Las invitadas secretas

Benjamin Black · Capítulo 29 de 35

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Las invitadas secretas

Capítulo 28

 

El Jefe Clancy asomó la cabeza por la puerta de la taberna de Redmond para comprobar quién se le había adelantado. Era pronto, apenas había empezado a oscurecer, y la única clienta era la viuda Biddy Jenkins, que estaba en un rincón con su abrigo negro comido por la polilla y su sombrero de campana abollado. En una mesita redonda que tenía delante había una copa de jerez dulce, que no era la primera del día y tampoco sería la última.

El propio Redmond estaba torpemente encaramado a un taburete detrás de la barra, adormilado, con la cabezota sonrosada apoyada en un espejo enmarcado que anunciaba cigarrillos Sweet Afton con letras cursivas doradas. El Jefe miró su reloj de pulsera por cuarta o quinta vez en otros tantos minutos. Un cuarto de hora y estarían allí. Calculó que serían puntuales; sabía lo que era la disciplina para esos tipos.

Biddy seguía mirándolo afectuosa con ojillos achispados. Probablemente estuviese demasiado borracha para saber quién era. Le hizo un gesto, llevándose un dedo a los labios y señaló al hombre que dormía detrás de la barra. Luego fue por el pasillo procurando no hacer ruido —a su zapato izquierdo le crujía la suela—, subió las estrechas escaleras y entró en su despacho.

Se quitó el abrigo. Hacía frío. Había enviado a uno de los recaderos de la tienda en su bicicleta a decirle a Redmond que le pidiera a su mujer que encendiese el fuego —la estufa de queroseno despediría un olor horrible—, pero o bien el tabernero se había olvidado, o su mujer no le había hecho caso: Sadie Redmond era una furcia muy poco servicial.

Se tiró de la pernera de los pantalones, se agachó delante de la chimenea, echó unas cuantas bolas de papel de periódico y un puñado de ramitas y encendió una cerilla. El olor de la tinta al quemarse siempre le recordaba a las tardes de su infancia, mucho tiempo atrás, cuando él y su hermana se sentaban delante del fuego en la cocina al fondo de la casa de la calle Rose aprovechando que su madre había salido —como ocurría casi siempre— y los dos fumaban tubos de papel arrancados del Irish Catholic y fingían que eran cigarrillos. Era raro pensar en ella, en su hermana, viuda ya y trabajando entre libros en el ayuntamiento.

Apiló tres terrones de turba formando un trípode sobre las llamas y se puso en pie sacudiéndose las manos. Volvió a mirar el reloj y, justo en ese momento, oyó un corto y leve silbido fuera. Era la señal convenida. Fue a la ventana, apartó la esquina de la cortina y se asomó al callejón.

Ahí estaban, dos de ellos, de pie uno al lado del otro con las manos en los bolsillos y mirándolo.

Debería haber preparado una pipa. Siempre tenía la sensación de estar al mando cuando tenía una pipa encendida. Pero no había tiempo. Esos dos de abajo no eran de los que uno deja esperando. Bajó las escaleras de la puerta trasera, se detuvo un segundo antes de descorrer el cerrojo. Estaba nervioso, no podía negarlo.

 

No lo saludaron, se limitaron a entrar y a esperar que les indicara el camino. Uno de ellos, de mediana edad, llevaba un chaquetón marinero de lana negra, con los botones de latón, y un gorro de lana calado hasta las orejas. Era el que estaba al mando, Clancy se dio cuenta enseguida. El otro, más joven, era bajo y musculoso, ancho de hombros y de piernas arqueadas. Llevaba una cazadora de cuero con cremallera, en cuyos bolsillos laterales descansaban las manos, con los codos asomando en ángulo; su postura, con la barbilla hacia abajo y los pies separados, le daba aspecto de boxeador. Era calvo y no llevaba sombrero.

Subieron las escaleras, primero Clancy y los otros dos siguiéndolo de cerca. No hicieron el menor esfuerzo por no hacer ruido, y Clancy echó una mirada preocupada por encima de la barandilla en dirección al bar. Pero ¿de qué preocuparse? ¿Qué más daba si el ruido de los pasos en las escaleras despertaba a Redmond? El tabernero tenía cuidado de no meter las narices en lo que ocurría en la habitación de arriba. En cuanto a Biddy Jenkins, si oía el ruido, pensaría que eran los ángeles del Señor llegados para llevársela al paraíso.

En el rellano de lo alto de la escalera, donde una bombilla arrojaba un resplandor espectral sobre el rellano, Clancy observó mejor a sus visitantes. Le sorprendió el estado del rostro del de más edad. Los rasgos de la nariz hacia arriba eran normales, pero hacia abajo había solo una máscara helada de carne picada y pálida como la muerte. La mejilla derecha parecía enervada y tenía una enorme cicatriz, y los labios por ese lado estaban torcidos hacia arriba en una especie de sonrisa fija y desesperada: a Clancy le recordó a un pez retorciéndose al sacarlo del mar con un anzuelo clavado en la mandíbula.

No obstante, lo más impresionante era la nariz, que estaba reducida por los lados de forma que parecía no quedar nada de carne, solo una lámina afilada de cartílago con dos agujeros negros donde deberían estar las ventanas de la nariz. ¿Qué le habría ocurrido para causarle semejante daño? ¿Había quedado atrapado en un incendio o había esperado un segundo más de la cuenta antes de que estallara una bomba?

¡Oh, sí!, aquellos dos habían estado en primera línea, sobre todo el de más edad; eran conocidos, entre quienes estaban en el ajo, por las cosas por las que habían pasado, por lo que habían hecho.

Clancy abrió la puerta del despacho y reparó en que los dos que iban detrás se demoraron por instinto un segundo antes de cruzar el umbral. ¿Cómo sería vivir sabiendo que en cualquier cuarto en el que entrases podía haber un pelotón de hombres armados esperándote?

El de las cicatrices en la cara se quitó el gorro de lana y miró con calma a su alrededor, observándolo todo: la mesa con los papeles de Clancy, el fuego de la chimenea que no acababa de prender, la ventana con cortinas, la fotografía enmarcada en la pared de Pádraig Pearse, líder, patriota y mártir de 1916. Era un retrato famoso, tomado de perfil para disimular su bizquera, con el rostro coqueto y delicado del héroe de uniforme levantado en un orgulloso ángulo.

—¿Queréis una pinta de cerveza o alguna otra cosa? —preguntó Clancy —. Puedo bajar al bar.

El de más edad no dijo nada, como si no lo hubiera oído, mientras que el calvo de la chaqueta de cuero soltó una risa seca, como si la oferta de la bebida fuese demasiado absurda para tenerla en cuenta. Una estrella de luz de la bombilla de sesenta vatios del techo brillaba sobre su cráneo calvo, cuya piel estaba tensa y pulida como el reverso redondeado de un guante de boxeo.

—Soy Jones —dijo, con un marcado acento de Belfast, el de más edad— y él es Smith.

Clancy frunció el ceño.

—Pero me dijeron que…

El hombre lo miró.

—Da igual lo que te dijeran. Te lo repito: yo soy Jones y él es Smith. ¿Lo has entendido?

—Claro. Claro. Lo he entendido.

El supuesto Jones se desabrochó el chaquetón marinero, dejó el gorro en la mesa, apartó la silla de Clancy y se sentó en ella con las rodillas separadas. Llevaba ropa que parecía del ejército: pantalones verde oliva, un jersey negro de cordoncillo con el cuello de polo y gruesas botas negras con la suela de goma. Esa cara destrozada con su pálido pico en lugar de nariz le daba un inquietante aspecto de pájaro; no de halcón, no, ni siquiera de grajo, sino de algo igual de mortífero y rápido, con ojos pequeños, brillantes e implacables. «Dios proteja a cualquier ser vivo, peludo y de sangre caliente con el que se encuentre», pensó Clancy.

Smith, entretanto, recorrió despacio la habitación, mirando a su alrededor con sonriente desprecio, todavía con las manos metidas en los bolsillos. Se detuvo ante el retrato de Pearse y levantó la nariz en el mismo ángulo que él mientras tarareaba un fragmento del himno nacional para sus adentros.

Por un momento aterrador, Clancy pensó si no le habrían traicionado y esos dos no serían quienes decían ser. Solo había oído hablar de ellos y no tenía ni idea de qué aspecto tenían. El de más edad tenía pinta inconfundible de soldado, tal vez incluso de oficial. ¿Habrían ido mal las cosas? ¿Habría habido una filtración? ¿Se habrían enterado los británicos de lo que tramaban y habían eliminado a los dos que tenían que ir allí y enviado a esa pareja en su lugar para engañarlo, llevarlo a alguna parte al otro lado de la frontera y meterle una bala en la cabeza?

Se dijo a sí mismo que debía mantener la calma y no dejarse llevar por el pánico. A muchos voluntarios les habían dado instrucciones de alistarse en el ejército británico y esperar, a veces años enteros, recibiendo la instrucción y aprendiendo tácticas que luego utilizarían en la campaña contra el propio ejército del que habían sido miembros. Ese podía ser el caso de esos dos.

—Bueno, dinos —dijo Jones, apoyándose en la silla—, ¿son ellas?

Clancy se sintió espantosamente expuesto de pie en medio de la habitación con los brazos colgando y sin saber qué hacer con las manos. Era como si fuese él quien acabara de llegar, mientras el supuesto Jones se sentaba tan tranquilo delante de la mesa llena de papeles, como si ese fuese su sitio.

—Estamos bastante seguros, sí.

Jones entornó los ojos.

—¿Bastante?

—No, estamos seguros, estamos seguros —dijo atropelladamente Clancy. Tragó saliva y, cuando volvió a hablar, su voz sonó débil y entrecortada—. Estamos seguros.

Ojalá se hubiera preparado una pipa antes de su llegada; ahora, por alguna razón, era demasiado tarde. El calvo, Smith, se habría divertido mucho observándolo mientras llenaba la cazoleta de tabaco y se las veía con unas cerillas que se resistían a encenderse, por no hablar del atacapipas plateado que era el principal utensilio de cualquier fumador en pipa: sí que se habría reído aquel cabrón.

El hecho era que en realidad la pipa no le sentaba bien, por mucho que él intentara acostumbrarse. El médico le había prohibido los cigarrillos —tenía un soplo cardíaco heredado de su padre y del padre de su padre—, así que había empezado a fumar en pipa. Ahora dependía más de ella que de los puñeteros cigarrillos.

Parte del atractivo de la pipa, claro, era que uno nunca estaba ocioso, sino que siempre podía cogerla y empezar a toquetearla; si necesitaba tiempo para pensar, uno podía pasar más de un minuto encendiéndola y, al mismo tiempo, parecer sabio y pensativo. De todos modos, a menudo tenía la sospecha de que solo servía para hacerle parecer un puñetero idiota.

Jones metió la mano en el bolsillo del chaquetón, sacó un paquete de Gallaher’s y encendió uno.

—Bien, entonces estás seguro —dijo Jones—. Eso está bien. —No sonó como si estuviera ni bien ni mal—. En ese caso, nuestro viaje a vuestra encantadora República no habrá sido en vano…, ¿eh, Jimmy?

Smith seguía posando delante de la fotografía enmarcada, moviendo la cabeza de lado a lado, intentando verse reflejado en el cristal.

—Eso es, Jimmy —dijo, poniéndose otra vez un dedo en la punta de la nariz y empujándola un poco para que se pareciese a la nariz de Pearse.

Clancy los miró a uno y a otro con aire perplejo.

—Sí, los dos somos Jimmy —dijo el que estaba sentado a la mesa—. Él es Jimmy Smith y yo soy Jimmy Jones.

El que se hacía llamar Smith se apartó de la fotografía, se rio y negó con la cabeza calva.

—Parece imposible, ¿eh?

Clancy sabía que se estaban burlando de él. Sabía también que estaba muy asustado de esos dos: el que en vez de cara tenía una máscara de pájaro, y el torvo y desenvuelto peso pesado con el cráneo suave y pulido. No eran como los había imaginado. Parecían más gánsteres de Chicago que soldados de la retaguardia dedicados a la lucha por la libertad, la lucha que habían abandonado veinte años antes los chaqueteros, los chupatintas y los curas.

Pero bueno, pensó, en un esfuerzo por calmar sus temores, ellos venían del otro lado de la frontera, donde las cosas eran diferentes. Hombres duros. De todos modos esperó que no se quedasen por allí mucho tiempo. Que hicieran su trabajo y se marcharan. Por alguna razón, no creía que fuese a ser tan fácil.

Dios, ¿en qué lío se había metido?

Jones echó la ceniza del cigarrillo al suelo.

—Bueno, cuéntanos —dijo—, ¿qué hay de ese pobre desgraciado al que han matado los guerreros del Estado Libre?

—Joey Harte —dijo Clancy—. ¿Qué pasa con él?

—Eso es, ¿qué pasa con él…? Es lo que te estoy preguntando.

—No era nadie. Hacía algunos recados, nada más.

—¡Algunos recados! —exclamó Jones, abriendo los ojos. Se volvió hacia Smith—. ¡Fíjate! Tiene gente para que le haga los recados. —Volvió a mirar a Clancy, con la boca torcida contraída en una gélida imitación de una sonrisa —. Así que por eso te llamas Jefe. —Dio una calada al cigarrillo, lo cual no era fácil, dado el estado de su boca.

Clancy se pasó la punta de la lengua por el labio inferior; su propia boca se había quedado seca.

El miedo, el auténtico miedo, tenía que admitirlo, lo había dominado desde el momento en que había abierto la puerta de atrás y había visto a aquellos dos en el callejón.

No debería haber pedido a la oficina central que los enviara. ¿Qué necesidad tenía él de los tipos duros de Belfast? ¿Acaso no habría podido llevar a cabo la operación él mismo? La Brigada y él podrían haber ido a la mansión una noche oscura y…, ¿y qué? No podía ver más allá, se imaginaba andando sin ruido con la Brigada por el camino de acceso, con unos pasamontañas que no tenían —¿cómo conseguía uno un pasamontañas? ¿Pidiéndole a alguien que los tejiera?— y armados con pistolas imaginarias. ¿Qué habría ocurrido al llegar a la puerta? ¿Y dónde habrían estado De Valera y sus hombres?, ¿y qué estarían haciendo, mientras él ponía sitio al lugar?

Veinte años atrás, cuando era un voluntario en la Brigada del Sur de Tipperary, había participado en ataques nocturnos contra media docena de grandes mansiones en el vecindario, y había ayudado a quemar tres o cuatro de ellas. Pero eso había sido entonces, y esto era ahora, y, además, él nunca había sido el encargado de prender la gasolina que vertían sobre el parqué de los pasillos debajo de los retratos familiares. En esos tiempos nadie le agradecería que Clonmillis Hall fuese pasto de las llamas. El viejo Edenmore, aunque fuese británico y un unionista irredento, daba trabajo a más de veinte peones de granja y a todo el personal doméstico. El propietario de Clancy & Co., comerciante en madera y ferretería, pagaría las consecuencias si se llegaba a saber que era el responsable de que toda esa gente se quedara sin trabajo.

No, cada vez lo veía más claro y tenía que reconocerlo: no debería haber puesto en marcha todo eso.

¿Qué más daba que hubiesen enviado allí a un par de niñas para su protección, aunque fuesen las hijas del rey de Inglaterra, como él sabía? Podría haber hecho la vista gorda, podría haber tenido la boca cerrada y haber pasado de largo; pero no, oh, no, no pudo resistir la tentación de fanfarronear en el pueblo y dárselas de gran hombre. El asunto le había caído en las manos de un modo tan sencillo e irresistible que no se le ocurrió otra cosa que avisar a la oficina central en Belfast, para que tuvieran que hacerle justicia y reconocieran por fin su valía para la causa. Y míralo ahora con aquel par de bromistas.

Reparó en que alguien le estaba hablando.

—¡Eh, señor Jefe, despierta!

—¿Qué?

Era Jones, todavía sentado a su mesa, todavía mirándolo con esa cara medio muerta y esos ojos burlones.

—Te he hecho una pregunta.

—Lo siento…, estaba…

Jones se volvió hacia Smith y negó con la cabeza, asqueado. Luego se dirigió a Clancy y le habló despacio y en voz alta, como si se dirigiese a un niño retrasado.

—Te he preguntado qué distancia hay desde aquí hasta ese lugar, no sé qué Hall.

—No mucho. Quince kilómetros.

—¿Y dices que hay soldados vigilándolo?

—Solo un puñado.

—¿Qué armamento tienen?

El Jefe se encogió de hombros.

—Fusiles. Un coche blindado.

—¿Y ya está? Dios, no han reparado en gastos, ¿eh? Un coche blindado nada menos.

Jones miró a Smith y los dos se rieron. Smith se había cansado de hacerse el gracioso delante de la fotografía de Pearse, había ido a la mesa y se había sentado en ella, de hecho, con el trasero encima de los papeles de Clancy, y se había puesto a balancear las piernas, todavía con las manos en los bolsillos de su reluciente cazadora de cuero de tipo duro.

—Creo que hay una ametralladora montada en el coche blindado —dijo Clancy.

Smith sacó las manos de los bolsillos y alzó las palmas en el aire como si estuviese aterrorizado.

—¡Oh, qué miedo, mi brigada! —exclamó con voz temblorosa.

—Un puñado de soldaditos, unos cuantos fusiles y una ametralladora oxidada —dijo Jones, sonriendo y moviendo la cabeza—. ¡No tenemos ninguna posibilidad! —Después de cada frase tenía que alzar el nudillo y limpiarse la sustancia blanca, como salivazo de cuco que se acumulaba en la comisura congelada de su boca. Lanzó la colilla a la chimenea, sacó otro cigarrillo del paquete y lo encendió—. ¿Quién está al mando? —preguntó. Clancy no le entendió. Jones chasqueó la lengua y miró hacia el techo como si estuviese desesperado—. ¿Quién es el oficial al mando, puñetero idiota?

Clancy estuvo a punto de decírselo, pero se contuvo. «Espera un momento», se dijo. Cuanto menos revelara, de menos cosas podrían culparlo, si las cosas iban mal y los capturaban. Tenía la sensación en el estómago de que era más probable que fuesen mal que lo contrario.

—No lo sé —respondió—. No son de por aquí, los han enviado de Dublín…, de los cuarteles Collins —añadió, para que sonara más convincente, aunque de hecho no sabía de dónde los habían enviado.

Lo que no iba a contarles a aquellos dos, si como parecía no lo sabían ya, era que el oficial encargado de cuidar de las dos hijas del rey era el comandante Vivion de Valera, el hijo del taoiseach. Había una cosa llamada traición; suponía que ahí debía de ser castigada con la pena de muerte, como le constaba que ocurría en Inglaterra. No tenía intención de morir con la soga de un verdugo irlandés al cuello y acabar en una tumba en el barro de las llanuras de Kildare.

—Muy bien —dijo con energía Jones, poniéndose en pie—. Manos a la obra.

—¿Qué vais a hacer? —preguntó Clancy, incapaz de disimular su preocupación.

Jones lo miró y enarcó una ceja.

—¿Cómo que qué vamos a hacer? Iremos allí con nuestras ametralladoras Thompson y liquidaremos a los del Estado Libre que vigilan el lugar, después entraremos en la casa y le cortaremos el pescuezo a todos los que encontremos, sean de la realeza o no.

Se hizo un momento de silencio, a Clancy parecía que los ojos iban a salírsele de las órbitas, y luego Smith, todavía sentado en el borde de la mesa, soltó una carcajada como un relincho.

—Míralo —le dijo al hombre que estaba al lado de la silla—. Creo que se ha cagado encima. —Miró asqueado a Clancy—. ¿Qué coño te pasa? ¿A qué crees que hemos venido? ¿A hacer una visita a sus altezas reales y besarles la mano?

—Bueno, vamos —dijo con brusquedad Jones. Él también se volvió hacia Clancy—. Coge el abrigo. Y deja de temblar…, no habrá disparos, si no es necesario. Nos gusta la vida tranquila, ¿verdad, Jimmy?

Smith se limitó a reírse.

Fueron hacia la puerta, luego Jones se detuvo.

—¡Ah, oye! —le dijo a Clancy—, hay un par de lecheras en el maletero, llénalas de gasolina, ¿quieres?

—¿Gasolina? —preguntó Clancy, con un deje de alarma, y por un segundo le pareció ver, igual que veinte años antes, las llamas danzando a lo largo de los suelos de madera en airosos pasillos y las puertas principales exhalando nubes y nubes de humo que olían a siglos.

Jones soltó un exagerado suspiro de hastío.

—Sí, gasolina. Eso con lo que funcionan los coches.

—¿Tenéis un coche?

—Bueno, no hemos venido andando.

—¿Dónde está?

Clancy imaginó a un grupo de personas del pueblo a la puerta de la taberna, observando el vehículo desconocido con el mayor interés. En Clonmillis no había muchos coches, y rara vez llegaban coches de otro sitio.

—Está siguiendo por la carretera, en un camino —respondió Jones—. Y no te preocupes, es un coche del Estado Libre. Lo cogimos en Dundalk.

—¿Lo cogisteis?

—Joder, no íbamos a comprarlo, ¿no? ¿O es que crees que deberíamos haber venido en nuestro propio coche desde Belfast, pegando tiros al aire y cantando A Nation Once Again?

Clancy cogió el sombrero y el abrigo del perchero del rincón. Palpó el bolsillo derecho y notó el reconfortante perfil de su pipa. Vaya usted a saber cuándo tendría ocasión de fumársela.