Los depredadores
catorce
Era extraño. Nunca había vivido realmente con una chica. Incluso cuando estaba con Kitty, estábamos en celo. Uno de nosotros le arrebataba siempre la ropa del cuerpo al otro. Pero nunca vivimos juntos. Yo tenía mi piso y ella vivía con su padre. Estábamos juntos, sin estarlo en realidad. Teníamos apetito de sexo, de dinero. Pero hasta ahora no había llegado a comprender que mi apetito era diferente del suyo. Ella era codiciosa: codiciaba el sexo, el dinero, el poder. Yo crecía y soñaba con todo lo que la vida podía ofrecer. De ahí que fuera tan fácil para ella juntarse con Harry. No fue más que un paso en su carrera.
Me preguntaba por qué no había sabido comprenderlo entonces. Lamentablemente, no veía lo que la gorda Rita o Buddy eran capaces de ver. Y aunque me lo hubieran contado, no les habría creído.
Giselle no se parecía a ninguna de las personas que yo había conocido. Ella amaba. No anhelaba el dinero ni el poder. Lo único que le importaba era el amor que ofrecía y el que necesitaba. El sexo era nuestra expresión, a pesar del mundo difícil en el que vivíamos.
Habíamos acabado los dos primeros coches que Paul quería que pintáramos de color negro, cuando empezó a llegar un montón de Jeeps. Comencé a sudar al ver la llegada de un nuevo vehículo todos los días. Empezaron a amontonarse los coches, y temía que nos faltara espacio para almacenarlos. Me puse en contacto con el cuartel general. El coronel mandó un mensaje diciéndome que no me preocupara. El nuevo personal llegaría dentro de una semana.
Estábamos a media semana. Giselle se había ido a trabajar y yo estaba sentado en el apartamento, escuchando La Voz de América en torno a la medianoche. Alguien llamó a la puerta. Era una forma extraña de llamar, que no había oído en mucho tiempo: un golpe, otro golpe, seguidos de dos golpes rápidos y luego de otro golpe. No tuve que abrir la puerta para saber de quién se trataba.
—¡Buddy!
Ahí estaba. Alto y más delgado que durante su estancia en Francia. Nos dimos un abrazo y, al mirar por encima de su hombro, vi que a su espalda había una chica rubia de ojos azules.
Buddy lucía una radiante sonrisa en los labios.
—Jerry, te presento a mi esposa, Ulla.
—¿Estás casado? —pregunté casi conmocionado.
—Algún día tenía que ocurrir, y ella me eligió.
Le tendí la mano y ella sonrió nerviosa.
—Encantado, Ulla. Adelante.
Buddy arrastró sus dos petates al interior del piso y les indiqué con un ademán que se sentaran.
—Os preparo un café en un periquete.
—Ulla tomará café, pero yo prefiero una cerveza, si es que tienes —dijo Buddy, que sonrió.
Le di a Buddy una botella de cerveza y encendí el gas para preparar el café.
—¡Cielos! —exclamé—. ¿Cuándo habéis llegado? ¿Cuándo os casasteis? ¿Por qué no me lo dijiste?
Buddy tomó un trago de cerveza y se rio.
—De acuerdo. Una pregunta a la vez. Ulla y yo nos casamos hace un mes, en la iglesia de su padre en Oslo. Hemos llegado a París hace un par de horas. Lo siento, pero no tuve tiempo de escribirte. He ido directamente al club para preguntarle a Paul si sabía de algún lugar donde pudiéramos alojarnos. He conocido a Giselle, que nos ha invitado al piso.
Le miré fijamente. Algo había cambiado. Luego me percaté de que había perdido sus galones y, por consiguiente, ahora volvía a ser un soldado raso.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Ahora sí —respondió Buddy—. Giselle ha dicho que podemos utilizar el segundo dormitorio hasta que encontremos un lugar donde instalarnos.
—Muy bien. Sacaré mis pertenencias del armario de esa habitación por la mañana.
—¿Y qué me cuentas de ti y de Giselle? ¿Va en serio?
—Supongo que sí. Nunca me había sentido así con nadie.
Ulla me sonrió.
—Me ha sorprendido verte —dijo—. Siempre había creído que eras como Buddy.
—¿Quieres decir negro?
—Sí.
—Somos muy parecidos —dije, y reí—. Solo que él es negro y yo judío.
—En mi pueblo no hay ningún judío —comentó Ulla—. Es una ciudad muy pequeña. Casi todos somos protestantes. Mi padre es pastor luterano.
—¿Hay algún negro en tu ciudad? —pregunté con curiosidad.
—Solo en las orquestas de jazz itinerantes y en las películas —contestó Ulla con una sonrisa—. Pero en Oslo, que es una ciudad muy grande, hay muchos judíos y muchos negros.
Buddy me brindó una radiante sonrisa.
Cuando el café estuvo listo le entregué a Ulla una taza.
—¿Con leche? También tenemos panecillos y queso de Gruyère.
—Solo café. Lo que en realidad deseo es dormir. El viaje ha sido muy cansado — respondió Ulla.
—Llévate el café a la habitación y ahora te mostraré dónde está el lavabo, al final del pasillo —dije mientras la acompañaba a la puerta—. Ponte cómoda.
Saqué otras dos cervezas, una para mí y otra para Buddy.
—Es hermosa —dije, después de que Ulla se retirara al dormitorio—. ¿Estáis realmente casados?
Se sacó del bolsillo un documento doblado.
—Legalmente. Fechado, sellado y rubricado.
Examiné el documento. Estaba en noruego. En una esquina había una fotografía del rey de Noruega y luego varias líneas de escritura. Al final aparecían las firmas de Buddy y Ulla, una junto a la otra. Le devolví el papel.
—No me lo habría imaginado ni en un millón de años. Buddy, un hombre casado.
—Cuando termine la guerra —dijo con toda seriedad— quiero llevarla a casa.
—No será fácil para ella. Harlem no es Noruega.
—No pienso regresar a Harlem. Quiero ir al Oeste, tal vez a Los Ángeles o a San Francisco. Queremos formar una familia.
—¿No es un poco prematuro pensar en eso ahora?
—No. —Buddy rio—. Ya está embarazada.
—Entonces ya tienes familia y vas a necesitar ganar un poco de dinero.
—Ahí es donde tú intervienes —dijo Buddy con una sonrisa—. Cuando recibí la orden firmada por el viejo, donde me comunicaba que tú eras responsable de un proyecto especial, comprendí que estaba a punto de ganar dinero.
—Descansa esta noche. Por la mañana nos sobrará tiempo para explicártelo todo.
Se puso de pie y me estrechó la mano.
—Estoy muy enamorado de ella. Quiero darte las gracias en nombre de ambos.