Las invitadas secretas
Capítulo 33
Dejaron a dos de los heridos en la carretera, que estaba en parte acordonada por los hombres del comandante De Valera, y llevaron al tercero a la casa.
Todo era confusión, y al mismo tiempo reinaba un silencio fúnebre; llevaron whisky al salón del desayuno y se lo administraron a los hombres, mientras las mujeres tomaban té, todas menos la señora O’Hanlon, que, cuando el duque insistió, se permitió una copita de jerez dulce. Todo era muy decoroso y extraño, y a Strafford le recordó la noche del funeral de su madre, cuando numerosos parientes, la mayor parte de los cuales pensaba que habían muerto, se congregaron en el salón de Roslea, vestidos de tweed y carraspeando.
Maggie preparó el té, y Florence, la del cuello de cisne, lo sirvió. Strafford, sentado al lado del fuego con su gabardina, la observó, impresionado otra vez por su frágil belleza. ¿Debería tal vez…? Pero no, no; tenía su propio código de comportamiento. Sin embargo, Florence era una belleza, y la recordaría a menudo con lúgubre melancolía. Al salir, la joven le sonrió, y su sonrisa fue, en cierto modo, una confirmación de lo que ya sabía: que ya no era lo que había sido, que era otra persona, un desconocido al que tardaría mucho tiempo en acostumbrarse y a quien tal vez no le gustase demasiado conocer.
El duque se había vestido ya, llevaba una chaqueta de caza, pantalones de golf y unos calcetines marrones de lana. Se bebió tres whiskys uno detrás de otro, luego se sentó de pronto en una silla y miró a su alrededor con una expresión de desazón perpleja.
Lascelles, nada más llegar a la casa, se había escabullido a alguna parte, con un aire al mismo tiempo apremiante y furtivo. Strafford no estaba seguro de si no se habría hecho todo encima, al entrar por la puerta principal detrás del inglés le parecía haber notado un persistente olorcillo fecal. También tenía la sospecha, que no podía quitarse de la cabeza, de que el tipo no había perdido el conocimiento cuando el coche chocó contra el seto, sino que había fingido estar inconsciente en un alarde de valor. De ser así, pensó, no había sido muy caballeroso, ¿verdad, muchacho?
Los acontecimientos en la carretera habían sido una confusión de lívidos destellos y estampidos apagados y extrañamente insulsos, no muy distintos, pensó Strafford, de las húmedas noches de la festividad de Guy Fawkes en su infancia, que celebraba, o al menos observaba, la familia y unos pocos amigos en un campo en barbecho detrás de las pistas de tenis.
Billy Denton había matado al hombre llamado Jones —en realidad, se llamaba Seamus Molloy, alias Birdy, por su nariz en forma de pico—, y Strafford, apuntando con la pistola de Celia Nashe al joven calvo, se las había arreglado, para su consternación, para acertarle al hombre del abrigo de pelo de camello. La bala le había dado a lo largo de la mejilla izquierda y le había arrancado la oreja, una herida de la que, después de muchas semanas en la lista de enfermos críticos, se las arreglaría para sobrevivir. Los hombres de De Valera pensaron que estaba muerto, y solo cuando llegó el furgón de la carne a recoger los dos cadáveres de la carretera descubrieron que seguía con vida. Resultó ser Thomas Clancy, de Clancy & Co., conocido como el Jefe; después de esa noche, en el pueblo ya siempre lo conocerían como Tom Clancy a secas.
Celia Nashe sufrió una herida que debería haberla matado.
El joven calvo, al ver caer de espaldas a su compañero con un estallido de sangre en el pecho —Billy Denton disparó solo uno de los dos cañones, pero con eso fue suficiente—, había hecho una serie de disparos nerviosos con la pistola automática antes de dar media vuelta y huir al bosque. Una de las balas acertó a Celia en el costado izquierdo, le atravesó el bazo y se alojó peligrosamente cerca de la columna vertebral: los médicos que la trataron y que le sacaron la bala expresaron su sorpresa de que hubiera sobrevivido a semejante agresión a su organismo.
Strafford se había arrodillado en la carretera y había abrazado a la joven, murmurándole tonterías en voz baja y apremiante; ella no dio síntomas de oírle. Tenía los ojos abiertos y miraba a la oscuridad con una expresión de vaga sorpresa. Entre los labios separados se formó una burbuja que se hinchó, se hinchó y estalló: Strafford estaba convencido de haber oído el ruido que hizo.
Lascelles salió por fin del Bentley accidentado, dando tumbos y parpadeando más de la cuenta; al menos a Strafford su manera de comportarse le había parecido exagerada, aunque él no era precisamente imparcial.
El comandante De Valera había salido con sus hombres en persecución de Smith, pero en vano. El verdadero nombre del tipo era Vinnie Considine y había sido boxeador, e incluso había ganado un título cuando era adolescente. Luego, detrás de los establos, había estallado un incendio, que los bomberos de Clonmillis estaban apagando en ese momento. Se pensaba que la deflagración había sido el último gesto vengativo de Smith antes de huir, por rutas clandestinas, a Belfast. Allí lo detuvieron, aunque luego tuvieron que soltarlo, pues alegó una coartada para la noche en cuestión que ni siquiera la gendarmería real del Ulster pudo desmontar.
—¡Dios mío! —dijo el duque, mirando vacilante su vaso de whisky—. ¡Qué espanto que esto haya tenido que pasar aquí!
Habían acostado a Celia Nashe en un sofá en el salón de abajo, envuelta en mantas; a esas alturas estaba ya sumida en una profunda inconsciencia. A Mary, que se las había arreglado para verla antes de que se la llevaran, le sorprendió lo tranquila que parecía: su cara pálida y frágil y en cierto modo distante, como el rostro de una estatua encima de una tumba. Mary se sintió culpable por haber sido tan mala con ella, por haberla apodado señorita Estirada, por haberle puesto las cosas tan difíciles, y no digamos por haberle robado la pistola.
A ella y a su hermana las metieron en la cama con una aspirina, un vaso de leche y una bolsa de agua caliente. Aunque su hermana, que estaba muy afectada, se había ido de buena gana, Mary había protestado con todas sus fuerzas. Habría querido quedarse cerca de Strafford. Él era su verdadero amor, tal y como había comprendido en el momento en que le puso la cálida pistola en la mano en el coche. Evidentemente, Billy Denton tenía mejor puntería, pero en general no podía compararse con Strafford, ¿cómo podía haber tardado tanto en darse cuenta? Bueno, todo el mundo decía que el amor era ciego, pero, gracias a Dios, se le había despejado la vista antes de que fuese demasiado tarde.
Celia había perdido una bota mientras la llevaban a la casa, y al acabar el día todavía seguía en el vestíbulo, donde la habían olvidado los adultos. Mary, que se levantó de la cama a pesar de las quejas de la señora O’Hanlon y se escabulló al piso de abajo, la recogió, fue a la cocina, cuando no había nadie, y la puso en el fogón para que se quemara. No supo por qué lo hacía; le dio la sensación de que así ayudaría a la señorita Nashe a recuperarse, aunque sabía lo tonta que era esa idea.
La bota tenía la suela de goma, y produjo un olor espantoso, que perduraría muchos días después de que sus altezas reales se hubiesen ido.
Cuando Strafford y Lascelles llegaron a la mansión cargando con Celia entre los dos, la señora O’Hanlon tuvo la presencia de ánimo de telefonear al doctor Taggart.
El médico, que llevaba cuidando de los achaques de la familia desde que todos tenían memoria, era un hombrecillo feroz e irascible, de rostro atezado y con patillas, con un traje de tweed ajustado y gruesos zapatos marrones de piel. A Strafford le pareció la viva imagen del señor Hyde de Stevenson.
Se quitó el gabán de tweed y el sombrero en el vestíbulo y entró a grandes pasos en la habitación donde habían acostado a Celia. Enseguida reparó en la gravedad de la herida y le gritó a la señora O’Hanlon por no haber llamado a una ambulancia enseguida.
—¡Demonios, mujer!, ¿en qué estaba pensando?
La señora O’Hanlon reprobaba el lenguaje del médico —era un malhablado empedernido—, pero en esa ocasión se abstuvo de protestar. Estaba al borde de las lágrimas. ¡Menuda mañana!
Enviaron la ambulancia desde Tipperary; tardaría un poco en llegar.
El doctor Taggart aceptó un vaso de whisky y el último trozo del pudin de ciruelas de la hermana de la señora O’Hanlon. Se quedó en el salón del desayuno, con el vaso en una mano y el plato con el pudin en la otra, reprendiendo a todos los que pasaban con intimidante distancia; ya había dictaminado que en esa casa eran todos un «hatajo de zoquetes». Había combatido en la misma compañía que sir William en la última guerra, y lo habían condecorado por salvar, bajo fuego intenso, la vida de numerosos soldados.
Sir William le preguntó su opinión sobre el estado de Celia Nashe.
—¡No tiene la menor esperanza! —gritó el médico, los obuses en Passchendaele lo habían dejado medio sordo y daba por sentado que a todos los que le rodeaban les ocurría lo mismo—. Tiene destrozadas las entrañas. Lo más probable es que haya muerto cuando llegue la puñetera ambulancia.
Como le sucedía a menudo, se equivocó.
Lascelles había reaparecido, y hecho una llamada a la embajada y otra a Londres desde el teléfono especial de la habitación de Celia Nashe. Luego había salido de la casa con su sombrero hongo, su abrigo militar y un par de botas de agua prestadas, murmurando no sé qué de «ir a echar un vistazo al pobre coche», y no se le volvió a ver hasta la hora de la cena.
Strafford también se escabulló, agobiado por el ambiente en el salón del desayuno, que era un poco furtivo, como si se hubiese desvelado un secreto culpable; después sir William siempre se referiría a él como «el salón donde por poco se muere la chica».
Todo el mundo estaba tenso, temeroso de que pudiera haber más hombres del IRA en los alrededores, y de que pudieran atacar la casa. El comandante De Valera había pedido refuerzos con urgencia, y, a mediodía, un camión con una compañía de soldados llegó retumbando y traqueteando por el camino de acceso.
Desanimado, pero inquieto, Strafford estuvo deambulando un rato por ahí y luego fue a la biblioteca y cerró la puerta. Se sentó en una butaca junto al fuego, contemplando las brasas frías del hogar, con las piernas largas y huesudas alargadas y las manos metidas en el bolsillo de la gabardina, que aún no se había quitado, solo en ese momento reparó en las manchas de sangre de Celia Nashe en la pechera. El incendio del establo casi había destruido su alojamiento, no tenía cama donde dormir y, una vez más, se encontraba claramente mal.
Por fin se quedó dormido en la butaca, y soñó que estaba en un valle alpino muy verde, rodeado de altos picos, riscos nevados y el dulce canto de muchos pajarillos invisibles.
Al día siguiente recogió su pila de libros prestados y la devolvió a la biblioteca del condado. Tenía la esperanza de ver a la señorita Broaders para charlar con ella de esto y aquello, pero había ido al hospital a ver a su hermano, que, dio la casualidad, de que estaba en una habitación en la misma ala que Celia Nashe. Le entregó los libros a la subdirectora de la biblioteca, que lo miró con un brillo de curiosidad en la mirada, pero no tuvo valor de preguntarle por lo ocurrido la noche anterior.
Se quedó uno de los libros de recuerdo y lo ocultó con gesto culpable debajo del abrigo. Años después, cuando se mudó de su piso en la calle Clare, volvió a toparse con aquel volumen, que se había caído detrás de uno de los estantes. Leyó el título y sonrió: Eustacia va a la escuela Chalet.
Por la mañana, después del desayuno, un enorme coche negro apareció por el camino. Maggie fue la primera en verlo y corrió a avisar a la señora O’Hanlon. ¿Quién podía ser? Luego lo recordaron: el ministro, el señor Hegarty, iba a hacerles una visita. Lo recibió en la puerta principal su excelencia el duque, que, para sorpresa del dignatario, llevaba el pijama debajo de la chaqueta de caza. Los dos hombres se miraron con impotencia, ambos sin saber qué decir, cada cual por sus propios motivos.
Los teléfonos llevaban horas sonando: ¿cómo podía ser que Dan el Hombre de la Calle no supiera todavía nada de lo sucedido la noche anterior? ¡Había habido muertos! ¡Era el ministro! Su tez se puso púrpura. Fuese cual fuese la razón para habérselo ocultado, alguien pagaría por ello.
No, no quería entrar, a pesar de la insistencia del duque, no, gracias, no. Tenía que volver a Dublín. Se apresuró escaleras abajo con sus pies incongruentemente minúsculos y delicados. Antes de volver a desaparecer en el interior del coche, se detuvo y, apoyando la mano en la portezuela abierta, levantó un pie para mirarse la suela del zapato, como si creyera haber pisado algo, algo desagradable y pegajoso, que resultaría muy difícil despegar.
Los bomberos se las arreglaron para salvar a todos los caballos del establo, menos uno. El que murió fue Príncipe. Cuando llegó la noticia a la casa, las niñas estaban vestidas y listas para partir, esperando a que Lascelles las llevara, bajo escolta, al aeródromo de Baldonnel. Allí subirían a un avión de transporte sin distintivos de la real fuerza aérea y las llevarían sin dilación a Brize Norton, y desde allí, a un lugar no revelado de Escocia. Decidieron no decirle a Ellen que Príncipe se había quemado vivo. Las cosas ya estaban lo bastante mal así.
Billy Denton fue a ver el daño sufrido en los establos. Se asomó a la puerta de la caballeriza de Príncipe. Los restos del animal estaban en el suelo. Uno de sus ojos, que había quedado intacto, miró al joven con brillante indiferencia.
Oyó unos pasos leves a su espalda. Era Pike. Él también se asomó por encima de la puerta carbonizada y con la pintura saltada.
—¿Es ese el caballo de la niña? —preguntó.
—Sí —respondió Billy—. Lo que queda de él. —Tomó aliento—. Has sido tú, ¿verdad? —dijo.
—Si he sido yo, ¿qué?
—¿Crees que no te conozco, Pike, que no sé lo que eres y con quién estás? —dijo Billy, volviéndose hacia él—. Tú has quemado este sitio…, ni siquiera has tenido redaños para quemar la casa, has preferido pegarle fuego a los establos y matar a este pobre animal.
Pike escupió jugosamente en el suelo.
—He oído que al Jefe Clancy le pegaron un tiro —dijo en tono conversacional—. ¿Fuiste tú quien le disparó?
—¿Y qué si fui yo?
—Solo que me sorprendería —dijo Pike—. Me sorprendería que tomases partido por los tipos que asesinaron cruelmente a tu pobre madre.
Billy guardó silencio un momento.
—Sé quién le disparó a mi madre —dijo—, y no fueron los británicos. Fueron los de tu pandilla.
—Ah, lo sabes, ¿eh?
—Sí, lo sé. Siempre lo he sabido.
Pike levantó una mano y se frotó la barbilla, haciendo un ruido de papel de lija.
—¡Ay, tu pobre madre era muy alocada! Sí, muy alocada. Le volvían loca los uniformes…
—Cierra la boca o te la cierro yo —dijo Billy en voz baja.
—¿Igual que hiciste con Birdy Molloy? ¡Oh, no me mires así! Sabemos que fuiste tú quien lo mató.
Billy le puso la mano en el pecho al viejo y lo empujó con violencia. Luego dio media vuelta y se alejó.
—¡Ay, Billy! —lo llamó en voz baja Pike—. ¡Ay, Billy, muchacho, vuelve!
Pero Billy se marchó.
Esa noche, Billy encendió el fuego de la cocina y después de cenar sus alubias de lata y su puré de patatas recogió el plato y los cubiertos, sacó su álbum de fotos, pasó despacio las páginas y se detuvo un buen rato en la única foto que tenía de su madre. Todo a su alrededor estaba en silencio, hasta que de pronto oyó un golpe en la puerta. No era que hubiesen llamado: habían arrojado alguna cosa. Se puso en pie despacio y cogió la escopeta.
Fuera en la noche no se veía a nadie. Cruzó el umbral, escudriñando la oscuridad que lo rodeaba. Sus pies se toparon con algo blando justo al lado de la puerta. Se agachó para ver qué era. Un grajo, con el cuello retorcido.
Notó una punzada aguda y una especie de golpe en el centro de la frente, y un instante después oyó el disparo; después ya no vio ni oyó nada. Ni siquiera notó cuando cayó.
Pike, en la oscuridad de debajo de los árboles, se pasó la bandolera de su fiel Mauser por el hombro y echó a andar pendiente arriba, entre los delgados troncos de los pinos, con la luna iluminándole el camino. La subida le resultó difícil con aquel dolor de espalda. De todos modos, estaba contento. Siempre había sido un tirador de primera, y le alegraba comprobar que no había perdido puntería.
Con el tiempo, Celia Nashe se recuperó y dejó el servicio. No le quedó otra elección.
—Lo siento, querida —dijo Manling, conteniendo apenas una sonrisa—. Empezábamos a verla como a uno de los muchachos.
En ese momento, faltó muy poco para que Celia lo golpeara.
Años después, en una de sus raras visitas a Londres, Strafford se la encontró en el Strand. Se vieron antes de que él tuviese tiempo de escabullirse en la multitud. Fueron a un Lyons’ Corner House pidieron un té y comieron unos bollos calientes. Los dos se sintieron mutuamente avergonzados. El doctor Taggart acertó con lo de las «entrañas» de Celia, pues nunca se recuperaron de la herida; además, andaba con una marcada cojera. Se había hecho maestra de escuela. Creía estar contribuyendo con su granito de arena a la recuperación de la nación después de los horrores de la guerra. Así lo dijo: «la recuperación de la nación después de los horrores de la guerra». No había cambiado.
—Por supuesto —dijo—, no tiene nada que ver con el trabajo que hacía entonces, pero algo es algo. —Dejó el cigarrillo en equilibrio sobre el borde de un cenicero de porcelana.
«Qué rara es la vida», pensó Strafford, ni mucho menos por primera vez.