Las invitadas secretas

Benjamin Black · Capítulo 21 de 35

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Las invitadas secretas

Capítulo 20

 

Ese día, o más bien esa noche, fue cuando mataron a Joey Harte. El suceso disipó el ambiente extraño y de ensueño que había sumido a Clonmillis Hall en una especie de trance desde la llegada de las dos princesas. Nadie en la casa oyó siquiera el disparo que mató al pobre Joey, pero la muerte llegó de todos modos, despacio, en silencio, por la puerta trasera, por así decirlo, y a partir de entonces ya nada volvió a ser lo mismo.

Hasta ese momento de violencia inesperada todas las noches se habían parecido. Como era fin de semana, habían permitido a las niñas quedarse una hora más después de cenar, pero a las diez menos diez Celia Nashe las acompañó fuera del comedor para ir a la cama. Mientras salían, Florence, vestida de negro, como de costumbre, con una gargantilla de encaje al cuello, llegó con un carrito en el que había un enorme aparato de radio: sir William nunca se perdía las noticias de la BBC a las diez en punto. Detrás de la doncella entró la señora O’Hanlon con un decantador de cristal tallado sobre una bandeja de plata, que dejó en la mesa a la izquierda de sir William.

Sir William se volvió hacia Strafford.

—Tomará una copa de oporto, ¿no? —dijo en tono malhumorado. El duque seguía considerando a Strafford un criado de rango un poco superior y le molestaba que se creyera con derecho a participar en el ritual nocturno de la radio y el decantador.

—¡Oh, sí, gracias! —dijo alegremente Strafford con una sonrisa. No le gustaba demasiado el oporto: la combinación del alcohol y algo con un sabor parecido al jarabe pegajoso, dulzón y ligeramente rancio de un niño le parecía perversa, pero le divertía irritar al anciano, y sabía que habría preferido mil veces que se retirase después de la cena con las señoras.

Florence se puso a cuatro patas al lado del sofá para conectar la radio al enchufe eléctrico de la pared; ¿por qué —se dijo ocioso Strafford— nadie movía el sofá unos centímetros a un lado?

La señora O’Hanlon sirvió el oporto, lo cual era uno de sus pequeños privilegios.

—¿Desea alguna cosa más, excelencia? —preguntó como hacía todas las noches, y nadie le hizo caso, igual que ocurría todas las noches. Salió de la sala.

Sir William encendió la radio y esperó a que se calentaran las válvulas.

—Más reveses, supongo —murmuró sombrío el viejo soldado, bebiendo un sorbo de su copa—. A veces dudo de cómo se está llevando esta guerra. Estoy seguro de que hay demasiadas injerencias de los civiles en el Estado Mayor. Si dejasen que se encargasen el primer ministro y el ejército, todo terminaría en apenas un mes.

La radio cobró vida entre el ruido de las interferencias.

«… a las noticias de las diez, leídas por Alvar Lidell. Continúan los ataques aéreos contra Londres y Coventry. En la capital, se ha informado de cuantiosos daños en el East End y en los muelles de Londres. Se desconoce el número de víctimas, pero se teme que muchas personas sigan atrapadas debajo de los edificios hundidos. En un discurso pronunciado esta tarde en la Cámara de los Comunes, el primer ministro ha hablado de la gravedad de la situación a la que se enfrenta el país, pero ha asegurado que…».

Sir William alargó el brazo con un gruñido de enfado y apagó la radio.

—Todas las noches lo mismo —dijo. Dio otro largo trago de oporto. Luego levantó la copa y la miró apesadumbrado—. Fonseca del cincuenta y tres —murmuró.

—Es muy bueno —dijo complaciente Strafford.

El duque asintió con la cabeza.

—Mi padre llenó una barrica para mí cuando yo todavía era un colegial. Solo quedan unas pocas botellas. —Hizo una pausa—. Todo se acaba. —Se volvió hacia Strafford—. No la envidio, quiero decir a su generación, o… — miró hacia la puerta por donde habían salido las niñas— a la de ellas. Cuando se gane la guerra, vaya usted a saber si seguirá habiendo imperio para que esa cría lo administre cuando crezca.

—¡Oh!, supongo que algo sobrevivirá —respondió con frivolidad Strafford—. El mundo siempre se recupera, de un modo u otro.

—Ah, ¿sí? —dijo el duque con una especie de mueca y se apartó del joven con una expresión de desprecio, apretando las mandíbulas—. Ah, ¿sí?

Desde luego, era un caballero muy irascible, pensó Strafford, y bebió otro sorbo de su copa. Fonseca 1853, ¿eh? Con razón sabía a moho.

Arriba, en el rellano, Mary estaba con los brazos cruzados sobre el pasamanos y la barbilla apoyada en ellos. Se había quedado rezagada para intentar oír lo que decían en las noticias, y, aunque solo pudo escuchar fragmentos, le bastó para enterarse de que habían vuelto a bombardear Londres. Vaya usted a saber si acabarían alguna vez. Antes o después tenían que terminárseles las bombas.

La señorita Nashe fue a buscarla —«No te entretengas, Mary»— y se la llevó a la otra ala del edificio. No entendía por qué su hermana y ella tenían que dormir tan lejos de todo el mundo. Era como si padecieran una enfermedad contagiosa.

Ellen estaba ya en la cama, sentada y leyendo un libro. Tenía un cojín debajo de la pierna para tener el tobillo en alto. Tal como había predicho Billy Denton, la torcedura había resultado no ser grave, aunque durante unos días Ellen tendría una leve cojera, que Mary estaba convencida de que era fingida para que todo el mundo le preguntase cómo se encontraba, ladeara la cabeza y pusiera esa sonrisa de payaso triste con las cejas fruncidas y las comisuras de los labios hacia abajo, como hacía la gente cuando quería fingir que se compadecía de alguien. El libro que estaba leyendo era Historia de dos ciudades. «Oh, sí —se dijo Mary—, ¡qué adulta!».

Se desvistió y se puso el pijama, pero estaba demasiado inquieta para meterse en la cama todavía. Oyó a la señorita Nashe pulular por su habitación. Todas las noches a esa hora llamaba por el teléfono especial que le habían instalado al lado de la cama. ¿Con quién hablaba? Probablemente con el señor Lascelles, en la embajada: a ella le gustaba, lo había notado el primer día antes de que se marchase de forma tan grosera, sin molestarse en despedirse de nadie. No debía de tener muchas cosas que contarle…, nunca pasaba nada.

Un día en que la señorita Nashe había salido, Mary había descolgado el auricular para ver qué ruido hacía. Se sorprendió cuando una imperiosa voz de mujer le pidió un «código de color», vaya usted a saber qué sería eso. Colgó el teléfono y se marchó.

Apoyó la frente contra la fría ventana. Qué oscuro estaba fuera, y cómo parecía centellear la noche detrás del cristal.

¿Comprobaba Celia Nashe su pistola cada noche, para asegurarse de que estaba en perfecto uso? Mary le tenía envidia: ¡imagínate tener una pistola en el mismo cajón que las bragas y los calcetines!

—Te agradecería que dejases de moverte —dijo Ellen con ese tono suyo de Dios mío qué harta estoy, sin levantar la vista del libro.

Mary no le hizo caso; estaba arrancando trozos de sebo solidificado de una vela apagada que había en una palmatoria sobre el alféizar. ¿Por qué se llamaría palmatoria? ¿Y por qué no de otra manera?

—¿Cuánto tiempo crees que tendremos que quedarnos aquí? —preguntó. Ellen no respondió—. Pike dice que tendrán que sacrificar a tu caballo.

—¿Qué, a Príncipe? No seas ridícula.

—Es lo que dice él.

—No deberías hacer caso a ese viejo, ni a las tonterías que dice ni a sus espantosas historias.

Mary se metió en la cama y se tumbó de espaldas con las manos entrelazadas, contemplando cómo se amontonaban las sombras.

—Si cae una bomba en el palacio, ¿matará a mamá y a papá?

Su hermana soltó un suspiro exageradamente ruidoso e irritado, y siguió con la mirada fija en la página que tenía delante.

—No va a caer ninguna bomba en el palacio —dijo.

—¿Cómo lo sabes?

Se oyó el leve ruido de los muelles de una cama, lo que significaba que la señorita Nashe se había acostado para pasar la noche. ¿Con qué soñarían los adultos?, habría querido saber Mary.

Cerró los ojos.

—Ojalá lo sacrifiquen —dijo soñolienta.

Ellen contó en silencio hasta cien para dar tiempo a su hermana de quedarse dormida, luego cerró el libro, se levantó sin hacer ruido, apagó la lámpara de la mesilla, fue a la ventana y levantó la cortina por un lado. La luna pasaba a toda prisa entre las nubes y las teñía de gélido color blanco por los bordes.

¿Y si de verdad caía una bomba en el palacio? Ojalá pudiera estar allí, aunque fuese en pleno bombardeo. Si sus padres morían, ella quería morir con ellos. Al menos, no imaginaba que pudiera querer seguir con vida si ellos muriesen. Se estremeció. Pero no morirían; era imposible. Y algún día terminaría la guerra.

Estaba a punto de volver a la cama cuando abajo, a un lado de la casa, se encendió de pronto una luz. Alguien había abierto la puerta de la cocina y una figura apareció en ella. Era Maggie, la criada. Estaba escrutando la oscuridad, y al cabo de uno o dos segundos otra persona cruzó el patio y fue hacia la luz —parecía un hombre—, los dos entraron, la puerta se cerró y volvió a reinar la noche.

Ellen se apartó de la ventana cuando una vocecilla habló desde la oscuridad.

—¿Está ahí?

—¿Qué?

Los ojos de su hermana la miraron brillantes.

—El hombre con la cabeza de pájaro.

—No hay ningún hombre con la cabeza de pájaro. Eso fue un sueño que tuviste.

—No —dijo Mary con una certeza firme e implacable—. Ya lo verás.