esas personas tímidas que intentan ocultar su timidez dando a entender que están pensando todo el tiempo en algo muy grave que les pone de mal humor.
—Perdió el ojo —dijo— al caerse en la zanja una noche que volvía como una cuba del pub.
Era la primera vez que Mary oía hablar a Billy Denton —tenía una voz suave, profunda y redonda, como si llevara un hueso de melocotón o algo parecido en la boca— y decidió en el acto que se había enamorado de él. Se levantó del tronco para que tuviera que mirarla por fuerza, pero él le dedicó solo una brevísima mirada, todavía hosco y solemne.
En ese momento volvió su hermana, con el caballo sometido. Lo llevó hasta el picadero. El animal no parecía nada avergonzado por su absurdo comportamiento. La verdad es que era como un animal prehistórico, con esa cara pequeña y plana y los enormes ojos negros y vidriosos.
—Es hora de cambiarnos para la cena, Mary.
—¡No! —gritó indignada la niña. Había reparado en cómo su hermana evitaba mirar a Denton, probablemente ella también estuviera enamorada de él; era típico de ella encapricharse de cosas que querían los demás y que le importara un bledo lo que sintieran cuando se las arrebataba.
El brillante pelaje de Príncipe humeaba después de la galopada, y todavía mordía el bocado y resoplaba. ¿Cómo podía alguien que afirmaba que le gustaban los caballos obligarlos a ir horas y horas con una barra metálica metida entre los dientes?
—Le estaba diciendo a la niña, señorita —dijo Pike, alzando la mirada con los ojos entornados hacia Ellen, que seguía a horcajadas sobre el animal —, lo buena amazona que es usted.
—Gracias —respondió con sequedad Ellen, luego desmontó y le tendió la mano con impaciencia a su hermana—. Vamos, o tendrán que retrasar la cena y la señora O’Hanlon se enfadará.
Mary frunció el ceño, una de las maneras de irritarla que tenía su hermana era actuar como si estuviera segura de que le tenía miedo al ama de llaves, aun así, accedió a acompañarla, Príncipe fue detrás de ellas con la cabeza baja, como si escrutara el suelo en busca de algo que se le hubiese perdido.
—Vaya dos mocitas, ¿eh? —le dijo Pike a Denton, mirando a las niñas mientras se marchaban—. Aunque la mayor parece un poco estirada. —Se puso en pie con rigidez, sorbiendo aire entre los dientes—. ¡Ay, la espalda me está matando! —exclamó—. ¿No tendrás un pitillo?
Denton sacó un paquete de Player’s y le dio uno al viejo, luego encendió una cerilla y se la ofreció, cubriendo la llama con el hueco de la mano.
—Más vale que su excelencia no te oiga contándoles tus historias —dijo.
—¿Qué historias? —preguntó con inocencia Pike, aspirando con fuerza el cigarrillo para que no se apagara. El humo le causó en el acto un ataque de tos que le hizo doblarse en dos, con el puño apretado contra el esternón, la cara de rana congestionada y una lágrima en el único ojo útil. Denton lo observó sin inmutarse, y se cambió la escopeta del brazo derecho al izquierdo.
Strafford, todavía con las rodillas y los codos subiendo y bajando, llegó corriendo por el prado hacia el potrero.
—¿Han visto a la chica? —preguntó jadeante, y apartándose un mechón de pelo que le caía sobre la frente.
—Sí —respondió Pike, recobrando también el aliento después de tanto toser—. Las dos se han ido a cenar.
—Dios —masculló Strafford. Se volvió hacia Denton—. No nos conocemos —soltó—. Me llamo Strafford…, con erre.
Los dos jóvenes se dieron la mano, Strafford con una sonrisa —no convenía enemistarse con los lugareños— y Denton con el ceño fruncido y una mirada de soslayo.
Pike había recuperado el aliento lo bastante para arriesgarse a dar otra calada. Sostenía el cigarrillo con delicadeza entre el pulgar y el dedo corazón. Reparó en que ese tipo de Dublín no se había molestado en presentarse a él.
—No tiene que preocuparse por esa cría —dijo—. Muy brioso tendrá que ser el caballo que se atreva a derribarla.
Strafford estaba pisando el barro con la punta de la bota de agua; las botas que le había dejado sir William eran tres tallas grandes y tenía ya los talones rozados. Estaba enfadado consigo mismo y con la niña por perder el control del caballo; y también con esos dos palurdos, el mayor de los cuales no hacía el menor esfuerzo por disimular su diversión ante lo ocurrido, mientras el joven seguía con la mirada perdida como si todo le molestara. Strafford tuvo la impresión de que el día entero se burlaba de él. En silencio maldijo al inspector Hackett por endilgarle esa misión absurda e inútil; en ese momento le traía sin cuidado que unos pistoleros irrumpieran en la casa, secuestrasen a las dos mocosas reales, si querían, y pidieran rescate por cualquier suma que se les ocurriese exigir.
Dio media vuelta. Era raro que perdiera los estribos de ese modo. Debía controlarse. Si alguna vez había habido un momento en el que tuviera que tener la cabeza fría, era ese. Aun así, se alejó dando zancadas, con las manos apretadas con fuerza a la espalda.
Pike miró divertido a Denton.
—Son tiempos extraños, ¿eh?
Pero Denton no respondió, y se marchó también en dirección contraria al subinspector. Con una sonrisa sardónica, el anciano lo vio alejarse, luego escupió copiosamente, se agachó con un gemido, sujetó los mangos de la carretilla y la empujó con esfuerzo.