Las invitadas secretas
Capítulo 32
Celia Nashe estaba furiosa consigo misma, furiosa y asustada. ¿Cómo podía haber sido tan idiota de dejar entrar a Dick Lascelles en su habitación precisamente esa noche, un día después de que mataran a un hombre y la advirtieran de que sus dos pupilas corrían un serio peligro? ¡Y quién había visto a Lascelles en su cama sino una de las dos a las que la habían enviado a proteger! Podría perder su trabajo…, podría perderlo todo. La niña lo contaría. Tal vez no esa noche, ni mañana, pero en algún momento, cuando le conviniera.
¿Podría sobornarla? Era una idea espantosa, y Celia se escandalizó consigo misma por pensarla. ¿Qué podía querer?, ¿qué aceptaría? ¿Qué se le podía ofrecer a una hija de la Casa de Windsor a cambio de su silencio?
Se sentó en un lado de la cama —Lascelles había huido de la habitación, claro, con su sonrisa nauseabunda, a medio vestir y farfullando excusas—, agachó la cabeza y se apretó los dedos contra los párpados lo más fuerte que pudo aguantar.
¡Idiota, idiota!
Strafford había comido solo media patata cuando de pronto volvió a dominarlo la fatiga y, apenas consciente de lo que hacía, se desplomó despacio hasta apoyar la cabeza sobre la mesa al lado del plato y se quedó profundamente dormido.
Mucho tiempo después despertó con un gruñido de alarma, sin saber dónde estaba ni qué le había ocurrido. Tenía el labio inferior pegado con saliva seca a la mesa. La fiebre había cedido un poco y ahora estaba helado hasta la médula. Lo que le había despertado había sido la alfombra al deslizársele de los hombros y caer al suelo detrás de la silla; fue como si se hubiese despojado de su propia piel en un movimiento resbaladizo.
Se puso en pie y fue hacia el cobertizo, donde, todavía tembloroso, se arrodilló delante de la taza del váter y vomitó. Lo que salió fueron los restos de la patata que había comido y un hilillo tembloroso de baba biliosa. Después se sintió un poco mejor, aunque seguía teniendo frío.
En su habitación, abotonándose a toda prisa la ropa con dedos trémulos, se asomó a la ventana y vio un resplandor en forma de corona al rojo vivo por encima de los árboles a lo lejos. No era la luz del amanecer, sino un incendio, un incendio en el bosque.
Debía avisar, debía dar la alerta. Girar la manivela al lado del teléfono le recordó a la vieja Kate, la doncella, en la cocina de Roslea, preparando un pollo para la olla y dándole vueltas a la pata para arrancársela, los tendones al romperse rechinaban exactamente igual.
El timbre, a través de los campos, al otro extremo de la línea sonó y sonó. Se quedó al lado de la mesa, esperando, con la mirada fija en el plato de comida al lado del teléfono. ¿Dónde estaban De Valera y su desventurada pandilla de guerreros? Incluso si habían salido de patrulla, deberían haber dejado a alguien en el escondrijo camuflado donde estaba el teléfono de campaña.
Era raro, pero lo que se le quedó grabado a partir de ese momento no fue el sonido quejoso del timbre del teléfono sin responder, ni el tacto áspero del jersey de cuello alto contra la tierna piel del cuello, ni siquiera la angustiosa sensación de tener un hueco en el pecho; no, lo que más llamó su atención fue el aspecto blanquecino, siniestro y sugerente de la grasa gelatinosa sobre las lonchas de ternera del plato, y las tiras de chirivía, cuatro, pulcramente dispuestas como otros tantos dedos pulposos cortados a la altura del nudillo.
El timbre siguió sonando. Entonces lo comprendió: al igual que él, el comandante y sus hombres habían visto los árboles en llamas y habían ido corriendo, todos ellos, a investigar. De momento, estaba solo.
Lo demás sucedió en lo que le pareció una larga e ininterrumpida carrera impulsada por la fiebre.
Cruzó corriendo el patio del establo, pasó al lado del coche de Lascelles e irrumpió en la casa por la puerta trasera. Maggie estaba en la cocina, poniendo a calentar un hervidor de agua, y se volvió, asustada, hacia él. Debía de haberse ido a dormir después de dejarlo y ahora había vuelto a levantarse, mucho antes de amanecer para iniciar sus tareas cotidianas.
—¿Qué ha pasado? —preguntó asustada—. ¿Qué ocurre?
—Hay un incendio, en el bosque.
—¿Qué?
—Un incendio.
Se quedó donde estaba con la tapa del hervidor en la mano y la minúscula boca abierta formando una O perfecta. Él la apartó y subió los escalones de tres en tres —¿de dónde sacaba las fuerzas, estando enfermo?— y casi se chocó con la señora O’Hanlon. También ella se espantó, no tanto de verlo a él, sino de que la viera a ella, porque iba en camisón y con los rulos puestos.
—¿Dónde está el duque? —preguntó Strafford.
—¿El duque? —repitió la mujer, sorprendida—. Pues a estas horas supongo que estará todavía en la cama. Él…
Strafford la hizo callar con un gesto.
—Escúcheme. Vaya a verlo. Dígale que me llevo a las niñas. Después, dígale que cierre la casa a cal y canto, que eche los postigos…, que selle la casa lo mejor posible.
—¿Pero…?
—Haga lo que le he dicho.
Ella retrocedió un paso, con los ojos muy abiertos; nunca lo había visto así: parecía un hombre medio enloquecido, con los ojos rojos y saltones y la cara pálida como la pared.
Strafford la esquivó y echó a correr, con los faldones de la gabardina aleteando a su espalda.
Se detuvo en la puerta de la habitación de Celia Nashe para recobrar el aliento. Tenía la garganta seca y le latían las sienes. Cuando la joven salió a abrir, envuelta en un chal de seda, comprendió enseguida que no esperaba verlo a él sino a otra persona. Lascelles, pensó; Lascelles, claro. Lo miró con intensidad e hizo ademán de hablar, pero él alzó la mano y la interrumpió.
—Tenemos que llevárnoslas —dijo, y se quedó jadeando. Los ojos de ella se volvieron inexpresivos; no sabía de qué le hablaba—. Las niñas —dijo—, las niñas, tenemos que sacarlas de aquí. Van a venir a por ellas. Le han pegado fuego al bosque.
—¿Quiénes?
—No lo sé. Los del IRA, supongo. No lo sé.
Se marchó antes de que Celia pudiera decir nada más y corrió al cuarto de las niñas.
Mary, de pie delante de la ventana, dijo:
—Hay un incendio en el bosque.
—Sí, lo sé.
Ellen, en la cama, se incorporó de pronto. Había estado durmiendo. La luz nocturna arrojaba un resplandor ultraterreno, como si la habitación estuviese cubierta por una delicada neblina de color azul pálido.
Celia Nashe apareció en el umbral, con los pantalones de pana y un jersey de lana. Se había recogido el pelo detrás de la cabeza, lo cual daba a su rostro la apariencia de estar desnudo.
—¿La ha cogido usted? —dijo con la mirada fija en Strafford. Él estaba apremiando a las niñas a darse prisa y a vestirse. Celia se adelantó de una zancada y lo sujetó del hombro—. ¿Ha cogido usted la pistola?
—No sé de qué me habla —dijo, al pasar a su lado para salir a toda prisa de la habitación. Volvió un momento después. Ellen, que se estaba poniendo una combinación, se metió debajo de las sábanas para cubrirse. Strafford se dirigió a Celia Nashe—. ¿Cuál es la habitación de Lascelles?
Esperaron en el pasillo, Strafford, Celia Nashe y las niñas, a que Lascelles volviera con el coche del establo. Las niñas llevaban sus abrigos y sus sombreros y tenían un aspecto incongruentemente formal y mojigato con las asas de sus bolsos de piel rosa sobre la muñeca. Ellen estaba muy pálida.
Mary se volvió hacia Celia Nashe.
—Se lo dije —le soltó con voz dura y aflautada—. Se lo advertí.
Celia frunció el ceño.
—¿De qué me advertiste?
—De lo del cielo en llamas.
—Pero eso fue un sueño —respondió Celia en tono casi quejoso—. ¿Cómo ibas a saberlo?
—Lo sabía y ya está.
Lascelles llegó a la puerta principal, y en ese momento el duque, en batín y zapatillas, apareció en el rellano de las escaleras. Parecía aturdido, viejo y cansado. Strafford corrió al pie de las escaleras.
—¿Tiene un arma? —preguntó. El anciano lo miró sin entender—. Un arma —repitió Strafford en voz más alta—. ¿Hay alguna en la casa? ¿Una escopeta, un revolver del ejército, lo que sea?
Lascelles hizo sonar las llaves del coche.
—Vamos —dijo con sequedad—, no hay tiempo de ponerse a buscar un trabuco.
Bajaron a toda prisa las escaleras y se metieron en el coche, Celia detrás con las niñas, y Strafford en el asiento del acompañante. Cerraron de un golpe las portezuelas, el motor soltó un rugido gutural y las ruedas traseras despidieron dos chorros idénticos de gravilla.
Sir William había bajado las escaleras y se había quedado en la puerta iluminada, perdido y asustado. Estaba pensando en la guerra, en el silbido de las explosiones, las alambradas, el gas y los muertos. Mientras el coche se alejaba, Strafford vio a la señora O’Hanlon llegar detrás del anciano y ponerle la mano en el hombro. Esperó que recordara lo que le había dicho sobre lo de cerrar la casa. Aunque no es que tuviera demasiada importancia. Si quienquiera que fuese a ir quería entrar, una puerta cerrada y un pestillo echado no lo detendrían.
Se dijo que debería haber vuelto a sus habitaciones a probar suerte con el teléfono de campaña. A esas alturas, De Valera y sus hombres podían haberse dado cuenta de que lo del incendio era un movimiento de distracción.
Lascelles estaba furioso. ¿Qué demonios pasaba?, quiso saber. Strafford no respondió; sabía que el inglés ya debía de estar buscando chivos expiatorios en su imaginación.
El coche salió disparado. Las estrellas giraban detrás de las ramas negras y sin hojas de los árboles de la carretera.
Strafford se acurrucó en el asiento con los ojos cerrados, balanceándose de un lado al otro con el movimiento del coche. Pensó que iba a desmayarse. Los latidos de la cabeza eran muy fuertes y notaba la sangre corriéndole por debajo de la piel, una marea roja y ardiente. No habría creído que fuese posible estar tan enfermo y seguir consciente.
—¿Va a decirme lo que pasa —le espetó Lascelles— o va a quedarse ahí sentado como un cadáver?
—Hay un incendio en el bosque —dijo Strafford—. Alguien lo ha provocado. —Bajó la voz para que no le oyeran en el asiento trasero—: Saben que las niñas están aquí, y quiénes son.
—¿Quién lo sabe? —gritó Lascelles—. ¿Qué demonios está diciendo?
—Probablemente ese tipo del pueblo, ese del que me habló.
—¿El tal Clancy? No parecía una amenaza seria, solo un fanfarrón de pueblo.
Lascelles golpeó con fuerza el volante con la palma de las manos. El vehículo siguió avanzando, con las luces de los faros perforando la oscuridad.
Acababan de tomar una curva larga y poco pronunciada cuando vieron el Ford sedán detenido en ángulo delante de ellos y bloqueando la carretera. Lascelles apretó el pedal del freno y el Bentley se desvió bruscamente a la derecha con un chirrido de los neumáticos, chocó contra el seto y se detuvo en seco con dos ruedas en la cuneta; el motor se paró con una especie de jadeo.
Strafford se volvió para mirar el asiento trasero. Celia Nashe había salido despedida de lado y se había golpeado la cabeza contra la portezuela, y las dos niñas habían caído encima de ella. Nadie había hecho ni un ruido, y en el silencio todos oyeron el tictac del motor apagado.
Lascelles estaba desplomado contra la portezuela, en apariencia inconsciente. Parecía extrañamente sereno, como si lo hubieran colocado así: con la barbilla apoyada en el pecho y los ojos un poco cerrados. Strafford dudó de si estaría muerto, pero decidió que no…; habría sido demasiada suerte.
Los faros del Bentley seguían encendidos, y a su luz vieron a dos hombres apearse del Ford. Uno era bajo, ancho de hombros y calvo; el otro llevaba un chaquetón marinero y un gorro de lana calado hasta las orejas. Ambos iban armados, el del gorro llevaba una escopeta con los cañones recortados y el otro, una pistola semiautomática con la culata de madera.
Al ver al primero, Mary, en el asiento, contuvo el aliento de pronto. Strafford se volvió hacia ella.
—Es él —dijo, señalando hacia la carretera—. El hombre con la cabeza de pájaro.
—No pasa nada —dijo en voz baja Strafford—. No os hará daño, te lo prometo.
Estaba mucho menos convencido de lo que parecía.
En ese momento apareció un tercer hombre que se apeó del asiento trasero del Ford, un tipo corpulento, nada menos que con un abrigo de pelo de camello con un cinturón y un sombrero de fieltro negro con el ala levantada.
El hombre del gorro de lana fue directo hacia el Bentley y dio unos golpecitos en la ventanilla del asiento del acompañante con el cañón del arma.
—Fuera —dijo, haciendo un ademán con la escopeta.
Strafford iba a abrir la portezuela cuando notó que algo le rozaba el codo izquierdo. Era una mano pequeña y caliente que sostenía algo metálico. Miró por encima del hombro y vio el brillo de los ojos de Mary justo detrás de él. Cogió la pistola y se la guardó en el bolsillo de la gabardina. Luego abrió la portezuela y salió a la carretera. El hombre de la escopeta le ordenó que tirase su arma al suelo.
—No voy armado —mintió Strafford.
Pese a lo asustado que estaba, no podía dejar de mirar fascinado el rostro quemado y lleno de cicatrices, la boca torcida y el pico de la nariz; sí que parecía un pájaro.
—¿Qué coño miras tú? —le espetó.
Celia Nashe abrió la portezuela trasera y salió del coche.
—Somos agentes de seguridad —dijo, con voz clara y calmada—. Aparte el arma.
El hombre la miró y se rio.
—La caballería, ¿eh? —respondió—. Bueno, pues ya podéis saludarnos, porque nosotros somos los pieles rojas. —Se agachó para escudriñar en el interior del coche y vio a Lascelles reclinado contra la portezuela del conductor—. ¡Eh, tú! ¿Estás dormido, muerto o qué? —Lascelles no respondió. El hombre volvió a reírse. Asomó la cabeza por la puerta y escudriñó el asiento trasero—. ¡Ah!, ahí estáis —dijo—, las dos señoritas elegantes. Salid de ahí, vamos. Dejad que el perro vea a los conejos, ¿eh?
Las niñas salieron despacio, primero Mary y luego su hermana, y se quedaron una al lado de la otra en la carretera con sus abrigos y sus sombreros.
—Muy bien —dijo el hombre de la escopeta—. Todos presentes. —Celia empezó a decir algo, pero él movió el cañón y le apuntó en el escote—. ¿Quieres callarte la puta boca, señora Oficial de Seguridad? ¿Nos haces ese favor? —Alzó el arma para que la viera—. ¿O prefieres que te parta en dos con esto?
Sostenía la escopeta con naturalidad, con el primer y el segundo dedo de la mano izquierda ligeramente apoyados en el gatillo; Celia pensó en el cabo Lucas, en el campo de tiro a las afueras de Guildford, enseñándole a disparar.
Strafford la estaba observando, y sintió de pronto una extraña y angustiada ternura. Tuvo la necesidad de extender el brazo y tocarla, de ponerle la mano en la mejilla, en el hueco entre los omoplatos, en la nuca, donde llevaba el pelo sujeto con una cinta elástica. En vez de eso se hizo a un lado, lejos de la luz directa de los faros, metió la mano en el bolsillo de la gabardina y curvó los dedos alrededor de la culata de la pistola que le había pasado Mary. Con el pulgar, quitó el seguro, sorprendido de recordar cómo se hacía. El corazón le golpeaba lánguido como un remo en el pecho, y notaba la raíz de la lengua extrañamente engrosada, lo que supuso que debía ser efecto del miedo. También temblaba un poco, pero eso, estaba seguro, era por la fiebre.
Y, no obstante, ¡qué tranquilo estaba!
Todo se alejaba ante sus ojos, se alejaba y se empequeñecía con nitidez como en el tubo de un telescopio cogido del revés, y al mismo tiempo parecía estar contemplando una escena teatral iluminada desde algún lugar en la copa de los árboles. ¡Qué compostura sentía, qué extraña serenidad! Incluso el rumor de la sangre en sus venas se había callado. Por un momento, dudó de si no le habrían disparado ya, sin que se diera cuenta, y si no estaría muriéndose o incluso si no habría muerto ya. Contempló la escena con ecuanimidad, pensando, casi divertido, que, si eso era el final, era algo muy trivial después de todo.
En ese momento, Billy Denton salió de la oscuridad del bosque, con su escopeta, y en ese mismo instante los faros de un vehículo aparecieron a lo lejos por la carretera en la distancia más allá del Ford, y Strafford reconoció el ruido del coche blindado.
«Ahora sí que ha llegado la caballería —se dijo—, aunque demasiado tarde».
Alguien se movió, alguien dijo algo, le pareció que fue Celia Nashe, y de pronto, sorprendentemente, empezó el tiroteo.