Las invitadas secretas
Capítulo 26
Todavía era pronto cuando se recibió en la mansión una llamada del despacho del ministro Dan Hegarty. Strafford se enteró después de que Lascelles y él llegaran a la casa y Lascelles fuese a aparcar el Bentley.
Hynes, el mayordomo, tardó todo lo posible en responder, con la esperanza de que quienquiera que estuviese al otro extremo de la línea se desanimara y colgara, pero al final tuvo que ceder. Se acercó al aparato a la defensiva, igual que hacía siempre, como un gladiador armado con una lanza y una red, pues veía aquel artilugio —¡una máquina que hablaba!— con un temor primitivo y perpetuo. Levantó el auricular y escuchó, y oyó cómo le pedían que informara a su excelencia, el duque, de que el ministro, el señor Hegarty, llegaría a Clonmillis Hall a la mañana siguiente en un coche oficial.
¿Era el señor Hegarty quien estaba al aparato?, quiso saber Hynes.
No, no lo era: quien hablaba era su secretario personal.
Al principio el anciano apenas comprendió lo que le decían: nunca había oído hablar de ningún señor Hegarty, y no entendía por qué alguien se creía con derecho a llamar como caído del cielo y anunciar la inminente llegada de otra persona a quien por lo visto representaba.
Iba de camino a lo que al duque le gustaba llamar su despacho —un escondrijo accesible solo por una puerta baja, apenas visible, debajo de las escaleras— cuando Strafford entró por la puerta principal. Hynes le había cogido simpatía al joven, que aparte de ser educado y muy bien hablado, le había dado cinco chelines al final de su primera semana allí. El mayordomo se desvió y se acercó al subinspector, que, haciendo equilibrios sobre una sola pierna en la estera de al lado del perchero, intentaba quitarse una de las botas de agua que había cogido prestadas.
—¿Va a venir el ministro? —dijo sorprendido Strafford con la bota en la mano—. ¿Ha dicho para qué?
Hynes se lo tomó a broma. No podía concebir que alguien pensara en serio que un funcionario del gobierno, en particular el secretario personal de un ministro, le contara a nadie las intenciones de su amo, y menos a un criado; a diferencia de la señora O’Hanlon, Hynes no se hacía ilusiones sobre su estatus en la casa.
—¡Oh, no, señor Stafford, no me lo ha dicho! —Hynes, como muchos otros, no acababa de aprenderse el nombre de Strafford y siempre lo pronunciaba mal, y Strafford había dejado de corregirle—. Además, no ha sido él quien ha llamado.
—Así que va a venir —repitió Strafford con una sonrisa—. Demonios. — Comprendió que le divertía imaginar cómo se desenvolvería Dan el Hombre de la Calle con las intrincadas sutilezas sociales de Clonmillis Hall, por no hablar de la muerte de un civil a manos de las fuerzas de defensa—. ¿Y dice usted que llega mañana?
—Eso es, señor. Después del desayuno. O eso dijo la persona que telefoneó.
—¿La persona?
—Dijo que era su secretario. —Estaba claro que el anciano consideraba altamente improbable, por no decir risible, la posibilidad de que existiera un secretario masculino—. Van a traerlo en coche.
—¿Lo sabe sir William?
—Ahora mismo iba a decírselo, señor.
—Sí, bueno, creo que será mejor que se lo diga usted cuanto antes.
Hynes esbozó una especie de saludo —Strafford sospechaba que el anciano lo tomaba por un militar de paisano que se hacía pasar por policía— y se alejó arrastrando los pies por el pasillo.
Strafford se quitó la segunda bota y se quedó flexionando los dedos y hundiéndolos con placer en la mullida estera.
Así fue como lo encontró Lascelles. El inglés había dejado el coche en el patio del establo, juzgando que sería mejor no dejarlo a la vista. «No quiero que termine lleno de agujeros de bala, si acabamos sitiados», le había dicho a Strafford con una sonrisa sardónica, antes de llevarlo a la parte de atrás de la casa.
Recibió la noticia de la visita de Hegarty frunciendo el ceño con sorpresa.
—¿A qué viene? —quiso saber.
—Bueno, se habrá enterado de la muerte de Harte. De hecho, usted mismo le informó anoche, ¿no?
—Sí, pero ¿qué tiene eso que ver con él? —Una idea se le pasó por la cabeza—. Vaya usted a saber si no tendrá pensado quedarse.
Los dos hombres se miraron en silencio, luego se rieron a la vez.
Justo en ese momento, Celia Nashe apareció en lo alto de la escalera, su aspecto dejó entender con claridad que consideraba la exhibición de frivolidad de los dos hombres muy poco apropiada dadas las circunstancias.
—El puñetero ministro viene para acá —le gritó Lascelles—. ¿Se imagina?
Ella empezó a bajar las escaleras.
—¿Qué ministro?
—Hegarty —respondió Strafford—. El de Asuntos Exteriores.
—Ah, ya. —Parecía sorprendida, como si no se le hubiese ocurrido que Irlanda pudiera tener ministros del gobierno—. Lo que nos faltaba —añadió lúgubre. Se volvió hacia Lascelles—. Les he dicho a las niñas que tendrán que quedarse en la casa hasta previo aviso.
Lascelles sonrió irónico.
—¿Cómo se lo han tomado?
—¿Y usted qué cree?
Celia Nashe parecía desconcertada y enfadada; estaba claro que Lascelles no tenía intención de dejarla olvidar que había sido ella quien había insistido en relajar el control de la libertad de movimientos de las niñas por la finca.
—¿Qué razón les ha dado para que tengan que quedarse en la casa? — preguntó Strafford.
La joven se ruborizó.
—Que había un escape de gas en la vaquería, les he dicho no sé qué de la urea. —Se mordió el labio—. Ha sido lo único que se me ha ocurrido, así de repente.
Strafford asintió con la cabeza, sin inmutarse.
—Bien, bien —murmuró Lascelles con aire ausente, aunque en realidad no la había oído. Se había quitado el abrigo, lo colgó en el perchero y lanzó el sombrero para que aterrizara pulcramente en un gancho justo al lado—. No sé si tomármelo a risa o asustarme —dijo—. Esto se está convirtiendo en una especie de farsa irlandesa…, el bueno de Shaw se lo habría pasado en grande. Apiolan a Paddy en un pinar mientras unos petimetres organizan la visita del inspector del gobierno.
Se apartó de pronto de ellos, silbando y dándose palmaditas en los bolsillos de la chaqueta en busca de su pitillera. Había recobrado gran parte de su aplomo.
—Bueno —preguntó envarada Celia, volviéndose hacia Strafford—, ¿qué novedades hay?
Él podría haberse burlado de la rigidez con que le habló: ante la duda, conviértete en robot. Pero no se burló, y le contó lo de la fotografía que habían encontrado en el bolsillo de Harte. Ella se lo tomó, tuvo que admitirlo, con una calma admirable.
—La identidad de las niñas era un secreto imposible de guardar —dijo.
—Voy a ir a hablar con el joven Denton —dijo Strafford—. Da la impresión de que es probable que el informante haya sido él.
—¿El informante?
—El que le reveló a Joey Harte la verdadera identidad de las niñas: el que le dio la fotografía del periódico. ¿Sabe que los británicos fusilaron a su madre?
—Sí. —Hizo una pausa—. ¿Cree que fue él quien rompió el secreto?
—No lo sé. ¿Y usted?
Ella se ofreció a acompañarlo. Strafford volvió a ponerse las botas de agua —todavía horriblemente calientes y pegajosas— mientras ella subía a por sus botas de campo, las que no había tenido ocasión de ponerse en las lejanas, anheladas y al parecer nunca asequibles Tierras Altas de la bella Escocia.
Fueron juntos a la puerta principal y se encaminaron hacia el bosque.
—¿Ha traído un arma? —preguntó Strafford como si tal cosa; estaba seguro de que ella no se había dado cuenta de que había visto la pistola en el cajón de la ropa interior.
—¿Y usted?
—El nuestro es un cuerpo policial no armado.
—El nuestro también.
Mientras cruzaban por la hierba, las nubes de lluvia que habían estado amontonándose toda la mañana se abrieron de pronto y un débil rayo de sol asomó y vertió sobre la hierba un esforzado resplandor pálido y amarillo.
Mary los vio desde la ventana del rellano de su ala de la casa y se quedó observándolos hasta que se perdieron de vista. Llevaba vigilándolos desde el principio, cuando llegaron a la casa, convencida de que antes o después se enamorarían. Ahora, al verlos desaparecer juntos en el bosque, se alegró de haber tenido razón.
Le gustaba que la gente se enamorara; siempre hacía que las cosas fuesen más interesantes, sobre todo si era probable que hubiese una tercera persona en escena para sazonar el guiso. El señor Lascelles podía interpretar ese papel a las mil maravillas.
Sabía de estas cosas por el mucho tiempo que llevaba estudiando a las decenas de criados entre los que habían vivido ella y su familia, como ballenas deslizándose entre omnipresentes bancos de pececillos.
Había habido una ocasión en Buck House, una tarde en la que, aburrida y en busca de algo que hacer, había entrado en uno de los dormitorios —el palacio tenía cincuenta y dos, uno para cada semana del año— y descubrió a la dama de compañía de su madre, la duquesa de Bristol, en la cama con un lacayo. No le contó a nadie lo que había visto, pero la duquesa, que conocía bien a Mary y su capacidad para guardar un secreto, se fue a toda prisa, dando una vaga explicación de su marcha, y se instaló en la casa de su marido en el sur de Francia hasta que juzgó que era seguro volver discretamente a Inglaterra, lo cual no sucedió hasta varios años más tarde.
En cuanto al lacayo, que se llamaba Fred, resultó ser una fuente abundante de regalos, de todo tipo; entre otras cosas, cajas de chocolatinas de Fortnum & Mason —robadas, claro, de los suministros de mercancías del palacio— y una rata blanca domesticada, de una camada criada por el hermano pequeño de Fred, que ella escondió una semana en una caja de cartón debajo de la cama y alimentó con trocitos de jamón cocido y pastel de frutas hasta que se escapó y no volvió a verla. Supuso que los gatos del palacio debieron de acabar con ella.
Especuló con qué irían a hacer la señorita Nashe y el subinspector en el bosque. Se besarían, abrazarían, suspirarían y demás; pero después ¿qué? Había visto animales de granja dedicados a la copulación, pero no podía creer que esos torpes, cómicos y groseros esfuerzos se parecieran en algo a lo que los seres humanos hacían en la cama; si se parecían, jamás dejaría que nadie se lo hiciera a ella.
En un rincón del alféizar vio el cadáver reseco de una avispa atrapada en los restos desgarrados de una telaraña. Soltó la momia en miniatura de los hilos de seda que, aunque grises por el polvo, todavía seguían siendo pegajosos, la levantó con cuidado entre un dedo y el pulgar, se la acercó a los ojos y la contempló fascinada. La naturaleza era muy extraña, pensó, qué manera de despilfarrar cosas bellas. Le bastó con apretar un poco la avispa para que se convirtiera en un pellizco de polvo de color pajizo. Se limpió los dedos en el vestido y volvió al dormitorio.
Su hermana estaba en la cama, con la nariz pegada a un libro, como de costumbre.
—Acabo de ver a doña Estirada y al poli escabulléndose juntos al bosque.
A esas alturas, Mary había conseguido olvidar la noche en que se metió en la cama de Celia Nashe necesitada de calor y de consuelo, y su subsiguiente resolución de dejar de llamar a la señorita Nashe por el apodo que había ideado para ella.
—No está bien espiar a la gente —dijo su hermana, sin apartar la vista de la página.
Tenía las rodillas dobladas debajo de las sábanas y el libro apoyado contra ellas. Su tobillo ya estaba curado, aunque de vez en cuando, si se acordaba, cojeaba un poquito, para recordarle a todo el mundo lo mucho que había sufrido y las secuelas de la lesión que todavía seguía padeciendo con valentía.
—Supongo que deben de haberse enamorado —dijo Mary.
—¡Por el amor de Dios, no seas absurda!
—¿Qué tiene de absurdo? La gente se enamora todo el día, sobre todo cuando está encerrada en un sitio como este sin nada que hacer. —Se sentó en su cama y empezó a toquetearse un padrastro que tenía en el dedo corazón de la mano izquierda—. Echo de menos a Crawfie. —Crawfie era el nombre familiar de la señorita Crawford, la institutriz de las niñas, que se había llevado un buen disgusto al enterarse de que no iban a enviarla a Irlanda a cuidar de ellas—. Ojalá estaría aquí.
—Estuviese, no «estaría».
—¿Qué?
—Se dice «Ojalá estuviese aquí», es lo correcto gramaticalmente.
Mary entornó los ojos.
—Te odio —dijo.
Tiró de la pálida tira de piel al lado del dedo, y una minúscula punzada de dolor le recorrió toda la mano. El dolor era interesante. Sabía muy bien que no podría resistir mucho, ¡imagina que te torturasen! Fred, el lacayo al que tenía comprado, le había contado que la Gestapo le arrancaba las uñas a la gente cuando la torturaba para que contara secretos. ¡Imagínate! Se estremeció.
—Te agradecería que dejaras de moverte —dijo su hermana.
—¿Cuánto tiempo crees que tendremos que quedarnos en la casa? —Ellen apretó los labios y fingió concentrarse en su libro—. No me creo esa historia de la fuga de gas en la vaquería, ¿y tú? —preguntó Mary.
—No, claro que no.
Se hizo un silencio un rato; luego, Mary comentó con calma:
—Doña Estirada tiene una pistola. —Estaba mirándose el padrastro tan de cerca que la yema del dedo casi le rozaba el globo ocular. Se acordó de cuando Pike se sacó el ojo de cristal y se lo puso sobre la palma de la mano; tenía una fina película de baba brillante por encima, como si lo hubiesen sumergido en vidrio soluble—. La guarda en un cajón de su cuarto, con las medias y sus cosas. Es una pistola, en una funda de cuero. Vi cómo la guardaba el día que…
—¡Calla de una vez, por favor! —gritó Ellen. Había cerrado el libro de golpe y estaba recostada en los almohadones con la mirada hacia arriba, interpretando a una mártir—. ¿Por qué sigues contando esas mentiras? ¿No entiendes que no me interesan lo más mínimo tus ideas absurdas?
Mary sonrió. En realidad era muy fácil sacarla de quicio.
—No miento —dijo en un tono tranquilo y razonable, que sabía que era mucho más irritante que los gritos—. Si quieres, te la enseño.
—¡Oh, sí, claro, me la vas a enseñar! —respondió Ellen, volviendo a abrir el libro.
Mary se sentó muy quieta y miró a su hermana un momento, luego se puso en pie y salió despacio de la habitación con la cabeza alta, la espalda recta y los brazos muy rígidos en los costados. Ellen, a pesar de sí misma, la miró con el ceño fruncido. ¡Qué niña tan ridícula! ¿Qué quería, imitar a un soldado de la Guardia Real?
No obstante, al cabo de un momento, Mary volvió con una funda de cuero en la mano y un extraño cinturón de piel, que al cabo de un momento Ellen decidió que debía ser para sujetarla al hombro.
—¿Lo ves? —dijo Mary, acercándose a la cama de su hermana y abriendo la funda—. Ahora dime que miento.