Las sin parte

Cinzia Arruzza · Capítulo 5 de 24

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Las sin parte

Capítulo 1: Matrimonios…

Capítulo 1

 

Matrimonios…

 

1.1. El encuentro

Corría el año 1844 cuando Flora Tristán decidió, con el libro en la mano, iniciar un largo viaje por las ciudades de Francia, de taberna en taberna, de reunión en reunión, en búsqueda de obreros y obreras interesadas en escuchar sus ideas. El año anterior había redactado La Unión Obrera, texto en el que preconizaba, adelantándose algunos años a Marx y Engels, la constitución de una Internacional obrera que agrupara a todos los trabajadores del planeta.

Un capítulo de esa obra, dedicado a los derechos de las mujeres, arrojaba algo de luz sobre la naturaleza de las relaciones entre hombres y mujeres en el seno de la familia obrera. Humillada, maltratada, despreciada, golpeada, cobrando la mitad del salario de su marido, eternamente sometida al parto, embrutecida por la miseria, la mujer obrera era condenada a una condición de inferioridad y de mezquindad que era responsabilidad de una sociedad que la constreñía a ese papel.

Algo sabía Flora Tristán de todo ello. Nacida en 1803 en el seno de una familia burguesa caída en desgracia tras la muerte del padre, había sido obligada a casarse con el propietario del taller en el que trabajaba como obrera colorista. Embarazada de su tercer hijo, decidió finalmente que estaba harta de un marido violento y bebedor a quien jamás había amado ni apreciado. Estimó, por consiguiente, que la vida de paria era preferible a la de esclava. De sus peregrinaciones por América Latina entre 1832 y 1834, en un viaje iniciado con la tentativa de recuperar una parte de la herencia paterna para poder garantizar finalmente una autonomía económica, nos ha dejado un diario, Las peregrinaciones de una paria.

Este viaje jugó un papel decisivo en la formación intelectual y política de Flora Tristán: le hizo descubrir la miseria, la opresión social, las discriminaciones de clase y de género y las rebeliones sociales. Un descubrimiento que la marcó hasta el punto de que se decidió a dedicar la propia vida a la unificación de la clase obrera y a la emancipación de la mujer. Tras sobrevivir, en 1838, a un intento de asesinato de un disparo por parte su marido, no sobrevivió al enorme esfuerzo llevado a cabo en el curso del viaje iniciado en 1944 para dar a conocer La Unión Obrera a los trabajadores y trabajadoras, con la esperanza de convencerles de la necesidad de constituir una Internacional. Murió consumida por la fatiga y el tifus ese mismo año.

No es casualidad que en la personalidad y en la obra de Flora Tristán la liberación de las mujeres y la rebelión social se encuentren entrelazadas. A sus espaldas se sucedían ya varios decenios de flirteos y tímidos acercamientos.

Naturalmente, también en la historia precedente se registraron casos de resistencia de las mujeres y tentativas de conquista de márgenes de autonomía y libertad que habían adoptado formas de lo más disparatadas: la adhesión a grupos heréticos y la exaltación religiosa, la clausura en conventos, el misticismo, el ejercicio de una medicina rudimentaria y de determinadas funciones sociales en los márgenes de la comunidad.

Se trataba, sin embargo, de tentativas individuales de huir de una condición de opresión, que adoptaba obviamente formas muy diversas según la clase social a la que pertenecían.

La Revolución inglesa y, posteriormente, la francesa crearon por primera vez las condiciones para empezar a pensar la liberación de las mujeres en términos colectivos. Subvirtiendo un orden social hasta entonces considerado inmutablemente fundado en la divinidad, sacudiendo relaciones sociales cristalizadas, afirmando los ideales de igualdad (aunque fuera en masculino), disminuyeron la presión y el control tradicionalmente ejercido sobre la mujer. En la brecha abierta por las revoluciones burguesas, en la creación de este nuevo espacio democrático desconocido hasta entonces, empezó a abrirse paso la idea de que si la libertad y la igualdad debían existir, no podían excluir a la mitad de la población.

De este modo, los diggers y los ranters ingleses empezaron a poner ya en cuestión la doble moral sexual de la época, para la que la libertad sexual estaba asignada exclusivamente al hombre, y a leer con claridad la correspondencia entre propiedad privada y relaciones entre los sexos. Al otro lado del canal de la Mancha, más de un siglo más tarde, respondió Olympe de Gouges escribiendo en 1790 el manifiesto más articulado del feminismo burgués durante la revolución francesa: «Declaración de derechos de la mujer y de la ciudadana». Desenmascarando el presunto universalismo de una revolución que hasta el momento se había limitado a pensar los derechos del hombre y del ciudadano, Olympe de Gouges reivindicó con su manifiesto la plena ciudadanía de las mujeres y el derecho a tomar parte activa en la vida política y social en tanto que depositarias de iguales derechos ante la ley.

Dos años más tarde, Mary Wollstonecraft publicó A Vindication of the Rights of Woman, con el que, sobre la base de un amargo análisis de la condición de la mujer, derivada según la autora de la educación recibida y no de la naturaleza, lanzó un desafío a los hombres progresistas y revolucionarios: «si queréis una sociedad mejor, entonces dad a las mujeres la instrucción y la educación que actualmente os reserváis para vosotros mismos». Cincuenta años más tarde, esta obra y la actividad de Mary Wollstonecraft, otra paria, auténtico espantajo de los conservadores de su época por la libertad escandalosa con la que conducía su propia vida y sus propias relaciones, suscitaron el entusiasmo de Flora Tristán. Sin embargo, entre Vindication y Unión Obrera se opera un cambio relevante. Abandonando el tono de la denuncia moral, dirigido fundamentalmente a los hombres, Flora Tristán une la convicción de la necesidad de la acción colectiva, también de las mujeres, a la conciencia del entrelazamiento de la explotación económica y de la opresión de las mujeres.