Los depredadores
trece
Pasaba de la medianoche cuando llegamos al piso.
—Prepararé un poco de café —dijo Giselle.
—Estoy bien —respondí—. No estoy borracho.
—Lo sé —dijo, y soltó una carcajada—. Pero necesito hablar contigo para que sigas vivo cuando acabes tu trabajo y haya terminado la guerra.
La miré. De pronto estaba completamente sobrio.
—¿Sabes algo que yo desconozco?
—No olvides que son corsos.
—¿Incluso el general?
—Especialmente el general. Es un corso importante en Francia. Está en el ejército francés porque cree que De Gaulle lo ayudará a conseguir que Córcega se separe de Francia y se convierta en un país independiente.
—Supongo que no entiendo la política francesa. ¿Qué hará si De Gaulle no lo apoya?
—Otra guerra clandestina. Los corsos intentarán independizarse de Francia por cualquier medio posible. Ahora que trabajas con los corsos para facilitarles coches tendrás problemas cuando todo acabe. Si los franceses no te meten en la cárcel, los corsos te matarán porque sabes lo que han hecho.
—¡Cielos! —exclamé, y la miré—. ¿Por qué me lo cuentas? Puede que te pongas en peligro.
Giselle soltó una carcajada.
—Soy una bailarina, no una Mata Hari. Además, no formo parte de su plan.
—Pero me lo has contado todo sobre ellos.
—Soy una estúpida. Igual que mi hermana. Ella se enamoró de un alemán y yo me estoy enamorando de un norteamericano.
Le cogí la mano y ella se me acercó.
—Sé que no estás enamorado de mí —susurró—. Pero no me importa. Yo estoy enamorada de ti y eso es lo que importa.
—No te comprendo.
—Soy francesa —respondió suavemente—. No hay nada que comprender. Nos amaremos mientras permanezcamos juntos.
La besé en la boca. Sus labios eran suaves y temblorosos.
—¿Me amarás algún día? —preguntó.
—Te amo ahora —respondí.
Era hermosa. Pero no de la forma que lo era en el escenario. Allí sus proporciones parecían mayores: grandes pechos, barriga llena, anchas caderas, abultado trasero y piernas largas y delgadas. Sin embargo, en el dormitorio parecía más pequeña. Real. Una joven. Sus ojos eran azules y brillantes. Su rostro, joven y sincero. Sus pechos parecían más pequeños y, sorprendentemente, todo su cuerpo daba la impresión de ser de menores dimensiones. Y debido a su profesión, su hermoso sexo estaba afeitado, con solo una fina línea de vello castaño claro alrededor de los labios vaginales.
Desnuda delante de mí, me sonrió cariñosamente.
—Las francesas no somos tan corpulentas como las norteamericanas. ¿Te sorprende?
—No —respondí, acariciando su piel suave y mullida—. Pero pareces diferente en el escenario.
—Soy la misma. Sin embargo, los vestidos que llevamos en el escenario están emborrados, y lo que el público ve cuando nos desnudamos es lo que creía haber visto antes de desnudarnos.
—Supongo que soy un ingenuo. Me pareces todavía más hermosa aquí junto a mí que en el escenario.
Empujó mi cara entre sus pechos, luego dirigió mi cabeza por su barriga y por fin la hundió en su sexo. Percibí que su clítoris se endurecía en mi boca y de pronto empezó a gritar.
—¡No puedo aguantarme! ¡No puedo aguantarme!
Sujetó con fuerza mi cabeza entre sus piernas, de modo que su orina caliente me bañó la cara. No me soltó hasta que se relajaron sus caderas y entonces me miró.
—¿Estás enfadado?
—No. Pero quiero una toalla y el derecho a ofrecerte una ducha dorada como la que acabo de recibir.
—Te quiero —dijo, antes de lamerme delicadamente la cara—. Tienes derecho a hacer lo que se te antoje.
—Bien. ¿Podemos follar?