Las sin parte

Cinzia Arruzza · Capítulo 4 de 24

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Las sin parte

Introducción

A Daniel Bensaid, el último intempestivo

 

La historia de las relaciones entre movimiento de mujeres y movimiento obrero ha sido jalonada por alianzas, citas malogradas, abierta hostilidad, enamoramientos y desamores. Nacido en el crisol de las revoluciones burguesas, el feminismo se encontró muy pronto con las movilizaciones y las revoluciones sociales. Éstas, de vez en vez, han creado un nuevo espacio de apertura democrática que ha permitido a las mujeres conquistar derechos hasta entonces desconocidos, tomar la palabra y participar activamente en la vida política y en el espacio público. En el seno de estas brechas abiertas en la capa asfixiante de su opresión milenaria, las mujeres han aprendido a organizarse en tanto que mujeres y a luchar autónomamente por su emancipación. Sin embargo, este proceso no ha carecido de contradicciones, al contrario, ha chocado a veces con la subestimación o la desconfianza de las organizaciones del movimiento obrero tradicional y de la Nueva Izquierda. Los éxitos han sido controvertidos, desde la fatigosa tentativa de mantener abierta una difícil relación hasta el auténtico divorcio. Esta compleja dinámica se ha reflejado también en el campo de la teoría. Buscando de tanto en tanto ofrecer respuestas a los problemas que eran planteados por las luchas y los procesos de subjetivización de las mujeres, las pensadoras feministas han ofrecido respuestas muy divergentes a la cuestión de la relación entre género y clase y entre patriarcado y capitalismo. Se ha intentado interpretar el género utilizando los instrumentos de la crítica de la economía política, hacer de la opresión de género una extensión de la relación de explotación entre capital y fuerza de trabajo, o bien leer las relaciones entre hombre y mujer en términos de antagonismo de clase, o aún de afirmar la prioridad de la opresión patriarcal respecto a la explotación capitalista. Se ha intentado interpretar la relación entre capitalismo y patriarcado en términos de interrelación entre dos sistemas autónomos y, al contrario, leer el modo en el que el capitalismo ha subsumido y profundamente modificado la opresión patriarcal.

Este pequeño libro quiere ser una breve y accesible introducción a la cuestión de las relaciones entre movimiento de mujeres y movimientos sociales y a la relación entre género y clase. En los dos primeros capítulos son brevemente reconstruidas algunas de las experiencias históricas que han marcado un momento importante, tanto en el proceso de organización y de emancipación de las mujeres, como en el encuentro y en el choque de este proceso con el movimiento obrero. Los últimos dos capítulos, en cambio, proporcionan una breve panorámica del debate teórico en torno al nudo de la relación entre opresión sexual y de género y explotación, intentando arrojar algo de luz sobre los problemas que emergen de las diversas concepciones propuestas y que hoy siguen irresueltas. Ni la parte histórica ni la teórica de este volumen pretenden ofrecer una reconstrucción exhaustiva de los eventos y de los momentos teóricos, sino solo algunos ejemplos y algunas claves de acceso a una cuestión extremadamente compleja y todavía abierta. No se trata de una reconstrucción parcial. Quien escribe parte, de hecho, de algunas convicciones y de algunas exigencias.

La primera es que hoy es más urgente que nunca pensar teóricamente la relación entre opresión de género y explotación y, sobre todo, el modo en que el capitalismo ha integrado y modificado profundamente las estructuras patriarcales. De hecho, por un lado la opresión de las mujeres es un elemento estructurante de la división del trabajo y se cuenta directamente entre los factores a través de los cuales el capitalismo no solo refuerza su dominio en términos ideológicos, sino que organiza continuamente la explotación del trabajo vivo y su reproducción. Por otro, la subsunción de las lógicas patriarcales bajo el capitalismo ha conducido a su profunda transformación, desde la familia hasta el lugar que ocupa la mujer respecto a la producción, las relaciones entre los sexos, la identidad sexual…

Leer esta compleja interrelación es absolutamente necesario para un marxismo que quiera estar a la altura de las transformaciones y de la crisis en curso, en un contexto en el que, por lo demás, la globalización está conduciendo a una feminización creciente de la fuerza de trabajo y a una transformación ulterior de las relaciones entre los sexos. Antes que aplastar el género sobre la clase, confiando en que la liberación de la explotación conducirá automáticamente también a la liberación de las mujeres y a la deconstrucción de los roles sexuales, o bien olvidar la clase haciendo de los discursos ideológicos de construcción del género el enemigo principal, sería necesario intentar pensar la complejidad de la sociedad capitalista y de su entramado de relaciones de explotación, dominio y opresión, evitando simplificaciones poco útiles, por muy tranquilizadoras que resulten.

La segunda convicción (y exigencia) está estrechamente ligada a la primera: a un esfuerzo de comprensión teórica debe seguir una tentativa de organización y de acción política que intente superar la distancia que se ha creado entre movimiento feminista y lucha de clases. A partir de la superación de la vieja dialéctica de las «prioridades», en base a la cual el diálogo o el choque entre ambas debía resolverse necesariamente en la afirmación de la prioridad de la clase sobre el género o del género sobre la clase.

No se trata solo de una cuestión teórica, sino también organizativa y de agenda política. Cómo la comprensión de la estrecha interrelación entre capitalismo y opresión de las mujeres debe traducirse en procesos de subjetivización y en capacidad de construir organizaciones y espacios políticos en los que las mujeres puedan sentirse en su casa sigue siendo un problema abierto cuya solución requerirá de experimentación «de campo». Sin embargo, lo que sería necesario adquirir inmediatamente es la disposición para volver sobre los fundamentos, no sólo teóricos, sino también políticos y organizativos, de nuestro accionar político y de nuestro compromiso en la lucha por la emancipación universal, para abrir un laboratorio permanente de interrogación y experimentación.