Las invitadas secretas

Benjamin Black · Capítulo 32 de 35

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Las invitadas secretas

Capítulo 31

 

 

A esas alturas, Clancy había renunciado a cualquier pretensión de que llamar a aquella pareja de Belfast no había sido una locura. Estaba asustado y al borde del pánico. En cuanto los supuestos Jones y Smith subieron con él a la habitación del piso de arriba de la taberna Redmond, su vida entera empezó a desmoronarse delante de sus ojos. Todo eso de comandar una patrulla y estar deseando que llegara la siguiente fase de la revolución, ¿había sido alguna vez otra cosa que un modo de dar más sabor a su vida y dárselas de importante en el pueblo y ante sí mismo?

¿Por qué no se habría contentado con dirigir Clancy & Co., uno de los negocios principales del condado, y con que lo reconocieran como un pilar del comercio y el empleo en toda la zona? ¡Oh, no!, tenía que involucrarse en la causa, y fanfarronear con echar a los británicos al mar y liberar a la gente del norte y convertir a Irlanda en un Estado con treinta y dos condados, ¡otra vez una nación!

Y, en todo caso, ¿quiénes eran «los británicos»? Un hatajo andrajoso de colonos protestantes irlandeses y escoceses refugiados detrás de las fronteras de sus preciosos seis condados que desfilaban ondeando banderas británicas, tocando sus tambores Lambeg y sus silbatos, vitoreando al rey y la patria, cuando todo el mundo, empezando por ellos mismos, sabía en el fondo de su corazón que ni la patria ni el rey a quienes juraban lealtad daban nada por ellos o sus gloriosas tradiciones.

Sí, debería haberse ocupado de sus propios asuntos y haberlos enviado a todos al diablo. Debería haberse casado, haberse asentado y haber tenido un par de hijos que siguieran con el negocio cuando él muriera. Ahora, ¿qué dejaría tras él? Una tienda, una casa, un coche, y una hermana viuda que trabajaba en una biblioteca y apenas le dedicaba una palabra amable porque él no sabía nada de libros. Ni siquiera tenía un perro que lo recibiera al volver a casa del trabajo por las noches. Y ahora tenía ahí a esos dos, llegados de Belfast tal vez para hacer que lo mataran.

El soldado Jones y el boxeador Smith no eran tan listos como creían. ¿De verdad pensaban que sería posible transportar dos lecheras llenas de gasolina en el maletero de un Ford sedán con los amortiguadores rotos que habían robado esa tarde a la puerta de una barbería en Dundalk?

Había necesitado cinco minutos para explicarles, en primer lugar, que en el puñetero coche no habría sitio para meter las lecheras de pie, y que, incluso si lo hubiese habido, el combustible se habría derramado porque las tapas no podían cerrarse herméticamente; y, lo que es más, si el metal chocaba y saltaba una chispa la gasolina se encendería y el coche volaría por los aires con ellos dentro.

Al final los había convencido de que se deshicieran de las lecheras, llevaran el coche a la parte de atrás de Clancy & Co., aparcasen detrás del muelle de carga y esperasen sin hacer ruido ni dejarse ver. Abrió el garaje donde guardaban la furgoneta y sacó tres latas de cinco galones con tapón de rosca y las llenó con Esso del surtidor que había en el patio. Luego volvieron a la taberna y pasaron el resto de la noche en el despacho del piso de arriba jugando a las cartas y fumando cigarrillos. No se había atrevido a encender la pipa, porque sabía que se habrían reído de él, así que bajó al bar y compró un paquete de veinte Player’s Navy Cut, y al acabar esa larga noche supo que la pipa era cosa del pasado y que había vuelto a los cigarrillos. Al diablo con los médicos…, le daba igual.

A primera hora de la mañana estaban otra vez en la carretera de Clonmillis con los faros apagados, dispuestos a sembrar el caos.

Tenía que haberse vuelto loco, se dijo, para meterse en semejante lío.

Debajo de la chaqueta del traje, los sobacos de la camisa empapados de sudor.

Había intentado subir al asiento trasero, pero Jones le había ordenado que subiera al del acompañante. Detrás de él, se sentó el calvo Smith con su chaqueta de cuero silbando entre dientes. Su presencia hacía que a Clancy se le pusieran de punta los pelos de la nuca que asomaban por el cuello de la camisa.

Casi le daba risa pensar que por fin estaba en una misión, como la que llevaba años soñando en desempeñar: vestido con camisa y corbata, un traje azul y un abrigo de piel de camello, y un par de zapatos con hebillas en el empeine. ¡Oh, sí, un guerrero armado para la batalla!

—Bueno, decidme —dijo, carraspeando con esfuerzo—, ¿cuál es el plan?

—¿El plan? —preguntó Jones, y golpeó el borde del volante con los dedos marcando un ritmo marcial—. ¿Qué te hace pensar que tenemos un plan? Solo estamos dando un paseo en coche por el campo.

«Sí, en la oscuridad de la noche», pensó Clancy.

—Estrictamente hablando —dijo, con voz atragantada—, estoy al mando de esta operación.

—¿Has oído, Jimmy? —dijo Jones por encima del hombro—. Aquí el comandante, que dice que tiene derecho a saber nuestras intenciones.

Smith se inclinó de pronto hacia delante, hasta tener la boca al lado del oído de Clancy.

—No tienes derecho a saber una puta mierda, camarada —dijo—, así que calla la boca y concéntrate en que no nos perdamos.

Smith volvió a arrellanarse en el asiento y siguieron adelante dos o tres kilómetros. Olía mucho a gasolina por las latas del maletero. Al ponerse en camino, Jones había hecho ademán de encender un cigarrillo y Clancy se lo había impedido, advirtiéndole que el coche en el que iban era, a todos los efectos, un artefacto explosivo. Jones lo había mirado con gesto torvo, pero había guardado el mechero.

—Tengo que saber lo que habéis pensado —repitió con obstinación Clancy—. De lo contrario, dejadme aquí en la carretera y seguid solos.

Jones suspiró como un padre obligado a tratar con un niño difícil.

—Primero vamos a causar un pequeño incendio, para distraer a los soldados, y mientras estén ocupados, rascándose la cabeza y preguntando quién ha encendido la hoguera, echaremos un vistazo en la casa y veremos qué pasa.

—¿Vais a llevaros a las niñas?

—Si son quienes dices, sería una pena no hacerlo, ¿no?

—¿Qué les vais a hacer en realidad? —preguntó Clancy con voz desmayada.

—Hay una pequeña cabaña en el norte, en Donegal, escondida en el fondo de un valle, es el sitio ideal para ellas mientras negociamos las condiciones de su regreso sanas y salvas al seno de su familia.

Clancy tuvo que admitir que era un plan razonable, pero Jones había usado un tono tan socarrón que no supo si creerle o no.

—¿Cómo vais a llevarlas allí? —preguntó, lamiéndose los labios resecos —. No en este cacharro, espero.

—¡Oh, no! —respondió Jones. Había aminorado la velocidad y encendido los faros, y ahora escudriñó los árboles al lado de la carretera—. ¿Dirías que este es un buen sitio para empezar el incendio?

—Tengo que deciros algo —dijo Clancy, con la sensación de quedarse sin aliento, como si estuviese a punto de caerse de cabeza desde un sitio alto.

Jones, impresionado por el tono en que había hablado Clancy, paró el coche en la cuneta y se volvió a mirarlo.

—Ah, ¿sí? —dijo en voz baja.

Clancy volvió a lamerse los labios.

—El hijo de De Valera está al mando de los soldados.

Por un momento nadie dijo nada. El motor seguía en marcha, Clancy reparó en que una de las bujías fallaba. Era increíble las cosas que se le ocurrían a uno en momentos como ese. Aunque, ¿cuándo había estado en una situación remotamente parecida a esa?, pensó.

—¿Cómo dices? —preguntó como si tal cosa Jones. Clancy notó que Smith se acercaba tras él, hasta que se puso casi al lado de su oído. Jones volvió a hablar—: El hijo de Dev…, ¿cómo se llama, Marion?

—Vivion —respondió Clancy.

Jones volvió a arrellanarse en el asiento.

—¿Me estás diciendo que ese desgraciado que dirige aquí el cotarro ha enviado a su propio hijo a proteger a las hijas del rey británico?

Clancy asintió con la cabeza; por mucho que hubiese dejado el alcohol le habría venido bien un trago de algo fuerte, en ese momento.

—¡Joder! —susurró Smith.

El motor al ralentí traqueteó sincopado.

—Bueno —dijo por fin Jones—, no solo tendremos un par de pavos para Navidad, sino también al reno Rodolfo. —Abrió la portezuela y empezó a salir del coche—. Vamos, peguémosle fuego a esos putos troncos de Navidad.

 

Una de las obligaciones que se había impuesto el comandante De Valera era el control del tráfico que pasaba por la garita camuflada al lado de la carretera de Clonmillis. Había una puerta un poco más adelante, en la pared de piedra seca, que era lo bastante ancha para que cupiera el coche blindado; luego podía bajar por un camino y aparcar en un hueco entre los árboles que no se veía desde la carretera. Después de comprobar que su puesto estaba lo bastante bien camuflado, se metió en la garita y se dedicó a su tarea de vigilante.

Sabía que el registro que llevaba —apuntaba con un lápiz indeleble, en un bloc escolar de seis peniques, el número de matrícula de todos los coches que pasaban— no podía considerarse ni mucho menos completo. Después de todo, solo podía estar en la garita cierto número de horas del día, o de la noche, y el resto del tiempo nadie llevaba la cuenta. Cuando no estaba de guardia, una patrulla de pistoleros del IRA —o incluso una columna de tanques alemanes— podría haber pasado por allí sin que nadie se diera cuenta.

Podría haber establecido turnos, para asegurarse de que la carretera estaba vigilada las veinticuatro horas del día, pero no se fiaba de que ninguno de sus hombres prestara plena atención a la tarea, o siquiera de que se mantuvieran despiertos. Lo cierto era que el destacamento que le habían asignado, una docena de hombres, no podía describirse como una patrulla de choque.

Por un lado, todos ellos, menos el sargento Brody, eran dublineses, y no sabían nada de la situación en el campo; a algunos, sospechaba, les daba miedo quedarse solos en el bosque, sobre todo de noche. Es cierto que el sargento era de fiar, pero era un obtuso, y ese era, en opinión del comandante, el peor rasgo que podía tener un soldado. En los primeros días de la operación había puesto a prueba el celo de sus hombres en un par de ocasiones mientras estaban de servicio. Se había ennegrecido la cara —tuvo que usar betún de zapatos, que luego no había quien lo quitara—, se puso ramas de hiedra en el casco y se les acercó arrastrándose entre la maleza, para comprobar si estaban alerta y no soñando con sus novias en la ciudad.

La iniciativa no había sido ningún éxito. Ninguno de los centinelas lo había visto u oído antes de que estuviera lo bastante cerca para, de haber sido un enemigo, saltarles encima y rebanarles el cuello con la mayor facilidad. Después los había hecho formar y ponerse en posición de firmes, si es que podía llamarse así —la verdad es que eran una panda muy poco marcial— mientras iba y venía y les echaba una reprimenda. Notó que no les afectaba mucho, a pesar de su severidad.

Todo esto era preocupante, y hacía que la carga de su deber fuese aún más pesada. Su padre ya le tenía poco respeto como soldado; si fracasaba y algún intruso llegaba a la mansión y la gente que había allí resultaba herida, nunca se lo perdonaría.

La verdad es que era consciente de que, en realidad, no estaba hecho para ser soldado. Su padre también lo sabía, pero eso no le impedía al padre esperar que el hijo diese siempre lo mejor de sí allí donde lo destinaran y fuese cual fuese su misión.

¡Qué diría la gente, si el hijo del taoiseach, que también había sido uno de los líderes más destacados del levantamiento, la pifiara en algo tan sencillo como montar guardia!

Gracias a Dios, faltaban solo tres días, antes de que llegase un nuevo destacamento y pudiera volver a los barracones del campamento Curragh, donde sus obligaciones —básicamente vigilar a prisioneros del IRA— serían fáciles en comparación, y lo mejor era que estaría al mando otra persona.

En realidad, no había sitio suficiente para dos personas en la garita. El soldado que estaba de guardia esa noche era un tipo, robusto y rubicundo, que olía a Brylcreem y calcetines sudados. Ya era malo estar metidos en un sitio tan estrecho —no mucho mayor, se le ocurrió, que un ataúd puesto de pie— con uno de sus hombres más delgados, pero con aquel gordo apretado contra él era casi asfixiante. Cada diez minutos, el tipo le pedía permiso para salir al bosque a fumar un cigarrillo. Esos breves intervalos proporcionaban al comandante un agradable alivio, y podía estirar las piernas y doblar los brazos agarrotados. No obstante, cuando el soldado volvía llenaba aquel espacio tan reducido de olor a tabaco.

Era extraño estar de uniforme y de guardia cuando el país estaba en paz y la guerra se libraba en el continente. Le daba la sensación, por más que él intentaba reprimirla, de estar representando un papel menor en una de esas operetas francesas o vienesas a las que lo llevaba su madre en el Theatre Royal o las Antient Concert Rooms. Nunca había entrado en acción en el campo de batalla, y probablemente nunca lo haría, a no ser que los alemanes derrotaran a Gran Bretaña y cruzaran el mar de Irlanda.

Pero ¿habría combates incluso en esa eventualidad? Los enterados decían que la pregunta que tenían que plantearse los irlandeses era: ¿contra quién somos neutrales?

Por su parte, él era un admirador de Alemania. No le tenía simpatía a Hitler, ese ordenancista histérico y ruidoso, pero el pueblo alemán era una raza bien proporcionada y agradable. Los británicos habían sido unos idiotas al no llegar a un acuerdo con ellos. Una Europa anglogermánica habría sido una gran potencia mundial y una barrera infranqueable entre los arrogante Estados Unidos y la Rusia atea de Stalin.

Había intentado hablar con su padre de estas cosas, pero este no había manifestado el menor interés por sus opiniones. Bueno, su padre era el líder del país, y tenía muchos asuntos graves en los que pensar. Lo cierto era que no hablaba mucho con nadie a quien no considerase su igual. Y nunca hablaba de sus propios días como combatiente y dirigente en tres campañas amargas y sucesivas: el levantamiento, la guerra de Independencia y la guerra civil. El comandante pensaba a menudo con tristeza en todas las cosas que podría contarle su padre sobre aquellos tiempos.

No era fácil ser el hijo de un gran hombre, y tener un padre que se consideraba el padre de la patria.

En los últimos diez minutos o más no había ocurrido nada, pero en ese momento oyó acercarse un vehículo por la carretera; levantó los prismáticos y los acercó a la mirilla rectangular de la puerta de la garita. Oyó a su compañero de armas —¡su compañero de armas!— respirando a su espalda; era muy molesto.

El vehículo era un coche civil, un viejo y chato Morris Oxford, matrícula ZF574. Lo reconoció porque lo había visto ya dos veces, la primera vez por la tarde, luego hacía unos veinte minutos. Había dos hombres en los asientos delanteros, y posiblemente otro en el trasero, aunque puede que fuese solo una sombra. Era raro: iba en la misma dirección que antes. Lo cual significaba que había dado toda la vuelta a la finca. ¿Por qué? ¿Y eran imaginaciones suyas o había aminorado la velocidad al pasar por el sitio donde estaba escondido? No habrían visto la garita, ¿verdad? Y menos en la oscuridad.

Pero ¿y si alguien, esa figura en sombras del asiento trasero, tal vez, conociera la situación de su escondrijo y estuviese señalándoselo, por segunda vez, a los dos hombres de delante? Eso explicaría que el coche hubiese aminorado la velocidad. Puede que estuviesen echando un vistazo más de cerca a la garita para ver si estaba ocupada.

¿Sería posible guardar un secreto, cualquier secreto, en un lugar así? En el pueblo ya se había organizado un buen alboroto por la muerte del tal Harte. ¿Y si se enteraban de quién era hijo el que estaba al mando del destacamento de vigilancia? Había mucha gente en el país que todavía odiaba a su padre; gente que guardaba las armas de los viejos tiempos enterradas y tapadas con una lona impermeable en el jardín trasero o bajo el tejado de paja de su casa.

Los dos rubíes de las luces traseras del coche se volvieron cada vez más pequeños.

No debía dejarse llevar por su imaginación.

Pero ¿y si…? Las emboscadas eran frecuentes en las antiguas guerras. Algunos decían que había sido su padre quien había dado la orden directa al francotirador que en 1922, durante la guerra civil, desde su apostadero en una colina sobre Beál na Bláth en el condado de Cork, había matado a Michael Collins, el antiguo amigo convertido en enemigo de su padre. Muchos aún querían vengar ese asesinato.

El comandante apartó los binoculares y se dispuso a esperar. El coche con matrícula ZF574 no volvió a aparecer. Pasó una hora. El soldado que tenía detrás suspiraba con frecuencia. Cuando le pidió permiso para salir a fumar otro cigarrillo, el comandante se lo negó.

Luego, el sargento Brody llegó con un recado de la mansión. El comandante salió de la garita para ir a su encuentro.

—Sí, sargento, ¿qué ocurre?

—El subinspector, señor Stafford…

—Strafford.

El sargento frunció el ceño.

—¿Señor?

—Se llama Strafford, con erre. Pero da igual, diga… ¿qué sucede?

—Ha telefoneado, señor. Me ha pedido que le diga que se sabe quiénes son las niñas.

—Sí…, ¿y?

—Nada más, señor. Ha dicho: «Se sabe quiénes son las niñas». Y que tengamos los ojos bien abiertos.

El comandante soltó un bufido.

—¿Y qué se cree ese tipo que estamos haciendo aquí, si no es tener los ojos abiertos? —Se golpeó la palma de la mano con el puño, luego recordó quién era y dónde estaba—. Muy bien, sargento. Continúe.

El sargento Brody saludó, a su manera irritantemente fofa, y se marchó dando tumbos entre los árboles.

—¡Que tengamos los ojos abiertos! —murmuró el comandante para sus adentros. Volvió a la garita y se detuvo.

«¡Padre —pensó, permitiéndose un momento de sentida miseria—, Padre, oh, Padre, aparta de mí este cáliz!».

No habría sabido decir con exactitud cuánto tiempo había pasado, solo que debieron de ser varias horas, cuando salió una vez más del refugio con forma de ataúd para aspirar una profunda bocanada del húmedo aire de la noche, en el que podía saborear la ausencia del olor a sudor y a tabaco de su camarada de guardia, y vio el color rojo del cielo por encima de los árboles.