Las sin parte
Capítulo 2: …y divorcios
Capítulo 2
… y divorcios
2.1. Un vicio de los orígenes
Pensar que el encuentro entre feminismo y movimiento obrero ha sido una especie de evento natural, carente de contradicciones y de dificultades sería del todo engañoso. En primer lugar, como ya hemos señalado, el feminismo nace originariamente en el resquicio de libertad abierto por las revoluciones burguesas y conoce sus primeras teorizaciones entre las mujeres pertenecientes a las clases medias y medias-altas. En segundo lugar, cada movimiento obrero ha sido hijo de su tiempo y pensar que sus miembros, sus dirigentes y sus teóricos carecieran de un modo natural de prejuicios, clichés y resistencias fruto de una cultura milenaria de opresión de la mujer sería anacrónico. En fin, a estos motivos originarios se le añadieron otros con el paso del tiempo, ligados a procesos históricos específicos, como la involución burocrática de la Unión Soviética y, por consiguiente, del movimiento obrero internacional o las dinámicas internas de los grupos de la Nueva Izquierda de los sesenta y setenta.
Si bien el joven Marx, con todo lo que se pueda decir sobre sus relaciones con las mujeres en su vida privada, escribía en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 que «en la relación con la mujer, en la medida en que ésta es la presa y la sierva del placer de la comunidad, se expresa la infinita degradación en que vive el hombre por si mismo»; si bien Engels y Bebel escribieron dos libros que fueron durante mucho tiempo los textos de referencia del feminismo socialista y en los cuales la relación entre hombre y mujer era comparada con la relación entre capitalista y proletario; si bien Fourier veía en la condición de la mujer la medida del grado de civilización de una sociedad y preconizaba una puesta en cuestión radical de los roles sexuales… el movimiento obrero naciente del siglo XIX tuvo entre sus inspiradores al más perfecto de los misóginos: Pierre-Joseph Proudhon.
Ardiente defensor de la familia y del rol que la mujer debía desarrollar en su seno por propensión natural, éste se oponía firmemente a la participación de la mujer en la actividad productiva que se desarrollaba fuera de las paredes del hogar. No contento con ello, declaró que la mujer debía ser naturalmente sometida al hombre en tanto que apéndice de éste. La mujer, de hecho, contrariamente a su pretendida igualdad, era por naturaleza inferior al hombre desde el punto de vista moral, físico e intelectual. Cualquier tentativa de liberación de las mujeres por parte de las mujeres mismas estaba por consiguiente condenada sin paliativos y, obviamente, ni tan siquiera se podía hablar de libertad sexual.
Posiciones de esta naturaleza no eran una excepción y, por lo demás, no fue una casualidad que la Primera Internacional no previó la posibilidad de participación para las mujeres.
El prejuicio misógino también pesó de un modo dramático en los avatares de Jeanne Deroin, miembro de la redacción de Voix de femmes, fundadora de otro periódico, l’Opinion des femmes, comprometida en el movimiento feminista y activa junto a los obreros en la revolución de 1948 en Francia. Entre agosto de 1849 y mayo de 1950, Deroin se dedicó a la construcción de una asociación de organizaciones obreras, basada en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, para la cual escribió también los textos programáticos. En mayo de 1850, 400 organizaciones obreras, surgidas tras la revolución del 48, se unieron a la asociación. Cuando el 29 de mayo de 1850 Jeanne Deroin fue arrestada y acusada de conspiración, sus compañeros le pidieron que no revelara su papel en la organización: el conocimiento de que había sido una mujer quien la había promovido y quien había escrito su programa habría hundido a la asociación proletaria en el descrédito general. Debatiéndose entre sus férreas convicciones feministas y el deseo de no dañar a la organización proletaria, Jeanne Deroin finalmente capituló y decidió no revelar el secreto. El exilio en Inglaterra que siguió al golpe de Estado de Napoleón III coincidió también con su olvido: Jeanne Deroin deberá esperar a la segunda oleada feminista para reencontrar su lugar en la historia.
Contra el trabajo de las mujeres y en defensa de la familia tradicional también se alineó Ferdinand Lassalle en Alemania, quien aprovechó un motivo más bien difundido en el seno del movimiento obrero. Desde el momento en que la mano de obra femenina era generalmente remunerada muy por debajo de la masculina y que los niveles de empleo femenino eran mucho más bajos, las mujeres constituían una amenaza para los trabajadores, en tanto que enorme ejército de reserva y cantera de mano de obra barata. Para combatir la competencia de la fuerza de trabajo femenina de bajos costes, Lassalle no pensó que fuera necesario reivindicar paridad de salario y de derechos para todos y todas, sino que era más útil relegar a las mujeres a su papel tradicional en el seno de la familia. Los salarios de los hombres debían recibir aumentos hasta que el obrero estuviera en condiciones de mantener a toda la familia sin tener que recurrir al trabajo de la esposa o de los niños.
Por lo demás, el empleo femenino era visto como un elemento de disgregación y de corrupción de la familia obrera: consideraciones de carácter económico se entrecruzaban por tanto con un moralismo y un conservadurismo de fondo. La difusión de estas ideas en el seno del movimiento obrero no fue debida solamente a razones de sexismo y de conservadurismo. Basta leer la descripción de la condición obrera, de los efectos devastadores de la explotación industrial intensiva sobre las familias, las vidas y los cuerpos de los obreros y las obreras, niños incluidos, para comprender cómo el rechazo del trabajo femenino y de los niños constituía también una forma de autodefensa respecto a la pervasividad de la explotación.
Las posiciones de los lassalleanos crearon obviamente numerosos problemas tras la unificación con la organización de Bebel y la creación de la socialdemocracia alemana y contribuyeron a poner trabas al trabajo de Clara Zetkin, quien ya tenía que hacer frente a la misoginia tendencial de una clase obrera hija de su tiempo. Los revisionistas, en los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, crearon problemas ulteriores, en la medida en que las organizaciones autónomas de mujeres en el seno de la socialdemocracia y el periódico Gleichheit se alineaban generalmente con las posiciones revolucionarias y netamente antiimperialistas. Esto, unido al hecho de que la mayor teórica de la corriente revolucionaria era una mujer, Rosa Luxemburgo, contribuyó al hecho de que se atacara a las mujeres, sus organizaciones y sus periódicos con el fin de atacar las ideas revolucionarias.