Las invitadas secretas

Benjamin Black · Capítulo 31 de 35

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Las invitadas secretas

Capítulo 30

 

Al volver de ver el cadáver de Joey Harte, Strafford fue a la casa y se cameló a la señora O’Hanlon para que encendieran la caldera y así poder darse un baño —cuando se metió en la bañera, el agua estaba casi caliente—; luego pasó el resto de la tarde en la cama, con fiebre. Escalofríos espasmódicos le recorrían la espalda y a veces no paraba de tiritar. Había amontonado todas las mantas que pudo encontrar, más su abrigo, su chaqueta y un mantel, e incluso una alfombra, pero no lograba entrar en calor.

De vez en cuando se hundía en algo que no era ni sueño ni vigilia, sino una zona intermedia de pesadilla donde lo afligieron sueños violentos y morbosos. En uno de ellos, especialmente memorable, la señora O’Hanlon, con un par de pantalones tiroleses y blandiendo un bastón, galopaba por la casa a lomos de una vaca, convertida en una ménade enloquecida y grotesca. Tenía mucha sed, y se arrastraba a la cocina para beber vasos de agua del grifo, de pie con la alfombra envuelta alrededor de los hombros mientras contemplaba por la ventana aquella exasperante, anónima y omnipresente colina azul en la distancia.

La tarde declinó, la luz se volvió gris y llegó el crepúsculo. Con la oscuridad su fiebre empeoró, luego empezó a ceder de pronto. Volvió a levantarse e intentó preparar té en la estufa, pero le faltaron las fuerzas y se contentó con beber otro vaso de agua del grifo casi tibia. Se arrastró debajo de las mantas, y por fin llegó el sueño, un sueño de verdad, que lo arrastró a un bendito olvido.

El golpe en la puerta fue tan leve que le sorprendió que lo hubiese despertado. Se quedó unos instantes con los ojos cerrados; le ardían los párpados y tenía la sensación de que se los hubiesen hervido. Se oyó otro golpe. Se levantó de la cama metálica, que chirrió quejosa, y se arrastró más que anduvo hasta el salón, una vez más con la alfombra maloliente, la manta más caliente que tenía, por encima de los hombros.

Abrió la puerta desvencijada, su puerta principal, y notó las mejillas ardientes y el húmedo aliento de la oscuridad de fuera.

Por un momento no reconoció a la joven menuda y rolliza que había en la puerta, con un pañuelo azul descolorido y envuelta en un gabán viejo de hombre.

—Como no ha venido a cenar, señor, le he traído esto —dijo.

Era Maggie, la doncella. Llevaba una bandeja cubierta con un trapo.

—¿Qué es? —preguntó, abriendo y cerrando los ojos.

—Un poco de cena, señor. Casi se ha enfriado, pero debería comérsela de todos modos. Antes me pareció que no se encontraba usted bien.

La hizo pasar y retrocedió para dejarla entrar. Reparó en que tenía los ojos enrojecidos e hinchados, como si hubiese llorado. La joven dejó la bandeja en una mesita de naipes de patas muy finas debajo de la ventana.

—Gracias, Maggie —dijo—. Has sido muy amable al pensar en mí.

Ella estaba mirando la alfombra que llevaba sobre los hombros, las perneras de su pijama y sus pies descalzos.

—¿Qué le ocurre, señor?

—Nada…, solo un poco de fiebre…, creo que he pescado la gripe.

—¡Oh!, y yo lo he despertado.

—No, no te preocupes. Estaba peor antes.

—La cena le sentará bien.

—Seguro que sí, Maggie, estoy seguro. —Se quedó mirándola con impotencia, con el cerebro dándole vueltas en una especie de niebla cálida—. Y tú, ¿te encuentras bien?

—Estoy bien.

Estuvo a punto de preguntarle por qué había llorado, pero luego pensó que sabía el motivo.

Ella quitó el trapo de la bandeja y mostró un grueso plato de loza blanca con patatas hervidas, unas tiras beis de algo que supuso que debía de ser chirivía y tres gruesas lonchas de carne de vaca en conserva.

—Vamos, coma —dijo, se sorbió la nariz y se apartó limpiándosela con el nudillo.

Strafford se sentó en la silla de respaldo recto. El olor de la comida hizo que se le revolviera el estómago. Y sin embargo tenía hambre. Esperaría un poco, y luego se obligaría a cenar; tal vez pudiera comerse al menos las patatas.

—Es tarde —dijo él vagamente, pero ella siguió sin hacer ademán de marcharse.

—Quería preguntarle, señor… —dijo en voz baja—. ¿Qué le pasó a Joey Harte?

—¿Significaba… algo para ti? —preguntó, sin saber cómo plantear de otro modo una pregunta cuya respuesta al fin y al cabo conocía.

—Nos… veíamos —respondió ella, tomando una bocanada de aire entrecortada que acabó convirtiéndose en un leve y seco sollozo—. Es decir, íbamos a prometernos para casarnos. No es que nadie lo supiera, solo él y yo. —Hizo una pausa—. ¿Qué le pasó para que le pegaran un tiro?

A Strafford le costaba trabajo concentrarse, a pesar del peso de lo que aquella desdichada criatura le había preguntado. ¿Cómo explicar la absurda muerte de Harte?

—Estaba en el bosque donde no debía. Le dieron el alto e intentó escapar.

—Pero ¿por qué le dispararon?

—Fue un error. Los centinelas se ponen nerviosos y se equivocan.

A lo lejos se oyó el quejoso mugido de lo que parecía una vaca pariendo.

En el acto, Strafford vio en su imaginación el establo iluminado por una lámpara, la paja amontonada, el granjero con una rodilla en el suelo y el ojo de la vaca brillando de miedo y dolor, y, por un momento, le consoló la domesticidad arcaica de la escena que había evocado.

—Debería comerse la cena, señor —dijo la doncella—. Se le va a enfriar del todo.

—Lo siento —dijo.

Maggie asintió con la cabeza, de pie delante de él con el pañuelo y el viejo gabán gris —Strafford pensó que tal vez hubiese pertenecido a Joey Harte—, las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada gacha. Parecía una figura de Millais; sintió una punzada de piedad. Y aun así deseó que se marchara.

—Llevaba algo consigo —dijo—, una fotografía, arrancada de un periódico. ¿Sabes tú algo?

—¿Y cómo iba a saberlo? —dijo Maggie, poniéndose de pronto a la defensiva.

—Puede que te la enseñara. Tal vez…, tal vez te preguntase por ella. Por las personas que aparecían en la fotografía.

Alzó la mirada y lo miró con los labios apretados. Al cabo de un momento dijo:

—No necesitaba preguntármelo. Ya lo sabía.

—¿Qué es lo que sabía, Maggie? —preguntó con amabilidad Strafford, levantando la mirada e intentando sonreír.

—Quiénes eran.

Su rostro seguía reticente. Había algo en su mirada, algo frío, vengativo, cómplice. Por un momento fue casi como si lo odiara, o al menos odiara todo lo que representaba, el mundo duro, imperioso e implacable y quienes lo dirigían.

—Tengo que irme, señor —dijo, arrebujándose en el gabán y dando media vuelta—. Cómase la cena. Le sentará bien.

—Maggie. —Ella se detuvo, dándole la espalda, con la cabeza baja—. ¿Lo sabe todo el mundo?

—Que si todo el mundo sabe ¿qué?

—Quiénes son las personas de las fotografías. Quiénes son las dos niñas, en torno a cuyas cabezas alguien trazó dos círculos con un lápiz.

Cuando ella habló, lo hizo en voz tan baja que él apenas la oyó.

—Hay un tipo en el pueblo, un tal Clancy. Es el dueño de la ferretería, de la más grande. Tal vez debería hablar con él.

—¿Lo conocía Joey?

—Ya le he dicho, señor, que tal vez debería hablar con él, con el señor Clancy. —Fue a la puerta, la abrió y se detuvo en el umbral—. Y tal vez debería también avisar a los soldados de que abran bien los ojos. —Él hizo ademán de levantarse de la silla—. Siéntese, señor —dijo ella con voz cansada—. Siéntese y cómase la cena, se le va a enfriar.

Él había apartado el plato, luego se había puesto en pie, con la alfombra sobre los hombros, y se dirigió hacia el teléfono de campaña.

Desde la puerta abierta, Maggie dijo:

—El pobre Joey no era gran cosa —dijo—, pero era mío.

Pero Strafford ya estaba girando la manivela del teléfono y no la oyó.