Las sin parte

Cinzia Arruzza · Capítulo 2 de 24

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Las sin parte

Feminismo sin marxismo

Las mujeres no hemos sido las únicas excluidas en algún momento u otro de las reivindicaciones sindicales y del marxismo, e históricamente las minorías étnicas y las personas de origen inmigrante han compartido con nosotras el dudoso honor de ser vistas como amenaza en lugar de como compañeras de lucha. Unos y otras hemos sido a menudo sacrificados bajo el pretexto de salvaguardar los derechos de los trabajadores hombres, blancos, autóctonos: los trabajadores de «siempre»; «los de verdad». No hace falta decir que estas exclusiones han beneficiado los intereses del capital y han contribuido a una fragmentación y debilitamiento de la lucha de clases.

Las tensiones históricas entre marxismo y feminismo no se han limitado al campo de las reivindicaciones políticas, y otro problema importante, aunque relacionado con los ya mencionados, ha sido la micropolítica o el sexismo en el seno del movimiento obrero y otros movimientos sociales. Mientras que todas podemos recordar el ninguneo al que eran sometidas las trabajadoras por sus compañeros de sindicato en La Sal de la Tierra, este sexismo, así como la división sexual de la actividad política, estuvo también presente en numerosas organizaciones y movimientos sociales mixtos en las últimas décadas del siglo XX. Tal y como Arruzza describe vívidamente en el caso de los movimientos sociales norteamericanos de los años 60, «a donde quisiera que se dirigieran, las miles de mujeres norteamericanas comprometidas en los movimientos por los derechos civiles, en los movimientos estudiantiles, en el movimiento contra la guerra, se tropezaban con el mismo sexismo. El sarcasmo, el escarnio, el abierto desprecio del que eran objeto cuando buscaban avanzar reivindicaciones y proponer reflexiones desde el punto de vista de su opresión específica como mujeres habría tenido una única salida: el divorcio entre el movimiento feminista y los demás movimientos», particularmente el obrero.

Y así fue.

 

Feminismo sin marxismo

A principios de los años setenta nacía y se consolidaba, particularmente entre la pequeña burguesía y las clases medias e intelectuales, el movimiento feminista norteamericano, organizado en pequeños grupos de mujeres mayoritariamente dedicadas a la práctica de la auto-conciencia. Tuvo especial influencia el feminismo radical, cuyo énfasis residió en el análisis de las relaciones interpersonales y en una versión esencialista de la diferencia derivada de las características sexuales de las mujeres. En otros países como Francia también se propagaron los grupos feministas separatistas, a pesar de que algunas feministas que militaban en organizaciones mixtas de la izquierda revolucionaria intentaron en vano mediar entre el movimiento feminista y sus organizaciones. Significativamente, durante aquellos años algunos sectores del movimiento feminista italiano declaraban públicamente «la ruptura neta con la historia del movimiento obrero y con su teoría» y criticaban cualquier relación de colaboración con organizaciones mixtas.

Una de las respuestas teóricas y políticas por parte del movimiento feminista a la perspectiva de «clase sin género» de una buena parte del movimiento obrero y de la tradición marxista fue la de «género como clase». Según las feministas materialistas como Christine Delphy, eran los hombres (y no tanto el capitalismo), los que, en el marco de un modo de producción patriarcal, se apropiaban del trabajo reproductivo de las mujeres. En el seno de este modo de producción, hombres y mujeres constituían dos clases antagónicas vinculadas por la relación de explotación de las segundas por parte de los primeros.

La conclusión lógica de esta relación, tal y como muestra Arruzza, es la existencia de una clase de mujeres que, independientemente de que sean esposas de magnates o de trabajadores de la industria, se sitúan en una relación antagónica con la clase explotadora de los hombres. Si bien la principal contribución de feministas como Delphy fue la de arrojar luz sobre la importancia del trabajo reproductivo llevado a cabo por las mujeres, importancia subestimada por el marxismo clásico, su perspectiva incurrió en el mismo error, aunque en la dirección contraria, que éste. Es decir, frente a la tradicional invisibilización del género a favor de la clase, ellas plantearon el dominio del género sobre la clase, lo que hacía, en cierto modo, que ésta desapareciera.

Otro de los elementos constitutivos de la separación entre feminismo y movimientos sociales mixtos ha sido la prevalencia política, en ciertos sectores feministas, del sexo sobre las relaciones de clase, o del llamado «género sin clase». El feminismo radical norteamericano de finales de los años setenta, que tuvo una enorme influencia en numerosos países occidentales, consideró el patriarcado como un sistema autónomo de opresión por parte de los hombres y, distinguiéndose así tanto del feminismo liberal como del feminismo socialista, lo identificó como el enemigo principal y común a todas las mujeres. Feministas como Shulamith Firestone identificaron la diferencia biológica entre hombres y mujeres como la raíz de la subordinación femenina, naturalizando de esta manera las desigualdades de género y presentándolas como inevitables. Por otro lado, el feminismo de la diferencia, fuertemente criticado por Lidia Cirillo en Mejor Huérfanas, ha llevado a cabo una esencialización de la diferencia sexual mediante el énfasis en lo biológico y lo simbólico, y también ha tenido un papel fundamental en la «secesión» del feminismo de los movimientos sociales.

Durante la década de los ochenta y de los noventa, tanto el pensamiento lesbiano como la Teoría Queer empezaron a cuestionar el binomio conceptual de «hombre» y «mujer» instaurados por el feminismo radical y el pensamiento de la diferencia, así como el esencialismo en el que éstos desembocan. Particularmente la Teoría Queer, representada principalmente por Judith Butler, invierten la relación causa-efecto establecida por las feministas radicales y las de la diferencia y concluyen que, en lugar de ser el sexo el que determina el género, es precisamente el género, constituido por rituales coercitivos que configuran las relaciones de poder, el que define y conforma la materialidad del cuerpo-sexo.