Los depredadores
dos
Ambos superamos las pruebas al día siguiente y aquella misma noche viajábamos en un autobús a Fort Dix, en Nueva Jersey.
Pasamos frente a muchas granjas de cerdos y al cabo de cinco horas llegamos a la entrada de una base militar. Había empezado a caer aguanieve y descendía la temperatura con mucha rapidez.
Unos veinte reclutas se apearon del autobús, en aquel clima helado y deprimente. Un corpulento sargento, con complejo de general, nos dio la bienvenida. Era un malvado cabrón. No le importaba un comino que estuviéramos empapados, fríos y cansados. Primero nos obligó a formar en fila y luego nos ordenó formar de nuevo por orden de altura. Eso me colocó en el centro, con mi metro setenta y tres, y a Buddy al final de la fila, con su metro ochenta y cinco.
Entonces el sargento nos ordenó que lo miráramos y pasó lista. Conforme respondíamos, escribía nuestros nombres en otra hoja de su cuaderno negro de tres anillas. Luego volvió a pasar lista y tuvimos que marcar nuestros nombres con una equis en el cuaderno negro. Por fin nos condujo a una larga mesa, donde recibimos nuestros uniformes. A continuación nos llevó a un pequeño barracón, donde hacía tanto frío como en el exterior. Nos asignó una cama a cada uno. Tras cada cama había un estante con dos libros, y bajo el mismo, un pequeño armario de dos puertas.
—En los libros encontraréis las ordenanzas respecto a vuestra indumentaria y demás información que necesitaréis sobre el ejército. Ahora os dejaré, y volveré a veros al toque de diana, a las cero cinco cero cero, cuando deberéis estar completamente vestidos. Buenas noches.
—¡Sargento! —exclamó uno de los reclutas, después de levantar la mano para saludar.
—Recluta —interrumpió el sargento—, no se saluda a los suboficiales. Solo a los oficiales con el rango de teniente o superior.
—Lo siento, sargento —respondió el recluta, bajando inmediatamente la mano—. Solo quería preguntar cuándo cenaríamos.
El sargento soltó una carcajada.
—Estás de mala suerte. La cena se sirve a las dieciocho cero cero. Pero podréis desayunar por la mañana.
—¿Dónde está aquí la calefacción, sargento? —preguntó otro recluta.
—¡Ahora estás en el ejército, hijo! Debes empezar a cuidar de ti mismo. «¿Cuándo se come? ¿Dónde está la calefacción?» —repitió en son de burla—. ¡Les diré a los oficiales que nos ha llegado un cargamento de maricas! ¡Calcúlalo tú mismo! —exclamó, antes de dar media vuelta y salir del barracón.
Cuando nos quedamos solos, nos miramos el uno al otro y Buddy movió la cabeza.
—¡El ejército es un asco!
Miró por la ventana del barracón. En una esquina había una hilera de grandes cubos de basura. Mientras miraba, apareció un soldado con uniforme blanco de cocinero, que llevaba un cubo de basura.
Yo me levanté y empecé a buscar la calefacción.
Buddy volvió la cabeza, para observar a sus nuevos compañeros.
—Si alguno de vosotros está dispuesto a darme algo de dinero, apuesto a que os traeré un poco de comida.
Poco tardó Buddy en convertirse en el primer cabo de nuestro pelotón.