Las sin parte

Cinzia Arruzza · Capítulo 7 de 24

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Las sin parte

1.3. A ambos lados de la Mancha

En Inglaterra las mujeres tomaron parte en el movimiento sindical desde sus inicios, en las primeras décadas del siglo XIX. Pudieron desarrollar un papel importante, creando también organizaciones autónomas propias con direcciones propias, y participando posteriormente en el movimiento cartista, en el que crearon asociaciones de mujeres cartistas, hasta que el movimiento sindical se estructuró formalmente, hacia mediados de siglo. Desde el momento en que esa estructuración tenía como espina dorsal a los obreros cualificados e intentaba excluir a los obreros no cualificados, y en la medida en que las mujeres ocupaban el escalafón más bajo de la jerarquía productiva, fueron marginadas o directamente excluidas de las organizaciones sindicales.

Esta situación se modificó con el nacimiento del nuevo movimiento sindical inglés en 1888-9, tras una serie de agitaciones obreras que sacudieron varias fábricas en todo el país y sentaron de ese modo las condiciones para la creación de nuevas organizaciones sindicales, esta vez abiertas a los obreros no cualificados y a las mujeres. En el curso de veinte años, entre 1886 y 1906 el número de mujeres inscritas a los sindicatos creció de 37.000 a 167.000. En 1914 eran ya 357.956.

Las mujeres no se limitaron a participar en los sindicatos mixtos, sino que constituyeron auténticas organizaciones sindicales no mixtas, que reunían a las mujeres que trabajaban en sectores no sindicados o en cuyos sindicatos no admitían la participación femenina. En 1906 Mary Macarthur fundó con ese objetivo la National Federation of Women Workers, que entre 1906 y 1914 creció de 2000 a 20.000 miembros.

Al otro lado del Canal de la Mancha, las mujeres del pueblo parisiense, que por primera vez habían marchado en dirección a Versalles en 1789, una vez más dieron muestras de su determinación y coraje durante los breves meses en los que la Comuna de París intentó «del pasado hacer añicos» y sentar las bases de una nueva sociedad. El 18 de marzo de 1871 las mujeres de París se pusieron ante las bayonetas de los soldados enviados por Thiers para que se apoderasen de los cañones de la

Guardia Nacional, los mismos cañones que el pueblo parisiense había pagado con sus escasos fondos para defender la capital de la invasión prusiana. Mezclándose con las tropas, hablando con los soldados, preguntándoles si realmente querían matar a sus maridos, hermanos e hijos, las mujeres contribuyeron decisivamente a desbaratar la tentativa de Thiers. De hecho, los soldados decidieron amotinarse, confraternizando con la muchedumbre y arrestaron a sus propios oficiales. Era el principio de la primavera parisiense, de los dos breves meses de la Comuna de París, ahogada en sangre durante la semana del 22 al 28 de mayo.

Casi un mes después, el 8 de abril, se publicó un manifiesto que llamaba a la creación de una organización de mujeres, nacida oficialmente tres días más tarde, el 11 de abril. Se trataba de la Unión de las mujeres para la defensa de París y el cuidado de los heridos. Esta organización fue fundada inicialmente para desarrollar tareas asistenciales, pero muy pronto empezó a operar mucho más allá de estos confines. En su seno jugaron un papel determinante las mujeres que se adherían a la Primera Internacional, en primer lugar Elizabeth Dmitrieff, la hija de un noble ruso que había huido de Rusia para trasladarse primero en Suiza y posteriormente en Londres, donde entró en contacto con Marx.

El manifiesto del 8 de abril fue uno de los documentos más avanzados producidos durante los meses de la Comuna. En la mezcla de ideas y propuestas distintas, procedentes de las diversas corrientes del socialismo decimonónico y del republicanismo francés —entre saint-simonianos, proudhonianos, blanquistas, republicanos radicales, intenacionalistas…—, que animó el vivaz y a menudo confuso debate de los comuneros, el Manifiesto tomaba posición claramente a favor de la revolución social, la superación del capitalismo y el fin de cualquier tipo de explotación. Y hacía un llamamiento a las mujeres para que tomaran parte activa en la revolución.

Más allá de organizar el trabajo de asistencia y apoyo a la Comuna que las mujeres desarrollaban habitualmente, en particular la asistencia sanitaria a los heridos durante los combates, pero también la distribución de alimentos y la administración de las colectas, la Unión empezó bastante pronto a desarrollar un papel importante en colaboración con la Comisión para el Trabajo. Ésta, de hecho, tomó posición a favor de la promoción del trabajo de las mujeres, trabajó en proyectos de constitución de una oficina con mano de obra exclusivamente femenina, lanzó la idea de una organización sindical de mujeres y pidió mayores espacios para la participación activa de éstas en la vida política y social de la Comuna.

De los 128 miembros de la Unión, la mayor parte pertenecía a la clase obrera. Por otro lado, las mujeres parisienses desarrollaban en la época un papel central en la producción.

Antes de la guerra, en la región parisiense trabajaban aproximadamente 550.000 obreros, empleados mayormente en pequeñas y medianas manufacturas de carácter artesanal y con una mano de obra muy cualificada. La gran industria era, de hecho, minoritaria. Junto a estos obreros se había creado gran número de tenderos y artesanos y de intelectuales pobres. A diferencia de 1948, los años que precedieron a la guerra franco-prusiana y la guerra misma habían visto una fuerte proletarización de la pequeña burguesía y de los sectores intelectuales, lo cual explica su orientación divergente con respecto a 1848, cuando junto a la Guardia Nacional se habían prestado a actuar como el brazo armado de la represión antiobrera.

En el seno de esta estructura productiva las mujeres jugaban un papel fundamental, que se había acentuado particularmente por la crisis económica y el desempleo masivo debido a la guerra. De hecho, durante los meses de la Comuna, de los 550.000 obreros empleados sólo quedaban 114.000 y, de éstos, más de la mitad eran mujeres. Así pues, la centralidad del trabajo de las mujeres explica en parte el papel que éstas jugaron durante los meses de la revolución.

A pesar de los fuertes límites y de los prejuicios que seguían estando presentes en la acción de la Comuna, algunas de las medidas sociales y políticas que fueron votadas iban claramente en la dirección de una mejora de las condiciones de las mujeres. Entre otras cosas, se creó una comisión especial no mixta con el objetivo de trabajar por la creación de una escuela femenina que permitiera el acceso a la formación de las mujeres. En este contexto se creó una escuela profesional exclusivamente para mujeres. Para mejorar las condiciones de trabajo y de vida de las trabajadoras se intentaron crear guarderías cercanas a las industrias. En fin, se crearon talleres que empleaban exclusivamente mano de obra femenina y, bajo el impulso de los internacionalistas, en particular de Elizabeth Dmitrieff, se inició un debate sobre la paridad de salario entre hombres y mujeres.

Con un decreto del 10 de abril se decidió conceder una pensión a las viudas y a los huérfanos de los comuneros muertos durante los combates, independientemente de la formalización o no de los aparejamientos. De este modo, se equiparaban de facto las uniones libres y las parejas casadas, poniendo así en cuestión la moral tradicional.

Sin embargo, la represión llegó muy pronto para truncar estas tentativas todavía embrionarias y es difícil decir qué evolución podrían haber conocido estas disposiciones.

Junto a la Unión de mujeres surgieron en los diversos arrondissements (distritos) parisienses otras organizaciones de mujeres, como los comités barriales de vigilancia femenina, también nacidos inicialmente con funciones asistenciales. Algunas mujeres, yendo más allá, tendían a tomar parte también en las reuniones de los comités de vigilancia mixtos. Entre ellas Louise Michel.

Desde siempre laica y republicana, maestra de profesión, Louise Michel se unió enseguida a la Comuna entrando a formar parte del comité de vigilancia de Mont-Martre. Trabajó incansablemente en la asistencia, colaboró en las reformas sociales y civiles y combatió en primera línea en el batallón femenino. Se entregó a los versalleses tras la caída de la Comuna a cambio de la liberación de su madre, detenida en su lugar. Contradiciendo las expectativas de sus esbirros, que no tardaron mucho en decretar su deportación a Nueva Caledonia, su proceso fue la ocasión para una declaración de fe apasionada en la causa revolucionaria: «No quiero defenderme y no quiero ser defendida, pertenezco totalmente a la revolución social y me declaro responsable de mis actos […] Se hace necesario excluirme de la sociedad, estáis encargados de hacerlo, ¡bien! La acusación es cierta. Parece que todo corazón que late por la libertad sólo tiene derecho a un trozo de plomo, pues bien, ¡reclamo mi parte!».