Los depredadores

Harold Robbins · Capítulo 5 de 100

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Los depredadores

cuatro

 

Tía Lila debió de pasar la noche en vela llamando a los parientes. Había más de veinte hombres y mujeres en el funeral, que luego regresaron a mi casa. Tía Lila también había preparado el piso para la semana de luto. Había dispuesto cajas de madera para que todo el mundo pudiera sentarse, aparte de cubrir los espejos y los cuadros. Sobre la mesa de la cocina había colocado varios cestos de fruta y fuentes de cristal llenas de nueces. Se ocupó de todo cuando llegamos a casa. Tuve que ponerme mi casquete, pero me autorizó a quitarme la americana. Uno de mis otros tíos, tío Morris, que era una especie de rabino, se puso de pie y recitó en mi nombre una plegaria funeraria. No pude evitarlo, empecé a llorar de nuevo.

—Suéltalo, Jerry —dijo tío Harry, que puso un brazo sobre mis hombros—. Llevas una carga muy pesada.

—Todavía es un niño —declaró tío Morris después de mirarme—. No habría ningún inconveniente en que se acostara un rato en su cama.

—Estoy bien —sollocé.

—No —exclamó tía Lila—. Vas a acostarte ahora mismo. Voy a prepararte la cama.

Kitty había asistido con nosotros al funeral y también había regresado a casa.

—Yo la ayudaré —dijo, dirigiéndose a tía Lila.

Las seguí a mi habitación y me acosté cuando la cama estuvo lista.

—Gracias por tu ayuda, tía Lila —dije.

—Procura dormir —respondió mi tía, que a continuación se dirigió a Kitty—: Aquí hay dos aspirinas para él. Dale un vaso de agua. Yo debo regresar a la otra sala. He olvidado ofrecerles aguardiente y Manischewitz a los invitados.

Cuando abandonó el cuarto, Kitty se agachó y me dio un beso.

—Te traeré el agua dentro de un momento. Solo quería decirte que ya he colocado el dinero en la caja de seguridad.

—Bien —respondí, aunque en aquel momento no me importaba el dinero.

—Vendré a verte esta noche, para que no estés solo. Cuidaré realmente de ti, Jerry. No debes preocuparte —dijo, y salió en busca del agua para las aspirinas.

Pero me quedé dormido antes de que regresara.

 

Casi había oscurecido cuando desperté. Encendí la lámpara de mi mesilla de noche y me incorporé. Tía Lila entró en el cuarto.

—¿Estás bien?

—Sí —respondí, y a continuación me levanté—. ¿Sigue todo el mundo aquí?

—No. Se hacía tarde, y puesto que todos tenían un largo viaje en perspectiva, se han marchado. Solo quedamos tu tío Harry y yo, y tu amiga Kitty y su padre, que parece una persona muy agradable. Ha querido venir para presentarnos sus respetos. Dice que le gustaban tus padres.

—Ni siquiera sabía que se conocieran —dije, y me di media vuelta para dirigirme al cuarto de baño—. Debo ir al lavabo. Estaré listo en unos minutos.

Mi tía vio las aspirinas y el vaso de agua sobre la mesilla de noche.

—Tómate ahora las aspirinas.

No discutí. Me tragué las aspirinas y me fui al cuarto de baño. Me miré al espejo. Tenía un aspecto atroz. Incluso mi ropa parecía arrugada e incómoda. Me desnudé rápidamente, me metí en la bañera y cerré la cortina de la ducha. La sensación del agua era agradable y refrescante. Me sentí mucho mejor. Me sequé rápidamente y me puse otra camisa y otros pantalones. Luego me dirigí a la cocina.

Mi tía, mi tío, Kitty y su padre estaban sentados alrededor de la mesa. Kitty se levantó cuando entré.

—Jerry, te presento a mi padre, el señor Sam Benson.

Su padre se puso de pie. Era alto y corpulento, medía por lo menos metro ochenta y pesaba probablemente unos noventa kilos. Me tendió la mano.

—Lo siento, Jerry, lo del accidente de tus padres. Te acompaño en el sentimiento.

Su mano era firme, pero suave.

—Gracias, señor Benson. Por favor, siéntese.

Me instalé junto a Kitty, y el señor Benson me miró.

—Mi hija me ha dicho que sois muy buenos amigos. Me ha comentado que te ha ayudado con la geometría. A Kitty siempre se le han dado bien las matemáticas.

Sonreí para mis adentros. La geometría no era lo principal en lo que me ayudaba.

—Ha sido muy buena conmigo, señor Benson —respondí con solemnidad.

—También he descubierto algo —prosiguió—. Nuestras familias tienen mucho en común. Nuestros antepasados llegaron a Ellis Island aproximadamente en la misma época. Mi abuelo adoptó el nombre de Benson a su llegada, porque nadie podía pronunciar Bramowickh. Y tu tío me contaba que tu abuelo también se cambió el nombre de Kuperman a Cooper.

—Mi padre nunca me lo dijo —respondí.

—Ya no tiene importancia —dijo tío Harry, que movió la cabeza—. Eso ocurrió hace mucho tiempo, y ahora somos todos norteamericanos. Ha sido un día muy largo —agregó, después de mirar a tía Lila—. ¿Están todos tan hambrientos como yo?

—Es el primer día de luto —respondió tía Lila—. Ahora no podemos ir a un restaurante.

El señor Benson miró a tío Harry.

—Hay un estupendo restaurante chino a la vuelta de la esquina —dijo—. Podemos conseguir una cena familiar para comerla en casa. ¿Les gusta la comida china?

—Me parece maravillosa —respondió tío Harry—. Pero yo no puedo ir a por ella. cinco

—Puedo ir yo —dijo Kitty.

—No podemos molestarte, querida —añadió educadamente tía Lila.

—No es ninguna molestia. Solo díganme lo que quieren.

—Tienen una magnífica cena familiar —declaró su padre—. Bastará para todos nosotros. Hay de todo: bollos de huevo, chow mein, chop suey, costillas de cerdo, dim sum. Esto bastará para la comida… y una propina generosa —agregó, y le entregó a Kitty un billete de diez dólares—. Pídele a uno de los chinos que te ayude a traerla, y dile que se quede con el cambio.

Tío Harry le entregó al señor Benson un billete de cinco dólares.

—Iré a medias con usted. Cenaremos aquí todos juntos.

—Voy a poner la mesa —dijo tía Lila.

No me había percatado de lo hambriento que estaba. Comí como si aquella fuera la última cena que preparaban los chinos. Saqué un par de cervezas Rheingold y dos grandes Pepsis del refrigerador. Kitty, tía Lila y yo nos tomamos las Pepsis; y los hombres, las cervezas. Se hizo un silencio en la mesa mientras todos devorábamos la comida. Cuando por fin terminamos, Kitty sonrió y colocó sobre la mesa las galletas de la buena suerte.

Extendí la mano para coger una, pero me detuve.

—No la quiero —exclamé—. Mi futuro es bastante oscuro en este momento.

—Pequeño, hoy ya es ayer —dijo tía Lila, que me cogió la mano—. Tus mañanas serán mejores. Cojamos todos una para un mejor mañana y para siempre.

Se acercó y me dio un beso. La miré. Tenía razón. Ya era ayer. Cogí una galleta de la suerte, la abrí y desdoblé el pequeño papel de su interior. «La bondad de la fortuna te sonreirá.» De pronto me enojé. Arrugué el papel y arrojé la galleta al suelo.

—¿Qué fortuna voy a tener? ¿Qué fortuna han tenido mi padre y mi madre? — exclamé con ira—. Una muerte prematura. Y me han dejado en este jodido mundo.

—No hables de ese modo delante de las damas, Jerry —dijo suavemente tío Harry—. Todo se arreglará, hijo. Mientras dormías he hablado con el señor Benson y hemos elaborado un plan para ti.

—¿Qué clase de plan? —pregunté, mirándole fijamente—. No disponéis siquiera de una habitación para mí y no tengo forma de pagar el alquiler de este piso. Tendré que abandonar la escuela, conseguir un trabajo y vivir en un pequeño cuarto de alguna pensión.

—Jerry, las cosas no están tan mal —respondió tío Harry—. El señor Benson tiene un depósito de tres meses que tu padre le pagó por el piso, y ha tenido la amabilidad de ofrecernos un trato. Dispone de un estudio libre en el segundo piso. El depósito de tu padre cubrirá el alquiler del estudio durante ocho meses.

—Estupendo, pero ¿de dónde voy a sacar el dinero para vivir? Debo comprar comida y cosas por el estilo.

—Eso también lo hemos calculado —dijo mi tío—. Tía Lila me ha dado la idea. ¿A qué hora sales de la escuela?

—A las dos de la tarde.

—Es perfecto. Puedes venir a trabajar en mi mostrador de la plaza. Es el mostrador que da a la calle, frente a Neick’s, a una manzana de S. Klein. Es la tienda más concurrida de la plaza, delante de la estación de metro de IRT.

—Bien —respondí nervioso—. ¿Qué tendré que hacer?

—Yo te lo enseñaré, y tú eres un chico listo que aprenderás pronto. Te habré nombrado director antes de que acabes la escuela.

—De acuerdo, tío Harry. ¿Cuánto ganaré por semana?

—Eres de la familia. —Tío Harry sonrió—. Empezarás por doce dólares semanales. Es mucho más que lo que cobran los portorriqueños que trabajan para mí. Y te subiré el sueldo cuando tengas más conocimientos y experiencia.

—¿Es esa la tienda donde tienes el despacho? ¿El lugar al que mi padre llevaba los resguardos de las apuestas todas las noches?

Tío Harry se ruborizó. No quería que la gente supiera que era realmente corredor de apuestas.

—Sí.

—¿Por qué no puedo hacer sencillamente el trabajo que hacía mi padre? Sé cómo funciona, y soy un verdadero genio haciendo cálculos mentales.

—En primer lugar —respondió severamente tía Lila—, eres demasiado joven. En segundo lugar, debes terminar la escuela y, por consiguiente, no puedes trabajar desde las siete de la mañana hasta las tres de la tarde. Y en tercer lugar, hay muchos hombres poco recomendables en ese trabajo. Tus padres querían algo mejor en la vida para ti.

Los miré unos momentos en silencio.

—Os estoy agradecido por toda la ayuda que me prestáis, pero creo que debería hacer algo más para cuidar de mí mismo.

—Dedícate a crecer, Jerry —dijo amablemente mi tío—. Tienes mucho tiempo por delante. Empiezas por batidos de dos centavos y a la larga los harás de chocolate —agregó proféticamente.

—No está tan mal —intervino Kitty—. Seguirás en esta casa donde todo el mundo te conoce. Además, no tendrás que cambiar de escuela. No habrá ningún problema, Jerry.

Estaba sentada junto a mí, y volví la cabeza para mirarla. Asintió con una sonrisa. Luego sentí su mano bajo el mantel, en los botones de mi bragueta.

Me levanté inmediatamente. No quería eyacular ante todo el mundo.

—Voy a lavar los platos —dije, tras mirar a Kitty.

—Te echaré una mano.

Sonrió de nuevo y se levantó.