Los depredadores

Harold Robbins · Capítulo 26 de 100

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Los depredadores

ocho

 

Llegado el 2 de julio todos los alumnos habían abandonado la escuela, a la que habían acudido los obreros que se ocupaban de pintar, componer y reparar los desperfectos causados durante el curso. Varios profesores jóvenes se habían quedado para supervisar los trabajos.

Jean Pierre deambulaba a solas por salas desiertas, sorprendido de echar de menos a sus compañeros de curso. Experimentó una gran sensación de alivio cuando el día dos recibió una carta de su padre, en la que aprobaba sus planes para el verano. Incluía también doscientos dólares estadounidenses. Se dirigió inmediatamente al despacho del señor Barnett, para mostrarle la carta y entregarle el cheque.

—Mi papá es muy listo. Ha mandado el dinero, y así evita que me convierta en una carga económica para usted.

—Tu padre es muy inteligente —Barnett sonrió—, pero no tenía por qué preocuparse de tu mantenimiento. Eres mi invitado y, evidentemente, pienso pagar todos los gastos.

—Gracias. —Jean Pierre sonrió también a su vez—. Le estoy muy agradecido.

—¿Has hecho las maletas, Jean Pierre?

—Están listas desde que recibí su primera invitación —respondió Jean Pierre, que a continuación soltó una carcajada.

—Acércate —dijo Barnett, mientras gesticulaba para que se situara junto a él—. Quiero mostrarte por dónde viajaremos.

—No me preocupa. Ya conozco el camino.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó el señor Barnett, con las cejas levantadas.

—Fui a la estación de trenes y me informé sobre todos los recorridos a Cape Cod.

—¿Te has informado sobre los trenes a Detroit, en Michigan? —preguntó afectadamente el señor Barnett.

Jean Pierre estaba desconcertado.

—No lo comprendo, señor Barnett. Según el atlas, Detroit está junto a los Grandes Lagos, que se encuentran en el centro y al norte de Estados Unidos, pero vamos a Cape Cod, en la costa del océano Atlántico. No parece el camino correcto.

Barnett soltó una carcajada.

—No seas bobo. Vamos a la costa, pero pasaremos primero por Detroit. El señor Henry Ford ha introducido ciertas mejoras en su modelo T y he comprado uno. Recogeremos el coche en su fábrica de Detroit y luego conduciremos hasta la costa.

Jean Pierre estaba emocionado.

—Estupendo. Será un viaje realmente largo. Nunca lo habría imaginado.

—Creo que será maravilloso. —Y Barnett rio—. Ahora acércate y te mostraré las fotografías del coche y el mapa de nuestro recorrido.

Jean Pierre se sentó junto a él tras el escritorio. Barnett tenía delante los folletos del coche y los mapas. Colocó una mano sobre el hombro de Jean Pierre, mientras que con la otra le mostraba el coche y el recorrido.

Jean Pierre sintió que el director le apretaba hacia él con la mano en su hombro, pero no dijo nada. De un modo curioso era reconfortante. Como en familia.

Barnett giró ligeramente el cuerpo y Jean Pierre percibió el tacto de la pierna del director.

—Es usted fuerte —dijo con una sonrisa Jean Pierre, después de levantar la cabeza para mirar al profesor.

—Sí. Soy muy fuerte.

—Me alegro. Mi padre es fuerte, y usted me lo recuerda.

Barnett se relajó y se separó ligeramente de Jean Pierre.

—Necesitarás un visado para entrar en Estados Unidos. ¿Lo tienes?

—Creo que no. Tengo un pasaporte de estudiante, en el que solo está prevista mi estancia en Canadá —contestó Jean Pierre, preocupado—. ¿Supondrá eso un problema?

—No, Jean Pierre, no lo creo —respondió Barnett, al tiempo que le estrujaba el hombro al muchacho—. Tengo bastante amistad con el cónsul estadounidense. Mañana iremos a verlo.

—Gracias, señor Barnett. No sé cómo me las arreglaría sin usted.

—De nada —contestó suavemente el señor Barnett—. Siento mucho aprecio por ti, muchacho. En realidad, creo que ha llegado el momento de que me tutees en privado. Mi nombre de pila es Elisha.

Jean Pierre lo miró.

—¿Seguro? Alguien podría oírnos.

—Tonterías. Tendremos cuidado. Llámame Elisha.

—Elisha —dijo Jean Pierre con una sonrisa.