Los depredadores

Harold Robbins · Capítulo 72 de 100

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Los depredadores

veinte

 

De pronto cambió todo. Dos días después, el 2 de mayo, Buddy embarcó a Ulla en el tren a Noruega y recogió sus petates en mi despacho del garaje.

—Voy a reunirme con el viejo en París —dijo—. Mañana nos vamos a Estados Unidos.

—De acuerdo.

—¿Es eso todo lo que vas a decir? —preguntó Buddy, mirándome—. ¿No vas a desearme siquiera buena suerte?

Sonreí.

—Buddy, no sabía que fueras tan sentimental. Siempre has actuado de un modo impasible.

—Jerry, nunca he sido frío contigo. Siempre has sido mi amigo y me he sentido como si fuéramos hermanos.

—Lo somos. Sin embargo, ahora se separan nuestros caminos. Te echaré de menos, pero tendré que acostumbrarme.

—Yo también te echaré de menos.

Lo miré. Las lágrimas rodaban por sus mejillas.

—Estás llorando.

—Los negros no lloramos —respondió, dándome un abrazo—. No eres más que un joven judío loco.

Yo también lo abracé.

—Y tú, cabrón, eres mi mejor amigo. Mi mejor amigo en el mundo entero. Y ahora suéltame, o creerán que somos maricones.

Retrocedió, sacó un cigarrillo y lo encendió.

—¿Supongo que no podrías coger un Jeep y llevarme al cuartel general?

Saqué uno de mis propios cigarrillos y también lo encendí.

—No has cambiado —dije, y reí—. Empezaba a creer que solo habías venido a despedirte.

Él también se rio y dejó que el humo brotara de las ventanas de su nariz.

—A eso he venido. No obstante, se me ocurrió, ya que somos grandes amigos y todo lo demás, que no sería una mala idea que me llevaras a París.

—No seas pendejo —exclamé, al tiempo que estrechaba su mano—. Eres rico. Puedes coger un taxi para ir a París.

—¿Cuándo volveremos a vernos?

—No lo sé. Yo me quedaré aquí.

—¿Después de la guerra?

—Sí, después de la guerra.

—¿Cómo podré ponerme en contacto contigo?

Reflexioné un instante.

—Me localizarás a través de Paul en su club. Él siempre sabrá dónde estoy.

—¿Podrás mantenerte en contacto con Ulla?

—Por supuesto. Además, a Giselle le gusta, y ya se han puesto de acuerdo para mantenerse en contacto.

—Se me hace tarde —dijo Buddy tras consultar su reloj—. Debo ponerme en camino.

Estreché de nuevo su mano.

—Buena suerte, Buddy.

—Y tú también.

Antes de dar media vuelta y salir del despacho, sonrió.

 

Cinco días después, el 7 de mayo, la guerra había terminado en Europa. París se convirtió en una gran fiesta. Los soldados norteamericanos eran considerados héroes. El vino, el champán y la cerveza corrían por doquier. Las chicas, casadas o no, se dejaban llevar por la euforia. Las parejas practicaban el sexo a plena luz del día en el parque, en los portales y en las escaleras de los edificios. El amor rezumaba por todas partes.

El Blue Note estaba abarrotado desde el momento de abrir hasta que se servía la última copa. Los homosexuales actuaban como todos los demás. Ambos lados del pasillo estaban llenos de gente, las mesas abigarradas, sin que cesaran los estallidos de los tapones de champán ni dejara de fluir el vino. No pude instalarme en mi mesa habitual, y tuve que esperar entre bastidores para ver lo que sucedía.

Paul se me acercó por la espalda y me dio unos golpecitos en el hombro.

—¿Qué te parece? —preguntó.

—Realmente ha terminado la guerra. Nunca creí que presenciaría tanta felicidad.

—Han sido muchos años. Es como haber escalado desde el infierno. Tantas muertes. Tanta destrucción.

—Yo lo he tenido fácil. En realidad, no lo he vivido. Tal vez debería sentirme avergonzado.

—Eres humano. No pudiste elegir el lugar ni la actividad a los que te destinó el ejército. Podían haberte mandado al frente. ¿Quién sabe?

—No lo sé. Para mí la guerra se convirtió en un negocio.

—Eso fue lo que te mandó el ejército. Lo demás estaba ahí para quien supiera recogerlo. Eres un buen soldado. Hiciste lo que te mandaron.

—¿Son así también los franceses?

—Son como todo el mundo. Han robado, mentido, colaborado con el enemigo y acusado a sus propios judíos franceses. Y a muchos de ellos les ha servido para ganar dinero; bastante más dinero del que tú puedas siquiera imaginar en tus sueños.

Y a fin de cuentas, los burócratas serán los propietarios del país, no los patriotas que arriesgaron sus vidas por la victoria.

Lo miré fijamente.

—No sientes el menor respeto por ninguno de ellos —dije.

—¿Por qué debería hacerlo? Abandonaron media Asia, una cuarta parte de África y un quince por ciento de Oriente Medio, después de sacarles todo lo que pudieron y sin que les importaran un comino. Pero Córcega sigue prisionera porque todavía les resulta útil.

—Ahora que la guerra ha terminado, ¿qué ocurrirá con los clubes?

—Los clubes seguirán funcionando —afirmó Paul, riendo—. Tal vez no ganen tanto dinero, porque se marcharán los soldados norteamericanos, pero París es una ciudad a la que todo el mundo acude en busca de diversión y emociones.

—Empiezo a preguntarme si he tomado la decisión adecuada. Todavía no estoy seguro de lo que haré aquí.

—Tranquilízate —dijo Paul—. Ahora debes festejarlo. Más adelante pensaremos en lo que puedes hacer —agregó, antes de volver la cabeza para ver lo que sucedía en el club, donde el ruido era ensordecedor—. Voy a anular el espectáculo de esta noche. Ya hay bastante alboroto. Mandaré a las chicas a casa. No quiero que violen a ninguna de ellas.

Eran las once cuando Giselle y yo nos dirigíamos a casa. Las calles estaban repletas de gente que festejaba la victoria. A pesar de llevar a Giselle del brazo, el uniforme estadounidense era como un imán. La gente me paraba en la acera, me besaba en ambas mejillas y decía cosas maravillosas sobre los estadounidenses.

Por fin llegamos a nuestro edificio. Me había quedado sin aliento incluso antes de empezar a subir la escalera.

—Todo el mundo se sentía tan feliz y emocionado, que temía que me devoraran.

Giselle sonrió y abrió la puerta.

—Están contentos porque es la primera vez que se sienten seguros. La guerra ha destruido nuestra confianza en nosotros mismos.

—Ahora ya ha terminado —dije cuando entrábamos en el piso—. Y a partir de este momento empezaremos a olvidar.

—Nosotros nunca lo olvidaremos —respondió Giselle, que dejó su chaqueta en una silla, dio media vuelta y colocó las manos en mis mejillas—. Te quiero. Antes no tenía miedo porque estabas aquí conmigo, pero ahora estoy asustada.

La miré a los ojos, profundamente azules y con un indicio de lágrimas.

—¿Por qué ahora, Giselle? Seguimos juntos.

—¿Por cuánto tiempo? —susurró—. Tarde o temprano tendrás que ir a tu país y me quedaré sola, como mi hermana cuando la abandonó su amante.

—Yo voy a quedarme aquí, ya lo sabes. Mis papeles de licenciamiento ya han sido aprobados. Mira, cuando acabe mi trabajo en el garaje, dejaré el ejército y seré libre. Si regreso a Estados Unidos, tú irás conmigo.

—¿Me lo dices en serio? ¿O solo porque ahora estoy disgustada? veintiuno

La besé con ternura.

—Te lo prometo.

Entramos en el dormitorio. Me había desnudado antes que ella. Llevé la radio a la habitación y la coloqué sobre la mesilla de noche. Sintonicé La Voz de América. Era media tarde en Nueva York y el locutor transmitía desde Times Square.

Apenas se oía la voz del locutor, con el ruido de la muchedumbre en la plaza. Fue la primera vez que oí las palabras en inglés: «La guerra en Europa ha terminado. ¡Hoy es el día de la victoria!». Luego conectaron con Kate Smith, que cantaba God Bless America. En ese momento empecé a llorar. No podía creerlo. El mundo estaba una vez más patas arriba.

Tenía los ojos todavía empañados de lágrimas cuando Giselle entró en la habitación y saludó con la mano en la sien desde la puerta. Estaba completamente desnuda. No sé cómo lo había logrado, pero llevaba una pequeña bandera de papel de Estados Unidos sobre la vagina, mientras que con una mano sostenía una botella de champán y con la otra, dos copas.