Las puertas del paraiso
Capítulo 8
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
¿Qué te dice eso? —Nini negó con la cabeza—. Que todos acabamos en el mismo lugar.
Nini intentó imaginar a la abuela de Bashi, con el cuerpo marchito como una raíz de ginseng y su espíritu suspendido en el aire, escuchándolos a hurtadillas. Sirvió las gachas en una escudilla.
—Toma, come y calla —le dijo a Bashi.
El espíritu de la anciana no se ofendería si veía que alguien se ocupaba de su nieto.
Se sentaron y comieron.
—Mi familia irá mañana a la montaña —anunció Nini al cabo de unos minutos de silencio.
—¿Por qué? Tu familia no tiene antepasados enterrados aquí —replicó Bashi—. Desde la montaña no podrán enviarles las ofrendas por teletipo.
—Solo es una excusa para gastar dinero e ir a la montaña a pasarlo bien.
—Como cualquier otra familia. ¿Tú vas a ir?
—¿Yo? El sol tendría que salir por el oeste para que me llevaran.
Bashi asintió con la cabeza y dejó los palillos mirando a Nini con una sonrisa elocuente.
—Así que estarás en casa y… sola.
—Con la pequeña.
—Que se duerme en cualquier parte, ¿no? —dijo Bashi.
A Nini le dio un vuelco el corazón.
—Pero si tienes que enterrar a tu abuela.
—¿Crees que le importará si no voy?
—Sí —contestó Nini—, no la decepciones.
—Puede que caiga enfermo y esté indispuesto para ir al entierro.
Nini sonrió. Le halagó saber que el espíritu de la anciana no podía competir con ella. Por pudor y precaución, le sugirió a Bashi que ofreciera mucho dinero falso, como dictaba la tradición, para que el espíritu de la anciana no se ofendiera, y él convino en que era una buena idea. Cuantos más planes hacían, más convencida estaba de que aquella era la gran oportunidad de atar corto el corazón de Bashi, para evitar que ninguna otra chica lo llevara por el mal camino.
—¿Qué tal te va con el perro del viejo Kwen? —preguntó Nini.
La muchacha no creía ni una sola palabra de lo que le contaba sobre el perro, pero al joven le complacía ver que Nini hablaba de ello como si se tratara de algo importante.
Bashi contestó que iba bien. Había estado alimentándolo con jamón y filetes empapados en un licor fuerte y ahora era amigo suyo. ¿Qué otra cosa podía imaginar un perro con un dueño como Kwen? Sonriente, añadió que
estaba listo para probar el veneno cualquier día. Nini lo escuchaba con desgana, concentrada en la comida.
—Claro que el esfuerzo tiene sus recompensas —siguió diciendo Bashi
—. Mientras estaba trabajando con el perro de Kwen, he descubierto algo interesante. ¿Sabes esa mujer cuyo cuerpo no viste? Hay gente en la ciudad que está intentando organizar una protesta en su nombre.
A Nini le cayó un trozo de gelatina de sangre de cerdo en las gachas que le había resbalado de los palillos.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿No está muerta?
—Si quieres saber mi opinión, la gente pierde el norte sin motivo —
dijo Bashi—. ¿Has visto los panfletos que corren por la ciudad?
Nini contestó que se había fijado y luego recordó que había oído conversar a sus padres sobre aquel asunto en la cama, entre susurros. Una vez su padre dijo que utilizar a un muerto como arma era un truco muy usado que no llevaría a los alborotadores a ninguna parte. En otra ocasión, el hombre mencionó que la familia de Nini ya había obtenido la victoria y la justicia que se merecía. La madre siempre maldecía con la inquina habitual.
—¿Quién es esa gente? —preguntó Nini.
—Pertenece a un grupo secreto que sale de noche con collares de calaveras blancas.
Nini se estremeció, aunque sabía que Bashi seguramente exageraba, como de costumbre.
—¿Por qué se preocupan tanto por esa mujer?
Bashi se encogió de hombros.
—Tal vez el espíritu de la muerta ha regresado y, por medio de brujerías, los tiene dominados y trabajan para ella.
—Eso no son más que tonterías —respondió Nini con voz temblorosa.
—¿Por qué si no iba esa gente a comportarse como idiotas?
Nini pensó en la señora Gu, en su antigua amabilidad y en el repentino cambio de actitud de la anciana. La semana anterior la muchacha se había detenido varias veces delante de la puerta de su casa, pero ni la señora Gu ni su esposo habían salido a saludarla. Tal vez el espíritu de la hija también
hubiera embrujado a la señora Gu para convertirla en una mujer poco razonable.
—Esa vieja —dijo Nini con resentimiento—. Me odia.
—¿Quién?
—La madre de la mujer ejecutada.
—¿Qué tienes tú que ver con ella?
—Y yo qué sé —contestó Nini—. Todo el mundo me odia.
—Yo no —replicó Bashi—. A mí me gustas.
—Eso es lo que dices ahora —repuso Nini—. ¿Quién sabe cuándo cambiarás de opinión?
Bashi le juró que eso no ocurriría nunca, pero Nini ya no tenía ganas de seguir escuchándolo. De repente la muchacha dijo que tenía que irse y, antes de que Bashi pudiera protestar, fue a la cocina para coger el carbón que le correspondía. El joven se rascó la cabeza y le suplicó que le dijera en qué la había ofendido. Nini pensó que era ridículo que Bashi necesitara tenerla complacida a todas horas. Si quería una sonrisa, ella se la daría, pero le halagaba el modo en que el joven se angustiaba, como «una hormiga en una sartén al fuego». Le dijo que volvería al día siguiente, después de que sus padres y sus hermanas se hubieran ido.
—Entonces podrás demostrármelo —añadió, y se fue sin darle la oportunidad de defenderse.
El maestro Gu pasó dos semanas en el hospital municipal y fue dado de alta la víspera del Ching Ming junto a otros pacientes que habían solicitado volver a casa para la festividad. La mano izquierda se había recuperado bien y, a pesar de la escasa movilidad de la pierna de ese lado, podía caminar apoyado en un bastón, aunque poco a poco. La señora Gu había alquilado un taxi a pedales y, en el corto trayecto del hospital a casa, el hombre se fijó en que varias personas se detenían al verlos pasar. Algunos los saludaban con un gesto de la cabeza e incluso hubo uno que levantó la mano antes de disimular y rascarse la cabeza, como si le avergonzara lo que acababa de hacer. La señora Gu les devolvía el saludo, también de
manera furtiva, aunque nada de aquello escapó a la atención del maestro Gu. El hombre tiró de la manta, que se le escurría de las piernas, y su esposa se agachó sobresaltada, como si despertara de sus ensoñaciones, para volver a colocársela.
—Debes de tener frío, así descalzo —comentó la mujer. Se quitó los guantes, metió las manos por debajo de la manta y le cogió los pies. El hombre sintió las manos cálidas a través de los calcetines—. El médico dijo que no te pusieras botas para no obstaculizar la circulación —dijo como si intentara calmar a un niño—. Pronto llegaremos a casa.
El maestro Gu se miró los pies, envueltos en la vieja manta de lana con un par de aves fénix dibujados cuyos colores, rojos y dorados, empezaban a desvaírse. Se la había regalado su primera mujer el día que él había emprendido el viaje hacia Río Turbio, en aquellos momentos una ciudad pequeña y poco urbanizada, perfecta para su exilio. La manta, de colores chillones, era un insulto a su gusto y recordaba habérsela arrojado a la mujer que había decidido dejar de ser su esposa. Ella la había recogido, había vuelto a colocársela en la maleta y le había dicho que había llegado el momento de creer en algo menos filosófico, que era un error seguir absortos en su intelectualismo.
Vete a cortejar a ese proletariado inculto que es tu amo y señor, le respondió él, azuzado por la rabia y la autocompasión. Sin embargo, más tarde, cuando se tranquilizó, empezó a dar vueltas a las palabras de su ex mujer. Ella siempre había sido la sensata, la que había escogido el bando ganador incluso antes de que la guerra civil se decantara hacia uno u otro lado. Él, por el contrario, era el perfecto soñador que vivió en una torre de marfil hasta que lo abofetearon con una orden de desahucio.
Había llegado el momento de abandonar su intelectualismo. Cuando el maestro Gu se estableció en Río Turbio, recordó aquellas palabras y decidió impartir clases nocturnas a mujeres analfabetas. En su progreso veía su propio mérito, aunque no como intelectual, sino como la hormiga trabajadora que arranca diminutos granos de arena de la montaña que se alza entre el pueblo y una sociedad culta y civilizada. Sacó la manta la noche de bodas con su segunda mujer y le dijo a su flamante esposa que era un regalo de una vieja amiga. Un regalo bastante caro, ya que una manta de lana seguía siendo un artículo poco visto en las ciudades de provincias. A
su mujer le encantó y los primeros años la atesoró con gran cariño. Solo la utilizaba en ocasiones especiales, en fiestas, aniversarios y el primer mes de cada año. Sin embargo, igual que todo lo que se ama al principio del matrimonio, la manta perdió importancia con los años y ahora la utilizaban por motivos prácticos. Era una manta de gran calidad, ideal para el largo y severo invierno de Río Turbio, que duraba seis meses.
El taxi a pedales se detuvo al llegar al callejón. Era demasiado ancho para pasar por la puerta del patio de los Gu. El maestro Gu se acercó renqueando hasta la casa mientras su mujer contaba los billetes para pagar al conductor. Varios pollos se hicieron a un lado y se quedaron mirando al anciano, que reconoció a sus dos gallinas entre el grupo. Abrió la cancela y vio una ordenada pila de leña cortada. Una mujer joven oyó sus pasos y salió de la casa para anunciarles que volvían justo a tiempo para comer.
El maestro Gu se la quedó mirando. Todavía no había cumplido los treinta y el lacio cabello le llegaba hasta los hombros y le ocultaba la nuca, aunque lo llevaba apartado hacia un lado con un pasador. Vestía una chaqueta mao de color gris y unos pantalones de un tono más oscuro. A primera vista, tenía el aspecto típico de una joven esposa: una apariencia neutra, justo lo que se esperaba de una mujer casada, que no revelara ni un ápice de su feminidad y su belleza a los extraños. Sin embargo, la punta de un pañuelo de gasa de color melocotón asomaba por el cuello de la chaqueta mao, tal vez de forma deliberada. El maestro Gu se fijó en aquel detalle. Su primera mujer llevaba una bata de seda del mismo tono la noche de su boda. El color naranja melocotón era su favorito.
La mujer sonrió. Tenía unos dientes muy blancos y rectos.
—¿Cómo se encuentra, maestro Gu?
El hombre no contestó. La joven era mucho más guapa de lo que ella intentaba aparentar.
—¿Quién es usted? —preguntó él con un tono muy poco amistoso.
—Es Kai —intervino la señora Gu cruzando la cancela—. Es la que lee las noticias.
—Ah, claro, es usted —dijo el maestro Gu.
Era imposible olvidar su voz, que podía compararse sin esfuerzo a un soleado cielo otoñal, a un arroyo claro en primavera o a cualquier otro símil vacío de los que se usaban para describir a otras locutoras, tanto de las
emisoras centrales como de las provinciales, todas bien escogidas por poseer una voz carente de rasgos distintivos. El maestro Gu pensó que debía de ser triste convertirse en alguien fácilmente reemplazable por otra voz perfecta, casi idéntica. Qué trabajo tan tedioso pronunciar las palabras de otros un día sí y otro también. Aunque ¿con qué derecho la compadecía?
Por lo que sabía, tal vez a la joven le complaciera la fama que aquel trabajo le reportaba.
—Tiene una voz bonita —dijo el maestro Gu—. Perfecta para ser la
«garganta y lengua» del partido.
Se hizo un breve silencio, tras el que Kai asintió, vacilante. La señora Gu los miró, nerviosa, y cogió a su marido por el brazo.
—Debes de estar cansado. ¿Por qué no comes algo y duermes un poco?
Intentó que entrara en casa, medio sirviéndole de apoyo y tirando de él.
El hombre agitó el brazo, con más fuerza de la que habría pretendido, para zafarse.
Kai llevó una cazuela de pollo guisado a la mesa y preguntó al maestro Gu qué tal había ido el viaje hasta casa. El hombre no contestó. No le apetecían las conversaciones intrascendentes, ni con su esposa ni con una extraña. Durante las dos semanas que pasó postrado en la cama del hospital, había hablado mucho con su primera esposa, incluso discutido, aunque ocasionalmente le daba la razón. No quería que nadie los interrumpiera.
La señora Gu se disculpó ante Kai en voz baja y le dijo que el viaje debía de haberlo agotado. Kai le aseguró que no pasaba nada y que, de todos modos, tenía que irse para encargarse de algunas cosas. El maestro Gu intentó volver a perderse en sus obsesiones, pero la joven lo distraía.
Levantó la vista y la miró fijamente.
—La tuve de alumna, ¿verdad? —dijo de pronto, sorprendiendo a ambas.
—Kai no se crió en Río Turbio —contestó la señora Gu, y le explicó que la joven se había hecho locutora después de dejar la escuela de teatro de la capital de la provincia.
Mientras el maestro Gu seguía con la mirada clavada en Kai, su esposa dijo que iba a hacerle la cama por si quería descansar antes de comer.
El hombre había impartido clases a cientos de estudiantes en los últimos treinta años, y aunque hacía poco que había empezado a mezclar los nombres con los rostros, como cualquier persona mayor, cuanto más olvidadizo se volvía, con mayor precisión recordaba sucesos de su juventud.
—Usted estudió conmigo —insistió el maestro Gu.
Kai pareció azorarse.
—Fui a su clase de primero durante dos meses antes de mudarme —
confesó Kai.
—¿En qué año fue eso?
—En 1960.
El maestro Gu entrecerró los ojos y calculó.
—No, fue en 1959. Estaba en la misma clase que Shan.
La señora Gu se volvió hacia Kai, que parecía afligida, y se hizo un momentáneo silencio. El maestro Gu intentó recordar más cosas sobre Kai, pero lo único que le venía a la mente era Shan, en su clase de primero de 1959, una niña esquelética, con dos pequeñas coletas cuyos extremos amarilleaban como la hierba chamuscada, otra niña desnutrida entre las criaturas famélicas por una hambruna que todavía había de durar tres años más antes de liberar a la nación de su yugo.
La señora Gu fue la primera en recuperarse. Sirvió un poco de pollo en una escudilla.
—Kai ha traído el pollo y las castañas —dijo.
—¿Por qué cambió de colegio? —preguntó el maestro Gu.
—Salí elegida y me enviaron a la escuela infantil de teatro —contestó Kai.
El maestro Gu resopló.
—Supongo que entonces estuvo bien alimentada, siendo una de las escogidas —dijo.
Había algo en aquella joven que lo irritaba: la voz; que tuviera la misma edad que Shan, aunque con un trabajo seguro y una vida regalada; aquella intrusión en su hogar; que le hubiera mentido a su mujer asegurándole que no conocía a Shan… Su hija, con siete años, lo miraba con ojos suplicantes cuando él dividía la escasa comida que había apartado
de su propia ración para los niños de familias más numerosas, que estaban más hambrientos que ella. Con el paso de los años, aquellos niños se convertirían en jóvenes muy peligrosos, con una mente tan vacía y ávidamente receptiva como sus estómagos, que acabarían devorando cualquier cosa que les sirviera de alimento, buena, mala y peor.
—¿Ha pasado hambre alguna vez? —le preguntó sin disimular su antipatía.
—Aquel que está en tu casa es tu invitado —recitó la señora Gu. El hombre captó el tono reprobatorio—. No estás siendo un buen anfitrión.
—El maestro Gu debe de estar cansado —intervino Kai—. Volveré más tarde para hablar con él.
El hombre no les contestó; se levantó de la silla como pudo y se dirigió al dormitorio. La estufa ardía con fuerza y de repente se sintió extenuado por el ambiente caldeado. Oyó que su esposa se disculpaba ante Kai y que esta respondía que no se preocupara, que lo entendía y que no, que no importaba. No tardó en abstraerse de la conversación. El maestro Gu miró el reloj de la pared y se preguntó cuánto tardaría su esposa en acordarse de su marido enfermo, demasiado acalorado e incómodo junto a una estufa ardiendo al rojo vivo un día primaveral.
El maestro Gu contó siete minutos antes de que la señora Gu entrara con la escudilla intacta.
—Deberías comer algo.
—¿Dónde está esa mujer? —preguntó él.
—Se llama Kai —replicó la señora Gu. El hombre se incorporó penosamente y le sorprendió que su esposa no corriera a ayudarlo—. Has sido muy antipático con ella, como si te debiera algo.
—Nos ha mentido. ¿Por qué ha venido? —quiso saber el maestro Gu
—. Es una de las herramientas políticas del gobierno. ¿Qué quiere de nosotros?
Su mujer se lo quedó mirando con una socarronería que le recordó a su rebelde hija diez años atrás.
—¿No les enseñabas a tus alumnos a usar la cabeza y a no sacar conclusiones precipitadas?
De modo que, ¿para eso volvía a casa, para tener que aguantar a una mujer desagradable que no hacía más que cuestionar todo lo que él decía?
—¿Cuánto tiempo tienes pensado seguir comportándote como alguien a quien no creo que hubiera tenido el placer de conocer antes de ir al hospital? ¿Acaso no merezco una explicación? —preguntó alzando la voz.
—Los médicos dijeron que no te convenía alterarte —respondió ella.
—No hay persona menos alterada que un muerto.
La mujer dejó la escudilla sobre un taburete que había junto a la cama.
El hombre pensaba que su esposa iba a sentarse en el taburete y a darle de comer, pero al ver que no lo hacía, intentó alcanzar la cuchara, aunque no tenía hambre.
—Hay algo que deberías saber. No te lo habíamos dicho antes porque creímos que era más importante que primero te recuperaras —dijo la señora Gu.
—¿De quiénes estás hablando?
—De Kai, de mí y de sus amigos. Estamos movilizando a la gente para presentar una petición en nombre de Shan.
El cambio que apreció en su mujer —la mirada que ya no dirigía al suelo cuando hablaba, la clara aparición de palabras nuevas en su vocabulario— inquietó al maestro Gu. Durante los casi treinta años que habían sido ciudadanos de segunda, y en especial los diez que Shan había estado encarcelada, ellos, como pareja, se habían recluido en un capullo tejido por los dos, un caparazón muy fino y claustrofóbico que les reportaba su único consuelo. A veces era difícil adivinar dónde acababa uno y empezaba el otro. Eran los dos peces que habían escogido vivir el resto de sus días en el mismo charco somero. ¿Acaso todo eso había sido producto de su imaginación? ¿Quién era aquella mujer que confiaba en unos jóvenes desconocidos para llevar adelante una idea alocada y sin sentido sobre una protesta que no cambiaría el destino de su hija? La sensación de estar precipitándose a un pozo sin fondo y sin posibilidad de agarrarse a nada, la misma que había experimentado durante el ataque, le dificultó la respiración.
—Pensé que ya era hora de que lo supieras —dijo la señora Gu—. No se habla de otra cosa.
—Te has convertido en la estrella del momento.
La señora Gu pasó por alto el comentario.
—No te imaginas la cantidad de personas que nos apoyan. La gente tiene miedo, pero eso no significa que no les importe. Solo hay que encontrarla.
El maestro Gu miró a su esposa. La mujer tenía las mejillas arreboladas, y los ojos, dos profundos pozos de agua que se habían secado con los años, estaban clavados en un punto lejano tras él con un brillo inusual. A pesar de la estufa encendida, el hombre sintió que el frío le calaba los huesos. Era una enfermedad: aquella pasión por la política, por
«movilizar» a las masas como si fueran granos de arena que pudieran unirse con facilidad gracias a un hechizo mágico para formar una torre, era una enfermedad mortal. Se había cobrado la vida de su hija y ahora echaba y ceñía el lazo sobre la persona menos pensada, sobre su mujer, una anciana sencilla y obediente.
—¿Qué es lo que queréis? —preguntó al final—. Shan ya no está.
—Queremos que el gobierno reconozca su error. Shan era inocente. No debería castigarse a nadie por sus creencias. No está bien y ha llegado el momento de enmendar el error.
Aquel discurso no era de su mujer, sino seguramente de Kai, esa joven cuyo trabajo consistía en leer en voz alta palabras vacías y grandilocuentes creadas para deslumbrar a los afligidos.
—Shan está muerta —insistió el maestro Gu—. Hagáis lo que hagáis, no le devolveréis la vida.
—No luchamos por su vida, sino por la justicia que se merece —
respondió la señora Gu.
Qué mujer tan, tan tonta, parloteando como un loro y exponiendo el cuerpo de su hija como una ofrenda pública a cambio de una promesa vacía. Mujeres de lógica tambaleante y mente ávida, mujeres que se dejaban cegar por palabras pomposas y que permitían que otros les lavaran y rellenaran el cerebro. ¿Acaso era su destino tener que enfrentarse una y otra vez a aquel enemigo? Primero una esposa tan entregada al comunismo que hubo que romper el matrimonio, luego una hija y ahora la única mujer que quedaba en su vida, quien además había sido inmune a dicha enfermedad la mayor parte de su vida. Se la quedó mirando.
—¿Cuánto tiempo tardaron en convertirte en una heroína? —le preguntó fríamente—. Cinco segundos, supongo.
La señora Gu respondió con voz calmada que, como él, también había tenido sus dudas, pero que no debían perder la esperanza de que se produjera un cambio. No podían permitir que el sacrificio de su hija no sirviera de nada.
El maestro Gu iba a recordarle que su hija había muerto por estupidez, por confiar siempre en las personas equivocadas; sin embargo, al final se limitó a decirle que olvidara lo que estaba haciendo.
—No voy a permitirlo —aseguró—. Te prohíbo, a ti y a quien sea, que uséis el nombre de Shan como excusa para ganar algo.
La señora Gu lo miró atónita y, tras una larga pausa, le sonrió.
—Maestro Gu, ¿no fuiste tú quien me enseñó hace muchos años que las mujeres ya no eran ni esclavas ni vasallas de los hombres? ¿Y que lo que no nos daban los hombres debíamos conseguirlo nosotras por nuestros propios medios?
El maestro Gu miró a su esposa, tembloroso. Las mentiras que se había visto obligado a enseñar hacía muchos años habían regresado para rendir cuentas y dejarlo como un patán. Iba a lanzar la escudilla contra la pared o a tirarla contra el duro suelo de cemento para ver cómo la porcelana se hacía añicos y el guiso, caliente y aceitoso, lo salpicaba todo, pero ¿acaso eso no lo rebajaría al nivel de los hombres sin lógica ni educación? La decepción y el cansancio sustituyeron a la ira, desbordante hacía apenas unos instantes. Miró a su esposa con un esbozo de sonrisa.
—Claro, ahora vivimos en la era comunista —dijo—. Perdona la confusión de este viejo, camarada.
¿Quién podía imaginar que Nini cogería un berrinche y le exigiría una demostración de fidelidad? Una rosa de tallo espinoso valía las molestias y el sufrimiento, pero ¿y una flor silvestre junto al camino que se consideraba una rosa y a la que le crecían molestas espinas? Bashi ahogó una risita. Tal vez tendría que vigilar el temperamento de Nini y asegurarse de que la muchacha no se convertía en una de esas viejas y gruñonas arpías del mercado. Estaba contemplando a una joven enfermera, recién salida del turno de noche, que intentaba arreglarse el cabello con los dedos delante
del escaparate de una tienda. No parecía gustarle cómo le quedaba. Se acercó a ella y sacó una bolsa de golosinas que siempre llevaba encima por si encontraba alguna jovencita con quien iniciar una conversación.
—Te queda muy bien —dijo—. ¿Quieres un caramelo?
La joven estudió a Bashi con una mirada fría.
—Vete a casa y mírate en el espejo —contestó.
—¿Por qué? No necesito ningún espejo para saber qué pinta tengo —
respondió Bashi—. Eres tú quien se ahueca las plumas en la calle.
—Menuda suerte encontrarse con un sapo de buena mañana —le comentó la mujer a un gato que pasaba tranquilamente por allí, antes de alejarse deprisa, sin dejar de retocarse el cabello.
¿Quién se creía que era, un cisne disfrazado? Bashi miró su reflejo en el escaparate: un joven presentable con chaqueta nueva. Tres adolescentes, con la cabeza rapada y gafas de sol, se detuvieron junto a él.
—Eh, Bashi, ¿para qué quieres tú una chaqueta como esa?
Bashi intentó mirarlos a los ojos, pero solo se vio a sí mismo repetido seis veces en las lentes oscuras. No conocía a aquellos chicos y, gracias a unos cuantos encuentros desafortunados con las bandas recién aparecidas en Río Turbio, había aprendido a no llamar su atención.
—Bonitas gafas de sol —dijo dándose unas palmaditas en el bolsillo en busca del paquete de tabaco que llevaba para momentos como ese. Los chicos aceptaron los cigarrillos que Bashi les lanzó.
—¿Nos la prestas por hoy? —preguntó el más joven, con una amplia sonrisa.
—Claro —contestó Bashi—, no hay nada que no comparta con mis hermanos.
Se quitó la chaqueta y se estremeció al sentir la brisa matutina. Los chicos saludaron con la cabeza y siguieron su camino mientras el más joven se probaba la chaqueta para que los demás le dijeran qué tal le quedaba.
Menuda gentuza está generando esta ciudad, pensó Bashi tanteando un fajo de billetes que llevaba en un bolsillo del pantalón; había tenido el acierto de no llevar nada de dinero en la chaqueta. Entró en un comercio no lejos de allí y pidió una bolsita de semillas de girasol. Al salir del
establecimiento se llevó varias a la boca y las masticó hasta convertirlas en una masa incomible, imaginando a toda la gente antipática que estaba machacando entre las muelas. Solo recibía el respeto que se merecía de Nini, pero ¿qué le daba él a cambio, además de unos cuantos cestos de carbón y verduras? Ella tenía razón al ponerlo a prueba. «Dime quién te hace infeliz», se imaginó diciéndole a la mañana siguiente, en cuanto llegara. «Dime quiénes son y también se convertirán en enemigos de Lu Bashi. No permitiré que vivan felices.» Empezaría por la madre de la mujer ejecutada, que odiaba a Nini.
Bashi vio a Oreja en la entrada del callejón.
—Hola, amigo —lo saludó llevándose una mano al bolsillo. Oreja meneó el rabo—. Ven —lo llamó con dulzura—. ¿Cómo estás? ¿Andabas buscándome? Justo ahora pensaba en ti.
El perro se acercó y restregó el cuello contra la pierna de Bashi. El joven pensó que era un chucho muy estúpido; sacó la mano del bolsillo y dio una palmada.
—Lo siento, hoy no llevo nada para ti. Verás, tengo que hacer unos recados.
El perro dio vueltas a su alrededor unos momentos y luego se alejó corriendo. Bashi estaba satisfecho. La reciente amistad con Orejase derivaba del plan que tenía para el perro de Kwen. No había necesitado ni mucho jamón ni demasiado tiempo para ganarse el corazón de Oreja, además, ¿qué perro rechazaría un trozo de carne? Después de todo, un perro era un perro, un animal incapaz de competir con el intelecto de un hombre.
Bashi entró en una tienda que tenía una placa de madera negra en la que se leía «Larga Vida» en caracteres dorados. Junto al mostrador había una anciana que le tendía varios billetes arrugados a la dueña del establecimiento.
—Abuela, ¿qué está comprando? —preguntó Bashi.
La anciana le preguntó si no había oído hablar de la curandera de Villa del Este que había descubierto un nuevo modo de comunicarse con los muertos. Acababa de visitarla y la mujer le había dicho de parte de su esposo que en la otra vida no le llegaba el dinero para alcohol.
—Vaya, ¿y creyó a su marido? —preguntó Bashi. Miró el dinero que había encima del mostrador; era evidente que el hombre no iba a emborracharse con aquella triste cantidad—. ¿Y si utiliza el dinero para pagarse una mujer?
La anciana masculló entre dientes que a su marido nunca le habían interesado las mujeres y que había vivido por y para el alcohol, lo que también lo había llevado a la tumba. Bashi pensó en aquella manera tan absurda de morir antes de conocer la verdadera dicha de vivir, y negó con la cabeza, incrédulo.
—Qué lástima —dijo—. ¿Qué tendrá de bueno la bebida?
—Dices eso porque no la has probado —dijo la tendera, una mujer de mediana edad que acababa de hacerse la permanente—. El alcohol y la belleza de una mujer siempre van de la mano, ¿sabes por qué, hermano?
Porque lo que más aprecian los hombres son la bebida y las mujeres.
Bashi resopló con desdén. ¿Qué sabría una tendera sobre hombres?
Pidió un montón de dinero falso, un palacete en miniatura, coches tirados por cuatro caballos, un arcón y unas cuantas fruslerías más, todas hechas con papel blanco de arroz, que quemaría hasta reducirlas a cenizas para que acompañaran a su abuela al otro mundo. También pidió matarratas. La tendera lo miró desconcertada.
—Mi tienda sirve a aquellos que han entrado en el jardín inmortal —
contestó la mujer.
Como toda la gente de Río Turbio, la mujer recurría a toda clase de eufemismos para no mencionar la muerte, y Bashi sonrió. Pagó los artículos de papel y le dijo que había pedido el matarratas porque no quería que los ratones importunaran el cuerpo de su abuela. Asustada y pálida, la mujer hizo una reverencia ante un buda que había en un rincón de la tienda, delante del cual ardía incienso. La mujer le pidió que perdonara la ignorancia del chico; Bashi se echó a reír y decidió dejar de atormentar a la tendera. El joven compró un paquete de matarratas en otro comercio, unas cuantas puertas más abajo.
Cuando llegó a casa, dejó las ofrendas de papel junto al ataúd de su abuela.
—Abuela, mañana el viejo Hua y su mujer se despedirán de ti para que te reúnas con el abuelo y mi baba —dijo, hablándole a la anciana mientras
él se dedicaba a sus quehaceres. Había adoptado la costumbre de hablarle cuando estaba solo. Cortó a tajos un trozo grueso de jamón, lo pinchó y lo empapó en licor—. Cuando llegues allí, presenta mis respetos al abuelo y a mi baba. Diles que voy espabilándome y que no mancillaré su nombre.
Verás, mañana no podré acompañarte porque tengo que ocuparme de algo más importante.
Desempaquetó el matarratas y echó varias pastillas en el mortero que su abuela utilizaba para machacar las guindillas. Las pastillas tenían un feo color oscuro, entre gris y marrón. Mientras las trituraba hasta convertirlas en polvo, se preguntó en voz alta a qué rata le apetecería tocar algo tan asqueroso. No sabía qué potencia tendría el veneno, pero la cantidad de polvo le pareció insuficiente, de modo que echó más pastillas al mortero.
—Hazme caso, abuela, ya queda muy poca gente que utilice la cabeza hoy en día. Es muy difícil encontrar a alguien tan listo como mi baba, ¿no crees? —dijo Bashi, pensando en que los elogios debían de halagar a los espíritus tanto como a los vivos.
Era fácil contentar a las ancianas, solo había que alabar a sus hijos y nietos. Tal vez así su abuela lo perdonaría por no acompañarla al funeral al día siguiente. Siguió hablando, sin dejar de ensalzar a su padre. Cuando terminó de triturar las pastillas, se acercó el mortero a la nariz y lo olió.
Aparte de un olorcillo rancio y pastoso, no percibió nada que traicionara su peligrosidad. Sacó el jamón y lo rebozó con el polvo hasta que estuvo bien cubierto por ambos lados. A continuación, intentó rellenar con una cucharilla los agujeros que había pinchado.
—Debes de preguntarte qué estoy haciendo —dijo—. Tú sigue velando por mí y reza para que esto funcione. En cuanto termine con eso tan importante, iré y quemaré mucho dinero falso por todos vosotros.
La última vez que la abuela lo había llevado a visitar las tumbas de su abuelo y su padre, el joven tenía doce años. Bashi pensó que la próxima vez llevaría a Nini, para que supieran que no tenían que preocuparse por sus descendientes. Se quedó mirando el jamón unos instantes y luego, con cuidado, lo untó con miel por ambos lados, procurando no quitar ni una sola mota del polvo letal.
—Listo —dijo—. Ha quedado la mar de bien, ¿no crees?
Bashi se paseó por media ciudad antes de dar con Oreja. Solo necesitó un pedacito de carne para convencer al perro de que lo siguiera.
Atravesaron el puente del Cruce y subieron la montaña Sur. 1 lacia un día radiante, el sol le daba en la cara y en el aire se respiraba la primavera de manera inconfundible. Bashi se detuvo junto a un arbusto lleno de ciruelas tempranas.
—Te he traído algo para chuparse los dedos —dijo Bashi, y dejó el jamón junto al arbusto.
Oreja lo olisqueó con gran curiosidad, pero no mostró ningún interés por comérselo. Aunque Bashi lo apremió, el perro se limitó a toquetearlo con la pata y a olfatearlo. El joven se impacientó, le quitó el jamón de la boca y fingió que iba a comérselo. Aquello pareció funcionar: cuando le tiró el jamón, Oreja lo atrapó al vuelo y se alejó corriendo con su trofeo.
Bashi hizo tiempo, quería darle unos minutos al perro antes de salir a buscarlo para comprobar el efecto del veneno. Si el matarratas no funcionaba con aquel chucho diminuto, era evidente que tampoco lo haría con el perro negro de Kwen. Bashi se preguntó si tendría que volver a la tienda y montar un escándalo por la poca eficacia del veneno. Pediría algo más fuerte con el pretexto de que las ratas de su casa eran grandes como cerdos. Siguió divagando hasta que oyó los lastimeros gañidos del perro.
—Ya está —dijo; entonces oyó un largo y lúgubre aullido.
Bashi encontró al perro en el suelo, jadeando, con las patas en plena convulsión. Tenía una pequeña hacha clavada en el cráneo, entre los ojos, de donde manaba una sangre roja y pegajosa. Era evidente que el perro agonizaba. A su lado había un jovencito con un abrigo de algodón gris, tan gastado que parecía un montón de harapos. Una de las manos le sangraba, el perro se la había mordido, y en la otra sujetaba con fuerza el trozo de jamón. Bashi miró al uno y al otro alternativamente.
—¿Lo has matado por eso?
El niño miró al joven. Iba a explicarle que no tenía intención de matarlo, pero ¿quién iba a creerlo al ver el hacha manchada con la sangre del perro? El niño, un adolescente que no aparentaba más de diez años, había ido a la ciudad para poner en alquiler sus pobres y poco desarrollados músculos. De vez en cuando un ama de casa lo contrataba para cortar leña, matar un pollo o descargar carbón, pequeñas tareas que tanto podía hacer
ella como sus hijos o su marido si se lo pedía, pero al darle trabajo creía estar haciendo una buena obra. Al cabo de varias semanas, el niño había concluido que todas las mujeres eran iguales: hablaban de sus buenas acciones, sin quitarle el ojo de encima al monedero. Le pagaban con comida en vez de dinero, y el chico, medio mendigo y medio acallador de conciencias femeninas, sabía de sobra que no debía pedir más de lo que le daban.
—¿Has matado al perro? —insistió Bashi.
—El me mordió primero —contestó el niño retrocediendo.
—Pues claro que te mordió, le robaste la comida. Yo también te habría mordido.
Bashi lo asió por una manga y lo arrastró junto al perro, cuya respiración era leve y rápida y cuyas patas intentaban excavar el suelo recién derretido.
—Mira lo que has hecho. ¿Qué clase de hombre eres, que te peleas con un perro por comida?
El niño sopesó la situación. Si salía corriendo, el hombre lo atraparía sin esfuerzo. En una pelea llevaba todas las de perder. Ya podía prepararse para una buena zurra, pero aparte de los golpes, ¿qué más podía hacerle? El niño se relajó.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Bashi—. ¿Qué triquiñuelas andas tramando?
El niño se arrodilló y se echó a llorar.
—Tío, es culpa mía —dijo—. Creí que sería una lástima desperdiciar tanta carne en un perro tan pequeño. Había pensado llevársela a mi madre.
Mi madre y mi hermana hace tres meses que no la prueban.
—¿Tienes una hermana? —se interesó Bashi—. ¿Qué edad tiene?
—Nueve años —contestó el niño—. Mi padre murió hace seis y mi madre está enferma.
Para demostrar que era cierto lo que decía, el niño desató un pequeño atadillo y le enseñó el contenido: unos cuantos panecillos, la mitad duros como piedras. Le explicó que su hermana había ideado la manera de volver a hacer una pasta con los panecillos duros.
Bashi asintió con la cabeza. El niño debía de haber contado aquella historia miles de veces para ablandar el corazón de las viejas arpías de la ciudad. Bashi sacó unos billetes.
—Ya veo que eres un chico que sabe cuidar de su familia. Si no fuera por eso —dijo Bashi sonriéndole—, si no fuera por tu madre y tu hermana, llamaría a la policía. Venga, coge el dinero y cómprale ropa buena a tu hermana.
El niño miró el dinero y tragó saliva.
—Maté a su perro sin querer, tío —dijo—, ¿cómo voy a aceptar su dinero?
Bashi se echó a reír. Aunque el niño sabía a la perfección que tenía pocos años más que él, era consciente de cómo debía hablarle, y aquello complació a Bashi.
—No es mío —admitió el joven—, si hubieras matado a mi perro te habría retorcido el pescuezo.
—¿Seguro que no llamará a la policía?
Bashi le dio un capón con los nudillos.
—No seas tonto. A la policía, como si descuartizas diez perros.
El niño aceptó el dinero y se deshizo en agradecimientos, pero el joven lo detuvo levantando una mano. Ambos se acercaron al perro. El animal había dejado de jadear y de moverse, tendido en el suelo, con las patas medio cubiertas de barro. Era difícil imaginar que un niño tan escuálido hubiera podido matar a un perro de un tajo tan preciso.
El niño se arrodilló, recuperó el hacha y la limpió en el abrigo. Bashi le dijo que tirara el trozo de jamón, pero el niño vaciló.
—Pero ¿no sería un desperdicio?
—¿Por qué haces preguntas tan tontas?
El niño se quedó mirando a Bashi, que lanzó el trozo de jamón tan lejos como pudo. El pedazo de carne dibujó un arco en el cielo matinal y cayó fuera del alcance de su vista.
—Y ahora corre a casa antes de que se me acabe la paciencia —dijo Bashi.
El niño dijo que sí, pero no se movió. Estaba mirando fijamente al perro muerto.
—Tío, ¿qué cree que le pasará? —le preguntó cuando Bashi volvió a apremiarlo para que se fuera.
—¿Y yo qué sé? —contestó Bashi—. Ya te he dicho que no es mío.
—¿Quiere un gorro o una bufanda de piel de perro? —preguntó el chico.
Bashi sonrió.
—Vaya con el listillo del niño. Si necesitara algo, me lo compraría.
Llévatelo y hazle algo a tu hermana, si era eso lo que estabas pensando.
El niño también sonrió.
—Tío, si no fuera por lo poco digna que es nuestra casa, lo invitaría a comer una buena sopa de carne de perro para celebrar el Ching Ming.
—No hace falta que me des coba —dijo Bashi—. Y ahora tengo otras cosas que hacer. Saluda a tu hermana de mi parte.
El niño esperó a que Bashi se fuera para ponerse manos a la obra. Tiró los panecillos rancios a la cuneta e hizo varios jirones con la tela del atadillo. Se quitó el abrigo, envolvió al perro en él y luego se ató el cuerpo a la espalda. Pesaba más de lo que creía y todavía estaba caliente, lo que le recordó el día que llevó a su hermana a caballito tras el ataúd de su padre hasta el cementerio. Antes de morir, su padre le había cogido las manos y le había dicho que a partir de entonces sería el hombre de la casa y tendría que cuidar de su madre y de su hermana.
El niño pensó en la tumba de su padre, que nadie había atendido en seis años. Alzó la vista al cielo, todavía de un azul luminoso. Si se daba prisa, llegaría a casa antes del anochecer y podría limpiar la tumba para el Ching Ming. Su madre, postrada en la cama desde hacía cinco años, no podría viajar, pero se llevaría a su hermana. Ahora era un hombre, el responsable tanto de los vivos como de los muertos. El niño apretó el paso y, al cabo de un rato, dio media vuelta. Rebuscó un buen rato hasta dar con el trozo de carne. Aunque estaba un poco sucio de tierra, limpiándolo bien podrían celebrar la festividad con una magnífica comida.
Kai les dijo a sus compañeros del Departamento de Propaganda que iba a limpiar a fondo el estudio ahora que había llegado la primavera. Un editor enarcó las cejas, pero no dijo nada, y Kai comprendió que limpiar el día anterior al Ching Ming podría interpretarse como un modo de celebrar la supersticiosa festividad, pero la joven decidió no darle más vueltas al asunto. Desde la aparición de los panfletos, sus compañeros del Departamento de Propaganda se mostraban educados los unos con los otros; no obstante, nadie se había atrevido a mencionar una palabra acerca de la situación en que se encontraban. Eran barómetros experimentados, perfectamente afinados para detectar hasta el más mínimo cambio en el ambiente político.