Las sin parte
3.3. El género como clase
Si bien la perspectiva de una clase sin género ha representado uno de los límites principales de buena parte del movimiento obrero y de la tradición marxista, el feminismo materialista y el obrerista han intentado repensar la relación entre clase y género desde un punto de vista radicalmente diferente: el del género como clase.
Los análisis llevados a cabo en los años setenta por teóricas como la francesa Christine Delphy, fundadora del feminismo materialista, y las italianas Alisa Del Re y Mariarosa Della Costa, los principales referentes del feminismo obrerista, concuerdan sobre algunos elementos comunes de análisis de la naturaleza del trabajo doméstico desarrollado por las mujeres en el seno de la familia. En ambos casos se habla de explotación del trabajo reproductivo desarrollado por las mujeres, al que se le atribuye una naturaleza productiva en el sentido marxista. Contradiciendo al marxismo ortodoxo, acusado de subestimar la función del trabajo reproductivo y de negar su papel productivo, según esta interpretación, el trabajo doméstico produce mercancías y por consiguiente valor. Nos encontraríamos pues ante un trabajo productivo, pero que no es retribuido a la mujer que lo desempeña. La distinción entre opresión (aplicada al caso de las mujeres) y explotación (relativa a la clase y a las relaciones entre clases) no tendría pues ningún sentido desde el momento en que las mujeres no se limitan a ser oprimidas, sino que son explotadas, esto es, trabajan produciendo un plusvalor que es apropiado por otros.
En efecto, para las feministas obreristas, cuando Marx afirmaba en El Capital que en el valor de la fuerza de trabajo está contenido también el valor de las mercancías necesarias para su reproducción (vestido, comida, alojamiento…), falta, sin embargo, tomar en consideración un valor ulterior, el del trabajo de cuidados, necesario para que el obrero pueda disfrutar de estas mercancías. Como escribe también Christine Delphy, no resulta en efecto que cerdo y patatas se consuman crudas, con tanto pelo y tanta piel, inmediatamente, tras su adquisición o su producción. Entre la adquisición o la producción de la mercancía cerdo o de la mercancía patata y su consumo se inserta el trabajo de preparación y cocción, que transforma estas mercancías de tal modo que sean fungibles. Del mismo modo se presume que la ropa, tras ser adquirida o vestida, también se lava periódicamente e incluso se plancha y se remienda. Ahora bien, lo que el feminismo materialista y el obrerista reprochan al marxismo es no considerar trabajo productivo el trabajo que se realiza entre las paredes del hogar, en una condición de aislamiento.
Como demostración del hecho de que se trata de un trabajo productivo, que no produce solo valores de uso, como pretendería el marxismo ortodoxo, ambas corrientes citan los casos en los que una serie de servicios garantizados por el trabajo doméstico son abiertamente producidos e intercambiados como mercancías. En efecto, una comida puede ser preparada en casa, pero también puede ser consumida rápidamente en un restaurante: en este caso, al valor de la mercancía comida se le añade también el valor relativo a su preparación. Lo mismo se puede decir de los servicios de lavandería, o de limpieza o incluso del cuidado de los niños que se hace en las guarderías o por parte de canguros y, obviamente, también del cuidado de los ancianos y de los enfermos. El hecho de que, cuando no tienen lugar entre las paredes del hogar, toda esta serie de servicios pueden ser producidos e intercambiados como una mercancía demuestra que en la naturaleza del trabajo de cuidados llevado a cabo por las mujeres en el seno de la familia no existe nada que pueda justificar su consideración como trabajo no productivo. El único motivo por el que es considerado de este modo es que no es retribuido: su gratuidad o aparente gratuidad oculta su verdadera naturaleza.
Las analogías entre feminismo obrerista y feminismo materialista se detienen aquí: las consecuencias que se extraen de la consideración de la naturaleza productiva del trabajo doméstico son, de hecho, opuestas.
Para las feministas obreristas es el capitalismo el que ha transformado el papel y la estructura de la familia, creando la familia nuclear, hasta el punto de negar su papel como unidad productiva y relegar a la mujer a una posición subordinada y a un rol de reproducción de la fuerza de trabajo. El capitalismo, excluyendo tendencialmente a las mujeres de la producción fuera de la familia y atribuyendo al hombre un salario suficiente para mantenerse tanto él mismo como a su mujer y a sus hijos, cargando de este modo con la responsabilidad de la supervivencia económica de la familia entera, se garantiza que el mucho más oneroso trabajo de reproducción de la fuerza de trabajo sea desempeñado por las mujeres entre las paredes del hogar.
En efecto, una socialización total de este trabajo requeriría de unos costes y una inversión tecnológica mucho más elevados de lo necesario, al poder apoyarse actualmente en el trabajo de las mujeres. De este modo, el contrato de trabajo estipulado por el capitalista con el obrero en calidad de «padre de familia» vincula también a los demás miembros de la familia. Es a la vez contrato de trabajo y «contrato sexual», que otorga a los hombres acceso libre al cuerpo de las mujeres y de sus hijos.
En virtud de este contrato, para el cual una esclavitud no asalariada (la de las amas de casa y en general de las mujeres que desarrollan trabajo doméstico) sirve para la reproducción de la esclavitud asalariada (la de los obreros hombres y mujeres), las mujeres se convierten en parte integrante de la clase obrera, incluso cuando no están directamente empleadas. Sufren junto a sus maridos, hijos y padres la explotación capitalista y producen valor, al producir la mercancía fuerza de trabajo. Sobre la base de este análisis, las feministas obreristas se concentraron en la reivindicación de un salario para la retribución del trabajo doméstico, y todo ello para que el trabajo reproductivo de la fuerza de trabajo fuera reconocido abiertamente como trabajo productivo y dejara de ser retribuido por vía indirecta, a través del salario del marido.
Las conclusiones de Delphy son más o menos opuestas. Al contrario que las feministas obreristas, para Christine Delphy no es el capitalismo el que se apropia del trabajo doméstico, en la medida en que éste no saca ciertamente provecho de los beneficios, sino los hombres. El beneficiario directo del trabajo reproductivo/productivo de la mujer es su pariente hombre (marido, padre, hermano) o su cónyuge. Junto al modo de producción capitalista existe otro, generalmente no reconocido como tal, es decir el modo de producción patriarcal. Este último determina las relaciones de producción entre hombres y mujeres y se basa en la apropiación integral por parte de los hombres del trabajo doméstico de las mujeres. En el seno de esta relación de producción, hombres y mujeres constituyen dos clases antagonistas y ligadas por una relación de explotación, desde el momento en que son los hombres los que explotan el trabajo de las mujeres. Desde este punto de vista, pensar que la ama de casa forma parte de la clase del marido se deriva simplemente de la asunción acrítica de un punto de vista patriarcal, dirigido a ocultar las relaciones de explotación y servidumbre que ligan y contraponen a hombres y mujeres.
Todas las mujeres, en virtud de su trabajo doméstico, que puede adoptar formas muy distintas en función de la clase social a la que pertenezca su marido o su padre, sean éstos Bill Gates o el empleado del charcutero, son miembros de una misma clase y padecen la misma explotación.
El capitalismo contribuye ciertamente a mantener con vida el modo de producción patriarcal a través de sus mecanismos de exclusión de la mujer de la producción y de jerarquización de la fuerza de trabajo. Desde el momento en que las mujeres son discriminadas por las reglas que organizan la herencia y la sucesión patrimonial en sentido lato y son, o bien directamente excluidas del mundo productivo, o bien constantemente amenazadas de despido —son, generalmente, las primeras en perder su puesto de trabajo en caso de crisis, por poner un ejemplo—, o infraremuneradas, la única solución que se les ofrece es a menudo la del matrimonio. Sin embargo, a través del matrimonio, éstas entran en una suerte de contrato de servidumbre en relación con el marido, puesto que intercambian su propio trabajo a cambio de ser mantenidas por él en especie, y no a cambio de un salario, exactamente del mismo modo en que funcionaba la esclavitud.
Las consecuencias políticas de ambos enfoques de la cuestión del trabajo doméstico y del papel de la mujer en la familia son evidentemente muy diferentes. En el primer caso, lo que se pretende subrayar es que las mujeres sufren las misma explotación que los hombres y, por consiguiente, comparten con ellos un enemigo común: el capitalismo. Las amas de casa de la clase obrera forman parte de pleno derecho de su clase, puesto que desarrollan un trabajo productivo absolutamente central para la reproducción social del capital y contribuyen a la valorización de las mercancías desempeñando un papel muy específico en la división capitalista del trabajo.
Este tipo de enfoque, al haber puesto acertadamente el acento en las lagunas de la teoría marxista respecto al análisis del papel del trabajo reproductivo de la fuerza de trabajo y al haber subrayado correctamente la centralidad de este aspecto para una plena comprensión de los mecanismos de funcionamiento y reproducción social del capital, ha operado una serie de malabarismos para concluir posteriormente en una propuesta política poco eficaz. Naturalmente, es cierto que el trabajo reproductivo contribuye indirectamente a la valorización de las mercancías. Un trabajador o una trabajadora producen una mercancía (que sea material o inmaterial tiene poca importancia), gastando durante esta actividad productiva energías mentales, físicas y emotivas que deber ser regeneradas. Si estas energías no son regeneradas, la fuerza de trabajo no puede ser vendida como mercancía y, por consiguiente, no puede producir valor. Sin embargo, afirmar que el trabajo doméstico produce valor equivale a despreciar lo que debería ser el aspecto esencial para comprender la naturaleza y el modo mediante el cual el capitalismo ha transformado la familia. De hecho, el punto fundamental es que este trabajo reproductivo sucede fuera del mercado, no es una producción de mercancías, no es una producción destinada al intercambio, y no lo es precisamente porque el capitalismo, por un lado, ha sustraído a la familia el rol de unidad productiva, y, por otro, ha hecho que el trabajo reproductivo de la fuerza de trabajo tuviera lugar en la mayoría de casos en la familia, separándolo del proceso de producción y de circulación de mercancías.
En la práctica, este aspecto es substancialmente ignorado por Christine Delphy, como si la cuestión se refiriera a la naturaleza de los servicios ofrecidos por el trabajo de cuidados en lugar de su inserción o no en el proceso de producción y circulación de las mercancías. Está claro que, en si mismo, cocinar o limpiar son servicios que pueden ser vendidos como mercancías y que no hay nada en su naturaleza que justifique el hecho de que sean ofrecidos de forma gratuita. Pero la cuestión es que en el seno de la familia precisamente son ofrecidos de un modo gratuito, son por tanto sustraídos a la esfera del intercambio, no son producidos ni intercambiados como mercancías y, así pues, no existe producción de valor.
Una mercancía es una cosa, pero lo que hace que una mercancía sea tal no es la naturaleza de la cosa en cuestión; que sea una pera o un software no tiene la menor importancia: es su forma, es decir, la forma en que es producida e intercambiada.
La insistencia en el carácter productivo del trabajo doméstico ha puesto ciertamente de relieve su importancia, contra la subestimación a la que estaba sometido, y puede tener una cierta eficacia performativa. El problema es que en ambos casos crea confusiones analíticas que tienen consecuencias políticas. En el primer caso, la conclusión lógica es que este trabajo debe ser retribuido y la reivindicación política que se deriva de ello es la del salario para las amas de casa. Sin embargo, esta reivindicación, lejos de poner en cuestión la división sexual de los roles, la refuerza, contribuyendo a mantener a la mujer entre las paredes del hogar y por tanto a aislarla de la producción y de una vida social más rica. Por lo demás, la propuesta del salario para las amas de casa era entendida como una recompensa por la producción de una mercancía (es decir, la fuerza de trabajo). En realidad, el trabajo de las amas de casa se mantiene en el ámbito de la reproducción de las condiciones necesarias para que la fuerza de trabajo pueda presentarse en el mercado como mercancía. Así pues, más que de salario, debería hablarse de renta. Desde este punto de vista, se nota una cierta continuidad en la elaboración post-obrerista con la renta de ciudadanía o de existencia [renta básica] y, por consiguiente, vuelve a plantearse el mismo problema: las propuestas de renta, de hecho, no atacan los mecanismos fundamentales de la explotación capitalista y no ponen en cuestión las relaciones de producción.
En el segundo caso, la principal consecuencia política se desprende del presupuesto de la existencia de relaciones de producción diferenciadas de las capitalistas y basadas en la división sexual del trabajo en el seno de la familia. La conclusión lógica de esta posición es, de hecho, la de la existencia de una clase de mujeres; que sean esposas de magnates de la industria o de pobres no tiene importancia en una relación antagonista con la clase explotadora de los hombres. Las consecuencias políticas de este enfoque son explicitadas por Delphy misma en L’ennemi principal. Si bien el capitalismo contribuiría de un modo determinante a mantener con vida el «modo de producción patriarcal» y debe ser por tanto combatido, el «enemigo principal» de las mujeres sigue siendo en cualquier caso el patriarcado. Desde este punto de vista es necesario: 1) atacar la cuestión de la «falsa conciencia», es decir de la conciencia de clase determinada por la pertenencia a las clases del modo de producción capitalista, más que a las del modo de producción patriarcal, que hace que las mujeres se identifiquen con la clase patriarcal antagonista, es decir con la clase del marido, antes que con la clase de las mujeres; 2) mostrar como esta falsa conciencia mina la lucha contra el patriarcado, sirviendo en cambio los intereses de este último. En otros términos, las mujeres deberían dejar de identificarse en primera instancia con las clases fundamentales del capitalismo (clase obrera o burguesía), para tomar consciencia de su propia pertenencia de clase patriarcal y, por tanto, de su solidaridad de intereses en tanto que mujeres.
Ahora bien, un enfoque de este tipo presupone que la mujer ama de casa del obrero de una petroquímica, obligada a desenvolverse entre recibos impagados y alquileres que pagar, tuviera más intereses materiales en común con la mujer ama de casa de un Bill Gates que con el propio marido, en la medida en que comparte la misma relación de servidumbre ante su marido. Debería por tanto identificarse en una misma clase con ella y no con el marido.
Naturalmente, es cierto que la opresión de las mujeres es transversal y concierne a todas las clases sociales. En los límites de lo posible, es por tanto razonable pensar en trabajar por una unidad de acción transversal de las mujeres en torno a intereses comunes, que conciernen a la autodeterminación de las mujeres, a su sexualidad, a su cuerpo. Pero entre esto y pensar que la opresión femenina adopta la misma forma independientemente de la clase a la que se pertenezca, que la determinación de clase producida por el medio en el que se desenvuelve la mujer, prescindiendo del hecho de que trabaje o no o que sea o no ella misma un capitán de industria, son solo cuestiones de falsa consciencia y que no tienen que ver con algunos intereses materiales compartidos y, en fin, que las estrategias de respuesta a la propia opresión puedan ser las mismas hay un buen trecho.