Las invitadas secretas

Benjamin Black · Capítulo 14 de 35

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Las invitadas secretas

Capítulo 13

 

No tuvo miedo, no exactamente. Todos sus sentidos estaban alerta. Los latidos de su corazón, que ella pensaba que se acelerarían, se habían ralentizado hasta seguir un ritmo firme, casi solemne; era como el retumbar lejano de un tambor fúnebre. Temió hacerse pis no de miedo, sino por la presión de la adrenalina que corría por sus venas.

Sacó la Browning del bolsillo y le quitó el seguro.

¿Y ahora qué? Todo parecía irreal, como sacado de una película de serie B de Hollywood; un jardín en plena noche, una figura misteriosa oculta entre las sombras y una rubia con una pistola en la mano. Lo único que faltaba era el gemido de una sirena de policía en la distancia.

Habría podido ser divertido, pero no lo era.

No era una película; estaba ocurriendo de verdad. Alguien podía acabar muriendo, y ella podía ser ese alguien, incluso aunque estuviese armada y prevenida. Sí, era real, pero, en cierto modo…, en fin, en cierto modo también ridículo.

Al verlo, pensó que el hombre al pie de árbol podía ser un intruso, aunque no fuese necesariamente una amenaza para sus pupilas reales. En el mejor de los casos podía ser un cazador furtivo, pero en el peor de…, en fin, no estaba segura de qué podía ser en el peor de los casos.

¿O puede que no fuese ningún intruso? ¿No sería alguien del servicio doméstico? Por lo que ella sabía, podía haber una tradición centenaria según la cual algún pobre palurdo tuviera que montar guardia toda la noche, incluso en tiempo de paz, incluso cuando no había ningún preciado huésped en la mansión que necesitara protección. Podía tener un título: el Centinela Nocturno de su Excelencia, o algo igual de absurdo y anticuado. Estuvo a punto de echarse a reír; la tensión la estaba mareando.

La muñeca le dolía por el peso de la pistola —¿por qué tenía que pesar tanto?— y cada vez estaba más impaciente, titubeando allí, incapaz de pensar qué debía hacer con exactitud. Por alguna razón tuvo la impresión de que la situación requería un comportamiento muy puntilloso, pero no habría sabido decir por qué.

—¡Usted! —gritó, con una voz que sonó extrañamente insulsa en la vastedad de la noche—. ¡Usted, el de debajo del árbol…, salga de ahí! —El hombre de la gabardina se sobresaltó, y giró la cabeza a un lado y al otro, evidentemente sorprendido e incapaz de decir con exactitud de dónde llegaba la voz—. Salga —volvió a gritar Celia—, salga de la sombra. En la hierba, donde pueda verlo. Se lo advierto, estoy armada.

Ahora que había tomado la iniciativa, la situación parecía incluso más melodramática e irreal que hasta ese momento. Incluso se le pasó por la imaginación que todo podía ser una broma, organizada para asustarla y demostrarle que era la tonta que había negado ser, y que por la mañana sería el hazmerreír de toda la casa, tanto de los criados como de los señores. Había oído que a los irlandeses les encantaba burlarse de los desconocidos y hacerles quedar como idiotas —¿no había algo llamado una «broma irlandesa»?— y que se suponía que eso era parte de su encanto.

Por fin, el tipo salió de su extraño trance y dio dos pasos adelante hacia el leve brillo mercurial del claro de luna, y se detuvo. Llevaba sombrero, y tenía la mano derecha en el bolsillo de la gabardina. ¿Y si él también tenía una pistola? Ni siquiera tendría que sacarla del bolsillo, podía disparar a través de la tela.

Pero no sabría adónde apuntar, puesto que no podía verla, acurrucada como estaba en la negra sombra de la tapia…, ¿o sí?

—¡Levante las manos!

Nunca había imaginado oír decir esa frase en la vida real, y desde luego no a sí misma.

—¿Señorita Nashe? —preguntó dubitativo el hombre del jardín. Sonó como si estuviese a punto de echarse a reír.

Era Stafford, o Strafford, o comoquiera que se llamase… ese irlandés extraño que no tenía acento irlandés. ¡Maldita sea! Ahora sí que se sintió idiota; menos mal que era de noche o la habría visto ruborizarse de vergüenza.

Se incorporó, volvió a poner el seguro de la pistola y se la guardó en el bolsillo de los pantalones. Salió de la sombra protectora hasta la hierba. Ahora que sus ojos se habían acostumbrado podía ver con claridad. Todo estaba bien definido, aunque todo fuera distinto, como si estuviese viendo la escena en un negativo fotográfico.

—¿Qué hace aquí? —preguntó con voz más irritada que antes.

—Yo podría preguntarle lo mismo —respondió Strafford.

No parecía nada desconcertado, después de su primera sorpresa al verse sorprendido de manera tan inesperada, en un jardín, en plena noche. De hecho, ella sospechó que estaba sonriendo.

La oleada de adrenalina había pasado, y de pronto fue consciente de la frialdad del aire.

—¿Por qué está aquí? —volvió a preguntar.

—Me ha parecido oír algo —respondió él—. Una especie de grito.

Debía de haber sido el grito de Mary. Le sorprendió: sus habitaciones estaban a cierta distancia de la mansión, al otro lado de los establos. Debía de tener muy buen oído; también le sorprendió que estuviera tan vigilante. Si ella hubiese estado dormida en los establos, ¿habría oído un grito, aunque fuese tan agudo, desde tan lejos?

Él pareció leerle el pensamiento, pues añadió:

—Estaba despierto, leyendo. Lo siento, pero padezco un poco de insomnio.

Ella no lo creyó, pensó que debía de ser una mentira piadosa, por si alguien lo acusaba de estar despierto y vigilante mientras los demás dormían. O sea, que era un caballero. No estaba acostumbrada a semejantes demostraciones de tacto en su trabajo. Le hizo sospechar; ¿estaría burlándose de ella? Se dijo que no debía estar siempre a la defensiva. Era una debilidad suya, pensar siempre que se estaban burlando de ella. Esperó que eso no fuese señal de una profunda inseguridad; tendría que soportar muchas burlas masculinas, si es que iba a hacer carrera en el servicio.

—Es probable que sí oyera usted algo —dijo—. Fue un grito. La pequeña, Mary, tuvo una pesadilla. Soñó que había un hombre en el bosque y que el cielo estaba en llamas.

—¡Ah!, por eso está usted aquí.

—No había nadie, ¿verdad? Quiero decir aparte de nosotros. ¿Ha visto a alguien?, ¿a algún intruso?

—Ni a un alma.

—Dijo que el hombre tenía la cabeza de pájaro.

—Bueno, desde luego no he visto a nadie así. Tampoco he visto el cielo en llamas.

—Ya se lo he dicho —respondió con sequedad—, era un sueño.

—Sí, claro —replicó en tono más humilde.

Y, no obstante, Celia notó que también él se sentía cogido en falta. Debía de ser vergonzoso que a uno lo sorprendieran así, merodeando en la oscuridad entre los árboles. A lo mejor estaba orinando; por lo que ella sabía, bastaba que los hombres salieran de los confines de las cuatro paredes en las que se encontraran para que sintiesen la inmediata necesidad de desabrocharse la bragueta y apuntar al árbol o la maleza más cercanos. Seres primitivos. Bueno, si por el motivo que fuese se sentía incómodo, ella se alegraba. Equilibraba la balanza entre ambos, que se había inclinado mucho hacia su lado el día anterior cuando se permitió expresar todas sus dudas e incertidumbres. Ahora podía empezar de nuevo, en pie de igualdad: los dos se habían puesto en ridículo.

—¿De verdad tiene un arma? —preguntó él.

Sonó impresionado y escéptico al mismo tiempo, y también vagamente divertido.

—¿Y usted? —replicó ella.

—No. Bueno, tengo una, quiero decir que me dieron una, pero no la tengo conmigo. Supongo que ha sido una negligencia por mi parte.

Su timidez resultaba irritante y al mismo tiempo extrañamente reconfortante; sí, los dos habían sido cogidos en falta.

—Pronto amanecerá —dijo ella.

—Sí. ¿Está bien la niña?

—Pues claro. Ya se lo he dicho: ha sido solo un sueño.

Una luna creciente se había alzado detrás del bosque y colgaba por encima de la masa de árboles, como apoyada en una hamaca invisible. Strafford ladeó la cabeza y se quedó mirándola pensativo.

—¿Me habría disparado? —preguntó con suavidad, todavía contemplando la luna.

—A usted espero que no, pero a otra persona sí. Quiero decir a un intruso.

—¿Lo ha hecho antes?, me refiero a lo de dispararle a alguien.

De pronto ella cayó en que debía de ser mayor que él. Le habría gustado saber cuántos años. ¿Tres?, ¿cuatro? ¿Tal vez más? Le sorprendió pensarlo. Casi todas sus amigas ya estaban casadas.

—Hace frío —dijo con brusquedad—. Deberíamos entrar.