Las sin parte

Cinzia Arruzza · Capítulo 23 de 24

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Las sin parte

4.3. Del matrimonio infeliz a la unión queer

Como ha puesto de relieve Michele Barrett en su réplica a esta crítica («Rethinking Women’s Oppression: A Reply to Brenner and Ramas»), las respuestas que se dan a los límites biológicos son siempre sociales. Las mujeres de la aristocracia y de la gran burguesía habían resuelto desde hacía tiempo el problema de la lactancia de los recién nacidos gracias a las nodrizas. Por otra parte, en algunas sociedades la tarea de la lactancia estaba parcialmente socializada, de modo que aligeraba el peso sobre la madre. Para las mujeres de la clase obrera de los países en los que se estaba desarrollando el capitalismo, la respuesta fue la marginación de la mujer en la vida productiva. En otros términos, el tipo de respuesta que se da a un límite biológico (por ejemplo, la posibilidad de amamantar a los niños) es una cuestión de opciones y procesos sociales. Pero, ¿en qué se apoyan estas opciones y estos procesos si no se tiene en cuenta la fuerza de la ideología de género y el modo en que ésta influye y ha influido en la división del trabajo?

 

4.3. Del matrimonio infeliz a la unión queer

En sus diversas variantes, la teoría feminista ha sido a menudo, si no siempre, una tentativa de ofrecer respuestas a los principales problemas que se han planteado a las mujeres en el plano político y, en particular, en el plano de la construcción de una subjetividad femenina y/o feminista capaz de luchar por la propia liberación. Cuestiones como la valorización o la deconstrucción de la diferencia de género, el origen social o biológico de la opresión de las mujeres, la existencia o no de un sistema patriarcal actual autónomo del capitalismo, el papel de la ideología de género respecto a la división sexual del trabajo, la existencia o no de clases sociales… son el reflejo de intersecciones políticas concretas en las que el movimiento feminista ha debido buscar respuestas. Estas respuestas, a su vez, han tenido una influencia decisiva en los desarrollos del movimiento, su fragmentación, su articulación.

La breve reconstrucción de algunos de estos debates ofrecida en estas páginas ha intentado seguir una lógica y unas clasificaciones que no son las que generalmente se utilizan en el debate feminista, sino que querían girar en torno a un problema político irresuelto y, sin embargo, no por ello menos urgente. El de la relación histórica, política y teórica entre género y clase y de la posibilidad de elaborar una teoría que conjugue marxismo y feminismo sin obligarlos a un matrimonio de conveniencia. Este problema se plantea de un modo tanto más urgente si se consideran los desarrollos del movimiento feminista de los últimos decenios y los efectos de la globalización capitalista sobre la vida de las mujeres.

Frente al enorme proceso en curso de feminización del trabajo producido por la globalización capitalista, el divorcio substancial entre marxismo y feminismo crea dificultades todavía mayores.

Por un lado, el hecho de que el análisis de la división sexual del trabajo, del papel de la reproducción para el capitalismo, del modo en el que la ideología patriarcal se entrelaza con las dinámicas de la acumulación capitalista sigue sin ser plenamente integrada ni en la teoría marxista ni en la actividad de las organizaciones de la izquierda política y, en los movimientos sociales, constituye un límite enorme de comprensión y de capacidad de intervención sobre la realidad. Por otro, el hecho de que una parte consistente de los movimientos y de la teoría feminista haga abstracción de la determinación de clase en nombre de una hermandad universal o de cualidades que caracterizan de un modo esencialista lo femenino, hace más difícil la construcción de alianzas políticas y sociales entre movimiento feminista y movimiento de los trabajadores y hace un flaco favor al movimiento feminista mismo y a su capacidad de transformar la realidad.

Ya a partir de finales de los años ochenta, la teoría de la interseccionalidad (término acuñado en 1989 por Kimberlé Crenshaw), por ejemplo, ha intentado más bien poner el acento en la interacción entre género, clase y raza y sobre el modo en el que esta interacción, en su complejidad, actúa sobre los sujetos. Una interacción que no debe ser entendida como una mera suma o una sumatoria de opresiones. Justamente en virtud de esta intersección, las mujeres no pueden ser consideradas un sujeto homogéneo que experimenta como primaria la opresión de género y vive como principal relación de poder la del sexismo, desde el momento en que son diversificadas por la raza, la clase, la etnia, el estatus… y que esta diversificación e interacción de elementos contribuye a la formación de su subjetividad.

Con la misma complejidad debería ser abordada la cuestión de la relación entre capitalismo y patriarcado. Contrariamente a las teorías que intentan pensar en términos de explotación la relación entre hombres y mujeres, el patriarcado como forma de organización de una parte de la producción ha cesado hace tiempo en sus funciones: lo que se mantenía ha sido superado por el capitalismo. El proceso ha sido y es de todo menos lineal. El capitalismo ha cortado por un lado los lazos económicos fundados en el patriarcado y, por otro, ha conservado y utilizado de varios modos las relaciones de poder y la ideología patriarcales. Ha cortado la familia como unidad productiva, pero la ha utilizado y la ha transformado profundamente para garantizarse el trabajo reproductivo de la fuerza de trabajo. Aquí las relaciones de poder patriarcales han hecho buenas migas: el capitalismo tenía necesidad de descargar en la familia el trabajo reproductivo y, a su vez, la subordinación de las mujeres ha garantizado la posibilidad de hacerlo, convirtiendo el trabajo reproductivo en una carga para las mujeres y apoyándose en las relaciones de opresión entre hombres y mujeres.

Reconocer que en este contexto los hombres, incluidos los de la clase trabajadora, han extraído y extraen un beneficio relativo de la opresión de género no significa hacer de los hombres una clase de explotadores, sino comprender la complejidad con la que el capitalismo integra y emplea relaciones de poder precapitalistas para crear jerarquías entre los explotados y oprimidos, trazar fosos y erigir barreras. Lo mismo vale para la relación entre mujeres y trabajo, cuestión que con el crecimiento continuo del empleo femenino se erige en una cuestión central y plantea también la necesidad de una profundización de la teoría de la división sexual del trabajo que no se concentre exclusiva o primordialmente en el trabajo reproductivo. Clase y género han sido y siguen siendo potentes instrumentos de división del trabajo. «Feminización del trabajo» tiene al menos un doble significado. El hecho de que las mujeres sean siempre más partícipes en el trabajo productivo no puede más que modificar su condición y las formas que adopta la opresión. Pero también el hecho de que el empleo de fuerza de trabajo femenina desempeña, como ha desempeñado también en el pasado, un papel esencial desde el punto de vista del capital sirve para descualificar a sectores de la producción, para reducir los costes salariales, para empeorar las condiciones de trabajo y para introducir precariedad. Una vez más, no se comprende cómo ello es posible si no se hace referencia al papel fundamental de la ideología patriarcal y de las relaciones de poder patriarcal. Papel que va, no solo en el sentido de una desvalorización implícita o explícita del trabajo femenino, considerado invariablemente como secundario, como integración al trabajo masculino, sino que tiene efectos y crea dificultades también respecto a los procesos de subjetivización de la clase, haciendo a menudo más difícil una movilización o una toma de la palabra por parte de las mujeres. Desvalorizar o no afrontar la intersección de condiciones económicas y opresiones culturales e ideológicas corre el riesgo de hacer perder de vista la complejidad con la que se tropezará el trabajo de construcción de un nuevo movimiento de los trabajadores y de las trabajadoras, ante una clase trabajadora cada vez más femenina.

El feminismo ha desarrollado algunos instrumentos esenciales de comprensión de la realidad del género, de su funcionamiento y de sus mecanismos. En su relación contradictoria con el psicoanálisis ha contribuido de todos modos a arrojar algo de luz sobre la componente psicológica de la opresión femenina y sobre el rol de la familia y de las relaciones familiares como lugar esencial de reproducción de la división sexual de los roles, de construcción del género y de consolidación y perpetuación de la heterosexualidad normativa. Asumir plenamente estos aspectos no significa necesariamente abandonar un enfoque materialista para recaer en las tinieblas del idealismo, sino más bien captar el modo en que relaciones de poder e ideología patriarcal son interiorizadas, también por las mujeres, actuando sobre un plano que no es el económico, y en el que esta interiorización tiene efectos decisivos también desde el punto de vista político. Quienquiera que tenga una experiencia de activismo político ha podido tocar de cerca la dificultad con la que las mujeres toman la palabra, expresan un protagonismo, se politizan, aplastadas como están entre la interiorización de la opresión de género y por la autosubestimación que ésta comporta y la puesta en juego de mecanismos de opresión y relaciones de poder por parte de los miembros masculinos de sus organizaciones. Si se hace abstracción de estos elementos no solo se hace un flaco favor a las mujeres, se hace un flaco favor también al marxismo y a un proyecto político de emancipación universal.

Un punto de vista que intente ligar las intersecciones y que descifre la compleja relación entre los vestigios patriarcales que vagan como fantasmas sin morada por el mundo capitalista globalizado y estructuras patriarcales que en cambio han sido integradas, utilizadas y transformadas por el capitalismo requiere una renovación del marxismo capaz de ir más allá de la oposición de lo cultural y lo económico, lo material y lo ideológico. Un proyecto político que se plantee como objetivo la reconstrucción de un nuevo movimiento obrero requiere una reflexión seria sobre cómo género y raza influyen tanto sobre la composición de la fuerza de trabajo como sobre los procesos de subjetivización. Además, requiere que se acabe finalmente con la rivalidad sobre la opresión principal. La cuestión no es si la clase viene antes del género o el género antes de la clase, sino más bien cómo género y clase se entrelazan en las relaciones de producción y en las relaciones de poder del capitalismo para dar vida a una realidad compleja, cuya simplificación no tiene ni mucha utilidad ni mucho sentido. También es clave ver cómo éstas pueden entrelazarse en un proyecto político capaz de moverse en el difícil terreno que media entre la tentación de aplastar una realidad sobre la otra, haciendo del género una clase o de la clase un género, y la de pulverizar las relaciones personales, las relaciones de poder y de explotación para ver sólo una agregación de opresiones pendientes de ser incluidas en un proyecto de liberación de conjunto.